Ahora lo llaman fake news

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Se ha puesto de moda hablar de fake news y tengo la impresión de que usar un anglicismo debe de aportar prestigio, porque la existencia de bulos, camelos, desinformación, propaganda… como quiera llamarse a la difusión de noticias falsas, no es algo precisamente nuevo. La única novedad es que ahora se utiliza internet, pero por lo demás nos encontramos ante un fenómeno de lo más conocido. Todo se reduce a soltar una afirmación escandalosa usando el medio que pueda darle mayor publicidad.

Y no es ya que la difusión de bulos sea algo conocido. Es que el propio bulo a veces tiene poco de novedoso. Tomemos un ejemplo: la vicepresidenta de Venezuela dice que la ayuda humanitaria que llega al país está envenenada. Grave acusación, pardiez. Sin embargo, las circunstancias por las que pasa el país hacen pensar que podemos encontrarnos ante un caso de propaganda pura y dura. Lo interesante es que hay precedentes de esa misma acusación. En mayo de 1936, por ejemplo, circuló por Madrid el rumor de que se estaban repartiendo caramelos envenenados a los hijos de los obreros, lo que provocó disturbios, quema de iglesias y contribuyó a tensar un ambiente que ya estaba bastante crispado y que menos de tres meses después llegaría al paroxismo con la guerra civil.

Para más inri, el rumor de 1936 tampoco era novedoso: en julio de 1834, durante una epidemia de cólera, surgió en Madrid el bulo de que la causa de la enfermedad era que los frailes envenenaban el agua de las fuentes públicas. Eso bastó para iniciar unos disturbios que concluyeron con el asalto a varios conventos y la muerte de casi un centenar de religiosos. Como los hechos tuvieron lugar en el siglo XIX, la violencia fue anticlerical. De haber tenido lugar en el siglo XIV habría sido antisemita. Y no es una suposición aventurada: durante la epidemia de la Peste Negra hubo en toda Europa matanzas de judíos, a los que se acusaba de haber envenenado el agua de los pozos.

Pero estos ejemplos son de rumores más o menos improvisados y se supone que el peligro en nuestros días viene por el uso de los medios de comunicación para difundir falsedades con las que justificar acciones políticas. Eso tampoco es nuevo: en 1898 el buque norteamericano Maine sufrió una explosión, probablemente accidental, mientras estaba anclado en La Habana. La prensa estadounidense vio un filón en explotar la vena patriótica y acusó al gobierno español, entonces en guerra con los independentistas cubanos, de estar tras el incidente. Los periódicos se vendieron como churros y crearon en la opinión pública el ambiente adecuado para aceptar la intervención norteamericana en la guerra. Es famoso el intercambio de telegramas del magnate de la prensa William Randolph Hearst con un ilustrador al que había enviado a Cuba para cubrir la guerra. El ilustrador escribió que quería volver porque todo estaba tranquilo en La Habana y no había ninguna guerra sobre la que informar. El telegrama de respuesta de Hearst decía: “usted ponga las ilustraciones y yo pondré la guerra”.

Nos podemos remontar hasta muy lejos en la historia de la desinformación. Por ejemplo hasta la Grecia antigua. En el siglo VI antes de Cristo, en Atenas, Pisístrato era un maestro en el uso político de bulos y falsedades que un buen día, cuenta Herodoto, se hirió a sí mismo y a sus mulos y llegó con su carro al ágora, donde contó que le habían atacado sus enemigos y consiguió que se le permitiera llevar una escolta armada. Así formó su pequeño ejército privado, con el que pudo dar un golpe de estado y hacerse con el poder. La situación no duró mucho y Pisístrato fue expulsado de la ciudad, pero se las ingenió para volver con la ayuda de una joven particularmente alta. Con ella, a la que vistió como a un hoplita, con su lanza, coraza, casco y grebas, se dirigió en carro a Atenas precedido por heraldos que anunciaban el regreso de Pisístrato acompañado de la mismísima Atenea. Impedir la entrada al antiguo tirano era posible, pero dar con la puerta en las narices a la diosa protectora de la ciudad era impensable; y así fue como Pisístrato volvió a ejercer la tiranía. Más adelante tuvo que exiliarse de nuevo, pero consiguió volver por tercera vez y quedarse en el poder definitivamente. Lo curioso es que no sólo no abusó de él sino que sentó las bases de la grandeza de Atenas y mantuvo una alta popularidad hasta su muerte.

No hay nada nuevo bajo el sol, como se ve. Bueno, sí lo hay: este artículo, que tiene una peculiaridad. Debe de ser la primera vez que se escribe un texto sobre noticias falsas, desinformación y propaganda sin citar a Goebbels ni a la Unión Soviética. Para que luego digan que todo está inventado.

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Las escobas del diablo

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Lo malo de tener un blog es que se adquiere un cierto compromiso de publicar con regularidad y cuando uno adquiere un compromiso lo natural es… incumplirlo. Me había prometido publicar un artículo al mes, pero la vida real se metió por medio, complicó las cosas y el mes de diciembre pasó de largo sin artículo. Triste forma de despedir 2018.

Adquirí entonces el compromiso conmigo mismo de publicar algo cuanto antes en 2019. ¿Pero qué? Dándole vueltas recordé que la Historia de la Aviación tiene muchas curiosidades y algunas de ellas son dignas de conocerse, como por ejemplo la historia de los primeros cazas-cohete.

En este blog ya se habló de motores a reacción y su funcionamiento. Las primeras patentes de este tipo de motores datan de principios del siglo XX, aunque hasta la Segunda Guerra Mundial no entraron en servicio los primeros reactores porque una cosa es idear un nuevo tipo de motor y otra muy diferente contar con la tecnología adecuada para construirlo. Pero por las mismas fechas en que surcaban los cielos los primeros cazas a reacción aparecía también un avión con un tipo de propulsión diferente: el motor cohete.

La peculiaridad de un motor cohete es que no necesita tomar aire del exterior. Si en un motor de combustión la energía se obtiene a partir de la reacción química del combustible con el oxígeno de la atmósfera, en el caso del cohete la reacción química se produce exclusivamente entre los componentes que lleva consigo el cohete. Normalmente los cohetes tienen muy poca autonomía, ya que consumen el propelente a gran velocidad, pero a cambio aceleran mucho y alcanzan grandes velocidades. En los años 40, en plena guerra, merecía la pena experimentar con ellos para impulsar un avión interceptor capaz de subir en pocos minutos a las grandes altitudes a las que operaban los bombarderos, atacarlos y bajar casi al momento, habiendo derribado por lo menos uno o dos.

La Unión Soviética fue una adelantada en este concepto y llegó a construir unos pocos prototipos que incluso se asignaron a un escuadrón a mediados de 1942, aunque nunca llegaron a volar misiones de combate. En marzo de 1943 uno de los pilotos de pruebas murió en un accidente al estrellarse mientras intentaba dominar uno de aquellos aparatos a los que habían bautizado como “escobas del diablo”. El accidente puso fin a un proyecto que no convencía a nadie y así la URSS, pionera en poner en servicio este tipo de avión, también fue pionera en retirarlo. Casi se podría decir que el mayor logro conseguido por esta aeronave durante su corta vida fue el de darle un título a este artículo.

Mientras tanto se hacían experimentos similares en Alemania. Con los bombarderos aliados haciendo incursiones constantes sobre territorio alemán, el concepto de interceptor cohete resultaba muy atractivo y así fue como el 13 de mayo de 1944 voló por primera vez el Messerschmitt 163 Komet en misión de combate para demostrar sus cualidades.

El Komet era un avión peculiar. En realidad era un planeador sujeto a un cohete y armado con dos cañones de 30 mm. En la foto, obtenida de Wikipedia, se aprecia un detalle curioso… o quizás sería mejor decir que no se aprecia, puesto que la peculiaridad es que el avión carece de estabilizador horizontal de cola lo que le da, junto a su corto fuselaje, un aspecto característico. Otra rareza era su tren de aterrizaje principal, que no era ni retráctil ni fijo sino un carrito que se quedaba en tierra cuando el avión abandonaba la pista. Una vez en el aire, el avión apenas tenía propelente para 5 minutos escasos, pero era tiempo suficiente para subir a 12.000 metros, atacar a los bombarderos americanos desde arriba y volver a tierra planeando, una vez agotado su combustible. Como no tenía tren de aterrizaje, tomaba tierra sobre un patín ventral.Ésta era la teoría. Aquel 13 de mayo de 1944 se vio que las cosas eran más complicadas. Cuando los radares alemanes detectaron aviones enemigos, el flamante Komet despegó, localizó un par de cazas enemigos… y el motor de combustible líquido se paró. El piloto tuvo que limitarse a planear durante un par de minutos, completamente indefenso, hasta que consiguió ponerlo en marcha de nuevo. Sin embargo estaba a salvo porque sus adversarios ni se habían percatado de su presencia, pese a que iba pintado de rojo en honor a Manfred von Richthofen. Tras lograr reencender el motor, el segundo intento fracasó porque el Komet casi se desintegra al aproximarse a la barrera del sonido y es que era un avión rapidísimo, pero no estaba preparado para el vuelo supersónico. Al menos su piloto consiguió aterrizar sano y salvo mientras los aviones americanos seguían su vuelo ignorantes de haber sido el objetivo de aquella arma secreta.

Para comienzos del verano los pilotos aliados ya sabían por experiencia que los alemanes tenían algo totalmente nuevo en el aire. Era algo rapidísimo, pero no parecía capaz de hacer virajes cerrados y, aunque la novedad era inquietante, tampoco es que hiciera demasiado daño. De hecho no hicieron ninguno hasta el 16 de agosto. Ese día, los alemanes anotaron el derribo de un bombardero B-17 por un Messerschmitt 163, pero el éxito quedó empañado por la pérdida del caza, derribado cuando atacaba un segundo bombardero. En realidad tampoco fue un éxito porque el B-17 supuestamente destruido consiguió volver a su base, aunque tan dañado que no es extraño que los alemanes lo dieran por derribado.

Los 364 cazas cohete construidos apenas consiguieron en total 16 derribos, lo que es natural, teniendo en cuenta que el avión podía volar a unos 900 Km/h mientras que un bombardero típico de la época solía moverse a unos 300 Km/h. El piloto de un Komet apenas tenía tiempo de prepararse para disparar cuando ya había dejado atrás a su enemigo. Se podía intentar apagar el motor para controlar la velocidad, pero no siempre se conseguía reencenderlo y desconectar el motor era menos conveniente que dejarlo encendido hasta agotar el combustible, ya que llevar a bordo líquido altamente inflamable es poco recomendable en caso de aterrizaje brusco. Recordemos que este avión no tenía tren de aterrizaje sino un patín, por lo que todos los aterrizajes eran bruscos. A cambio era un excelente planeador, tan bueno que hubo que modificar los prototipos para que tomaran tierra según lo previsto en lugar de seguir planeando hasta más allá de la pista de aterrizaje, otro inconveniente cuando ya no se tiene combustible para impulsarse y dar la vuelta.

En resumen, el concepto fue un fracaso y lleva a reconocer que estuvieron mucho más acertados los soviéticos al cancelar su proyecto que los alemanes al destinar recursos al suyo. Y conste que el Komet no es lo más raro que se ha hecho en aeronáutica, pero los casos extremos los podemos dejar para otro artículo, aunque ya se sabe que ningún experimento es un fracaso completo… al menos puede servir como mal ejemplo.

El hombre que vivió demasiado tiempo

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Mañana se cumplirán siete años desde que publiqué un artículo titulado Ayer fue 11 de noviembre, que fue el primero de este blog. Me refería entonces al armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Hoy vuelve a ser 11 de noviembre, pero esta vez se cumplen exactamente 100 años desde aquel día de 1918 en el que terminaba la guerra que, según se decía por aquel entonces, pondría fin a todas las guerras.

El tema de este artículo estaba cantado, pensaba yo: el tratado de Versalles. No se me ocurría nada más apropiado, pero justo entonces llegó la actualidad y me hizo cambiar de planes. Y todo por culpa del presidente francés, Emmanuel Macron, que se ha metido en camisa de once varas, aunque la responsabilidad última es del señor que aparece en la fotografía: Philippe Pétain, cuyo aspecto de abuelete bondadoso encaja a la perfección con la idea que el francés medio tenía de él hasta 1940 y horriblemente con su reputación a partir de esa fecha.

Imagen tomada de Wikipedia

El señor Macron, que seguramente sabía lo que podía pasar, planeaba en octubre conmemorar el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial sin hacer demasiado énfasis en el aspecto militar. Las críticas llegaron por el desprecio a los combatientes, de manera que el plan cambió y se decidió homenajear a los generales franceses cuya acción les llevó al honor de ser nombrados mariscales. Uno de ellos fue Philippe Pétain, con lo que el escándalo arreció. Pétain fue un héroe de la Gran Guerra, independientemente de su actuación posterior, argumentaba el señor Macron. Pero la oposición había visto un punto que atacar y lo aprovechó con fuerza. Finalmente se decidió hacer un homenaje a los mariscales enterrados en Los Inválidos, entre los que no está Pétain como solución de compromiso. Y es que Philippe Pétain sigue siendo capaz de abrir muchas heridas en Francia, pese a que en su día fue uno de sus hombres más admirados.

El general Pétain se ganó su prestigio durante la Primera Guerra Mundial, especialmente en dos ocasiones. La primera de ellas fue la batalla de Verdún, que comenzó en febrero de 1916 y se prolongó durante prácticamente todo lo que quedaba de año. El mando alemán había desencadenado la ofensiva con la idea de que el ejército francés se consumiera en la defensa de la posición. Pensaban que para rechazar la ofensiva, los franceses se verían obligados a conducir más y más soldados a Verdún y que la artillería alemana causaría estragos entre los refuerzos. En teoría la proporción de bajas sería de 5 soldados franceses por cada 2 alemanes, lo que agotaría al ejército francés, que se vería obligado a capitular.

Pero no fue así, en parte gracias a Pétain, que asumió la dirección de la batalla por parte francesa. El general supo mantener la calma, preparar adecuadamente el dispositivo defensivo y organizar un sistema de rotación que garantizara que las tropas no permanecieran demasiado tiempo seguido en primera línea. Además creó el primer grupo de caza de la aviación francesa para dificultar la observación aérea enemiga. El esfuerzo dio resultado y la batalla no se convirtió en el choque decisivo que, según los alemanes, desangraría a los franceses, sino en un duro enfrentamiento que trajo un baño de sangre, cierto, pero para ambas partes. El 1 de mayo el cauto Pétain, de mentalidad predominantemente defensiva, fue relevado al frente de la batalla por el general Nivelle, más agresivo. Para el mando francés, Nivelle sería decisivo en el resultado final, pero para los soldados Pétain se había consagrado como el héroe de Verdún.

El segundo gran momento de Pétain llegó un año después, cuando su destino se cruzó de nuevo con el de Nivelle, que ostentaba ahora el mando supremo de las fuerzas francesas y que había preparado un ataque que creía capaz de perforar el frente alemán. Había bastantes dudas entre el resto de mandos sobre el plan, pero sólo Pétain se opuso abiertamente a su ejecución. Finalmente la ofensiva comenzó en abril de 1917. Nivelle esperaba lograr sus objetivos con un coste de unas 10.000 bajas.

El ataque acabó en desastre. Al cabo de una semana las bajas francesas ya superaban los 130.000 hombres. Los soldados, agotados y desesperados, no podían seguir. Llevaban casi tres años enterrados en vida en una trinchera, helados de frío, hambrientos, cubiertos de piojos… con el único consuelo de conseguir a veces un permiso para pasar unos días en casa, lejos del frente. Pero los permisos escaseaban. Se había fijado que apenas un 2% de la tropa podría estar ausente al mismo tiempo y, cuando al fin lograban el ansiado permiso, los soldados pasaban interminables horas detenidos en trenes aparcados en vía muerta para ceder el paso a los prioritarios transportes de municiones. La mala logística de la ofensiva de Nivelle, con unos servicios sanitarios desbordados por el ingente número de bajas, se unió a la decepción por el fracaso de aquella batalla que se preveía decisiva. Fue el detonante. Las unidades empezaron a rebelarse hasta el punto de que los motines alcanzaron, en su momento culminante, a 54 divisiones a la vez. Aproximadamente la mitad del ejército.

No hay que entenderlo como una revolución: los soldados se negaban a participar en ataques frontales, pero no abandonaron las posiciones. Aun así la situación era muy grave y llevó a que Pétain sustituyera a Nivelle en el mando supremo francés. Y Pétain se portó como un gran líder: recorrió el frente, visitó las unidades, se comprometió a poner fin a los ataques masivos, a aumentar los permisos, a dar prioridad a los trenes que llevaban a los soldados a casa, a mejorar las condiciones de vida en las trincheras… y los soldados, fiados en su prestigio, le creyeron. Sólo por eso se restableció la disciplina, aunque fue inevitable que hubiera también condenas a muerte: pasaron de 500, aunque también es cierto que se conmutaron más del 90% de ellas. En conjunto, la crisis se conjuró con sorprendente rapidez. En julio, el ejército francés ya no se limitaba a defenderse y organizaba pequeños ataques de poco alcance, el tipo de acción que podía esperarse de Pétain: dando prioridad a la defensa y limitando las bajas en lo posible. Antes de preparar otra gran ofensiva, decía el general, había que esperar a que llegaran en cantidad suficiente los tanques y los refuerzos americanos.

Al terminar la guerra, Pétain recibió el honor de ser nombrado mariscal. ¿Quién se lo iba a discutir? Tenía 62 años y su prestigio le llevaría aún a puestos importantes: miembro de la Academia, ministro de la guerra, primer embajador de Francia en España tras el reconocimiento francés al gobierno de Franco… Cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, Pétain mantiene su prestigio, pero algo ha cambiado: por ideología o por edad, ha perdido las ganas de enfrentarse a Alemania. En junio de 1940, con los ejércitos franceses derrotados, un Pétain de 84 años se hace cargo del gobierno. Su primera acción es pedir un armisticio. Para el francés medio, que había combatido en las trincheras bajo su mando, que había confiado en su palabra en 1917, que le había visto preocuparse por la vida y las condiciones de vida de sus soldados, la palabra del mariscal era ley. Si él decía que la lucha estaba acabada, había que humillarse y pedir la paz.

¿Podía Pétain hacer otra cosa? A la vista de los avances alemanes, si miramos un mapa actual cabría pensar que no. Pero en 1940 Francia mantenía un inmenso imperio colonial. El gobierno tenía la opción de abandonar la metrópoli, evacuar el mayor número posible de tropas y continuar la guerra desde, por ejemplo, Argelia. En lugar de esto, Francia abandonó la guerra y a sus aliados. Pétain asumió plenos poderes sin admitir ningún tipo de oposición, sin Parlamento, sin partidos políticos, sin sindicatos…  todo el poder era suyo. Tan personal era su régimen que los funcionarios debían jurar fidelidad, no al país, a sus leyes o a su bandera, sino al mariscal. Los ideales “libertad, igualdad y fraternidad” fueron sustituidos por “trabajo, familia y patria”, se promulgaron leyes antisemitas similares a las alemanas y el gobierno francés, instalado en Vichy, inició un periodo de colaboración con el invasor alemán. Entretanto, el 18 de junio de 1940 el general Charles de Gaulle, desde Londres, hacía un llamamiento por radio a proseguir el combate desoyendo el armisticio.

La conclusión de la guerra, 5 años después, trajo consigo el triunfo de De Gaulle y un proceso judicial para Pétain, que fue degradado y condenado a muerte en 1945. De Gaulle le conmutó inmediatamente la pena por la de prisión perpetua. Pétain sería liberado por su avanzada edad y su deteriorada salud apenas un par de meses antes de su muerte a los 95 años, en 1951.

Si Philippe Pétain hubiese muerto, por ejemplo en 1938, a los 82 años de edad, estaría considerado uno de los más destacados hombres de Francia, pero vivir hasta los 95 le dio la oportunidad de ganarse un puesto entre los grandes traidores de la Historia. Y la aprovechó. ¡Por no morirse a tiempo!