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El hallazgo del señor Fitts

27 sábado Ene 2018

Posted by ibadomar in Aviación, Cultura de seguridad

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Accidente aéreo, Aviación, Cultura de seguridad, Factores humanos, Flaps, Paul Fitts, Seguridad aérea, Técnica

No es la primera vez que en este blog se habla de los problemas de seguridad. Quien rebusque artículos anteriores encontrará una crítica al abuso de las explicaciones basadas en el “error humano”, un resumen del modelo SHELL y del modelo de Reason, un ejemplo de matriz de gestión de riesgos, etc. Un día puede que me anime a contar algo sobre Safety II, que es un concepto que aún se está abriendo paso, pero de momento me voy a conformar con volver al problema del “error humano”.

Es una especie de manía personal. La expresión “error humano” aparece constantemente como explicación de todo tipo de hechos indeseados, especialmente cuando se trata de accidentes. La última vez que la encontré fue a raíz de la reciente falsa alerta por ataque de misiles en Hawaii. Las noticias mencionan el error de un funcionario y la posibilidad de que se tomen medidas disciplinarias. ¡Cómo no! Es la típica respuesta que no resuelve absolutamente nada pero que sirve para tranquilizar a… a no sé quién, la verdad. ¿Alguien se cree que quien activó la alerta lo hizo para pasar el rato? Y si fue un error ¿alguien se cree que dentro de un año no podrá cometerlo otra persona sólo porque a su predecesor lo suspendieron de empleo y sueldo por algo que ya nadie recuerda?

Siempre es igual: a las pocas horas del suceso se acabó la investigación. Se acude al error humano y a partir de ahí todas las pesquisas se centran en consolidar ese punto de vista. Es como si cada vez que un equipo de fútbol encajara un gol, le echásemos la culpa al portero:

-¡Pero si la defensa le dejó solo frente a tres delanteros!

-Ya, pero su responsabilidad es parar balones, ser la última línea de defensa. No paró el gol, ergo es culpable. No sirve. Que lo echen y pongan a otro en su lugar.

En realidad el error humano no debería ser el fin de la investigación, sino su principio. ¿Por qué existe ese error? ¿Cómo es que el sistema se viene abajo por el fallo de un único componente? ¿No habría otra manera de hacer las cosas que hiciera más difícil cometer esa equivocación? Deben de ser preguntas muy difíciles de responder, ya que hace más de 70 años que un señor llamado Paul Fitts se las planteó por primera vez.

El señor Fitts era un psicólogo al que se considera un pionero en el estudio de los factores humanos. En 1947 Fitts tenía el grado de Teniente Coronel en las fuerzas aéreas de Estados Unidos. Puesto que no todos los aviones perdidos durante la Segunda Guerra Mundial habían sido derribados, Fitts estaba examinando 460 casos de accidentes atribuidos a errores humanos en un intento de averiguar el porqué de la pérdida de tantos aparatos. Así fue como encontró que, en muchos casos, el accidente era en realidad el mismo: tras aterrizar, el piloto subía por error el tren de aterrizaje con el avión en tierra. En principio, un caso claro de error humano. Pero Fitts no se paró ahí y se preguntó por qué el mismo error se producía tan a menudo.

Antes de seguir, creo que será mejor explicar qué son los flaps y para eso ayuda bastante la siguiente imagen, obtenida de la web de la NASA. Los flaps son esas superficies articuladas que se despliegan hacia abajo durante el despegue y la aproximación.

El motivo es que el avión necesita velocidad para mantenerse en el aire, pero cuando despegamos queremos hacerlo cuanto antes y cuando aterrizamos queremos ir despacio para no tomar tierra a toda velocidad. Pero si frenamos demasiado corremos el riesgo de que el avión no pueda mantenerse en el aire y por eso usamos los flaps: al desplegarlos, la curvatura del ala se hace mayor y permite aguantar en el aire a velocidades inferiores. Un efecto adicional es que la resistencia aerodinámica aumenta y por eso los flaps se mantienen plegados en condiciones normales. Sólo se usan cuando hace falta volar a velocidad reducida, es decir en el despegue y en el aterrizaje.

En aviones muy grandes los flaps son de tipo Fowler, que se extienden hacia atrás antes de curvarse, aumentando así la superficie del ala para mejorar el efecto, pero en 1947 solían ser del tipo simple: una superficie sujeta por bisagras para poder girar y listos. El problema que detectó Fitts era que el piloto aterrizaba y, una vez que el avión estaba en tierra rodando hacia su aparcamiento, decidía replegar los flaps, que ya no le hacían falta. En ese momento, si el piloto accionaba por error la palanca del tren de aterrizaje, plegándolo, se producía un accidente: el avión se quedaba sin apoyo y se iba a tierra, dañando las hélices, la panza, a los ocupantes y creando un serio problema de autoestima en el piloto.

Fitts no vio en este tipo de accidente un problema de incompetencia sino de ergonomía. Cada avión tenía diferentes tipos de mandos con diferentes posiciones de las palancas, por lo que era fácil equivocarse al pasar de un tipo a otro. Además, era normal que la palanca de flaps y la del tren de aterrizaje estuvieran cerca una de otra y fueran idénticas. Un diseño que parecía hecho para provocar confusión. La solución era obvia: cambiar la forma de las palancas. En la actualidad, en todos los aviones, el aspecto de estos mandos es más o menos así: A la izquierda tenemos la palanca del tren de aterrizaje, cuya empuñadura recuerda a una rueda, y la derecha vemos la palanca de los flaps, parecida a una sección de ala. Es fácil recordar cuál es cuál, ¿verdad? Desde que se adoptó esta solución tan sencilla, los accidentes por confusión entre estos dos mandos han pasado a ser muy infrecuentes.

Recordemos que el estudio de Fitts había partido de accidentes de los que se había determinado que la causa era el error humano. Considerando lo que acabamos de leer, ¿seguiríamos hablando de error humano o preferiríamos pensar en un fallo de diseño? El hallazgo de Mr. Fitts fue tomar el error humano como punto de partida de la investigación y no como una conclusión tras la que ya no había nada que investigar. Conseguir que sea así sistemáticamente en toda investigación de seguridad sigue siendo, 70 años después, sorprendentemente complicado. Pensemos en ello cada vez que leamos en la prensa “los indicios apuntan a un error humano”.

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Vietnam en el siglo I

26 martes Dic 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Arminio, Augusto, Batalla, Batalla de Teutoburgo, Druso, Germánico, Historia, Momentos cruciales, Roma, Sigfrido, Varo, Vietnam

Hay días en los que se diría que las Moiras, esas divinidades que según los griegos controlan el destino de los hombres, tiran una moneda al aire y deciden el futuro según sea el resultado. En este blog se ha hablado mucho de esos momentos cruciales: en esa categoría están Salamina, el Marne, Midway… días que amanecieron con una gran potencia en la cima de su poder, aparentemente invencible, y terminaron con un imperio derrotado y un futuro incierto.

A veces el desastre no es tan completo como parece. El Imperio Persa siguió siendo una gran potencia tras Salamina y los Estados Unidos mantuvieron su preeminencia en el mundo tras Vietnam, pero en ambos casos se había demostrado que no eran invencibles. Aunque su poder militar siguiera siendo inmenso, ahora se sabía que eran vulnerables. El impacto puede llegar al extremo de incorporar el hecho como referencia en el lenguaje común: recordemos a Saddam Hussein amenazando a los norteamericanos con un «nuevo Vietnam», o las menciones a la guerra de Afganistán en la década de 1980 como «el Vietnam de la URSS». Afganistán tiene un récord en esta comparación porque también se le llamó «el Vietnam de Obama» en 2009. Si alguna vez escribo un artículo sobre la Guerra de los Treinta Años, puede que lo titule «El Vietnam de Felipe IV».

El Imperio Romano también tuvo su Vietnam particular, incluso podríamos decir que tuvo varios, pero hoy vamos a hablar de una batalla que probablemente moldeó el curso de la Historia. No tuvo lugar en la jungla del sudeste de Asia sino en un bosque europeo, en lo que hoy es Alemania, en el año 9 después de Cristo. Para que nos hagamos idea de la magnitud del desastre no hay nada como ver el siguiente mapa (Fuente: Atlas de Historia Universal, dirigido por José Ramón Juliá, Editorial Planeta, 2000)

La línea roja, trazada a partir del curso de los ríos Rin y Danubio es la frontera definitiva del Imperio Romano en Occidente, mientras que la línea verde sigue el curso del Elba. En aquel año 9 el territorio comprendido entre el Rin y el Elba, en verde claro en el mapa, estaba casi dominado por Roma. Las tribus de la región estaban sometidas, pero no romanizadas. Y el hombre que podría haber acabado la tarea, Publio Quintilio Varo, gobernador de la provincia, resultó no ser la persona más adecuada.

Varo se comportó en Germania como el gobernador autoritario de una provincia completamente sometida. Los germanos se encontraron con una subida de impuestos y unas autoridades que resolvían los conflictos usando un derecho romano que a ellos aún les era ajeno. Sabiendo que Varo, cuando era gobernador de Siria, había crucificado a 2.000 rebeldes tras una revuelta y que volvió de Oriente siendo muy rico, podemos imaginar el tipo de impuestos y de justicia que se encontraron los germanos bajo su dominio y el porqué del aumento de hostilidad contra Roma. Pero Varo también tenía germanos a su servicio, como Arminio… o eso pensaba él.

Arminio era un joven de unos 26 años en el momento que nos ocupa. Como hijo de un jefe de la tribu de los queruscos, había sido enviado a Roma como rehén siendo un niño y por tanto había recibido una educación romana e incluso se había distinguido en el ejército romano. Debía de ser un hombre notable, puesto que incluso se le concedió la ciudadanía romana. En aquel año 9, Arminio era el hombre de confianza de Varo, pero a espaldas de su jefe conspiraba con jefes de varias tribus. El momento propicio se presentó cuando Varo regresaba a sus cuarteles de invierno a la cabeza de las tres legiones destinadas a la provincia: la XVII, XVIII y XIX.

Varo recibió noticias de una sublevación local y decidió reprimirla al momento. Para ello tuvo la idea de atravesar el bosque de Teutoburgo con sus tres legiones, sin tomar precauciones y confiando en su auxiliar, Arminio. Pero Arminio era quien había enviado las noticias y era él quien había organizado la emboscada que aguardaba a las legiones romanas en aquel bosque. Buen conocedor de las tácticas romanas, Arminio sabía que ninguna tribu germana era rival para los romanos en campo abierto. Ni siquiera una confederación de tribus, como la que ahora él dirigía habría tenido ninguna oportunidad en el campo de batalla. Pero en un bosque, sin posibilidad de maniobrar, las cosas eran muy diferentes. Las tres legiones fueron aniquiladas y Varo se suicidó para no caer en manos del enemigo.

La pérdida de tres legiones fue un mazazo para Roma. Las fuentes aseguran que Augusto, al conocer el desastre, acusaba a Varo de la derrota gritando enloquecido: ¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones! No es de extrañar, puesto que la frontera quedaba desprotegida y a merced de las incursiones germanas. Para colmo los estandartes de las tres legiones, las célebres águilas que los romanos consideraban como sagradas, se habían perdido a manos de los hombres de Arminio.

Los temores de Augusto resultaron exagerados: Roma había sufrido una derrota, pero el territorio imperial no sufrió ninguna invasión. Sin embargo la humillación debía ser reparada y de ello se encargó el general romano Germánico cuyo nombre, tan apropiado para la ocasión, era en realidad el título honorífico concedido a su padre, Druso, por sus triunfos en aquella región. Ahora le correspondía al hijo estar a la altura de su padre en el mismo territorio y contra los mismos enemigos.

Germánico demostró ser un digno hijo del gran Druso. Consiguió recuperar dos de las tres águilas (la tercera permanecería en poder de los germanos hasta que fue rescatada en tiempos del emperador Claudio), pero no logró apresar ni derrotar definitivamente a Arminio. Tampoco hacía falta: Arminio murió 12 años después de su gran victoria, asesinado por miembros de su propia tribu y víctima de la desconfianza que acompañaba al gran poder que había alcanzado. Por su parte, Roma desistió de intentar anexionarse el territorio situado entre el Rin y el Elba. Las acciones guerreras de Germánico fueron de castigo, no de conquista. La frontera permaneció en el Rin hasta la caída del Imperio.

Los historiadores del siglo XIX, la época del nacionalismo, vieron en la traición de Arminio, al que se conocería en Alemania como Hermann, no la rebelión de un ambicioso jefe tribal, sino el nacimiento de una conciencia nacional germánica que se oponía al invasor extranjero. Pero la interpretación más interesante (al menos para mí, porque me fascina la mitología) implica que la captura del botín de la batalla pudiese estar detrás de la leyenda del Oro del Rin, y que Arminio pudiera ser la inspiración del héroe Sigfrido mientras las águilas, símbolo de la legión romana, ocuparían un lugar en las leyendas germánicas como dragones.

Si Varo hubiese sido más precavido o Arminio menos ambicioso, es posible que las tres legiones romanas hubieran sobrevivido y que las tribus situadas entre el Rin y el Elba hubiesen sido totalmente romanizadas. Esto podría haber supuesto un importante cambio en la cultura de lo que hoy es Alemania. Por ejemplo, es probable que hoy se hablase una lengua romance en aquella región. Habría bastado con que Varo hubiese decidido no internarse en aquel peligroso bosque, que hubiera explorado adecuadamente el terreno o que Arminio hubiese preferido una carrera en el ejército romano a la jefatura de una confederación de tribus. Algunas veces el destino del mundo está en manos de una sola persona y Teutoburgo es un buen ejemplo.

 

 

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Una misión sin gloria

12 domingo Nov 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Lusitania, México, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Submarinos, Telegrama Zimmerman, Woodrow Wilson

Ya estamos en noviembre de 2017. Esto quiere decir que Los Gelves cumple seis años y que los lectores habituales de este blog, conocedores de la tradición, están esperando un artículo sobre la Primera Guerra Mundial. Estoy seguro porque conozco bien a mis lectores. No, no es presunción: es que conozco en persona a muchos de ellos. Alguna ventaja tenía que haber en tener un blog minoritario, ¿no?

Era imposible suponer hace seis años, cuando comencé este proyecto, que seguiría con él durante tanto tiempo. A veces ocurre: una acción que parece anodina resulta tener más trascendencia de lo que se podría suponer. Y de eso vamos a hablar esta vez, de un hecho que podría parecer de poca importancia, pero que tuvo importantes consecuencias. De hecho, modificó el curso de la Historia.

Ocurrió el 5 de agosto de 1914, al día siguiente de que el Reino Unido declarara la guerra a Alemania como consecuencia de la violación de la neutralidad belga. Para iniciar las hostilidades, un buque británico, el Telconia según algunas fuentes, navegó hasta las proximidades de la costa alemana, donde cortó varios cables submarinos, dejando a Alemania sin capacidad de establecer comunicaciones trasatlánticas. Por lo demás, la acción se desarrolló sin imprevistos y la tripulación pudo volver a puerto sin mayor novedad.

Dos años y medio más tarde, la entrada de los Estados Unidos en la guerra desequilibraba la balanza de la contienda. Pero la decisión de unirse a las hostilidades no se tomó de buenas a primeras. Todo lo contrario, el gobierno norteamericano había hecho cuanto había podido por mediar entre los beligerantes, aunque sin resultado, mientras el país se mantenía en la neutralidad. Cierto que parte de su población, sobre todo en la Costa Este, era favorable a la Entente, pero no había que despreciar al considerable número de inmigrantes de origen alemán que veían con simpatía la causa de los Imperios Centrales. También contaban los originarios de Irlanda, que temían contribuir a una victoria británica que dificultara la independencia irlandesa. En resumen: entrar en guerra podía ser causa de división interna y el presidente Wilson estaba decidido a mantener a su país alejado del enfrentamiento.

Pero la guerra llamaba a las puertas de Estados Unidos. Por un lado, Gran Bretaña pretendía asfixiar a Alemania con un bloqueo naval que incluía incluso los alimentos destinados a la población civil, por otro Alemania respondía con una guerra de corso destinada a bloquear a su vez a las islas británicas. Los submarinos alemanes añadían una interesante novedad a este tipo de guerra, ya que su difícil detección contrarrestaba la superioridad naval británica.

Al principio fue una guerra bastante limpia: un submarino que quisiera interceptar un mercante en aguas británicas salía a la superficie, lanzaba un aviso y permitía que la tripulación y los pasajeros abandonaran el barco antes de hundirlo, pero el uso de la radio, cada vez más común, hacía peligroso estar mucho tiempo en superficie cuando el barco podía comunicar que le estaban atacando y dar su posición exacta, por no hablar del uso de barcos de guerra caza-submarinos disfrazados de mercantes. Y así nació la guerra submarina total en la que se atacaba el objetivo mediante torpedos, sin salir a la superficie y sin previo aviso.

Los incidentes eran cuestión de tiempo, y el más conocido fue el del Lusitania: un buque británico de pasajeros torpedeado y hundido en mayo de 1915 cuando hacía la travesía entre Nueva York y Liverpool. Hay que decir que además de pasajeros llevaba municiones y que la embajada alemana había puesto anuncios en la prensa de Nueva York avisando a los pasajeros del riesgo que corrían, como vemos en la imagen, que he obtenido de Wikipedia. Aun así, torpedear un buque con civiles norteamericanos a bordo, era un casus belli inevitable. O casi inevitable, porque Wilson estaba decidido a mantener la neutralidad. Naturalmente, hubo protestas diplomáticas, declaraciones altisonantes, amenazas… pero los Estados Unidos no entraron en la guerra. Todavía no. En septiembre de 1915 Alemania se comprometió finalmente a no atacar buques de pasajeros sin aviso previo y la crisis pareció desactivada.

Un año después, en noviembre de 1916, Wilson era reelegido bajo el lema «He kept us out of war» (Nos ha mantenido fuera de la guerra). El presidente norteamericano seguía intentando mediar e incluso, poco después de la reelección, dictó medidas para reducir los créditos a los beligerantes, ante el temor de que la gran cantidad de dinero que ya se había prestado a la Entente acabara por forzar la entrada del país en la contienda como único medio de no verse arrastrado a la ruina.

Sin embargo el destino es caprichoso. En enero de 1917 Wilson seguía hablando de la necesidad de una paz sin victoria, que sólo así podría ser duradera, y calificaba la posible participación en la lucha como «crimen contra la civilización». Sorprende por tanto observar la cronología, ya que la toma de posesión oficial de Wilson en su segundo mandato fue el 4 de marzo de 1917. Un mes después, el 6 de abril, los Estados Unidos declaraban la guerra a Alemania.

¿Qué había provocado ese sorprendente giro? Principalmente, la desesperación alemana ante una guerra interminable. Los jefes militares apostaban por la reanudación de la guerra submarina sin restricciones, incluso contra buques neutrales. Se trataba de provocar un bloqueo naval que, en teoría, podría servir para asfixiar al enemigo hasta obligarle a pedir la paz. El único obstáculo era la previsible respuesta bélica de Estados Unidos, con su enorme potencial. Sin embargo, el Estado Mayor alemán consideraba que la respuesta americana no llegaría a tiempo porque necesitarían aproximadamente un año para una movilización eficaz, mientras que el bloqueo submarino llevaría al final de la guerra en seis meses.

El canciller alemán no era tan optimista ni mucho menos, pero no pudo evitar que el Káiser firmara la orden para volver al bloqueo submarino a partir del 1 de febrero de 1917. El 31 de enero se avisó de la nueva situación al gobierno americano, que el 2 de febrero rompía relaciones diplomáticas con Alemania. No era la guerra aún, pero la indignación de la opinión pública ante el anuncio alemán hacía prever lo peor. Sólo faltaba un pequeño empujón. Y los ingleses habían encontrado el modo de darlo.

Ellos sabían que para tener todos los cabos bien atados antes de volver a la guerra submarina, los alemanes habían buscado una forma de tener distraídos a los norteamericanos en caso de que se decidieran por las hostilidades. El medio era hacer una oferta al gobierno mexicano invitándole a declarar la guerra a los Estados Unidos a cambio de apoyo financiero y la promesa de apoyarles en la recuperación para México de los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona. De paso sugerían invitar a Japón a unirse a la alianza contra los norteamericanos.

La oferta era tentadora porque las relaciones entre Estados Unidos y México pasaban por un mal momento a causa de una expedición de Pancho Villa en territorio estadounidense, a la que siguió otra de Pershing en México como represalia. El gran problema era hacer llegar el mensaje con la propuesta al embajador alemán en México… porque Alemania seguía sin comunicaciones submarinas a causa de la expedición del Telconia.

Los alemanes usaron dos medios para sortear este problema: por un lado utilizaron los servicios del gobierno sueco, neutral pero que simpatizaba con Alemania. Suecia envió el mensaje a su propio embajador en Buenos Aires, que se lo pasó al embajador alemán, que lo reenvió a la embajada en México. El telegrama tenía que pasar por Inglaterra, pero era de un país neutral, por lo que no debería ser inspeccionado. Sin embargo los ingleses conocían el truco, que era habitual, y habían sido capaces de descifrar el código. Así tuvieron conocimiento del mensaje, enviado el 16 de enero de 1917 por el ministro de exteriores alemán, Arthur Zimmerman.

El segundo sistema empleado para enviar el mensaje fue emplear a los propios norteamericanos. Aprovechando una de las ofertas de paz de Wilson, el embajador alemán en Washington convenció a los norteamericanos de que se podrían agilizar las conversaciones si le permitieran intercambiar mensajes con Berlín por medio de los canales diplomáticos norteamericanos. Los mensajes irían cifrados desde el principio, con lo que los estadounidenses no conocerían el contenido. Aceptar esta propuesta era, en el mejor de los casos, ingenuo, pero los americanos cedieron. También en este caso la ruta de los cables submarinos pasaba por Inglaterra y también los ingleses eran capaces de descifrar estos mensajes. Mejor aún, al recibir el mismo mensaje por dos caminos diferentes, la labor de descifrado era más completa, porque era posible detectar errores y rellenar lagunas.

Imagen tomada de Wikipedia

Con el telegrama de Zimmerman en las manos, los servicios secretos ingleses tenían un arma fenomenal para empujar a Estados Unidos a la guerra, pero había dos problemas: el primero era que si se hacía público el texto, los alemanes sabrían que sus códigos eran vulnerables y los cambiarían por otros; el segundo que los americanos podían reaccionar muy desfavorablemente si se enteraban de que Londres espiaba sus comunicaciones. Para evitar esto se les podía contar que el mensaje procedía únicamente del espionaje de las comunicaciones suecas, pero también Suecia era neutral y sería evidente que si se espiaba a Suecia se hacía lo mismo con otros neutrales, como Estados Unidos. Por otro lado, una vez rotas las relaciones diplomáticas entre Washington y Berlín la guerra parecía inevitable de todas formas, así que ¿para qué molestarse?

Pero la declaración de guerra no llegaba. Wilson parecía estar esperando a que se produjera un ataque contra un barco norteamericano y los alemanes parecían no decidirse a emprender aquella guerra submarina total que habían anunciado. El 22 de febrero los ingleses no pudieron esperar más y enseñaron el telegrama a la embajada norteamericana en Londres. Para sortear los problemas mencionados antes, los servicios secretos consiguieron hacerse con una copia del telegrama archivada en la oficina de telégrafos de Ciudad de México. A partir de aquí se podía hacer creer, por ejemplo, que el telegrama había sido robado y no interceptado. Otro cuento de hadas sobre cómo se había conseguido una copia de un libro de claves dejaba a salvo buena parte de los secretos sobre los sistemas británicos de espionaje.

Para el gobierno americano fue un bombazo. Buscaron entre sus archivos y encontraron el telegrama enviado por medio de sus propios diplomáticos en enero. El personal de la embajada americana en Londres lo descifró con ayuda de una copia del código cedida por el Almirantazgo británico y confirmó la veracidad del texto. El escándalo era monumental. La trama parecía tan descarada que algunas voces se preguntaban si no sería todo un engaño dirigido a forzar la entrada de los americanos en la guerra. Y entonces, el propio Zimmerman confirmó que era cierto que él había enviado aquel telegrama. ¿Por qué lo hizo en lugar de negarlo todo? Es el único misterio que queda por resolver en esta historia.

Una portada del 1 de marzo de 1917

Con el escándalo llegó la participación estadounidense en la guerra. Para Alemania fue un desastre porque sus planes de lograr la paz antes de que la presencia norteamericana se hiciera notar demostraron ser una ilusión. Pero aquel desenlace no habría tenido lugar de no haber sido por aquel oscuro barco que cortó las comunicaciones exteriores de Alemania. No fue una acción gloriosa. Ni siquiera se disparó un solo tiro. Cuando el Telconia volvió a puerto en aquel primer día de las hostilidades, ninguno de sus tripulantes podía sospechar que acababan de ganar la guerra.

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