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La caída de la monarquía británica

31 domingo Mar 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Carlos I, Carlos II, Cromwell, Edad Moderna, Felipe IV, Guillotina, Historia, Isabel I, Jacobo I, Luis XVI, Restauración, Revolución, Revolución inglesa, Siglo XVII

Hace poco escribí un artículo en el que mencioné la célebre decapitación de Luis XVI. En él intentaba desmitificar la imagen de la guillotina como sinónimo de revolución puesto que si Luis XVI fue decapitado con tal instrumento fue simplemente porque ése era el método de ejecución que empleaba la Francia revolucionaria. Ciertamente no es demasiado común que se ejecute a un monarca sea por el método que sea… pero bien mirado tampoco es tan raro como podríamos pensar. Casi 150 años antes de la ejecución de Luis XVI un rey había sido decapitado en Europa. Y en Inglaterra nada menos, país con fama de monárquico y amante de su realeza.

Carlos I de Inglaterra nunca fue un rey demasiado querido. Fue el segundo de su dinastía en reinar, puesto que su padre, Jacobo VI de Escocia, accedió al trono de Inglaterra con el nombre de Jacobo I al morir sin descendencia la inglesa Isabel I. Carlos tuvo la desgracia de que su hermano mayor, Enrique, muriera de tifus en 1612, a los 18 años. El difunto heredero era un joven dinámico y capaz, que apuntaba buenas maneras, muy distinto de su hermano menor, un niño enfermizo, afectado de raquitismo leve y de una cierta tartamudez. Posiblemente estos problemas le causaron un complejo de inferioridad puesto que sabemos de él que tenía un carácter distante, aderezado con un sentido de la dignidad extraordinariamente elevado.

Con 22 años, en 1623, Carlos protagonizó un episodio bastante pintoresco al presentarse de improviso Charles_I_of_Englanden Madrid acompañado del duque de Buckingham para pedir la mano de la infanta María, hermana de Felipe IV (quien haya leído El capitán Alatriste conoce algo de este episodio). El asunto no llegó a buen puerto y a su regreso Carlos clamó por emprender la guerra con España. Pronto tuvo ocasión de lanzarse a las hostilidades puesto que su padre murió en 1625 y Carlos comenzó su reinado con un ataque a Cádiz que resultó un rotundo fracaso. Más adelante entraría en guerra con Francia apoyando a los hugonotes de La Rochelle, pero esta aventura militar resultó otro fiasco. Estas expediciones bélicas suponían un problema puesto que requerían de bastante dinero y para recaudarlo Carlos no tenía otro remedio que convocar al Parlamento, lo que era un proceso penoso para un rey, especialmente uno tan pagado de su realeza, ya que los subsidios conseguidos solían ser insuficientes y las contrapartidas dolorosas. Los lectores habituales del blog ya sabéis además que la imposición de impuestos extraordinarios es un anuncio seguro de turbulencias, como ya comenté en su día.

Entre los sapos que Carlos tuvo que tragar estaba la conocida como Petición de Derechos por la que se declaraban ilegales los impuestos que no fueran aprobados por el Parlamento o el encarcelamiento sin juicio previo, peticiones derivadas de la actuación previa del rey, que anteriormente había decretado la emisión de un préstamo forzoso (ahora lo llamaríamos una quita a los depósitos o algo parecido) que cinco caballeros se habían negado a pagar. El caso de los cinco caballeros y sus secuelas es una muestra de las malas relaciones entre el rey y el Parlamento, que finalmente terminó con la disolución de éste por Carlos. Al contar con menos dinero, el rey se vio obligado a firmar la paz con Francia y España, pero aun así tuvo que recurrir a otros sistemas de recaudación que no nos son tan desconocidos: incremento de las multas, privatización de servicios (perdón, quiero decir venta de monopolios, después de todo estamos hablando del siglo XVII), etc. Parecía que el rey podía arreglárselas, pero repentinamente los problemas empezaron a acumularse.

Las dificultades comenzaron en Escocia. Carlos pretendió introducir un nuevo libro de oraciones y aquí chocó con la presbiteriana Iglesia de Escocia. No vamos a entrar en discusiones teológicas ni de organización eclesiástica. Baste decir que la situación llegó a tal extremo que Carlos alzó en armas un ejército para imponerse a sus díscolos súbditos del norte y finalmente no tuvo más remedio que convocar al Parlamento para hacer frente a los gastos. Corría el año 1640 y los parlamentarios no iban a dejar pasar la oportunidad de resolver los agravios acumulados en los once años de gobierno personal de Carlos antes de abordar la cuestión recaudatoria. Cómo sería la situación de tensa lo demuestra que las sesiones comenzaron el 13 de abril y Carlos disolvió el Parlamento el 5 de mayo. Por algo se le conoce como el Parlamento Corto.

La realidad es tozuda, no cabe duda de eso. Carlos no podía gobernar sin Parlamento y ya que él no estaba dispuesto a aceptarlo de grado, los hechos le obligarían a hacerlo por fuerza. Cuando un ejército escocés derrotó a las tropas del rey y se adentró en territorio inglés, Carlos tuvo que rendirse a la evidencia. Seis meses después de disolverlo Carlos I convocaba, el 3 de noviembre de 1640, el que se conoce como Parlamento Largo, el cual forzó medidas tales como la obligación de ser convocado cada tres años por lo menos sin que se pudiera disolver sin su consentimiento. Carlos tuvo que tragarse estas medidas y más aún, pero lograba un avance por otro lado al negociar con los escoceses un pacto por el que aceptaban retirarse. La situación parecía que se despejaba, porque ya no había urgencia de recaudar dinero. Pero justo entonces todo se vino abajo.

La culpa fue de una sublevación católica en Irlanda. Estaba claro que había que enviar un ejército, pero ¿quién lo dirigiría? El Parlamento no se fiaba del rey y el desencuentro sobre la dirección de las operaciones fue tal que Carlos quiso arrestar a cinco parlamentarios (enero de 1642), para lo que se dirigió al Parlamento acompañado de un grupo armado, pero fracasó porque la noticia de su intento llegó antes que él. Con este acto los apoyos que Carlos aún tenía entre los parlamentarios se desvanecieron. El rey huyó a York y la guerra civil se hizo inevitable. A Carlos no le fue bien y acabó prisionero del Parlamento en 1647. Para colmo la guerra había consagrado como líder militar y posteriormente político a Oliver Cromwell, el caballero de la imagen.

Podría haberse llegado a un acuerdo entre rey y Parlamento, pero se encargó de impedirlo un compañero de Cromwell, el coronel Pride, que hizo una purga entre los parlamentarios: los partidarios del acuerdo fueron arrestados y Carlos fue juzgado, condenado a muerte y decapitado el 30 de enero de 1649. Carlos no fue un buen rey, pero estuvo tan digno ante la muerte que muchos creen que hizo más por la monarquía en el cadalso que en el trono. Como ejemplo de su actitud ante el final, pidió ir bien abrigado al patíbulo para estar seguro de que el frío no le hiciera tiritar y alguno tomara sus temblores por un indicio de temor.

La revolución se había oliver-cromwellconsumado y Cromwell era el gran triunfador. Sometió militarmente a Escocia e Irlanda, donde la represión fue durísima, impuso un rigor religioso extremo y disolvió lo que quedaba del Parlamento en 1653. Cromwell rechazó el título de rey (aunque lo era de facto) y gobernó con mano de hierro hasta su muerte en 1658. Le sucedió su hijo, hasta tal punto era el gobierno de Cromwell una monarquía encubierta, pero el carácter del joven Cromwell no era el de su padre. Atrapado entre el ejército y el Parlamento que se vio obligado a convocar, renunció al cargo en 1659. El vacío de poder fue aprovechado por el hijo del difunto rey, Carlos II, que hizo una proclamación moderada y que regresó del exilio en 1660.

Lo que no dejo de preguntarme es por qué la Revolución Inglesa no tiene la fama de la Francesa. Quizá porque concluyó en una Restauración, pero lo mismo ocurrió en Francia con la coronación de Luis XVIII, y entonces el Congreso de Viena se encargó de que la huella de la Revolución Francesa quedara aletargada. Puede que la diferencia estribe en el detalle psicológico de que para matar a Carlos I se usó el hacha y por eso su ejecución no tiene el halo legendario que la guillotina aporta a la de Luis XVI. O puede que sea porque en Inglaterra la lucha se dio entre dos facciones que ya compartían el poder (rey y Parlamento) mientras que en Francia asistimos a una subversión más completa del orden establecido. O quizás sea porque en Francia hay un trasfondo ideológico del que carecen los hechos de Inglaterra. También hemos de tener en cuenta que la Revolución Inglesa fue un asunto principalmente local, mientras que la Francesa puso a toda Europa patas arriba por obra y gracia de Napoleón Bonaparte.

O puede que la tengamos más olvidada porque después de todo la Revolución Inglesa no dejó de ser una especie de mal sueño. Cuando Carlos II regresó del exilio fue reconocido por el Parlamento que había sido rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde el mismo momento de la muerte de su padre. Quién lo iba a decir: desde un punto de vista formal, el interregno entre Carlos I y Carlos II jamás existió.

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Discurso del comandante Sullenberger

18 lunes Mar 2013

Posted by ibadomar in Aviación

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Accidente aéreo, Aviación, Sully

Ahora que tanta polvareda ha levantado el saberse que muchos aspirantes a maestro tienen un nivel de conocimientos muy por debajo de lo requerido, quizás habría que preguntarse si las condiciones de la profesión son las adecuadas para atraer a personas con un nivel más alto. He mencionado a los maestros porque es el colectivo que ahora mismo está bajo el foco de los medios de comunicación, pero el razonamiento es extrapolable a bomberos, funcionarios, pilotos, médicos, controladores aéreos o notarios. Pero esta vez no seré yo quien argumente sobre este asunto, sino que le cederé la palabra a otra persona y me limitaré a aportar la traducción.

La historia del vuelo de US Airways cuyo comandante, en una situación de emergencia, decidió arriesgarse a amerizar en el Hudson es muy conocida. Quizás algún día traiga ese accidente a este blog, pero ahora se trata de escuchar a Chesley B. Sullenberger, conocido como Sully, el comandante de la aeronave. Citado a declarar ante el Congreso de los Estados Unidos, Sully aprovechó la ocasión para reivindicar un sector, el de la aviación, en el que la presión económica ha hecho que lo que eran profesiones respetadas y lucrativas hayan perdido atractivo con la consiguiente degradación en la calidad. Lo que sigue es la traducción de su intervención. Quien tenga interés en leer el original puede hacerlo en este enlace, que recomiendo si se domina el inglés, puesto que no soy traductor profesional. El discurso es el siguiente:

No sólo estoy orgulloso de mi tripulación; estoy orgulloso de mi profesión. Volar ha sido la pasión de mi vida. Me considero afortunado de haber dedicado mi vida a una profesión que me encanta y en la que tengo compañeros a los que respeto y admiro. Pero, honorables diputados, aunque adoro mi profesión no me gusta lo que le ha ocurrido. No estaría cumpliendo con mi deber si no les informara a ustedes de cuánto me preocupa su futuro.

Los norteamericanos han sufrido enormes dificultades económicas durante los últimos meses, pero los empleados de líneas aéreas han sufrido esos problemas y más aún durante los últimos 8 años. En este tiempo nos ha alcanzado un tsunami económico: el 11 de septiembre, quiebras, variaciones en el precio del combustible, fusiones, pérdida del derecho a  pensión y gestores de quita y pon que utilizan a los empleados de sus compañías como si fueran un cajero automático, han dejado a las personas que trabajan para aerolíneas de los Estados Unidos en una situación de grandes dificultades económicas.

El hecho de que mis compañeros en esta industria aún puedan mantener tan alto nivel es una increíble demostración de su carácter, profesionalidad y dedicación. En mi propia experiencia personal, mi decisión de seguir en la profesión ha supuesto un gran coste económico para mí y para mi familia. Mi sueldo se ha recortado en un 40% y mi pensión, como en casi todas las aerolíneas, ha sido sustituida por un fondo que apenas devuelve unos peniques por dólar.

No somos los pilotos los únicos que atravesamos dificultades financieras -y quiero resaltar que admito cuán difíciles son estos tiempos para todo el mundo-, pero es importante subrayar que las condiciones de nuestro trabajo han cambiado drásticamente desde que comencé mi carrera profesional, lo que ha llevado a una situación económica insostenible a los pilotos y sus familias. Cuando mi empresa ofreció a los pilotos que habían sido despedidos la posibilidad de regresar al trabajo, un 60% de ellos se negaron. Intentaré expresarlo con toda claridad: por favor no piensen que exagero si digo que no conozco a un solo piloto profesional al que le gustaría que un hijo suyo siguiera sus pasos.

Me preocupa que la profesión de piloto de línea aérea ya no atraiga a los mejores y más brillantes. El actual nivel de experiencia y destreza de nuestros pilotos profesionales procede de inversiones realizadas hace años cuando aún podíamos atraer a personas ambiciosas y de talento que ahora emigran frecuentemente hacia carreras profesionales más lucrativas. Aquellas inversiones del pasado fueron un elemento indispensable para crear una infraestructura de aviación comercial fundamental para un transporte aéreo seguro y para la economía y seguridad de nuestro país. Si no valoramos suficientemente la profesión de piloto de línea aérea y los futuros pilotos pierden progresivamente habilidad y experiencia, la lógica indica que veremos consecuencias negativas para los pasajeros, y para nuestro país.

Afrontamos grandes retos en el sector. Para alcanzar la estabilidad económica y progresar firmemente en la seguridad de los pasajeros, los gestores deben cooperar con los trabajadores y negociar de buena fe. Hemos de encontrar juntos soluciones para encarar los enormes desafíos económicos que afrontamos para atraer y retener a los profesionales con experiencia y talento que solicita el sector y que requiere la seguridad de los pasajeros. Más aún, hemos de desarrollar y mantener en cada aerolínea y organismo de aviación un ambiente, una cultura, que equilibre las necesidades de responsabilidad y conocimiento. Hemos de crear y mantener una confianza totalmente necesaria para tener un sistema eficiente de notificaciones de seguridad que detecte y corrija las deficiencias antes de que lleven a un accidente. No podemos permitir que la mejora constante de medidas de seguridad y una formación continua y exhaustiva dejen de ser prioritarias a causa de la presión económica y financiera. Está demostrado que en aviación la pieza más importante para la seguridad es un piloto experto y bien entrenado.

Pese a la mala situación económica que atravesamos y pese a los muchos desafíos que afronta nuestro país, tengo fe en América, en nuestra gente, en nuestro compromiso. He mencionado brevemente algunos de los mayores problemas por los que pasa mi sector, pero no creo que sean irresolubles si decidimos trabajar juntos para encararlos.

Todos hemos de colaborar en esta tarea. Pese a las turbulencias económicas que golpean el sector, las compañías aéreas han de concentrar su atención, y sus recursos, en la contratación y retención de pilotos expertos y bien entrenados, convirtiendo este aspecto en una prioridad de rango equivalente al resultado económico. Jeff y yo junto a nuestros compañeros pilotos seguiremos volando aviones y mejorando nuestra formación y entrenamiento mientras intentamos mantener a nuestras familias. Patrick, junto con otros controladores aéreos de talento, seguirá guiándonos con seguridad por el cielo, nuestros pasajeros continuarán gastando un dinero duramente ganado en pagar por su viaje y nuestros tripulantes de cabina, mecánicos, personal de tierra y administrativo proseguirán resolviendo los miles de detalles y cuestiones que mantienen a nuestros aviones en el aire con seguridad.

Ustedes pueden ayudarnos, honorables diputados, trabajando conjuntamente sin divisiones partidistas y pueden solicitar o legislar que trabajadores, gestores, expertos en seguridad, educadores, expertos técnicos y americanos de a pie trabajen juntos en encontrar solución a estas cuestiones. Asumamos todos nuestras responsabilidades honestamente y con respeto por los demás. Hemos de mantener una aviación comercial americana segura y asequible para los pasajeros y económicamente viable para aquéllos que trabajan en el sector día tras día. Y pensando en esos hombres y mujeres jóvenes que se plantean hacia dónde dirigir sus vidas, hemos de recuperar el discurso de una apasionante carrera en la aviación, con suficientes recursos económicos como para hacer de esta visión una realidad.

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El arte del soborno

11 lunes Mar 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Cartago, Cayo Mario, Corrupción, Guerras Púnicas, Historia, Masinisa, Numidia, Roma, Salustio, Sila, Yugurta

Creo que a estas alturas está claro para todo el mundo que en España tenemos un serio problema con la corrupción. Basta con ojear un periódico para darse cuenta, porque es realmente difícil encontrar uno en el que alguna corruptela no ocupe un lugar destacado. Para mayor detalle podemos consultar un reciente estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas, según el cual la corrupción está en segundo lugar de los problemas que más preocupan a los españoles, sólo por detrás del paro. La impresión es que vivimos en un sistema dominado por comportamientos venales, pero naturalmente no somos los primeros. Ha habido en la Historia otros casos de corrupción galopante, como por ejemplo en la última etapa de la República romana. Así lo descubrió, en su provecho, el númida Yugurta.

Nuestro protagonista de hoy era nieto del célebre Masinisa, caudillo de los númidas en tiempos de la Segunda Guerra Púnica, es decir a finales del siglo III antes de Cristo. Numidia era una región africana cercana a Cartago, cuyo territorio comprendía una franja situada entre las actuales Argelia y Túnez. En aquella guerra el entonces príncipe Masinisa combatió inicialmente al lado de Cartago, pero más adelante, tras la muerte de su padre, la situación en Numidia se complicó: Masinisa tuvo que pelear contra su hermano mientras un tercero, llamado Sífax, que era el jefe de otra tribu númida, aprovechaba para ocupar parte de su territorio. Sífax consiguió el apoyo de Cartago y por este motivo, o por su buen olfato político y militar, Masinisa abandonó el bando cartaginés para aliarse con los romanos. La paradoja es que Sífax, por su parte, había sido aliado de Roma al iniciarse la guerra. Las intrigas y las puñaladas traperas, como se ve, han sido moneda corriente desde antiguo.

La caballería númida de Masinisa fue determinante en la definitiva victoria romana, con un papel muy destacado en Zama (año 203 a.C.). La consecuencia natural es que Masinisa se vio elevado a la categoría de rey de Numidia con el respaldo de Roma. Así vivió hasta más allá de los 90 años de edad. A su muerte heredó el reino su hijo Micipsa, que tenía a su vez dos hijos y un sobrino, el cual reunía todas las cualidades de su difunto abuelo Masinisa. Astuto, valiente, enérgico, amoral… Yugurta era un líder nato que pronto fue muy apreciado por su pueblo. Tanto que su tío lo envió a Hispania para que participara como aliado de Roma en la guerra de Numancia y así se enfriara un poco su popularidad… y si de paso sufría un percance fatal durante la batalla tanto mejor. Yugurta, sin embargo, regresó triunfante, habiendo recibido honores por parte de Escipión Emiliano y siendo más admirado que nunca por sus compatriotas.

Ya fuese porque su tío venció sus recelos o porque comprendió que no podía dejar de lado a un hombre tan popular, Yugurta fue adoptado por el rey Micipsa y nombrado co-heredero. Era cuestión de tiempo que surgieran las disputas, de hecho surgieron apenas murió Micipsa, en el 118 a.C. Como era de esperar, Yugurta no se anduvo con chiquitas y ordenó el asesinato de uno de sus hermanos adoptivos, lo que le llevó a la guerra con el otro hermano, llamado Adérbal, que fue derrotado y buscó refugio en Roma. Precisamente en Roma, el lugar donde Yugurta tenía importantes contactos tras su paso por la guerra de Numancia y adonde envió embajadores encargados de hacer costosos regalos a sus viejos amigos y a los senadores influyentes. Las simpatías que había despertado Adérbal se diluyeron ante la generosidad de los embajadores enviados por su primo. El Senado acordó que se debía dividir el reino entre ambos pretendientes y dio el asunto por zanjado. Según Salustio, el efecto de los sobornos en los senadores convenció a Yugurta de que, tal y como le habían contado durante el sitio de Numancia, Roma era una ciudad en la que todo el mundo podía ser comprado.

Numidia fue dividida, pero Yugurta no tardó en atacar a su hermano adoptivo. La situación terminó con Adérbal sitiado en la ciudad de Cirta, que conseguía resistir al ejército de Yugurta gracias a la colaboración de sus habitantes ítalos. Éstos, confiando en que contaban con la protección de Roma, terminaron por convencer a Adérbal para que entregara la ciudad. Yugurta prometió a cambio respetar la vida de su rival. Ni que decir tiene que apenas entró Yugurta en la ciudad ordenó crucificar a Adérbal y masacrar a la población masculina, ya fueran ítalos o númidas. La indignación en Roma fue monumental ante la muerte de ciudadanos romanos, y se envió a un ejército al mando del cónsul del año 111 a.C., que tenía el bonito nombre de Lucio Calpurnio Bestia. Yugurta se vio derrotado por las legiones romanas y se vio obligado a firmar una paz… sorprendentemente benévola. Tan favorables eran los términos para el teóricamente derrotado Yugurta que el tribuno de la plebe Cayo Memmio consiguió que se obligara a Yugurta a acudir a Roma para investigar si había habido un soborno de por medio. El rey númida no tuvo más remedio que aceptar y enfrentarse al interrogatorio de Memmio ante la Asamblea.

Memmio calentó motores con un discurso sobre los crímenes y traiciones de Yugurta, le emplazó a acogerse con humildad a la benevolencia de Roma… el tipo de cosas que se pueden esperar de la apertura de una investigación. Pero Yugurta no llegó a abrir la boca porque cuando tuvo que responder, otro tribuno de la plebe, Cayo Bebio, que había sido oportunamente sobornado, interpuso su veto. Éste era un privilegio de los tribunos cuyo origen, que ya discutimos en su día (en este artículo), era el de frenar iniciativas que juzgaran dañinas contra los plebeyos. El uso descaradamente perverso de esta iniciativa supuso un nuevo escándalo que sumar a las anteriores acciones de Yugurta. Por si fuera poco, en Roma vivía otro pretendiente al trono númida que fue asesinado por un miembro del séquito del rey númida. Aquello era demasiado: Yugurta fue expulsado de la ciudad y la guerra se reanudó.

Roma se encontró con que una cosa era hacer la guerra a Yugurta y otra vencerlo. En menos de un año, en el 109 a.C. el rey númida consiguió hacer pasar por una estrepitosa derrota militar al ejército romano, cuyo general hubo de acordar una paz que suponía la salida de tropas romanas de Numidia durante 10 años. Pero esta vez Roma no podía tragar una nueva humillación y el tratado no fue refrendado. Por el contrario, se envió como general al cónsul Quinto Cecilio Metelo, un hombre honesto, que obligó a Yugurta a permanecer a la defensiva. Sin embargo la prolongación de la guerra motivó que un hombre de origen más humilde que Metelo, Cayo Mario, presentara su candidatura al consulado. Metelo no se tomó muy bien que quien hasta entonces había sido su ayudante fuera su sucesor, aunque Mario demostró tener genio militar. Sin embargo Yugurta no era tan fácil de derrotar y si Mario se impuso fue gracias a la traición: su lugarteniente Lucio Cornelio Sila logró atraerse al rey de Mauritania, suegro de Yugurta, que fue quien entregó al númida a sus enemigos. Así Mario pudo entrar en triunfo en Roma el 1 de Enero del 104 a.C. Ese mismo día Yugurta fue estrangulado en prisión.

¿Final feliz para Roma? No tanto. Los dos romanos que doblegaron a Yugurta se enfrentarían años después en el inicio del periodo conocido como de las guerras civiles y ambos llegarían a ejercer el poder a la manera de los tiranos. La corrupción que había permitido al rey númida manejar a Roma a su antojo anunciaba la decadencia de la República. Los mejores días de Roma estaban aún por llegar, pero para entonces la ciudad sería un ente político totalmente distinto: las siglas SPQR perdurarían durante siglos, pero vacías de significado, porque en poco tiempo ni el Senado ni el pueblo de Roma tendrían las riendas del verdadero poder.

Yugurta dejó una frase para la Historia. Cuenta Salustio que al ser expulsado de Roma tras el escándalo del soborno al tribuno de la plebe y el asesinato de su rival al trono, aquel astuto númida dijo: «esta ciudad corrupta se vendería a sí misma si encontrara comprador«. Sin duda Yugurta había captado a la perfección el punto débil de los prohombres romanos y desde luego supo cómo elevar el soborno a la categoría de arte corrompiendo a todo el que se le enfrentaba cuando no le podía asesinar. A veces me pregunto cómo actuaría Yugurta si en lugar de enfrentarse a la Asamblea romana se viera frente a una comisión de investigación de un parlamento actual. Sospecho que su actuación no sería muy diferente a la que tuvo hace más de 2.100 años… y a juzgar por las encuestas que mencioné al principio, no soy el único en pensarlo.

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