El zapatazo de Fragonard

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Llevo todo el mes de febrero buscando un argumento para un artículo. Me pasa a veces, pienso en cuál puede ser el tema sobre el que escribir, pero no se me ocurre nada. Dándole vueltas a mi falta de inspiración pensé que hay dos temas básicos en este blog: Historia por un lado y seguridad aérea por otro, pero a veces se cuelan motivos diferentes, como la Historia del Arte. Eso me dio la idea de revisar mis libros sobre la materia y así recordé un cuadro significativo, muy propio de una época muy concreta. Se trata de una obra típica de la pintura galante del Rococó francés.

Para estudiar las pinturas de los autores típicos del momento no hay nada como ponerse en situación viendo la película Las amistades peligrosas. De hacerlo, nos sumergiremos en un mundo de aristócratas libertinos, amoríos furtivos, o no tan furtivos, y placeres mundanos. ¿De verdad vivía así la decadente aristocracia francesa de la segunda mitad del siglo XVIII? La película se rodó a finales del siglo XX, pero la novela se publicó en 1782, así que es de suponer que su autor no exageraba demasiado.

En ese mundo es donde surgen artistas como Jean-Honoré Fragonard, autor de la obra protagonista de este artículo. Sus pinturas de temas clásicos y religiosos eran excelentes, pero la aristocracia de la época prefería pagar por otro tipo de obras, por lo que Fragonard decidió dedicarse a motivos más frívolos. Acertó de lleno, porque se convirtió en uno de los pintores de moda. Baste decir que Madame Du Barry, amante de Luis XV, le encargó una serie de cuadros con el argumento progreso del amor en el corazón de una joven.

Personalmente, mi cuadro preferido de Fragonard es El beso furtivo, que se conserva en el museo del Hermitage. Ver esta pintura, realizada en los últimos años de la década de 1780, muy poco antes de la Revolución Francesa, es uno de los motivos por los que tengo pendiente un viaje a San Petersburgo. Después de esta confesión, creo que es obligado presentar una imagen del cuadro:

Pero la obra que nos ocupa, la más célebre de su autor, es la conocida como El columpio. Cierto aristócrata deseaba un cuadro en el que se viera a su amante en un columpio movido por el impulso de un obispo mientras que él mismo ocuparía una posición que le permitiera contemplar las piernas de la dama. Se lo encargó a un pintor que sugirió que para una obra de ese tipo era mejor dirigirse a Fragonard, y éste aceptó la tarea, aunque hizo alguna modificación.

Esta imagen, como la anterior, está tomada de la web gallery of art, una página imprescindible para los amantes del arte. En ella vemos el resultado del encargo: el obispo ha sido sustituido por un caballero que se mantiene en penumbra (es inevitable pensar que se trata del marido de la dama en cuestión), pero aparte de eso, Fragonard cumplió perfectamente con la petición. En el cuadro, el patrón de Fragonard está cómodamente recostado tras unos arbustos que le protegen de la mirada del caballero que impulsa el columpio, en una posición perfecta para contemplar las piernas de la dama, que lejos de sorprenderse por la presencia del atrevido voyeur, le dirige una mirada cómplice. La estatua de Cupido, a la izquierda, parece recomendar discreción, pero hay un detalle, aparentemente trivial, que delata que los protagonistas están totalmente desatados: el zapato de la mujer, que sale volando impulsado por su entusiasmo.

Este cuadro, que se conserva en la Wallace Collection de Londres, se considera en la actualidad como un ejemplo perfecto del espíritu de la época. Fue realizado en 1767, veintidós años antes del inicio de la Revolución Francesa, con la que Francia vio la caída de aquella aristocracia decadente, amante del placer y el lujo, que había constituido la principal clientela de Fragonard. Su estilo rococó, además, quedó relegado por un neoclasicismo mucho más austero. No es de extrañar que Fragonard acabara sus días entre estrecheces económicas.

En la actualidad sin embargo, es un pintor bastante popular, hasta el punto de que me atrevería a decir que no hay niño que no haya visto alguna copia de este cuadro, aunque en versiones algo menos picantes y más adecuadas para la infancia. ¿Alguien cree que exagero? Echemos una ojeada a la versión de la obra de Fragonard hecha por la artista Lisa Keane para la película Tangled (Enredados) de Disney:

Está claro de dónde ha salido la inspiración, ¿verdad? A la Disney le debió de gustar la idea porque también aparece en Frozen en una escena en la que suena la canción For the first time in forever.

Reconozco que estas versiones me fascinan y las considero fundamentales para darles encanto a las películas. Se pierde la picardía del original, pero se conserva esa joie de vivre que da el mero hecho de columpiarse y dejarse llevar por el entusiasmo del vaivén hasta el punto de lanzar por los aires un zapato.

A pesar de todo me quedo con el original y, puestos a pensar en encajar el cuadro en una película, no puedo dejar de imaginar al vizconde de Valmont apostado entre los arbustos para espiar los encantos de su amada ¿Madame de Tourvel? No, de la marquesa de Mertueil. La recatada Madame de Tourvel habría sido incapaz de dejarse llevar por el entusiasmo hasta el punto de quedarse impúdicamente descalza. Definitivamente, nadie como Fragonard supo insinuar tanto con un zapatazo.

 

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El hallazgo del señor Fitts

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No es la primera vez que en este blog se habla de los problemas de seguridad. Quien rebusque artículos anteriores encontrará una crítica al abuso de las explicaciones basadas en el “error humano”, un resumen del modelo SHELL y del modelo de Reason, un ejemplo de matriz de gestión de riesgos, etc. Un día puede que me anime a contar algo sobre Safety II, que es un concepto que aún se está abriendo paso, pero de momento me voy a conformar con volver al problema del “error humano”.

Es una especie de manía personal. La expresión “error humano” aparece constantemente como explicación de todo tipo de hechos indeseados, especialmente cuando se trata de accidentes. La última vez que la encontré fue a raíz de la reciente falsa alerta por ataque de misiles en Hawaii. Las noticias mencionan el error de un funcionario y la posibilidad de que se tomen medidas disciplinarias. ¡Cómo no! Es la típica respuesta que no resuelve absolutamente nada pero que sirve para tranquilizar a… a no sé quién, la verdad. ¿Alguien se cree que quien activó la alerta lo hizo para pasar el rato? Y si fue un error ¿alguien se cree que dentro de un año no podrá cometerlo otra persona sólo porque a su predecesor lo suspendieron de empleo y sueldo por algo que ya nadie recuerda?

Siempre es igual: a las pocas horas del suceso se acabó la investigación. Se acude al error humano y a partir de ahí todas las pesquisas se centran en consolidar ese punto de vista. Es como si cada vez que un equipo de fútbol encajara un gol, le echásemos la culpa al portero:

-¡Pero si la defensa le dejó solo frente a tres delanteros!

-Ya, pero su responsabilidad es parar balones, ser la última línea de defensa. No paró el gol, ergo es culpable. No sirve. Que lo echen y pongan a otro en su lugar.

En realidad el error humano no debería ser el fin de la investigación, sino su principio. ¿Por qué existe ese error? ¿Cómo es que el sistema se viene abajo por el fallo de un único componente? ¿No habría otra manera de hacer las cosas que hiciera más difícil cometer esa equivocación? Deben de ser preguntas muy difíciles de responder, ya que hace más de 70 años que un señor llamado Paul Fitts se las planteó por primera vez.

El señor Fitts era un psicólogo al que se considera un pionero en el estudio de los factores humanos. En 1947 Fitts tenía el grado de Teniente Coronel en las fuerzas aéreas de Estados Unidos. Puesto que no todos los aviones perdidos durante la Segunda Guerra Mundial habían sido derribados, Fitts estaba examinando 460 casos de accidentes atribuidos a errores humanos en un intento de averiguar el porqué de la pérdida de tantos aparatos. Así fue como encontró que, en muchos casos, el accidente era en realidad el mismo: tras aterrizar, el piloto subía por error el tren de aterrizaje con el avión en tierra. En principio, un caso claro de error humano. Pero Fitts no se paró ahí y se preguntó por qué el mismo error se producía tan a menudo.

Antes de seguir, creo que será mejor explicar qué son los flaps y para eso ayuda bastante la siguiente imagen, obtenida de la web de la NASA. Los flaps son esas superficies articuladas que se despliegan hacia abajo durante el despegue y la aproximación.

El motivo es que el avión necesita velocidad para mantenerse en el aire, pero cuando despegamos queremos hacerlo cuanto antes y cuando aterrizamos queremos ir despacio para no tomar tierra a toda velocidad. Pero si frenamos demasiado corremos el riesgo de que el avión no pueda mantenerse en el aire y por eso usamos los flaps: al desplegarlos, la curvatura del ala se hace mayor y permite aguantar en el aire a velocidades inferiores. Un efecto adicional es que la resistencia aerodinámica aumenta y por eso los flaps se mantienen plegados en condiciones normales. Sólo se usan cuando hace falta volar a velocidad reducida, es decir en el despegue y en el aterrizaje.

En aviones muy grandes los flaps son de tipo Fowler, que se extienden hacia atrás antes de curvarse, aumentando así la superficie del ala para mejorar el efecto, pero en 1947 solían ser del tipo simple: una superficie sujeta por bisagras para poder girar y listos. El problema que detectó Fitts era que el piloto aterrizaba y, una vez que el avión estaba en tierra rodando hacia su aparcamiento, decidía replegar los flaps, que ya no le hacían falta. En ese momento, si el piloto accionaba por error la palanca del tren de aterrizaje, plegándolo, se producía un accidente: el avión se quedaba sin apoyo y se iba a tierra, dañando las hélices, la panza, a los ocupantes y creando un serio problema de autoestima en el piloto.

Fitts no vio en este tipo de accidente un problema de incompetencia sino de ergonomía. Cada avión tenía diferentes tipos de mandos con diferentes posiciones de las palancas, por lo que era fácil equivocarse al pasar de un tipo a otro. Además, era normal que la palanca de flaps y la del tren de aterrizaje estuvieran cerca una de otra y fueran idénticas. Un diseño que parecía hecho para provocar confusión. La solución era obvia: cambiar la forma de las palancas. En la actualidad, en todos los aviones, el aspecto de estos mandos es más o menos así: A la izquierda tenemos la palanca del tren de aterrizaje, cuya empuñadura recuerda a una rueda, y la derecha vemos la palanca de los flaps, parecida a una sección de ala. Es fácil recordar cuál es cuál, ¿verdad? Desde que se adoptó esta solución tan sencilla, los accidentes por confusión entre estos dos mandos han pasado a ser muy infrecuentes.

Recordemos que el estudio de Fitts había partido de accidentes de los que se había determinado que la causa era el error humano. Considerando lo que acabamos de leer, ¿seguiríamos hablando de error humano o preferiríamos pensar en un fallo de diseño? El hallazgo de Mr. Fitts fue tomar el error humano como punto de partida de la investigación y no como una conclusión tras la que ya no había nada que investigar. Conseguir que sea así sistemáticamente en toda investigación de seguridad sigue siendo, 70 años después, sorprendentemente complicado. Pensemos en ello cada vez que leamos en la prensa “los indicios apuntan a un error humano”.

Vietnam en el siglo I

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Hay días en los que se diría que las Moiras, esas divinidades que según los griegos controlan el destino de los hombres, tiran una moneda al aire y deciden el futuro según sea el resultado. En este blog se ha hablado mucho de esos momentos cruciales: en esa categoría están Salamina, el MarneMidway… días que amanecieron con una gran potencia en la cima de su poder, aparentemente invencible, y terminaron con un imperio derrotado y un futuro incierto.

A veces el desastre no es tan completo como parece. El Imperio Persa siguió siendo una gran potencia tras Salamina y los Estados Unidos mantuvieron su preeminencia en el mundo tras Vietnam, pero en ambos casos se había demostrado que no eran invencibles. Aunque su poder militar siguiera siendo inmenso, ahora se sabía que eran vulnerables. El impacto puede llegar al extremo de incorporar el hecho como referencia en el lenguaje común: recordemos a Saddam Hussein amenazando a los norteamericanos con un “nuevo Vietnam”, o las menciones a la guerra de Afganistán en la década de 1980 como “el Vietnam de la URSS”. Afganistán tiene un récord en esta comparación porque también se le llamó “el Vietnam de Obama” en 2009. Si alguna vez escribo un artículo sobre la Guerra de los Treinta Años, puede que lo titule “El Vietnam de Felipe IV”.

El Imperio Romano también tuvo su Vietnam particular, incluso podríamos decir que tuvo varios, pero hoy vamos a hablar de una batalla que probablemente moldeó el curso de la Historia. No tuvo lugar en la jungla del sudeste de Asia sino en un bosque europeo, en lo que hoy es Alemania, en el año 9 después de Cristo. Para que nos hagamos idea de la magnitud del desastre no hay nada como ver el siguiente mapa (Fuente: Atlas de Historia Universal, dirigido por José Ramón Juliá, Editorial Planeta, 2000)

La línea roja, trazada a partir del curso de los ríos Rin y Danubio es la frontera definitiva del Imperio Romano en Occidente, mientras que la línea verde sigue el curso del Elba. En aquel año 9 el territorio comprendido entre el Rin y el Elba, en verde claro en el mapa, estaba casi dominado por Roma. Las tribus de la región estaban sometidas, pero no romanizadas. Y el hombre que podría haber acabado la tarea, Publio Quintilio Varo, gobernador de la provincia, resultó no ser la persona más adecuada.

Varo se comportó en Germania como el gobernador autoritario de una provincia completamente sometida. Los germanos se encontraron con una subida de impuestos y unas autoridades que resolvían los conflictos usando un derecho romano que a ellos aún les era ajeno. Sabiendo que Varo, cuando era gobernador de Siria, había crucificado a 2.000 rebeldes tras una revuelta y que volvió de Oriente siendo muy rico, podemos imaginar el tipo de impuestos y de justicia que se encontraron los germanos bajo su dominio y el porqué del aumento de hostilidad contra Roma. Pero Varo también tenía germanos a su servicio, como Arminio… o eso pensaba él.

Arminio era un joven de unos 26 años en el momento que nos ocupa. Como hijo de un jefe de la tribu de los queruscos, había sido enviado a Roma como rehén siendo un niño y por tanto había recibido una educación romana e incluso se había distinguido en el ejército romano. Debía de ser un hombre notable, puesto que incluso se le concedió la ciudadanía romana. En aquel año 9, Arminio era el hombre de confianza de Varo, pero a espaldas de su jefe conspiraba con jefes de varias tribus. El momento propicio se presentó cuando Varo regresaba a sus cuarteles de invierno a la cabeza de las tres legiones destinadas a la provincia: la XVII, XVIII y XIX.

Varo recibió noticias de una sublevación local y decidió reprimirla al momento. Para ello tuvo la idea de atravesar el bosque de Teutoburgo con sus tres legiones, sin tomar precauciones y confiando en su auxiliar, Arminio. Pero Arminio era quien había enviado las noticias y era él quien había organizado la emboscada que aguardaba a las legiones romanas en aquel bosque. Buen conocedor de las tácticas romanas, Arminio sabía que ninguna tribu germana era rival para los romanos en campo abierto. Ni siquiera una confederación de tribus, como la que ahora él dirigía habría tenido ninguna oportunidad en el campo de batalla. Pero en un bosque, sin posibilidad de maniobrar, las cosas eran muy diferentes. Las tres legiones fueron aniquiladas y Varo se suicidó para no caer en manos del enemigo.

La pérdida de tres legiones fue un mazazo para Roma. Las fuentes aseguran que Augusto, al conocer el desastre, acusaba a Varo de la derrota gritando enloquecido: ¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones! No es de extrañar, puesto que la frontera quedaba desprotegida y a merced de las incursiones germanas. Para colmo los estandartes de las tres legiones, las célebres águilas que los romanos consideraban como sagradas, se habían perdido a manos de los hombres de Arminio.

Los temores de Augusto resultaron exagerados: Roma había sufrido una derrota, pero el territorio imperial no sufrió ninguna invasión. Sin embargo la humillación debía ser reparada y de ello se encargó el general romano Germánico cuyo nombre, tan apropiado para la ocasión, era en realidad el título honorífico concedido a su padre, Druso, por sus triunfos en aquella región. Ahora le correspondía al hijo estar a la altura de su padre en el mismo territorio y contra los mismos enemigos.

Germánico demostró ser un digno hijo del gran Druso. Consiguió recuperar dos de las tres águilas (la tercera permanecería en poder de los germanos hasta que fue rescatada en tiempos del emperador Claudio), pero no logró apresar ni derrotar definitivamente a Arminio. Tampoco hacía falta: Arminio murió 12 años después de su gran victoria, asesinado por miembros de su propia tribu y víctima de la desconfianza que acompañaba al gran poder que había alcanzado. Por su parte, Roma desistió de intentar anexionarse el territorio situado entre el Rin y el Elba. Las acciones guerreras de Germánico fueron de castigo, no de conquista. La frontera permaneció en el Rin hasta la caída del Imperio.

Los historiadores del siglo XIX, la época del nacionalismo, vieron en la traición de Arminio, al que se conocería en Alemania como Hermann, no la rebelión de un ambicioso jefe tribal, sino el nacimiento de una conciencia nacional germánica que se oponía al invasor extranjero. Pero la interpretación más interesante (al menos para mí, porque me fascina la mitología) implica que la captura del botín de la batalla pudiese estar detrás de la leyenda del Oro del Rin, y que Arminio pudiera ser la inspiración del héroe Sigfrido mientras las águilas, símbolo de la legión romana, ocuparían un lugar en las leyendas germánicas como dragones.

Si Varo hubiese sido más precavido o Arminio menos ambicioso, es posible que las tres legiones romanas hubieran sobrevivido y que las tribus situadas entre el Rin y el Elba hubiesen sido totalmente romanizadas. Esto podría haber supuesto un importante cambio en la cultura de lo que hoy es Alemania. Por ejemplo, es probable que hoy se hablase una lengua romance en aquella región. Habría bastado con que Varo hubiese decidido no internarse en aquel peligroso bosque, que hubiera explorado adecuadamente el terreno o que Arminio hubiese preferido una carrera en el ejército romano a la jefatura de una confederación de tribus. Algunas veces el destino del mundo está en manos de una sola persona y Teutoburgo es un buen ejemplo.