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Hoy estamos de aniversario. El 12 de noviembre de 2011, hace exactamente un año, se estrenaba este blog con una entrada titulada Ayer fue 11 de noviembre en la que la fecha del final de la Primera Guerra Mundial nos daba el tema del artículo. Parece adecuado que la entrada de hoy trate de cómo se inició aquella contienda. Para los habituales del blog que quieran además leer un balance de este primer año he escrito una página aparte que podéis leer haciendo click aquí.

A veces el destino es caprichoso y un hecho trivial tiene consecuencias desmesuradas. El que un conductor haga un giro equivocado y enfile una calle errónea no parece suficiente motivo para provocar la muerte de unos 8 millones de combatientes y de otros tantos civiles y dejar unos 7 millones de mutilados. Y sin embargo el origen de la Primera Guerra Mundial está precisamente en un giro erróneo.

Naturalmente estoy distorsionando los hechos, pero no tanto como se pueda pensar. En 1914 las potencias europeas vivían un ambiente prebélico que hacía prever una guerra a gran escala. Sólo faltaba un casus belli, una chispa que provocara el incendio que arrasaría todo el continente. Esa chispa prendió como consecuencia del error de un conductor en Sarajevo el 28 de junio de 1914, pero las auténticas causas son más profundas: el reparto entre los imperios europeos de territorios coloniales, fuente de materias primas y mercado de manufacturas, había causado muchos roces. Alemania, por ejemplo, había llegado tarde a la era colonial, pero no por ello se mostraba menos activa en la búsqueda de concesiones comerciales, con frecuentes encontronazos con otras potencias industriales como Gran Bretaña. A esto hay que sumar el auge nacionalista de la época, impulsor de la idea imperialista, pero también sustento de las aspiraciones de minorías que encontraban además el apoyo de terceras potencias que buscaban debilitar a sus rivales. Un ejemplo de este caso es la minoría servia en Austria-Hungría (en este artículo escribiré Servia con v, a la manera en que se escribía en castellano en la época que nos ocupa. No se empezó a escribir Serbia con b hasta la guerra de los Balcanes de los años 90 por influencia del inglés). La política de alianzas seguida por las grandes potencias creaba además la posibilidad de que un conflicto local pasara a generalizarse por todo el continente.

Los conflictos diplomáticos en los que la guerra estuvo cerca fueron numerosos. En un par de ocasiones, en 1905 y 1911, Alemania y Francia hicieron subir la tensión a cuenta de la presencia en Marruecos, pero fue en los Balcanes en donde finalmente estallaría aquella olla a presión. Era el escenario ideal porque el Imperio Turco se desmoronaba, dando lugar a la aparición de nuevos estados, y creando una situación de fronteras cambiantes en la que eran muchos los aspirantes a sacar tajada. Así, en 1908 Austria-Hungría se anexionó definitivamente Bosnia-Herzegovina, que ya administraba desde 1878 aunque formalmente seguía perteneciendo al Imperio Otomano. Esto provocó una crisis en la que el gobierno austrohúngaro contaba con que la debilidad de Rusia, tras su derrota ante Japón en 1905, no le permitiría intervenir militarmente en una zona objeto de sus intereses mientras que Servia, alarmada por la expansión imperial de su vecino, no tenía capacidad de oposición.

El siguiente susto tendría lugar en 1912 cuando Bulgaria, Servia, Montenegro y Grecia fueron a la guerra con Turquía y, tras la derrota otomana, se repartieron los territorios europeos de su rival, pero en 1913 los vencedores se enzarzarían en nueva guerra. Esta vez Bulgaria, la gran triunfadora del conflicto anterior, se vio enfrentada a Rumanía, Servia, Grecia y Turquía. El resultado de las dos guerras balcánicas se ve claramente en el mapa, que como de costumbre he tomado prestado de Wikipedia: Turquía deja de ser una potencia europea y su territorio se lo reparten entre los jóvenes estados balcánicos.

Las guerras balcánicas cerraron el conflicto de la región en falso porque Austria-Hungría difícilmente podía aceptar la expansión servia, que alentaba el separatismo en regiones como Bosnia, mientras que Rusia no podía dejar de apoyar a los nuevos estados balcánicos, sus aliados naturales en la región. Este conflicto de intereses entre los dos imperios abría la posibilidad, cada vez más real, de una guerra entre grandes potencias europeas y en consecuencia se prepararon planes bélicos y se aceleró una carrera de armamentos que, para ser aceptada por la opinión pública, llevó a incidir en el peligro de que se desatara un conflicto, lo que hacía que este riesgo fuera cada vez más aceptado como una posibilidad cierta. Y así es como llegamos al fatídico 28 de junio de 1914.

Aquel día el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José, estaba de visita en Sarajevo, capital de la recientemente incorporada al imperio Bosnia-Herzegovina. El imperio vivía un delicado equilibrio y las minorías de los Balcanes eran fuente de preocupación, aunque precisamente el archiduque era partidario de darles mayor representación, en oposición al punto de vista más conservador de su tío, el monarca. Esto no le libraba de ser el blanco de los odios de la minoría servia, puesto que una mejor integración de esta minoría en el imperio significaría una estabilidad que haría más difícil la creación de la Gran Servia, objetivo al que apuntaba el nacionalismo servio y, dentro de él, una organización secreta conocida como La Mano Negra.

La visita del heredero a Sarajevo comenzó cuando la comitiva de seis coches, en el tercero de los cuales iba el archiduque (algunas fuentes dicen que iba en el segundo, pero eso no hace al caso), dejó la estación de tren de la ciudad a las 10 de la mañana y se dirigió al ayuntamiento. Siete asesinos esperaban su oportunidad en distintos puntos del recorrido. Todos ellos formaban parte de una facción de La Mano Negra dirigida por el coronel Dragutin Dimitrijević, más conocido como Apis, jefe del servicio de inteligencia militar servio.

En su recorrido por las calles de Sarajevo la comitiva pasó junto a dos de los asesinos, que no tuvieron ocasión de actuar. Un tercero sí consiguió arrojar una bomba, pero ésta rebotó en el coche del archiduque y estalló tras él, provocando una veintena de heridos pero dejando ileso a su objetivo. El asesino frustrado intentó suicidarse tragando una cápsula de cianuro, pero el veneno era antiguo y estaba en mal estado, por lo que sólo le provocó vómitos. Mientras tanto el coche del archiduque se alejaba a toda velocidad del escenario del atentado. El heredero del trono parecía haber escapado indemne de sus enemigos.

El archiduque Francisco Fernando llegó muy alterado al ayuntamiento. Allí se encaró con el alcalde de la ciudad: “Vengo de visita y me reciben con una bomba, ¡es indignante!”, pero pronto logró calmarse, escuchó los discursos de bienvenida, y respondió a ellos diplomáticamente. Entretanto los asesinos aguardaban sin saber qué hacer y uno de ellos, Gavrilo Princip, hambriento, cruzaba la calle para entrar en una tienda y comprar algo que llevarse a la boca. Tras la recepción, el archiduque expresó su deseo de visitar a los heridos en el atentado, alterando así el plan original de la visita.

A las 10:45 la comitiva se ponía de nuevo en marcha. Tras el coche del alcalde marchaba el del archiduque en el que además iban su esposa y el gobernador Potiorek. Éste había decidido tomar la ruta más directa al hospital, evitando el centro de Sarajevo, pero la precipitación hizo que los conductores no estuvieran sobre aviso del cambio de itinerario. Gavrilo Princip acababa de salir de la tienda con su sandwich cuando se encontró de nuevo con el cortejo de automóviles; el coche del alcalde, en contra de lo previsto por Potiorek, hizo un giro para salir de la avenida junto al río y enfilar el centro de la ciudad, y lo mismo hizo el vehículo del archiduque. Al darse cuenta de que no se seguía la ruta directa que él había previsto, el gobernador Potiorek alertó al conductor: “¡No es por aquí, teníamos que seguir recto por Appel Quay!”. El chófer clavó los frenos y se dispuso a retroceder. A apenas dos metros de donde el coche se había detenido estaba Gavrilo Princip.

Princip hizo dos disparos: uno de ellos acertó al archiduque en la yugular y el otro alcanzó a su esposa Sofía en el abdomen. El coche salió disparado de nuevo mientras Princip intentaba suicidarse sin éxito (el cianuro en mal estado sólo le hizo vomitar, como ocurrió con su compañero). En el automóvil, entretanto, la gravedad de la situación se hacía patente cuando al archiduque le salió una bocanada de sangre por la boca. Su mujer se desmayaba unos segundos después y él, dándose cuenta de que ella también estaba herida, sólo acertó a decir “Sofía, no te mueras, tienes que vivir por nuestros hijos”. A continuación él también perdía el sentido y minutos después ambos habían muerto.

Aunque el gobierno servio no estaba directamente detrás del atentado sí es cierto que tenía noticias de la trama y apenas hizo nada por impedirla. Austria-Hungría, con el respaldo alemán, vio la ocasión de frenar la expansión servia y resolver la cuestión de los Balcanes por la vía militar, en lugar de intentar una solución diplomática que habría sido pasajera. Pero Rusia, que contaba con el apoyo francés, no podía mantener una actitud pasiva so pena de perder toda influencia en la región. Cuando Austria-Hungría emitió un ultimátum inaceptable para Servia los acontecimientos se precipitaron: el conflicto austro-servio pasó a ser austro-ruso, por lo que Alemania a su vez envió un ultimátum a Rusia, y pronto se vio en guerra con rusos y franceses. El plan alemán de ataque a Francia implicaba ocupar Bélgica, violando su neutralidad, lo que llevó a Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania. El 4 de Agosto toda Europa estaba en guerra.

Como hemos visto las causas de la contienda son complejas y aunque no fue el giro equivocado del coche del archiduque el motivo de las hostilidades, es imposible no preguntarse qué habría ocurrido si los asesinos de Sarajevo hubiesen fracasado, si el conductor hubiese seguido recto y a buen ritmo en su camino al hospital. Probablemente se habría llegado de todas maneras a una guerra que el sistema de alianzas convertía inevitablemente en generalizada, pero también puede que los enfrentamientos entre potencias se hubiesen resuelto mediante conflictos de menor intensidad, como ocurrió durante la Guerra Fría. Quizás no habría habido una Primera Guerra Mundial y por tanto tampoco una Segunda.

Hay una conclusión que sí está clara: las condiciones para que toda Europa se viera envuelta en una guerra, como hemos visto, estaban presentes y una vez que las condiciones para un hecho se han creado sólo hay que esperar al detonante; de la misma forma que un escape de gas, al mezclarse con el oxígeno del aire, crea las condiciones para que haya una explosión, pero ésta no aparece hasta que hay una chispa. En la actualidad Europa parece encontrarse en otro momento inestable, con una situación económica complicada, desconfianza entre los países de la Unión Europea, tensión social, etc, por lo que situaciones antes impensables, como por ejemplo la desaparición del euro o la salida de un país de la Unión, se plantean como posibilidades ciertas. La posibilidad de que la tensión llegue al extremo de provocar una guerra civil en algún país europeo parece de momento más lejana, pero también lo parecía en Yugoslavia en 1990 o en Libia hace apenas dos años. ¿Qué pasará si salta una chispa?

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