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Ah, la realidad, qué testaruda es. Tiene la manía de imponerse y sólo las personas con mucho poder de convicción sobre los demás son capaces de moldearla a su gusto y aun así, normalmente, por poco tiempo. Otros, los más, se conforman con adaptarse a ella, pero a menudo lo hacen a disgusto y la culpan de sus propios fracasos. En esto pensaba yo cuando hace poco toda la prensa española se hacía eco de las palabras del actual presidente del gobierno, que se quejaba de que la realidad le impedía cumplir con su programa electoral. La realidad, esa pérfida, nada menos. Pero no voy a hablar de Mariano Rajoy, aunque me diera la idea para este artículo, sino de alguien que tuvo un problema similar: no supo calibrar sus fuerzas y se embarcó en algo que le venía muy grande. Naturalmente, la realidad le dio un disgusto tras otro hasta conducirle al disgusto final.

Será un placer contar su historia, porque hace tiempo que ni piratas ni corsarios, gremio al que pertenecía nuestro hombre, aparecen por este blog. Una vergüenza para un sitio que ostenta el nombre de una isla que fue refugio de algunos de estos insignes marinos. No está muy claro si nuestro invitado de hoy fue pirata o corsario (os recuerdo que ya en su día publiqué un artículo sobre las diferencias entre ambos), pero en cualquier caso su fama ha traspasado los siglos de tal modo que incluso se hizo una película sobre él en 1945, muy poco rigurosa por cierto. Estoy hablando del caballero cuyo retrato vemos a la derecha, el capitán William Kidd.

Kidd era un escocés que había tenido cierto éxito como corsario a finales del siglo XVII, cuando navegaba bajo una patente que le permitía atacar buques franceses. Sin embargo no debía de tener muchas dotes de liderazgo puesto que una noche en que él estaba en tierra, sus hombres, dirigidos por un tal Culliford, decidieron irse con el barco dejándole abandonado. Kidd consiguió el mando de otra nave con la que perseguir a los amotinados, pero sin éxito. Sin embargo la suerte no parecía haberle dado completamente la espalda, al menos por el momento, puesto que poco después de estos sucesos recalaba en Nueva York, donde en 1691 se casaría con una joven y acaudalada mujer apenas unos días después de que ella enviudara por segunda vez, lo que dio mucho que pensar. Pero como no había pruebas de que el marido de ella hubiese recibido ayuda para su viaje al otro mundo no hubo consecuencias para la pareja y durante los siguientes años William Kidd y su esposa llevaron una plácida y próspera existencia.

Pero la vida tranquila tocaba a su fin. La desgracia de Kidd fue encontrarse con personajes influyentes como Robert Livingston y el gobernador de Nueva York, Massachussets y New Hampshire, Lord Bellomont, que tenían una idea genial para hacer negocio: se trataba de armar un barco que navegaría bajo patente de corso inglesa con el encargo de acabar con determinados piratas y de hostigar el comercio francés, puesto que ambos países estaban en guerra. En la empresa participaban las personas más poderosas del reino, como el Primer Lord del Almirantazgo o el Secretario de Estado y sólo hacía falta un capitán de confianza para el barco. Es difícil decir que no a una oferta de ese calibre hecha por personas de tanta influencia, así que Kidd, con sus patentes de corso, se embarcó en una galera llamada Adventure. Un tipo de barco poco común en la navegación oceánica, pero muy útil en el combate al estar provisto de remos, que le daban una maniobrabilidad que no tenían los buques cuya propulsión dependía exclusivamente de las velas. Es importante, y por eso lo subrayo, recordar que la patente sólo le daba permiso para enfrentarse a piratas y para apoderarse de barcos franceses.

Pronto se hizo evidente que la empresa estaba gafada. Es difícil que las cosas vayan bien en un barco cuando la tripulación no es demasiado… recomendable. La de Kidd resultó no serlo, pero tampoco las circunstancias, esas piezas que conforman la terca realidad, ayudaban. El buque se dirigió en 1696 a Madagascar en busca de piratas a los que apresar, pero se encontró con que no había nadie en los lugares habituales de refugio. Para colmo, durante la travesía Kidd tuvo un roce con un escuadrón de barcos británicos. He leído dos versiones diferentes del motivo del desacuerdo entre Kidd y el comandante de los navíos ingleses, pero ambas coinciden en que Kidd, temiendo que le obligaran a ceder algunos de sus hombres a la Marina, decidió huir durante la noche, lo que le convirtió en un sujeto sospechoso.

Así que tenemos a Kidd y su Adventure en mitad del Océano Índico sin haber logrado su objetivo de capturar piratas ni haber tomado ningún mercante francés, visto con suspicacia por la Marina inglesa y con una tripulación poco de fiar a la que no se le paga por la sencilla razón de que no hay botín. Poco después un informe dijo que su barco había intentado atacar un convoy indio, pero que fue repelido. ¿Habia decidido Kidd pasarse a la piratería? Puede que sí y ciertamente empezaba a tener reputación de pirata, pero si realmente había decidido abandonar la ley… ¿cómo explicar su discusión con el artillero Moore? Éste le recriminó que no atacaran a un buque holandés que habían avistado, lo que habría supuesto violar los términos de la patente de corso, y le acusó de arruinar a todos. Aquello empezaba a parecerse a un conato de motín y Kidd lo cortó de cuajo estampándole a Moore un cubo en la cabeza que le causó la muerte al día siguiente por fractura de cráneo. Las cosas iban de mal en peor.

A finales de 1697 Kidd consiguió al fin una presa: un barco que navegaba bajo pabellón de Francia, lo que confirmó el salvoconducto francés del que se apoderó el corsario al abordar el barco. La carga era de poca importancia, pero era un principio. ¿Estaba cambiando su suerte? Parecía que sí porque poco después llegó el premio gordo: el mercante Quedah, de cerca de 400 toneladas y cargado con oro, sedas, joyas… el sueño de un corsario si no fuera porque la situación legal era complicada: el buque era indio y el capitán inglés, pero tenían un salvoconducto francés y eso les convertía, según Kidd, en una presa legítima. Los corsarios se dirigieron entonces a la Isla de Santa María, junto a Madagascar, donde fueron a coincidir con un viejo conocido de Kidd: el capitán Culliford, aquél que le había robado el barco años antes y que ahora se dedicaba a la piratería.

Lo que ocurrió entonces no está claro: Kidd dijo que buena parte de sus hombres desertaron para unirse a Culliford y por eso no pudo apresarlo, como exigía su patente contra los piratas, mientras que otros alegaron que Kidd y Culliford, tan pirata uno como otro, decidieron echar pelillos a la mar. Lo que es seguro es que la tripulación de Kidd, excepto 15 hombres, se quedó con Culliford mientras su capitán volvía a casa a bordo del Quedah para encontrarse a medio camino con la noticia de que se le buscaba por piratería. Nuestro hombre decidió entonces continuar su regreso muy discretamente y ponerse en contacto con Lord Bellomont por medio de un abogado y hacerle llegar así su versión con la esperanza de salir del apuro. Bellomont fingió creerle y en cuanto tuvo ocasión lo hizo apresar y enviar a Londres para ser juzgado.

Entonces fue cuando Kidd pudo comprender lo que significa, en el mundo de la tozuda realidad, tratar con los poderosos. Sus socios, aquellos hombres tan bien situados en el gobierno, no estaban dispuestos a arriesgar sus carreras políticas involucrándose en el mayúsculo escándalo que podía significar el reconocer que financiaban la carrera delictiva de un presunto pirata. Kidd se tuvo que enfrentar no sólo a varios delitos de piratería sino también a uno de asesinato por la muerte del artillero Moore. Él se defendió alegando que estaba protegido por su patente de corso, que se había visto forzado a situaciones muy difíciles por su tripulación y que los testimonios contra él eran de gente perjura. No dijo nada en contra de sus influyentes socios, quizás esperando que le pudieran sacar del aprieto. En cuanto a los salvoconductos franceses de los dos barcos apresados por Kidd, que le podían permitir alegar que eran presas legítimas, el corsario aseguraba habérselos entregado a su abogado para que se los diera a Lord Bellomont, pero éste acababa de morir y los papeles no aparecieron por ninguna parte.

Kidd fue condenado a muerte y ejecutado el 23 de Mayo de 1701. Hasta para eso tuvo mala suerte, puesto que tuvieron que ahorcarlo dos veces, ya que en el primer intento se rompió la cuerda para regocijo de los espectadores. Al menos él no se enteró muy bien de lo que pasaba porque aquella mañana le dieron tanto ron que estaba totalmente borracho cuando le llevaron al patíbulo. Su cadáver fue embreado y colgado en una jaula para escarmiento público y así permaneció durante varios años.

Si Kidd hubiera sido más prudente no habría aceptado el peligroso negocio en el que lo embarcaron, si hubiese sido más honesto habría reconocido su fracaso aceptando el regreso y la ruina, pero sin ser sospechoso de piratería y si hubiese sido menos confiado se habría vuelto al Índico como pirata tan pronto como supo que le andaban buscando. Pero creyó que podría manejar la situación y al final la realidad, esa testaruda, se impuso.

Por último, nos queda una duda: ¿fue Kidd un pirata o una víctima de las circunstancias? ¿Hasta qué punto decía la verdad cuando juraba que se había visto acorralado por su tripulación y que se había limitado a tomar dos presas legítimas? Al fin y al cabo en el juicio no aparecieron los salvoconductos franceses de los dos barcos que Kidd había apresado. ¿Existían de verdad esos documentos? Y la respuesta es… ¡Sí! Aparecieron a principios del siglo XX, con más de 300 años de retraso para Kidd. No está claro que le hubiesen exculpado y aun de haberlo hecho quedaba la acusación de asesinato por la muerte de Moore, pero ahora sabemos con certeza que en el juicio se jugó sucio.

Si el capitán Kidd se hizo tan conocido no fue por sus hazañas como pirata sino porque durante mucho tiempo se podía ver su cadaver sobre el Támesis, de manera que los marinos que llegaban a Londres tenían una macabra advertencia del destino que aguardaba a quienes se lanzaran a la piratería. También contribuyó a su fama el que varias veces intentara negociar utilizando una supuesta fortuna que aseguraba haber escondido y que ha alimentado la imaginación de muchos buscadores de tesoros. Sin embargo en los méritos de su carrera como pirata Kidd no era rival para hombres como Edward Teach, el célebre Barbanegra, o el gran Bartholomew Roberts pero ésa… ésa es otra historia.

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