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Las promesas incumplidas de Alejo IV

06 domingo May 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Alejo, Balduino de Flandes, Constantinopla, Cruzadas, Edad Media, Historia, Imperio Bizantino, Inocencio III, Jerusalén, Juan Pablo II, Miguel Paleólogo, Ricardo Corazón de León, Saladino, Venecia

Una de las cosas curiosas de estudiar Historia es que llega un momento en el que todo lo que ocurre parece tener algún precedente, aunque a veces haya que forzar un poco los paralelismos para que encajen los hechos. En estos días en los que se habla tanto de incumplimiento de promesas electorales no está de más recordar que esa costumbre de hacer grandes promesas que una vez en el poder no se cumplen, viene de antiguo. Claro que no siempre se puede incumplir impunemente, como descubrió Alejo IV.

Rencillas imperiales en Constantinopla

1195 fue un año agitado en Constantinopla, aunque nadie podía suponer hasta qué punto iba a ser trágico a la larga. Alejo III, acababa de llegar al trono tras deponer a su hermano Isaac II, que fue enviado a una mazmorra después de que le sacaran los ojos (la crueldad no era totalmente gratuita: la ceguera impedía cumplir con los deberes militares necesarios en un emperador). Pero Alejo III no dejó ciego al hijo de Isaac, de 13 años, también llamado Alejo y al que a partir de ahora llamaremos Alejo el joven para diferenciarlo de su tío. Seis años más tarde, Alejo el joven conseguía escapar de Constantinopla y refugiarse en la corte de Felipe de Suabia, donde esperaría la oportunidad para devolverle el favor a su tío. Y la ocasión llegaría con la IV Cruzada.

Se prepara una cruzada

La III Cruzada concluyó en 1192 sin alcanzar los objetivos previstos, puesto que el tratado que firmaron Ricardo Corazón de León y Saladino dejaba Jerusalén en manos musulmanas, aunque reconocía a los peregrinos cristianos el derecho a entrar libremente en la ciudad. Esto no le parecía suficiente al Papa Inocencio III, que predicó una nueva cruzada en 1198. Como consecuencia se preparó un ejército cuyos jefes decidieron que el plan más conveniente para llegar a Jerusalén era el de trasladarse por mar hasta Egipto y empezar allí las hostilidades. Para realizar la travesía los cruzados firmaron un acuerdo con Venecia, que proveería naves suficientes a cambio, eso sí, de 85.000 marcos de plata. En 1202 los venecianos tenían dispuesta la flota y en su ciudad había un ejército cruzado dispuesto a embarcarse… si tuviera dinero para pagar. Los cruzados se vaciaron los bolsillos cuanto pudieron, pero aún así les faltaban 34.000 marcos de plata.

El Dogo de Venecia, hombre práctico, halló una forma de arreglar el problema: una moratoria a cambio de que los cruzados ayudaran a Venecia a tomar la ciudad de Zara, en Dalmacia (actualmente Zadar, Croacia), que se había sublevado contra Venecia hacía 20 años y estaba bajo la protección del rey de Hungría. El trato no fue del agrado de todos los cruzados porque una cosa era arrancar Jerusalén de las garras de los infieles y otra atacar una ciudad cristiana. Finalmente se impuso el sentido práctico y decidieron tomar Zara, cosa que consiguieron con facilidad. Cuando Inocencio III se enteró de lo que habían hecho los soldados de Cristo excomulgó a todo el ejército, aunque más tarde los perdonaría a todos menos a los venecianos. Aun así dio licencia para que el ejército consintiera en viajar a su objetivo a bordo de los barcos de los impíos y atacaran Jerusalén de una vez. Pero para entonces había surgido una nueva distracción, puesto que había llegado a Zara una oferta de Alejo el Joven.

La promesa

Alejo prometía mucho a cambio de la ayuda del ejército cruzado: 200.000 marcos de plata, pagar al ejército todo un año, volver a someter a la Iglesia de Constantinopla a Roma poniendo así fin al cisma… era una oferta demasiado tentadora como para dejarla escapar. Alejo en persona acabó por presentarse en Zara y los cruzados pusieron rumbo a Constantinopla para asediar de nuevo una ciudad cristiana. Inocencio III casi se muere del disgusto al enterarse, pero poco podía hacer. El asedio fue breve, porque Alejo III huyó de la ciudad en seguida y los notables liberaron a Isaac II que, cegado y todo, volvió a sentarse en el trono. Para los cruzados el arreglo no era satisfactorio, puesto que ellos tenían un trato con Alejo el joven y no con su padre, pero consiguieron que Alejo fuera nombrado co-emperador con el nombre de Alejo IV.

La hora de rendir cuentas

Las promesas que se hacen antes de llegar al poder no siempre son fáciles de cumplir. Alejo IV lo descubrió pronto, pero a diferencia de los gobernantes actuales, él sí tenía que dar satisfacción a quienes le habían aupado. Hay que decir que lo intentó: hizo fundir los tesoros de las iglesias y subió los impuestos para intentar pagar su deuda, pero era mucho el dinero prometido y estas medidas le granjeraron una impopularidad que le hacía necesitar aún más la presencia de los cruzados para no ser derrocado por su propio pueblo. El descontento lo empezó a capitalizar otro Alejo, al que llamaban Murzuflo, que quiere decir «cejijunto». La tensión creció y surgió otro candidato a emperador, un tal Kanabos, que consiguió la púrpura durante unos 10 días, que fue lo que tardó Alejo Murzuflo en tomar el poder con el nombre de Alejo V y hacer estangular a Kanabos y a Alejo IV. Isaac II se murió, al parecer sin ayuda, por esas mismas fechas. Acababa de empezar el año 1204.

Teniendo en cuenta la base popular en la que se había apoyado Alejo V, al ejército cruzado no le podía gustar su ascenso al poder. Se inició una negociación, muy breve, en la que ninguna de las dos partes podía dar satisfacción a la otra: Alejo V no podía cumplir con las promesas de Alejo IV y los cruzados no podían embarcarse e irse sin más, puesto que necesitaban aprovisionarse y Murzuflo les había negado el acceso a los mercados de la ciudad. Los cruzados ya no tenían alternativa e iniciaron el asedio, que no duró más de dos meses. El 12 de abril de 1204 entraban en Constantinopla mientras Alejo V, Murzuflo, escapaba a Tracia.

El desenlace

Los cruzados procedieron a saquear Constantinopla de forma metódica. El botín debía ser puesto en común para luego repartirlo (no todos cumplieron, claro, pese a que quien fuese sorprendido ocultando botín era ahorcado). Se recaudaron 1.100.000 marcos y además se apoderaron de reliquias, montones de reliquias que inundaron Occidente y que eran también fuente de riqueza, puesto que atraían peregrinos. Se calcula que durante el saqueo murieron unos 2.000 constantinopolitanos.

Los cruzados eligieron entre sus jefes un nuevo monarca para el imperio: Balduino de Flandes, pero éste sólo pudo controlar una parte del territorio imperial, la que los historiadores conocen como Imperio Latino. Hasta 1261 no se puede volver a hablar de Imperio Bizantino, cuando Miguel Paleológo toma Constantinopla y restaura los usos existentes hasta 1204.

El Imperio Latino entre los restos del antiguo imperio bizantino, según Wikipedia.

El saqueo creó una brecha enorme entre los bizantinos y los occidentales. Muestra de ello es que la ansiada reunificación de la Cristiandad jamás se produjo. La herida fue tan profunda que en 2001, casi 800 años después, el Papa Juan Pablo II pidió perdón a la Iglesia Ortodoxa por aquellos hechos durante una visita a Grecia.

La huida de Alejo Murzuflo no fue larga: se refugió en territorio de su suegro, que no era otro que Alejo III, que lo recibió con los brazos abiertos y a los pocos días (¿a alguien le sorprende esto?) le hizo arrancar los ojos. Murzuflo terminó prisionero de los cruzados, que lo condenaron a muerte por el asesinato de Alejo IV y lo tiraron de lo alto de una columna monumental.

Así concluye la lamentable historia de la IV Cruzada. Si hay una enseñanza que se puede sacar de ella es que para un gobernante es peligroso alejarse del grupo que le ha aupado al poder. Podemos pensar que si este grupo es un conglomerado difuso de electores en realidad no hay riesgo, al menos físico, pero… ¿de verdad son los electores quienes ponen en el poder a los gobernantes? Dejémoslo ahí.

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Por culpa de Julio César

23 lunes Abr 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Calendario, Cervantes, Edad Moderna, Enrique VIII, Gregorio XIII, Historia, Julio César, Numa Pompilio, Revolución rusa, Roma, Shakespeare, Sosígenes, Teresa de Jesús

Vamos a tratar algo en cierto sentido banal, muy alejado de los grandes momentos que cambiaron el mundo, una curiosidad de la Historia que merece ser explicada precisamente hoy, 23 de abril, día del Libro; fecha en la que, según nos recuerdan los informativos año tras año, se conmemora la muerte de dos grandes genios de la Literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare, que fallecieron el 23 de abril de 1616. Y aquí es cuando normalmente aparece un presentador de televisión y nos anima a maravillarnos de la casualidad que quiso que ambos escritores, cumbres de la Literatura en sus respectivos idiomas, fueran a morir el mismo día. ¡Error! Shakespeare y Cervantes murieron en la misma fecha, es cierto, pero en días diferentes. La culpa de este galimatías la tienen a medias Julio César y Enrique VIII, que comparten responsabilidad con el Papa Gregorio XIII, por cuya causa Teresa de Jesús no fue enterrada hasta el 15 de octubre de 1582 a pesar de haber muerto el día 4. No, no me he vuelto loco. Todavía no.

La historia de todo este jaleo empieza en la primitiva Roma. Los romanos utilizaban en principio un calendario lunar, que es muy sencillo de elaborar porque las fases lunares son evidentes, pero que no es muy práctico desde el punto de vista agrícola. A un agricultor le interesa mucho saber qué día exacto comienza la primavera y no le importa tanto cuándo será la próxima luna llena. Por eso los romanos, desde tiempos de Numa Pompilio, pasaron a emplear un calendario solar, aunque bastante imperfecto. Simplemente utilizaban una base lunar que les daba un año de 355 días y, para ajustar, añadían un par de meses cada cuatro años. No era una solución demasiado elegante, pero tampoco los romanos eran muy refinados para estas cuestiones. Un ejemplo de lo flexibles que podían ser es que, aunque tradicionalmente consideraban que el año empezaba en marzo, en el momento en que tomaban posesión los nuevos cónsules, en el 153 a.C. con motivo de la guerra de Hispania les resultó conveniente adelantar la toma de posesión de los cónsules… así que ni cortos ni perezosos adelantaron el inicio del año dos meses. Desde entonces el año empieza en enero.

En conjunto el sistema era un desbarajuste hasta que intervino Julio César, que decidió emprender una reforma. Se trajo a un astrónomo egipcio, Sosígenes de Alejandría, para que calculara la duración exacta del año y poder hacer un calendario más práctico. El cálculo de Sosígenes fue que el año dura 365 días y 6 horas, por lo que el calendario resultante redondeaba el año a 365 días y dejaba que se acumulara un error durante cuatro años, momento en el que el error acumulado era de 24 horas, exactamente un día, por lo que si se añadía un día cada 4 años el error quedaba corregido. De una tacada se había creado un calendario bastante exacto y se había inventado el año bisiesto. El resultado se podría haber llamado «calendario de Sosígenes», pero entonces, como ahora, los políticos se llevaban los honores del trabajo ajeno, así que el calendario se llamó juliano en honor a Julio César y entró en vigor el año 46 a.C. Cómo sería el caos del calendario anterior que aquel año tuvo excepcionalmente 445 días para corregir todos los desfases.

El cálculo de Sosígenes era bueno, pero no perfecto porque el año no tiene 365 días y 6 horas sino un poquito menos, once minutos menos aproximadamente. Con el paso de los años el error se fue acumulando. Once minutos al año son poca cosa, pero en un siglo son 1.100 minutos, más de 18 horas, y en 1500 años son 16.500 minutos, que son más de 11 días. En el siglo XVI las cosas ya no eran como debían: la primavera ya no empezaba el 21 de marzo y la Navidad no coincidía con el solsticio de invierno. Hacía falta una nueva reforma y esta vez la iniciativa partió del Papa Gregorio XIII, que nombró una comisión al respecto. El problema era, como hemos visto, que el año era un poco más corto de lo calculado, por lo que cada 100 años se acumulaban 18 horas de error, o lo que es lo mismo había 72 horas de más cada 400 años: exactamente 3 días. Así que se decidió que cada 100 años habría un año que, aun correspondiéndole ser bisiesto, tendría 365 días en lugar de 366, pero esa corrección no se haría siempre sino que dejaría de hacerse una vez cada 400 años. De esta forma se seguía utilizando el calendario juliano, pero eliminando 3 días cada 400 años, exactamente lo que era necesario para ajustar el desfase. Así que el año 1600 fue bisiesto, pero el 1700, 1800 y 1900 no lo fueron, aunque según el calendario juliano habrían debido serlo. El año 2000 volvió a ser bisiesto, pero ni el 2100 ni el 2200 ni el 2300 lo serán, aunque sí el 2400. Como nada es perfecto, esta corrección tampoco lo es y el error se notará dentro de 3.000 años. Que se preocupen de arreglarlo nuestros nietos.

Con el calendario ya reformado por orden de Gregorio XIII (se le llamó calendario gregoriano como era de esperar), sólo faltaba decidir la fecha de implantación, que finalmente fue el 4 de octubre de 1582. Para entonces el error era de once días, así que al susodicho día 4 le siguió en el calendario el 15 de octubre. Que nadie busque saber qué ocurrió en Madrid, Roma o Lisboa el 12 de octubre de 1582, porque aquel día no existió jamás, ni siquiera en Zaragoza por mucho que fuera el día del Pilar. El azar quiso que Santa Teresa de Jesús muriese precisamente aquel día 4 de octubre y fuera enterrada al día siguiente… que fue el 15 de octubre.

Los países católicos se sumaron en seguida a la reforma gregoriana, pero los protestantes tuvieron menos prisa porque «preferían estar en desacuerdo con el Sol a estar de acuerdo con el Papa» y más aún sabiendo que la comisión de reforma del calendario la había presidido un jesuita. La adhesión al calendario juliano se convirtió en una forma de afirmación religiosa y eso explica que en Inglaterra, anglicana por obra de Enrique VIII, el calendario juliano estuviera en vigor hasta el siglo XVIII. Por eso William Shakespeare murió un 23 de abril de 1616… según el calendario juliano, porque en España aquel mismo día era el 3 de mayo. Cervantes llevaba ya muerto once días. Otros países fueron aún más lentos en sumarse a la reforma gregoriana. La Rusia zarista, por ejemplo, no lo hizo nunca y no fue hasta la época soviética, en 1920, cuando se sustituyó el calendario juliano por el gregoriano. Para ello tuvo que triunfar, en 1917 la Revolución de Octubre… que, naturalmente, tuvo lugar en Noviembre.

Y todo esto por un error de once minutos al año en el calendario juliano. Pero ya que Sosígenes no se llevó la gloria, tampoco parece justo hacerle cargar con el error. Caiga por tanto la culpa sobre Julio César ¡están locos estos romanos!

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La transición fallida de 1931

14 sábado Abr 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Alcalá Zamora, Alfonso XIII, Azaña, Constitucion, España, Historia, Largo Caballero, Miguel Maura, Primo de Rivera, Queipo de Llano, Segunda República, Transición

Hoy me voy a meter en camisa de once varas, me temo. Porque no falla: llega el 14 de abril y surge una oleada de fervientes republicanos desplegando una retahíla de tópicos. Y sin embargo si la II República fue un experimento fallido fue en buena medida porque aquéllos que supuestamente eran republicanos, y a los que hoy se mitifica, en realidad no aceptaban el concepto de República como un régimen plenamente democrático en el que los ciudadanos tuvieran la última palabra. Es un tema muy complejo y no será fácil resumirlo, pero vamos allá.

En primer lugar no hay que olvidar que la República llegó en el peor momento posible. En 1931 la idea de democracia no era tan comúnmente aceptada como hoy. Estaban en boga ideologías que la consideraban como un sistema decadente y si por un extremo nazis y fascistas (palabras que entonces eran descriptivas y no peyorativas) consideraban que los ciudadanos debían someterse a la voluntad de un líder preclaro, por el otro socialistas y comunistas consideraban que la democracia burguesa era como mucho un estado transitorio previo a la cercana llegada de la dictadura del proletariado. No era el mejor ambiente para el consenso, como se ve.

Sin embargo la situación, paradójicamente, llevó al entendimiento. Primo de Rivera había puesto fin, como ya vimos en el artículo La transición fallida de 1875, a un régimen anquilosado hasta la parálisis, pero aunque sus acciones de gobierno parecen bientencionadas, no pasó, en el mejor de los casos, de instaurar un régimen paternalista muy alejado de las aspiraciones de buena parte del país. Dimitió a principios de 1930, pero para entonces ya estaba cuajando la idea de que las reformas necesarias requerían un cambio estructural que pasaba por eliminar la monarquía. Varios grupos políticos suscribieron el llamado Pacto de San Sebastián, a favor de una república, e incluso dirigentes conservadores como Alcalá Zamora y Miguel Maura se integraban junto a republicanos como Azaña o socialistas como Largo Caballero en el Gobierno Provisional de una República que aún no se había proclamado. Los aires revolucionarios llegaban hasta el Ejército con una insurrección en la que participaron personajes como Queipo de Llano, que intentaba en 1930 colaborar en la instauración de una república que, paradójicamente, él mismo ayudaría muy activamente a destruir en 1936.

Alfonso XIII intentó tantear el terreno con la convocatoria de elecciones municipales, a celebrar el 12 de abril de 1931. Los primeros resultados dieron por vencedores a candidatos republicanos, pero aquí empiezan las anomalías porque el recuento jamás se terminó. La exaltación republicana creció y el 14 de abril por la mañana el rey ofrecía la posibilidad de convocar Cortes Constituyentes, pero para entonces era evidente que la monarquía no contaba con apoyos. Aquella misma noche Alfonso XIII partió hacia el exilio.

El Gobierno Provisional abordó de inmediato algunas cuestiones de urgencia, como la reforma militar, emprendida por Azaña como ministro de la Guerra, o la situación de los jornaleros agrícolas, de la que se ocupó Largo Caballero como ministro de Trabajo. Pero la transición no iba a ser tan pacífica como se esperaba y no había transcurrido ni siquiera un mes desde la proclamación de la República cuando en Madrid se produjo un asalto al periódico ABC con violenta respuesta de la Guardia Civil y finalmente una asonada en la que algunos anticlericales se lanzaron a quemar conventos. El gobierno necesitó proclamar el estado de guerra para poner fin a las algaradas. Mal presagio para un régimen que ni siquiera contaba aún con una Constitución.

Las elecciones a Cortes Constituyentes tuvieron lugar el 28 de junio y el resultado fue muy complejo, como era de esperar en un régimen aún en construcción. Aunque se consolidó la amplia coalición gubernamental no hubo un ganador claro por lo que finalmente se alcanzó la solución de compromiso de continuar con el gobierno existente. Como curiosidad hay que decir que el Partido Comunista, opuesto a la «república burguesa», no consiguió ningún escaño, lo que es llamativo conociendo el auge que conseguiría tras comenzar la Guerra Civil 5 años después.

Fueron las Cortes Constituyentes las que demostraron que el consenso conseguido un año antes se evaporaba, puesto que se produjo una polarización que destacó las discrepancias por encima de los acuerdos. Puede que el ejemplo más emblemático sea el de la siempre candente cuestión religiosa, en el que los debates fueron enconados y se defendían posturas difícilmente admisibles en una democracia liberal como la disolución de todas las órdenes religiosas (al final sólo se decidió la de los jesuitas, cuyas disoluciones y expulsiones a lo largo de la Historia merecen un artículo para ellos solos). El claro vencedor de estos debates fue Azaña, que aunque logró moderar algunas posturas muy radicales, paradójicamente quedó encasillado como representante del anticlericalismo.

La cuestión religiosa llevó a la dimisión de los conservadores Alcalá Zamora y Maura y aquí surge una reflexión: el apoyo de estos líderes a la República debió de servir para que muchos conservadores católicos, sector muy numeroso, superaran sus reticencias ante el nuevo régimen, pero con esta dimisión ¿cuántos de ellos recuperarían su desconfianza en la República? Las Cortes habían cometido el error de dirimir en la Constitución cuestiones en los que no había consenso y con ello se daba rango constitucional a asuntos que encajaban con la mayoría parlamentaria del momento, pero que podían ser problemáticos tan pronto como se convocaran nuevas elecciones. Quizás por eso los «padres de la patria» decidieron no someter la Constitución a referéndum ni disolver las Cortes para que hubiera nuevas elecciones y se pudiera determinar con cuánto apoyo popular contaba realmente la nueva Constitución. La Transición de 1931 empezaba a mostrar sus limitaciones.

Al dimitir Alcalá Zamora llegó Azaña a la presidencia de un gobierno decidido a reformar la sociedad. Pero no se pueden acometer reformas sin pisar algunos callos y el nuevo gobierno iba a pisar muchos y todos a la vez. La Constitución prohibía a las órdenes religiosas la actividad educativa, lo que no sólo disgustó a las familias católicas y a los enseñantes religiosos, sino que hacía necesaria una inversión brutal en educación para lograr el objetivo, inalcanzable en la realidad, de que los religiosos cesaran completamente en su actividad educativa el 31 de diciembre de 1933. Para esa fecha ya había otro gobierno, por lo que la Ley de Congregaciones no se aplicó, y en la práctica sólo había conseguido generar un sentimiento antirrepublicano en una parte importante de la sociedad y deteriorar las relaciones entre Iglesia y Estado sin lograr nada a cambio. Las reformas militares eran necesarias para que el Ejército se integrara como parte de la sociedad y no fuera una casta aparte, pero necesitaban tiempo para cuajar y a corto plazo aumentaron la impopularidad del gobierno en los cuarteles. La reforma agraria era fundamental, pero chocaba con intereses poderosos en un momento de crisis ecónomica y a menudo las medidas destinadas a mejorar la situación de los jornaleros no sólo perjudicaban a los latifundistas sino también a labradores propietarios de pequeñas fincas que difícilmente podían sufragar el aumento de los jornales. En conjunto eran demasiadas cuestiones para abordarlas al mismo tiempo y al abrir tantos frentes simultáneamente la República empezaba a grangearse enemigos muy peligrosos.

Mientras tanto la conflictividad social no cedía, alimentada por quienes consideraban que la destrucción del sistema era el paso previo a la construcción de una nueva sociedad, tendencia que se vio abanderada por la CNT, que protagonizó varias insurrecciones que generaron una espiral de violencia que contribuiría a la caída del Gobierno. La consecuencia fue la convocatoria de nuevas elecciones en 1933, en las que se produjeron dos hechos fundamentales: por un lado el éxito de fuerzas no comprometidas con la República y por otro la negativa de la izquierda a acatar plenamente los resultados electorales.

En apenas dos años de régimen republicano las posturas se habían radicalizado hasta el extremo de que el propio ministro de Trabajo, Largo Caballero, decía que «es imposible realizar una tarea socialista en el seno de una democracia burguesa». Los mismos que habían hecho posible la República empezaban a soñar con su destrucción. El fin no llegaría hasta 1936, pero si a los enemigos externos se une la falta de compromiso de quienes debían apuntalar el sistema podemos llegar a la conclusión de que el fin de la República tiene causas muy profundas que nacen de una transición fallida. Una más.

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