Aruch Barbarroja, gobernante de Los Gelves, señor de Argel

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Hace mucho que no escribo sobre piratas y corsarios. Qué vergüenza, en un blog con el nombre de éste. Además, revisando los artículos que tratan sobre nuestros forajidos favoritos, veo que siempre se refieren a la piratería americana a pesar de que el Mediterráneo fue un mar infestado de piratas y sujeto a las acciones de corsarios durante mucho tiempo. Ha llegado la hora de explorar la vida de alguno de ellos.

Verano de 1504. Dos galeras de la flota del Papa realizan la travesía entre Génova y el puerto de Civitavecchia, cercano a Roma, con un valioso cargamento de mercancías. A mitad de camino, cerca de la isla de Elba, la más adelantada de las dos galeras divisa un barco que se mueve lentamente. El capitán, Paolo Victor, observa que se trata de un navío similar al suyo pero más pequeño, una galeota, y decide rebasarlo sin esperar apoyo de la segunda galera, a la que ha perdido de vista. No hay motivo de preocupación, puesto que no es de esperar que haya piratas tan al norte del mar Tirreno.

Pocos minutos más tarde se da cuenta de su error. La galeota está repleta de hombres armados que arrojan una lluvia de flechas sobre la galera, maniobran para situarse a su lado y pasan al abordaje. Tras capturar la galera, los asaltantes liberan a sus galeotes turcos y moriscos, encierran a la tripulación en la cala y se disponen a huir, pero su capitán cambia de idea. Acaba de saber que la segunda galera está de camino y traza rápidamente un plan. En un instante da las órdenes oportunas para que sus hombres se vistan con la ropa de los prisioneros y pasen a la galera, dejando la galeota a remolque. El capitán de la segunda galera pica el anzuelo creyendo que Paolo Victor ha hecho una presa. Al aproximarse recibe otra lluvia de flechas y pronto comparte destino con su compañero. Las tres naves, ahora comandadas por el pelirrojo capitán de la galeota llamado Aruch se dirigen triunfantes a Túnez.

Un año después, el mismo capitán Aruch conseguía capturar una galera que llevaba a Nápoles tropas y dinero por encargo de Fernando el Católico. Entre los casi 500 prisioneros había algunos de alto rango que suponían un sustancioso rescate que añadir al botín. Definitivamente el capitán Aruch, alias Barbarroja, estaba en racha. No sólo conseguía jugosas presas sino que se las arrebataba nada menos que al Papa y al rey Fernando. Era el colmo del prestigio para un corsario musulmán que había comenzado en el oficio apenas un par de años antes con una galeota robada.

Eso es lo que dice una de las fuentes que he consultado: que se unió a unos corsarios a los 20 años, que le hizo prisionero un barco de la Orden de Malta pero logró escapar tras dos años de cautiverio, y que en Estambul consiguió asociarse con unos mercaderes que buscaban un patrón que se dedicara a la guerra de corso en una galeota de su propiedad. Apenas embarcado, Aruch decidió olvidar a sus socios y establecerse por su cuenta; idéntico negocio, pero sin necesidad de repartir beneficios. Otras fuentes dicen que sí fue hecho prisionero por corsarios cristianos de la Orden de Malta, pero que él no era corsario por aquel entonces sino mercader y marino. Luego logró escapar y, según esta versión, consiguió que se le confiara una importante flota.

Aspecto imaginario de Aruch Barbarroja según un grabado del siglo XIX

Sea como sea, las acciones de 1504 y 1505 le hicieron famoso. Pronto se achacaron a Barbarroja todo tipo de hazañas, crímenes, heroicidades y vilezas, dependiendo de quién contara la historia. El Mediterráneo era un mar turbulento por aquel entonces, frontera entre cristianos y musulmanes cuyas acciones bélicas habituales incluían la guerra de corso. En este ambiente, un hombre como Aruch podía hacer fortuna a poco que le acompañara la suerte.

Por supuesto, sus enemigos no estaban cruzados de brazos. La ofensiva de Fernando el Católico en el Norte de África sembraba las costas de Berbería de plazas fortificadas españolas, presidios en el lenguaje de la época. Entre 1505 y 1510 los hombres de Fernando el Católico ocupan Mazalquivir, el Peñón de Vélez de la Gomera, Orán, Bugía… En 1510 Pedro Navarro, un hombre que merece su propio artículo, toma el peñón de Argel frente a dicha ciudad y obliga al emir argelino a pagar tributo al rey Fernando. Sin embargo, las tropas españolas fracasaron en tomar una islita muy querida para este blog: Los Gelves.

Aruch Barbarroja fue el gran beneficiado de este fracaso, puesto que el emir de Túnez, que buscaba a alguien capaz de defender aquel enclave con uñas y dientes, le ofreció su gobierno al fiero corsario. Con una base propia en la isla de Los Gelves, Aruch podía operar con casi total independencia y preparó grandes planes. El primero de ellos, la toma de Bugía, en lo que hoy es la costa argelina. Aruch intentó hacerse con dicho enclave, con ayuda tunecina, en 1512.

Pero esta vez la operación terminó en fracaso. Barbarroja no sólo no ganó Bugía sino que perdió un brazo y tuvo que retirarse a Túnez dejando la flota al mando de su hermano Jeireddin en La Goleta (el puerto de Túnez). Como las desgracias nunca vienen solas, se produjo entonces un ataque del marino genovés Andrea Doria. Jeireddin, viendo que era imposible defender los barcos, decidió barrenarlos y huir a Los Gelves, donde se dedicó a construir tres nuevos buques, que unidos a seis que consiguieron escapar del ataque de Doria, le sirvieron para apaciguar las iras de su hermano, furioso por la pérdida de su flota. Aruch, tras recuperarse de sus heridas y reconciliarse con Jeireddin planeó un nuevo intento sobre Bugía, que también fracasó, en 1514. Este nuevo revés le colocó en una situación imposible con su aliado, el emir de Túnez, pero antes de que sus desencuentros llegaran a mayores, el destino decidió que ya le había castigado bastante.

A pesar de sus fracasos contra Bugía, que tantos quebraderos de cabeza le estaban ocasionando, Aruch había tenido hasta entonces un considerable éxito en sus operaciones puramente navales. Se diría que lo suyo era apresar embarcaciones y no tomar ciudades, pero la muerte en 1516 de Fernando el Católico cambiaría la situación en el Mediterráneo y crearía nuevas oportunidades para hombres como Barbarroja. El temible rey cristiano, que había logrado mantener controlada la costa norteafricana con puño de hierro había dejado de existir. La incertidumbre dio alas a los corsarios de Berbería, que multiplicaron sus acciones. En Argel la situación se convirtió en explosiva puesto que su soberano, Selim ben Tumi, era tributario del Rey Católico desde 1510, como vimos, pero gran parte de la población estaba formada por andalusíes emigrados que no veían con simpatía aquel vasallaje y vieron en los hermanos Barbarroja a unos posibles libertadores. Selim no tuvo más remedio que aceptar la presencia de los corsarios, aunque a la vez planeara la forma de librarse de ellos con ayuda española.

Pero Aruch fue más rápido: se las arregló para hacer asesinar a Selim y autoproclamarse emir de Argel. Un golpe de estado así genera resistencia inevitablemente en algún sector de la población, pero Aruch, bien informado, volvió a adelantarse. Un viernes, aprovechando que tenía a todos sus enemigos rezando en la mezquita, hizo cerrar las puertas del edificio y mandó degollar a veinte de los cabecillas de la oposición. Barbarroja era ahora dueño y señor de Argel. Dejando a su hermano Jeireddin al mando de la ciudad, Aruch emprendió una carrera de conquista hacia el oeste, tomando Tenes y Tremecén, también tributarios de la Corona Hispánica.

El antiguo pirata se había convertido en un soberano poderoso, pero sus enemigos también lo eran. Fernando el Católico ya no existía, pero su nieto Carlos, tan pronto como desembarcó en España, tuvo conocimiento de la gravedad de la situación y ordenó una expedición para recuperar Tremecén y devolver el trono a su vasallo. Dicho y hecho: la primavera de 1518 vio a Aruch sitiado en la alcazaba de Tremecén y maquinando un plan para escapar de las tropas de Carlos. Consiguió salir de la alcazaba, e incluso daría otra muestra de su astucia al ir dejando caer en su huida joyas y dinero para que sus perseguidores perdieran tiempo recogiéndolas. Las tropas enemigas, sin embargo, estaban decididas a acabar con su carrera y Aruch fue finalmente alcanzado y muerto por el alférez García de Tineo. Si lee este artículo algún asturiano procedente de Tineo podrá confirmarnos que la cabeza que aparece en el segundo cuartel del escudo del concejo corresponde a Aruch Barbarroja.


El escudo de Tineo, según aparece en Wikipedia

Aruch había muerto. El oscuro corsario que había aterrorizado a tantos marinos cristianos era ya sólo un recuerdo. Los navegantes que surcaban el Mediterráneo occidental podían respirar tranquilos pensando que el nombre de Barbarroja ya no les atormentaría en sus pesadillas… y se equivocaban, porque esta historia es sólo la introducción de la de Jeireddin, el hermano superviviente. Fue Jeireddin quien hizo que  el nombre de Barbarroja entrase en la leyenda. Pero ésa… ésa es otra historia.

El gambito del marino y las luces de la aeronave

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Es increíble el poder de los medios de comunicación. Estaba el ajedrez en su acostumbrado nicho de juego minoritario cuando apareció una serie televisiva y el interés por el juego se disparó. Según una nota de prensa de Netflix, la plataforma productora de la serie Gambito de dama, el número de jugadores registrados en una página online de partidas se ha quintuplicado desde su estreno mientras que, en internet, las búsquedas relacionadas con el ajedrez alcanzan máximos históricos.

La pandemia que estamos sufriendo también pone su granito de arena para impulsar un juego cuyos jugadores pueden estar en sus respectivas casas respetando cualquier cuarentena por rigurosa que sea. Ya en junio encontramos artículos sobre el renovado interés por el juego. Jugar en persona, sin embargo, se complicó bastante: el torneo de candidatos para seleccionar al aspirante que desafiará al campeón mundial comenzó en marzo en Ekaterimburgo, pero tuvo que suspenderse por la epidemia. No me resisto a incluir aquí una foto, que circuló por Twitter, de la inauguración del evento. Eran los días en que el virus todavía parecía estar confinado en China, o casi, y el resto del mundo vivía despreocupado. Obsérvese a la campeona china Hou Yifan en primera fila.Es curioso que una serie con la palabra gambito en su título haya alcanzado tanto éxito, puesto que no es un término de uso común. Se emplea exclusivamente en ajedrez para designar las aperturas en las que se ofrece un peón a cambio de nada, al menos en apariencia. En realidad el jugador que deja que le capturen el peón pretende que su adversario pierda un tiempo que a él le vendrá muy bien. Gambitos hay muchos: el de dama, el de rey, el del centro… pero vamos a detenernos por un momento en uno en especial. En realidad nos interesa su inventor, William Davies Evans.

El gambito Evans aparece documentado por primera vez hacia 1825 en una partida en la que el señor Evans jugaba con las blancas. No vamos a entrar en sutilezas, puesto que no todos los lectores de este artículo saben jugar al ajedrez. Baste decir que la partida seguía un patrón bastante común: ambas partes avanzaron sus peones de rey, desarrollaron caballos y alfiles según la llamada apertura italiana… y Evans introdujo su novedad.La jugada fue la que indica la flecha. La leyenda dice que se hizo por error, que Evans iba a mover el peón de alfil, que es una continuación muy habitual, pero se equivocó y cogió el de caballo. Al estar obligado por las normas a jugar con la pieza que había tocado, decidió poner el peón a tiro del alfil enemigo en un gambito desconocido hasta el momento. Es una historia falsa, casi con seguridad. La realidad es que se trata de una jugada profunda que plantea grandes dificultades al adversario si éste no está bien preparado.

El gambito Evans se hizo muy popular en el siglo XIX porque llevaba a partidas espectaculares, de juego de ataque, muy del gusto de la época. A finales del siglo XIX Steinitz, el primer campeón del mundo oficial, estudió rigurosamente el ajedrez desde un punto de vista analítico y los gambitos empezaron a perder popularidad, aunque para los representantes de la vieja escuela, como el ruso Chigorin, más dados a contemplar el ajedrez como un arte intuitivo que como una ciencia, el gambito Evans seguía figurando entre sus maniobras predilectas. Con la entrada del siglo XX esta apertura, que ya había sido analizada una y mil veces, desapareció casi por completo del ajedrez de alta competición puesto que todos los grandes maestros sabían cómo combatirla. O eso se creía hasta que en 1995 Kasparov lo jugó contra Anand en un torneo. ¡Sorpresa! Al menos para Anand, que perdió la partida. Si el gambito Evans se podía utilizar con éxito contra un jugador de esa categoría, no había razón para mantenerlo en el olvido.

¿Pero quién era William Davies Evans? Sabemos de él que nació en Gales en 1790, que fue marino desde los 15 años de edad, que era un buen jugador de ajedrez, que tenía unos 34 años cuando se le ocurrió la idea de su gambito y que murió en Ostende en 1872. Ah, y que inventó algo fundamental para la seguridad marítima y aérea.Evans navegó en una época, principios del siglo XIX, en la que los barcos movidos por vapor comenzaban a ser una realidad. Era una gran ventaja no depender del viento para desplazarse, pero eso hacía el movimiento de los buques más impredecible y por tanto aumentaba el riesgo de colisión en condiciones de poca visibilidad. Por la noche, por ejemplo, aunque alguien consiguiera ver la silueta de un barco a la luz de la luna, o la embarcación avistada tuviese encendida una luz ¿cómo saber rápidamente hacia dónde se desplazaba? Evans ideó una solución sencilla, que sigue empleándose en la actualidad: instalar una luz verde a estribor, una luz roja a babor y una luz blanca en la popa.

Con este sistema tan simple basta con una ojeada para saber si hay peligro o no. Supongamos que vemos una luz roja por babor: eso quiere decir que estamos viendo el costado izquierdo del barco avistado, que está a la izquierda de nuestro barco (según miramos hacia la proa). Por tanto no hay peligro, puesto que el otro barco navega en sentido contrario y si nuestras trayectorias se cruzan, lo harán por detrás de nosotros o lo habrán hecho ya por delante. Pero si vemos una luz verde a babor o una luz roja a estribor entonces sí hay riesgo. Estaríamos viendo, por ejemplo, el costado derecho de un barco que viene por nuestra izquierda y por tanto nuestras trayectorias podrían cruzarse por delante de nosotros. Hay riesgo de colisión. Ver una luz blanca a proa, por otro lado, implica peligro de colisión por alcance.

¿Y las aeronaves? En el título hablé del marino, del gambito y de la aeronave. Pues bien, cuando se necesitó establecer una serie de normas en aviación, se acudió a la normativa marítima, mucho más desarrollada. Y por eso las luces de posición de las aeronaves siguen la misma regla. La imagen siguiente pertenece al Anexo 6 de OACI, que establece la norma para la aviación civil internacional y que especifica los colores de las luces y los ángulos desde los que deben ser visibles.No hay aficionado al ajedrez que no haya oído hablar de Evans, pero no estoy tan seguro de que los marinos recuerden su nombre. En el ámbito aeronáutico no he encontrado a nadie que sepa quién era Evans. Paradojas de la vida: inventas un sistema para salvar vidas navegando con seguridad y caes en el olvido, pero se te ocurre una forma de poner en aprietos a tu adversario en un juego de mesa y tu nombre sigue vivo durante 200 años ¡por el momento! Habrá que empezar a promocionar el ajedrez en las escuelas náuticas y de aviación para que a Evans se le haga justicia.

Preguntas sin respuesta en Verdún

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Cumpliendo con la tradición, este 12 de noviembre vamos a explorar algún aspecto de la Primera Guerra Mundial. A estas alturas podríamos pensar que está todo dicho sobre ella; sin embargo aún quedan muchas cosas por explicar. Hace poco, por ejemplo, conocí una interesante polémica que afecta de lleno a nuestro conocimiento de uno de los momentos cruciales de aquella contienda. El asunto merece atención puesto que se centra en la batalla de Verdún, nada menos.

La de Verdún es una batalla bien conocida y resume en sí misma todo el espanto de aquella guerra. Duró varios meses, involucró a centenares de miles de hombres y terminó dejando las cosas más o menos como estaban al principio, pero con un número total de bajas cercano a 750.000, con unos 150.000 muertos por cada bando. La batalla se prolongó durante todo 1916, aunque a partir de julio cede el protagonismo a la Batalla del Somme. No es que dejara de haber lucha en Verdún, pero ahora había otra batalla que rivalizaba con ella en intensidad. Y eso que era difícil: los alemanes comenzaron la ofensiva de Verdún disparando 2 millones de proyectiles en apenas 6 días, la mitad de ellos en las primeras 10 horas. Cuesta creerlo, porque son casi 28 disparos por segundo, pero los números son verosímiles si recordamos que para alimentar aquel ritmo de tiro se necesitaban 30 trenes de munición diarios.

La batalla fue sórdida de principio a fin, empezando por su planteamiento. Uno de los primeros textos que leí sobre el tema se refería a Verdún como “la picadura de carne de von Falkenhayn”. Se refería a Erich von Falkenhayn, el caballero de la fotografía, jefe del estado mayor alemán en 1916. Fue él quien concibió una ofensiva pensada para “desangrar” al ejército francés y obligarle así a pedir la paz. Su idea era lanzar un ataque en la posición fortificada de Verdún, un saliente del frente que los generales franceses se verían obligados a defender a toda costa enviando más y más tropas, que serían machacadas por la artillería alemana según fueran llegando. ¿Y no sería más fácil para los franceses retirarse de aquel saliente, eliminando así una posición expuesta? Von Fankelhayn pensaba que los franceses jamás abandonarían Verdún voluntariamente por una cuestión de orgullo nacional, que les haría comprometer más y más reservas hasta la aniquilación.

Nunca he entendido bien esta última parte, la verdad. Es cierto que en Verdún se firmó el tratado del año 843 que dividía el Imperio Carolingio entre los nietos de Carlomagno, que Verdún pasó definitivamente a Francia tras el fin de la Guerra de los Treinta Años en 1648 y que en Verdún se vieron las caras franceses y prusianos en 1792, durante la Guerra de la Primera Coalición, y en 1870, durante la Guerra Franco-Prusiana. ¿Y qué? ¿Acaso eso impedía a los generales franceses retirarse tranquilamente, acortando de paso sus líneas? Reconozco que von Falkenheyn comprendía la psicología de sus colegas franceses mucho mejor que yo, porque ciertamente defendieron Verdún con uñas y dientes.

Para ello contaban con toda una cadena de fuertes dispuesta en dos anillos concéntricos alrededor de la población que da nombre al complejo. Los fuertes estaban muy bien blindados, colocados de manera que se cubrieran unos a otros y con todo tipo de dispositivos ingeniosos, como torretas retráctiles que a la vista parecen enormes chinchetas hundidas en el terreno… hasta que la chincheta empieza a elevarse mostrando un cilindro que surge del suelo y alberga un cañón de 75 mm, perfectamente apuntado hacia su objetivo gracias a un sistema de periscopios. El mecanismo permitía elevarse, hacer fuego y volver a incrustarse en el terreno en apenas seis segundos. Añadamos a esto casamatas, nidos de ametralladoras, búnkeres subterráneos y tenemos uno de esos sitios que parecen inexpugnables.

Pero también había puntos débiles. Como hemos dicho, la posición francesa se enfrentaba a alemanes por todas partes menos por una, por lo que se la podía bombardear desde tres direcciones diferentes. Además, no era fácil llegar a ella, puesto que la red de ferrocarriles en la zona no era nada del otro mundo y dependía de una única carretera para su abastecimiento. Se conocería como la Voie Sacrée, la Vía Sagrada y por ella circularía todo un río de camiones para asegurar que nunca faltaran soldados, municiones ni suministros de cualquier tipo. Hasta 6.000 camiones por día, es decir uno cada 15 segundos aproximadamente… ¡de media!

La batalla comenzó el 21 de febrero de 1916. El 25 los alemanes lograron tomar Fort Douamont, el principal de los fuertes que dominaban la zona, pero a partir de aquí la ofensiva fue perdiendo fuelle a medida que el trabajo de nuestro viejo conocido, Philippe Pétain, comenzaba a dar sus frutos. Pétain organizó magistralmente la defensa de Verdún con especial atención a la situación de sus soldados. Para que no estuvieran demasiado tiempo en un lugar que sufría un bombardeo permanente y constantes ataques de infantería, organizó un sistema de rotación que tuvo dos efectos: por un lado el alivio de la tropa, que sabía que su estancia en aquel infierno sería corta; por otro, los constantes relevos motivaron que cerca de un 75% de los combatientes franceses pasaran por Verdún en algún momento, acrecentando la leyenda de la ferocidad de la batalla.

Los alemanes, por contra, se limitaron a mantener las mismas unidades, reemplazando las bajas con nuevos soldados. Esto aumentó el desgaste psicológico y no es de extrañar: algunas unidades, tras repetir el ciclo de sufrir un gran número de bajas, recibir nuevos soldados, y volver a empezar, se encontraron con un número de bajas acumuladas superior a su fuerza nominal. Creo que el récord es de un 115% de bajas en un determinado regimiento. ¿Puede alguien imaginarse el estado mental de alguien que primero ve caer uno tras otro a sus compañeros, luego caras nuevas que desaparecen a su vez apenas llegar y se entera de que el recuento de bajas va por 1.700 cuando su regimiento es de 1.500 hombres?

El desenlace de la batalla lo conocemos, pero el lector avisado habrá notado hace dos párrafos que algo no cuadra. ¿Fort Douamont cayó en apenas 4 días? Sí, eso dije. ¿Pero el plan no era hacer ataques limitados, dejando que el bombardeo de artillería desangrara al ejército francés? ¿Qué clase de ataque limitado es uno que toma la posición más fuerte del enemigo nada más comenzar? Una posible interpretación es que a la vista del éxito inicial, el mando alemán abandonó el plan original y se lanzó a una batalla para tomar todo el complejo defensivo comprometiendo cada vez más recursos, con lo que no se logró el objetivo de que las bajas francesas fueran desproporcionadas comparadas con las alemanas. ¿De verdad fue así?

¿Y si nos han mentido desde el principio? ¿Y si el plan no era desangrar al ejército francés? Durante todo el siglo XX se creyó que ésa era la idea inicial puesto que así lo dijo von Falkenhayn en sus memorias, en donde aseguraba que expuso el plan en un informe enviado al káiser en las navidades de 1915. Pero en la década de 1990 alguien cayó en la cuenta de que nadie había visto nunca tal informe. Más aún, los testimonios de los contemporáneos de von Falkenhayn no sostenían su versión. Según ellos, la idea era que Verdún elevaría la presión de tal manera que obligaría a una respuesta aliada que permitiría desencadenar un contraataque alemán y en la cadena de reacciones y contraataques se lograría romper el frente. De hecho, la ofensiva del Somme encaja perfectamente con la respuesta aliada contemplada en este plan alternativo. La teoría se ve reforzada por la negativa de von Falkenhayn a comprometer divisiones de reserva en Verdún para explotar los éxitos iniciales. ¿Mantenía las reservas a la espera de usarlas en otro punto?

Conocer lo que pensaba realmente von Falkenhayn es difícil porque era muy poco comunicativo: ni siquiera sus subordinados directos estaban al tanto de los detalles del plan. ¿Paranoia? Lo cierto es que von Falkenhayn no se llevaba bien con casi nadie: ni con el ministro de la guerra ni con los otros generales. Hindenburg y Ludendorff, por ejemplo, no compartían su punto de vista de que la guerra se decidiría en el frente occidental y estaban hartos de un von Falkenhayn que frustraba sus planes de comprometer más fuerzas en el Este. Se diría que sólo el káiser le apoyaba, que no es poco. Los historiadores confiaban en el relato contado por él tras la guerra, que puede contener lagunas debidas al paso del tiempo o por el deseo de auto-exculparse de los propios errores.

El caso es que en algún momento, fuese por el plan inicial o por el desarrollo de los acontecimientos, los alemanes parecieron realmente comprometidos a ocupar Verdún. Como hemos dicho, el suministro de la posición dependía de una única carretera, la Voie Sacrée, por lo que cortarla era vital. ¿Cuántas bombas de los millones que se utilizaron en la batalla cayeron sobre ella con ese fin? La respuesta es ¡ninguna! ¿Acaso los alemanes eran incapaces de alcanzar la carretera con sus cañones? Aunque hubiese sido así, cuando se inició la batalla tenían superioridad aérea y ya habían demostrado capacidad de atacar objetivos tan lejanos como Inglaterra usando dirigibles. Un par de impactos habrían bastado para sembrar el caos, complicar el suministro y hacer pensar a los franceses si no sería mejor retirarse de un lugar tan difícil de abastecer.

¿Dejaron los alemanes de bombardear la Voie Sacrée porque el plan era permitir que siguieran llegando soldados al supuesto matadero o simplemente pasaron por alto un punto clave? ¿Mintió von Fankelhayn al decir que el plan era aniquilar franceses según fueran llegando para no reconocer un error garrafal? La lógica habría sido intentar cortar las líneas de suministro de Verdún, pero también habría sido lógico por parte francesa evacuar la posición antes de que los alemanes se les ocurriera aislarla bombardeando la única carretera disponible.

De manera que, 114 años después sigue habiendo preguntas acerca de uno de los hechos que definieron el siglo XX y probablemente nunca conozcamos las respuestas. La incógnita sólo se despejará si alguien encuentra el famoso informe enviado al káiser en diciembre de 1915, aclarando cuál era el plan que expuso inicialmente von Falkenhayn, pero me temo que aunque esperemos otros 114 años seguiremos con la duda: si aquel informe existió, dejó de hacerlo cuando los archivos alemanes resultaron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial.