Tecnología, misiles y Top Gun

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Mis lectores habituales saben que si no escribo con más regularidad es en buena medida porque siempre estoy involucrado en algo, y el año pasado fue realmente movido para mí con todo tipo de eventos y proyectos. Ya estamos en 2020 y me temo que promete traer tanto ajetreo como el 2019. Claro que por prometer, hasta promete traer la segunda parte de Top Gun, con sus aviones, sus misiles y… un momento, un momento. Aviones, misiles, Top Gun, proyectos en los que estoy involucrado… si esto no da para un artículo, cierro el blog. A ver si sale:

Decía que estoy metido en mil proyectos y más de uno está relacionado con novedades tecnológicas que prometen cambiar la forma en que se lleva a cabo mi trabajo, el control aéreo. Siempre pasa igual con la nueva tecnología. A principios de los años 70, por ejemplo, se desarrolló el Concorde y todo el mundo estaba convencido de que el futuro del transporte aéreo estaba en el vuelo supersónico. Y todo el mundo se equivocaba: 50 años después el transporte aéreo comercial sigue siendo subsónico, con algunos proyectos para retomar los vuelos a velocidad superior a la del sonido. De momento no hay ni un solo prototipo, que yo sepa, así que va para largo.

Hay muchos más casos: el libro electrónico sigue sin desplazar al papel, los coches con caja de cambios manual siguen siendo mayoría, al menos fuera de América, y las videollamadas son técnicamente posibles, pero siguen sin ser la primera opción en comunicación. El autor del dibujo adjunto acertó al representar a dos personas sentadas a la misma mesa que mantienen conversaciones separadas en sus teléfonos portátiles sin hablar entre ellas, pero ¿quién le iba a decir que en el futuro esas personas preferirían enviar mensajes de texto con un teclado diminuto?

El futuro de la telefonía visto en los años 30. No he sido capaz de encontrar el autor.

Hay quien ha estudiado el fenómeno de la aparición de una nueva tecnología y lo ha representado en la siguiente gráfica, en la que se ve que al surgir una novedad el interés crece exponencialmente, parece que va a servir para todo, no deja de hablarse de ella… y de pronto cae en el olvido con tanta rapidez como surgió. ¿Olvido he dicho? En realidad, no es para tanto. Simplemente, la burbuja de las expectativas exageradas pincha, desaparece el entusiasmo y llega la hora del realismo: la nueva tecnología no es la panacea que se esperaba, pero sí tiene utilidad. Vuelve el crecimiento, aunque más gradual y al final se estabiliza en forma de tecnología consolidada.

Imagen tomada de Wikipedia

¿Y qué tiene todo esto que ver con los misiles aire-aire? Había prometido hablar de ellos, ¿verdad? Bueno, pues también ellos tuvieron su momento de expectativas exageradas. Recordemos que en el origen de la guerra aérea el problema era el de disparar muchas veces para aumentar la probabilidad de dar en el blanco, lo que favoreció el uso de la ametralladora, pero ya Guynemer había hecho el experimento de instalar un cañón de 37 mm en su avión. El mayor calibre y el uso de un proyectil explosivo facilitaban el derribo incluso con un único impacto. Durante la Segunda Guerra Mundial los cañones (normalmente de 20 o 30 mm) convivieron con las ametralladoras. Los cohetes también se emplearon en ocasiones, pero sin ningún sistema de dirección.

Esto seguía siendo así a principios de la década de los 50, durante la guerra de Corea, en la que los aviones de caza a reacción, como el F86 Sabre norteamericano y el MiG 15 soviético, relegaron definitivamente a los de hélice. Los motores eran diferentes, sí, pero en cuanto a armamento seguían utilizando los mismos cañones y ametralladoras que se empleaban en la Segunda Guerra Mundial. No obstante, antes de que terminara la década aparecerían los primeros misiles.

Un Sabre y un MiG 15

En general los misiles aire-aire suelen utilizar un guiado por infrarrojos o radar de tipo semiactivo. En el primer caso, el misil busca una fuente de calor (la tobera del avión enemigo) y en el segundo tiene un receptor de radar, pero depende de la emisión del avión atacante, que se refleja en el blanco y es captada por el misil. Los primeros misiles no eran demasiado fiables: los que buscaban el calor de la tobera se despistaban con el sol, por ejemplo. Y sin embargo, eran el futuro. ¿Quién iba a montar un anticuado cañón de tiro rápido en un avión pudiendo usar el último grito de la técnica? Por eso, las primeras versiones de un avión mítico, como el F4 Phantom II, incluían misiles en su armamento, pero no cañones.

Pero durante la guerra de Vietnam resultó que los pilotos americanos y sus misiles se veían en dificultades ante sus adversarios, que los misiles no eran fiables y que el combate aéreo siempre tenía lugar a corta distancia porque se requería identificación visual del adversario para evitar errores. En esas circunstancias un cañón era la solución perfecta para complementar a los misiles, pero el Phantom sólo podía llevarlo montado en un soporte externo, lo que llevaba a poca precisión y mayor esfuerzo en la estructura del avión. La solución fue montar un cañón interno de 20 mm en la versión F4E.

El viejo y fiable sistema tenía que volver a utilizarse cuando ya había sido desechado. ¡Las vueltas que da la vida! Hoy en día los misiles son mucho más fiables, pero los aviones de combate siguen empleando cañones. Las especificaciones de los últimos modelos, como el F35 o el F22 así lo demuestran. El producto nuevo ha alcanzado su madurez, pero no ha llegado a desplazar completamente al sistema anterior.

Prometí hablar de tecnologías novedosas, de misiles y de Top Gun y dije que si no conseguía meterlo todo en un artículo cerraría el blog. He cumplido casi todo, pero ¿qué pinta Top Gun aquí? Pues bien: cuando la experiencia en Vietnam demostró que en el combate aéreo seguía siendo primordial la maniobrabilidad y la técnica de pilotaje, la marina norteamericana decidió hacer un curso para formar a sus pilotos en las técnicas de combate a corta distancia. Se fundó así la Fighter Weapons School, pero el curso pasó a ser conocido popularmente como Top Gun. Años después, este curso dio título a una película en la que el argumento era excusa para ver aviones y muchos años más tarde me vendría de perlas para darle un título a este artículo. ¡Prueba superada! Tenemos Gelves para rato.

 

La batalla que todos perdieron

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Vaya año que llevamos en Los Gelves. Por un lado, el blog ha cumplido los 8 años, que es mucho más de lo que yo pensaba que cumpliría. Por otro… a la vista está que este año no ha sido nada activo. Es una pena, pero el tiempo es limitado y estoy involucrado en tantos proyectos que al final algunos de ellos se resienten. Eso no quiere decir que el blog esté abandonado. Cuando llegue un 12 de noviembre en el que no se publique un artículo sobre la Primera Guerra Mundial, entonces estará abandonado, antes no. Y hoy es 12 de noviembre. Y hay artículo.

Esta vez hablaremos sobre la mayor batalla naval de barcos artillados de la Historia. Fue en el mar del Norte, en 1916, y se conoce con el nombre de batalla de Jutlandia. 1024px-John_Jellicoe,_Admiral_of_the_FleetFue una acción compleja, tanto que aún hoy los historiadores coinciden en que fue una ocasión perdida, pero no saben para quién. Y se discute sobre todo el papel del
caballero de la fotografía, el almirante John Jellicoe, a quien algunos consideran demasiado pusilánime mientras que otros ven como modelo de prudencia y sangre fría al mando. Fue un hombre que tuvo el destino de la guerra en sus manos y es justo reconocer que no dejó las cosas peor de lo que estaban, que no es poco dadas las circunstancias.

En principio, Jellicoe lo tenía fácil. La armada británica estaba considerada como la más poderosa del mundo y eso le daba una ventaja inmensa. La guerra terrestre que arrasaba el continente europeo desde el verano de 1914 se había estancado en el frente occidental, condenando a una Alemania que, en plena guerra de desgaste, no podía evitar que la flota británica bloqueara sus costas y la dejara desabastecida. La armada alemana no tenía capacidad de responder con un bloqueo sobre los puertos británicos, al menos en lo que a buques de superficie se refiere. Otra cosa eran los submarinos, pero los ataques submarinos contra barcos mercantes neutrales habían dejado a Alemania en una posición diplomática complicada. Había una alternativa, o eso pensaba el nuevo comandante de la flota alemana de alta mar, Reinhard Scheer.

Scheer era demasiado dinámico para quedarse sentado viendo a sus poderosos buques de superficie anclados sin atreverse a salir del puerto, pero sabía que no tenía nada que hacer en un enfrentamiento directo con la flota enemiga. La solución era enfrentarse, no a toda la flota, sino sólo a una parte, aniquilarla, y conseguir así que las fuerzas quedaran más igualadas. El plan para conseguirlo se basaba en lanzar ataques limitados contra la costa inglesa, provocando al adversario hasta conseguir que parte de la flota británica saliera a interceptar un pequeño contingente alemán. Sólo que el pequeño contingente llevaría detrás a toda la flota alemana. Si todo salía bien, los alemanes destruirían un número considerable de buques enemigos y la guerra naval quedaría equilibrada.

Con ese fin, el 31 de mayo de 1916, antes del amanecer, zarpó un grupo de barcos alemanes que se internó en el mar del Norte. El núcleo lo formaban cinco cruceros de batalla, a los que acompañaban otros cinco cruceros ligeros y varios destructores. A unas 50 millas náuticas por detrás navegaba toda la flota alemana, 99 buques de guerra en total. Lo que ellos ignoraban era que sus enemigos estaban alerta. Los servicios secretos británicos tenían los códigos navales alemanes y sabían que algo se preparaba, aunque desconocieran los detalles.

Es preciso hacer un inciso sobre el tipo de barcos que se enfrentaban. Los más potentes de todos eran los acorazados, buques fuertemente blindados, armados con cañones de gran calibre que les daban un inmenso poder de destrucción junto a una enorme capacidad de resistir impactos. Los cruceros de batalla eran casi tan potentes como los acorazados en lo que a armamento se refiere, pero su blindaje era inferior, lo que les hacía más vulnerables, pero más rápidos y maniobrables por su menor peso. Otros buques de gran tamaño eran los distintos tipos de crucero (cruceros acorazados, cruceros ligeros…) todos ellos pensados para operaciones que requirieran gran potencia de fuego.

Acorazados y cruceros de batalla eran los buques estrella del momento y formaban el núcleo de las flotas, pero no operaban solos: la invención del torpedo había permitido diseñar ligeros buques torpederos cuyo principal armamento ya no eran los cañones y cuyos torpedos podían darle un disgusto a cualquier acorazado al que pudieran acercarse con su gran velocidad. Para defenderse de los torpederos se creó un barco más ligero que los cruceros, rápido, armado con cañones y torpedos, y que con el tiempo, y añadiendo unas cargas de profundidad, se convertiría en el barco de guerra versátil por excelencia: el destructor. Y una vez vistos los tipos de barcos que se iban a enfrentar, volvamos a nuestro relato.

Habíamos dejado a la flota alemana internándose en el mar del Norte sin saber que, alertados de que algo se estaba cociendo, los barcos de la Royal Navy habían zarpado de Escocia unas 3 horas antes de que los alemanes se hicieran a la mar. Nada menos que 150 barcos divididos en dos grupos principales: el grueso de la flota, dirigido por el almirante Jellicoe, y un grupo menor formado principalmente por 6 cruceros de batalla y 4 acorazados dirigidos por el almirante Beatty. Ambos grupos debían encontrarse en el mar del Norte para enfrentarse juntos a la amenaza alemana, fuese la que fuese, pero antes de llegar a la cita, hacia las dos de la tarde, los barcos de Beatty se dieron de bruces con la avanzadilla alemana.

El comandante inglés, hombre agresivo, se lanzó sobre sus enemigos, que emprendieron la retirada. La ventaja en teoría era para los británicos, con sus 6 cruceros de batalla y 4 acorazados contra 5 cruceros de batalla alemanes, pero en la guerra no todo depende del número: la visibilidad era mala, especialmente hacia el este, lo que favorecía a los alemanes. Además, los acorazados de Beatty tardaron en reaccionar a la señal y su lentitud hizo que en la práctica se vieran en paralelo los 6 cruceros de batalla británicos y los 5 alemanes. A eso de las dos de la tarde, los barcos empezaron a cañonearse de lo lindo mientras navegaban hacia el sur, donde el grueso de la flota alemana se acercaba a toda máquina.

¿Por qué Beatty se acercó tanto a la avanzadilla alemana? Los cañones de grueso calibre de sus acorazados tenían tal alcance que habrían podido acertar a los barcos alemanes manteniéndose fuera del campo de tiro de éstos. ¿Fue la mala visibilidad la que le hizo juzgar mal la situación? ¿Un exceso de agresividad? ¿Quizás pensaba que los acorazados no se quedarían tan atrás? El caso es que los alemanes tenían un buen día: a eso de las 4 de la tarde alcanzaban al Indefatigable, cuya munición explotaba y se iba a pique con más de mil marineros a bordo. Menos de media hora más tarde el Queen Mary seguía el mismo destino. Beatty, que por un momento pensó que había perdido también un tercer crucero de batalla, llegó a soltar un exabrupto que se haría famoso: There seems to be something wrong with our bloody ships today. Lo podríamos traducir con un castizo No sé qué coño les pasa hoy a nuestros putos barcos.

Pero las cosas iban a cambiar muy pronto, porque en el horizonte estaba haciendo su aparición el grueso de la flota alemana obligando a la flotilla de Beatty a virar en redondo para huir hacia el norte. Un momento antes la avanzadilla alemana guiaba a Beatty hacia una trampa y ahora Beatty llevaba a los 99 barcos de la flota alemana al encuentro de los 150 buques de la armada británica. Todo indicaba que el almirante Jellicoe iba a tener ante sí la oportunidad de aniquilar la flota de superficie alemana.

Estuvo a punto de lograrlo. Aprovechó su ventaja tanto como pudo y las acciones que se sucedieron hasta la llegada de la noche muestran su superioridad, pero los alemanes, ahora a la defensiva, lanzaron a todos sus destructores y torpederos contra los buques enemigos en un intento desesperado de abrirse paso y escapar de la trampa en la que se habían metido.

Funcionó. Jellicoe, no queriendo arriesgarse a verse envuelto en un enjambre de torpedos, maniobró para evitar a los buques ligeros, dando a los alemanes un respiro hasta la llegada de la noche. Jellicoe, que sabía que las acciones nocturnas eran tan arriesgadas como jugar a la ruleta, no estaba dispuesto a perder su superioridad naval en un combate nocturno en el que la técnica alemana era superior. Prefirió intentar cortar la retirada a los barcos alemanes y esperar al amanecer, pero la armada alemana consiguió deslizarse en la oscuridad entre los buques adversarios y regresar a puerto.

Las pérdidas británicas fueron los dos cruceros de batalla que ya he mencionado, un tercero que resultó hundido en la acción entre las flotas principales, tres cruceros acorazados y siete destructores. Los alemanes sólo perdieron un crucero de batalla al que se añadieron otros buques de menor tamaño: cinco cruceros ligeros y otros tantos destructores. Tanto en tonelaje como en bajas, las pérdidas británicas doblaban a las alemanas y la propaganda germana no tardó en pregonar que la invencibilidad inglesa en el mar había desaparecido.

Muchos ingleses pensaron lo mismo y Jellicoe fue criticado por haber desaprovechado la oportunidad de acabar con la flota alemana cuando tenía tan gran superioridad numérica. Las críticas también alcanzaron a Beatty, que al principio de la lucha desaprovechó sus 4 acorazados para entrar en un combate incierto en el que sufrió las mayores pérdidas de la batalla. Pero estas opiniones no son unánimes y la controversia llega hasta hoy, porque muchos piensan que Jellicoe, al evitar un combate nocturno en el que se podría haber visto en desventaja, garantizó que la supremacía británica en el mar se mantuviera intacta, aun concediendo a sus rivales una victoria táctica.

Puede que la Royal Navy perdiera el combate, pero el resultado fue una derrota estratégica para Alemania. El plan de Scheer pretendía equilibrar las fuerzas, pero la flota de superficie alemana seguía en situación de inferioridad tras la batalla y ya no volvería a intentar ninguna acción de relevancia en todo el conflicto. Los alemanes se vieron forzados a recurrir de nuevo a la guerra submarina, lo que a la larga llevó a los Estados Unidos a entrar en la guerra, como ya sabemos, asegurando así que la derrota alemana fuera inevitable.

Desde ese punto de vista, las acciones de Jellicoe son acertadas puesto que aseguró la superioridad británica en el mar, que al fin y al cabo, era su misión. Por supuesto, resultaba frustrante para la opinión pública que la flota heredera del almirante Nelson, con una superioridad aplastante, no hubiese sido capaz de aniquilar a sus enemigos teniéndolos a tiro, pero el efecto final fue el mismo, puesto que la flota alemana de superficie tuvo tanta relevancia durante el resto de la guerra como habría tenido de haber resultado destruida.

Posiblemente, el mejor resumen de lo ocurrido lo ofrezca Winston Churchill, que definió a Jellicoe como el único hombre de ambos bandos que podría perder la guerra en una tarde. Que no lo hiciera es motivo suficiente, por muchos errores que cometiera, para guardarle cierta consideración.

 

La primera víctima

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Hace exactamente 80 años que empezó el conflicto más destructivo que haya conocido la humanidad. A las 4 horas y 45 minutos del 1 de septiembre de 1939, un acorazado alemán abrió fuego sobre posiciones polacas en lo que sería el primer disparo de los muchos que se producirían hasta el final de la contienda en 1945. La tendencia natural a fijar la atención en lo más cercano hace que, al hablar de la Segunda guerra mundial, la imaginación de quienes vivimos en Europa occidental vuele hacia la destrucción de ciudades como Rotterdam o Caen, la resistencia clandestina de Francia u Holanda, las operaciones militares de las Árdenas, Normandía o Arnhem, o la guerra aérea sobre Gran Bretaña y Alemania.

Ciertamente fueron tiempos duros, muy duros. Sin embargo todo lo que acabo de mencionar palidece ante el escenario del horror en su máxima expresión que fue Europa del Este. En Europa del Este, a la brutalidad de la guerra se sumó el choque entre dos sistemas totalitarios que consideraban la vida humana, no hablemos ya de su dignidad, como algo secundario. En el frente del Este era habitual no tomar prisioneros y las masacres de civiles eran cotidianas. Por eso hoy, cuando se cumplen 80 años del inicio de la guerra, es oportuno recordar la odisea sufrida por los habitantes del país agredido en primer lugar. Puede que nada ilustre lo que supuso aquella contienda tanto como la suerte sufrida por Polonia.

El destino de Polonia ya tenía un aspecto muy feo desde antes de aquel 1 de septiembre. Para la Alemania nazi, era el primer obstáculo a superar en la colonización por la fuerza de territorios del Este de Europa situados principalmente en Bielorrusia y Ucrania, pero que no podían alcanzarse sin pasar antes por terreno polaco. Para colmo, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial, sí, pero en el Este la había ganado. El tratado de Brest-Litovsk, firmado por Alemania y el gobierno bolchevique ruso en febrero de 1918, dejaba bajo administración alemana gran cantidad de territorio, incluyendo toda Polonia. La derrota alemana en el frente occidental, sin embargo, dejó sin efecto real las cláusulas del tratado, creando un vacío de poder del que surgieron estados como Polonia o las tres repúblicas bálticas. Para la mentalidad nazi, la existencia de aquellos países en un territorio ganado militarmente por Alemania era poco menos que una aberración.

Tampoco la URSS tenía simpatía por Polonia. En la situación inestable creada tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la frontera de Polonia y la Unión Soviética no estaba claramente definida, y todos sabemos cómo se fijan claramente las fronteras en este mundo: con una guerra. A los primeros enfrentamientos les fueron sucediendo otros de mayor importancia, que culminaron en una gran ofensiva soviética en 1920. Por aquel entonces los bolcheviques ya habían logrado imponerse casi por completo en la guerra civil que siguió a la Revolución y pudieron avanzar sobre Varsovia. La caída de Polonia, pensaban, llevaría al Ejército Rojo a las puertas de Alemania cuyos revolucionarios, estimulados por la cercanía de sus camaradas, iniciarían su propia revolución proletaria, a la que seguirían otras en un efecto dominó que llevaría a la ansiada revolución mundial. Pero el ejército polaco consiguió una resonante victoria en Varsovia en agosto de 1920 y la supervivencia de Polonia quedó asegurada. Hasta 1939.

Los habituales del blog ya conocen el resultado del pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939. Oficialmente era un tratado de no agresión, pero entre sus protocolos secretos incluía la partición de Polonia. La agresión alemana del 1 de septiembre llevó a Francia y Gran Bretaña a declarar la guerra, pero en la práctica Polonia se encontró sola frente a un ejército alemán muy superior. El 17 de septiembre la URSS intervenía para ocupar la zona que el tratado del 23 de agosto les adjudicaba y los ciudadanos polacos se encontraron, según su lugar de residencia, a merced de una de las dos potencias extranjeras.

En la zona Oeste los Eisanztgruppen alemanes se dedicaron al exterminio a base de fusiles, ametralladoras y lanzallamas. Su blanco preferido eran, aparte de los judíos, las clases instruidas, de las que en teoría se podía esperar mayor capacidad de liderazgo. Un pueblo sin líderes es más fácil de esclavizar y las brigadas de aniquilación se pusieron a la tarea. En la zona Este la NKVD, policía política soviética, se dedicó a la deportación, que dominaba con maestría. También aquí el tener una educación media o superior era peligroso puesto que en la retórica de la lucha de clases, las clases medias y altas tenían que ser derrotadas. De aquí que los oficiales del ejército, al tener estudios universitarios, estuvieran entre los seleccionados para la deportación primero y la ejecución después en matanzas como la de Katyn (1940). En ellas murieron algo más de 20.000 hombres. Sus familias, fáciles de localizar a partir de las cartas que los prisioneros habían escrito antes de su muerte, fueron deportadas a Siberia.

Es sabido que en 1941 Hitler decidió que ya era hora de lanzarse contra su antiguo aliado y atacó la URSS. Los cuerpos de los polacos asesinados fueron descubiertos por el ejército alemán en 1943 y utilizados por la propaganda alemana, que vio en ellos un regalo. Como era de esperar, Stalin achacó la matanza a los propios alemanes. Los aliados, en medio de aquella guerra brutal en la que el enemigo del enemigo era amigo por definición, fingieron creerle.

Los sufrimientos de la población civil polaca, en cualquier caso, acababan de empezar. Especialmente para los judíos. La retórica antisemita de Hitler ya era de temer en una Alemania en la que la población judía era, en 1933, menor del 1%; pero en Polonia, con un 10% de judíos, había motivos para echarse a temblar. Especialmente en ciudades como Varsovia, en donde los judíos eran casi la tercera parte de sus habitantes. Al principio se construyeron guetos y se realojó en ellos a los judíos, pero más adelante comenzaron los experimentos con gas. Primero en Chelmno y Belzec, donde se usaba monóxido de carbono, después en Sobibor y Treblinka. Auschwitz, también en Polonia, es el más famoso de estos campos, pero no el más letal al ser un gran complejo dedicado en parte al trabajo forzado y sólo parcialmente al exterminio. Eso explica que los testimonios de supervivientes sean numerosos. Encontrar un superviviente de Belzec o Treblinka es casi imposible.

La desesperación y la certeza del destino que les aguardaba dio fuerzas a los judíos del gueto de Varsovia para sublevarse en 1943. Durante un mes combatieron con uñas y dientes en una lucha sin esperanza que sólo podía tener dos resultados posibles: la muerte en el gueto, a tiros o abrasándose en un edificio incendiado con lanzallamas, o la muerte en Treblinka, que es donde terminaron los supervivientes. Varsovia en su conjunto se sublevaría en 1944, con el ejército soviético a las puertas. Los polacos tenían que intentar liberar su propia capital para poder sentarse en la misma mesa que los vencedores y tener voz a la hora de las negociaciones de paz.

El nuevo levantamiento estaba condenado de antemano. Stalin nunca apoyó a ninguna fuerza de resistencia que no estuviera controlada por los comunistas. Varsovia se levantó contra los alemanes, pero si alguien esperaba que el Ejército Rojo acelerase su avance aprovechando la ocasión, se equivocaba. La sublevación fue aplastada por los alemanes primero y sólo después Varsovia fue liberada por los soviéticos. Los aviones americanos podrían haber lanzado suministros desde el aire, pero no tenían autonomía para ir hasta Varsovia y regresar. Habrían podido aterrizar en territorio ocupado por el Ejército Rojo, pero Stalin se negó.

Después de la guerra llegó el desastre de la postguerra, cuando millones de personas fueron desalojadas porque el lugar donde tenían su casa ahora pertenecía a otro país. Esto ocurrió con los polacos del Este, cuyos hogares estaban ahora en territorio soviético puesto que la URSS nunca desalojó el territorio polaco que había ganado tras su pacto con Alemania en 1939. Polonia fue compensada a expensas de Alemania, por lo que la Polonia posterior a 1945 está más al Oeste que la anterior a 1939.

Como todos los países ocupados por la URSS tras la guerra, Polonia acabó teniendo un gobierno comunista impuesto por Moscú. La historia de los primeros años de la postguerra en Polonia es también deprimente, aunque con menor derramamiento de sangre. Tampoco es que quedara gran cosa por derramar: Polonia fue el país con mayor proporción de pérdidas humanas de la Segunda Guerra Mundial.

Hace ahora 80 años que comenzó aquella orgía de muerte por arma de fuego, explosivos, fuego, hambre y gas letal. La primera de las muchas víctimas fue Polonia y por eso es de justicia recordar el triste destino que se cernía entonces sobre los habitantes de aquel país sin que ellos pudieran hacer absolutamente nada para escapar de él. Aproximadamente 6 millones de polacos murieron durante la contienda, lo que supone casi un 20% de la población del país antes de la guerra. Uno de cada cinco habitantes.