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Overlord

05 jueves Jun 2014

Posted by ibadomar in Historia

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Garbo, Historia, Momentos cruciales, Normandía, Patton, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX

Uno de los lugares que más me han impresionado en el transcurso de mis viajes es el cementerio norteamericano de Colleville-sur-mer, en Normandía. Allí, en un alto sobre la playa Omaha, tan apacible que sólo se oye el canto de los pájaros y el rumor del mar, hay enterrados casi 10.000 soldados norteamericanos, la mayor parte de los cuales murieron durante la campaña de Normandía. Y precisamente se cumplen ahora 70 años de aquel 6 de Junio de 1944, el día D por excelencia, el día en que comenzó aquella campaña y se empezó a divisar el final de la Segunda Guerra Mundial.CollevilleLos acontecimientos son muy conocidos, pero no está de más repasarlos. Alemania casi había logrado en la Segunda Guerra Mundial lo que no alcanzó en la Primera: no tener que pelear en dos frentes a la vez. Al no haber conseguido la capitulación inglesa siempre existió un enemigo en el lado occidental, pero desde el verano de 1941 hasta el de 1943 sólo había habido un frente terrestre importante, el del Este de Europa. Sí hubo operaciones en el Norte de África, pero tuvieron siempre un carácter secundario, al menos desde el punto de vista alemán. No obstante, fue precisamente la expulsión de las tropas del Eje de África la que hizo posible un desembarco en Sicilia, y posteriormente en el Sur de Italia, que abría el ansiado segundo frente.

Pero las operaciones en Italia no fueron decisivas, aunque al menos se consiguió expulsar a Mussolini del poder y lograr la capitulación de Italia. Sin embargo, los alemanes consiguieron rescatar al Duce y organizar un estado-títere en el norte del país. Dado que Italia, con su orografía, no es demasiado difícil de defender, a efectos prácticos seguía sin existir ese «segundo frente», que tanto reclamaba Stalin para aliviar la presión sobre la Unión Soviética. Pero cruzar el Canal de la Mancha para desembarcar en Francia desde Inglaterra no era tarea fácil y no estará de más exponer algunos de los detalles de aquella formidable empresa.

El nombre clave de la operación de la campaña de Normandía fue Overlord, pero había multitud de operaciones subordinadas a la principal. Por ejemplo:

-El cruce del canal y los desembarcos propiamente dichos (Operación Neptuno): se trataba de cruzar a 130.000 soldados en 5.000 lanchas de desembarco escoltadas por 6 acorazados, 23 cruceros, 104 destructores, 277 dragaminas y otros 150 buques más o menos y llevarlos a cinco playas denominadas en clave Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. La simple coordinación de aquel tráfico marítimo era una pesadilla logística.

-El desembarco por mar fue precedido por el de fuerzas aerotransportadas. Mover tres divisiones de paracaidistas es complicado y se necesitaron nada menos que 1.200 aviones, que tenían que operar en plena noche, hasta llegar al lugar desde el que saltar en paracaídas o iniciar el descenso en planeador. Es fácil imaginar el caos en que se convirtió aquella parte de la operación.

-La operación Fortitude, por su parte, pretendía engañar a los alemanes haciéndoles creer que había un ejército ficticio en determinados lugares del sur de Inglaterra. Para ello se organizaron infinidad transmisiones de radio falsas en la zona, que hicieran pensar en intensas comunicaciones, se construyeron tanques y aviones falsos, para engañar al reconocimiento aéreo, se usó a espías, como el célebre Garbo, para pasar información falsa… la guinda fue colocar al que los alemanes consideraban como mejor general aliado, Patton, al mando de aquel ejército inexistente.

-También la operación Titanic tenía como objetivo engañar a los alemanes, esta vez mediante el lanzamiento de paracaidistas falsos: simples muñecos que explotaban y se incendiaban al llegar al suelo para crear confusión. En la misma operación participaban paracaidistas de verdad para que fuera difícil saber qué ataques eran reales y cuáles no.

La tecnología también tenía que estar a la altura y surgieron varios inventos creados especialmente para la ocasión. Por ejemplo el denominado «bobbin tank», que era un vehículo con una enorme bobina, montada delante, que se desplegaba como una alfombra, sobre la que pasaba el propio vehículo y los que lo siguieran, y cuya finalidad era evitar que los blindados se hundieran en el blando terreno de las playas. También era ingenioso el «crab», que era un carro de combate modificado con un rodillo delantero que hacía girar cadenas y pesas para golpear el suelo con la fuerza aproximada de la pisada de una persona o el peso de un blindado, consiguiendo así hacer explotar sin peligro las minas enterradas. Otros inventos, como el tanque anfibio no tuvieron tanto éxito y se revelaron como prácticamente inútiles.

693px-M4a4_flail_cfb_borden_1El «crab», pensado para despejar campos minados (foto: Wikipedia)

El invento más espectacular, sin embargo, fueron los puertos artificiales conocidos como Mulberries. Para descargar gran cantidad de mercancías hacía falta algo bastante mejor que las barcazas de desembarco, y tomar por la fuerza una ciudad portuaria bien defendida era realmente complicado, así que se construyeron dos puertos prefabricados, que comenzaron a ensamblarse tan pronto se aseguraron las playas y que estaban en uso apenas 12 días después del desembarco, el 18 de junio, aunque uno de ellos quedó inutilizado casi inmediatamente por una colosal tormenta que se desencadenó el día 19. Eran puertos provisionales, pero por lo demás resultaban tan útiles como un puerto convencional. Con una capacidad de unas 7.000 toneladas diarias, por el puerto Mulberry que sobrevivió a la tormenta pasaron en poco más de tres meses dos millones y medio de hombres, medio millón de vehículos y unos 19 millones de metros cúbicos de material.

Pero todo ese esfuerzo logístico, toda la inventiva, el trabajo, el esfuerzo… todo ello no habría servido de nada sin el sacrificio de quienes en la madrugada de aquel día de hace 70 años se dirigían hacia unas playas hostiles, en unas barcazas sacudidas por la marejada, entre el hedor de unos vómitos provocados a medias por el mareo y por el terror. Les acompañaba la certeza de que en pocos minutos muchos caerían ante las ametralladoras enemigas o ahogados por el peso de su propio equipo si desembarcaban en una zona demasiado profunda. No estaban solos: pocas horas antes les habían precedido las tropas aerotransportadas, afrontando la incertidumbre de un salto en paracaídas o el riesgo de un aterrizaje en planeador, en ambos casos en la más completa oscuridad y en territorio dominado por un enemigo implacable.

Por eso es difícil visitar el cementario de Colleville-sur-mer sin sentir un nudo en la garganta. Allí reposan para siempre muchos de los que murieron en aquel día y en la campaña que se desarrolló a continuación. Eran, en su mayoría, jóvenes que habían abandonado su hogar y cruzado un océano para dejarse la vida, literalmente, en un esfuerzo por apartar de Europa el siniestro fantasma del nazismo. A veces se lee en la prensa que ese espectro no huyó del todo y aún amenaza con regresar. En esos casos no puedo evitar pensar en quienes están en ese cementerio, y en otros similares, y preguntarme si las generaciones actuales estaremos a su altura y si hemos comprendido la magnitud de la deuda que contrajimos con ellos hace exactamente 70 años.

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De la unión aduanera a la unificación

25 domingo May 2014

Posted by ibadomar in Historia

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Alemania, Austria, Bismarck, Guerra austroprusiana, Guerra de los ducados, Guerra francoprusiana, Historia, Napoleón, Prusia, Sacro Imperio, Siglo XIX, Unión Europea, Zollverein

Por fin ha terminado el proceso de elecciones europeas. Como de costumbre, durante la campaña no se ha hablado en absoluto de Europa y eso es una lástima, puesto que el debate de qué es la Unión Europea y qué forma debe tomar debería ser fundamental ahora que  las dificultades económicas por las que atraviesa el continente, unidas al descrédito de los políticos y a la falta de contacto de las instituciones europeas con los ciudadanos están poniendo sobre la mesa el denominado euroescepticismo.

En otras palabras: las estadísticas dicen que muchos europeos piensan que la Unión Europea es un monstruo burocrático cuya forma, e incluso su misma existencia, hay que plantearse. ¿Es precisa una reforma? ¿Quizás deberíamos habernos quedado en una mera unión aduanera? ¿O deberíamos avanzar hacia una auténtica confederación europea o incluso una federación? Como de costumbre, me gusta enfocar estos asuntos estableciendo paralelismos con el pasado y en este caso es bastante significativo el proceso de unificación de Alemania en el siglo XIX, que comenzó, al igual que en el caso de la Unión Europea, planteando una unión aduanera.

Napoleón había terminado con el Sacro Imperio Romano-Germánico y el Congreso de Viena, que reorganizó Europa tras la era napoleónica, en 1815, dejó en su lugar una Confederación Germánica formada por 39 estados. Para que se vea más claro veamos un mapa de Europa tal y como quedó tras el Congreso de Viena.

Map_congress_of_viennaMapa tomado de Wikipedia

En la Confederación había dos estados especialmente poderosos: Prusia y Austria. Éste último era en cierto sentido el dominante, puesto que el único órgano comunitario, la Dieta Federal, estaba presidido por el emperador austriaco. No es extraño que Austria quisiera mantener el statu quo mientras Prusia deseaba evolucionar en busca de la primacía.

La fragmentación alemana había roto la unión aduanera implantada por Napoleón y precisamente uno de los primeros pasos de Prusia fue el firmar acuerdos para recuperarla. En 1834 el conjunto de acuerdos se plasma en una unión aduanera de los estados del norte de Alemania, y algunos del sur, conocida como Zollverein. Austria, recelosa de la primacía que estaba adquiriendo Prusia, intentó impulsar un órgano rival, la Unión Tributaria, que no llegó nunca a ser auténtica competencia para el Zollverein.

La consecuencia inmediata de la unión aduanera fue una aceleración del desarrollo industrial, que impulsó además las comunicaciones. La red de carreteras se amplía, el Rhin se convierte en la gran vía fluvial de comunicación y los ferrocarriles viven una enorme expansión. De estos lazos económicos era probable que surgieran lazos políticos, como efectivamente ocurrió a la larga; especialmente al existir una corriente de opinión favorable a la unificación de Alemania, muy acorde con el auge de los nacionalismos en el siglo XIX.

Suele considerarse que Otto von Bismarck fue el gran impulsor de la unificación. Su llegada al poder como Ministro Presidente de Prusia dispara el proceso, que llegará a su fin en apenas 9 años a partir de ese momento. Su primer éxito fue utilizar sus buenas relaciones con Rusia, surgidas durante su estancia como embajador en San Petersburgo, para atraerse al zar y lograr un distanciamiento entre Rusia y Austria, que quedaba así debilitada. Pero hacían falta detonantes para lograr la unión definitiva y Bismarck iba a aprovechar para ello tres guerras.

La primera fue la Guerra de los Ducados. Al sur de Dinamarca había tres ducados de población alemana y soberanía danesa. Al morir sin descendencia el rey danés, en noviembre de 1863, se plantea un problema legal, puesto que el heredero era un primo del rey por línea femenina, y aunque en Dinamarca se aceptaba esta circunstancia, en los ducados estaba vigente la ley sálica. El nuevo rey danés, Cristián IX,  no era aceptado por tanto como duque en los territorios de mayoría alemana, pero Bismarck tampoco iba a dejar que el candidato alternativo a gobernar los ducados, Frederick de Augustemburgo, formara un estado alemán independiente. En su lugar se las arregló para declarar su apoyo a la población alemana de los ducados obligando así a Austria a hacer lo mismo. La situación desembocó en una guerra en la que Prusia y Austria se impusieron rápidamente a Dinamarca y se repartieron la administración de los ducados, no sin que Bismarck se asegurara de que formaran parte del Zollverein, lo que dejaba a Austria en segundo plano.

La segunda guerra fue la Austro-prusiana y tuvo como pretexto la administración de los ducados de la guerra anterior. En 1866, cuando estalla la guerra, estaba muy claro que Austria y Prusia se disputaban la primacía del mundo germánico. Austria no podía aceptar el liderazgo que estaba asumiendo Prusia y menos aún con propuestas como la de instaurar un parlamento alemán elegido por sufragio universal, principio que chocaba frontalmente con la naturaleza aristocrática del estado austriaco. Bismarck fue muy hábil aislando diplomáticamente a Austria mientras que la superioridad militar del ejército prusiano (y de su comandante, Moltke) hizo el resto. La victoria prusiana en apenas siete semanas sirvió a Bismarck para debilitar a los partidos que se habían opuesto a la guerra, disolver la Confederación Germánica y crear en su lugar una Confederación de Alemania del Norte. Con Austria fuera de la Confederación, la primacía prusiana era indiscutible. Se creó un parlamento (Reichstag) elegido por sufragio universal y, para facilitar la futura integración del Sur disminuyendo la desconfianza hacia el dominio prusiano, se creó una cámara territorial, el Bundesrat, en la que Prusia estaba en minoría.

Sólo faltaba por integrar a los estados del Sur. Y esta vez la guerra sería con Francia por un motivo ajeno a ambos países. La situación en España, con Isabel II en el exilio mientras el país buscaba un nuevo monarca, abría la posibilidad de que un príncipe de la casa Hohenzollern se sentara en el trono español. La insistencia francesa en asegurarse de que Prusia no apoyaría tal candidatura fue demasiado lejos y provocó una fricción diplomática que fue aprovechada por Bismarck (mediante el llamado telegrama de Ems, que merece un artículo por sí solo) para crear un incidente diplomático que llevó a la Guerra Franco-prusiana de 1870. La victoria prusiana fue nuevamente fulminante y llevó por un lado al fin del Segundo Imperio francés con un Napoleón III prisionero y por otro lado a un gran prestigio de Prusia, que aglutinó a los estados alemanes para crear definitivamente en 1871 un Imperio Alemán, que incorporaba también a los estados del Sur. En el mapa se ve en rojo la Confederación del Norte, creada en 1866, las incorporaciones de 1871 en naranja y, en naranja claro, las adquisiciones de Alsacia y Lorena, perdidas por Francia.

Conf norteMapa tomado de Wikipedia

Bismarck tuvo que ceder ante el Estado Mayor prusiano en la cuestión de la incorporación de Alsacia y Lorena. El estadista prusiano veía un futuro punto de conflicto en la anexión de esa parte de Francia y ciertamente no se equivocaba. Resulta curioso que el mismo estadista que no tuvo empacho en usar tres guerras para avanzar en su objetivo político fuera tan precavido ante la anexión de territorios nuevos. Ciertamente Bismarck era capaz de emplear la guerra, pero no era un belicista, como demostró tras la creación del Imperio Alemán, con su empeño en construir alianzas que afianzaran la situación creada mediante una paz estable. Pero, nuevamente, eso es materia para artículo aparte.

Volvamos ahora a la construcción de Europa. Ciertamente se basó en una unión económica y se avanzó hacia una unión política, pero ahí terminan los paralelismos. El sentimiento nacionalista alemán del XIX, en su búsqueda de una patria alemana común, no encuentra un sentimiento europeísta similar en la actualidad. Tampoco se vislumbra una figura política de la talla de Bismarck, decidido a avanzar hacia la unificación y no reparando en esfuerzos para ello. En cuanto al uso de medios expeditivos, una Unión Europea incapaz de articular una política exterior coherente no admite comparación con los decididos métodos prusianos.

Así, la Unión Europea, ese ente que ha permitido que unos europeos que se han masacrado durante siglos tengan instituciones, política y moneda común languidece a la espera de una inyección de entusiasmo capaz de movilizar a sus ciudadanos y otra de talento que inspire a sus dirigentes. La primera inyección se podría conseguir con un proyecto de integración europea claro y alentador, pero la segunda requiere de dirigentes con imaginación, formación y perspicacia y no parece que esa máquina burocrática en que se ha convertido la Unión albergue un exceso de personajes semejantes. Si la unificación de Alemania hubiese avanzado como lo hace ahora la de Europa, todavía se estaría discutiendo si el Reichstag lo tendría que presidir un bávaro o un renano.

 

 

 

 

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11 domingo May 2014

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Davis, Jolly Roger, Ogle, Piratas, Roberts

Estoy poco inspirado últimamente y eso sólo puede querer decir una cosa: toca escribir sobre piratas, que hace mucho que no asoman por aquí. Hasta el momento han aparecido en este blog tipos a los que el oficio les venía grande como William Kidd o Stede Bonnet y un pirata con todas las de la ley como era el psicópata Barbanegra. De pasada vimos también al inventor de la bandera pirata, el capitán Wynne y conocimos la Cofradía de los Hermanos de la Costa; pero no hemos visto por ningún lado al prototipo de pirata de película: distinguido, elegante, cortés, fiero cuando hay que pelear, carismático… La verdad es que el tipo no abunda entre los piratas, que eran más bien gente ruda y con poco glamour. Pero hubo alguien que sí se acercó a ese estereotipo: el capitán Barholomew Roberts, Black Bart.

Roberts era oficial en un barco negrero, actividad perfectamente legal y honrada en 1719, cuando su barco fue capturado por el pirata Howel Davis, por lo que Roberts se vio formando parte, a su pesar, de la tripulación de un barco pirata. Poco le duró la pena como veremos, porque apenas seis semanas después el capitán Davis pretendía hacerse pasar por un capitán de la armada inglesa en la isla del Príncipe, en el Golfo de Guinea, y Roberts ya estaba totalmente integrado en la tripulación. Tanto que, cuando los portugueses descubrieron la identidad de Davis y le mataron en una emboscada, los piratas le eligieron a él como nuevo capitán. Roberts aceptó, razonando que puestos a ser pirata era mejor estar entre los que mandaban que entre los que obedecían. Con un nuevo capitán los piratas vengaron la muerte del anterior mediante un ataque combinado por tierra y mar contra el fuerte portugués en Príncipe, que lograron tomar y saquear.

Nuestro hombre tenía unos cuarenta años, era alto y de porte distinguido. Sabemos que era carismático, puesto que su tripulación lo respetaba, valeroso en el combate y con un carácter extrañamente benévolo para su oficio. Cuando capturaba a alguien que se lamentaba de encontrarse unido a unos piratas, solía decirle que nadie había derramado más lágrimas que él al verse entre aquella compañía, pero que tras reflexionar comprendió que era mejor cambiar una paga corta y mucho trabajo a las órdenes de un capitán tiránico por una vida de libertad, placer y poder. La vida corta, pero feliz, decía que era su lema.

Como buen pirata de la época, Roberts tuvo su propia bandera. Más de una en realidad. Es muy conocida una en la que se le representa a él junto a un esqueleto y el consabido motivo del reloj de arena. Aunque sería más conocida otra de la que hablaremos más adelante. Tras elegir nuevo capitán y vengar a Davis los piratas se dirigieron a Brasil, sin ningún éxito hasta que, a punto de abandonar la costa brasileña, dieron con una flota de 42 barcos portugueses. Roberts se las ingenió para capturar al capitán de uno de ellos y obligarle a decir cuál era el barco más rico de todos. Se hizo con él y el botín resultó ser fabuloso. La celebración posterior, que tuvo lugar en Guyana, debió de ser memorable.

Roberts1Roberts tuvo que sufrir la deserción de uno de sus principales hombres, Walter Kennedy, que se fue con el barco mientras él perseguía a una presa en una balandra con 40 tripulantes. A raíz de este hecho decidió obligar a su tripulación a jurar ¡sobre una Biblia! un código de conducta. Hasta qué punto se sintieron los piratas obligados por su juramento se desconoce aunque quizás fueran más religiosos de lo que se pueda creer: en una ocasión los hombres de Roberts capturaron a un clérigo y lejos de maltratarle le ofrecieron el puesto de capellán. El clérigo rehusó, pero escapó sin daño. En cualquier caso el resumen de las leyes piratas de Roberts (o de la parte que se conoce) es el siguiente:

  1. Cada hombre tiene un voto e igual derecho a comida y bebida salvo que sea necesario racionarlas.
  2. Se participará por turno en el abordaje de presas. Quien defraude en un sólo dolar a la compañía será abandonado en una isla desierta. Quien robe a otro además perderá nariz y orejas.
  3. Está prohibido jugar a las cartas o a los dados por dinero
  4. Las luces se apagan a las 8 de la noche. Quien quiera seguir bebiendo más tarde deberá hacerlo en la cubierta superior.
  5. Las armas deberán estar siempre limpias y listas para su uso.
  6. No se permiten niños ni mujeres a bordo. Quien embarque a una mujer disfrazada será condenado a muerte.
  7. Quien abandone su puesto en combate será reo de muerte o abandonado en una isla desierta.
  8. No se permiten peleas a bordo. Las diferencias se solventan en tierra.
  9. No se puede abandonar la piratería hasta haber reunido 1.000 libras, pero si alguien queda mutilado recibirá 800 del fondo común.
  10. El capitán y el cabo de brigadas reciben dos partes del botín, el contramaestre y artillero parte y media y los oficiales parte y cuarto.
  11. Los músicos tendrán descanso el domingo.

Sería tedioso entrar en todos los detalles de las correrías de Roberts, pero es obligado contar sus querellas contra los habitantes de Martinica y Barbados, que hacían que los prisioneros de estas dos islas fueran la excepción en el buen trato que Roberts solía dar a quienes caían en sus manos. Barbados había enviado dos barcos en busca de nuestro hombre y le hicieron pasar tan mal rato que los piratas hubieron de arrojar sus cañones al mar para aligerar su barco y escapar. También el gobernador de Martinica intentó apresar a Roberts y éste, furioso con ambas islas, creó una bandera especial, que le representaba sobre dos calaveras marcadas como ABH y AMH (A Barbados Head y A Martinican Head, es decir una cabeza de Barbados y una cabeza de Martinica). He encontrado algunas fuentes que aseguran que Roberts llegó a apresar por casualidad al gobernador de Martinica y lo hizo ahorcar, pero no he visto tal episodio en la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas, que es nuestra principal fuente sobre sus hazañas, por lo que el episodio parece poco verosímil.Roberts2

La carrera delictiva de Roberts se prolongó durante tres años en los que se calcula que capturó entre 400 y 500 presas, pero su final fue similar al de la mayoría de sus compañeros de profesión. Un comisionado enviado a la caza de piratas, Chaloner Ogle, consiguió darle caza el 10 de febrero de 1722. Quiso la suerte que buena parte de los piratas estuvieran borrachos aquel día, puesto que la víspera habían hecho una presa. No era el caso de Roberts, que sólo bebía té y dirigió el combate con gallardía hasta que una esquirla de un cañonazo le hirió mortalmente en la garganta.

La edad de oro de la piratería americana estaba terminando y se puede decir que moría con él. La Guerra de Sucesión había dado alas a los piratas, pero los perdones reales habían reducido su número. Había llegado el turno de acosar a los que aún subsistían y Roberts era el más notable. Desde luego era un personaje peculiar y sin duda influyó en la imagen romántica del pirata caballeresco y elegante, tan alejado de otros compañeros de oficio, cruales y brutales, como El Olonés, cuya afición por maltratar los desgraciados que se veían en su poder llegó a ser legendaria, pero ésa… ésa es otra historia.

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