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Una de las cosas curiosas de estudiar Historia es que llega un momento en el que todo lo que ocurre parece tener algún precedente, aunque a veces haya que forzar un poco los paralelismos para que encajen los hechos. En estos días en los que se habla tanto de incumplimiento de promesas electorales no está de más recordar que esa costumbre de hacer grandes promesas que una vez en el poder no se cumplen, viene de antiguo. Claro que no siempre se puede incumplir impunemente, como descubrió Alejo IV.

Rencillas imperiales en Constantinopla

1195 fue un año agitado en Constantinopla, aunque nadie podía suponer hasta qué punto iba a ser trágico a la larga. Alejo III, acababa de llegar al trono tras deponer a su hermano Isaac II, que fue enviado a una mazmorra después de que le sacaran los ojos (la crueldad no era totalmente gratuita: la ceguera impedía cumplir con los deberes militares necesarios en un emperador). Pero Alejo III no dejó ciego al hijo de Isaac, de 13 años, también llamado Alejo y al que a partir de ahora llamaremos Alejo el joven para diferenciarlo de su tío. Seis años más tarde, Alejo el joven conseguía escapar de Constantinopla y refugiarse en la corte de Felipe de Suabia, donde esperaría la oportunidad para devolverle el favor a su tío. Y la ocasión llegaría con la IV Cruzada.

Se prepara una cruzada

La III Cruzada concluyó en 1192 sin alcanzar los objetivos previstos, puesto que el tratado que firmaron Ricardo Corazón de León y Saladino dejaba Jerusalén en manos musulmanas, aunque reconocía a los peregrinos cristianos el derecho a entrar libremente en la ciudad. Esto no le parecía suficiente al Papa Inocencio III, que predicó una nueva cruzada en 1198. Como consecuencia se preparó un ejército cuyos jefes decidieron que el plan más conveniente para llegar a Jerusalén era el de trasladarse por mar hasta Egipto y empezar allí las hostilidades. Para realizar la travesía los cruzados firmaron un acuerdo con Venecia, que proveería naves suficientes a cambio, eso sí, de 85.000 marcos de plata. En 1202 los venecianos tenían dispuesta la flota y en su ciudad había un ejército cruzado dispuesto a embarcarse… si tuviera dinero para pagar. Los cruzados se vaciaron los bolsillos cuanto pudieron, pero aún así les faltaban 34.000 marcos de plata.

El Dogo de Venecia, hombre práctico, halló una forma de arreglar el problema: una moratoria a cambio de que los cruzados ayudaran a Venecia a tomar la ciudad de Zara, en Dalmacia (actualmente Zadar, Croacia), que se había sublevado contra Venecia hacía 20 años y estaba bajo la protección del rey de Hungría. El trato no fue del agrado de todos los cruzados porque una cosa era arrancar Jerusalén de las garras de los infieles y otra atacar una ciudad cristiana. Finalmente se impuso el sentido práctico y decidieron tomar Zara, cosa que consiguieron con facilidad. Cuando Inocencio III se enteró de lo que habían hecho los soldados de Cristo excomulgó a todo el ejército, aunque más tarde los perdonaría a todos menos a los venecianos. Aun así dio licencia para que el ejército consintiera en viajar a su objetivo a bordo de los barcos de los impíos y atacaran Jerusalén de una vez. Pero para entonces había surgido una nueva distracción, puesto que había llegado a Zara una oferta de Alejo el Joven.

La promesa

Alejo prometía mucho a cambio de la ayuda del ejército cruzado: 200.000 marcos de plata, pagar al ejército todo un año, volver a someter a la Iglesia de Constantinopla a Roma poniendo así fin al cisma… era una oferta demasiado tentadora como para dejarla escapar. Alejo en persona acabó por presentarse en Zara y los cruzados pusieron rumbo a Constantinopla para asediar de nuevo una ciudad cristiana. Inocencio III casi se muere del disgusto al enterarse, pero poco podía hacer. El asedio fue breve, porque Alejo III huyó de la ciudad en seguida y los notables liberaron a Isaac II que, cegado y todo, volvió a sentarse en el trono. Para los cruzados el arreglo no era satisfactorio, puesto que ellos tenían un trato con Alejo el joven y no con su padre, pero consiguieron que Alejo fuera nombrado co-emperador con el nombre de Alejo IV.

La hora de rendir cuentas

Las promesas que se hacen antes de llegar al poder no siempre son fáciles de cumplir. Alejo IV lo descubrió pronto, pero a diferencia de los gobernantes actuales, él sí tenía que dar satisfacción a quienes le habían aupado. Hay que decir que lo intentó: hizo fundir los tesoros de las iglesias y subió los impuestos para intentar pagar su deuda, pero era mucho el dinero prometido y estas medidas le granjeraron una impopularidad que le hacía necesitar aún más la presencia de los cruzados para no ser derrocado por su propio pueblo. El descontento lo empezó a capitalizar otro Alejo, al que llamaban Murzuflo, que quiere decir “cejijunto”. La tensión creció y surgió otro candidato a emperador, un tal Kanabos, que consiguió la púrpura durante unos 10 días, que fue lo que tardó Alejo Murzuflo en tomar el poder con el nombre de Alejo V y hacer estangular a Kanabos y a Alejo IV. Isaac II se murió, al parecer sin ayuda, por esas mismas fechas. Acababa de empezar el año 1204.

Teniendo en cuenta la base popular en la que se había apoyado Alejo V, al ejército cruzado no le podía gustar su ascenso al poder. Se inició una negociación, muy breve, en la que ninguna de las dos partes podía dar satisfacción a la otra: Alejo V no podía cumplir con las promesas de Alejo IV y los cruzados no podían embarcarse e irse sin más, puesto que necesitaban aprovisionarse y Murzuflo les había negado el acceso a los mercados de la ciudad. Los cruzados ya no tenían alternativa e iniciaron el asedio, que no duró más de dos meses. El 12 de abril de 1204 entraban en Constantinopla mientras Alejo V, Murzuflo, escapaba a Tracia.

El desenlace

Los cruzados procedieron a saquear Constantinopla de forma metódica. El botín debía ser puesto en común para luego repartirlo (no todos cumplieron, claro, pese a que quien fuese sorprendido ocultando botín era ahorcado). Se recaudaron 1.100.000 marcos y además se apoderaron de reliquias, montones de reliquias que inundaron Occidente y que eran también fuente de riqueza, puesto que atraían peregrinos. Se calcula que durante el saqueo murieron unos 2.000 constantinopolitanos.

Los cruzados eligieron entre sus jefes un nuevo monarca para el imperio: Balduino de Flandes, pero éste sólo pudo controlar una parte del territorio imperial, la que los historiadores conocen como Imperio Latino. Hasta 1261 no se puede volver a hablar de Imperio Bizantino, cuando Miguel Paleológo toma Constantinopla y restaura los usos existentes hasta 1204.

El Imperio Latino entre los restos del antiguo imperio bizantino, según Wikipedia.

El saqueo creó una brecha enorme entre los bizantinos y los occidentales. Muestra de ello es que la ansiada reunificación de la Cristiandad jamás se produjo. La herida fue tan profunda que en 2001, casi 800 años después, el Papa Juan Pablo II pidió perdón a la Iglesia Ortodoxa por aquellos hechos durante una visita a Grecia.

La huida de Alejo Murzuflo no fue larga: se refugió en territorio de su suegro, que no era otro que Alejo III, que lo recibió con los brazos abiertos y a los pocos días (¿a alguien le sorprende esto?) le hizo arrancar los ojos. Murzuflo terminó prisionero de los cruzados, que lo condenaron a muerte por el asesinato de Alejo IV y lo tiraron de lo alto de una columna monumental.

Así concluye la lamentable historia de la IV Cruzada. Si hay una enseñanza que se puede sacar de ella es que para un gobernante es peligroso alejarse del grupo que le ha aupado al poder. Podemos pensar que si este grupo es un conglomerado difuso de electores en realidad no hay riesgo, al menos físico, pero… ¿de verdad son los electores quienes ponen en el poder a los gobernantes? Dejémoslo ahí.

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