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Los Gelves

Archivos de autor: ibadomar

El día en que se aniquiló a un imperio

16 lunes Ene 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Batalla, Bombardeo en picado, Dauntless, Devastator, Historia, Kate, Midway, Momentos cruciales, Nagumo, Pearl Harbor, Portaaviones, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Val, Wildcat, Zero

Hay días, pocos, en los que se producen giros dramáticos en la Historia, y de eso sabemos bastante en este blog. Hoy voy a hablar de uno de esos días, o mejor dicho, momentos; porque fueron apenas 6 minutos los que transcurrieron entre el apogeo de un imperio victorioso y su declive irremediable. Ocurrió el 4 de Junio de 1942 junto a unos islotes del Océano Pacífico situados a medio camino entre Asia y América. De ahí su nombre: Midway.

Es sabido que Japón entró en la Segunda Guerra Mundial para resolver por la fuerza el enfrentamiento con las potencias occidentales, inevitable en su expansión por el Sudeste de Asia. Pretender ocupar Singapur (colonia británica), Java (colonia holandesa) o las Filipinas (bajo dominio estadounidense, aunque con independencia prevista para 1946) hacía inevitable una guerra. Puestos a luchar, mejor hacerlo con ventaja, pegando duro desde el primer día con la esperanza de que el adversario no esté dispuesto a pagar el coste económico y sangriento de una guerra. De ahí el ataque a Pearl Harbor de Diciembre de 1941.

Seis meses después de aquel día, Japón se había hecho con los territorios mencionados y con mucho más, pero no podía vencer en una guerra larga frente a una potencia industrial del calibre de Estados Unidos. Baste recordar que Winston Churchill advirtió a los japoneses en su día de que un país que produce 7 millones de toneladas de acero al año no puede derrotar a uno que produce 75 millones de toneladas. Japón, por tanto, tenía que buscar una batalla decisiva que provocara un golpe tan devastador a los norteamericanos que les llevara a buscar una paz negociada. El almirante Yamamoto consideró ocupar Midway, donde Estados Unidos tenía una base aérea, para tener un punto desde el que amenazar con asaltar Hawaii. La flota americana tendría que reaccionar, se produciría el enfrentamiento y Japón saldría triunfante. Así de sencillo.

Los motivos para el optimismo se basaban en la momentánea superioridad japonesa. Estados Unidos acababa de ponerse en marcha y aún no tenía medios para igualar a la flota nipona: en Midway sólo intervinieron 3 portaaviones americanos por la simple razón de que eso era todo lo que había. Técnicamente, Japón tampoco tenía nada que envidiar aún a sus enemigos: el caza embarcado Zero, por ejemplo, era un prodigio, aunque le quedaba poco para quedar en inferioridad ante los nuevos aviones norteamericanos, que aún estaban por fabricarse. En Midway, sin embargo, sus adversarios más peligrosos serían los Wildcat, que apenas podían considerarse equivalentes al avión japónes.

Los americanos tenían, eso sí, una ventaja. Habían logrado descifrar el código naval japonés y conocían el plan de sus enemigos, un plan que era demasiado complicado para salir bien: una fuerza que incluía 2 portaaviones japoneses atacaría las Aleutianas para despistar y alejar a la flota americana, mientras la fuerza principal ocupaba Midway con la ayuda de 4 portaaviones. Sabiendo que los americanos sólo contaban con 3 buques de este tipo es inevitable preguntarse si no habría sido más sensato haber destinado toda la flota a atacar Midway, creando así una fuerza irresistible. Además, el reconocimiento submarino japonés no detectó la salida de la flota americana, por lo que los atacantes se acercaron a Midway pensando que la única resistencia provendría de la propia base.

La batalla propiamente dicha comenzó a las 4:30 del 4 de Junio. A esa hora despegaban de los portaaviones japoneses 36 bombarderos Kate (que también podían usarse como torpederos), 36 bombarderos en picado Val y 36 cazas Zero. Su misión era asegurar la supremacía aérea sobre Midway y ablandar las defensas, pero si esperaban destruir a la aviación americana en tierra se iban a llevar una decepción: perdido el factor sorpresa, los aviones con base en Midway despegaron tan pronto como el radar detectó a los incursores: los cazas para intentar frenar a los atacantes mientras los bombarderos se dirigían hacia la flota japonesa.

Ni los cazas norteamericanos ni el fuego antiaéreo impidieron que la oleada japonesa se abriera paso, pero el bombardeo no obtuvo grandes resultados: las pistas quedaron intactas, los aviones americanos no habían sido destruidos en tierra y las defensas de la isla tampoco habían sufrido daños decisivos. Era evidente que haría falta un segundo ataque aéreo y así se notificó a las 7 de la mañana, cuando aquella primera oleada de atacantes iniciaba el regreso hacia los portaaviones.

Aproximadamente en ese mismo momento, los bombarderos con base en Midway llegaban a las inmediaciones de los portaaviones japoneses e iniciaban un ataque que iba a resultar desastroso: mal equipados y sin protección de cazas, los estadounidenses fueron masacrados, como lo serían todos los aviones procedentes de Midway que se enfrentasen a los buques nipones durante la siguiente hora y media.

Pero precisamente a las 7 de la mañana los portaaviones norteamericanos lanzaban sus aviones contra la flota japonesa. Tardarían algo más de dos horas en llegar a su objetivo, pero lo harían de forma inesperada, porque aunque los japoneses tenían aviones de reconocimiento para asegurarse de que no hubiese buques enemigos por la zona, uno de sus barcos, el crucero Tone, tuvo problemas que le hicieron lanzar sus hidroaviones con 30 minutos de retraso sobre lo previsto. ¿Hace falta decir que la flota americana estaba precisamente en el área que tenía que cubrir uno de los hidroaviones del Tone?

Entretanto, el almirante Nagumo, al mando de la fuerza japonesa de portaaviones, tenía que tomar decisiones con rapidez. El jefe de la primera oleada había radiado la necesidad de realizar una segunda incursión sobre Midway y allí estaban sus barcos sufriendo un ataque, aunque inofensivo, por parte de aviones basados en Midway. Los bombarderos Kate que tendrían que realizar la nueva incursión estaban listos para despegar, pero armados con torpedos por si era necesario enfrentarse a una hipotética flota norteamericana que ni aparecía ni era de esperar que lo hiciese. La decisión lógica era armar los Kate con bombas para el ataque a tierra y así se ordenó, pero eso implicaba llevar los aviones a los ascensores, bajarlos a los hangares y cambiar el armamento, una tarea engorrosa y lenta. Y justo media hora después de ordenar aquel cambio, cuanda estaban a mitad del proceso, el reconocimiento aéreo alertó de la presencia de 10 barcos de superficie.

¿Y ahora qué? debió de pensar Nagumo mientras ordenaba que se interrumpiera el cambio de armamento a la espera de más detalles. Debió de ser un alivio para él recibir a las 8:06 un mensaje que decía que la flota americana estaba compuesta por 5 cruceros y 5 destructores. Sin portaaviones a la vista, sería posible atacar Midway de nuevo y ocuparse más tarde de aquellos barcos, pero el respiro fue momentáneo: a las 8:30 el reconocimiento japonés avistaba un portaaviones enemigo, precisamente cuando estaban llegando de regreso los aviones de la primera oleada. ¿Qué hacer ahora? Ya no era cuestión de atacar Midway. ¿Lanzar a los Kate con su mezcla de torpedos y bombas contra los portaaviones americanos o recuperar primero a los aviones que llegaban y aprovechar ese tiempo para armar a todos los Kate con torpedos, más eficientes contra barcos? Nagumo optó por la segunda opción.

Otra vez a cambiar el armamento a toda prisa, a contrarreloj, sin tiempo para tomar las precauciones adecuadas y apilando bombas y torpedos de cualquier manera junto a unos aviones repletos de combustible. A las 9:18 todos los aviones de la primera oleada de ataque habían aterrizado ya, pero no era posible lanzar la segunda porque los primeros aviones procedentes de la flota norteamericana hacían su aparición. Eran 15 anticuados torpederos Devastator de los que sólo uno sobreviviría a aquella jornada. Los lentos aparatos volaban a ras de agua para lanzar sus torpedos contra los buques enemigos, pero uno tras otro fracasaban en el intento, incapaces de hacer frente a los Zeros. La carnicería se repetió con un segundo escuadrón de torpederos, y después con un tercero.

Tras una hora de combate, Nagumo creía tener razones para respirar más tranquilo: sus barcos seguían intactos y los aviones enemigos habían sido masacrados, tanto los bombarderos basados en Midway como los torpederos de los portaaviones. Si eso era todo lo que los americanos podían hacer, la batalla se podía dar por ganada. Lleno de confianza y seguro de la victoria dio la orden de lanzar la segunda oleada de ataque. Y precisamente en ese momento se dio la voz de alarma: se aproximaban más aviones enemigos y esta vez no venían a baja altitud sino por encima, muy por encima. Eran las 10:20

El sacrificio de los Devastator no había sido en vano. Los cazas japoneses habían abandonado sus posiciones iniciales, a media y alta cota, para descender sobre los torpederos atacantes y ya nada se interponía entre los portaaviones nipones y los bombarderos en picado Dauntless, que ahora descendían casi en vertical sobre sus presas.

dauntless_bomb_dropBombardero en picado Dauntless (imagen tomada de Wikipedia)

El primero en caer fue el portaaviones Kaga. Un impacto entre los aviones que se disponían a despegar, repletos de combustible y munición, provocó un incendio masivo que carbonizó a los pilotos, atrapados en sus cabinas, mientras chorros de combustible en llamas se filtraban hacia los niveles inferiores. Otra bomba destruyó un ascensor e hizo explosión en el hangar inferior, donde había tantas bombas y torpedos almacenados de cualquier manera.

Un momento después era el Soryu el que sufría el impacto de las bombas y a continuación el Akagi, a las 10:26. El espectáculo dantesco se repetía en ellos. No importaba que los tres portaaviones aún siguieran a flote: dos de ellos se hundirían 7 horas más tarde mientras que el tercero aguantaría hasta las 5 de la mañana del día siguiente. Apenas habían pasado seis minutos desde que el primer Dauntless iniciara su ataque en picado, pero Japón ya había perdido inevitablemente la guerra porque carecía de la capacidad de reponer aquellas pérdidas.

Aún les quedaba un portaaviones, el Hiryu, cuyas aeronaves contraatacaron. Una primera oleada de bombarderos en picado Val logró alcanzar al portaaviones americano Yorktown, aunque la tripulación consiguió reparar los daños. Un segundo ataque sobre el mismo barco, ya a las 14:45, por parte de torpederos Kate japoneses, lo dañó de tal modo que el buque fue abandonado a las 15:00. Pero el Hiryu no corrió mejor suerte: fue atacado por aviones de los otros dos portaaviones norteamericanos y alcanzado por 4 bombas apenas dos horas después. Ninguno de los 4 portaaviones japoneses había sobrevivido al encuentro. Los americanos, por su parte, sólo habían perdido un portaaviones e incluso albergaron esperanzas de recuperarlo, frustradas por la intervención de un submarino japonés, que lo torpedeó dos días después.

El alcance de la impresión creada por aquel día fatídico en el mando japonés es difícil de imaginar. Los invencibles dueños de un imperio que al amanecer se aprestaba a dar el golpe de gracia a su enemigo estaban condenados por la tarde a batirse a la desesperada, tras perder sus mejores armas, para intentar retrasar el inevitable final. Si al menos algo les hubiera podido advertir de lo que les esperaba…

Y ahí está lo curioso, que estaban advertidos. En Mayo el mando japonés realizó simulaciones de la batalla, pero se rechazaron los resultados de la situación en la que aparecía una flota americana. Cuando en otra simulación el árbitro determinó que dos portaaviones japoneses resultaban hundidos, se obligó a repetir el caso reduciendo la pérdida a sólo uno, que es tanto como hacer trampas al solitario. La confianza japonesa en su plan era tal que el mayor temor que tenían era que la flota americana no saliera a su encuentro, según lo previsto, una vez ocupado Midway.

Definitivamente, los dioses ciegan a quienes están destinados a la perdición.

 

 

 

 

 

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El precio del combustible

29 jueves Dic 2016

Posted by ibadomar in Aviación, Cultura de seguridad

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Accidente aéreo, Aviación, Combustible, Control aéreo, CVR, FDR, Lamia, RVSM, Seguridad aérea

Todos los accidentes aéreos crean expectación, pero el del Lamia 2933, ocurrido el pasado 28 de noviembre, ha tenido un impacto mediático mayor del habitual debido a que un equipo de fútbol al completo viajaba en la aeronave. Como es habitual, el informe del accidente aún tardará unos meses, pero ya existe un informe preliminar que, aunque no está disponible para el público, sí ha sido objeto de una presentación por parte de las autoridades colombianas.

A estas alturas ya está claro que el avión cayó por falta de combustible. En principio cuanto más combustible lleve un avión más seguro es el vuelo, por lo que habría que cargar el máximo posible. Pero si tenemos en cuenta que el consumo es mayor cuanto más pese el avión y que más combustible significa más peso, intentaremos no cargar demasiado para así reducir el consumo, lo que significa menor gasto y menor contaminación.

Estamos entonces ante un dilema: la seguridad requiere combustible de sobra, pero la economía requiere el mínimo posible. La solución es cargar lo necesario para el vuelo más una cantidad adicional suficiente para que el vuelo se considere seguro, pero sin necesidad de llenar los tanques hasta el límite. Como es de esperar en aviación, hay toda una normativa al respecto.

No está de más, por tanto, empezar repasando lo que dice la reglamentación internacional, aunque haciendo una importante salvedad: la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) dicta unas normas, pero cada Estado es soberano, por lo que puede aplicar su propia normativa si lo considera oportuno. Los países firmantes del Convenio de Chicago (en la práctica todos los del mundo) están obligados o bien a cumplir las normas OACI o bien a notificar en qué son diferentes las suyas propias. Por lo tanto, las reglas que voy a explicar a continuación deben considerarse como una referencia.

Para aclararlo más aún haré una comparativa entre lo que dice el Anexo 6 de OACI y las normas europeas (de aplicación en España) según se pueden encontrar en el reglamento (CE) 859/2008 de la Comisión. Así veremos un caso en que las normas no son exactamente las internacionales, pero también veremos que no hay demasiada diferencia. Las menciones a la normativa europea se incluyen en cursiva.

En el caso más habitual, el de un vuelo como el del accidente, el combustible del avión debe constar de las siguientes cantidades:

A: Combustible para el rodaje: el que se consumirá en tierra antes del despegue (en Europa las normas permiten no incluirlo si la cantidad no es significativa, aunque no se define qué es significativo. En la práctica todos los aviones comerciales lo incluyen).

B: Combustible para el trayecto: el necesario para el vuelo a destino.

C: Combustible para contingencias: previsto para posibles desvíos, diferencias en la ruta, vuelo a nivel de crucero distinto al previsto, rodaje prolongado, etc. Debe ser un mínimo de un 5% de B y en ningún caso inferior al necesario para una espera de 5 minutos a 1.500 pies sobre el aeródromo de destino. (En el caso europeo se menciona sólo el 5% del combustible para el trayecto. La opción de la espera de 5 minutos sería válida sólo para vuelos muy cortos).

D: Combustible para alternativa de destino: calculado para efectuar una aproximación frustrada en el aeródromo de destino, ascender a la altitud de crucero prevista, volar al aeródromo de alternativa y realizar allí la aproximación y aterrizaje. (La normativa europa es más permisiva, puesto que especifica que esta cantidad debe permitir llegar a un destino alternativo pasando por el destino previsto, pero no especifica la necesidad de hacer una frustrada y volver a subir, que sí requiere OACI).

E: Combustible de reserva final: en el caso de un avión con motores de turbina (todos los aviones comerciales en la actualidad lo son, salvo rarísimas excepciones) es el combustible necesario para hacer una espera de 30 minutos a 1.500 pies sobre el aeródromo de destino. (La normativa europea vuelve a ser más permisiva puesto que sólo requiere lo necesario para volar 30 minutos sin especificar las condiciones, que son muy restrictivas en el caso de OACI: a apenas 1.500 pies un reactor consume muchísimo).

F: Combustible adicional: se añade sólo en el caso de que B+C+D+E no sean suficientes para que en caso de fallo de motor o pérdida de presurización (lo que requiera más combustible) en el punto más crítico de la ruta se pueda volar 15 minutos en una espera a 1.500 pies sobre el aeródromo de destino y efectuar una aproximación y aterrizaje. (Es un caso muy restrictivo que la normativa europea ni siquiera contempla).

G: Combustible discrecional: en caso de que el piloto al mando considere necesaria una cantidad extra. (Esto es igual en la normativa europea. Al fin y al cabo el piloto es el máximo responsable de la seguridad de la aeronave).

Es muy importante fijarse en el término E, el combustible de reserva final. La normativa dice que cuando el avión aterrice esta reserva debe estar intacta. Si el piloto calcula que esto no va a ser así, debe declarar emergencia por falta de combustible.

Supongamos por ejemplo que un avión llega a destino, pero hay niebla y tiene que irse a su aeropuerto alternativo. Si ha cumplido con todas las normas, llegará con el combustible de reserva justo, pero no necesitará declarar emergencia. Puede que en el trayecto haya tenido que agotar su combustible de contingencia y entonces llegue muy muy justo, pero sin estar en emergencia. O puede que tenga que esperar porque  otros aviones se hayan dirigido al aeropuerto alternativo, y ya no le quede más remedio que declarar una emergencia, pero en principio, aun así tendría que tener suficiente para una media hora de vuelo.

Y ahora vamos con el accidente del avión de Lamia. Un caso que jamás debería haberse producido puesto que, a la vista de la presentación del informe preliminar, hubo varios incumplimientos, algunos de ellos escandalosos.

Las irregularidades comienzan en el plan de vuelo presentado. Para empezar, hay una inexactitud que afecta a las características del avión. Hasta principios de este siglo los aviones tenían que tener una separación mínima vertical entre ellos de 1.000 pies siempre que volaran por debajo de los 29.000 pies. Por encima se requería una separación de 2.000 pies. Esto se hacía así porque cuanto más se sube menos precisos son los altímetros.

Dado que cada vez hay más aviones, cada vez vuelan más alto y además la técnica ha avanzado mucho, se empezó a pensar en permitir que la separación mínima vertical fuera de 1.000 pies también por encima del límite de 29.000. Se estudió detenidamente esta posibilidad para garantizar que esto no plantearía problemas de seguridad y finalmente se permitió que los aviones que cumplieran determinados requisitos (RVSM) podrían volar manteniendo apenas 1.000 pies de separación vertical hasta los 41.000 pies de altitud. Los que no cumplieran tendrían que mantenerse por debajo de 28.000 pies.

Pues bien, en el plan de vuelo presentado para el avión de Lamia se especifica que sí estaba certificado RVSM, pero la realidad es que no lo estaba. El avión pidió, y se le autorizó, una altitud de crucero de 30.000 pies cuando no debería haber rebasado los 28.000. Una primera irregularidad que habría sido de escándalo de haber tenido un incidente con otro avión a esa altitud.

Otra irregularidad en el plan de vuelo era que su autonomía era igual al tiempo de vuelo. Esto implica que no se consideraba combustible de contingencia, ni combustible para ir a un aeropuerto alternativo, ni combustible de reserva final. Del discrecional ya ni hablamos.

Después de eso a nadie le extrañará que el avión despegara con un peso superior en más de 300 Kg al máximo para el que estaba certificada la aeronave. No es que sea mucho, y no influyó en el accidente, pero todo junto demuestra un preocupante desdén por la normativa.

Con esa cantidad de combustible no se debería haber iniciado el vuelo, pero la situación se agravó por volar con viento de cara. Precisamente el combustible de contingencia está para cubrir este tipo de casos, pero aquí no había ni una sola gota extra. ¿Por qué entonces no hizo el avión una escala técnica en Cobija, como se había previsto en un principio? También se podría haber hecho la escala en Leticia o en Bogotá.

El grabador de voces de cabina (CVR) demuestra que los pilotos pensaron en bajar en Leticia, pero no sabían si el aeropuerto estaría abierto o no. ¿Por qué no lo preguntaron entonces al control aéreo en vez de seguir vuelo? La situación era aún más crítica porque tuvieron que desviarse por mal tiempo en su ruta, otra circunstancia que debería haber estado cubierta por el combustible de contingencia. No sabemos mucho más de lo que pasó en cabina, porque el CVR dejó de grabar. Sí continuó funcionando normalmente el sistema que registra datos de vuelo (FDR). ¿Falló el CVR o fue desconectado? Por el momento no se saben las causas.

Entretanto, un avión diferente tenía un problema técnico. Una indicación en cabina que hizo a los pilotos desviarse a Rionegro, aeropuerto de destino del Lamia. No era una emergencia pero sí una anomalía y el control aéreo se curó en salud dando prioridad a esta aeronave. Por aquel entonces se activaba en el Lamia la alarma de entrada en reserva de combustible sin que los pilotos lo notificaran a control. Faltaban unos 20 minutos para el accidente y quien haya leído los parrafos sobre la normativa sabrá que el piloto debería haber declarado una emergencia.

Así que el Lamia se acercaba a su destino sin que nadie en tierra supiera que estaba en apuros. Había otros 3 aviones con destino Rionegro por debajo del Lamia, al que se envió a un circuito de espera sin que el piloto notificara que no podían esperar ni siquiera unos segundos. Faltaban 13 minutos para el accidente.

Cinco minutos después el Lamia pidió finalmente prioridad (sin declarar emergencia) por problemas de combustible. La situación debía de ser ya angustiosa puesto que el avión inició un descenso sin autorización previa. La controladora comenzó a dar instrucciones para apartar de la ruta del Lamia a otros aviones, llegando a cancelar la autorización de aproximación de otro avión. Es decir, que un avión que estaba enfilando la pista para aterrizar abortó su maniobra para acelerar la del Lamia.

Sólo cuando la controladora preguntó cuánto tiempo de vuelo les quedaba se produjo la declaración de emergencia. Faltaban apenas 6 minutos para el accidente y el motor número 3 se estaba parando por falta de combustible. 12 segundos después de fallar este motor fue el número 4 el que se paró. Pero el control aéreo no podía ser consciente de la gravedad de la situación puesto que el piloto no notificó que el avión había perdido dos de sus cuatro motores. La controladora preguntó si necesitarían asistencia en tierra pero el piloto, incomprensiblemente, respondió que no sería necesaria, a pesar de que ya sólo quedaba en marcha uno de los cuatro motores. Aquel último motor, naturalmente también terminó por pararse. En ese momento quedaban 3 minutos y 45 segundos para el accidente.

Cuando el avión no era ya más que un planeador muy poco apto para planear, a 2 minutos del accidente, se notificó fallo eléctrico y de combustible. No es raro, ya que la electricidad de un avión proviene de generadores movidos por el combustible y las baterías de reserva alimentan sólo instrumentos muy básicos. Poco después desaparecía definitivamente de la pantalla de radar.

Este accidente deja un sabor de boca muy amargo. La única conclusión posible es que en el dilema entre seguridad y economía se había optado por la segunda a costa de cualquier riesgo. Lo peor es la que existe la posibilidad de que otras veces se hubiesen realizado vuelos en condiciones similares sin que nadie lo supiera porque, simplemente, habían terminado sin consecuencias por puro milagro. Definitivamente hay muchas lecciones que aprender de este caso y será importante aprovecharlas. 71 vidas es un precio muy caro para no hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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El fin de una aerolínea

01 jueves Dic 2016

Posted by ibadomar in Aviación, Cultura de seguridad

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Accidente aéreo, ATR 72, Aviación, Cultura de seguridad, Factores humanos, ILS, PAPI, Seguridad aérea, Transasia, VOR

Hace unos días, el 22 de noviembre, la aerolínea taiwanesa Transasia anunciaba el cese de operaciones. Teniendo en cuenta que la mayoría de lectores de este blog son  españoles o hispanoamericanos (sólo he recibido 3 visitas de Taiwan este año) es de suponer que muchos de los que leen esto acaban de enterarse, no ya del cierre de Transasia, sino de la propia existencia de la compañía. ¿Transasia? ¿A alguien le suena? ¿No?

¿Y esta captura de vídeo obtenida de Wikipedia? ¿Le suena a alguien?

transasia_flight_235_crashMuy probablemente sí, porque el vídeo corrió como la pólvora por internet, cuando varios vehículos provistos de cámara grabaron el accidente de un vuelo de Transasia que se estrelló al poco de despegar el 4 de febrero de 2015. Quien tenga curiosidad puede encontrar el vídeo fácilmente. Pero no es de este accidente del que voy a tratar sino de otro anterior, aunque del mismo modelo de avión y de la misma compañía.

Tuve conocimiento del caso cuando se publicó un artículo sobre el tema en la revista profesional The Controller. El accidente ocurrió el 23 de julio de 2014 cuando el avión que aparece en la siguiente fotografía trataba de aterrizar con mal tiempo en el aeropuerto de Magong, situado en el archipiélago de los Pescadores, al oeste de Formosa.

1024px-transasia_airways_atr_72-212a_b-22810_taking_off_from_taipei_songshan_airport_20140718b

Imagen tomada de Wikipedia

A la vista está que se trata de un turbohélice (si alguien está interesado en detalles sobre tipos de motores puede leer este artículo que escribí hace algún tiempo). Es, concretamente, un ATR 72 que transportaba aquel día a 54 pasajeros junto a 2 pilotos y 2 tripulantes de cabina. Era un mal día para volar, puesto que el tifón Matmo estaba a 260 Km. de Magong, con la consiguiente lluvia intensa y poca visibilidad.

El aeropuerto de Magong tiene un ILS en servicio para la pista 02, pero la pista 20 no tiene sistema de ayuda de precisión y hay que conformarse con realizar una aproximación VOR. Para los no iniciados, diré que la pista 02 y la 20 son la misma franja de asfalto según se mire en un sentido o en otro (escribí sobre ello aquí). El ILS es un sistema de ayuda al aterrizaje que marca una trayectoria exacta a seguir hasta llegar al umbral de pista, de manera que el piloto mirando sus instrumentos sabe si está a derecha o izquierda, por encima o por debajo de la trayectoria ideal (lo describí en este artículo). En cuanto al VOR es una ayuda a la navegación que también describí en otra parte de este blog (aquí) y a partir de la cual se puede trazar una trayectoria también, sólo que menos precisa y sin guiado vertical, es decir, que no indica si se está alto o bajo y hay que basarse únicamente en el altímetro.

Si la pista 02 (orientada aproximadamente hacia el norte) tiene ILS y la 20 (hacia el sur) carece de él, es porque normalmente se aterriza en sentido norte. En el día de los hechos los pilotos tenían un dilema: la mala visibilidad hacía recomendable aterrizar por la pista 02 utilizando el ILS, pero en ese caso habrían tenido un viento de cola de 12 nudos con rachas de 16. Mientras daban vueltas en un circuito de espera llegaron a solicitar entrar con viento de cola, pero 11 minutos después de esa solicitud la visibilidad mejoró y pidieron aterrizar en la pista 20.

A partir de aquí el informe descubre una serie de irregularidades. Los pilotos no hicieron el repaso obligado del procedimiento de aproximación (approach briefing) ni leyeron la lista de comprobación (checklist) previa a la maniobra. Son dos descuidos llamativos, seguidos por una forma alarmante de realizar el procedimiento.

En la aproximación VOR para ese aeropuerto existe una altitud mínima de descenso (la MDA) de 330 pies, es decir unos 100 metros. El avión no debe en ningún caso descender por debajo de ese valor a no ser que el piloto tenga el aeropuerto a la vista del que hay que saber que el umbral de la pista 20 está a una altitud de 46 pies (14 metros). Sin embargo el piloto al mando seleccionó un valor de 300 pies, y más adelante de 200 pies. Es una conducta peligrosa, y no sólo por su parte: el copiloto debería haber cuestionado la maniobra, pero no lo hizo. Cuando el avión estaba a 219 pies (unos 65 metros), el piloto desconectó el piloto automático. Es el comportamiento propio de quien está viendo la pista y se dispone a aterrizar y sin embargo los pilotos apenas veían algo: en ese momento llovía a razón de 1,8 mm por minuto y la visibilidad había caído a unos 500 metros.

Que los pilotos no veían aún el aeropuerto se sabe con certeza, porque estaban por debajo de 200 pies cuando el piloto preguntó a su segundo «¿ves la pista?». Para entonces el avión estaba sobrepasando el punto de aproximación frustrada y el viento había comenzado a desviarlo, aunque los pilotos, demasiado ocupados escudriñando el exterior, no lo habían percibido. Así que tenemos un avión que ya no se dirige directamente hacia la pista, que vuela muy por debajo de la altitud mínima de seguridad y que ha sobrepasado el punto en el que se debería haber abortado la maniobra. Aún volaron durante 13 segundos antes de que decidieran acelerar los motores para frustrar el aterrizaje. Estaban a sólo 72 pies de altura (22 metros) y era ya demasiado tarde. Apenas 2 segundos después de tomar la decisión de iniciar la frustrada el avión golpeaba los árboles y acababa cayendo en una zona de viviendas.

Murieron los 4 tripulantes y 44 de los pasajeros. Otros 9 sufrieron heridas más o menos graves y uno salió con heridas leves. Además hubo 5 heridos leves entre las personas que estaban en la zona donde cayó el aparato. Entre los daños materiales, aparte de la destrucción de la aeronave, se cuenta la de 9 viviendas.

Con lo que sabemos hasta ahora resulta fácil cargar las tintas sobre los pilotos, que prosiguieron con la aproximación mucho más allá de lo que era razonable (y de lo que marca la norma), pero si recordamos artículos anteriores  de este blog, como por ejemplo el titulado El factor humano, sabemos que las cosas nunca son tan sencillas. Los pilotos incumplieron varias veces los procedimientos, pero ¿por qué?

Al buscar la respuesta se encuentran problemas realmente profundos. En las grabaciones se oyen bostezos y el comandante menciona estar muy cansado. Hay estudios que demuestran que los efectos de la fatiga son similares a los del alcohol, pero mientras es inadmisible que un piloto se siente a los mandos tras tomarse unas copas, crea menos alarma que esté cayéndose de sueño. Sin embargo, en ambos casos aumentan las posibilidades de que el piloto desdeñe los procedimientos y no esté lo suficientemente alerta como para corregir errores.

Otro problema es el exceso de confianza. Durante la investigación, algunos pilotos entrevistados mencionaron la gran habilidad del comandante, que era capaz de aterrizar donde otros se iban al aire. ¿Habría aterrizado más de una vez bajando por debajo de los mínimos? El profano puede considerar que un piloto que entra en un aeropuerto en unas condiciones en las que todos los demás frustran, lo hace porque es más hábil, pero el profesional debe reconocer que eso es un indicio de conducta temeraria. Y sin embargo los compañeros del comandante implicado no parecían considerarlo así.

Esa actitud podría reflejar problemas en la cultura de seguridad de la compañía. En la página 108 del informe hay una tabla con los incumplimientos ocurridos durante el vuelo. Yo he señalado cuatro, pero la tabla contiene trece. Y el documento va más allá al asegurar que la compañía toleraba y consideraba normales prácticas de riesgo como el incumplimiento de procedimientos operacionales. La mejor muestra se produjo durante la propia investigación, durante la cual se observaron 3 sesiones de entrenamiento en simulador y 24 vuelos reales.

Los hallazgos fueron significativos: listas de comprobación que no se leían sino que se repasaban de memoria o se omitían directamente, incumplimientos en el simulador que los instructores no corregían, etc. Hay una que me resulta llamativa: en los aeropuertos suele haber sistemas visuales que ayudan al piloto a asegurarse de que está descendiendo correctamente. Está muy difundido el PAPI, que consiste en 4 luces que se ven blancas o rojas dependiendo de si se está por encima o por debajo de la trayectoria ideal. Si se sigue ésta, se ven 2 luces blancas y 2 rojas. Pues bien, los investigadores notifican casos en que las 4 luces eran rojas (avión muy bajo) sin que los pilotos hicieran el menor comentario.

También se menciona que la flota de aviones ATR, del tipo que tuvo el accidente, se había incrementado pero no así el número de tripulaciones. De esto se deduce que la carga de trabajo estaba aumentando, con los consiguientes problemas de fatiga y presión para cumplir con los objetivos. Y nada va más en contra de la seguridad que las prisas y la presión, puesto que los procedimientos de seguridad ralentizan la operación: es mucho más rápido repasar de memoria que todo está en orden que leer una lista, y más rápido aún es no hacer la comprobación. Como este tipo de comportamiento rara vez lleva a un incidente inmediato, se crea la impresión de que se ha ganado en eficiencia.

Se podría pensar que nada en la compañía funcionaba bien, pero no es así. El mantenimiento de las aeronaves por ejemplo era correcto, luego no se estaba en una dinámica de ahorrar costes de cualquier manera sino que simplemente se estaba operando con una forma de afrontar el trabajo que no comprendía todas las implicaciones de los, a menudo fastidiosos, procedimientos operativos. El informe menciona explícitamente la existencia de una pobre cultura de seguridad.

Había mucho que corregir, pero no hubo tiempo. Apenas 7 meses después ocurría el accidente que grabaron tantos vehículos y del que hemos visto un fotograma al principio de este artículo. En este caso hubo un fallo de motor en el despegue al que la tripulación respondió erróneamente desconectando el motor que sí funcionaba. El informe de la investigación insistió en los problemas de falta de cumplimiento de los procedimientos.

Ignoro cuál fue la reacción en Taiwan al hacerse público este segundo informe, pero si a las pérdidas directas ocasionadas por los accidentes le sumamos el daño a la imagen de la empresa no nos extrañará demasiado el cierre de la misma. El New York Times, por ejemplo, menciona directamente los accidentes en el titular de la noticia del cese de operaciones, mientras otros medios como Bloomberg hacen hincapié en las pérdidas económicas de la compañía, pero sin olvidar los dos siniestros en el cuerpo de la noticia.

Entre los profesionales de la aviación hay un dicho: «si te parece que la seguridad es cara, prueba con los accidentes». Este caso parece hecho para demostrar cómo una cultura de seguridad débil puede llevarse por delante una aerolínea que tenía 65 años de historia. Ojalá fuera la última que lo hace por estas causas.

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