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Si hay un colectivo desprestigiado en la actualidad no cabe duda de que es el de los políticos. Al hilo de los escándalos de corrupción y del empeño de la clase política en mantener privilegios tan difíciles de explicar como la subvención de bebidas alcohólicas en el que se supone que es su lugar de trabajo, se ha divulgado la idea de que todos ellos pertenecen a la misma casta corrupta y despreciable. La defensa que suelen adoptar, especialmente cuando se les enfrenta a la evidencia de algún caso de corrupción, es que hay una minoría que desprestigia al resto del colectivo. Ciertamente es de suponer que no todos los políticos serán tan impresentables y que alguno honrado tiene que haber. Yo por lo menos sé de uno, aunque tengo que precisar que vivió hace unos 2.600 años. Se llamaba Arístides y era tal su honestidad y sentido de la justicia que era conocido entre sus compatriotas atenienses como Arístides el Justo. Su vida está llena de anécdotas jugosas y por eso no está de más que le conozcamos un poco mejor.

De Arístides nos cuenta Plutarco varios detalles que inciden en su carácter ecuánime y su disposición a adoptar siempre la conducta más beneficiosa para el bien común. Por ejemplo, cuando los atenienses se enfrentaron a los persas en Maratón, Arístides era uno de los diez strategos que se alternaban el mando cada día. Sin embargo, al llegarle el turno se lo cedió a Milcíades, a quien consideraba como el más capacitado de los atenienses para dirigir la batalla. Herodoto cuenta que los otros generales decidieron seguir su ejemplo, y así Milcíades pasó a la Historia como el vencedor de Maratón mientras Arístides renunciaba a la gloria y el honor de un probable triunfo a cambio de una mayor probabilidad de victoria para su ciudad.

Diez años después de Maratón tuvo lugar la segunda intentona de los persas en Grecia, que se vio frustrada en la batalla naval de Salamina, de la que ya hablé en otro artículo. Pero aunque Salamina fue el momento más espectacular hubo más combates en aquella guerra y en uno de ellos, en Platea, surgió una disputa sobre la posición que ocuparía cada contingente griego. Los espartanos debían ocupar el ala derecha, que era la posición que se consideraba más honorable, pero no había acuerdo sobre quiénes se situarían en la otra ala, que era el siguiente lugar por orden de importancia. Atenienses y tegeatas querían tal honor, pero Arístides zanjó la discusión, demostrando nuevamente su interés por el bien común, al declarar que habían ido allí para combatir al persa y no para pelear entre ellos y que por su parte sólo esperaba que le asignaran un puesto porque los atenienses combatirían con idéntico ardor independientemente de su posición. El discurso fue tan aprobado por los generales que se le dio al contingente de Atenas el ala izquierda.

Quizás la mayor muestra de la confianza que inspiraba Arístides y de su buena fama se dio cuando la amenaza persa se empezó a desvanecer. Para conjurar el peligro de otra futura guerra con el persa, buena parte de los estados griegos se unieron en una alianza militar que se conoce como Liga de Delos, una especie de OTAN de la época. La principal novedad con respecto a otras alianzas del momento es que los integrantes no sólo juraban apoyarse sino que debían participar aportando contingentes, principalmente manteniendo una flota. Esto suponía que alguien debía fijar la contribución que correspondía a cada uno de la forma más equitativa posible. ¿Y quién más adecuado que Arístides el Justo? A él fue pues, a quien le correspondió el trabajo.

La honestidad de Arístides se llegó a convertir en proverbial. En cierta ocasión se representaba en el teatro la tragedia de Esquilo Los siete contra Tebas. Durante la representación nos cuenta Plutarco que al ser descrito el personaje de Anfiarao en estos términos: él no quiere aparentar ser virtuoso sino serlo realmente (…) de su ánimo brotan nobles designios (…), todos los espectadores se volvieron a mirar a Arístides, puesto que parecía que el actor se refería a él.

Estos sucesos hacen pensar que el reconocimiento a Arístides era unánime, pero nada más lejos de la realidad. Tuvo como principal rival político a Temístocles, el triunfador de Salamina. Durante los años previos a la segunda invasión persa, que culminaría en la célebre batalla naval, ambos defendían posiciones opuestas, trasladando al terreno público desavenencias que al parecer tenían su origen en viejas disputas privadas. Pero no era Temístocles el único que le tenía inquina a Arístides, como lo demuestra el ostracismo al que éste se vio sometido.

El ostracismo era una disposición muy curiosa. El sistema político ateniense era una democracia en el sentido más puro de la palabra puesto que las decisiones se resolvían en asambleas a las que podía asistir cualquier ciudadano y en las que cualquiera podía tomar la palabra. Todos los años, en una de las sesiones, se decidía si se votaría un ostracismo aquel año o no. En ese momento no se discutía contra quién iba dirigida la medida, sino únicamente si se iniciaba el procedimiento. En caso afirmativo la votación definitiva tenía lugar un par de meses más tarde. En el día fijado los ciudadanos debían dirigirse al ágora con el nombre de aquél a quien deseaban someter a ostracismo escrito en un pedazo de cerámica, denominado ostrakon, que era a efectos prácticos lo más parecido que había en aquellos tiempos a un trozo cualquiera de papel, y que funcionaba como papeleta electoral. En el ágora se recogían los votos y, concluida la votación, se contaba el número total de ostraka depositados. Si el número era inferior a 6.000 no se había alcanzado el quorum y nada ocurría, pero si había más de 6.000 ostraka se procedía al recuento para ver qué nombre era el que había recibido más votos. El que más tenía era desterrado por diez años.

Ostrakon_Thémistocle_3Ostrakon con el nombre de Temístocles (Imagen tomada de Wikipedia)

Lo curioso es que al ostraquizado no se le acusaba de ningún delito. Simplemente, los ciudadanos habían decidido que podía ser una persona peligrosa para el sistema democrático por el motivo que fuera: su popularidad, rumores de su gran ambición… cualquier cosa que sirviera para alentar la sospecha de que el candidato al destierro podía en algún momento alzarse como tirano. Naturalmente los enemigos políticos de cualquier hombre destacado podían intentar someterlo a un ostracismo para anularlo, aunque el tiro podía salir por la culata y alcanzar un blanco diferente. En el caso de Arístides sabemos que funcionó, porque fue ostraquizado hacia el 483 a.C.

Cuentan que el día en que se votaba el ostracismo un hombre con aspecto de palurdo se dirigió a Arístides, al que no conocía en persona, con un trozo de cerámica en la mano y le interpeló así:

– Disculpa, pero no sé escribir. ¿Podrías escribir por mí un nombre en este ostrakon?

– Por supuesto -respondió Arístides- ¿qué nombre es?.

– Arístides.

– ¡Arístides! Ah, ¿y por qué razón crees que debe ser desterrado Arístides?

– Si te digo la verdad -respondió el hombre- no le conozco de nada. No le he visto nunca y ni siquiera sé qué aspecto tiene. ¡Pero estoy harto de oír cómo le llaman Arístides el Justo!

Arístides escribió su propio nombre en el ostrakon y se lo entregó al hombre. Poco después terminaba el recuento y debía partir al destierro, aunque no llegó a cumplir los diez años de alejamiento previstos, puesto que al iniciarse la invasión de Grecia por Jerjes en el 480 a.C. se decretó una amnistía para los exiliados.

Estas historias nos muestran que sí existe un ejemplo de hombre honrado que ostentó cargos públicos sin corromperse ni enriquecerse ilícitamente, y eso que no debieron de faltarle ocasiones cuando fijaba la contribución de los distintos estados a la Liga de Delos. Tan poco provecho material sacó Arístides de su posición que, según cuenta Plutarco, a su muerte estaba arruinado y la ciudad hubo de hacerse cargo de sus descendientes, proveyendo de dote a sus hijas a costa de los fondos públicos y otorgando una parcela y una pensión a su hijo. De esta forma Atenas mostraba su agradecimiento hacia el que consideraba como especialmente insigne entre sus ciudadanos.

Claro que, pensándolo detenidamente, hay una segunda lectura de todo lo anterior: el hombre que se comporta con honestidad muere en la ruina. Los autores antiguos, con su gusto por la virtud ciudadana y la honra de la memoria de sus más insignes conciudadanos sin lugar a dudas veían en esta historia la de quien ha alcanzado los más altos honores en su ciudad. Pero ahora vivimos otros tiempos, considerablemente más materialistas, en los que el reconocimiento de los conciudadanos no parece bastante recompensa. A lo mejor por eso es tan difícil encontrar otro Arístides.

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