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La huelga del Monte Sagrado

25 domingo Mar 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Agripa, Antigüedad, Comicios centuriados, Etruscos, Historia, Huelga, Monte Sagrado, Patricios y plebeyos, Plinio el Viejo, Plutarco, Porsena, Roma, Servio Tulio, Tácito, Tito Livio, Tribunos

Ahora que hay convocada una huelga general y que se emplea tanta saliva y tanta tinta en hablar de huelgas, no está de más recordar un hecho que se produjo hace muchos, muchos años; 2506 para ser exactos si aceptamos las fuentes tradicionales romanas.

Corría el año 494 antes de Cristo y Roma no era más que una pequeña ciudad de la que nadie podía sospechar que llegaría a dominar casi todo el mundo conocido. Una ciudad que contaba con dos categorías de habitantes muy diferenciadas: los patricios y los plebeyos. Los primeros se gloriaban de ser descendientes de los primeros pobladores de la ciudad mientras que los segundos provenían de quienes habían emigrado a Roma tras su fundación. Había una enorme diferencia entre unos y otros ya que sólo los patricios podían participar en el Senado, por lo que los plebeyos quedaban excluidos de las magistraturas. Esto no quiere decir que no tuvieran ningún derecho, puesto que Roma necesitaba a ese grupo tan importante de población para participar en la defensa común y por tanto se les fueron haciendo concesiones. Algunas datan de tiempos muy antiguos, cuando entre los romanos aún existía la realeza: fue en tiempos del rey Servio Tulio cuando se crearon los Comicios Centuriados, que no entendían de patricios ni de plebeyos.

Los Comicios Centuriados eran una forma de asamblea en la que el conjunto de la población estaba dividido en cinco clases en función de sus ingresos y no de su origen. Esta división parece un paso democratizador, dado que también había plebeyos adinerados (eran conocidos como equites o caballeros, puesto que podían pagarse un caballo y por tanto cumplían con sus deberes militares en la caballería). Sin embargo había una trampa: en los comicios centuriados cada clase económica tenía un número de votos diferente y la clase más rica, que votaba en primer lugar, contaba con 98, mientras que las otras cuatro clases juntas sólo llegaban a 95 votos. En otras palabras: los más ricos tenían todo el poder en la asamblea. Sí que es cierto que los más ricos podían ser plebeyos, pero desde siempre al dinero le ha gustado aliarse con el abolengo y Roma no era una excepción. La máxima aspiración de un rico caballero no era otra que entrar en el Senado, cuyas llaves guardaban los patricios y todos sabemos que los favores se pagan caros. La consecuencia es que la gran masa plebeya seguía relegada.

Con ese panorama ya sólo faltaba una crisis para que la tensión estallara. Algunos historiadores romanos, como Plutarco o Tito Livio, aseguran que la guerra contra los etruscos capitaneados por Porsena terminó satisfactoriamente para Roma, pero otros, como Plinio el Viejo o Tácito, aseguran que fue una derrota total. Lo cierto es que probablemente Roma cayó bajo el dominio etrusco y, en cualquier caso,  salió empobrecida de la guerra. Muchos campesinos habían perdido sus tierras, ahora en territorio enemigo, y las deudas empezaron a asfixiar a los plebeyos hasta que la situación se hizo insostenible.

Los plebeyos, carentes de poder político en la práctica, optaron por un remedio drástico: se retiraron de la ciudad y se asentaron en el Monte Sagrado donde plantearon la posibilidad de fundar una ciudad propia. En Roma saltaron las alarmas, principalmente porque la retirada plebeya dejaba al ejército sin efectivos en un momento en que acababan de salir de una guerra y el enemigo estaba a tiro de piedra. Cuentan que Menenio Agripa se reunió con los plebeyos y les contó la fábula del hombre cuyos miembros se negaron a seguir al servicio del estómago y por tanto dejaron de alimentarle: el estómago sufrió, pero los miembros también se debilitaron a sí mismos. Agripa era elocuente, pero no bastaba con su oratoria, también hicieron falta concesiones para atajar la secesión.

Fue entonces cuando se creó una nueva magistratura: la de los tribunos de la plebe. Eran diez en total, elegidos por un año. Mientras ocupaban el cargo no podían abandonar la ciudad durante más de un día y debían mantener siempre abierta la puerta de su casa, pues estaban al servicio del pueblo día y noche. Gozaban de inmunidad y tenían amplios poderes, entre ellos el de veto, que les permitía frenar cualquier iniciativa que juzgaran contraria a los plebeyos.

Aunque aún pasaría mucho tiempo hasta que la franja entre patricios y plebeyos se borrara completamente, se había producido un cambio profundo en la naciente República. Un cambio producido por algo que se parece mucho a una huelga, pero que en realidad es más incisivo.

Un detalle en el que hemos de fijarnos es que la retirada no se planteó como algo que debía durar un día, dos, o varios. Ni siquiera se planteó como una huelga indefinida, sino que fue una secesión con todas las consecuencias. Los plebeyos estaban dispuestos a fundar una nueva Roma, dejando la antigua abandonada a su suerte. Y por otro lado a los patricios no pareció preocuparles el daño económico, pero sí la falta de seguridad que provocaba el que el ejército perdiera a sus soldados. Es decir que al poderoso le preocupa más su propia seguridad que el bienestar de sus conciudadanos.

Y por último, otro detalle también altamente significativo: los plebeyos elegirían como tribunos casi siempre a plebeyos adinerados. Cabe preguntarse cuánto tardaron en dejar de representar realmente a sus compañeros de clase. Con el paso del tiempo también esta magistratura demostraría ser susceptible de corromperse, pero para entonces la brecha entre patricios y plebeyos se había cerrado, aunque la otra brecha, la que separaba a los ricos de los pobres, no llegaría a cerrarse jamás. Definitivamente, la Humanidad no ha cambiado tanto en los últimos 2.500 años.

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La bandera más temida

11 domingo Mar 2012

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Cabrera, Carlismo, Corsarios, Historia, Jolly Roger, Low, Piratas, Roberts, Siglo XVII, Wynne

No hace mucho que publiqué una entrada sobre los filibusteros de la isla de la Tortuga, a los que todos asociamos con la temible imagen de una bandera negra con una calavera y dos tibias. Es cierto que emplearon ese tipo de bandera, pero hay algunos matices: ni todas las banderas piratas eran iguales ni los piratas han utilizado siempre esa enseña. En realidad, el periodo en el que emplearon la bandera negra como enseña es bastante corto, de unos 25 años, mientras que la piratería es un oficio conocido desde que a alguien se le ocurrió transportar por barco mercancías susceptibles de ser robadas. Para ser más precisos, se dice que fue Emmanuel Wynne el primero que empleó la bandera pirata hacia 1700, mientras que la denominada edad de oro de la piratería se considera que finaliza con la muerte de los últimos grandes capitanes, es decir hacia 1722 (muerte de Roberts) o 1723 (muerte de Edward Low) como muy tarde.

En aquella época el combate naval tenía lugar a una distancia bastante corta entre las naves y la bandera era algo más que un mero indicador de la nacionalidad del buque, puesto que cuando se producía una batalla naval, el barco que arriaba su bandera daba a entender que se rendía. Tan arraigada estaba esta convención que se podía dar el caso de que un buque de guerra enarbolara varias banderas, una en cada mástil, para impedir que una andanada que echara abajo el palo mayor hiciera pensar que el barco se daba por vencido cuando no era así. En un barco pirata de la época no se daban casos de tanto pundonor, sobre todo teniendo en cuenta que se trataría típicamente de una balandra de un único palo, pero el mantener la propia enseña ondeando al viento era un lenguaje comprendido y aceptado por todos los hombres de mar.

Y aquí es donde entra en acción Emmanuel Wynne (o Wynn, que de las dos formas aparece citado). El 18 de julio de 1700 este pirata francés tuvo un enfrentamiento con un buque de guerra inglés, el HMS Poole. Wynne logró escapar de su adversario, que escribió en el diario de a bordo que su rival enarbolaba una bandera negra con dos huesos cruzados, una calavera y un reloj de arena. La insignia descrita debía de ser algo parecido a esto:

No sabemos mucho más de Wynne pero el emblema pirata, que por motivos no muy claros recibiría el nombre de Jolly Roger, quedó descrito por primera vez. La insignia negra de la calavera y las tibias quedó tan asociada a la piratería que la mera posesión de una bandera con este motivo bastaba para ser considerado pirata y condenado a la horca como tal. Teniendo en cuenta que los piratas no eran conocidos por su afición a los formalismos habría que preguntarse por qué se empeñaban en navegar bajo un pabellón, aunque fuera así de heterodoxo. La respuesta tiene mucho que ver con la guerra psicológica y, especialmente, con el tercer elemento de la bandera de Wynne, ese reloj de arena que no suele aparecer en las películas.

La piratería atlántica de la época está muy asociada a la guerra de corso. Pongámonos ahora en la piel de un marino español, por ejemplo, que en algún momento del siglo XVII es interceptado por un barco que enarbola un pabellón corsario inglés u holandés. Si el marino era hombre animoso, y confiaba en su tripulación y en su armamento, podía intentar huir o enfrentarse a su enemigo, sabiendo que si no lograba escapar tendría al final que arriar su bandera y darse por vencido en una acción considerada como bélica. Pero si el barco era pirata la cosa era bien distinta, porque no se atenían a las leyes de la guerra.

Supongamos ahora que el mismo marino ve acercarse un barco y que no puede evitar, o no ve motivo para intentar evitar, que el tal barco se acerque hasta estar a tiro. De pronto el navío desconocido iza la bandera negra y hace un disparo de aviso. ¿Qué hacer? El capitán podía arriar su propia enseña, rindiéndose al pirata, combatir o intentar huir; pero si oponía resistencia o hacía un intento de escapar, corría el riesgo de que el pirata arriara la bandera negra y la sustituyera por una roja que indicaba que en el combate subsiguiente no habría cuartel y los supervivientes de la lucha serían asesinados en caso de que el pirata se alzara con la victoria. El capitán de un barco mercante, cargado de mercancías y no de armas, con una tripulación poco numerosa y mal entrenada para el combate, tenía que ser un hombre muy osado para no dar facilidades al pirata tan pronto como veía ondear la enseña negra, procurando darse prisa para que el adversario no interpretara equivocadamente su tardanza e izara la terrible bandera roja. De esa necesidad de apresurarse procede el reloj de arena de la enseña de Wynne.

Para el pirata, el riesgo de que la posesión de una bandera delatara su oficio en caso de ser interceptado se compensaba con la falta de resistencia de sus presas. Lo mejor para un filibustero era que su víctima se desmoralizara tanto a la vista de la bandera negra que no presentara la menor resistencia. Un combate naval, aunque fuera contra un barco mercante, significaba el riesgo de sufrir a bordo bajas y averías que impidieran una rápida huida en caso de encontrarse con un buque de guerra bien armado y con una tripulación aguerrida y disciplinada. Si eso ocurría, al pirata sólo le cabía el recurso de conseguir huir o pelear hasta la muerte, puesto que en caso de ser apresado le esperaba el patíbulo.

La época dorada de la piratería en América terminó hacia 1725, pero la insignia pirata había adquirido demasiada fama como para morir. La calavera y las tibias, con su aspecto siniestro y temible, han sido la insignia de numerosas unidades militares desde aquella época hasta nuestros días y lo mismo se puede encontrar adornando el emblema de una unidad de caballería del siglo XIX que en la deriva de un moderno avión de caza. Como curiosidad podemos citar un caso español, el del general carlista Cabrera, que adoptó la enseña que vemos debajo.

La bandera de Cabrera está claramente inspirada en la de los piratas. Es más, podría ser perfectamente una bandera pirata puesto que ya hemos dicho que no todas eran iguales y no todas tenían como motivo la calavera y las tibias. La propia bandera de Wynne incorporaba el elemento «no canónico» del reloj de arena y piratas tan célebres como Barbanegra, Roberts o Rackham usaron banderas negras, aunque con imágenes muy diferentes. Pero ésa… ésa es otra historia.

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Las tres vidas de la Pepa.

05 lunes Mar 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Bayona, Carlos IV, Constitucion, Eguía, Elío, Fernando VII, Godoy, Historia, Isabel II, José Bonaparte, Luis XVIII, María Cristina, Napoleón, Riego, Santa Alianza, Siglo XIX, Sublevación de La Granja

Se cumplen por estas fechas 200 años de la aprobación de la primera constitución española. La fecha exacta de su promulgación fue el 19 de marzo de 1812 y por ese motivo, por ver la luz en el día de San José, esta constitución fue conocida popularmente como La Pepa. Su existencia fue muy accidentada y sería posible tomarla, en la línea de otro artículo de este mismo blog, como un intento fracasado de transición; en este caso desde el absolutismo hacia un sistema liberal.

En realidad, la Constitución de 1812 podría considerarse, no como la primera, sino como la segunda constitución española, puesto que ya en julio de 1808 se había aprobado la denominada Constitución de Bayona, que juró el rey José I Bonaparte. Esta constitución, una Carta Otorgada elaborada a instancias de Napoléon, no se suele tener en cuenta cuando se estudia la historia constitucional española por razones obvias, pero sin embargo no dejaba de ser un texto legal; en cierto sentido más legítimo que el surgido de las Cortes de Cádiz, pese a que éste era un texto elaborado por unas Cortes formadas por diputados electos. Y es que la situación que llevó al nacimiento de La Pepa no podía ser más irregular.

El origen fueron los acontecimientos de 1808. Durante las guerras napoleónicas Inglaterra, aprovechando su superioridad naval, imponía un bloqueo a los puertos controlados por los franceses. Al no poder responder con un bloqueo similar, Napoleón optó por el llamado bloqueo continental, prohibiendo el comercio con los puertos británicos. Estando toda Europa bajo el dominio francés un bloqueo así tendría que ser muy dañino para la economía inglesa, pero para que fuese totalmente efectivo se necesitaba que no hubiera ni un solo puerto en Europa que comerciara con los ingleses, incluyendo los de un país tradicionalmente aliado de Su Majestad británica: Portugal. Y para que un ejército francés pudiera obligar a Portugal a sumarse al bloqueo hacía falta pasar por territorio español.

Fue así como entraron las tropas de Napoleón en España, con el beneplácito de sus gobernantes, hacia los que Napoleón no sentía ningún aprecio sino más bien todo lo contrario. Sin embargo el Emperador se equivocaba al llevar sus prejuicios hasta el extremo de extender su desprecio al conjunto del pueblo español. Cierto que España estaba en franca decadencia, pero asumir que se trataba de un país sin energía, que podía ser manejado fácilmente mediante una fuerza de ocupación no demasiado numerosa se iba a revelar como un grave error, aunque no deja de ser cierto que el lamentable comportamiento de Carlos IV, su favorito Godoy y Fernando VII, daban pie a pensar que después de todo los españoles acogerían con agrado un cambio de régimen. Reunidos todos los actores del drama en Bayona, Napoleón consiguió que tanto Carlos IV como Fernando VII renunciaran a sus derechos y dejaran el destino de España en sus manos. Napoleón nombraría más tarde rey a su hermano José y presentaría a una pequeña asamblea de notables españoles la constitución que éstos aprobarían. Era un texto con algunos principios liberales, pero que mantenía en general una monarquía autoritaria.

En realidad la Constitución de Bayona nació muerta porque un par de meses antes de su publicación ya habían comenzado los levantamientos contra el ejército francés. Aparentemente la reacción contra los ocupantes no era legítima puesto que el propio rey había renunciado a sus derechos, pero los insurgentes no aceptaban como válidos los actos de un rey cautivo. La resistencia se organizó en Juntas y pronto hubo una Junta Central que intentaba coordinar los movimientos de resistencia. En estas Juntas hubo de todo: ilustrados reformistas, pero muy moderados, se mezclaban con exaltados liberales y con admiradores del ejemplo revolucionario francés que, sin embargo, no aceptaban la ocupación.

La guerra obligó a la Junta a trasladarse a Cádiz, ciudad liberal por excelencia y por eso fue allí donde se convocaron las Cortes que reunirían, con todas las dificultades que se puede suponer, a los diputados que elaborarían la constitución. El texto resultante fue un clásico de las constituciones liberales que consagraba cuestiones tales como la división de poderes, la libertad de imprenta o la abolición de la tortura. El texto, naturalmente, no resultaría del agrado de los absolutistas.

El destino de la Constitución  se decidió cuando, derrotado Napoleón, volvió Fernando VII a España. El apoyo a la Carta Magna no era unánime entre los diputados, ni mucho menos, y el rey no vio la necesidad de jurar un texto que ponía límites a su poder. Apoyándose en los absolutistas y con la participación de parte del ejército, dirigido por los generales Elío y Eguía, Fernando VII derogó la Constitución y ordenó detener a los diputados liberales. La actuación de Fernando no deja de cuadrar con el ambiente de una Europa que, tras el vendaval napoleónico, veía resurgir con fuerza el absolutismo y que al año siguiente albergaría el nacimiento de la Santa Alianza, firmada por las absolutistas Austria, Rusia y Prusia para apoyarse entre sí.

La Constitución había quedado anulada por la falta de consenso entre los propios españoles, que permitió que la situación se resolviera finalmente mediante un golpe militar. Pero esa misma división social permitió que seis años después el texto volviera a la vida, también mediante un golpe militar: el pronunciamiento de Riego el 1 de enero de 1820 al frente de un ejército de 15.000 soldados que estaban a punto de partir para América. Fernando VII se vio obligado a acatar la Constitución y jurarla el 9 de marzo de ese año. Queda para la Historia su frase: «marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional».

Marchó por esa senda, sí, pero no francamente. El experimento podría haber funcionado si entre los propios liberales no hubiera aparecido una enorme grieta entre los moderados y los exaltados, con altercados violentos a los que se sumaban las intentonas de insurrección absolutistas. Entretanto la Santa Alianza observaba los acontecimientos y se preparaba para una intervención que acabara con el régimen constitucional. Francia, recuperada para la causa absolutista bajo el gobierno de Luis XVIII, aportó la fuerza armada necesaria, el ejército llamado de los cien mil hijos de San Luis. La operación militar francesa comenzó en abril de 1823 y, para sorpresa general, apenas encontró resistencia. El país que diez años antes se había convertido en la peor pesadilla de un ejército de ocupación carecía ya de energía. Fernando VII volvió a gobernar de forma absoluta, desencadenando una represión más dura aún que la de 1814; tanto que las propias potencias de la Santa Alianza recomendarían moderación a Fernando.

La constitución había caído por segunda vez, pero aún volvería a estar vigente una vez más cuando en 1836, ya muerto Fernando VII y en plena guerra carlista y con las habituales tensiones entre distintas facciones políticas, la rebelión de los suboficiales de la guarnición del palacio de La Granja conocida como motín de los sargentos, obligó a la regente María Cristina a jurar el texto, que esta vez no sería derogado por métodos violentos sino por la entrada en vigor de una nueva constitución, la de 1837, que resulta ser una versión modificada de La Pepa. El nuevo texto sin embargo es más moderado, puesto que amplía el margen de actuación de la Corona, permitiéndole por ejemplo disolver las Cortes. Posiblemente el único punto en el que la constitución de 1837 es más liberal que la de 1812 es en la aconfesionalidad del Estado.

El resultado final es que España contó con su constitución, pero con 25 años de retraso. En 1812 la Constitución de Cádiz era un texto vanguardista, pero en 1837 ya había perdido su carácter pionero. Peor aún, en aquellos 25 años se había introducido el germen de la intervención militar en la vida política que haría que durante todo el reinado de Isabel II el método habitual de cambio de gobierno fuese el del golpe de estado, se había permitido una ocupación extranjera para acabar con un régimen constitucional y se había desencadenado una cruenta guerra civil. El país que con su flamante Constitución de 1812 parecía pionero en iniciar el camino que llevaba del Antiguo Régimen a una sociedad democrática, quedaba en el furgón de cola de la evolución hacia el mundo contemporáneo. Las consecuencias siguen siendo visibles 200 años más tarde.

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