El hijo adoptivo de Sisigambis

Etiquetas

, ,

Pensaba yo hace unos días en que tenía que actualizar el blog y dudaba entre escribir sobre la peligrosidad de las baterías de litio en la bodega de carga de un avión o sobre la campaña contra el gobierno de Antonio Maura en 1909. ¿Artículo de seguridad aérea o artículo de Historia? Cuando se tiene una duda así no hay más que dos posibilidades racionales: o se tira una moneda al aire para elegir una opción o se escoge una tercera que no tenga nada que ver con las anteriores. Por eso, como hace tiempo que no comento ninguna obra de arte, aprovecharé para mencionar una que introduce una historia peculiar. Se trata de “La familia de Darío ante Alejandro”, cuadro de Paolo Veronese.

Es una obra del siglo XVI y eso se nota en la vestimenta de los personajes, que no se corresponde con lo que sería de esperar en la realeza persa y los generales macedonios del siglo IV antes de Cristo. Pero Veronese no pretendía dar una lección de Historia sino ilustrar una anécdota famosa, tanto que no sería la primera ni la última vez que un artista se ocupaba de ella. Conozco al menos otras cuatro versiones pictóricas de este momento. Como ejemplo, veamos una de Charles Le Brun, pintada 100 años después de la de Veronese.

En los dos casos la idea está clara: un grupo de mujeres se arrodilla ante dos hombres vestidos casi igual. Y ahí está la anécdota: se estaban arrodillando ante la persona equivocada. Pero será mejor que vayamos por partes y contemos quiénes son los protagonistas de nuestro artículo de hoy.

Alejandro Magno no necesita presentación, pero su compañero Hefestión no es tan conocido. Baste decir que era uno de sus generales, su principal hombre de confianza, amigo y, según algunas fuentes, amante. En cuanto a las mujeres que se arrodillan ante los macedonios, la más anciana es Sisigambis, madre de Darío III, rey de Persia. Le siguen Estatira, esposa de Darío, y dos hijas del rey. También está el hijo de Darío, aún un niño. Si se humillan ante los macedonios es por la costumbre persa de hacerlo ante los reyes, y en este caso no estaba de más suplicar clemencia y agradecer la que ya habían recibido, puesto que eran prisioneras de Alejandro desde la batalla de Iso o Issos, que tuvo lugar el día anterior a la escena representada en los cuadros.

Era noviembre del año 333 antes de Cristo. Alejandro Magno, decidido a hacerse con el dominio del Imperio Persa, se había enfrentado en Issos al ejército comandado en persona por Darío III. La ventaja numérica estaba del lado persa, pero en la guerra el número de soldados no importa tanto como la forma en que están armados y dirigidos y en aquella época el ejército macedonio además de ser el mejor del mundo contaba con Alejandro al frente. En un momento de la batalla, Alejandro, al frente de la caballería, cargó directamente contra la posición que ocupaba Darío. El persa flaqueó y huyó en su carro, poniendo fin a la batalla, puesto que su ejército la dio por perdida al ver escapar a su general. Alejandro no logró alcanzar a Darío, pero sí pudo hacerse con el carro, el manto y las armas del persa, que éste había abandonado para proseguir su huida a caballo.

Con la victoria llegó el botín. La corte persa era célebre por su riqueza, al contrario que la realeza macedonia, de modo que Alejandro, a la vista de los tesoros que guardaba la tienda de Darío pudo exclamar “así que esto es lo que significa ser rey”. Aquella noche celebró el éxito con sus generales cenando en la vajilla de oro del monarca persa, pero oyó llantos y gemidos cercanos y preguntó qué ocurría. Era la familia de Darío, que había acompañado al rey a la batalla y que ahora, al ver su carro y su manto, lo daban por muerto.

Alejandro era un hombre poco común, especialmente para su época: su liderazgo se basaba en el ejemplo (ya lo vimos en otro artículo) y no abusaba de su poder con los vencidos. Al contrario, su clemencia y magnanimidad se harían célebres. En esta ocasión envió a un oficial para que tranquilizara a la familia de Darío, les explicara que éste seguía con vida y que podían contar con su protección. Al día siguiente, Alejandro, acompañado de Hefestión, acudió a visitar a sus ilustres cautivos, que vieron por primera vez a su vencedor, pero… ¿cuál de los dos hombres era?

Sólo el choque cultural explica la confusión que siguió. Entre los persas la realeza no sólo era rica y ostentosa: también era imponente. Se esperaba de un rey que tuviera buena presencia, empezando por su estatura (el propio Darío medía cerca de dos metros), pero Alejandro por el contrario era un hombre delgado y más bajo que su acompañante Hefestión, al parecer un hombre apuesto y de buena figura. La reina madre, Sisigambis, siguiendo la costumbre persa, se postró sin dudar a los pies de quien ella suponía era el vencedor de su hijo y se encontró con que éste, desconcertado, daba un paso atrás. Sisigambis, cuando sus sirvientes le indicaron su error, quiso repetir el gesto ante el verdadero Alejandro, pero éste le ayudó a ponerse en pie al instante con una frase que, una vez que se la tradujeron, desconcertó a la anciana persa: “No te apures, madre, no te has equivocado. Él también es Alejandro“.

Es curioso que entre ambos, Alejandro y Sisigambis, se desarrollara rápidamente una gran simpatía mutua, teniendo en cuenta sus diferencias culturales. No fue el del primer día el último de los malentendidos que tuvieron: cuando Alejandro quiso hacer un regalo a su prisionera no pensó en nada mejor que un juego de labor con hilos de colores, recordando que las mujeres macedonias, por muy nobles que fueran, gustaban de entretenerse tejiendo y bordando. Para Sisigambis, sin embargo, el ver a quien aseguraba ser su protector entregándole unos instrumentos propios de una sirvienta o, peor aún, de una esclava fue un impacto. Alejandro, viendo su desconcierto, preguntó que ocurría, comprendió el malentendido y pidió disculpas.

Dos años después, en el año 331 antes de Cristo, Alejandro y Darío volvieron a enfrentarse, esta vez en Gaugamela. Una vez más la ventaja numérica era persa y una vez más Alejandro hizo huir a su rival. Tras la batalla, Darío apenas conservaba un pequeño ejército y ya no tuvo ocasión de reclutar otro porque fue asesinado por uno de sus sátrapas. Alejandro, que habría preferido capturarlo con vida, envió el cadáver a Persépolis para que Sisigambis organizara las honras fúnebres correspondientes a su rango.

Es extraño el destino de Sisigambis: sobrevivió a la derrota de su hijo y también a su muerte, pero no sobrevivió a la de Alejandro. Éste murió en el año 323 antes de Cristo. Al conocer la noticia, Sisigambis se encerró en sus habitaciones y se negó a comer hasta que le sobrevino la muerte, cuatro o cinco días después.

Esta historia, como todas las de la Antigüedad, hay que tomarla con precaución. No sólo por la costumbre de los historiadores de la época de embellecer sus relatos, también por las diferencias culturales: puede que Sisigambis, viendo muerto a su protector, esperara verse asesinada de un momento a otro. No tendría nada de extraño, puesto que su hija, que se había casado con Alejandro, murió asesinada por Roxana, otra esposa del macedonio, que no quería competencia para su propio hijo.

En cualquier caso la relación de Alejandro con Sisigambis fue más allá de la mera diplomacia. Las fuentes coinciden en la mutua simpatía y el buen entendimiento entre ambos. No deja de ser llamativo y otra muestra más del peculiar carácter de Alejandro, un hombre que daba ejemplo a sus soldados siendo el primero en la línea de batalla, que se comportaba con moderación en la victoria sin abusar de su posición de fuerza y que respetaba a los vencidos. En una época en la que se podía arrasar tranquilamente una ciudad tras pasar a cuchillo a sus habitantes varones y vender a las mujeres y niños como esclavos sin que nadie moviera una ceja, la personalidad de Alejandro resulta especialmente llamativa. No hubo nadie como él y la prueba fue el desmembramiento de su imperio tras su muerte. Pera esa historia la contaré otro día.

 

 

 

 

Precaución: estela turbulenta

Etiquetas

,

El pasado 7 de enero un reactor de negocios con 9 personas a bordo sobrevolaba el Océano Índico a nivel de vuelo 340 (esto es 34.000 pies, algo más de 10.000 metros). Había despegado de las islas Maldivas, se dirigía a Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes y todo parecía transcurrir con normalidad. Se trataba de un avión Challenger CL-604, prácticamente idéntico al de la fotografía.

Imagen tomada de Wikipedia

A eso de las 8:40 hora de Greenwich, es decir las 12:40 hora local, el avión se cruzó con un A380 de Emirates que cubría la ruta entre Dubai, en Emiratos Árabes y Sidney, Australia. El A380 no necesita presentación: es un avión inmenso, el mayor de los que en la actualidad prestan servicio en aerolíneas. Con un peso máximo al despegue de 560 toneladas y una envergadura de casi 80 metros, hace que un reactor como el Challenger, de apenas 22 toneladas de peso máximo al despegue y menos de 20 metros de envergadura, parezca a su lado un mosquito comparado con un cóndor.

Imagen tomada de Wikipedia

Aunque ambos aviones volaban de frente la seguridad estaba garantizada, puesto que el A380 se encontraba a distinto nivel de vuelo: 35.000 pies, con lo que mantenía una separación vertical de 1.000 con respecto al Challenger. Es la separación mínima permitida y apenas supone una distancia de 300 metros, pero sin embargo es suficiente y los dos aviones se cruzaron sin peligro ninguno de colisión. Debió de ser espectacular estar en la cabina del Challenger y ver pasar por encima a aquel gigante a una velocidad relativa superior a los 1.500 Km/h (al ir ambos aviones de frente, cada uno ve al otro acercarse a una velocidad igual a la suma de las velocidades de ambos. Entre 1.500 y 1.800 Km/hora es una buena aproximación).

Espectacular… e inquietante. Un momento para disfrute exclusivo de los amantes de las emociones fuertes. Si había alguno en el Challenger iba a pasarlo en grande, porque apenas uno o dos minutos después el viaje en avión se convertía en una experiencia digna de una montaña rusa, y no de una cualquiera: el avión alabeó bruscamente girando sobre sí mismo entre 3 y 5 veces mientras los dos motores se paraban. Fuera de control, el reactor se encontró en un descenso del que los pilotos sólo lograron sacarlo tras perder 10.000 pies (más de 3.000 metros, que debieron de hacerse muy largos) y lograr volver a poner los motores en marcha.

Una vez recuperado el control, el avión siguió vuelo pero ahora declarando emergencia para aterrizar en Mascate (o Muscat), Omán, que estaba más cerca que su destino original, Abu Dhabi. Allí tuvieron que ser hospitalizados varios de los ocupantes, uno de ellos con heridas de gravedad, mientras que el avión, tras el brutal esfuerzo que había sufrido, era declarado como no apto para volver a volar debido a los daños estructurales recibidos.

Mientras tanto, el A380 proseguía vuelo ignorando que la turbulencia generada en su desplazamiento había estado a punto de causar una desgracia. Porque fue ésta y no otra la causa del monumental susto que se llevaron los ocupantes del reactor de negocios. Y aunque la estela turbulenta es un problema conocido, pocas veces se manifiesta de una forma tan violenta.

En realidad no es tan raro, si se piensa. Los aviones no dejan de ser vehículos que se mueven en un medio fluido, el aire. Y si un barco, que también se desplaza por un fluido, deja tras de sí una estela, un avión hace lo mismo. Sólo que la estela de un avión no se ve en aire claro, aunque si hay humo o un jirón de niebla, no sólo se ve sino que es estéticamente atractiva:

En la imagen, tomada de una página sobre este tema que incluye un instructivo vídeo de una avioneta que encuentra una estela, (click aquí para visitarla) vemos los vórtices generados por un avión comercial del tipo B757. Son dos remolinos que quedan por donde pasa el avión y que descienden lentamente. Por eso el Challenger los encontró poco después de pasar por debajo del A380. Estos vórtices se disipan bastante rápidamente, especialmente si hay un poco de viento que ayude a deshacerlos, aunque en casos en los que la atmósfera esté muy calmada pueden permanecer durante más tiempo del habitual.

Un avión que encuentre turbulencia de estela se puede ver en una situación muy fea: en primer lugar los remolinos significan que hay corrientes rápidas de aire ascendente y descendente, de manera que el avión puede hacer cualquier cosa al verse envuelto en ellas. Los movimientos bruscos provocan un esfuerzo estructural añadido a los esfuerzos aerodinámicos que ya de por sí crea la turbulencia y de paso pueden verse afectados los motores (sobre todo si añadimos una maniobra acrobática para la que el avión no está diseñado) aunque sólo sea por las condiciones tan raras en que entra el flujo de aire. En resumen: bandazos, giros bruscos, problemas de motor y un esfuerzo estructural que en un caso extremo podría destruir el avión. La conclusión es clara: hay que evitar entrar en la estela de otro avión.

El caso es que los encuentros en ruta como el descrito son raros y pocas veces crean incidentes. El gran problema está en las cercanías de los aeropuertos. Por eso muchas veces vemos que hay bastante espacio entre un avión que aterriza y el que le sigue. OACI, la Organización de Aviación Civil Internacional reconoce 4 categorías de aviones basándose en su peso (en principio mayor peso implica generar una estela más fuerte, pero también que el avión se ve menos afectado cuando encuentra una estela ajena). La separación entre aviones que van a aterrizar dependerá de la categoría de ambos. Así, si un avión pesado (por ejemplo un B777) sigue a otro similar (por ejemplo un A330) deberán estar separados por al menos 4 millas náuticas, pero si el avión que va en segundo lugar es ligero (por ejemplo una avioneta) la distancia mínima son 6 millas. En la actualidad hay un proyecto para variar estas categorías y hacerlas más eficientes, pero no veo necesario entrar en más detalles.

Cuando los aviones despegan ocurre algo similar: si en un aeropuerto vemos una hilera de aviones grandes (A330, B787, B777, B767, A340, etc.) esperando turno para despegar y detrás un avión medio (un A320 o un B737 por ejemplo), veremos que el intervalo de tiempo entre el despegue de los aviones grandes es menor que cuando le toca al avión medio: a éste le afectaría más la estela del precedente y el controlador tiene que darle un margen extra. Por ello los controladores procuran agrupar los aviones que esperan para despegar según el tipo de aeronave: es mucho más ágil sacar primero a todos los aviones medios y luego a los pesados, buscando que transcurra el mínimo tiempo entre un despegue y el siguiente, que ir intercalando aviones al azar.

Por eso, a veces se está dentro de un avión que va a despegar y se ve cómo empiezan a pasar por delante uno tras otro aviones de gran tamaño. Cuando por fin le toca el turno al avión propio, éste entra en pista… y allí espera durante un par de minutos. Siempre hay alguien que da muestras de impaciencia; caramba, al fin y al cabo el anterior ha despegado ya, ¿a qué estamos esperando?. Ahora ya sabemos la respuesta: a estar seguros de que se ha disipado la turbulencia del precedente.

Si el reactor de negocios de nuestro ejemplo necesitó más de 3.000 metros de descenso sin control antes de recuperarse del encuentro, mejor no arriesgarse a tener un susto semejante cuando se está cerca del suelo y de ahí las precauciones. Si ya lo decía mi abuela: eso de ir por los aires, como las brujas, tiene que traer problemas. Menos mal que hay mucha gente trabajando en solucionarlos.

La matanza de San Valentín

Etiquetas

,

Que un blog publique un artículo en el día de San Valentín es normal, pero estoy seguro de que los lectores habituales de Los Gelves no terminan de creerse que vaya a aparecer aquí una historia romántica. Los que me conocen bien saben además que para mí un día como hoy no evoca ideas de frascos de perfume bellamente empaquetados, no. La palabra que asocio con San Valentín es “matanza”. Porque en tal día como hoy, pero de 1929, Al Capone decidió que ya estaba bien de aguantar a Bugs Moran y sus chicos, y todos sabemos cómo resolvía Capone los problemas. Y si no, ahí está la portada del periódico del día para aclararlo:chicago-dailyLa matanza del día de San Valentín se había empezado a gestar mucho antes, hacia 1920, cuando la Ley Seca acababa de entrar en vigor, abriendo un mundo de posibilidades para quienes hasta entonces se habían movido en negocios como el juego o la prostitución. Entre ellos estaba Johnny Torrio, que era un hombre de negocios razonable, capaz de amoldarse a las peculiaridades de otros hombres de negocios, aunque fueran de temperamento muy distinto al suyo. Todo tenia un límite, claro: cuando el jefe de Torrio, Jim Colosimo, se negó a dar el salto al contrabando de alcohol, fue asesinado y la creencia general es que el asesinato fue cosa de Torrio, que tenía mucha más visión de negocio y se daba cuenta de que el alcohol era una mina de oro.

Por regla general, sin embargo, Torrio prefería usar la diplomacia y ofrecer tratos generosos, evitando la violencia y el llamar la atención. Deanie O’Bannion, por ejemplo, era mucho más visceral y menos razonable: cuando uno de sus hombres murió a causa de una caída de caballo, O’Bannion y los suyos robaron el caballo y lo mataron, lo que dice mucho de su foma de entender el mundo.

Un hombre tan violento no podía ser del gusto de Torrio, pero aún así el bueno de Johnny se las apañó para llegar a un acuerdo con él y dejarle autonomía en determinada zona de Chicago. ¿Por qué pelearse habiendo negocio para todos? Además, Bannion tenía un lado poético: le encantaban las flores. Incluso puso una floristería a la que solían acudir los miembros de la Mafia cuando tenían que rendir homenaje en un funeral a uno de los suyos. En esas ocasiones era frecuente que O’Bannion pusiera el cadáver, además de las flores.

En Mayo de 1924 Deanie O’Bannion parecía estar cansado de los negocios turbios y ofreció vender su parte a Johnny Torrio por 250.000 dólares. El negocio se tenía que cerrar en la fábrica de cerveza de O’Bannion, pero mira por dónde apareció la policía en el peor momento. Para O’Bannion no era gran cosa porque no tenía antecedentes y se libraría con una multa, pero Torrio sí los tenía y se podía ver en la cárcel. El que Deanie se quedará finalmente con la cervecería y con el dinero era algo que incluso alguien tan razonable como Torrio no podía dejar pasar.

La ocasión de saldar cuentas llegó en Noviembre de aquel mismo año, a raiz de la muerte de Mike Merlo, presidente en Chicago de la Unione Siciliana, una asociación benéfica de inmigrantes con el fin de encontrar apoyo mutuo. Merlo era un hombre de paz, al que algunos consideraban un santo, cuyos buenos oficios utilizaba Johnny Torrio de tanto en tanto para imponer la razón y lograr que las disputas se resolvieran sin sangre. Un cáncer acabó con su vida a los 44 años y no tiene nada de raro que Torrio encargara flores para el funeral y tampoco que tres de sus hombres fueran a recogerlas a la tienda de O’Bannion, que se encontró con que no podía librarse del apretón de manos con que le saludó uno de ellos. Los otros dos aprovecharon para tirotearlo a placer. Acababa de empezar una guerra.

Un par de meses después, Johnny Torrio llegaba a casa en su coche cuando le tocó el turno de ser acribillado por tres de los hombres de O’Bannion: Hymie Weiss, Bugs Moran y Vincent Drucci. Recibió impactos por todas partes y, malherido, se encontró con una pistola en la sien. El asesino apretó el gatillo y… no ocurrió nada; la pistola había quedado descargada en el tiroteo. Otro de los tiradores dio la voz de alarma y los tres hombres se fueron a escape, dejando a Torrio al borde de la muerte, aunque vivo. Se recuperó, pero pensó que ya había tenido bastantes emociones y decidió retirarse dejando el negocio en manos de uno de sus hombres con el que se llevaba muy bien a pesar de que era violento y nada diplomático. Se llamaba Al Capone.

Capone tenía poco de discreto: se paseaba por Chicago en una limusina blindada y le gustaba ir a la ópera rodeado de guardaespaldas. Prefería las amenazas a la diplomacia y no tenía reparo en cumplirlas, así que la continuación de la guerra con los herederos de O’Bannion era cosa servida. Éstos intentaron acabar con él enviando una docena de coches con pistoleros contra un local de Capone, que salió ileso de puro milagro. Tres semanas después devolvía el golpe acabando con Hymie Weiss, por entonces al frente de la banda del difunto O’Bannion, frente a la catedral de Chicago.

A Weiss lo sucedió Bugs Moran, de origen polaco como él, sin que la guerra tuviera visos de terminar. Prueba de la violencia del conflicto es el asesinato de los pacíficos sucesores de Mike Merlo al frente de la Unione Siciliana. Capone había colocado allí a un hombre inofensivo, Tony Lombardo, que fue liquidado por los hombres de Moran en Septiembre de 1928. Su sucesor, también colocado por Capone, era igualmente inofensivo e igualmente fue asesinado en Enero de 1929. Para Capone estaba claro que no bastaba con ir matando jefes de la banda sino que había que terminar con la banda misma.

Los hombres de Bugs Moran tenían su centro de operaciones en un garaje de North Clark Street en donde se guardaban los camiones usados para el contrabando de alcohol. Como era de esperar, cuando se les presentó la oportunidad de hacerse con un cargamento de whisky supuestamente robado, se acordó un encuentro en el garaje para examinar la mercancía. La cita tendría lugar la mañana del 14 de Febrero de 1929.

Aquel día, en el local, sometido a una discreta vigilancia, se reunieron seis personas, entre ellos los principales matones de la banda, los hermanos Pete y Frank Gusenberg, pero faltaba el gran jefe, el propio Bugs Moran. Por fin llegó un séptimo hombre, al que los vigilantes identificaron erróneamente como Moran, y el plan se puso en marcha. Un coche de policía se plantó ante el garaje y de él descendieron dos hombres de uniforme que procedieron a arrestar a los siete que estaban en el garaje. En ese momento el verdadero Bugs Moran aparecía en la calle acompañado de otros dos de sus hombres, pero al ver el coche de policía dieron media vuelta y se fueron discretamente.

Los siete hombres del garaje, alineados contra una pared, no tenían aparentemente motivos para inquietarse: en el Chicago de 1929, una redada así tenía muchas probabilidades de terminar en una amonestación para los policías que se metían donde no les llamaban; pero de pronto aparecieron otros dos hombres de paisano armados con subfusiles que ametrallaron a los siete. Sólo quedó vivo el perro del propietario del garaje, que estaba bien atado. Highball se llamaba. Los policías y los hombres de paisano se fueron de allí tan súbitamente como habían llegado.

Cuando preguntaron a Bugs Moran quién podía estar detrás del crimen respondió “sólo Capone es capaz de esto”. (Traducción libre de: Only Capone kills like that). No le faltaba razón, pero esta vez las cosas habían ido demasiado lejos incluso para un hombre como Capone y una ciudad como Chicago. La matanza hizo correr mucha tinta en los periódicos y Johnny Torrio tuvo que volver a intervenir para convocar una conferencia en Atlantic City donde los grandes capos se reunieron con Capone para buscar una solución.

Al terminar la reunión, Capone se fue a Philadelphia en donde, no se sabe cómo, dos policías se dieron cuenta de que él y su guardaespaldas iban armados. Qué raro, viniendo de un jefe mafioso, que debería ser más cauto. En tiempo récord Capone estaba ante un juez sin que apareciera la legión de abogados que era de esperar, se declaraba culpable, le condenaban a un año de prisión y entraba en la cárcel. Todo en apenas 16 horas desde que llegó a Philadelphia. Como los policías que lo detuvieron habían sido tiempo antes huéspedes del propio Capone en su casa de Florida, las malas lenguas suponían que era todo un arreglo para que Capone desapareciera de Chicago durante una temporada.

Pero era demasiado tarde. La matanza de San Valentín había hecho demasiado ruido y el mismo presidente Hoover le encargaba al Secretario del Tesoro que se encargara de aquel gángster. Más aún, cada vez que ambos hombres se encontraban, Hoover preguntaba por el caso Capone. Con enemigos de ese calibre, Capone podía darse por encerrado.

La fama de su captura se la llevó, aunque muchos años después de los hechos y de manera póstuma, Eliot Ness, cuyo papel fue hostigar los negocios ilegales de Capone a base de redadas en cervecerías y bares clandestinos, pero el trabajo más duro lo llevaron a cabo quienes investigaron los libros contables hasta encontrar algún indicio de delito fiscal, que fue lo que a la postre sirvió para cumplir la orden presidencial de encerrar a Capone, que cumplió sentencia entre 1932 y 1939.

Capone no se recuperó jamás del golpe. No podía hacerlo por razones de salud: cuando salió de la cárcel sus facultades mentales estaban muy afectadas por la sífilis. Murió en 1947 a los 48 años. A Bugs Moran tampoco le fue demasiado bien a la larga; con el fin de la Prohibición llegó su declive y se vio de vuelta a sus inicios, es decir a los robos y atracos. Murió en prisión en 1957, a los 63 años.

De todos los protagonistas de esta historia sólo Johnny Torrio, el hombre de negocios que prefería negociar a emplear la violencia, salió bien librado. Por algo era conocido como The Fox (el zorro). Cierto que tuvo que cumplir una pequeña condena por evasión de impuestos, pero logró retirarse sin perder su prestigio en el mundo del crimen organizado y no era infrecuente que los principales gángsters acudieran a él en busca de consejo. Murió de un infarto a los 75 años, también en 1957.