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Ya estamos en noviembre de 2017. Esto quiere decir que Los Gelves cumple seis años y que los lectores habituales de este blog, conocedores de la tradición, están esperando un artículo sobre la Primera Guerra Mundial. Estoy seguro porque conozco bien a mis lectores. No, no es presunción: es que conozco en persona a muchos de ellos. Alguna ventaja tenía que haber en tener un blog minoritario, ¿no?

Era imposible suponer hace seis años, cuando comencé este proyecto, que seguiría con él durante tanto tiempo. A veces ocurre: una acción que parece anodina resulta tener más trascendencia de lo que se podría suponer. Y de eso vamos a hablar esta vez, de un hecho que podría parecer de poca importancia, pero que tuvo importantes consecuencias. De hecho, modificó el curso de la Historia.

Ocurrió el 5 de agosto de 1914, al día siguiente de que el Reino Unido declarara la guerra a Alemania como consecuencia de la violación de la neutralidad belga. Para iniciar las hostilidades, un buque británico, el Telconia según algunas fuentes, navegó hasta las proximidades de la costa alemana, donde cortó varios cables submarinos, dejando a Alemania sin capacidad de establecer comunicaciones trasatlánticas. Por lo demás, la acción se desarrolló sin imprevistos y la tripulación pudo volver a puerto sin mayor novedad.

Dos años y medio más tarde, la entrada de los Estados Unidos en la guerra desequilibraba la balanza de la contienda. Pero la decisión de unirse a las hostilidades no se tomó de buenas a primeras. Todo lo contrario, el gobierno norteamericano había hecho cuanto había podido por mediar entre los beligerantes, aunque sin resultado, mientras el país se mantenía en la neutralidad. Cierto que parte de su población, sobre todo en la Costa Este, era favorable a la Entente, pero no había que despreciar al considerable número de inmigrantes de origen alemán que veían con simpatía la causa de los Imperios Centrales. También contaban los originarios de Irlanda, que temían contribuir a una victoria británica que dificultara la independencia irlandesa. En resumen: entrar en guerra podía ser causa de división interna y el presidente Wilson estaba decidido a mantener a su país alejado del enfrentamiento.

Pero la guerra llamaba a las puertas de Estados Unidos. Por un lado, Gran Bretaña pretendía asfixiar a Alemania con un bloqueo naval que incluía incluso los alimentos destinados a la población civil, por otro Alemania respondía con una guerra de corso destinada a bloquear a su vez a las islas británicas. Los submarinos alemanes añadían una interesante novedad a este tipo de guerra, ya que su difícil detección contrarrestaba la superioridad naval británica.

Al principio fue una guerra bastante limpia: un submarino que quisiera interceptar un mercante en aguas británicas salía a la superficie, lanzaba un aviso y permitía que la tripulación y los pasajeros abandonaran el barco antes de hundirlo, pero el uso de la radio, cada vez más común, hacía peligroso estar mucho tiempo en superficie cuando el barco podía comunicar que le estaban atacando y dar su posición exacta, por no hablar del uso de barcos de guerra caza-submarinos disfrazados de mercantes. Y así nació la guerra submarina total en la que se atacaba el objetivo mediante torpedos, sin salir a la superficie y sin previo aviso.

Los incidentes eran cuestión de tiempo, y el más conocido fue el del Lusitania: un buque británico de pasajeros torpedeado y hundido en mayo de 1915 cuando hacía la travesía entre Nueva York y Liverpool. Hay que decir que además de pasajeros llevaba municiones y que la embajada alemana había puesto anuncios en la prensa de Nueva York avisando a los pasajeros del riesgo que corrían, como vemos en la imagen, que he obtenido de Wikipedia. Aun así, torpedear un buque con civiles norteamericanos a bordo, era un casus belli inevitable. O casi inevitable, porque Wilson estaba decidido a mantener la neutralidad. Naturalmente, hubo protestas diplomáticas, declaraciones altisonantes, amenazas… pero los Estados Unidos no entraron en la guerra. Todavía no. En septiembre de 1915 Alemania se comprometió finalmente a no atacar buques de pasajeros sin aviso previo y la crisis pareció desactivada.

Un año después, en noviembre de 1916, Wilson era reelegido bajo el lema “He kept us out of war” (Nos ha mantenido fuera de la guerra). El presidente norteamericano seguía intentando mediar e incluso, poco después de la reelección, dictó medidas para reducir los créditos a los beligerantes, ante el temor de que la gran cantidad de dinero que ya se había prestado a la Entente acabara por forzar la entrada del país en la contienda como único medio de no verse arrastrado a la ruina.

Sin embargo el destino es caprichoso. En enero de 1917 Wilson seguía hablando de la necesidad de una paz sin victoria, que sólo así podría ser duradera, y calificaba la posible participación en la lucha como “crimen contra la civilización”. Sorprende por tanto observar la cronología, ya que la toma de posesión oficial de Wilson en su segundo mandato fue el 4 de marzo de 1917. Un mes después, el 6 de abril, los Estados Unidos declaraban la guerra a Alemania.

¿Qué había provocado ese sorprendente giro? Principalmente, la desesperación alemana ante una guerra interminable. Los jefes militares apostaban por la reanudación de la guerra submarina sin restricciones, incluso contra buques neutrales. Se trataba de provocar un bloqueo naval que, en teoría, podría servir para asfixiar al enemigo hasta obligarle a pedir la paz. El único obstáculo era la previsible respuesta bélica de Estados Unidos, con su enorme potencial. Sin embargo, el Estado Mayor alemán consideraba que la respuesta americana no llegaría a tiempo porque necesitarían aproximadamente un año para una movilización eficaz, mientras que el bloqueo submarino llevaría al final de la guerra en seis meses.

El canciller alemán no era tan optimista ni mucho menos, pero no pudo evitar que el Káiser firmara la orden para volver al bloqueo submarino a partir del 1 de febrero de 1917. El 31 de enero se avisó de la nueva situación al gobierno americano, que el 2 de febrero rompía relaciones diplomáticas con Alemania. No era la guerra aún, pero la indignación de la opinión pública ante el anuncio alemán hacía prever lo peor. Sólo faltaba un pequeño empujón. Y los ingleses habían encontrado el modo de darlo.

Ellos sabían que para tener todos los cabos bien atados antes de volver a la guerra submarina, los alemanes habían buscado una forma de tener distraídos a los norteamericanos en caso de que se decidieran por las hostilidades. El medio era hacer una oferta al gobierno mexicano invitándole a declarar la guerra a los Estados Unidos a cambio de apoyo financiero y la promesa de apoyarles en la recuperación para México de los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona. De paso sugerían invitar a Japón a unirse a la alianza contra los norteamericanos.

La oferta era tentadora porque las relaciones entre Estados Unidos y México pasaban por un mal momento a causa de una expedición de Pancho Villa en territorio estadounidense, a la que siguió otra de Pershing en México como represalia. El gran problema era hacer llegar el mensaje con la propuesta al embajador alemán en México… porque Alemania seguía sin comunicaciones submarinas a causa de la expedición del Telconia.

Los alemanes usaron dos medios para sortear este problema: por un lado utilizaron los servicios del gobierno sueco, neutral pero que simpatizaba con Alemania. Suecia envió el mensaje a su propio embajador en Buenos Aires, que se lo pasó al embajador alemán, que lo reenvió a la embajada en México. El telegrama tenía que pasar por Inglaterra, pero era de un país neutral, por lo que no debería ser inspeccionado. Sin embargo los ingleses conocían el truco, que era habitual, y habían sido capaces de descifrar el código. Así tuvieron conocimiento del mensaje, enviado el 16 de enero de 1917 por el ministro de exteriores alemán, Arthur Zimmerman.

El segundo sistema empleado para enviar el mensaje fue emplear a los propios norteamericanos. Aprovechando una de las ofertas de paz de Wilson, el embajador alemán en Washington convenció a los norteamericanos de que se podrían agilizar las conversaciones si le permitieran intercambiar mensajes con Berlín por medio de los canales diplomáticos norteamericanos. Los mensajes irían cifrados desde el principio, con lo que los estadounidenses no conocerían el contenido. Aceptar esta propuesta era, en el mejor de los casos, ingenuo, pero los americanos cedieron. También en este caso la ruta de los cables submarinos pasaba por Inglaterra y también los ingleses eran capaces de descifrar estos mensajes. Mejor aún, al recibir el mismo mensaje por dos caminos diferentes, la labor de descifrado era más completa, porque era posible detectar errores y rellenar lagunas.

Imagen tomada de Wikipedia

Con el telegrama de Zimmerman en las manos, los servicios secretos ingleses tenían un arma fenomenal para empujar a Estados Unidos a la guerra, pero había dos problemas: el primero era que si se hacía público el texto, los alemanes sabrían que sus códigos eran vulnerables y los cambiarían por otros; el segundo que los americanos podían reaccionar muy desfavorablemente si se enteraban de que Londres espiaba sus comunicaciones. Para evitar esto se les podía contar que el mensaje procedía únicamente del espionaje de las comunicaciones suecas, pero también Suecia era neutral y sería evidente que si se espiaba a Suecia se hacía lo mismo con otros neutrales, como Estados Unidos. Por otro lado, una vez rotas las relaciones diplomáticas entre Washington y Berlín la guerra parecía inevitable de todas formas, así que ¿para qué molestarse?

Pero la declaración de guerra no llegaba. Wilson parecía estar esperando a que se produjera un ataque contra un barco norteamericano y los alemanes parecían no decidirse a emprender aquella guerra submarina total que habían anunciado. El 22 de febrero los ingleses no pudieron esperar más y enseñaron el telegrama a la embajada norteamericana en Londres. Para sortear los problemas mencionados antes, los servicios secretos consiguieron hacerse con una copia del telegrama archivada en la oficina de telégrafos de Ciudad de México. A partir de aquí se podía hacer creer, por ejemplo, que el telegrama había sido robado y no interceptado. Otro cuento de hadas sobre cómo se había conseguido una copia de un libro de claves dejaba a salvo buena parte de los secretos sobre los sistemas británicos de espionaje.

Para el gobierno americano fue un bombazo. Buscaron entre sus archivos y encontraron el telegrama enviado por medio de sus propios diplomáticos en enero. El personal de la embajada americana en Londres lo descifró con ayuda de una copia del código cedida por el Almirantazgo británico y confirmó la veracidad del texto. El escándalo era monumental. La trama parecía tan descarada que algunas voces se preguntaban si no sería todo un engaño dirigido a forzar la entrada de los americanos en la guerra. Y entonces, el propio Zimmerman confirmó que era cierto que él había enviado aquel telegrama. ¿Por qué lo hizo en lugar de negarlo todo? Es el único misterio que queda por resolver en esta historia.

Una portada del 1 de marzo de 1917

Con el escándalo llegó la participación estadounidense en la guerra. Para Alemania fue un desastre porque sus planes de lograr la paz antes de que la presencia norteamericana se hiciera notar demostraron ser una ilusión. Pero aquel desenlace no habría tenido lugar de no haber sido por aquel oscuro barco que cortó las comunicaciones exteriores de Alemania. No fue una acción gloriosa. Ni siquiera se disparó un solo tiro. Cuando el Telconia volvió a puerto en aquel primer día de las hostilidades, ninguno de sus tripulantes podía sospechar que acababan de ganar la guerra.

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