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Aquella crisis de deuda

27 lunes May 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Argentina, Brasil, Deuda externa, Historia, Latinoamérica, México, Perú, Política, Siglo XX

Hasta hace muy pocos años era raro que alguien supiera qué era la prima de riesgo o que apareciera como noticia la emisión de deuda por el Tesoro Público con todo lujo de detalles sobre la cantidad emitida, intereses, plazos, etc, información que estaba relegada a las páginas interiores de la sección de economía de los periódicos. Toda Europa está ahora preocupada por el problema de la deuda: los deudores porque no saben cómo pagar y los acreedores porque dudan de si cobrarán. Las opiniones sobre las políticas de ajustes y austeridad, tan en boga actualmente, son variadas, pero se resumen en que algunos creen que hay que recortar todo gasto aunque eso suponga la asfixia de la sociedad, que de paso verá así castigado su despilfarro anterior, mientras otros opinan que las políticas restrictivas provocarán una fractura social que hay que evitar, aunque ello implique pérdidas inasumibles para los acreedores, que de paso verán así castigada su avaricia.

Si esta crisis de deuda no afectara a Europa sino a Latinoamérica probablemente los europeos contemplaríamos el panorama sorprendidos de que la Historia se repita tan pronto. Sin embargo no he visto muchas comparaciones entre la actual situación de Europa y la que se dio en Latinoamérica hace apenas 30 años, y es una lástima porque podríamos aprender algo de aquellos hechos. Para empezar, que la situación puede ser duradera, pongamos un mínimo de entre 8 y 10 años desde que la crisis se hizo evidente hasta que por primera vez se da (quizás prematuramente) por terminada. Trataremos el tema en este artículo, que me temo que no será excesivamente completo, porque es muy sencillo acotar el inicio y el fin de un proceso acaecido hace 200 años, pero no lo es tanto cuando se trata de acontecimientos cercanos en el tiempo y cuyas consecuencias finales pueden estar aún desarrollándose.

La raíz de la crisis latinoamericana de los 80 se sitúa en las políticas económicas de los años 60 y 70. Es una época de desarrollo industrial en la región, basado en la política que se denomina de «sustitución de importaciones». Básicamente se trata de desarrollar una industria propia mediante subsidios y medidas proteccionistas. Cierto que así se consigue crear industria, pero otra cosa es que sea competitiva. Por otro lado, la dependencia tecnológica del exterior y la necesidad de inversiones hacían necesario el endeudamiento. Los precios de las materias primas, que la región exportaba en abundancia, aumentaron enormemente en los años 70, mientras que los tipos de interés se consideraban bajos, lo que puede resultar sorprendente si pensamos que hablamos de entre un 8 y un 10 por ciento, muy por encima de los tipos actuales. En consecuencia los gobiernos se endeudaron sin cortapisas, incluso para pagar los préstamos ya existentes, tranquilizados por la creencia de que un Estado no puede quebrar. Eran años felices: América Latina tuvo una tasa media de crecimiento del 7,2% del PNB entre 1960 y 1979. Ya tenemos todo lo necesario para el drama: una burbuja de crédito que por el momento se mantiene, una espiral de deuda y una prosperidad con base frágil. Sólo faltaba que cambiaran las condiciones.

La subida de tipos de interés comenzó en Estados Unidos en 1978, al tiempo que las políticas económicas de los países desarrollados se iban endureciendo como consecuencia de la segunda crisis del petróleo. Los tipos de interés llegaron al 16,7% en 1981, mientras que la crisis internacional provocaba un descenso del comercio y una bajada de los precios de las materias primas. En otras palabras, la catástrofe. Los préstamos no se habían destinado siempre a inversiones productivas y los países latinoamericanos se encontraron con la imposibilidad de encontrar préstamos baratos a largo plazo, por lo que tuvieron que endeudarse a corto plazo con unos tipos de interés elevadísimos. La deuda terminó de dispararse, aunque la expresión «crisis de la deuda» no apareció hasta 1982.

Aquel año, en agosto, llegó lo inevitable. México, que ya había devaluado su moneda un 60%, anunció una moratoria de 90 días en sus pagos. La alarma cundió y más aún cuando se hizo evidente que muchos otros países, incluyendo a los más grandes de la región, como por ejemplo Argentina o Brasil, se enfrentaban a enormes problemas para seguir pagando. Los acreedores se alarmaron, con lo que cayó definitivamente el crédito, la caída de importaciones hundió la producción, la inflación se disparó y el escenario se convirtió en una pesadilla. Pronto entraron en escena el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y las consabidas políticas de ajuste: reducción del gasto, devaluación de la moneda, etc.

A mediados de los 80 y pese a las negociaciones para el pago de la deuda la situación aún no había mejorado substancialmente. En una reunión del FMI que tuvo lugar en Seúl en octubre de 1985 el Secretario del Tesoro norteamericano, James Baker, presentó un plan para lograr estimular el crecimiento con la esperanza de resolver el problema definitivamente, ya que las medidas puramente restrictivas no terminaban de funcionar. Se trataba de aportar 30.000 millones de dólares por un lado y de modificar la economía de los países deudores por otro mediante privatizaciones, cese de las subvenciones, liberalización del comercio, etc. El intento, sin embargo, fracasó y en 1989 la situación de Latinoamérica era insostenible: la renta per cápita había retrocedido una media del 8,3% y en países como Perú la pérdida era de un 20%. Disturbios como los de Caracas en febrero de 1989 se cobraban la vida de decenas de personas y demostraban que el problema ya no era sólo económico sino que la propia estabilidad de la región estaba en peligro.

Un nuevo intento fue el plan Brady, lanzado en 1989 por el sucesor de James Baker. Esta vez se intentaba atajar el problema de la deuda por medio de su reducción. Para ello se decidió renegociar la deuda canjeándola por los llamados bonos Brady. La novedad era que esta vez había una quita, es decir que los acreedores ya no aspiraban a recuperar la totalidad de la cantidad adeudada. Se aplicó de distinta manera en cada país, pero podemos considerar como representativa una quita del 35%. Los problemas no se arreglaron de un día para otro, pero ciertamente en los años 90 se dejaba de hablar de la «crisis de la deuda».

Los resultados de aquella crisis fueron catastróficos, tanto que se acuñó el término «década perdida» para referirse a aquellos años. Los ciudadanos vieron reducidos sus ingresos al tiempo que sus ahorros se evaporaban por efecto de la inflación. El índice de pobreza se disparó y las consecuencias en forma de tensiones sociales y aumento de la criminalidad se sumaron a los efectos puramente económicos.

Y ahora en Europa tenemos una crisis de deuda, que ya dura unos cinco años, si consideramos que el proceso se inicia en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. En el año 2010 Grecia hizo una petición de ayuda que se considera como el primer rescate, así que si hacemos un paralelismo tenemos:

  • 1982 – 2008: Inicio
  • 1985 (plan Baker) – 2010 (primer rescate a Grecia): Plan de ayuda económica, basado en recetas ultraliberales.
  • 1989 (plan Brady) – ???: Se acepta la necesidad de una quita.

Si aceptamos la semejanza entre ambas crisis, aún estamos en la segunda fase y de aquí a dos años deberíamos ver la aceptación de una quita en la deuda y hacia el 2017 más o menos la crisis podría haber abandonado las primeras páginas de los periódicos. Por el camino aún queda mucho desempleo, pérdida de poder adquisitivo, inseguridad y, en resumen, deterioro de nuestra sociedad tal y como la conocemos.

Todo lo anterior se debe tomar con precaución, puesto que no soy experto en economía y me limito a hacer una comparación. Claro que teniendo en cuenta el éxito que han tenido las recetas de los expertos hasta la fecha, a lo mejor acierto. La predicción queda hecha y registrada en este blog. Y tengan en cuenta que, si doy en el clavo, las futuras predicciones no serán tan baratas como ésta: no me conformo con menos de un puesto en la Comisión Europea. Puestos a pedir…

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Barbanegra

13 lunes May 2013

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Archiduque Carlos, Carlos II, Corrupción, Corsarios, Felipe V, Guerra de Sucesión, Historia, Jolly Roger, Jorge I, Luis XIV, Piratas, Siglo XVIII, Teach

Desde hace meses no dejan de aparecer noticias sobre corrupción política. El día en el que no hay una noticia sobre financiación irregular de partidos, toman el relevo los EREs fraudulentos. A estas alturas ha quedado demostrado que cuando se ocupa una posición de cierta relevancia se accede a la posibilidad de enriquecerse utilizando la influencia propia del cargo y sólo falta que aparezca un pirata dispuesto a compartir los beneficios de alguna empresa turbia para que asome la tentación de dejarse corromper. Y ya que hemos mencionado la palabra «pirata», vamos a retomar un tema que hace cerca de seis meses que no asoma por aquí: el de la piratería, en este caso ligada a la corrupción de un cargo político. Nos guiará uno de los más célebres y pintorescos personajes que hayan surcado los mares bajo una bandera negra: Edward Teach, también conocido como Blackbeard, Barbanegra.

En los primeros años del siglo XVIII Europa entera se vio envuelta en la Guerra de Sucesión Española, que enfrentaba a los partidarios de Felipe V de Borbón con los del Archiduque Carlos. El testamento de Carlos II, que murió sin descendencia, dejaba como heredero a un nieto de Luis XIV de Francia. Varias potencias europeas percibieron como una amenaza el que una España que pese a su decadencia conservaba los inmensos recursos de su imperio americano, se viera ligada por lazos de familia al Rey Sol y su agresiva política. La guerra no tardó en estallar e involucró, como era de esperar, a las posesiones europeas en el Nuevo Mundo. Las patentes de corso para atacar el comercio marítimo de los países enemigos se expedían alegremente y el resultado, cuando acabó la guerra, fue que había un gran número de corsarios cuya adaptación a los tiempos de paz era complicada. Muchos de ellos siguieron con su actividad, pero sin estar ya legalmente protegidos por sus patentes. En otras palabras, abandonaron el corso para dedicarse a la piratería, aprovechando que la línea que separa ambas actividades es, como ya vimos en otro artículo, bastante fina.

Uno de esos corsarios era Edward Teach. En 1716 lo encontramos navegando a las órdenes del pirata Benjamin Hornigold, que debió de ver buenas cualidades en él, puesto que le dio el mando de una balandra. Las balandras eran barcos ligeros, de un solo palo, rápidos, muy apropiados para la piratería, ya que en esta actividad la potencia de fuego no es tan importante como la velocidad. Un pirata necesita un navío veloz para dar caza a una presa poco o nada armada y para huir en caso de topar con un buque de guerra. A Teach no le debió de parecer un barco lo bastante imponente porque cuando un año después él y Hornigold capturaron un gran buque francés, Teach lo adoptó como propio, lo armó con 40 cañones y le puso el sonoro nombre de Queen Anne’s Revenge. En aquel mismo año de 1717 Hornigold se acogió a un perdón real (hoy lo llamaríamos una amnistía) con el que el rey Jorge I de Gran Bretaña pretendía atajar el problema de la piratería americana.

BlackbeardQue a Teach le gustaba impresionar al adversario era evidente y no sólo por la elección de su barco. Su apodo (Blackbeard, Barbanegra) le venía de su larga barba que él retorcía en coletas sujetas con cintas. En combate llevaba tres pares de pistolas y se adornaba el sombrero con mechas encendidas, lo que le daba un aspecto demoníaco. Su bandera representaba a un esqueleto que, mientras alanceaba un corazón que salpicaba tres gotas de sangre, sostenía en la otra mano un reloj de arena, motivo éste del reloj que, según comenté en otro artículo, no era raro en las banderas piratas.

La apariencia fiera de Teach era más que una pose. Lo demostró cuando se enfrentó a un buque de guerra de 30 cañones, el Scarborough, y le obligó a retirarse. Pero no sólo era peligroso para sus enemigos: en una ocasión estaba bebiendo con dos de sus hombres cuando se le ocurrió amartillar dos pistolas, soplar las velas y, ya a oscuras, disparar cruzando los brazos. Uno de los tiros se perdió, pero el otro dejó cojo a uno de los piratas. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, Teach se limitó a decir que si no mataba a alguien de vez en cuando pronto se olvidarían de quién era. Otra de sus ocurrencias fue la de jugar a ver quién resistía más en el infierno: para ello se encerró en la bodega con dos o tres de sus hombres, cerraron las escotillas, llenaron ollas de azufre y les prendieron fuego. Sólo cuando sus rivales no pudieron aguantar más y pidieron aire abrió Teach la escotilla, muy contento de haber ganado.

La mayor empresa de Barbanegra fue el bloqueo de Charleston. Por aquel entonces Teach navegaba en el Queen Anne’s Revenge y había reunido toda una escuadra de hasta ocho barcos apresados. La flota fondeó frente a Charleston, de manera que era prácticamente imposible entrar o salir del puerto sin toparse con los piratas. Teach envió a algunos de sus hombres a tierra en busca de medicinas amenazando con matar a los rehenes tomados durante el bloqueo si no se salía con la suya. Los habitantes de Charleston no tuvieron más remedio que ceder a las exigencias del pirata. Hubo momentos de gran tensión puesto que los embajadores de Teach hicieron las cosas a su manera y su retraso en regresar a bordo hizo pensar al pirata en una traición. Hay que decir que una vez que le entregaron lo que pedía, Teach hizo honor a su palabra y dejó marchar a sus prisioneros, naturalmente después de haberles robado todo lo que llevaban de valor.

TeachTeach estaba en la cima de su carrera. Dirigía su propia flota, formada en aquel momento por su propio barco y otras tres balandras (no he logrado saber qué ocurrió con los otros cuatro que habían participado en el bloqueo de Charleston), y había logrado todo lo que podía lograr un pirata. Empezó a pensar en si merecía la pena continuar o había llegado la hora de retirarse y disfrutar de lo ganado. Claro que si uno considera la posibilidad de disfrutar de todo lo ganado y no tener que repartir el botín la idea es aún más atractiva. De manera que Teach embarrancó accidentalmente cuando entraba en una ensenada a limpiar fondos. Pidió ayuda a los otros barcos, se las arregló para que embarrancaran dos de las balandras y él se fue en la tercera con 40 hombres dejando allí al resto. Los 40 elegidos debieron de considerar muy provechosa la jugarreta, hasta que Teach abandonó a otros 17 en un islote perdido donde estuvieron a punto de morir. Barbanegra en cambio se fue a Bath-Town en Carolina del Norte y se entregó al gobernador, un tal Charles Eden, para acogerse al perdón real, que todavía estaba en vigor. Eden y Teach se hicieron muy amigos y aquí es donde entra en escena la corrupción política, porque ser amigo del gobernador le permitió al antiguo pirata mantener la propiedad de su barco: una balandra que había pertenecido a unos mercaderes ingleses, pero que le fue adjudicada como presa legítima tomada a los españoles.

Así que en junio de 1718 Teach aparentemente sentaba cabeza en Carolina del Norte. Incluso se casó, aunque según se cuenta, su esposa, que apenas tenía 16 años, era la número 14 de las esposas del antiguo pirata, de las que 12 aún vivían. Parece ser que Teach le dio bastante mala vida, o eso se deduce de las palabras de su biógrafo, que asegura que cuando Barbanegra pasaba la noche con ella solía invitar a los amigotes a participar de la fiesta. Teach estaba hecho para piratear y no para la vida hogareña y así, apenas recibido el perdón, volvió a sus antiguas actividades y capturó un barco francés, a cuyos tripulantes pasó a un segundo buque que también había tomado. Al regresar a Carolina del Norte juró que había encontrado el barco abandonado en alta mar y le fue adjudicada su posesión por el gobernador Eden, que recibió a cambio 60 toneles de azúcar, mientras que otros 20 fueron a parar a su secretario.

Las actividades de Teach hicieron que la navegación por el río se volviera insegura, puesto que ahora se dedicaba al comercio fluvial. Los plantadores, hartos de aquella amenaza decidieron acudir al gobernador, pero no al de Carolina del Norte, del que tenían demasiadas referencias, sino al de Virginia. Esto podía crear un embrollo legal, pero de momento consiguieron que a un tal teniente Maynard se le diese el mando de dos balandras con la correspondiente gente de armas, aunque ninguno de los dos barcos portaba cañones. Maynard partió en busca de Barbanegra y lo encontró, vaya si lo encontró. Era el 22 de noviembre de 1718.

La batalla debió de ser digna de verse. Maynard no tenía artillería y la primera andanada de Teach estuvo a punto de acabar con la expedición, pero el teniente debía de ser un hombre de muchos arrestos y no se arredró. La pelea se resolvió cuando Barbanegra y 14 piratas abordaron la balandra de Maynard y se enfrentaron cuerpo a cuerpo con el teniente y sus hombres. La lucha quedó decidida cuando Barbanegra cayó mortalmente herido. Veinticinco heridas, cinco de ellas de pistola, habían sido necesarias para derribar al pirata.

Maynard le cortó la cabeza, adornó con ella el bauprés de su barco y se dirigió a Bath-Town, en donde su primera medida fue confiscar los famosos 60 toneles de azúcar del gobernador Eden, puesto que en el barco del pirata había encontrado cartas muy comprometedoras para el gobernador y varios respetables comerciantes de Nueva York. De los 15 piratas capturados en la refriega 13 fueron ahorcados, pero antes contaron una curiosa historia: aseguraban que mientras navegaban con Teach en el Queen Anne’s Revenge a veces veían entre la tripulación a un hombre al que nadie conocía y que desapareció para siempre poco antes del naufragio del barco. Ellos estaban convencidos de que era el diablo.

La corrupción política es igual en todas las épocas y así lo demuestra que el gobernador Eden, aunque vio su reputación manchada, no sufrió ningún perjuicio grave. Este gobernador no sólo trató con Barbanegra sino que también conoció en su momento a otros piratas como Stede Bonnet, que estuvo brevemente asociado con Barbanegra y fue uno de los abandonados cuando el naufragio del Queen Anne’s Revenge. El caso de Bonnet es uno de los más extraños que se conocen, puesto que era un hombre acaudalado, cuyos motivos para hacerse pirata eran bastante extravagantes, pero ésa… ésa es otra historia.

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La caída de la monarquía británica

31 domingo Mar 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Carlos I, Carlos II, Cromwell, Edad Moderna, Felipe IV, Guillotina, Historia, Isabel I, Jacobo I, Luis XVI, Restauración, Revolución, Revolución inglesa, Siglo XVII

Hace poco escribí un artículo en el que mencioné la célebre decapitación de Luis XVI. En él intentaba desmitificar la imagen de la guillotina como sinónimo de revolución puesto que si Luis XVI fue decapitado con tal instrumento fue simplemente porque ése era el método de ejecución que empleaba la Francia revolucionaria. Ciertamente no es demasiado común que se ejecute a un monarca sea por el método que sea… pero bien mirado tampoco es tan raro como podríamos pensar. Casi 150 años antes de la ejecución de Luis XVI un rey había sido decapitado en Europa. Y en Inglaterra nada menos, país con fama de monárquico y amante de su realeza.

Carlos I de Inglaterra nunca fue un rey demasiado querido. Fue el segundo de su dinastía en reinar, puesto que su padre, Jacobo VI de Escocia, accedió al trono de Inglaterra con el nombre de Jacobo I al morir sin descendencia la inglesa Isabel I. Carlos tuvo la desgracia de que su hermano mayor, Enrique, muriera de tifus en 1612, a los 18 años. El difunto heredero era un joven dinámico y capaz, que apuntaba buenas maneras, muy distinto de su hermano menor, un niño enfermizo, afectado de raquitismo leve y de una cierta tartamudez. Posiblemente estos problemas le causaron un complejo de inferioridad puesto que sabemos de él que tenía un carácter distante, aderezado con un sentido de la dignidad extraordinariamente elevado.

Con 22 años, en 1623, Carlos protagonizó un episodio bastante pintoresco al presentarse de improviso Charles_I_of_Englanden Madrid acompañado del duque de Buckingham para pedir la mano de la infanta María, hermana de Felipe IV (quien haya leído El capitán Alatriste conoce algo de este episodio). El asunto no llegó a buen puerto y a su regreso Carlos clamó por emprender la guerra con España. Pronto tuvo ocasión de lanzarse a las hostilidades puesto que su padre murió en 1625 y Carlos comenzó su reinado con un ataque a Cádiz que resultó un rotundo fracaso. Más adelante entraría en guerra con Francia apoyando a los hugonotes de La Rochelle, pero esta aventura militar resultó otro fiasco. Estas expediciones bélicas suponían un problema puesto que requerían de bastante dinero y para recaudarlo Carlos no tenía otro remedio que convocar al Parlamento, lo que era un proceso penoso para un rey, especialmente uno tan pagado de su realeza, ya que los subsidios conseguidos solían ser insuficientes y las contrapartidas dolorosas. Los lectores habituales del blog ya sabéis además que la imposición de impuestos extraordinarios es un anuncio seguro de turbulencias, como ya comenté en su día.

Entre los sapos que Carlos tuvo que tragar estaba la conocida como Petición de Derechos por la que se declaraban ilegales los impuestos que no fueran aprobados por el Parlamento o el encarcelamiento sin juicio previo, peticiones derivadas de la actuación previa del rey, que anteriormente había decretado la emisión de un préstamo forzoso (ahora lo llamaríamos una quita a los depósitos o algo parecido) que cinco caballeros se habían negado a pagar. El caso de los cinco caballeros y sus secuelas es una muestra de las malas relaciones entre el rey y el Parlamento, que finalmente terminó con la disolución de éste por Carlos. Al contar con menos dinero, el rey se vio obligado a firmar la paz con Francia y España, pero aun así tuvo que recurrir a otros sistemas de recaudación que no nos son tan desconocidos: incremento de las multas, privatización de servicios (perdón, quiero decir venta de monopolios, después de todo estamos hablando del siglo XVII), etc. Parecía que el rey podía arreglárselas, pero repentinamente los problemas empezaron a acumularse.

Las dificultades comenzaron en Escocia. Carlos pretendió introducir un nuevo libro de oraciones y aquí chocó con la presbiteriana Iglesia de Escocia. No vamos a entrar en discusiones teológicas ni de organización eclesiástica. Baste decir que la situación llegó a tal extremo que Carlos alzó en armas un ejército para imponerse a sus díscolos súbditos del norte y finalmente no tuvo más remedio que convocar al Parlamento para hacer frente a los gastos. Corría el año 1640 y los parlamentarios no iban a dejar pasar la oportunidad de resolver los agravios acumulados en los once años de gobierno personal de Carlos antes de abordar la cuestión recaudatoria. Cómo sería la situación de tensa lo demuestra que las sesiones comenzaron el 13 de abril y Carlos disolvió el Parlamento el 5 de mayo. Por algo se le conoce como el Parlamento Corto.

La realidad es tozuda, no cabe duda de eso. Carlos no podía gobernar sin Parlamento y ya que él no estaba dispuesto a aceptarlo de grado, los hechos le obligarían a hacerlo por fuerza. Cuando un ejército escocés derrotó a las tropas del rey y se adentró en territorio inglés, Carlos tuvo que rendirse a la evidencia. Seis meses después de disolverlo Carlos I convocaba, el 3 de noviembre de 1640, el que se conoce como Parlamento Largo, el cual forzó medidas tales como la obligación de ser convocado cada tres años por lo menos sin que se pudiera disolver sin su consentimiento. Carlos tuvo que tragarse estas medidas y más aún, pero lograba un avance por otro lado al negociar con los escoceses un pacto por el que aceptaban retirarse. La situación parecía que se despejaba, porque ya no había urgencia de recaudar dinero. Pero justo entonces todo se vino abajo.

La culpa fue de una sublevación católica en Irlanda. Estaba claro que había que enviar un ejército, pero ¿quién lo dirigiría? El Parlamento no se fiaba del rey y el desencuentro sobre la dirección de las operaciones fue tal que Carlos quiso arrestar a cinco parlamentarios (enero de 1642), para lo que se dirigió al Parlamento acompañado de un grupo armado, pero fracasó porque la noticia de su intento llegó antes que él. Con este acto los apoyos que Carlos aún tenía entre los parlamentarios se desvanecieron. El rey huyó a York y la guerra civil se hizo inevitable. A Carlos no le fue bien y acabó prisionero del Parlamento en 1647. Para colmo la guerra había consagrado como líder militar y posteriormente político a Oliver Cromwell, el caballero de la imagen.

Podría haberse llegado a un acuerdo entre rey y Parlamento, pero se encargó de impedirlo un compañero de Cromwell, el coronel Pride, que hizo una purga entre los parlamentarios: los partidarios del acuerdo fueron arrestados y Carlos fue juzgado, condenado a muerte y decapitado el 30 de enero de 1649. Carlos no fue un buen rey, pero estuvo tan digno ante la muerte que muchos creen que hizo más por la monarquía en el cadalso que en el trono. Como ejemplo de su actitud ante el final, pidió ir bien abrigado al patíbulo para estar seguro de que el frío no le hiciera tiritar y alguno tomara sus temblores por un indicio de temor.

La revolución se había oliver-cromwellconsumado y Cromwell era el gran triunfador. Sometió militarmente a Escocia e Irlanda, donde la represión fue durísima, impuso un rigor religioso extremo y disolvió lo que quedaba del Parlamento en 1653. Cromwell rechazó el título de rey (aunque lo era de facto) y gobernó con mano de hierro hasta su muerte en 1658. Le sucedió su hijo, hasta tal punto era el gobierno de Cromwell una monarquía encubierta, pero el carácter del joven Cromwell no era el de su padre. Atrapado entre el ejército y el Parlamento que se vio obligado a convocar, renunció al cargo en 1659. El vacío de poder fue aprovechado por el hijo del difunto rey, Carlos II, que hizo una proclamación moderada y que regresó del exilio en 1660.

Lo que no dejo de preguntarme es por qué la Revolución Inglesa no tiene la fama de la Francesa. Quizá porque concluyó en una Restauración, pero lo mismo ocurrió en Francia con la coronación de Luis XVIII, y entonces el Congreso de Viena se encargó de que la huella de la Revolución Francesa quedara aletargada. Puede que la diferencia estribe en el detalle psicológico de que para matar a Carlos I se usó el hacha y por eso su ejecución no tiene el halo legendario que la guillotina aporta a la de Luis XVI. O puede que sea porque en Inglaterra la lucha se dio entre dos facciones que ya compartían el poder (rey y Parlamento) mientras que en Francia asistimos a una subversión más completa del orden establecido. O quizás sea porque en Francia hay un trasfondo ideológico del que carecen los hechos de Inglaterra. También hemos de tener en cuenta que la Revolución Inglesa fue un asunto principalmente local, mientras que la Francesa puso a toda Europa patas arriba por obra y gracia de Napoleón Bonaparte.

O puede que la tengamos más olvidada porque después de todo la Revolución Inglesa no dejó de ser una especie de mal sueño. Cuando Carlos II regresó del exilio fue reconocido por el Parlamento que había sido rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde el mismo momento de la muerte de su padre. Quién lo iba a decir: desde un punto de vista formal, el interregno entre Carlos I y Carlos II jamás existió.

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