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72 días en París

01 sábado Ago 2026

Posted by ibadomar in Historia

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Bismarck, Historia, Napoleón III, París, Revolución, Segundo Imperio, Siglo XIX

Hay un suceso que me intriga porque siempre aparece citado en los libros de Historia, pero rara vez en detalle, posiblemente porque fue un fenómeno muy breve; sin embargo convulsionó a Europa en su momento y merece la pena estudiarlo con un poco de detalle. Se trata de la Comuna de París. El resumen rápido es sencillo: la guerra francoprusiana produce un vacío de poder en Francia y se instaura un gobierno obrero. Concluida la guerra, el ejército restaura el orden. El episodio de la comuna sería un paréntesis de dos meses y medio de duración entre el Segundo Imperio y la III República. No está mal como introducción, pero es demasiado simplista.

Empecemos por la semántica. ¿A qué nos referimos con la palabra comuna? En realidad es un calco del francés, idioma en el que commune se podría interpretar como «municipio». Y, en efecto, cuando decimos que en 1871 se proclama la «Comuna de París» nos referimos a que París pasa a tener un gobierno municipal propio. Era una aspiración que venía de lejos en una ciudad con fuerte presencia republicana que se veía siempre gobernada por algún tipo de monarquía, ya fuera bonapartista, orleanista o legitimista. En lugar de tener un ayuntamiento propio, la ciudad estaba dividida en 20 distritos, cada uno con su propio alcalde al que asistían dos asesores, escogidos todos ellos por el Gobierno entre los ciudadanos más pudientes. El conjunto de la ciudad lo gobernaba el prefecto del departamento del Sena, otro cargo gubernamental desempeñado durante prácticamente todo el Segundo Imperio por el Barón Haussmann.

Es imposible visitar París y no oír hablar de Haussmann, puesto que fue él quien dio a la ciudad su aspecto actual. Durante su exilio en Londres, Napoleón III había admirado el esplendor de la capital inglesa, reconstruida tras el gran incendio de 1666. Por ello le encargó a Haussmann la misión de remodelar la ciudad convirtiendo su entramado de callejas en un trazado de calles anchas y rectas en las que aparecían avances como el tranvía de tracción animal o el alumbrado por gas. La transformación urbana también ayudaba a controlar una ciudad proclive a las insurrecciones: las amplias avenidas facilitaban el desplazamiento de la caballería y el emplazamiento de la artillería, haciendo prácticamente inservibles las barricadas que, tradicionalmente, se erigían durante las revueltas. Además, las nuevas estaciones de ferrocarril permitían desplazar rápidamente tropas a la ciudad en caso necesario. Desde el punto de vista gubernamental, todo eran ventajas.

Para los parisinos las cosas no eran tan idílicas. Los ciudadanos acomodados de la zona oeste podían sentirse orgullosos del nuevo aspecto de su ciudad, que ahora rivalizaba con Londres como principal capital de Europa, pero en los barrios de la zona este las cosas eran diferentes. Allí se habían trasladado las contaminantes industrias y los malolientes talleres que no tenían su sitio en el escaparate de lujo en el que debía convertirse París. A su alrededor, junto a los inmigrantes del éxodo rural, se hacinaban los parisinos expulsados del centro de la ciudad por los elevados precios de las nuevas viviendas. Era un buen caldo de cultivo para la expansión de las ideologías más o menos revolucionarias tan presentes en aquella época.

Dado que a finales de la década de 1860 el Segundo Imperio se encontraba debilitado, el gobierno francés impulsó varias reformas que fueron sometidas a un plebiscito en mayo de 1870. El resultado en el conjunto de Francia fue un respaldo a las reformas, y por tanto al régimen; pero el rechazo fue mayoritario en París, que demostraba ser un foco de oposición potencialmente violento. Y justo entonces, el 19 de julio de 1870, estalló la guerra franco-prusiana a partir de un leve desencuentro diplomático, que debería haber quedado en anécdota y que Bismarck supo utilizar para desencadenar la guerra que le serviría para completar la unificación de Alemania.

Francia no estaba preparada para hacer frente al ejército prusiano y la guerra se resolvió en una rápida campaña prusiana culminada con un gran triunfo en Sedán, el 2 de septiembre de 1870, en donde fue capturado el mismísimo Napoleón III. Ante el vacío de poder, en París se proclama la III República y se constituye un gobierno provisional. Dos semanas después, mientras se completaba la derrota de los restos del ejército francés, la capital se veía bajo el asedio prusiano. Para completar la humillación, el 18 de enero de 1871 se proclamaba el imperio alemán… en Versalles. Las derrotas francesas, vividas en París como una traición de sus generales, llevaron a una breve insurrección que el gobierno provisional temió que desembocara en una revolución en toda regla. Necesitado de estabilidad y consciente de que la victoria era imposible, el gobierno cedió a la evidencia y firmó un armisticio con el imperio alemán el 28 de enero.

Napoleón III y Bismarck en Sedán según el pintor Wilhem Camphausen (Imagen: Wikipedia)

Sin embargo seguía en pie un importante escollo: hacía falta un gobierno realmente legítimo para firmar la paz, de manera que se celebraron unas elecciones legislativas  el 8 de febrero. Los monárquicos, los liberales y los bonapartistas querían poner fin a la guerra, pero los republicanos temían el retorno de la monarquía y apostaban por proseguir las hostilidades. Las elecciones se convirtieron por tanto en un plebiscito sobre la continuidad de la guerra. Ganaron los partidarios de la paz gracias al voto rural, mientras que los republicanos se hacían con la mayoría en las grandes ciudades. De la nueva Asamblea Nacional surgió un gobierno presidido por Adolphe Thiers. Hay que decir que incorporó a republicanos moderados, pero los parisinos habían votado mayoritariamente por proseguir la guerra y ahora veían cómo la Asamblea se reunía en Versalles, símbolo de la monarquía (no había agallas para reunirse en París en tales circunstancias) y firmaba allí un tratado provisional de paz. En una nueva humillación, los vencedores desfilaron por las calles de París, completamente desiertas para la ocasión.

París contaba con un ejército propio, la Guardia Nacional, que debería haber servido para la defensa de la capital durante el asedio prusiano. En aquel estado prerrevolucionario, el gobierno de Thiers decidió desarmar a la Guardia y dio la orden de comenzar requisando los cañones de la ciudad, pero la falta de caballos retrasó la operación, que debía llevarse a cabo la noche del 17 de marzo de 1871. El 18 de marzo al amanecer, los parisinos más madrugadores asistieron al intento de requisa de unos cañones que se habían adquirido por suscripción popular y los acontecimientos se precipitaron: la multitud se arremolina, se impide el traslado de los cañones, el general Lecomte ordena a las tropas abrir fuego contra el gentío, pero los soldados dudan y terminan por confraternizar con los sublevados… la insurrección está en marcha.

Esa misma tarde Thiers da la orden de retirada y traslada el Gobierno a Versalles mientras en París el general Lecomte es fusilado junto a otro general, responsable de la represión de la rebelión de 1848, que había sido reconocido pese a estar vestido de civil. Los más extremistas querían marchar sobre Versalles inmediatamente, pero se impuso el criterio de quienes consideraban que aquel asunto afectaba únicamente a París y no a toda Francia. El poder quedó en manos del Comité Central de la Guardia Nacional, que rápidamente proclamó la libertad de prensa, decretó una amnistía y reclamó a Versalles el autogobierno de París.

Pero el Comité Central no era un órgano representativo de la ciudad y ni siquiera en él había unanimidad, ya que las unidades de la Guardia Nacional dependían de cada distrito, y los distritos acomodados del oeste no comulgaban con la insurrección. Se decidió entonces la convocatoria de elecciones municipales, en las que hubo una abstención del 52% (muchos veían aquel proceso como ilegítimo, eso si no habían huido de la ciudad o estaban aún prisioneros de los prusianos). El resultado fue una amplia victoria de los partidarios de la insurrección, que proclamaron la Comuna de París el 28 de marzo.

El gobierno de la Comuna debe buena parte de su fama a la adopción de numerosas medidas de carácter social, como la prórroga de plazos para pagar deudas o la devolución de objetos dejados en prenda como garantía de un préstamo (a menudo eran herramientas de trabajo). También se crearon comedores sociales y guarderías, se decretó la igualdad de salarios sin distinción de sexo, se separó la Iglesia del Estado, etc. Es imposible evaluar el alcance de estos cambios ante la escasa duración del experimento, pero debió de ser escaso. Por poner un ejemplo, la libertad de prensa duró tan poco que ya el 21 de marzo se prohibieron dos periódicos opositores, medida que se fue extendiendo a otros durante toda la duración de la Comuna.

En cualquier caso, las acciones tomadas eran inútiles si el Gobierno de Versalles no aceptaba la Comuna y aquí los negociadores se encontraron con la intransigencia de ambas partes: ni Versalles ni los insurrectos estaban dispuestos a ceder en lo más mínimo, haciendo inevitable el enfrentamiento. Las armas comenzaron a hablar el 3 de abril, cuando se produjo la incursión comunera contra Versalles que los más extremistas habían querido hacer el mismo 18 de marzo. Ya era demasiado tarde: el ejército de Thiers, que contaba con los refuerzos de 60.000 prisioneros de guerra liberados a toda prisa por un Bismarck deseoso de firmar un tratado de paz con un gobierno estable, se impuso fácilmente a la mal preparada Guardia Nacional.

París se vio de nuevo asediada y bombardeada, no por los prusianos esta vez, sino por el ejército francés. Cuando se supo que los prisioneros de la incursión a Versalles habían sido fusilados se publicó un decreto que preveía fusilar a 3 rehenes por cada comunero. Sin esperanzas de socorro, se decretó una movilización general y se constituyó un Comité de Salud Pública de 5 miembros que asumió todo el poder, no sin crear división en la Asamblea, puesto que una importante minoría consideró que el Comité usurpaba la soberanía del Pueblo.

La columna de la plaza Vendôme, coronada por una estatua de Napoleón Bonaparte, fue derribada por los insurgentes (Imagen: Wikipedia)

Eran discusiones bizantinas: el asalto a París estaba en marcha. Entre el 9 y el 14 de mayo cayeron los fuertes exteriores que protegían la capital. Las tropas de Versalles entraron en París el día 21 y el 28 cayó la última barricada, 7 días conocidos como «la Semana Sangrienta» en los que las tropas regulares avanzaron por toda la ciudad sin detenerse a tomar prisioneros y rematando a los heridos incluso en los hospitales. Los comuneros disputaban cada metro de terreno en un lento retroceso en el que prendían fuego a cada edificio que debían abandonar y fusilaban a rehenes como represalia. En el cementerio de Père-Lachaise las tumbas servían de parapeto a los combatientes y los muros como paredón para los fusilamientos. Tras la victoria, el gobierno de Thiers completó una dura represión fusilando y deportando a Nueva Caledonia a un importante número de insurgentes.

Pasada la tormenta, la propaganda convirtió a los communards en una banda de maleantes y prostitutas, pero no sólo los medios oficiales condenaron a los insurrectos; entre los escritores contemporáneos no abundan los testimonios a favor de la Comuna. Émile Zola, que pese a sus críticas al Segundo Imperio tuvo que huir de París durante la revuelta, se preguntaba si el baño de sangre que puso fin a la insurrección no habría sido una horrible necesidad. El conservador Flaubert tenía menos escrúpulos y pensaba que la represión había sido demasiado débil, mientras que George Sand condenó con dureza a los insurgentes. El más indulgente fue Victor Hugo, que veía con simpatía los ideales de la Comuna a la vez que condenaba sus excesos, sin dejar por ello de criticar severamente la dureza de la represión. Victor Hugo lucharía más adelante por lograr una amnistía que llegaría, a discreción del Presidente de la República, en 1879. La amnistía general llegó un año más tarde.

La posteridad ha sido más comprensiva con la Comuna, quizás por la influencia del marxismo en muchos historiadores o porque buena parte del programa comunero terminó por aplicarse progresivamente. Sabiendo que a la larga las medidas sociales más llamativas terminaron por implantarse, cabe pensar si realmente era necesaria una revolución para lograr lo que se consiguió por evolución.

 

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Lo que quedó tras la guerra

12 miércoles Nov 2025

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Primera Guerra Mundial, Siglo XX

Siempre que se acerca noviembre me encuentro con la misma pregunta. ¿Qué puedo contar sobre la Primera Guerra Mundial en el artículo de aniversario del blog? Este año me propuse no hablar de hechos bélicos ni de batallas, sino de lo que quedó después de la guerra. No me refiero a los cambios en las fronteras y tampoco a la invención o generalización de armas como el submarino, las cargas de profundidad, las granadas de mano, el lanzallamas o el subfusil, sino a algo que perdurase también en la vida civil. ¿Hubo algo que surgiera durante la guerra y que sirviera para mejorar la vida de una persona corriente en tiempos de paz o fue todo destrucción?

Como era de esperar, sí hubo avances significativos con aplicaciones fuera del ambiente bélico. Posiblemente la mayor evolución se produjo en el ámbito de la medicina. No es de extrañar, teniendo en cuenta el gran número de sujetos de experimentación involuntarios que trajo la guerra. A una cantidad de heridos y mutilados nunca vista se sumaban las pésimas condiciones higiénicas del frente, creando la necesidad urgente de mejorar la asistencia hospitalaria. Y precisamente ésta es una mejora clara creada por la necesidad.

Aparecieron así formas de atender al soldado herido incluso en el mismo frente y se mejoraron los sistemas de evacuación con la generalización de criterios de triaje, de tal manera que se hizo posible recibir una primera atención médica casi inmediatamente para, en los casos menos leves, ser posteriormente evacuado a un hospital de campaña en la retaguardia donde recibir los cuidados adecuados. Desde allí los casos más graves eran enviados a un hospital lejos del frente. Estas mejoras en la cadena de tratamiento fueron especialmente relevantes en el frente occidental, puesto que se mantenía estático. En el frente oriental, en permanente movimiento, era mucho más difícil organizar la infraestructura necesaria.

Para que funcionara bien esta cadena de tratamiento, el diagnóstico temprano era esencial y un método que permitiera saber la localización exacta de las esquirlas que habían alcanzado a un soldado herido no tenía precio. El método existía, puesto que los rayos X se habían descubierto en 1895 y casi inmediatamente se habían aplicado en medicina. El problema era tener una máquina de rayos X lo suficientemente cerca del frente. En este sentido fue especialmente destacada la labor de Marie Curie, que contribuyó a diseñar ambulancias equipadas con un aparato de rayos X alimentado por un generador movido por el propio motor del vehículo. No se quedó en el diseño sino que, con ayuda de su hija, organizó cursos para formar a enfermeras en el manejo de los aparatos.

Madame Curie en una de sus ambulancias (Imagen: Wikipedia)

Localizar fragmentos de metralla o ver con precisión una rotura ósea en el cuerpo de un herido era un gran avance, pero una vez hecho el diagnóstico había que intervenir de alguna manera. En el caso de las fracturas, el doctor Robert Jones introdujo en 1916 un invento de su difunto tío, el doctor Hugh Owen Thomas: la férula de tracción que se conocería con el nombre de férula Thomas. Gracias a este sistema de inmovilización, la mortalidad en caso de fractura de fémur se redujo drásticamente, de manera que si en 1914 un soldado que sufriera una fractura en el fémur tenía apenas un 20% de probabilidades de sobrevivir, al final de la guerra la supervivencia era de un 85%.

La férula Thomas (imagen: Wikimedia)

Donde hay heridas hay sangre y la pérdida excesiva puede ser fatal. Las transfusiones de sangre, tan necesarias en caso de hemorragia, ya eran conocidas al empezar la guerra, aunque aún no se había descrito el factor rH. Se podía probar la compatibilidad de donantes haciendo una prueba con una muestra antes de iniciar la transfusión, pero lo que no se podía hacer era conservar la sangre. Una transfusión, por tanto, se tenía que realizar directamente, de donante a paciente. Para superar este problema, el estudio de métodos de conservación estaba ya en marcha al comenzar la guerra. Naturalmente la necesidad dio un gran impulso a los estudios y, gracias al uso del citrato de sodio como anticoagulante, pudieron crearse los primeros bancos de sangre de la Historia.

Y si una herida es ya de por sí peligrosa, una herida infectada es generalmente letal. O lo era antes de la aparición de los antibióticos, que no llegarían hasta después de la guerra. Podemos imaginar el disgusto del doctor Baer cuando se enfrentó con las extensas heridas de un soldado que había permanecido en el campo de batalla varios días sin atención de ninguna clase. Sin embargo, el soldado no tenía fiebre por lo que, contra todo pronóstico, podría ser que no hubiera infección. Al quitarle la ropa al herido comprobaron que el aspecto era lamentable puesto que las heridas aparecían recubiertas de gusanos, larvas de moscas, que hubo que retirar. Entonces, el disgusto dio paso a la sorpresa: la carne en las heridas tenía buen aspecto, sonrosada y sin signos de necrosis. Y así fue como se pusieron los fundamentos de la terapia larval, una técnica que se ha descrito a menudo en caso de guerra o entre pueblos primitivos y que a partir de ese momento pasó a formar parte de la práctica médica. El motivo es que las larvas no se alimentan de cualquier cosa, únicamente de carne muerta, y además sus secreciones tienen un efecto bactericida, por lo que protegen y limpian las heridas. Por ello comenzó el uso de larvas, debidamente esterilizadas, en la práctica médica. La terapia cayó en desuso tras el descubrimiento de la penicilina, pero resurgió con la aparición de bacterias resistentes y aún se usa en casos en los que no es aconsejable recurrir a antibióticos.

La guerra trajo también la aparición de la cirugía plástica y grandes mejoras en ortopedia. Fueron muchos los mutilados que se beneficiaron de las nuevas prótesis e incontables los casos de soldados cuyas gravísimas heridas y quemaduras los desfiguraban hasta el extremo de que se sentían incapaces de ver a nadie por la inevitable reacción de desagrado que provocaban las secuelas de sus lesiones. Se considera al doctor Harold Gillies como padre de la moderna cirugía plástica, puesto que fue este cirujano maxilofacial quien fundó en 1917 el primer hospital dedicado específicamente a la reconstrucción facial de los heridos durante la guerra y donde se desarrollaron técnicas que son comunes hoy, como el injerto de piel.

Todo lo anterior está muy bien, pero ¿no se desarrolló nada que fuese útil para quien no hubiera sufrido una experiencia traumática, ya fuera una herida de guerra, un accidente, una mutilación…? ¿Algo útil para una persona sana, sin enfermedades, lesiones ni heridas? La respuesta es que sí. Durante la guerra se utilizaron vendas hechas de celulosa que resultaron ser mucho más absorbentes que las de algodón. Pronto las enfermeras que utilizaban este material descubrieron que era muy útil durante la menstruación. Al finalizar la contienda, había gran cantidad de excedentes de tejido celulósico para fabricar vendajes, pero ahora había surgido una nueva aplicación para este material, de manera que pronto apareció en el mercado un producto del que cientos de millones de mujeres se han beneficiado sin sospechar su origen bélico: las compresas desechables.

 

 

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De vuelta a Munich

17 domingo Ago 2025

Posted by ibadomar in Historia

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1938, Chamberlain, Checoslovaquia, Churchill, Historia, Hitler, Munich, Mussolini, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX

Cuando comencé a escribir este blog era habitual que encontrara un paralelismo entre algún evento que estuviese de actualidad y un hecho histórico. Con el paso del tiempo me cuesta más encontrar ese tipo de relación, quizás porque no leo sobre Historia con tanta frecuencia o porque presto menos atención a las noticias de actualidad. Sin embargo, acaba de ocurrir un hecho con un paralelismo tan evidente con el pasado que tampoco pensaba escribir sobre él, creyendo que ya lo habría hecho cualquier periodista. Para mi sorpresa, y desmintiendo la ley de Godwin, nadie, hasta donde yo sé, se ha molestado en comparar la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin con la Conferencia de Munich de 1938.

Y mira que la comparación es fácil. En 1938 Alemania quería anexionarse una parte de Checoslovaquia con vistas en realidad a hacer desaparecer todo el país, mientras que en 2025 Rusia quiere anexionarse una parte de Ucrania, pero se intuye que esa parte puede ser sólo el principio. Aunque la situación de partida no es la misma (en 1938 Alemania amagaba con ir a la guerra, mientras que en 2025 Rusia lleva ya 3 años y pico de guerra con Ucrania) el paralelismo se hace evidente si observamos que en la cumbre de Alaska el gobierno del país cuyo destino está en juego no está invitado, exactamente igual que en la Conferencia de Munich.

Aquella conferencia tuvo como origen la crisis checoslovaca, que surgía de la cuestión de los Sudetes, una región checa con población de origen alemán. En 1938 el gobierno alemán estaba utilizando todo tipo de agravios, reales o inventados, con el fin de ocupar la región y eso llevaba a Alemania y Checoslovaquia al borde de la guerra. La duda era, ¿qué harían las potencias europeas? Si Francia e Inglaterra decidían dar garantías al gobierno checoslovaco y Alemania intervenía militarmente comenzaría en Europa una guerra similar a la que había terminado 20 años atrás.

Hitler estaba decidido a seguir adelante, puesto que al fin y al cabo las potencias no habían intervenido cuando se había remilitarizado Renania ni durante la anexión de Austria. ¿Habría respuesta ahora? La respuesta vino del primer ministro británico, Neville Chamberlain, que el 13 de septiembre de 1938 tomó un avión por primera vez en su vida para entrevistarse con Hitler. Fue el inicio de una serie de conversaciones entre distintos gobiernos. Ingleses y franceses decidieron que se podría ceder la región de los Sudetes a Alemania para asegurar la paz, Hitler por su parte subía la apuesta y pedía abiertamente la disolución de Checoslovaquia y la repartición del territorio, aunque luego se moderaba y aceptaba solamente los Sudetes y Mussolini insinuaba que estaría al lado de Alemania en caso de guerra. Por si había poca tensión, Alemania lanzó un ultimatum que fijaba como límite el 1 de octubre.

En este ambiente se acordó una reunión urgente en Munich de las 4 potencias europeas: Inglaterra, Francia, Alemania e Italia, que tendría lugar el 29 de septiembre, menos de 48 horas antes de que expirara el ultimatum. En unas horas llegaron a un acuerdo y el día 30 británicos y franceses informaron al gobierno checoslovaco de que debía ceder los Sudetes a Alemania según se había acordado en Munich. En caso de negarse a ceder una parte de su territorio, Checoslovaquia no contaría con el apoyo de los que se suponía eran sus valedores y tendría que enfrentarse a Alemania sin ayuda.

El gobierno checoslovaco se lo tomó como una traición y no es de extrañar, ya que a ellos ni siquiera se les había invitado a participar en la reunión en la que se discutía la integridad territorial de su país. La opinión pública inglesa y francesa estaba aliviada por el alejamiento de la guerra, aunque nadie podía hacerse ilusiones por mucho que Chamberlain alardeara de haber conseguido la paz. Winston Churchill fue la voz más notoria en contra del acuerdo, denunciándolo en el parlamento británico y escribiendo que el gobierno británico, forzado a elegir entre guerra y deshonor, había elegido el deshonor y pronto tendría la guerra.

Fueron palabras proféticas: en la primavera de 1939 Alemania forzaba a Checoslovaquia a aceptar su partición, incorporándose Chequia al Reich y creando un estado títere en Eslovaquia. Para aquel entonces, Hitler sabía que nadie movería un dedo por ayudar al gobierno de Praga. El siguiente movimiento sería repetir la jugada con Polonia, empezando por el corredor de Danzing, aunque esta vez sí se llegaría a la guerra, la más destructiva hasta la fecha. La reacción de Francia e Inglaterra ante el ataque a Polonia debió de sorprender a Hitler, que poco antes había despreciado la posible intervención de ambos países con las palabras: «No son de temer. Los vi de cerca en Munich». La Segunda Guerra Mundial comenzó el 1 de septiembre de 1939: la paz de la que alardeaba Chamberlain había durado apenas once meses.

Decía al principio de este artículo que era extraño que nadie hubiese hecho la comparación evidente entre las dos cumbres en las que se ponía sobre la mesa el futuro de un país sin que éste estuviese presente. Puede que no sea por falta de imaginación sino por temor ante la posibilidad de que el paralelismo se extienda hasta el final.

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