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El arte del soborno

11 lunes Mar 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Cartago, Cayo Mario, Corrupción, Guerras Púnicas, Historia, Masinisa, Numidia, Roma, Salustio, Sila, Yugurta

Creo que a estas alturas está claro para todo el mundo que en España tenemos un serio problema con la corrupción. Basta con ojear un periódico para darse cuenta, porque es realmente difícil encontrar uno en el que alguna corruptela no ocupe un lugar destacado. Para mayor detalle podemos consultar un reciente estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas, según el cual la corrupción está en segundo lugar de los problemas que más preocupan a los españoles, sólo por detrás del paro. La impresión es que vivimos en un sistema dominado por comportamientos venales, pero naturalmente no somos los primeros. Ha habido en la Historia otros casos de corrupción galopante, como por ejemplo en la última etapa de la República romana. Así lo descubrió, en su provecho, el númida Yugurta.

Nuestro protagonista de hoy era nieto del célebre Masinisa, caudillo de los númidas en tiempos de la Segunda Guerra Púnica, es decir a finales del siglo III antes de Cristo. Numidia era una región africana cercana a Cartago, cuyo territorio comprendía una franja situada entre las actuales Argelia y Túnez. En aquella guerra el entonces príncipe Masinisa combatió inicialmente al lado de Cartago, pero más adelante, tras la muerte de su padre, la situación en Numidia se complicó: Masinisa tuvo que pelear contra su hermano mientras un tercero, llamado Sífax, que era el jefe de otra tribu númida, aprovechaba para ocupar parte de su territorio. Sífax consiguió el apoyo de Cartago y por este motivo, o por su buen olfato político y militar, Masinisa abandonó el bando cartaginés para aliarse con los romanos. La paradoja es que Sífax, por su parte, había sido aliado de Roma al iniciarse la guerra. Las intrigas y las puñaladas traperas, como se ve, han sido moneda corriente desde antiguo.

La caballería númida de Masinisa fue determinante en la definitiva victoria romana, con un papel muy destacado en Zama (año 203 a.C.). La consecuencia natural es que Masinisa se vio elevado a la categoría de rey de Numidia con el respaldo de Roma. Así vivió hasta más allá de los 90 años de edad. A su muerte heredó el reino su hijo Micipsa, que tenía a su vez dos hijos y un sobrino, el cual reunía todas las cualidades de su difunto abuelo Masinisa. Astuto, valiente, enérgico, amoral… Yugurta era un líder nato que pronto fue muy apreciado por su pueblo. Tanto que su tío lo envió a Hispania para que participara como aliado de Roma en la guerra de Numancia y así se enfriara un poco su popularidad… y si de paso sufría un percance fatal durante la batalla tanto mejor. Yugurta, sin embargo, regresó triunfante, habiendo recibido honores por parte de Escipión Emiliano y siendo más admirado que nunca por sus compatriotas.

Ya fuese porque su tío venció sus recelos o porque comprendió que no podía dejar de lado a un hombre tan popular, Yugurta fue adoptado por el rey Micipsa y nombrado co-heredero. Era cuestión de tiempo que surgieran las disputas, de hecho surgieron apenas murió Micipsa, en el 118 a.C. Como era de esperar, Yugurta no se anduvo con chiquitas y ordenó el asesinato de uno de sus hermanos adoptivos, lo que le llevó a la guerra con el otro hermano, llamado Adérbal, que fue derrotado y buscó refugio en Roma. Precisamente en Roma, el lugar donde Yugurta tenía importantes contactos tras su paso por la guerra de Numancia y adonde envió embajadores encargados de hacer costosos regalos a sus viejos amigos y a los senadores influyentes. Las simpatías que había despertado Adérbal se diluyeron ante la generosidad de los embajadores enviados por su primo. El Senado acordó que se debía dividir el reino entre ambos pretendientes y dio el asunto por zanjado. Según Salustio, el efecto de los sobornos en los senadores convenció a Yugurta de que, tal y como le habían contado durante el sitio de Numancia, Roma era una ciudad en la que todo el mundo podía ser comprado.

Numidia fue dividida, pero Yugurta no tardó en atacar a su hermano adoptivo. La situación terminó con Adérbal sitiado en la ciudad de Cirta, que conseguía resistir al ejército de Yugurta gracias a la colaboración de sus habitantes ítalos. Éstos, confiando en que contaban con la protección de Roma, terminaron por convencer a Adérbal para que entregara la ciudad. Yugurta prometió a cambio respetar la vida de su rival. Ni que decir tiene que apenas entró Yugurta en la ciudad ordenó crucificar a Adérbal y masacrar a la población masculina, ya fueran ítalos o númidas. La indignación en Roma fue monumental ante la muerte de ciudadanos romanos, y se envió a un ejército al mando del cónsul del año 111 a.C., que tenía el bonito nombre de Lucio Calpurnio Bestia. Yugurta se vio derrotado por las legiones romanas y se vio obligado a firmar una paz… sorprendentemente benévola. Tan favorables eran los términos para el teóricamente derrotado Yugurta que el tribuno de la plebe Cayo Memmio consiguió que se obligara a Yugurta a acudir a Roma para investigar si había habido un soborno de por medio. El rey númida no tuvo más remedio que aceptar y enfrentarse al interrogatorio de Memmio ante la Asamblea.

Memmio calentó motores con un discurso sobre los crímenes y traiciones de Yugurta, le emplazó a acogerse con humildad a la benevolencia de Roma… el tipo de cosas que se pueden esperar de la apertura de una investigación. Pero Yugurta no llegó a abrir la boca porque cuando tuvo que responder, otro tribuno de la plebe, Cayo Bebio, que había sido oportunamente sobornado, interpuso su veto. Éste era un privilegio de los tribunos cuyo origen, que ya discutimos en su día (en este artículo), era el de frenar iniciativas que juzgaran dañinas contra los plebeyos. El uso descaradamente perverso de esta iniciativa supuso un nuevo escándalo que sumar a las anteriores acciones de Yugurta. Por si fuera poco, en Roma vivía otro pretendiente al trono númida que fue asesinado por un miembro del séquito del rey númida. Aquello era demasiado: Yugurta fue expulsado de la ciudad y la guerra se reanudó.

Roma se encontró con que una cosa era hacer la guerra a Yugurta y otra vencerlo. En menos de un año, en el 109 a.C. el rey númida consiguió hacer pasar por una estrepitosa derrota militar al ejército romano, cuyo general hubo de acordar una paz que suponía la salida de tropas romanas de Numidia durante 10 años. Pero esta vez Roma no podía tragar una nueva humillación y el tratado no fue refrendado. Por el contrario, se envió como general al cónsul Quinto Cecilio Metelo, un hombre honesto, que obligó a Yugurta a permanecer a la defensiva. Sin embargo la prolongación de la guerra motivó que un hombre de origen más humilde que Metelo, Cayo Mario, presentara su candidatura al consulado. Metelo no se tomó muy bien que quien hasta entonces había sido su ayudante fuera su sucesor, aunque Mario demostró tener genio militar. Sin embargo Yugurta no era tan fácil de derrotar y si Mario se impuso fue gracias a la traición: su lugarteniente Lucio Cornelio Sila logró atraerse al rey de Mauritania, suegro de Yugurta, que fue quien entregó al númida a sus enemigos. Así Mario pudo entrar en triunfo en Roma el 1 de Enero del 104 a.C. Ese mismo día Yugurta fue estrangulado en prisión.

¿Final feliz para Roma? No tanto. Los dos romanos que doblegaron a Yugurta se enfrentarían años después en el inicio del periodo conocido como de las guerras civiles y ambos llegarían a ejercer el poder a la manera de los tiranos. La corrupción que había permitido al rey númida manejar a Roma a su antojo anunciaba la decadencia de la República. Los mejores días de Roma estaban aún por llegar, pero para entonces la ciudad sería un ente político totalmente distinto: las siglas SPQR perdurarían durante siglos, pero vacías de significado, porque en poco tiempo ni el Senado ni el pueblo de Roma tendrían las riendas del verdadero poder.

Yugurta dejó una frase para la Historia. Cuenta Salustio que al ser expulsado de Roma tras el escándalo del soborno al tribuno de la plebe y el asesinato de su rival al trono, aquel astuto númida dijo: «esta ciudad corrupta se vendería a sí misma si encontrara comprador«. Sin duda Yugurta había captado a la perfección el punto débil de los prohombres romanos y desde luego supo cómo elevar el soborno a la categoría de arte corrompiendo a todo el que se le enfrentaba cuando no le podía asesinar. A veces me pregunto cómo actuaría Yugurta si en lugar de enfrentarse a la Asamblea romana se viera frente a una comisión de investigación de un parlamento actual. Sospecho que su actuación no sería muy diferente a la que tuvo hace más de 2.100 años… y a juzgar por las encuestas que mencioné al principio, no soy el único en pensarlo.

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La era de la guillotina

21 jueves Feb 2013

Posted by ibadomar in Historia

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1848, Carlos X, Delacroix, Guerra francoprusiana, Guillotina, Historia, Hitler, José Bonaparte, Luis Felipe, Luis XVI, Luis XVIII, Napoleón, Napoleón III, Restauración, Revolución, Revolución francesa, Siglo XIX, Siglo XVIII

Antes de empezar he de pedir disculpas por haber estado ausente aproximadamente un mes. Una avalancha de actividad me ha tenido alejado del blog, aunque para compensar vuelvo con bastantes ideas para nuevos artículos. Pero dejémonos de preámbulos y vamos a nuestro tema de hoy.

Desde hace algún tiempo he observado que aparece con cierta frecuencia la palabra guillotina en las conversaciones y no digamos en las redes sociales, como Twitter. Es fácil encontrar a quien propone instalar una guillotina frente al Congreso de los Diputados o en la Puerta del Sol o incluso una en cada capital de provincia. Por el tono de las frases es fácil percibir que existen dos creencias, ambas falsas:

  1. Se cree que la guillotina es un invento de la Revolución Francesa que nace y muere con ella.
  2. Se cree que con la decapitación de Luis XVI se puso fin a la monarquía en Francia.

En cuanto a la primera hay que precisar que aparatos similares a la guillotina existen por lo menos desde principios del siglo XIV, cuando se decapitó en Irlanda a un tal Murcod Ballagh utilizando una máquina similar a la que se haría célebre en el siglo XVIII. La asociación con la Revolución Francesa se la debemos al Dr. Joseph Ignace Guillotin, que durante los debates revolucionarios para instaurar un nuevo código penal propuso que no hubiera distinciones en la condición social a la hora de aplicar un castigo. Así, en el caso de que la condena fuese la de muerte se aplicaría de igual manera para nobles o pueblo llano y se usaría el sistema de la decapitación mediante un instrumento mecánico.

Como se ve, el trasfondo del uso de este método de ejecución se basa en el principio revolucionario de égalité. El utilizar una máquina era una considerable ventaja para todos, incluido el reo, puesto que si ser ejecutado debe de suponer un trance extremadamente angustioso, el verse en manos de un verdugo inexperto o descuidado suponía un suplicio añadido. Y por esto se decidió emplear este artefacto para las ejecuciones, independientemente del delito cometido y de la extracción social del condenado. La misma guillotina podía decapitar con idéntica eficiencia a un rey como Luis XVI o a un carbonero que hubiera asesinado a su hermano, por ejemplo. Y no sólo durante la Revolución: la guillotina se empleó en Francia como sistema de ejecución hasta la abolición de la pena de muerte en 1981. Y no se empleó sólo en Francia sino también en otros países como Suecia o Alemania.

Pero todo esto no son más que anécdotas sin demasiado recorrido. Tiene mucho más interés la segunda de las creencias falsas a las que me refería antes porque supone una simplificación brutal de uno de los acontecimientos que más han contribuido a conformar el mundo en el que vivimos. Ay, me temo que voy a tener que resumir más de medio siglo de Historia en unos párrafos y no va a ser fácil.

Para empezar, la Revolución Francesa no fue antimonárquica en sí. En una primera fase se forma una Asamblea Constituyente, pero el Rey sigue a la cabeza del Estado. No es hasta 1792, tres años después de la toma de La Bastilla, cuando Luis XVI es depuesto en medio de la exaltación provocada por la guerra contra Austria y Prusia. Su ejecución tuvo lugar en enero de 1793, pero Francia aún conocería gobiernos monárquicos. El primero de ellos, bajo el signo de la propia Revolución, se inició en 1799 con el golpe de Estado que dio el poder a Napoléon Bonaparte. En principio Napoleón sólo asumió el título de cónsul, pero su régimen no se diferenciaba demasiado de una monarquía, como lo demuestra que el consulado se convirtiera en vitalicio y hereditario y finalmente, en diciembre de 1804, en un Imperio con su correspondiente coronación en presencia del Papa Pío VII.

Suele considerarse que las guerras napoleónicas expandieron por toda Europa los ideales de la Revolución. Ciertamente nada volvió a ser lo mismo, pero la Revolución hasta ese momento no puede considerarse como el fin de la monarquía sino como un cambio de dinastía. Que Napoleón no le hacía ascos a las coronas lo demuestra no sólo su propia entronización, sino también la de su hermano José, que fue primero rey en Nápoles y después en España, la de otro de sus hermanos, Luis, nombrado rey de Holanda, o la de su general y cuñado Murat, que sucedió a José en la corona de Nápoles. Otros tics monárquicos de Napoleón son la creación de una nueva nobleza, con la que ganarse fidelidades, el control de la prensa hasta llegar a la reinstauración de la censura en 1810 o la concentración en la práctica de los tres poderes.

Y así llegamos a la gran olvidada de esta época: la Restauración. La guillotina acabó con la vida de Luis XVI, pero no con la dinastía borbónica. Tras la definitiva derrota de Napoleón, el trono de Francia es ocupado por Luis XVIII, hermano del depuesto rey (como se ve los Borbones franceses no eran muy imaginativos poniendo nombres a sus hijos. El que ambos hermanos se llamaran Luis se explica porque uno era Luis Augusto y el otro Luis Estanislao). No se produce una vuelta completa al Antiguo Régimen, puesto que existe un texto constitucional, pero limitado. Se trata de una Carta Otorgada, lo que supone que es concedida graciosamente por el rey, que consagra ciertos derechos, como el de propiedad, y determinadas libertades, como la religiosa, pero que reserva grandes poderes al monarca. Luis XVIII era demasiado indolente, o estaba demasiado resignado, como para preocuparse en exceso del ejercicio de su propio poder, pero tras el ascenso al trono de su hermano Carlos X en 1824 se impone el punto de vista de los ultramonárquicos, cuyo nombre lo dice todo.

Carlos X fue incapaz de comprender que los tiempos habían cambiado. Su deriva autoritaria consiguió enfrentarle a las Cámaras y, cuando finalmente se decidió por disolverlas y gobernar por decreto el tiro le salió por la culata a una velocidad pasmosa: el 25 de julio de 1830 el rey intenta el autogolpe firmando las ordenanzas que suspenden la libertad de prensa, disuelven la Cámara de Diputados y establecen un nuevo régimen electoral que reduce el censo a los grandes propietarios. Al día siguiente, el 26, se publican las ordenanzas y comienza la agitación. En apenas 72 horas, los días 27, 28 y 29, París se subleva y la bandera tricolor vuelve a ondear en desafío a la enseña blanca de los Borbones. Es la revolución que Delacroix inmortalizó en su célebre cuadro La libertad guiando al pueblo.

delacroixCarlos X cae, pero no así la monarquía. El trono recala en un primo del depuesto rey, Luis Felipe de Orleans, que no contó con demasiados apoyos durante su reinado: la aristocracia desconfiaba de aquel «rey de las barricadas», el clero estaba resentido por las limitaciones a su papel en la educación y el ejército estaba desmoralizado por la falta de reconocimiento a sus sacrificios durante la intervención colonial en Argelia. Por otro lado  la Revolución Industrial estaba en pleno desarrollo provocando la proletarización de la masa de trabajadores y la aparición de los primeros pensadores socialistas (los premarxistas). Cuando el 22 de Febrero de 1848 se negó el permiso a la celebración de un banquete promovido por republicanos, comenzaron las algaradas. Los acontecimientos se precipitan a tal velocidad que en apenas dos días los insurgentes son dueños de París y Luis Felipe abdica. La Segunda República iniciaba sus días.

Un cambio de régimen suele ser tormentoso puesto que se enfrentan quienes desean la subversión total del orden anterior y quienes intentan no ir demasiado lejos. Las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril del 48 dieron a los republicanos moderados la mayoría, dejando en un segundo plano a los monárquicos y muy por detrás a la izquierda, pero la evolución a posiciones conservadoras llevó a enfrentamientos muy violentos que terminan por cristalizar en una violenta reacción autoritaria. En las elecciones de diciembre el presidente es derrotado por Luis Napoleón, sobrino del difunto emperador, cuyo gobierno debía terminar tras un periodo de cuatro años sin derecho a reelección.

En ese periodo se eligió una Asamblea de claro corte monárquico, que logró suprimir en mayo de 1850 el sufragio universal masculino. Por poco tiempo, puesto que Luis Napoleón dio un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851, disolvió la asamblea y restableció el sufragio universal masculino: con un solo movimiento resolvía el problema de la Asamblea hostil y el de la reelección. Exactamente un año después, y tras un plebiscito resuelto favorablemente, se proclamaba el Segundo Imperio en el que Luis Napoleón tomaba el nombre de Napoleón III. Si la Primera República, surgida de la revolución de 1789, había cristalizado en un imperio, la Segunda, surgida de la revolución de 1848, seguía su mismo camino.

¿De dónde surge entonces la tradición republicana francesa? La definitiva consolidación de una república en el país vecino no fue obra de una revolución ni de la guillotina, sino consecuencia de la derrota francesa en la guerra francoprusiana de 1870. Fue entonces cuando se instauró la Tercera República, que duraría hasta la Segunda Guerra Mundial. La monarquía ya no volvería a Francia: después de la guerra comenzó la Cuarta República, similar políticamente a la Tercera, y en 1958 se aprobó la Constitución de la actual Quinta República.

Como hemos visto, ni la revolución de 1789, ni la de 1830, ni la de 1848 trajeron consigo una república duradera. La guillotina, por su parte, tampoco resultó ser particularmente incómoda para los monarcas, puesto que si bien es cierto que ejecutó a uno, convivió posteriormente en armonía con otros cinco. Después de todo, la reputación antimonárquica de la guillotina no es demasiado merecida, como tampoco lo es su fama revolucionaria: en Alemania se implantó como método único de decapitación en todo el territorio (antes se empleaba también el hacha) en 1938 por decreto de Adolf Hitler. El halo mítico del utensilio de decapitar como una especie de instrumento purificador resulta ser, cuando se mira de cerca, sólo una leyenda para embellecer una vulgar máquina de matar.

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Depardieu y los decuriones

13 domingo Ene 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Depardieu, Diocleciano, Fiscalidad, Historia, Roma

Ha sido noticia la espantá de Gerard Depardieu, que huyendo de unos impuestos muy elevados en Francia ha recalado en Rusia. Ya en cierta ocasión me ocupé en este blog de comentar cómo las subidas de impuestos son una de las causas típicas que llevan a la desafección de un pueblo hacia sus gobernantes, desafección que puede desembocar en el enfrentamiento directo: revolución, para decirlo más claramente. En aquel artículo comentaba cómo la Revolución Americana, que culmina con la independencia de los Estados Unidos, la inicia la clase acomodada como reacción a nuevos impuestos y cómo la Revolución Francesa surge de la negativa de los notables a compartir la carga fiscal.

Hoy hablaremos de otro caso similar. Es fácil encontrarlos porque la Historia está plagada de ejemplos en los que el aumento de la presión fiscal desencadena consecuencias indeseadas por el gobernante. En esta ocasión nos trasladaremos al Bajo Imperio Romano, en concreto a las ciudades de provincias. Poblaciones como Tarraco, Hispalis o Emerita Augusta, por poner ejemplos cercanos a nosotros, que al igual que Roma tenían su propio senado, sólo que éste era conocido con el nombre de Curia. Sus miembros, la oligarquía municipal, eran los decuriones. Para formar parte de un grupo tan selecto había que poseer una renta mínima que varía según las fuentes que se consulten. Yo he encontrado dos referencias y en una de ellas se menciona un mínimo de 20.000 sextercios mientras que en la otra la cantidad sube hasta los 100.000. Probablemente la renta necesaria fuera distinta en cada ciudad y eso explique la diferencia. Lo que es seguro es que para ser parte de ese grupo selecto había que contarse entre la clase acomodada, pero es importante recalcar que la renta necesaria no implicaba ser rico. Las cantidades necesarias para ingresar en la Curia estaban muy por debajo de las rentas de los grandes terratenientes.

Ser decurión era una responsabilidad bastante seria puesto que significaba sufragar espectáculos públicos, subvencionar la distribución de grano, colaborar en el mantenimiento de infraestructuras, etc. A cambio se obtenían algunos beneficios como por ejemplo estar en las primeras filas en el teatro o el anfiteatro (lo que por otro lado es natural, ya que a fin de cuentas los decuriones pagaban el espectáculo) o contarse entre los honestiores, algo así como hombres de honor, que parece poca cosa, pero suponía que en caso de procedimiento judicial el tribunal no podía recurrir a la tortura contra ellos. Además, el ofrecer pan y circo es siempre un medio para ganar prestigio, y por tanto poder, y en cuanto a las infraestructuras es de suponer que al decurión le gustaba tanto inaugurar un acueducto o una carretera como a los políticos actuales. La diferencia es que el decurión lo había pagado de su bolsillo.

Las fuentes de ingresos del decurión de a pie eran el comercio y la explotación de talleres artesanales. Es de suponer que el prestigio personal que suponía pertenecer a la Curia les ayudaba bastante en sus negocios. Vanidad e ingresos eran dos buenas razones para que el cargo fuese codiciado a pesar de los gastos que suponía. Al menos hasta la crisis del siglo III. Por aquel entonces ya hacía tiempo que las cargas económicas habían aumentado tanto que cada vez era más difícil encontrar miembros para la Curia, pero aquella crisis, que supuso la transformación del Imperio, hizo que las comunicaciones fueran menos seguras, con lo que el comercio perdió impulso. Además los talleres situados en los latifundios hacían una competencia muy dura a los artesanos urbanos y como consecuencia muchos decuriones se arruinaron. Pero seguía haciendo falta dinero para mantener el Estado, y cada vez más, puesto que los gastos militares aumentaban.

Diocleciano, viejo conocido de este blog, creó nuevos impuestos y una interesante novedad: los decuriones debían encargarse del cobro de los impuestos y se responsabilizaban de su pago con su propia fortuna. En otras palabras: la Curia tenía que pagar los impuestos de la ciudad tanto si lograba recaudarlos como si no. Era la puntilla y todo el que pudo escapó de la obligación, aunque eso suponía una mayor presión sobre los que no eran tan afortunados. No es de extrañar que las ciudades entraran en decadencia puesto que a otros problemas ahora se añadía la huida al campo de aquellos ciudadanos destacados que lograban escapar. Lo que antaño era un puesto de privilegio ahora era una carga insoportable que había que evitar. Un gobierno actual con pocos escrúpulos probablemente habría militarizado a los decuriones, y eso es, casi casi, lo que terminó ocurriendo. No se les militarizó… pero sólo porque eso habría supuesto su salida del orden decurional. Al contrario: se les prohibió alistarse en el ejército, iniciar una carrera burocrática, ingresar en el clero o adquirir el rango ecuestre o senatorial. Todo ello para que no tuvieran más remedio que seguir atrapados en su posición social. Más aún: el cargo se hizo hereditario.

Cuando se estudia la decadencia y caída del Imperio Romano de Occidente a menudo se recalca que la élite ciudadana ya no tenía ningún incentivo para mantener la ciudadanía romana. Si las clases acomodadas sentían que el Estado ya no era para ellos un paraguas protector sino una pesada carga, ¿qué pensarían las clases bajas y los marginados que no le debían nada al Estado? Un observador agudo habría podido ver las primeras señales de esa decadencia a principios del siglo III, cuando los decuriones comenzaron a sentir que su posición social ya no les beneficiaba. Ahora observamos cómo quienes ocupan una posición acomodada sin estar entre las grandes fortunas (actores, deportistas, cantantes…) buscan eludir unas cargas fiscales cada vez mayores de la misma manera en que los decuriones romanos buscaban abandonar la ciudad para escapar a los impuestos. Y, como a ellos, no les importan demasiado los reproches de quienes no pueden evadir esa responsabilidad y les acusan de no ser solidarios con quienes sí tienen que hacer frente al pago de unos impuestos cada vez más onerosos.

Por algo dijo Benjamin Franklin que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Definitivamente tenía razón y su observación sigue siendo cierta, aquí y en Roma.

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