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El volantazo que causó 16 millones de muertes

12 lunes Nov 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Francisco Fernando, Francisco José, Guerras de los Balcanes, Historia, Mano Negro, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Princip, Sarajevo, Siglo XX

Hoy estamos de aniversario. El 12 de noviembre de 2011, hace exactamente un año, se estrenaba este blog con una entrada titulada Ayer fue 11 de noviembre en la que la fecha del final de la Primera Guerra Mundial nos daba el tema del artículo. Parece adecuado que la entrada de hoy trate de cómo se inició aquella contienda. Para los habituales del blog que quieran además leer un balance de este primer año he escrito una página aparte que podéis leer haciendo click aquí.

A veces el destino es caprichoso y un hecho trivial tiene consecuencias desmesuradas. El que un conductor haga un giro equivocado y enfile una calle errónea no parece suficiente motivo para provocar la muerte de unos 8 millones de combatientes y de otros tantos civiles y dejar unos 7 millones de mutilados. Y sin embargo el origen de la Primera Guerra Mundial está precisamente en un giro erróneo.

Naturalmente estoy distorsionando los hechos, pero no tanto como se pueda pensar. En 1914 las potencias europeas vivían un ambiente prebélico que hacía prever una guerra a gran escala. Sólo faltaba un casus belli, una chispa que provocara el incendio que arrasaría todo el continente. Esa chispa prendió como consecuencia del error de un conductor en Sarajevo el 28 de junio de 1914, pero las auténticas causas son más profundas: el reparto entre los imperios europeos de territorios coloniales, fuente de materias primas y mercado de manufacturas, había causado muchos roces. Alemania, por ejemplo, había llegado tarde a la era colonial, pero no por ello se mostraba menos activa en la búsqueda de concesiones comerciales, con frecuentes encontronazos con otras potencias industriales como Gran Bretaña. A esto hay que sumar el auge nacionalista de la época, impulsor de la idea imperialista, pero también sustento de las aspiraciones de minorías que encontraban además el apoyo de terceras potencias que buscaban debilitar a sus rivales. Un ejemplo de este caso es la minoría servia en Austria-Hungría (en este artículo escribiré Servia con v, a la manera en que se escribía en castellano en la época que nos ocupa. No se empezó a escribir Serbia con b hasta la guerra de los Balcanes de los años 90 por influencia del inglés). La política de alianzas seguida por las grandes potencias creaba además la posibilidad de que un conflicto local pasara a generalizarse por todo el continente.

Los conflictos diplomáticos en los que la guerra estuvo cerca fueron numerosos. En un par de ocasiones, en 1905 y 1911, Alemania y Francia hicieron subir la tensión a cuenta de la presencia en Marruecos, pero fue en los Balcanes en donde finalmente estallaría aquella olla a presión. Era el escenario ideal porque el Imperio Turco se desmoronaba, dando lugar a la aparición de nuevos estados, y creando una situación de fronteras cambiantes en la que eran muchos los aspirantes a sacar tajada. Así, en 1908 Austria-Hungría se anexionó definitivamente Bosnia-Herzegovina, que ya administraba desde 1878 aunque formalmente seguía perteneciendo al Imperio Otomano. Esto provocó una crisis en la que el gobierno austrohúngaro contaba con que la debilidad de Rusia, tras su derrota ante Japón en 1905, no le permitiría intervenir militarmente en una zona objeto de sus intereses mientras que Servia, alarmada por la expansión imperial de su vecino, no tenía capacidad de oposición.

El siguiente susto tendría lugar en 1912 cuando Bulgaria, Servia, Montenegro y Grecia fueron a la guerra con Turquía y, tras la derrota otomana, se repartieron los territorios europeos de su rival, pero en 1913 los vencedores se enzarzarían en nueva guerra. Esta vez Bulgaria, la gran triunfadora del conflicto anterior, se vio enfrentada a Rumanía, Servia, Grecia y Turquía. El resultado de las dos guerras balcánicas se ve claramente en el mapa, que como de costumbre he tomado prestado de Wikipedia: Turquía deja de ser una potencia europea y su territorio se lo reparten entre los jóvenes estados balcánicos.

Las guerras balcánicas cerraron el conflicto de la región en falso porque Austria-Hungría difícilmente podía aceptar la expansión servia, que alentaba el separatismo en regiones como Bosnia, mientras que Rusia no podía dejar de apoyar a los nuevos estados balcánicos, sus aliados naturales en la región. Este conflicto de intereses entre los dos imperios abría la posibilidad, cada vez más real, de una guerra entre grandes potencias europeas y en consecuencia se prepararon planes bélicos y se aceleró una carrera de armamentos que, para ser aceptada por la opinión pública, llevó a incidir en el peligro de que se desatara un conflicto, lo que hacía que este riesgo fuera cada vez más aceptado como una posibilidad cierta. Y así es como llegamos al fatídico 28 de junio de 1914.

Aquel día el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José, estaba de visita en Sarajevo, capital de la recientemente incorporada al imperio Bosnia-Herzegovina. El imperio vivía un delicado equilibrio y las minorías de los Balcanes eran fuente de preocupación, aunque precisamente el archiduque era partidario de darles mayor representación, en oposición al punto de vista más conservador de su tío, el monarca. Esto no le libraba de ser el blanco de los odios de la minoría servia, puesto que una mejor integración de esta minoría en el imperio significaría una estabilidad que haría más difícil la creación de la Gran Servia, objetivo al que apuntaba el nacionalismo servio y, dentro de él, una organización secreta conocida como La Mano Negra.

La visita del heredero a Sarajevo comenzó cuando la comitiva de seis coches, en el tercero de los cuales iba el archiduque (algunas fuentes dicen que iba en el segundo, pero eso no hace al caso), dejó la estación de tren de la ciudad a las 10 de la mañana y se dirigió al ayuntamiento. Siete asesinos esperaban su oportunidad en distintos puntos del recorrido. Todos ellos formaban parte de una facción de La Mano Negra dirigida por el coronel Dragutin Dimitrijević, más conocido como Apis, jefe del servicio de inteligencia militar servio.

En su recorrido por las calles de Sarajevo la comitiva pasó junto a dos de los asesinos, que no tuvieron ocasión de actuar. Un tercero sí consiguió arrojar una bomba, pero ésta rebotó en el coche del archiduque y estalló tras él, provocando una veintena de heridos pero dejando ileso a su objetivo. El asesino frustrado intentó suicidarse tragando una cápsula de cianuro, pero el veneno era antiguo y estaba en mal estado, por lo que sólo le provocó vómitos. Mientras tanto el coche del archiduque se alejaba a toda velocidad del escenario del atentado. El heredero del trono parecía haber escapado indemne de sus enemigos.

El archiduque Francisco Fernando llegó muy alterado al ayuntamiento. Allí se encaró con el alcalde de la ciudad: «Vengo de visita y me reciben con una bomba, ¡es indignante!», pero pronto logró calmarse, escuchó los discursos de bienvenida, y respondió a ellos diplomáticamente. Entretanto los asesinos aguardaban sin saber qué hacer y uno de ellos, Gavrilo Princip, hambriento, cruzaba la calle para entrar en una tienda y comprar algo que llevarse a la boca. Tras la recepción, el archiduque expresó su deseo de visitar a los heridos en el atentado, alterando así el plan original de la visita.

A las 10:45 la comitiva se ponía de nuevo en marcha. Tras el coche del alcalde marchaba el del archiduque en el que además iban su esposa y el gobernador Potiorek. Éste había decidido tomar la ruta más directa al hospital, evitando el centro de Sarajevo, pero la precipitación hizo que los conductores no estuvieran sobre aviso del cambio de itinerario. Gavrilo Princip acababa de salir de la tienda con su sandwich cuando se encontró de nuevo con el cortejo de automóviles; el coche del alcalde, en contra de lo previsto por Potiorek, hizo un giro para salir de la avenida junto al río y enfilar el centro de la ciudad, y lo mismo hizo el vehículo del archiduque. Al darse cuenta de que no se seguía la ruta directa que él había previsto, el gobernador Potiorek alertó al conductor: «¡No es por aquí, teníamos que seguir recto por Appel Quay!». El chófer clavó los frenos y se dispuso a retroceder. A apenas dos metros de donde el coche se había detenido estaba Gavrilo Princip.

Princip hizo dos disparos: uno de ellos acertó al archiduque en la yugular y el otro alcanzó a su esposa Sofía en el abdomen. El coche salió disparado de nuevo mientras Princip intentaba suicidarse sin éxito (el cianuro en mal estado sólo le hizo vomitar, como ocurrió con su compañero). En el automóvil, entretanto, la gravedad de la situación se hacía patente cuando al archiduque le salió una bocanada de sangre por la boca. Su mujer se desmayaba unos segundos después y él, dándose cuenta de que ella también estaba herida, sólo acertó a decir «Sofía, no te mueras, tienes que vivir por nuestros hijos». A continuación él también perdía el sentido y minutos después ambos habían muerto.

Aunque el gobierno servio no estaba directamente detrás del atentado sí es cierto que tenía noticias de la trama y apenas hizo nada por impedirla. Austria-Hungría, con el respaldo alemán, vio la ocasión de frenar la expansión servia y resolver la cuestión de los Balcanes por la vía militar, en lugar de intentar una solución diplomática que habría sido pasajera. Pero Rusia, que contaba con el apoyo francés, no podía mantener una actitud pasiva so pena de perder toda influencia en la región. Cuando Austria-Hungría emitió un ultimátum inaceptable para Servia los acontecimientos se precipitaron: el conflicto austro-servio pasó a ser austro-ruso, por lo que Alemania a su vez envió un ultimátum a Rusia, y pronto se vio en guerra con rusos y franceses. El plan alemán de ataque a Francia implicaba ocupar Bélgica, violando su neutralidad, lo que llevó a Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania. El 4 de Agosto toda Europa estaba en guerra.

Como hemos visto las causas de la contienda son complejas y aunque no fue el giro equivocado del coche del archiduque el motivo de las hostilidades, es imposible no preguntarse qué habría ocurrido si los asesinos de Sarajevo hubiesen fracasado, si el conductor hubiese seguido recto y a buen ritmo en su camino al hospital. Probablemente se habría llegado de todas maneras a una guerra que el sistema de alianzas convertía inevitablemente en generalizada, pero también puede que los enfrentamientos entre potencias se hubiesen resuelto mediante conflictos de menor intensidad, como ocurrió durante la Guerra Fría. Quizás no habría habido una Primera Guerra Mundial y por tanto tampoco una Segunda.

Hay una conclusión que sí está clara: las condiciones para que toda Europa se viera envuelta en una guerra, como hemos visto, estaban presentes y una vez que las condiciones para un hecho se han creado sólo hay que esperar al detonante; de la misma forma que un escape de gas, al mezclarse con el oxígeno del aire, crea las condiciones para que haya una explosión, pero ésta no aparece hasta que hay una chispa. En la actualidad Europa parece encontrarse en otro momento inestable, con una situación económica complicada, desconfianza entre los países de la Unión Europea, tensión social, etc, por lo que situaciones antes impensables, como por ejemplo la desaparición del euro o la salida de un país de la Unión, se plantean como posibilidades ciertas. La posibilidad de que la tensión llegue al extremo de provocar una guerra civil en algún país europeo parece de momento más lejana, pero también lo parecía en Yugoslavia en 1990 o en Libia hace apenas dos años. ¿Qué pasará si salta una chispa?

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600 años de prejuicios contra la Edad Media

04 domingo Nov 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Alfonso X, Edad Media, Gótico, Historia, Renacimiento

He observado algo curioso. A menudo, cuando se pretende poner de manifiesto que algo está totalmente anticuado se usa el calificativo medieval, cuando se teme que haya un retroceso social se habla de «vuelta a la Edad Media» y si lo que preocupa es una regresión económica que nos lleve a tiempos pretéritos se emplea el término neofeudalismo. Y por si no me creéis os adjunto unos ejemplos sacados de la prensa: el ministro principal de Gibraltar, como vemos aquí, descalificaba la postura de España respecto al peñón calificándola de medieval hace apenas una semana; en este otro artículo, publicado dos días más tarde, un periodista emplea el titular «Una nueva Edad Media» para alertarnos de que el mundo se dirige hacia un capitalismo feudal (sic). El término neofeudalismo, por su parte, lo utiliza un diputado en esta entrevista para dibujar el futuro apocalíptico hacia el que quiere convencernos de que nos conducen sus adversarios políticos.

Leyendo semejantes descripciones se diría que el periodo medieval es a la humanidad lo que el hombre del saco a la infancia. ¿Tan terrible fue aquella época? Puede que la Edad Media fuera la era del vasallaje, pero la Antigüedad fue la de la esclavitud y no tiene tan mala prensa. ¿Y qué tenían las condiciones de vida del campesino del siglo XVII de ventajosas con respecto a las del siglo XII? No demasiado y sin embargo nadie habla de «retorno a la época romana», ni siquiera de «regreso al Antiguo Régimen». La mala prensa se la lleva el Medievo, pero ¿por qué?

Para empezar la propia noción de Edad Media es compleja. Se suele tomar el fin del Imperio Romano de Occidente en el año 476 y la caída de Constantinopla en 1453 como límites convencionales, pero ni siquiera eso está libre de disputa y hay quien piensa que los comienzos deberían adelantarse al siglo III, con la gran crisis del Imperio Romano, o retrasarse al siglo VII, con la expansión musulmana por el Mediterráneo. El final también podría retrasarse un poco, hasta el descubrimiento de América en 1492 por ejemplo. Estas discusiones tampoco nos afectan demasiado porque en este artículo no se trata de saber qué es la Edad Media sino el porqué de su mala fama y si ésta es merecida.

No es que la vida no fuera dura en aquel milenio, pero también hubo avances significativos: la rotación trienal de cultivos, por ejemplo, es un avance de la Alta Edad Media, y medieval es un modelo de yugo para uncir los bueyes aprovechando mejor su fuerza de tracción. También en esta época se generaliza la herradura metálica y aparece en Europa un invento originario de la India tan útil como es el estribo. Es también de la Plena Edad Media el aprovechamiento de fuentes de energía como la eólica (se inventó el molino de viento en el siglo XII) y el uso cada vez mayor de la energía hidráulica en molinos, batanes y forjas. Los progresos en metalurgia permitían hacer mejores armaduras que, unidas al ya citado estribo y al freno de boca para los caballos, cimentaban el apogeo de la caballería, aunque lo que la técnica daba a los caballeros por un lado se lo quitaba por otro con la invención de la ballesta, y posteriormente de la pólvora. La clásica ánfora para transporte era sustituida por toneles de madera, que aprovechaban mejor el espacio en unos barcos que ya no usaban timones de remo laterales, sino el timón de popa que aún se emplea en la actualidad y que para los navegantes de la Baja Edad Media era una invención casi tan útil como la de la brújula, otra novedad de la época.

La técnica avanzó, pero ¿y el pensamiento? Tampoco aquí debemos caer en el tópico de la Edad Oscura. Las universidades nacieron durante la Edad Media, hacia el siglo XI, y florecieron especialmente en los siglos XIII y XIV, pero ya antes hubo intelectuales como por ejemplo Agustín de Hipona o Isidoro de Sevilla. Otras figuras destacadas fueron Alberto Magno, Tomás de Aquino o Guillermo de Ockham, por limitarnos a la Europa Occidental. Así que el Medievo no fue tan oscuro, después de todo.

Y sin embargo la mala fama de la Edad Media persiste, mala fama que surgió por los prejuicios acumulados desde el Renacimiento, y es bueno que nos detengamos a considerar el porqué de esa denominación, Renacimiento, que enmarca un periodo caracterizado, entre otras cosas, por una gran admiración hacia la cultura clásica, que se toma como ideal y como modelo. La contrapartida es el desdén hacia la sociedad que había sustituido al idolatrado mundo romano. Un buen ejemplo es la arquitectura: se pone de moda construir los edificios «a la antigua», despreciando los que están hechos «a la moderna», aunque emplearan elementos desconocidos para los admirados romanos. Entre esos elementos menospreciados está el arco apuntado, ese invento medieval que permitía realizar construcciones que un arquitecto romano habría considerado prodigiosas y, como muestra de ese desprecio, a la arquitectura que lo empleaba la definió con un término despectivo, gótica, que aludía a los bárbaros invasores que habían acabado con aquel mundo ideal. Hoy en día el término gótico aplicado al arte ha perdido su carácter peyorativo, pero originalmente aquel calificativo equivalía a un insulto.

Los hombres de la Edad Moderna, en conclusión, se consideraban a sí mismos como herederos de aquella Edad Antigua. El mundo que ellos admiraban había muerto, pero ahora ellos lo traían de nuevo a la luz y la cultura clásica volvía a la vida, renacía, por eso hablamos de Renacimiento. Y para designar a ese periodo insulso que está entre la Edad Antigua y la Moderna surgió la expresión Edad Media, algo así como un paréntesis entre dos épocas de esplendor. La expresión se perpetuó y el prejuicio también.

Hoy en día seguimos despreciando el mundo medieval, a pesar de que nuestro propio mundo tiene sus raíces en él, y como vimos al principio, su supuesta tenebrosidad se ha convertido en proverbial. Y sin embargo es frecuente que muchos de los que atribuyen a aquella época todo tipo de calamidades apenas la conozcan. Aunque todos sabemos que los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen. Lo dijo Alfonso X en el siglo XIII y por algo le llamaban el Sabio.

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La realidad y el capitán Kidd

18 jueves Oct 2012

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Corrupción, Corsarios, Historia, Kidd, Piratas, Siglo XVII

Ah, la realidad, qué testaruda es. Tiene la manía de imponerse y sólo las personas con mucho poder de convicción sobre los demás son capaces de moldearla a su gusto y aun así, normalmente, por poco tiempo. Otros, los más, se conforman con adaptarse a ella, pero a menudo lo hacen a disgusto y la culpan de sus propios fracasos. En esto pensaba yo cuando hace poco toda la prensa española se hacía eco de las palabras del actual presidente del gobierno, que se quejaba de que la realidad le impedía cumplir con su programa electoral. La realidad, esa pérfida, nada menos. Pero no voy a hablar de Mariano Rajoy, aunque me diera la idea para este artículo, sino de alguien que tuvo un problema similar: no supo calibrar sus fuerzas y se embarcó en algo que le venía muy grande. Naturalmente, la realidad le dio un disgusto tras otro hasta conducirle al disgusto final.

Será un placer contar su historia, porque hace tiempo que ni piratas ni corsarios, gremio al que pertenecía nuestro hombre, aparecen por este blog. Una vergüenza para un sitio que ostenta el nombre de una isla que fue refugio de algunos de estos insignes marinos. No está muy claro si nuestro invitado de hoy fue pirata o corsario (os recuerdo que ya en su día publiqué un artículo sobre las diferencias entre ambos), pero en cualquier caso su fama ha traspasado los siglos de tal modo que incluso se hizo una película sobre él en 1945, muy poco rigurosa por cierto. Estoy hablando del caballero cuyo retrato vemos a la derecha, el capitán William Kidd.

Kidd era un escocés que había tenido cierto éxito como corsario a finales del siglo XVII, cuando navegaba bajo una patente que le permitía atacar buques franceses. Sin embargo no debía de tener muchas dotes de liderazgo puesto que una noche en que él estaba en tierra, sus hombres, dirigidos por un tal Culliford, decidieron irse con el barco dejándole abandonado. Kidd consiguió el mando de otra nave con la que perseguir a los amotinados, pero sin éxito. Sin embargo la suerte no parecía haberle dado completamente la espalda, al menos por el momento, puesto que poco después de estos sucesos recalaba en Nueva York, donde en 1691 se casaría con una joven y acaudalada mujer apenas unos días después de que ella enviudara por segunda vez, lo que dio mucho que pensar. Pero como no había pruebas de que el marido de ella hubiese recibido ayuda para su viaje al otro mundo no hubo consecuencias para la pareja y durante los siguientes años William Kidd y su esposa llevaron una plácida y próspera existencia.

Pero la vida tranquila tocaba a su fin. La desgracia de Kidd fue encontrarse con personajes influyentes como Robert Livingston y el gobernador de Nueva York, Massachussets y New Hampshire, Lord Bellomont, que tenían una idea genial para hacer negocio: se trataba de armar un barco que navegaría bajo patente de corso inglesa con el encargo de acabar con determinados piratas y de hostigar el comercio francés, puesto que ambos países estaban en guerra. En la empresa participaban las personas más poderosas del reino, como el Primer Lord del Almirantazgo o el Secretario de Estado y sólo hacía falta un capitán de confianza para el barco. Es difícil decir que no a una oferta de ese calibre hecha por personas de tanta influencia, así que Kidd, con sus patentes de corso, se embarcó en una galera llamada Adventure. Un tipo de barco poco común en la navegación oceánica, pero muy útil en el combate al estar provisto de remos, que le daban una maniobrabilidad que no tenían los buques cuya propulsión dependía exclusivamente de las velas. Es importante, y por eso lo subrayo, recordar que la patente sólo le daba permiso para enfrentarse a piratas y para apoderarse de barcos franceses.

Pronto se hizo evidente que la empresa estaba gafada. Es difícil que las cosas vayan bien en un barco cuando la tripulación no es demasiado… recomendable. La de Kidd resultó no serlo, pero tampoco las circunstancias, esas piezas que conforman la terca realidad, ayudaban. El buque se dirigió en 1696 a Madagascar en busca de piratas a los que apresar, pero se encontró con que no había nadie en los lugares habituales de refugio. Para colmo, durante la travesía Kidd tuvo un roce con un escuadrón de barcos británicos. He leído dos versiones diferentes del motivo del desacuerdo entre Kidd y el comandante de los navíos ingleses, pero ambas coinciden en que Kidd, temiendo que le obligaran a ceder algunos de sus hombres a la Marina, decidió huir durante la noche, lo que le convirtió en un sujeto sospechoso.

Así que tenemos a Kidd y su Adventure en mitad del Océano Índico sin haber logrado su objetivo de capturar piratas ni haber tomado ningún mercante francés, visto con suspicacia por la Marina inglesa y con una tripulación poco de fiar a la que no se le paga por la sencilla razón de que no hay botín. Poco después un informe dijo que su barco había intentado atacar un convoy indio, pero que fue repelido. ¿Habia decidido Kidd pasarse a la piratería? Puede que sí y ciertamente empezaba a tener reputación de pirata, pero si realmente había decidido abandonar la ley… ¿cómo explicar su discusión con el artillero Moore? Éste le recriminó que no atacaran a un buque holandés que habían avistado, lo que habría supuesto violar los términos de la patente de corso, y le acusó de arruinar a todos. Aquello empezaba a parecerse a un conato de motín y Kidd lo cortó de cuajo estampándole a Moore un cubo en la cabeza que le causó la muerte al día siguiente por fractura de cráneo. Las cosas iban de mal en peor.

A finales de 1697 Kidd consiguió al fin una presa: un barco que navegaba bajo pabellón de Francia, lo que confirmó el salvoconducto francés del que se apoderó el corsario al abordar el barco. La carga era de poca importancia, pero era un principio. ¿Estaba cambiando su suerte? Parecía que sí porque poco después llegó el premio gordo: el mercante Quedah, de cerca de 400 toneladas y cargado con oro, sedas, joyas… el sueño de un corsario si no fuera porque la situación legal era complicada: el buque era indio y el capitán inglés, pero tenían un salvoconducto francés y eso les convertía, según Kidd, en una presa legítima. Los corsarios se dirigieron entonces a la Isla de Santa María, junto a Madagascar, donde fueron a coincidir con un viejo conocido de Kidd: el capitán Culliford, aquél que le había robado el barco años antes y que ahora se dedicaba a la piratería.

Lo que ocurrió entonces no está claro: Kidd dijo que buena parte de sus hombres desertaron para unirse a Culliford y por eso no pudo apresarlo, como exigía su patente contra los piratas, mientras que otros alegaron que Kidd y Culliford, tan pirata uno como otro, decidieron echar pelillos a la mar. Lo que es seguro es que la tripulación de Kidd, excepto 15 hombres, se quedó con Culliford mientras su capitán volvía a casa a bordo del Quedah para encontrarse a medio camino con la noticia de que se le buscaba por piratería. Nuestro hombre decidió entonces continuar su regreso muy discretamente y ponerse en contacto con Lord Bellomont por medio de un abogado y hacerle llegar así su versión con la esperanza de salir del apuro. Bellomont fingió creerle y en cuanto tuvo ocasión lo hizo apresar y enviar a Londres para ser juzgado.

Entonces fue cuando Kidd pudo comprender lo que significa, en el mundo de la tozuda realidad, tratar con los poderosos. Sus socios, aquellos hombres tan bien situados en el gobierno, no estaban dispuestos a arriesgar sus carreras políticas involucrándose en el mayúsculo escándalo que podía significar el reconocer que financiaban la carrera delictiva de un presunto pirata. Kidd se tuvo que enfrentar no sólo a varios delitos de piratería sino también a uno de asesinato por la muerte del artillero Moore. Él se defendió alegando que estaba protegido por su patente de corso, que se había visto forzado a situaciones muy difíciles por su tripulación y que los testimonios contra él eran de gente perjura. No dijo nada en contra de sus influyentes socios, quizás esperando que le pudieran sacar del aprieto. En cuanto a los salvoconductos franceses de los dos barcos apresados por Kidd, que le podían permitir alegar que eran presas legítimas, el corsario aseguraba habérselos entregado a su abogado para que se los diera a Lord Bellomont, pero éste acababa de morir y los papeles no aparecieron por ninguna parte.

Kidd fue condenado a muerte y ejecutado el 23 de Mayo de 1701. Hasta para eso tuvo mala suerte, puesto que tuvieron que ahorcarlo dos veces, ya que en el primer intento se rompió la cuerda para regocijo de los espectadores. Al menos él no se enteró muy bien de lo que pasaba porque aquella mañana le dieron tanto ron que estaba totalmente borracho cuando le llevaron al patíbulo. Su cadáver fue embreado y colgado en una jaula para escarmiento público y así permaneció durante varios años.

Si Kidd hubiera sido más prudente no habría aceptado el peligroso negocio en el que lo embarcaron, si hubiese sido más honesto habría reconocido su fracaso aceptando el regreso y la ruina, pero sin ser sospechoso de piratería y si hubiese sido menos confiado se habría vuelto al Índico como pirata tan pronto como supo que le andaban buscando. Pero creyó que podría manejar la situación y al final la realidad, esa testaruda, se impuso.

Por último, nos queda una duda: ¿fue Kidd un pirata o una víctima de las circunstancias? ¿Hasta qué punto decía la verdad cuando juraba que se había visto acorralado por su tripulación y que se había limitado a tomar dos presas legítimas? Al fin y al cabo en el juicio no aparecieron los salvoconductos franceses de los dos barcos que Kidd había apresado. ¿Existían de verdad esos documentos? Y la respuesta es… ¡Sí! Aparecieron a principios del siglo XX, con más de 300 años de retraso para Kidd. No está claro que le hubiesen exculpado y aun de haberlo hecho quedaba la acusación de asesinato por la muerte de Moore, pero ahora sabemos con certeza que en el juicio se jugó sucio.

Si el capitán Kidd se hizo tan conocido no fue por sus hazañas como pirata sino porque durante mucho tiempo se podía ver su cadaver sobre el Támesis, de manera que los marinos que llegaban a Londres tenían una macabra advertencia del destino que aguardaba a quienes se lanzaran a la piratería. También contribuyó a su fama el que varias veces intentara negociar utilizando una supuesta fortuna que aseguraba haber escondido y que ha alimentado la imaginación de muchos buscadores de tesoros. Sin embargo en los méritos de su carrera como pirata Kidd no era rival para hombres como Edward Teach, el célebre Barbanegra, o el gran Bartholomew Roberts pero ésa… ésa es otra historia.

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