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Ambiciones pírricas

02 lunes Sep 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Alejandro Magno, Antigüedad, Cartago, Epiro, Historia, Pirro, Roma, Sicilia, Siracusa, Tarento

Si hay algo que caracteriza al ser humano es que no sabe estarse quieto. Es raro encontrar a alguien que se dé por satisfecho con lo que ya ha conseguido y que no busque ir un paso más allá. Lo podemos llamar ambición, afán de progreso o simplemente inquietud y se da en grado sumo en determinadas figuras de la Historia que parecen estar siempre al acecho de la gloria. Algunos son afortunados, como Alejandro Magno, que no tenía bastante con Macedonia y se lanzó incansable, siempre hacia adelante, siempre más lejos, en una carrera que le llevaría a dominar medio mundo. Otros tienen menos suerte, como por ejemplo un pariente de Alejandro: Pirro, rey del Epiro.

El Epiro es una región montañosa que se Pirroencuentra entre el noroeste de Grecia y el sur de Albania. Era un territorio apartado, que no tuvo protagonismo en la historia de Grecia. Hasta el siglo IV antes de Cristo no podemos decir demasiado de este reino, salvo que contó con una hija ilustre: Olimpia, madre de Alejandro Magno. Pero en el siglo III aparecería alguien que daría mucho que hablar: el hombre cuyo busto, que se conserva en el museo arqueológico de Nápoles, vemos en la foto. Pirro.

Corría el año 280 a.C. cuando las cosas estaban muy tensas en la Italia meridional. Roma, hasta entonces una ciudad estado como otra cualquiera, se había impuesto a sus vecinos etruscos, latinos y samnitas. Había sido una guerra larga y azarosa, pero ahora los romanos dominaban la Italia central y tenían acceso al Adriático. El sur de Italia y Sicilia, entretanto, estaba cuajado de colonias griegas que se habían ido convirtiendo en florecientes ciudades. Por algo a la región se le llamaba la Magna Grecia.

Roman_conquest_of_ItalyMapa tomado de Wikipedia

Era frecuente que una potencia militar recibiera peticiones de ayuda de alguna ciudad que estuviera en guerra con un tercero, y también era frecuente que las ciudades griegas se vieran enfrentadas con ciudades vecinas, a menudo griegas también. A raíz de una de esas peticiones, Roma, convertida ahora en la potencia dominante en la región, se encontró enfrentada a Tarento. Los tarentinos a su vez contactaron con Pirro, que estaba deseando emprender en Occidente campañas similares a las que cuarenta y tantos años antes había llevado a cabo Alejandro en Oriente. Y así fue como en el 280 a.C. Pirro y su ejército desembarcaron en Italia en apoyo de los tarentinos.

Pero nada más bajar del barco comenzaron las sorpresas: Tarento había prometido un ejército numeroso para enfrentarse a Roma, pero ese ejército no existía y Pirro se vio obligado a reclutar y entrenar a ciudadanos tarentinos, que empezaron a mirar a su aliado más como a un tirano que como a un libertador. Cuando al fin se libró una batalla en Heraclea contra las regiones romanas la victoria cayó del lado del rey epirota, gracias entre otras cosas a los elefantes, que causaron terror entre unos romanos que nunca habían visto nada igual. Aun así las pérdidas de Pirro fueron enormes y le llevaron a decir: “otra victoria como ésta y estoy perdido”. Por esto a las victorias conseguidas con grandes pérdidas y que dejan al vencedor en posición peor que la del vencido se las conoce como victorias pírricas.

Por el momento Pirro parecía el ganador, aunque no tuviera fuerzas suficientes para marchar con seguridad sobre Roma, por lo que decidió entablar negociaciones de paz sobre lo que parecía una posición de fuerza. Los romanos relataban, quizás exagerando, que el Senado estaba dispuesto a pactar hasta que el anciano Apio Claudio el ciego hizo un elocuente discurso sobre la ignominia de hacer tratos con un enemigo que estaba presente en la misma Italia. El caso es que Pirro no consiguió el tratado de paz, y tenía dos buenas razones para llegar a ella: había comprobado que no podía confiar en los tarentinos y le llegaban noticias de que la rica ciudad de Siracusa, en Sicilia, le pedía ayuda contra los cartagineses.

Tras otra batalla y otra victoria pírrica (en todos los sentidos) parecía que los romanos podrían avenirse a negociar. Pero justo en ese momento llegó a Roma una embajada cartaginesa prometiendo ayuda contra Pirro y la posibilidad de usar su flota para el transporte de tropas romanas. Cartago pretendía así tener las manos libres en Sicilia, con Pirro ocupado en la península, mientras que Roma podía disponer de una flota que emplear contra Tarento.

Aun así, Pirro dejó un ejército en Tarento y embarcó para Sicilia, donde logró unir a todos los griegos en la lucha contra Cartago. Estuvo a punto de expulsar a los cartagineses de la isla, pero el rigor con el que llevaba las operaciones bélicas le enemistó con las ciudades griegas, que empezaron a tener de él la misma imagen de tirano que le habían adjudicado en Tarento. Algunas de estas ciudades rompieron la alianza e incluso pidieron apoyo a Cartago contra Pirro, que al final se vio dominando únicamente Siracusa. En el año 275 a.C. decidió volver a la Península Itálica y allí se enfrentó una vez más a los romanos cerca de un lugar llamado Maleventum. Esta vez los romanos no se dejaron aterrorizar por los elefantes; al contrario, lograron espantarlos de tal modo que hicieron estragos entre las filas del propio Pirro. Los romanos, entusiasmados por la victoria, le cambiaron el nombre al pueblo, que pasó a llamarse Beneventum, mientras que Pirro, derrotado, tuvo que volver a Epiro.

El resultado fue que Roma pasó a ser dueña también de la Italia meridional mientras que Cartago se afianzaba en Sicilia. Las dos potencias, hasta entonces unidas por diversos tratados, quedaban ahora frente a frente. Pirro sabía que la alianza entre ambas no podía durar y por eso, cuando abandonó Sicilia dijo: “Ahí dejo un buen campo de batalla para romanos y cartagineses”. No se equivocaba.

Si Pirro hubiese logrado su propósito habría pasado a la Historia como el Alejandro de Occidente, porque su ambición no se detenía en ayudar a Tarento contra una potencia emergente como era Roma. Cuenta Plutarco que, cuando Pirro preparaba la expedición, su colaborador Cineas le dijo :

-Dicen que los romanos son buenos guerreros y han vencido a muchos pueblos belicosos, ¿qué sacaremos si logramos la victoria?

-Si vencemos a los romanos –contestó Pirro- no habrá fuerza en Italia capaz de oponérsenos y la dominaremos por entero.

 -Y una vez tomada Italia –prosiguió Cineas- ¿qué haremos?

-Con Italia en nuestras manos –respondió Pirro- será fácil adueñarse de Sicilia, cuyas ciudades son débiles y en las que impera la anarquía.

-¿Entonces el fin de nuestra expedición es tomar Sicilia?

-Con Italia y Sicilia, ¿qué nos impedirá adueñarnos de Cartago?. Agatocles, siendo un fugitivo, estuvo cerca de vencer a los cartagineses. A nosotros no nos resistirían –razonó Pirro- y hecho eso, ¿quién de los enemigos que hemos tenido hasta ahora podría resistirnos?

-Comprendo, a continuación caería Macedonia y posteriormente toda Grecia quedaría bajo nuestro control, pero ¿qué haríamos después? –insistió Cineas.

-Entonces –rió Pirro- podremos descansar, dedicarnos a los festines y charlar de nuestras hazañas.

-¿Y qué nos impide –concluyó Cineas- dedicarnos ahora a esos mismos festines y a charlar sin necesidad de pasar por todos esos trabajos y peligros y provocar tanto derramamiento de sangre?.

Pero Pirro no escuchó aquellas razones y tampoco logró ser el Alejandro de Occidente. Quedó retratado para siempre como un gran jefe militar, muy hábil en la batalla, pero indeciso en cuanto a sus objetivos estratégicos. El elocuente Cineas, que siempre estuvo a su lado como embajador, quizás se habría sorprendido de conocer esa valoración, pero es casi seguro que sonríe en su tumba cada vez que alguien habla de una victoria pírrica.

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Inversiones de futuro

14 domingo Jul 2013

Posted by ibadomar in Historia, Política

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Edad Media, Edad Moderna, Enrique el Navegante, Florencia, Historia, Medina Azahara, Política, Proyecto Apollo, Renacimiento, Siglo XX

Hace unos tres o cuatro años mis padres visitaron Florencia. A su regreso estuvimos hablando del aparente prodigio de que coincidieran allí en poco tiempo los grandes talentos del Renacimiento: Donatello, Fra Angélico, Brunelleschi, Botticelli, Leonardo, Miguel Ángel, Rafael… todos ellos eran florentinos o vivieron y trabajaron en Florencia. Semejante reunión de genios parece todo un milagro, pero no todo se debe a la casualidad ya que vivieron en los años de esplendor de los Médici, que tanto interés y dinero invirtieron en apoyar las artes. En aquella época un joven florentino que tuviese talento y habilidad haría bien en buscar un taller donde emplearse como aprendiz y aprender los secretos de un oficio que podría reportarle el favor de los poderosos, de la misma forma que hoy, un adolescente hábil con el balón o con la raqueta de tenis puede lograr un espléndido porvenir si consigue destacar en estos deportes.

En el fondo es cuestión de dinero. Si se invierte en un campo determinado acudirán a él muchos, de los cuales una mayoría serán más o menos competentes, unos cuantos serán un desastre, y algunos resultarán ser verdaderos genios. El talento de éstos es importante, sí, pero sin las condiciones adecuadas no llegará a desarrollarse nunca. Todos los artistas que he citado fueron grandes maestros, pero no estaban solos, sino que contaban con sus colaboradores y se movían entre otros muchos colegas, cuyos nombres a menudo no se han conservado o no destacaron lo suficiente como para ser conocidos más allá del círculo de los grandes expertos en la materia. Habiendo materia prima para elegir, alguno tenía que destacar entre todos ellos; cuando la materia prima es mucha ya no sólo es uno el que destaca sino varios, y así surge un foco de excelencia. En este caso en las artes.

Florencia es un buen ejemplo de cómo se obtienen resultados en aquello en lo que se invierte con preferencia, pero no es el único ni mucho menos. Expongamos algún caso más:

Quien haya visitado Córdoba habrá hecho bien en contemplar las ruinas de Medina Azahara, la magnífica residencia del califa Omeya. La magnificencia del complejo palacial y lo desmesurado de su lujo eran tales que hasta causaban asombro en los embajadores bizantinos, acostumbrados a una corte tan suntuosa como la de Constantinopla. Sin duda era agradable contemplar esa exhibición de poder… a cuya construcción destinó el califato durante años nada menos que la tercera parte de sus ingresos. Si uno dedica tal cantidad de dinero a un proyecto no es de extrañar que el resultado sea deslumbrante.

Un ejemplo más cercano es el del Proyecto Apolo de la NASA. En plena Guerra Fría la carrera espacial entre las dos grandes potencias era algo más que una cuestión de desarrollo técnico, ya que estaban en juego cuestiones de supremacía tecnológica, implicaciones militares de esa misma tecnología, cuestiones de orgullo nacional y, naturalmente, propaganda de la superioridad del propio modelo social. La Unión Soviética partió con ventaja, al conseguir ser el primer país en poner en órbita un satélite artificial (Sputnik 1, 1957), en enviar un ser vivo al espacio (perra Laika en el Sputnik 2, 1957), en enviar a un ser humano al espacio (Yuri Gagarin en el Vostok 1, 1961) y en dar el primer paseo espacial (Alexei Leonov en el Voskhod 2, 1965). Los Estados Unidos no podían permitirse quedar atrás y apenas un mes y medio después de que Gagarin completara una órbita a la Tierra el presidente norteamericano, J.F. Kennedy proponía un programa destinado a que su país enviara a un hombre a la Luna y lo trajera de regreso a la Tierra antes de terminar la década. El proyecto Apollo culminó con éxito en 1969, como sabemos, pero no fue barato: en algunos años obligó a destinar a la NASA más de un 4% del presupuesto nacional.

Un caso de rivalidad parecido, salvando las distancias, lo tenemos entre las coronas de Portugal y Castilla en el siglo XV. Portugal tomó la delantera en la llamada era de los descubrimientos, aunque Castilla se llevó el premio gordo gracias a la expedición de Colón. Todo aquel esfuerzo se cimentó en el trabajo del infante Enrique el Navegante de Portugal. Su apodo le viene por el apoyo que dio a las empresas de exploración del Océano Atlántico. Él no podía saberlo, pero con su mecenazgo estaba cambiando el mundo, ya que no se limitó a poner dinero para enviar barcos a la ventura sino que fundó en Sagres todo un complejo náutico formado por arsenal, observatorio, escuela naval, etc. Hoy en día supongo que lo llamaríamos Universidad del Mar o algo parecido. En otras palabras: creó las condiciones para que el talento relacionado con la navegación diera fruto. Castilla no se podía quedar atrás si quería sacar rendimiento de la expedición colombina y por eso la Casa de Contratación fue mucho más que la institución mercantil que monopolizaba el comercio con las Indias: en el siglo XVI era el primer centro científico de Europa en el que el estudio de la cartografía y la navegación tenían un puesto de honor, como podemos leer en, por ejemplo, este artículo.

Todos estos casos me vinieron a la mente cuando leí hace un par de meses que un joven físico, uno de los mejores de Europa en su campo, vio rechazada su beca para regresar a España (enlace a la noticia) o cuando leí que una bióloga que destaca en su campo fue despedida de su centro de investigación en Valencia (enlace). Es posible que estas noticias tengan ese punto de exageración que aparece a menudo en la prensa, pero estos días he leído que el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) está en serios apuros porque necesita con urgencia 75 millones de euros (enlace). En la misma noticia leemos que en el CSIC trabajan 15.000 personas (un tercio de ellos investigadores) y aquí leemos que su presupuesto es de 602 millones de euros. Una simple división y obtenemos que el CSIC tiene un presupuesto de poco más de 40.000 euros por persona. El presupuesto incluye salarios, gastos de energía, material, edificios, etc, pero para simplificar vamos a establecer el coste por investigador, que será, sabiendo que un tercio del personal se dedica a la investigación, de aproximadamente 120.000 euros.

Para comparar y hacer un poco de demagogia tengamos en cuenta que el presupuesto de una institución como el Senado, que nadie sabe para qué sirve, es de casi exactamente 52 millones de euros según su propia web. No todo va al sueldo de los senadores, pero ya que hemos establecido el coste por investigador establezcamos el coste por senador. Son 266 senadores según la misma web lo que da un gasto por senador de 195.000 euros. Es decir, que un senador nos sale un 62,5% más caro que un investigador. El por qué puede ocurrir que desaparezcan éstos y no aquéllos no alcanzo a comprenderlo.

El resumen de todo lo escrito es que una sociedad obtiene lo que compra: si gasta su dinero en artistas tendrá a los mejores, si lo hace en navegantes surcará los mares, si lo hace en investigación espacial llegará al espacio, mientras que si por el contrario lo gasta en…

No, no es que haya dejado el artículo sin terminar. Es que me he ahorrado el trabajo de teclear porque sé que todos los que lo hayan leído entero han completado el párrafo anterior por su cuenta, aunque sea con ejemplos distintos. Hay tantos para elegir que no he conseguido decidirme por ninguno.

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Arístides

05 miércoles Jun 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Arístides, Atenas, Esparta, Grecia, Historia, Jerjes, Maratón, Milcíades, Ostracismo, Platea, Salamina, Temístocles

Si hay un colectivo desprestigiado en la actualidad no cabe duda de que es el de los políticos. Al hilo de los escándalos de corrupción y del empeño de la clase política en mantener privilegios tan difíciles de explicar como la subvención de bebidas alcohólicas en el que se supone que es su lugar de trabajo, se ha divulgado la idea de que todos ellos pertenecen a la misma casta corrupta y despreciable. La defensa que suelen adoptar, especialmente cuando se les enfrenta a la evidencia de algún caso de corrupción, es que hay una minoría que desprestigia al resto del colectivo. Ciertamente es de suponer que no todos los políticos serán tan impresentables y que alguno honrado tiene que haber. Yo por lo menos sé de uno, aunque tengo que precisar que vivió hace unos 2.600 años. Se llamaba Arístides y era tal su honestidad y sentido de la justicia que era conocido entre sus compatriotas atenienses como Arístides el Justo. Su vida está llena de anécdotas jugosas y por eso no está de más que le conozcamos un poco mejor.

De Arístides nos cuenta Plutarco varios detalles que inciden en su carácter ecuánime y su disposición a adoptar siempre la conducta más beneficiosa para el bien común. Por ejemplo, cuando los atenienses se enfrentaron a los persas en Maratón, Arístides era uno de los diez strategos que se alternaban el mando cada día. Sin embargo, al llegarle el turno se lo cedió a Milcíades, a quien consideraba como el más capacitado de los atenienses para dirigir la batalla. Herodoto cuenta que los otros generales decidieron seguir su ejemplo, y así Milcíades pasó a la Historia como el vencedor de Maratón mientras Arístides renunciaba a la gloria y el honor de un probable triunfo a cambio de una mayor probabilidad de victoria para su ciudad.

Diez años después de Maratón tuvo lugar la segunda intentona de los persas en Grecia, que se vio frustrada en la batalla naval de Salamina, de la que ya hablé en otro artículo. Pero aunque Salamina fue el momento más espectacular hubo más combates en aquella guerra y en uno de ellos, en Platea, surgió una disputa sobre la posición que ocuparía cada contingente griego. Los espartanos debían ocupar el ala derecha, que era la posición que se consideraba más honorable, pero no había acuerdo sobre quiénes se situarían en la otra ala, que era el siguiente lugar por orden de importancia. Atenienses y tegeatas querían tal honor, pero Arístides zanjó la discusión, demostrando nuevamente su interés por el bien común, al declarar que habían ido allí para combatir al persa y no para pelear entre ellos y que por su parte sólo esperaba que le asignaran un puesto porque los atenienses combatirían con idéntico ardor independientemente de su posición. El discurso fue tan aprobado por los generales que se le dio al contingente de Atenas el ala izquierda.

Quizás la mayor muestra de la confianza que inspiraba Arístides y de su buena fama se dio cuando la amenaza persa se empezó a desvanecer. Para conjurar el peligro de otra futura guerra con el persa, buena parte de los estados griegos se unieron en una alianza militar que se conoce como Liga de Delos, una especie de OTAN de la época. La principal novedad con respecto a otras alianzas del momento es que los integrantes no sólo juraban apoyarse sino que debían participar aportando contingentes, principalmente manteniendo una flota. Esto suponía que alguien debía fijar la contribución que correspondía a cada uno de la forma más equitativa posible. ¿Y quién más adecuado que Arístides el Justo? A él fue pues, a quien le correspondió el trabajo.

La honestidad de Arístides se llegó a convertir en proverbial. En cierta ocasión se representaba en el teatro la tragedia de Esquilo Los siete contra Tebas. Durante la representación nos cuenta Plutarco que al ser descrito el personaje de Anfiarao en estos términos: él no quiere aparentar ser virtuoso sino serlo realmente (…) de su ánimo brotan nobles designios (…), todos los espectadores se volvieron a mirar a Arístides, puesto que parecía que el actor se refería a él.

Estos sucesos hacen pensar que el reconocimiento a Arístides era unánime, pero nada más lejos de la realidad. Tuvo como principal rival político a Temístocles, el triunfador de Salamina. Durante los años previos a la segunda invasión persa, que culminaría en la célebre batalla naval, ambos defendían posiciones opuestas, trasladando al terreno público desavenencias que al parecer tenían su origen en viejas disputas privadas. Pero no era Temístocles el único que le tenía inquina a Arístides, como lo demuestra el ostracismo al que éste se vio sometido.

El ostracismo era una disposición muy curiosa. El sistema político ateniense era una democracia en el sentido más puro de la palabra puesto que las decisiones se resolvían en asambleas a las que podía asistir cualquier ciudadano y en las que cualquiera podía tomar la palabra. Todos los años, en una de las sesiones, se decidía si se votaría un ostracismo aquel año o no. En ese momento no se discutía contra quién iba dirigida la medida, sino únicamente si se iniciaba el procedimiento. En caso afirmativo la votación definitiva tenía lugar un par de meses más tarde. En el día fijado los ciudadanos debían dirigirse al ágora con el nombre de aquél a quien deseaban someter a ostracismo escrito en un pedazo de cerámica, denominado ostrakon, que era a efectos prácticos lo más parecido que había en aquellos tiempos a un trozo cualquiera de papel, y que funcionaba como papeleta electoral. En el ágora se recogían los votos y, concluida la votación, se contaba el número total de ostraka depositados. Si el número era inferior a 6.000 no se había alcanzado el quorum y nada ocurría, pero si había más de 6.000 ostraka se procedía al recuento para ver qué nombre era el que había recibido más votos. El que más tenía era desterrado por diez años.

Ostrakon_Thémistocle_3Ostrakon con el nombre de Temístocles (Imagen tomada de Wikipedia)

Lo curioso es que al ostraquizado no se le acusaba de ningún delito. Simplemente, los ciudadanos habían decidido que podía ser una persona peligrosa para el sistema democrático por el motivo que fuera: su popularidad, rumores de su gran ambición… cualquier cosa que sirviera para alentar la sospecha de que el candidato al destierro podía en algún momento alzarse como tirano. Naturalmente los enemigos políticos de cualquier hombre destacado podían intentar someterlo a un ostracismo para anularlo, aunque el tiro podía salir por la culata y alcanzar un blanco diferente. En el caso de Arístides sabemos que funcionó, porque fue ostraquizado hacia el 483 a.C.

Cuentan que el día en que se votaba el ostracismo un hombre con aspecto de palurdo se dirigió a Arístides, al que no conocía en persona, con un trozo de cerámica en la mano y le interpeló así:

– Disculpa, pero no sé escribir. ¿Podrías escribir por mí un nombre en este ostrakon?

– Por supuesto -respondió Arístides- ¿qué nombre es?.

– Arístides.

– ¡Arístides! Ah, ¿y por qué razón crees que debe ser desterrado Arístides?

– Si te digo la verdad -respondió el hombre- no le conozco de nada. No le he visto nunca y ni siquiera sé qué aspecto tiene. ¡Pero estoy harto de oír cómo le llaman Arístides el Justo!

Arístides escribió su propio nombre en el ostrakon y se lo entregó al hombre. Poco después terminaba el recuento y debía partir al destierro, aunque no llegó a cumplir los diez años de alejamiento previstos, puesto que al iniciarse la invasión de Grecia por Jerjes en el 480 a.C. se decretó una amnistía para los exiliados.

Estas historias nos muestran que sí existe un ejemplo de hombre honrado que ostentó cargos públicos sin corromperse ni enriquecerse ilícitamente, y eso que no debieron de faltarle ocasiones cuando fijaba la contribución de los distintos estados a la Liga de Delos. Tan poco provecho material sacó Arístides de su posición que, según cuenta Plutarco, a su muerte estaba arruinado y la ciudad hubo de hacerse cargo de sus descendientes, proveyendo de dote a sus hijas a costa de los fondos públicos y otorgando una parcela y una pensión a su hijo. De esta forma Atenas mostraba su agradecimiento hacia el que consideraba como especialmente insigne entre sus ciudadanos.

Claro que, pensándolo detenidamente, hay una segunda lectura de todo lo anterior: el hombre que se comporta con honestidad muere en la ruina. Los autores antiguos, con su gusto por la virtud ciudadana y la honra de la memoria de sus más insignes conciudadanos sin lugar a dudas veían en esta historia la de quien ha alcanzado los más altos honores en su ciudad. Pero ahora vivimos otros tiempos, considerablemente más materialistas, en los que el reconocimiento de los conciudadanos no parece bastante recompensa. A lo mejor por eso es tan difícil encontrar otro Arístides.

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