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Hasta hace muy pocos años era raro que alguien supiera qué era la prima de riesgo o que apareciera como noticia la emisión de deuda por el Tesoro Público con todo lujo de detalles sobre la cantidad emitida, intereses, plazos, etc, información que estaba relegada a las páginas interiores de la sección de economía de los periódicos. Toda Europa está ahora preocupada por el problema de la deuda: los deudores porque no saben cómo pagar y los acreedores porque dudan de si cobrarán. Las opiniones sobre las políticas de ajustes y austeridad, tan en boga actualmente, son variadas, pero se resumen en que algunos creen que hay que recortar todo gasto aunque eso suponga la asfixia de la sociedad, que de paso verá así castigado su despilfarro anterior, mientras otros opinan que las políticas restrictivas provocarán una fractura social que hay que evitar, aunque ello implique pérdidas inasumibles para los acreedores, que de paso verán así castigada su avaricia.

Si esta crisis de deuda no afectara a Europa sino a Latinoamérica probablemente los europeos contemplaríamos el panorama sorprendidos de que la Historia se repita tan pronto. Sin embargo no he visto muchas comparaciones entre la actual situación de Europa y la que se dio en Latinoamérica hace apenas 30 años, y es una lástima porque podríamos aprender algo de aquellos hechos. Para empezar, que la situación puede ser duradera, pongamos un mínimo de entre 8 y 10 años desde que la crisis se hizo evidente hasta que por primera vez se da (quizás prematuramente) por terminada. Trataremos el tema en este artículo, que me temo que no será excesivamente completo, porque es muy sencillo acotar el inicio y el fin de un proceso acaecido hace 200 años, pero no lo es tanto cuando se trata de acontecimientos cercanos en el tiempo y cuyas consecuencias finales pueden estar aún desarrollándose.

La raíz de la crisis latinoamericana de los 80 se sitúa en las políticas económicas de los años 60 y 70. Es una época de desarrollo industrial en la región, basado en la política que se denomina de “sustitución de importaciones”. Básicamente se trata de desarrollar una industria propia mediante subsidios y medidas proteccionistas. Cierto que así se consigue crear industria, pero otra cosa es que sea competitiva. Por otro lado, la dependencia tecnológica del exterior y la necesidad de inversiones hacían necesario el endeudamiento. Los precios de las materias primas, que la región exportaba en abundancia, aumentaron enormemente en los años 70, mientras que los tipos de interés se consideraban bajos, lo que puede resultar sorprendente si pensamos que hablamos de entre un 8 y un 10 por ciento, muy por encima de los tipos actuales. En consecuencia los gobiernos se endeudaron sin cortapisas, incluso para pagar los préstamos ya existentes, tranquilizados por la creencia de que un Estado no puede quebrar. Eran años felices: América Latina tuvo una tasa media de crecimiento del 7,2% del PNB entre 1960 y 1979. Ya tenemos todo lo necesario para el drama: una burbuja de crédito que por el momento se mantiene, una espiral de deuda y una prosperidad con base frágil. Sólo faltaba que cambiaran las condiciones.

La subida de tipos de interés comenzó en Estados Unidos en 1978, al tiempo que las políticas económicas de los países desarrollados se iban endureciendo como consecuencia de la segunda crisis del petróleo. Los tipos de interés llegaron al 16,7% en 1981, mientras que la crisis internacional provocaba un descenso del comercio y una bajada de los precios de las materias primas. En otras palabras, la catástrofe. Los préstamos no se habían destinado siempre a inversiones productivas y los países latinoamericanos se encontraron con la imposibilidad de encontrar préstamos baratos a largo plazo, por lo que tuvieron que endeudarse a corto plazo con unos tipos de interés elevadísimos. La deuda terminó de dispararse, aunque la expresión “crisis de la deuda” no apareció hasta 1982.

Aquel año, en agosto, llegó lo inevitable. México, que ya había devaluado su moneda un 60%, anunció una moratoria de 90 días en sus pagos. La alarma cundió y más aún cuando se hizo evidente que muchos otros países, incluyendo a los más grandes de la región, como por ejemplo Argentina o Brasil, se enfrentaban a enormes problemas para seguir pagando. Los acreedores se alarmaron, con lo que cayó definitivamente el crédito, la caída de importaciones hundió la producción, la inflación se disparó y el escenario se convirtió en una pesadilla. Pronto entraron en escena el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y las consabidas políticas de ajuste: reducción del gasto, devaluación de la moneda, etc.

A mediados de los 80 y pese a las negociaciones para el pago de la deuda la situación aún no había mejorado substancialmente. En una reunión del FMI que tuvo lugar en Seúl en octubre de 1985 el Secretario del Tesoro norteamericano, James Baker, presentó un plan para lograr estimular el crecimiento con la esperanza de resolver el problema definitivamente, ya que las medidas puramente restrictivas no terminaban de funcionar. Se trataba de aportar 30.000 millones de dólares por un lado y de modificar la economía de los países deudores por otro mediante privatizaciones, cese de las subvenciones, liberalización del comercio, etc. El intento, sin embargo, fracasó y en 1989 la situación de Latinoamérica era insostenible: la renta per cápita había retrocedido una media del 8,3% y en países como Perú la pérdida era de un 20%. Disturbios como los de Caracas en febrero de 1989 se cobraban la vida de decenas de personas y demostraban que el problema ya no era sólo económico sino que la propia estabilidad de la región estaba en peligro.

Un nuevo intento fue el plan Brady, lanzado en 1989 por el sucesor de James Baker. Esta vez se intentaba atajar el problema de la deuda por medio de su reducción. Para ello se decidió renegociar la deuda canjeándola por los llamados bonos Brady. La novedad era que esta vez había una quita, es decir que los acreedores ya no aspiraban a recuperar la totalidad de la cantidad adeudada. Se aplicó de distinta manera en cada país, pero podemos considerar como representativa una quita del 35%. Los problemas no se arreglaron de un día para otro, pero ciertamente en los años 90 se dejaba de hablar de la “crisis de la deuda”.

Los resultados de aquella crisis fueron catastróficos, tanto que se acuñó el término “década perdida” para referirse a aquellos años. Los ciudadanos vieron reducidos sus ingresos al tiempo que sus ahorros se evaporaban por efecto de la inflación. El índice de pobreza se disparó y las consecuencias en forma de tensiones sociales y aumento de la criminalidad se sumaron a los efectos puramente económicos.

Y ahora en Europa tenemos una crisis de deuda, que ya dura unos cinco años, si consideramos que el proceso se inicia en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. En el año 2010 Grecia hizo una petición de ayuda que se considera como el primer rescate, así que si hacemos un paralelismo tenemos:

  • 1982 – 2008: Inicio
  • 1985 (plan Baker) – 2010 (primer rescate a Grecia): Plan de ayuda económica, basado en recetas ultraliberales.
  • 1989 (plan Brady) – ???: Se acepta la necesidad de una quita.

Si aceptamos la semejanza entre ambas crisis, aún estamos en la segunda fase y de aquí a dos años deberíamos ver la aceptación de una quita en la deuda y hacia el 2017 más o menos la crisis podría haber abandonado las primeras páginas de los periódicos. Por el camino aún queda mucho desempleo, pérdida de poder adquisitivo, inseguridad y, en resumen, deterioro de nuestra sociedad tal y como la conocemos.

Todo lo anterior se debe tomar con precaución, puesto que no soy experto en economía y me limito a hacer una comparación. Claro que teniendo en cuenta el éxito que han tenido las recetas de los expertos hasta la fecha, a lo mejor acierto. La predicción queda hecha y registrada en este blog. Y tengan en cuenta que, si doy en el clavo, las futuras predicciones no serán tan baratas como ésta: no me conformo con menos de un puesto en la Comisión Europea. Puestos a pedir…

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