Las escobas del diablo

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Lo malo de tener un blog es que se adquiere un cierto compromiso de publicar con regularidad y cuando uno adquiere un compromiso lo natural es… incumplirlo. Me había prometido publicar un artículo al mes, pero la vida real se metió por medio, complicó las cosas y el mes de diciembre pasó de largo sin artículo. Triste forma de despedir 2018.

Adquirí entonces el compromiso conmigo mismo de publicar algo cuanto antes en 2019. ¿Pero qué? Dándole vueltas recordé que la Historia de la Aviación tiene muchas curiosidades y algunas de ellas son dignas de conocerse, como por ejemplo la historia de los primeros cazas-cohete.

En este blog ya se habló de motores a reacción y su funcionamiento. Las primeras patentes de este tipo de motores datan de principios del siglo XX, aunque hasta la Segunda Guerra Mundial no entraron en servicio los primeros reactores porque una cosa es idear un nuevo tipo de motor y otra muy diferente contar con la tecnología adecuada para construirlo. Pero por las mismas fechas en que surcaban los cielos los primeros cazas a reacción aparecía también un avión con un tipo de propulsión diferente: el motor cohete.

La peculiaridad de un motor cohete es que no necesita tomar aire del exterior. Si en un motor de combustión la energía se obtiene a partir de la reacción química del combustible con el oxígeno de la atmósfera, en el caso del cohete la reacción química se produce exclusivamente entre los componentes que lleva consigo el cohete. Normalmente los cohetes tienen muy poca autonomía, ya que consumen el propelente a gran velocidad, pero a cambio aceleran mucho y alcanzan grandes velocidades. En los años 40, en plena guerra, merecía la pena experimentar con ellos para impulsar un avión interceptor capaz de subir en pocos minutos a las grandes altitudes a las que operaban los bombarderos, atacarlos y bajar casi al momento, habiendo derribado por lo menos uno o dos.

La Unión Soviética fue una adelantada en este concepto y llegó a construir unos pocos prototipos que incluso se asignaron a un escuadrón a mediados de 1942, aunque nunca llegaron a volar misiones de combate. En marzo de 1943 uno de los pilotos de pruebas murió en un accidente al estrellarse mientras intentaba dominar uno de aquellos aparatos a los que habían bautizado como “escobas del diablo”. El accidente puso fin a un proyecto que no convencía a nadie y así la URSS, pionera en poner en servicio este tipo de avión, también fue pionera en retirarlo. Casi se podría decir que el mayor logro conseguido por esta aeronave durante su corta vida fue el de darle un título a este artículo.

Mientras tanto se hacían experimentos similares en Alemania. Con los bombarderos aliados haciendo incursiones constantes sobre territorio alemán, el concepto de interceptor cohete resultaba muy atractivo y así fue como el 13 de mayo de 1944 voló por primera vez el Messerschmitt 163 Komet en misión de combate para demostrar sus cualidades.

El Komet era un avión peculiar. En realidad era un planeador sujeto a un cohete y armado con dos cañones de 30 mm. En la foto, obtenida de Wikipedia, se aprecia un detalle curioso… o quizás sería mejor decir que no se aprecia, puesto que la peculiaridad es que el avión carece de estabilizador horizontal de cola lo que le da, junto a su corto fuselaje, un aspecto característico. Otra rareza era su tren de aterrizaje principal, que no era ni retráctil ni fijo sino un carrito que se quedaba en tierra cuando el avión abandonaba la pista. Una vez en el aire, el avión apenas tenía propelente para 5 minutos escasos, pero era tiempo suficiente para subir a 12.000 metros, atacar a los bombarderos americanos desde arriba y volver a tierra planeando, una vez agotado su combustible. Como no tenía tren de aterrizaje, tomaba tierra sobre un patín ventral.Ésta era la teoría. Aquel 13 de mayo de 1944 se vio que las cosas eran más complicadas. Cuando los radares alemanes detectaron aviones enemigos, el flamante Komet despegó, localizó un par de cazas enemigos… y el motor de combustible líquido se paró. El piloto tuvo que limitarse a planear durante un par de minutos, completamente indefenso, hasta que consiguió ponerlo en marcha de nuevo. Sin embargo estaba a salvo porque sus adversarios ni se habían percatado de su presencia, pese a que iba pintado de rojo en honor a Manfred von Richthofen. Tras lograr reencender el motor, el segundo intento fracasó porque el Komet casi se desintegra al aproximarse a la barrera del sonido y es que era un avión rapidísimo, pero no estaba preparado para el vuelo supersónico. Al menos su piloto consiguió aterrizar sano y salvo mientras los aviones americanos seguían su vuelo ignorantes de haber sido el objetivo de aquella arma secreta.

Para comienzos del verano los pilotos aliados ya sabían por experiencia que los alemanes tenían algo totalmente nuevo en el aire. Era algo rapidísimo, pero no parecía capaz de hacer virajes cerrados y, aunque la novedad era inquietante, tampoco es que hiciera demasiado daño. De hecho no hicieron ninguno hasta el 16 de agosto. Ese día, los alemanes anotaron el derribo de un bombardero B-17 por un Messerschmitt 163, pero el éxito quedó empañado por la pérdida del caza, derribado cuando atacaba un segundo bombardero. En realidad tampoco fue un éxito porque el B-17 supuestamente destruido consiguió volver a su base, aunque tan dañado que no es extraño que los alemanes lo dieran por derribado.

Los 364 cazas cohete construidos apenas consiguieron en total 16 derribos, lo que es natural, teniendo en cuenta que el avión podía volar a unos 900 Km/h mientras que un bombardero típico de la época solía moverse a unos 300 Km/h. El piloto de un Komet apenas tenía tiempo de prepararse para disparar cuando ya había dejado atrás a su enemigo. Se podía intentar apagar el motor para controlar la velocidad, pero no siempre se conseguía reencenderlo y desconectar el motor era menos conveniente que dejarlo encendido hasta agotar el combustible, ya que llevar a bordo líquido altamente inflamable es poco recomendable en caso de aterrizaje brusco. Recordemos que este avión no tenía tren de aterrizaje sino un patín, por lo que todos los aterrizajes eran bruscos. A cambio era un excelente planeador, tan bueno que hubo que modificar los prototipos para que tomaran tierra según lo previsto en lugar de seguir planeando hasta más allá de la pista de aterrizaje, otro inconveniente cuando ya no se tiene combustible para impulsarse y dar la vuelta.

En resumen, el concepto fue un fracaso y lleva a reconocer que estuvieron mucho más acertados los soviéticos al cancelar su proyecto que los alemanes al destinar recursos al suyo. Y conste que el Komet no es lo más raro que se ha hecho en aeronáutica, pero los casos extremos los podemos dejar para otro artículo, aunque ya se sabe que ningún experimento es un fracaso completo… al menos puede servir como mal ejemplo.

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El hombre que vivió demasiado tiempo

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Mañana se cumplirán siete años desde que publiqué un artículo titulado Ayer fue 11 de noviembre, que fue el primero de este blog. Me refería entonces al armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Hoy vuelve a ser 11 de noviembre, pero esta vez se cumplen exactamente 100 años desde aquel día de 1918 en el que terminaba la guerra que, según se decía por aquel entonces, pondría fin a todas las guerras.

El tema de este artículo estaba cantado, pensaba yo: el tratado de Versalles. No se me ocurría nada más apropiado, pero justo entonces llegó la actualidad y me hizo cambiar de planes. Y todo por culpa del presidente francés, Emmanuel Macron, que se ha metido en camisa de once varas, aunque la responsabilidad última es del señor que aparece en la fotografía: Philippe Pétain, cuyo aspecto de abuelete bondadoso encaja a la perfección con la idea que el francés medio tenía de él hasta 1940 y horriblemente con su reputación a partir de esa fecha.

Imagen tomada de Wikipedia

El señor Macron, que seguramente sabía lo que podía pasar, planeaba en octubre conmemorar el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial sin hacer demasiado énfasis en el aspecto militar. Las críticas llegaron por el desprecio a los combatientes, de manera que el plan cambió y se decidió homenajear a los generales franceses cuya acción les llevó al honor de ser nombrados mariscales. Uno de ellos fue Philippe Pétain, con lo que el escándalo arreció. Pétain fue un héroe de la Gran Guerra, independientemente de su actuación posterior, argumentaba el señor Macron. Pero la oposición había visto un punto que atacar y lo aprovechó con fuerza. Finalmente se decidió hacer un homenaje a los mariscales enterrados en Los Inválidos, entre los que no está Pétain como solución de compromiso. Y es que Philippe Pétain sigue siendo capaz de abrir muchas heridas en Francia, pese a que en su día fue uno de sus hombres más admirados.

El general Pétain se ganó su prestigio durante la Primera Guerra Mundial, especialmente en dos ocasiones. La primera de ellas fue la batalla de Verdún, que comenzó en febrero de 1916 y se prolongó durante prácticamente todo lo que quedaba de año. El mando alemán había desencadenado la ofensiva con la idea de que el ejército francés se consumiera en la defensa de la posición. Pensaban que para rechazar la ofensiva, los franceses se verían obligados a conducir más y más soldados a Verdún y que la artillería alemana causaría estragos entre los refuerzos. En teoría la proporción de bajas sería de 5 soldados franceses por cada 2 alemanes, lo que agotaría al ejército francés, que se vería obligado a capitular.

Pero no fue así, en parte gracias a Pétain, que asumió la dirección de la batalla por parte francesa. El general supo mantener la calma, preparar adecuadamente el dispositivo defensivo y organizar un sistema de rotación que garantizara que las tropas no permanecieran demasiado tiempo seguido en primera línea. Además creó el primer grupo de caza de la aviación francesa para dificultar la observación aérea enemiga. El esfuerzo dio resultado y la batalla no se convirtió en el choque decisivo que, según los alemanes, desangraría a los franceses, sino en un duro enfrentamiento que trajo un baño de sangre, cierto, pero para ambas partes. El 1 de mayo el cauto Pétain, de mentalidad predominantemente defensiva, fue relevado al frente de la batalla por el general Nivelle, más agresivo. Para el mando francés, Nivelle sería decisivo en el resultado final, pero para los soldados Pétain se había consagrado como el héroe de Verdún.

El segundo gran momento de Pétain llegó un año después, cuando su destino se cruzó de nuevo con el de Nivelle, que ostentaba ahora el mando supremo de las fuerzas francesas y que había preparado un ataque que creía capaz de perforar el frente alemán. Había bastantes dudas entre el resto de mandos sobre el plan, pero sólo Pétain se opuso abiertamente a su ejecución. Finalmente la ofensiva comenzó en abril de 1917. Nivelle esperaba lograr sus objetivos con un coste de unas 10.000 bajas.

El ataque acabó en desastre. Al cabo de una semana las bajas francesas ya superaban los 130.000 hombres. Los soldados, agotados y desesperados, no podían seguir. Llevaban casi tres años enterrados en vida en una trinchera, helados de frío, hambrientos, cubiertos de piojos… con el único consuelo de conseguir a veces un permiso para pasar unos días en casa, lejos del frente. Pero los permisos escaseaban. Se había fijado que apenas un 2% de la tropa podría estar ausente al mismo tiempo y, cuando al fin lograban el ansiado permiso, los soldados pasaban interminables horas detenidos en trenes aparcados en vía muerta para ceder el paso a los prioritarios transportes de municiones. La mala logística de la ofensiva de Nivelle, con unos servicios sanitarios desbordados por el ingente número de bajas, se unió a la decepción por el fracaso de aquella batalla que se preveía decisiva. Fue el detonante. Las unidades empezaron a rebelarse hasta el punto de que los motines alcanzaron, en su momento culminante, a 54 divisiones a la vez. Aproximadamente la mitad del ejército.

No hay que entenderlo como una revolución: los soldados se negaban a participar en ataques frontales, pero no abandonaron las posiciones. Aun así la situación era muy grave y llevó a que Pétain sustituyera a Nivelle en el mando supremo francés. Y Pétain se portó como un gran líder: recorrió el frente, visitó las unidades, se comprometió a poner fin a los ataques masivos, a aumentar los permisos, a dar prioridad a los trenes que llevaban a los soldados a casa, a mejorar las condiciones de vida en las trincheras… y los soldados, fiados en su prestigio, le creyeron. Sólo por eso se restableció la disciplina, aunque fue inevitable que hubiera también condenas a muerte: pasaron de 500, aunque también es cierto que se conmutaron más del 90% de ellas. En conjunto, la crisis se conjuró con sorprendente rapidez. En julio, el ejército francés ya no se limitaba a defenderse y organizaba pequeños ataques de poco alcance, el tipo de acción que podía esperarse de Pétain: dando prioridad a la defensa y limitando las bajas en lo posible. Antes de preparar otra gran ofensiva, decía el general, había que esperar a que llegaran en cantidad suficiente los tanques y los refuerzos americanos.

Al terminar la guerra, Pétain recibió el honor de ser nombrado mariscal. ¿Quién se lo iba a discutir? Tenía 62 años y su prestigio le llevaría aún a puestos importantes: miembro de la Academia, ministro de la guerra, primer embajador de Francia en España tras el reconocimiento francés al gobierno de Franco… Cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, Pétain mantiene su prestigio, pero algo ha cambiado: por ideología o por edad, ha perdido las ganas de enfrentarse a Alemania. En junio de 1940, con los ejércitos franceses derrotados, un Pétain de 84 años se hace cargo del gobierno. Su primera acción es pedir un armisticio. Para el francés medio, que había combatido en las trincheras bajo su mando, que había confiado en su palabra en 1917, que le había visto preocuparse por la vida y las condiciones de vida de sus soldados, la palabra del mariscal era ley. Si él decía que la lucha estaba acabada, había que humillarse y pedir la paz.

¿Podía Pétain hacer otra cosa? A la vista de los avances alemanes, si miramos un mapa actual cabría pensar que no. Pero en 1940 Francia mantenía un inmenso imperio colonial. El gobierno tenía la opción de abandonar la metrópoli, evacuar el mayor número posible de tropas y continuar la guerra desde, por ejemplo, Argelia. En lugar de esto, Francia abandonó la guerra y a sus aliados. Pétain asumió plenos poderes sin admitir ningún tipo de oposición, sin Parlamento, sin partidos políticos, sin sindicatos…  todo el poder era suyo. Tan personal era su régimen que los funcionarios debían jurar fidelidad, no al país, a sus leyes o a su bandera, sino al mariscal. Los ideales “libertad, igualdad y fraternidad” fueron sustituidos por “trabajo, familia y patria”, se promulgaron leyes antisemitas similares a las alemanas y el gobierno francés, instalado en Vichy, inició un periodo de colaboración con el invasor alemán. Entretanto, el 18 de junio de 1940 el general Charles de Gaulle, desde Londres, hacía un llamamiento por radio a proseguir el combate desoyendo el armisticio.

La conclusión de la guerra, 5 años después, trajo consigo el triunfo de De Gaulle y un proceso judicial para Pétain, que fue degradado y condenado a muerte en 1945. De Gaulle le conmutó inmediatamente la pena por la de prisión perpetua. Pétain sería liberado por su avanzada edad y su deteriorada salud apenas un par de meses antes de su muerte a los 95 años, en 1951.

Si Philippe Pétain hubiese muerto, por ejemplo en 1938, a los 82 años de edad, estaría considerado uno de los más destacados hombres de Francia, pero vivir hasta los 95 le dio la oportunidad de ganarse un puesto entre los grandes traidores de la Historia. Y la aprovechó. ¡Por no morirse a tiempo!

 

El segundo cisma de Oriente

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Debo de ser una de las pocas personas a las que fascina una noticia de hace apenas unos días: el 15 de octubre se confirmaba que la iglesia ortodoxa rusa rompe sus lazos con el patriarcado de Constantinopla. ¡Un cisma nada menos! ¡A estas alturas! ¡Y por unos motivos nada teológicos! A todo el mundo que conozco le importa un pito lo que ocurra con la iglesia ortodoxa, pero yo estaba de lo más emocionado. ¡Es como retroceder mil años! A 1054 para ser exactos, porque este cisma tiene bastante en común con el que separó a las iglesias católica y ortodoxa.

El caso es que cuando se habla de cisma lo primero que viene a la mente es la aparición del protestantismo, en el siglo XVI. Pero el protestantismo no se limita a asuntos de disciplina sino que entra de lleno en cuestiones teológicas como la de la salvación por la fe o el valor de los sacramentos. En el caso del reciente cisma ruso las cuestiones teológicas son inexistentes, y de ahí mi referencia a 1054, donde el cristianismo se dividió como consecuencia de una disputa menor.

Por aquel entonces, Roma y Constantinopla ya habían tenido algunos encontronazos, como los roces provocados por la querella iconoclasta, e incluso un amago de cisma en el siglo IX; pero los problemas que de verdad enfrentaban a las dos iglesias, occidental y oriental, no eran doctrinales. El problema era que mientras el Imperio Romano desaparecía de Occidente, abatido por las invasiones bárbaras, se mantenía vivo en Oriente. Por ese motivo Constantinopla, la Nueva Roma, no tenía motivos para considerarse inferior a la Vieja Roma. Más aún, Constantinopla seguía siendo la capital del Imperio Romano. Sí es cierto que se concedía una primacía al obispo de Roma, pero era una cuestión fundamentalmente honorífica: al fin y al cabo Roma había visto predicar a San Pedro y a San Pablo. Su obispo, su jefe espiritual, podía considerarse como el primero entre iguales, pero nada más.

Pero hacia el siglo VIII las cosas estaban cambiando, y más que cambiarían con la creación del Imperio Carolingio. Occidente volvía a levantar cabeza y los nuevos papas dejaban de ser de origen griego para proceder, cada vez más a menudo, de Italia. El obispo romano volvía a considerarse como cabeza de la Iglesia, primacía que el patriarca de Constantinopla consideraba dudosa en el mejor de los casos. El rito latino (es decir, romano) se imponía al griego (es decir, bizantino) en el sur de Italia aprovechando la expansión normanda por la zona, por mucho que los normandos fueran en aquel momento un enemigo común. Por su parte, el patriarca Miguel Cerulario aprovechaba una pequeña controversia doctrinal para tomar represalias cerrando las iglesias de rito latino en su territorio. La situación estaba, como puede verse, tensa, pero no hay nada que la diplomacia no pueda arreglar. O eso debió de pensar el papa León IX cuando envió como legado a Humberto de Moyenmoutier para arreglar las diferencias entre ambas sedes y buscar la alianza de ambos poderes ante el peligro normando.

Fue un desastre. Para empezar, León IX murió antes de que el cardenal Humberto llegara a Constantinopla, por lo que no estaba claro a quién representaba el legado, si es que representaba a alguien. De todas formas Humberto, a quien Dios no había llamado por el camino de la diplomacia, comenzó por negar un título honorífico a Cerulario ya que, debió de pensar el legado, un enviado del papa de Roma, siga éste vivo o no, no tiene por qué reconocer la preeminencia de nadie. Cerulario, hombre de carácter, se negó a recibir a Humberto y sus compañeros y la bronca fue subiendo de tono hasta que un buen día Humberto excomulgó a Cerulario y se fue de Constantinopla. Cerulario no se inmutó sino que replicó con la excomunión de Humberto y así se consumó el cisma. Lo curioso es que la ruptura en realidad no fue tan traumática como parece: simplemente cada sede eclesiástica siguió por su camino.

Y ahora volvemos al siglo XXI, en el que la iglesia ortodoxa de Ucrania está subordinada al patriarca de Moscú. O lo estaba hasta el pasado 11 de octubre. Ese día, el patriarca de Constantinopla decidió aceptar la petición de autocefalia de la iglesia ucraniana. Dicho de otra forma, el patriarca de Constantinopla, que viene a ser la máxima autoridad dentro de la iglesia ortodoxa, acepta que los cristianos ortodoxos ucranianos tengan su propia jefatura, independiente de Moscú. El patriarca de Moscú se lo ha tomado bastante mal y cuatro días después anunció la ruptura de las relaciones con Constantinopla. Cuenta además con el apoyo del gobierno ruso, como era de esperar dada la situación de guerra entre Rusia y Ucrania.

En resumen: tenemos a una iglesia que no acepta la primacía de otra, con la que rompe relaciones, en un marco de conflicto político en el que en realidad no hay diferencias teológicas sino una mera cuestión de preeminencia. Y esto que acabo de decir… ¿se refiere al cisma de 1054 o al de 2018? Cualquiera sabe. Lo que sí sé es que cuando leí la noticia sentí, por una vez, que el mundo me resultaba extrañamente familiar.