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Bismarck, Historia, Napoleón III, París, Revolución, Segundo Imperio, Siglo XIX
Hay un suceso que me intriga porque siempre aparece citado en los libros de Historia, pero rara vez en detalle, posiblemente porque fue un fenómeno muy breve; sin embargo convulsionó a Europa en su momento y merece la pena estudiarlo con un poco de detalle. Se trata de la Comuna de París. El resumen rápido es sencillo: la guerra francoprusiana produce un vacío de poder en Francia y se instaura un gobierno obrero. Concluida la guerra, el ejército restaura el orden. El episodio de la comuna sería un paréntesis de dos meses y medio de duración entre el Segundo Imperio y la III República. No está mal como introducción, pero es demasiado simplista.
Empecemos por la semántica. ¿A qué nos referimos con la palabra comuna? En realidad es un calco del francés, idioma en el que commune se podría interpretar como «municipio». Y, en efecto, cuando decimos que en 1871 se proclama la «Comuna de París» nos referimos a que París pasa a tener un gobierno municipal propio. Era una aspiración que venía de lejos en una ciudad con fuerte presencia republicana que se veía siempre gobernada por algún tipo de monarquía, ya fuera bonapartista, orleanista o legitimista. En lugar de tener un ayuntamiento propio, la ciudad estaba dividida en 20 distritos, cada uno con su propio alcalde al que asistían dos asesores, escogidos todos ellos por el Gobierno entre los ciudadanos más pudientes. El conjunto de la ciudad lo gobernaba el prefecto del departamento del Sena, otro cargo gubernamental desempeñado durante prácticamente todo el Segundo Imperio por el Barón Haussmann.
Es imposible visitar París y no oír hablar de Haussmann, puesto que fue él quien dio a la ciudad su aspecto actual. Durante su exilio en Londres, Napoleón III había admirado el esplendor de la capital inglesa, reconstruida tras el gran incendio de 1666. Por ello le encargó a Haussmann la misión de remodelar la ciudad convirtiendo su entramado de callejas en un trazado de calles anchas y rectas en las que aparecían avances como el tranvía de tracción animal o el alumbrado por gas. La transformación urbana también ayudaba a controlar una ciudad proclive a las insurrecciones: las amplias avenidas facilitaban el desplazamiento de la caballería y el emplazamiento de la artillería, haciendo prácticamente inservibles las barricadas que, tradicionalmente, se erigían durante las revueltas. Además, las nuevas estaciones de ferrocarril permitían desplazar rápidamente tropas a la ciudad en caso necesario. Desde el punto de vista gubernamental, todo eran ventajas.
Para los parisinos las cosas no eran tan idílicas. Los ciudadanos acomodados de la zona oeste podían sentirse orgullosos del nuevo aspecto de su ciudad, que ahora rivalizaba con Londres como principal capital de Europa, pero en los barrios de la zona este las cosas eran diferentes. Allí se habían trasladado las contaminantes industrias y los malolientes talleres que no tenían su sitio en el escaparate de lujo en el que debía convertirse París. A su alrededor, junto a los inmigrantes del éxodo rural, se hacinaban los parisinos expulsados del centro de la ciudad por los elevados precios de las nuevas viviendas. Era un buen caldo de cultivo para la expansión de las ideologías más o menos revolucionarias tan presentes en aquella época.
Dado que a finales de la década de 1860 el Segundo Imperio se encontraba debilitado, el gobierno francés impulsó varias reformas que fueron sometidas a un plebiscito en mayo de 1870. El resultado en el conjunto de Francia fue un respaldo a las reformas, y por tanto al régimen; pero el rechazo fue mayoritario en París, que demostraba ser un foco de oposición potencialmente violento. Y justo entonces, el 19 de julio de 1870, estalló la guerra franco-prusiana a partir de un leve desencuentro diplomático, que debería haber quedado en anécdota y que Bismarck supo utilizar para desencadenar la guerra que le serviría para completar la unificación de Alemania.
Francia no estaba preparada para hacer frente al ejército prusiano y la guerra se resolvió en una rápida campaña prusiana culminada con un gran triunfo en Sedán, el 2 de septiembre de 1870, en donde fue capturado el mismísimo Napoleón III. Ante el vacío de poder, en París se proclama la III República y se constituye un gobierno provisional. Dos semanas después, mientras se completaba la derrota de los restos del ejército francés, la capital se veía bajo el asedio prusiano. Para completar la humillación, el 18 de enero de 1871 se proclamaba el imperio alemán… en Versalles. Las derrotas francesas, vividas en París como una traición de sus generales, llevaron a una breve insurrección que el gobierno provisional temió que desembocara en una revolución en toda regla. Necesitado de estabilidad y consciente de que la victoria era imposible, el gobierno cedió a la evidencia y firmó un armisticio con el imperio alemán el 28 de enero.
Napoleón III y Bismarck en Sedán según el pintor Wilhem Camphausen (Imagen: Wikipedia)
Sin embargo seguía en pie un importante escollo: hacía falta un gobierno realmente legítimo para firmar la paz, de manera que se celebraron unas elecciones legislativas el 8 de febrero. Los monárquicos, los liberales y los bonapartistas querían poner fin a la guerra, pero los republicanos temían el retorno de la monarquía y apostaban por proseguir las hostilidades. Las elecciones se convirtieron por tanto en un plebiscito sobre la continuidad de la guerra. Ganaron los partidarios de la paz gracias al voto rural, mientras que los republicanos se hacían con la mayoría en las grandes ciudades. De la nueva Asamblea Nacional surgió un gobierno presidido por Adolphe Thiers. Hay que decir que incorporó a republicanos moderados, pero los parisinos habían votado mayoritariamente por proseguir la guerra y ahora veían cómo la Asamblea se reunía en Versalles, símbolo de la monarquía (no había agallas para reunirse en París en tales circunstancias) y firmaba allí un tratado provisional de paz. En una nueva humillación, los vencedores desfilaron por las calles de París, completamente desiertas para la ocasión.
París contaba con un ejército propio, la Guardia Nacional, que debería haber servido para la defensa de la capital durante el asedio prusiano. En aquel estado prerrevolucionario, el gobierno de Thiers decidió desarmar a la Guardia y dio la orden de comenzar requisando los cañones de la ciudad, pero la falta de caballos retrasó la operación, que debía llevarse a cabo la noche del 17 de marzo de 1871. El 18 de marzo al amanecer, los parisinos más madrugadores asistieron al intento de requisa de unos cañones que se habían adquirido por suscripción popular y los acontecimientos se precipitaron: la multitud se arremolina, se impide el traslado de los cañones, el general Lecomte ordena a las tropas abrir fuego contra el gentío, pero los soldados dudan y terminan por confraternizar con los sublevados… la insurrección está en marcha.
Esa misma tarde Thiers da la orden de retirada y traslada el Gobierno a Versalles mientras en París el general Lecomte es fusilado junto a otro general, responsable de la represión de la rebelión de 1848, que había sido reconocido pese a estar vestido de civil. Los más extremistas querían marchar sobre Versalles inmediatamente, pero se impuso el criterio de quienes consideraban que aquel asunto afectaba únicamente a París y no a toda Francia. El poder quedó en manos del Comité Central de la Guardia Nacional, que rápidamente proclamó la libertad de prensa, decretó una amnistía y reclamó a Versalles el autogobierno de París.
Pero el Comité Central no era un órgano representativo de la ciudad y ni siquiera en él había unanimidad, ya que las unidades de la Guardia Nacional dependían de cada distrito, y los distritos acomodados del oeste no comulgaban con la insurrección. Se decidió entonces la convocatoria de elecciones municipales, en las que hubo una abstención del 52% (muchos veían aquel proceso como ilegítimo, eso si no habían huido de la ciudad o estaban aún prisioneros de los prusianos). El resultado fue una amplia victoria de los partidarios de la insurrección, que proclamaron la Comuna de París el 28 de marzo.
El gobierno de la Comuna debe buena parte de su fama a la adopción de numerosas medidas de carácter social, como la prórroga de plazos para pagar deudas o la devolución de objetos dejados en prenda como garantía de un préstamo (a menudo eran herramientas de trabajo). También se crearon comedores sociales y guarderías, se decretó la igualdad de salarios sin distinción de sexo, se separó la Iglesia del Estado, etc. Es imposible evaluar el alcance de estos cambios ante la escasa duración del experimento, pero debió de ser escaso. Por poner un ejemplo, la libertad de prensa duró tan poco que ya el 21 de marzo se prohibieron dos periódicos opositores, medida que se fue extendiendo a otros durante toda la duración de la Comuna.
En cualquier caso, las acciones tomadas eran inútiles si el Gobierno de Versalles no aceptaba la Comuna y aquí los negociadores se encontraron con la intransigencia de ambas partes: ni Versalles ni los insurrectos estaban dispuestos a ceder en lo más mínimo, haciendo inevitable el enfrentamiento. Las armas comenzaron a hablar el 3 de abril, cuando se produjo la incursión comunera contra Versalles que los más extremistas habían querido hacer el mismo 18 de marzo. Ya era demasiado tarde: el ejército de Thiers, que contaba con los refuerzos de 60.000 prisioneros de guerra liberados a toda prisa por un Bismarck deseoso de firmar un tratado de paz con un gobierno estable, se impuso fácilmente a la mal preparada Guardia Nacional.
París se vio de nuevo asediada y bombardeada, no por los prusianos esta vez, sino por el ejército francés. Cuando se supo que los prisioneros de la incursión a Versalles habían sido fusilados se publicó un decreto que preveía fusilar a 3 rehenes por cada comunero. Sin esperanzas de socorro, se decretó una movilización general y se constituyó un Comité de Salud Pública de 5 miembros que asumió todo el poder, no sin crear división en la Asamblea, puesto que una importante minoría consideró que el Comité usurpaba la soberanía del Pueblo.
La columna de la plaza Vendôme, coronada por una estatua de Napoleón Bonaparte, fue derribada por los insurgentes (Imagen: Wikipedia)
Eran discusiones bizantinas: el asalto a París estaba en marcha. Entre el 9 y el 14 de mayo cayeron los fuertes exteriores que protegían la capital. Las tropas de Versalles entraron en París el día 21 y el 28 cayó la última barricada, 7 días conocidos como «la Semana Sangrienta» en los que las tropas regulares avanzaron por toda la ciudad sin detenerse a tomar prisioneros y rematando a los heridos incluso en los hospitales. Los comuneros disputaban cada metro de terreno en un lento retroceso en el que prendían fuego a cada edificio que debían abandonar y fusilaban a rehenes como represalia. En el cementerio de Père-Lachaise las tumbas servían de parapeto a los combatientes y los muros como paredón para los fusilamientos. Tras la victoria, el gobierno de Thiers completó una dura represión fusilando y deportando a Nueva Caledonia a un importante número de insurgentes.
Pasada la tormenta, la propaganda convirtió a los communards en una banda de maleantes y prostitutas, pero no sólo los medios oficiales condenaron a los insurrectos; entre los escritores contemporáneos no abundan los testimonios a favor de la Comuna. Émile Zola, que pese a sus críticas al Segundo Imperio tuvo que huir de París durante la revuelta, se preguntaba si el baño de sangre que puso fin a la insurrección no habría sido una horrible necesidad. El conservador Flaubert tenía menos escrúpulos y pensaba que la represión había sido demasiado débil, mientras que George Sand condenó con dureza a los insurgentes. El más indulgente fue Victor Hugo, que veía con simpatía los ideales de la Comuna a la vez que condenaba sus excesos, sin dejar por ello de criticar severamente la dureza de la represión. Victor Hugo lucharía más adelante por lograr una amnistía que llegaría, a discreción del Presidente de la República, en 1879. La amnistía general llegó un año más tarde.
La posteridad ha sido más comprensiva con la Comuna, quizás por la influencia del marxismo en muchos historiadores o porque buena parte del programa comunero terminó por aplicarse progresivamente. Sabiendo que a la larga las medidas sociales más llamativas terminaron por implantarse, cabe pensar si realmente era necesaria una revolución para lograr lo que se consiguió por evolución.



