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Esta noche ha ocurrido algo poco habitual: ha cambiado la denominación de las pistas del aeropuerto de Barajas. No es un tema que parezca demasiado acorde con los habituales de este blog, pero dado que mi compañera de trabajo y amiga @la_penul me pidió que explicará el porqué del cambio y que resumir este tema en Twitter es difícil, no queda otra que escribir un artículo en el blog. Qué demonios, Los Gelves fue siempre un nido de piratas y corsarios y en un sitio así no hay reglas sobre la temática a tratar. Así que hoy toca hablar de aeropuertos, o más concretamente de por qué las pistas tienen una denominación concreta y por qué hay que cambiarles el nombre de tanto en tanto.

Para empezar explicaremos lo que es un rumbo. Cuando decimos que un avión (o un barco, que tanto da) está siguiendo un rumbo determinado, como por ejemplo dos siete cero, lo que estamos indicando es que el morro del avión (o la proa del barco) está orientado en una determinada dirección magnética. El norte de la brújula es el punto de inicio, el cero, y a partir de ahí se van tomando las direcciones según se gira hacia la derecha hasta completar el giro completo, que son 360º. Al rumbo norte no se le llama cero sino tres seis cero, el rumbo este será el resultado de girar 90º a la derecha, esto es rumbo cero nueve cero; girando 90º más estaremos apuntando al sur en rumbo 180º o uno ocho cero; y si giramos otros 90º estaremos en rumbo dos siete cero, esto es 270º, mirando directamente al oeste. Para más claridad veamos la brújula de la derecha en la que observamos la rosa de los vientos y los números que corresponden a los rumbos. Como en la imagen estamos apuntando exactamente al sudeste el rumbo es 135º, es decir uno tres cinco.

El nombre de la pista de un aeropuerto es el de la dirección magnética en la que está orientada redondeando a las decenas. Me explico: ahora que sabemos qué es un rumbo imaginemos que la pista está construida de tal manera que para tomar tierra en ella en un día sin viento el avión debe volar en rumbo cero tres cero, esto es 30º (no entraremos en los casos en los que, por viento lateral, el morro del avión apunta a una dirección diferente de aquélla en la que se desplaza, que os estoy viendo venir). El nombre que le damos a la pista es 03, ya que redondeamos a la decena. Si el rumbo a seguir fuera uno ocho cero la pista sería la 18. ¿Y si el rumbo fuera 184? Entonces también sería la 18, ya que redondeamos a la decena. Si hay pistas paralelas se añade una R a la pista de la derecha y una L a la de la izquierda. Por ejemplo, en Barajas teníamos la pista 33L y la 33R y para aterrizar en ellas había que seguir el rumbo 325 (tres dos cinco).

Un pequeño ejercicio para ver si lo hemos entendido bien: ¿qué rumbo seguimos si volamos hacia el este? ¿Y cuál sería la pista en la que aterrizaríamos siguiendo ese rumbo si estamos en aproximación a un aeropuerto? La respuesta es: rumbo cero nueve cero y la pista 09. Y aquí ya hay algún lector astuto que se está preguntando ¿y si me acerco a la misma pista pero volando desde el otro lado? En ese caso volaremos en rumbo dos siete cero y la pista será la 27. ¿Ah, pero la misma pista tiene dos nombres? Sí, para los pilotos y los controladores la franja de asfalto que sirve para despegar y aterrizar no es una pista sino dos y dependiendo de en qué sentido la utilizan dicen que está en servicio una u otra. Por ejemplo un piloto nos podría decir que hoy ha aterrizado en la pista 27, pero que ayer había viento del este y aterrizó en la 09: la franja de terreno es la misma, pero para él la pista es otra distinta. Y, naturalmente, la diferencia entre los números que dan nombre a las dos pistas es siempre 18 porque 180 son los grados de media circunferencia.

¿Y por qué se le cambia el nombre? El rumbo a volar para aterrizar en la pista es siempre el mismo… ¿o no? Bueno, pues no lo es. Se trata de un rumbo magnético, a seguir empleando una brújula que, como todos sabemos, se caracteriza porque siempre apunta al norte. Pero al norte magnético (bueno, en realidad al polo sur magnético, pero no lo liemos más), que no sólo no coincide con el geográfico, aunque está cerca, sino que encima se va desplazando. Si nos colocamos en un punto cualquiera de la tierra mirando hacia el norte geográfico (donde convergen los meridianos) y consultamos la brújula encontraremos que ésta apunta a una dirección ligeramente distinta. Al ángulo formado por la aguja de la brújula y la línea que va hacia el norte geográfico lo llamamos declinación magnética. Por ejemplo: usando la aplicación para iPhone, he fijado la brújula en el norte magnético; luego, sin mover el iPhone, he cambiado los ajustes de la aplicación y he pedido que se use el norte geográfico y al instante la brújula ha dejado de marcar 360º y ha pasado a indicar 358º: la declinación en mi posición es de 2 grados.

Como el norte magnético se va desplazando lentamente, llega un momento en el que para ir derecho a la pista que llamábamos 33 ya no hay que volar en rumbo 330 ni 326 ni 325… sino que hay que volar en rumbo 324 y entonces la pista ya no puede llamarse 33 y hay que renombrarla como 32. Los más sagaces ya se habrán dado cuenta de que la pista 33 utilizada al revés es la 15 y que al cambiar la denominación de 33 a 32 la pista contraria también tuvo que cambiar de nombre y pasó a ser la pista 14.

¿Y por qué no se emplean rumbos geográficos en lugar de magnéticos y nos olvidamos de todo este lío? Pues no estaría mal, la verdad. Si no me equivoco el motivo es histórico: simplemente llevamos desde la Edad Media empleando brújulas magnéticas y aunque la técnica actual sí permitiría navegar empleando el norte geográfico, simplemente sería muy engorroso cambiar todo el sistema. Por el momento seguiremos empleando el método medieval para trazar nuestro rumbo. Para que luego digan que el mundo aeronáutico incorpora la última tecnología.

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