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La era de la guillotina

21 jueves Feb 2013

Posted by ibadomar in Historia

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1848, Carlos X, Delacroix, Guerra francoprusiana, Guillotina, Historia, Hitler, José Bonaparte, Luis Felipe, Luis XVI, Luis XVIII, Napoleón, Napoleón III, Restauración, Revolución, Revolución francesa, Siglo XIX, Siglo XVIII

Antes de empezar he de pedir disculpas por haber estado ausente aproximadamente un mes. Una avalancha de actividad me ha tenido alejado del blog, aunque para compensar vuelvo con bastantes ideas para nuevos artículos. Pero dejémonos de preámbulos y vamos a nuestro tema de hoy.

Desde hace algún tiempo he observado que aparece con cierta frecuencia la palabra guillotina en las conversaciones y no digamos en las redes sociales, como Twitter. Es fácil encontrar a quien propone instalar una guillotina frente al Congreso de los Diputados o en la Puerta del Sol o incluso una en cada capital de provincia. Por el tono de las frases es fácil percibir que existen dos creencias, ambas falsas:

  1. Se cree que la guillotina es un invento de la Revolución Francesa que nace y muere con ella.
  2. Se cree que con la decapitación de Luis XVI se puso fin a la monarquía en Francia.

En cuanto a la primera hay que precisar que aparatos similares a la guillotina existen por lo menos desde principios del siglo XIV, cuando se decapitó en Irlanda a un tal Murcod Ballagh utilizando una máquina similar a la que se haría célebre en el siglo XVIII. La asociación con la Revolución Francesa se la debemos al Dr. Joseph Ignace Guillotin, que durante los debates revolucionarios para instaurar un nuevo código penal propuso que no hubiera distinciones en la condición social a la hora de aplicar un castigo. Así, en el caso de que la condena fuese la de muerte se aplicaría de igual manera para nobles o pueblo llano y se usaría el sistema de la decapitación mediante un instrumento mecánico.

Como se ve, el trasfondo del uso de este método de ejecución se basa en el principio revolucionario de égalité. El utilizar una máquina era una considerable ventaja para todos, incluido el reo, puesto que si ser ejecutado debe de suponer un trance extremadamente angustioso, el verse en manos de un verdugo inexperto o descuidado suponía un suplicio añadido. Y por esto se decidió emplear este artefacto para las ejecuciones, independientemente del delito cometido y de la extracción social del condenado. La misma guillotina podía decapitar con idéntica eficiencia a un rey como Luis XVI o a un carbonero que hubiera asesinado a su hermano, por ejemplo. Y no sólo durante la Revolución: la guillotina se empleó en Francia como sistema de ejecución hasta la abolición de la pena de muerte en 1981. Y no se empleó sólo en Francia sino también en otros países como Suecia o Alemania.

Pero todo esto no son más que anécdotas sin demasiado recorrido. Tiene mucho más interés la segunda de las creencias falsas a las que me refería antes porque supone una simplificación brutal de uno de los acontecimientos que más han contribuido a conformar el mundo en el que vivimos. Ay, me temo que voy a tener que resumir más de medio siglo de Historia en unos párrafos y no va a ser fácil.

Para empezar, la Revolución Francesa no fue antimonárquica en sí. En una primera fase se forma una Asamblea Constituyente, pero el Rey sigue a la cabeza del Estado. No es hasta 1792, tres años después de la toma de La Bastilla, cuando Luis XVI es depuesto en medio de la exaltación provocada por la guerra contra Austria y Prusia. Su ejecución tuvo lugar en enero de 1793, pero Francia aún conocería gobiernos monárquicos. El primero de ellos, bajo el signo de la propia Revolución, se inició en 1799 con el golpe de Estado que dio el poder a Napoléon Bonaparte. En principio Napoleón sólo asumió el título de cónsul, pero su régimen no se diferenciaba demasiado de una monarquía, como lo demuestra que el consulado se convirtiera en vitalicio y hereditario y finalmente, en diciembre de 1804, en un Imperio con su correspondiente coronación en presencia del Papa Pío VII.

Suele considerarse que las guerras napoleónicas expandieron por toda Europa los ideales de la Revolución. Ciertamente nada volvió a ser lo mismo, pero la Revolución hasta ese momento no puede considerarse como el fin de la monarquía sino como un cambio de dinastía. Que Napoleón no le hacía ascos a las coronas lo demuestra no sólo su propia entronización, sino también la de su hermano José, que fue primero rey en Nápoles y después en España, la de otro de sus hermanos, Luis, nombrado rey de Holanda, o la de su general y cuñado Murat, que sucedió a José en la corona de Nápoles. Otros tics monárquicos de Napoleón son la creación de una nueva nobleza, con la que ganarse fidelidades, el control de la prensa hasta llegar a la reinstauración de la censura en 1810 o la concentración en la práctica de los tres poderes.

Y así llegamos a la gran olvidada de esta época: la Restauración. La guillotina acabó con la vida de Luis XVI, pero no con la dinastía borbónica. Tras la definitiva derrota de Napoleón, el trono de Francia es ocupado por Luis XVIII, hermano del depuesto rey (como se ve los Borbones franceses no eran muy imaginativos poniendo nombres a sus hijos. El que ambos hermanos se llamaran Luis se explica porque uno era Luis Augusto y el otro Luis Estanislao). No se produce una vuelta completa al Antiguo Régimen, puesto que existe un texto constitucional, pero limitado. Se trata de una Carta Otorgada, lo que supone que es concedida graciosamente por el rey, que consagra ciertos derechos, como el de propiedad, y determinadas libertades, como la religiosa, pero que reserva grandes poderes al monarca. Luis XVIII era demasiado indolente, o estaba demasiado resignado, como para preocuparse en exceso del ejercicio de su propio poder, pero tras el ascenso al trono de su hermano Carlos X en 1824 se impone el punto de vista de los ultramonárquicos, cuyo nombre lo dice todo.

Carlos X fue incapaz de comprender que los tiempos habían cambiado. Su deriva autoritaria consiguió enfrentarle a las Cámaras y, cuando finalmente se decidió por disolverlas y gobernar por decreto el tiro le salió por la culata a una velocidad pasmosa: el 25 de julio de 1830 el rey intenta el autogolpe firmando las ordenanzas que suspenden la libertad de prensa, disuelven la Cámara de Diputados y establecen un nuevo régimen electoral que reduce el censo a los grandes propietarios. Al día siguiente, el 26, se publican las ordenanzas y comienza la agitación. En apenas 72 horas, los días 27, 28 y 29, París se subleva y la bandera tricolor vuelve a ondear en desafío a la enseña blanca de los Borbones. Es la revolución que Delacroix inmortalizó en su célebre cuadro La libertad guiando al pueblo.

delacroixCarlos X cae, pero no así la monarquía. El trono recala en un primo del depuesto rey, Luis Felipe de Orleans, que no contó con demasiados apoyos durante su reinado: la aristocracia desconfiaba de aquel «rey de las barricadas», el clero estaba resentido por las limitaciones a su papel en la educación y el ejército estaba desmoralizado por la falta de reconocimiento a sus sacrificios durante la intervención colonial en Argelia. Por otro lado  la Revolución Industrial estaba en pleno desarrollo provocando la proletarización de la masa de trabajadores y la aparición de los primeros pensadores socialistas (los premarxistas). Cuando el 22 de Febrero de 1848 se negó el permiso a la celebración de un banquete promovido por republicanos, comenzaron las algaradas. Los acontecimientos se precipitan a tal velocidad que en apenas dos días los insurgentes son dueños de París y Luis Felipe abdica. La Segunda República iniciaba sus días.

Un cambio de régimen suele ser tormentoso puesto que se enfrentan quienes desean la subversión total del orden anterior y quienes intentan no ir demasiado lejos. Las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril del 48 dieron a los republicanos moderados la mayoría, dejando en un segundo plano a los monárquicos y muy por detrás a la izquierda, pero la evolución a posiciones conservadoras llevó a enfrentamientos muy violentos que terminan por cristalizar en una violenta reacción autoritaria. En las elecciones de diciembre el presidente es derrotado por Luis Napoleón, sobrino del difunto emperador, cuyo gobierno debía terminar tras un periodo de cuatro años sin derecho a reelección.

En ese periodo se eligió una Asamblea de claro corte monárquico, que logró suprimir en mayo de 1850 el sufragio universal masculino. Por poco tiempo, puesto que Luis Napoleón dio un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851, disolvió la asamblea y restableció el sufragio universal masculino: con un solo movimiento resolvía el problema de la Asamblea hostil y el de la reelección. Exactamente un año después, y tras un plebiscito resuelto favorablemente, se proclamaba el Segundo Imperio en el que Luis Napoleón tomaba el nombre de Napoleón III. Si la Primera República, surgida de la revolución de 1789, había cristalizado en un imperio, la Segunda, surgida de la revolución de 1848, seguía su mismo camino.

¿De dónde surge entonces la tradición republicana francesa? La definitiva consolidación de una república en el país vecino no fue obra de una revolución ni de la guillotina, sino consecuencia de la derrota francesa en la guerra francoprusiana de 1870. Fue entonces cuando se instauró la Tercera República, que duraría hasta la Segunda Guerra Mundial. La monarquía ya no volvería a Francia: después de la guerra comenzó la Cuarta República, similar políticamente a la Tercera, y en 1958 se aprobó la Constitución de la actual Quinta República.

Como hemos visto, ni la revolución de 1789, ni la de 1830, ni la de 1848 trajeron consigo una república duradera. La guillotina, por su parte, tampoco resultó ser particularmente incómoda para los monarcas, puesto que si bien es cierto que ejecutó a uno, convivió posteriormente en armonía con otros cinco. Después de todo, la reputación antimonárquica de la guillotina no es demasiado merecida, como tampoco lo es su fama revolucionaria: en Alemania se implantó como método único de decapitación en todo el territorio (antes se empleaba también el hacha) en 1938 por decreto de Adolf Hitler. El halo mítico del utensilio de decapitar como una especie de instrumento purificador resulta ser, cuando se mira de cerca, sólo una leyenda para embellecer una vulgar máquina de matar.

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Depardieu y los decuriones

13 domingo Ene 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Depardieu, Diocleciano, Fiscalidad, Historia, Roma

Ha sido noticia la espantá de Gerard Depardieu, que huyendo de unos impuestos muy elevados en Francia ha recalado en Rusia. Ya en cierta ocasión me ocupé en este blog de comentar cómo las subidas de impuestos son una de las causas típicas que llevan a la desafección de un pueblo hacia sus gobernantes, desafección que puede desembocar en el enfrentamiento directo: revolución, para decirlo más claramente. En aquel artículo comentaba cómo la Revolución Americana, que culmina con la independencia de los Estados Unidos, la inicia la clase acomodada como reacción a nuevos impuestos y cómo la Revolución Francesa surge de la negativa de los notables a compartir la carga fiscal.

Hoy hablaremos de otro caso similar. Es fácil encontrarlos porque la Historia está plagada de ejemplos en los que el aumento de la presión fiscal desencadena consecuencias indeseadas por el gobernante. En esta ocasión nos trasladaremos al Bajo Imperio Romano, en concreto a las ciudades de provincias. Poblaciones como Tarraco, Hispalis o Emerita Augusta, por poner ejemplos cercanos a nosotros, que al igual que Roma tenían su propio senado, sólo que éste era conocido con el nombre de Curia. Sus miembros, la oligarquía municipal, eran los decuriones. Para formar parte de un grupo tan selecto había que poseer una renta mínima que varía según las fuentes que se consulten. Yo he encontrado dos referencias y en una de ellas se menciona un mínimo de 20.000 sextercios mientras que en la otra la cantidad sube hasta los 100.000. Probablemente la renta necesaria fuera distinta en cada ciudad y eso explique la diferencia. Lo que es seguro es que para ser parte de ese grupo selecto había que contarse entre la clase acomodada, pero es importante recalcar que la renta necesaria no implicaba ser rico. Las cantidades necesarias para ingresar en la Curia estaban muy por debajo de las rentas de los grandes terratenientes.

Ser decurión era una responsabilidad bastante seria puesto que significaba sufragar espectáculos públicos, subvencionar la distribución de grano, colaborar en el mantenimiento de infraestructuras, etc. A cambio se obtenían algunos beneficios como por ejemplo estar en las primeras filas en el teatro o el anfiteatro (lo que por otro lado es natural, ya que a fin de cuentas los decuriones pagaban el espectáculo) o contarse entre los honestiores, algo así como hombres de honor, que parece poca cosa, pero suponía que en caso de procedimiento judicial el tribunal no podía recurrir a la tortura contra ellos. Además, el ofrecer pan y circo es siempre un medio para ganar prestigio, y por tanto poder, y en cuanto a las infraestructuras es de suponer que al decurión le gustaba tanto inaugurar un acueducto o una carretera como a los políticos actuales. La diferencia es que el decurión lo había pagado de su bolsillo.

Las fuentes de ingresos del decurión de a pie eran el comercio y la explotación de talleres artesanales. Es de suponer que el prestigio personal que suponía pertenecer a la Curia les ayudaba bastante en sus negocios. Vanidad e ingresos eran dos buenas razones para que el cargo fuese codiciado a pesar de los gastos que suponía. Al menos hasta la crisis del siglo III. Por aquel entonces ya hacía tiempo que las cargas económicas habían aumentado tanto que cada vez era más difícil encontrar miembros para la Curia, pero aquella crisis, que supuso la transformación del Imperio, hizo que las comunicaciones fueran menos seguras, con lo que el comercio perdió impulso. Además los talleres situados en los latifundios hacían una competencia muy dura a los artesanos urbanos y como consecuencia muchos decuriones se arruinaron. Pero seguía haciendo falta dinero para mantener el Estado, y cada vez más, puesto que los gastos militares aumentaban.

Diocleciano, viejo conocido de este blog, creó nuevos impuestos y una interesante novedad: los decuriones debían encargarse del cobro de los impuestos y se responsabilizaban de su pago con su propia fortuna. En otras palabras: la Curia tenía que pagar los impuestos de la ciudad tanto si lograba recaudarlos como si no. Era la puntilla y todo el que pudo escapó de la obligación, aunque eso suponía una mayor presión sobre los que no eran tan afortunados. No es de extrañar que las ciudades entraran en decadencia puesto que a otros problemas ahora se añadía la huida al campo de aquellos ciudadanos destacados que lograban escapar. Lo que antaño era un puesto de privilegio ahora era una carga insoportable que había que evitar. Un gobierno actual con pocos escrúpulos probablemente habría militarizado a los decuriones, y eso es, casi casi, lo que terminó ocurriendo. No se les militarizó… pero sólo porque eso habría supuesto su salida del orden decurional. Al contrario: se les prohibió alistarse en el ejército, iniciar una carrera burocrática, ingresar en el clero o adquirir el rango ecuestre o senatorial. Todo ello para que no tuvieran más remedio que seguir atrapados en su posición social. Más aún: el cargo se hizo hereditario.

Cuando se estudia la decadencia y caída del Imperio Romano de Occidente a menudo se recalca que la élite ciudadana ya no tenía ningún incentivo para mantener la ciudadanía romana. Si las clases acomodadas sentían que el Estado ya no era para ellos un paraguas protector sino una pesada carga, ¿qué pensarían las clases bajas y los marginados que no le debían nada al Estado? Un observador agudo habría podido ver las primeras señales de esa decadencia a principios del siglo III, cuando los decuriones comenzaron a sentir que su posición social ya no les beneficiaba. Ahora observamos cómo quienes ocupan una posición acomodada sin estar entre las grandes fortunas (actores, deportistas, cantantes…) buscan eludir unas cargas fiscales cada vez mayores de la misma manera en que los decuriones romanos buscaban abandonar la ciudad para escapar a los impuestos. Y, como a ellos, no les importan demasiado los reproches de quienes no pueden evadir esa responsabilidad y les acusan de no ser solidarios con quienes sí tienen que hacer frente al pago de unos impuestos cada vez más onerosos.

Por algo dijo Benjamin Franklin que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Definitivamente tenía razón y su observación sigue siendo cierta, aquí y en Roma.

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El volantazo que causó 16 millones de muertes

12 lunes Nov 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Francisco Fernando, Francisco José, Guerras de los Balcanes, Historia, Mano Negro, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Princip, Sarajevo, Siglo XX

Hoy estamos de aniversario. El 12 de noviembre de 2011, hace exactamente un año, se estrenaba este blog con una entrada titulada Ayer fue 11 de noviembre en la que la fecha del final de la Primera Guerra Mundial nos daba el tema del artículo. Parece adecuado que la entrada de hoy trate de cómo se inició aquella contienda. Para los habituales del blog que quieran además leer un balance de este primer año he escrito una página aparte que podéis leer haciendo click aquí.

A veces el destino es caprichoso y un hecho trivial tiene consecuencias desmesuradas. El que un conductor haga un giro equivocado y enfile una calle errónea no parece suficiente motivo para provocar la muerte de unos 8 millones de combatientes y de otros tantos civiles y dejar unos 7 millones de mutilados. Y sin embargo el origen de la Primera Guerra Mundial está precisamente en un giro erróneo.

Naturalmente estoy distorsionando los hechos, pero no tanto como se pueda pensar. En 1914 las potencias europeas vivían un ambiente prebélico que hacía prever una guerra a gran escala. Sólo faltaba un casus belli, una chispa que provocara el incendio que arrasaría todo el continente. Esa chispa prendió como consecuencia del error de un conductor en Sarajevo el 28 de junio de 1914, pero las auténticas causas son más profundas: el reparto entre los imperios europeos de territorios coloniales, fuente de materias primas y mercado de manufacturas, había causado muchos roces. Alemania, por ejemplo, había llegado tarde a la era colonial, pero no por ello se mostraba menos activa en la búsqueda de concesiones comerciales, con frecuentes encontronazos con otras potencias industriales como Gran Bretaña. A esto hay que sumar el auge nacionalista de la época, impulsor de la idea imperialista, pero también sustento de las aspiraciones de minorías que encontraban además el apoyo de terceras potencias que buscaban debilitar a sus rivales. Un ejemplo de este caso es la minoría servia en Austria-Hungría (en este artículo escribiré Servia con v, a la manera en que se escribía en castellano en la época que nos ocupa. No se empezó a escribir Serbia con b hasta la guerra de los Balcanes de los años 90 por influencia del inglés). La política de alianzas seguida por las grandes potencias creaba además la posibilidad de que un conflicto local pasara a generalizarse por todo el continente.

Los conflictos diplomáticos en los que la guerra estuvo cerca fueron numerosos. En un par de ocasiones, en 1905 y 1911, Alemania y Francia hicieron subir la tensión a cuenta de la presencia en Marruecos, pero fue en los Balcanes en donde finalmente estallaría aquella olla a presión. Era el escenario ideal porque el Imperio Turco se desmoronaba, dando lugar a la aparición de nuevos estados, y creando una situación de fronteras cambiantes en la que eran muchos los aspirantes a sacar tajada. Así, en 1908 Austria-Hungría se anexionó definitivamente Bosnia-Herzegovina, que ya administraba desde 1878 aunque formalmente seguía perteneciendo al Imperio Otomano. Esto provocó una crisis en la que el gobierno austrohúngaro contaba con que la debilidad de Rusia, tras su derrota ante Japón en 1905, no le permitiría intervenir militarmente en una zona objeto de sus intereses mientras que Servia, alarmada por la expansión imperial de su vecino, no tenía capacidad de oposición.

El siguiente susto tendría lugar en 1912 cuando Bulgaria, Servia, Montenegro y Grecia fueron a la guerra con Turquía y, tras la derrota otomana, se repartieron los territorios europeos de su rival, pero en 1913 los vencedores se enzarzarían en nueva guerra. Esta vez Bulgaria, la gran triunfadora del conflicto anterior, se vio enfrentada a Rumanía, Servia, Grecia y Turquía. El resultado de las dos guerras balcánicas se ve claramente en el mapa, que como de costumbre he tomado prestado de Wikipedia: Turquía deja de ser una potencia europea y su territorio se lo reparten entre los jóvenes estados balcánicos.

Las guerras balcánicas cerraron el conflicto de la región en falso porque Austria-Hungría difícilmente podía aceptar la expansión servia, que alentaba el separatismo en regiones como Bosnia, mientras que Rusia no podía dejar de apoyar a los nuevos estados balcánicos, sus aliados naturales en la región. Este conflicto de intereses entre los dos imperios abría la posibilidad, cada vez más real, de una guerra entre grandes potencias europeas y en consecuencia se prepararon planes bélicos y se aceleró una carrera de armamentos que, para ser aceptada por la opinión pública, llevó a incidir en el peligro de que se desatara un conflicto, lo que hacía que este riesgo fuera cada vez más aceptado como una posibilidad cierta. Y así es como llegamos al fatídico 28 de junio de 1914.

Aquel día el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José, estaba de visita en Sarajevo, capital de la recientemente incorporada al imperio Bosnia-Herzegovina. El imperio vivía un delicado equilibrio y las minorías de los Balcanes eran fuente de preocupación, aunque precisamente el archiduque era partidario de darles mayor representación, en oposición al punto de vista más conservador de su tío, el monarca. Esto no le libraba de ser el blanco de los odios de la minoría servia, puesto que una mejor integración de esta minoría en el imperio significaría una estabilidad que haría más difícil la creación de la Gran Servia, objetivo al que apuntaba el nacionalismo servio y, dentro de él, una organización secreta conocida como La Mano Negra.

La visita del heredero a Sarajevo comenzó cuando la comitiva de seis coches, en el tercero de los cuales iba el archiduque (algunas fuentes dicen que iba en el segundo, pero eso no hace al caso), dejó la estación de tren de la ciudad a las 10 de la mañana y se dirigió al ayuntamiento. Siete asesinos esperaban su oportunidad en distintos puntos del recorrido. Todos ellos formaban parte de una facción de La Mano Negra dirigida por el coronel Dragutin Dimitrijević, más conocido como Apis, jefe del servicio de inteligencia militar servio.

En su recorrido por las calles de Sarajevo la comitiva pasó junto a dos de los asesinos, que no tuvieron ocasión de actuar. Un tercero sí consiguió arrojar una bomba, pero ésta rebotó en el coche del archiduque y estalló tras él, provocando una veintena de heridos pero dejando ileso a su objetivo. El asesino frustrado intentó suicidarse tragando una cápsula de cianuro, pero el veneno era antiguo y estaba en mal estado, por lo que sólo le provocó vómitos. Mientras tanto el coche del archiduque se alejaba a toda velocidad del escenario del atentado. El heredero del trono parecía haber escapado indemne de sus enemigos.

El archiduque Francisco Fernando llegó muy alterado al ayuntamiento. Allí se encaró con el alcalde de la ciudad: «Vengo de visita y me reciben con una bomba, ¡es indignante!», pero pronto logró calmarse, escuchó los discursos de bienvenida, y respondió a ellos diplomáticamente. Entretanto los asesinos aguardaban sin saber qué hacer y uno de ellos, Gavrilo Princip, hambriento, cruzaba la calle para entrar en una tienda y comprar algo que llevarse a la boca. Tras la recepción, el archiduque expresó su deseo de visitar a los heridos en el atentado, alterando así el plan original de la visita.

A las 10:45 la comitiva se ponía de nuevo en marcha. Tras el coche del alcalde marchaba el del archiduque en el que además iban su esposa y el gobernador Potiorek. Éste había decidido tomar la ruta más directa al hospital, evitando el centro de Sarajevo, pero la precipitación hizo que los conductores no estuvieran sobre aviso del cambio de itinerario. Gavrilo Princip acababa de salir de la tienda con su sandwich cuando se encontró de nuevo con el cortejo de automóviles; el coche del alcalde, en contra de lo previsto por Potiorek, hizo un giro para salir de la avenida junto al río y enfilar el centro de la ciudad, y lo mismo hizo el vehículo del archiduque. Al darse cuenta de que no se seguía la ruta directa que él había previsto, el gobernador Potiorek alertó al conductor: «¡No es por aquí, teníamos que seguir recto por Appel Quay!». El chófer clavó los frenos y se dispuso a retroceder. A apenas dos metros de donde el coche se había detenido estaba Gavrilo Princip.

Princip hizo dos disparos: uno de ellos acertó al archiduque en la yugular y el otro alcanzó a su esposa Sofía en el abdomen. El coche salió disparado de nuevo mientras Princip intentaba suicidarse sin éxito (el cianuro en mal estado sólo le hizo vomitar, como ocurrió con su compañero). En el automóvil, entretanto, la gravedad de la situación se hacía patente cuando al archiduque le salió una bocanada de sangre por la boca. Su mujer se desmayaba unos segundos después y él, dándose cuenta de que ella también estaba herida, sólo acertó a decir «Sofía, no te mueras, tienes que vivir por nuestros hijos». A continuación él también perdía el sentido y minutos después ambos habían muerto.

Aunque el gobierno servio no estaba directamente detrás del atentado sí es cierto que tenía noticias de la trama y apenas hizo nada por impedirla. Austria-Hungría, con el respaldo alemán, vio la ocasión de frenar la expansión servia y resolver la cuestión de los Balcanes por la vía militar, en lugar de intentar una solución diplomática que habría sido pasajera. Pero Rusia, que contaba con el apoyo francés, no podía mantener una actitud pasiva so pena de perder toda influencia en la región. Cuando Austria-Hungría emitió un ultimátum inaceptable para Servia los acontecimientos se precipitaron: el conflicto austro-servio pasó a ser austro-ruso, por lo que Alemania a su vez envió un ultimátum a Rusia, y pronto se vio en guerra con rusos y franceses. El plan alemán de ataque a Francia implicaba ocupar Bélgica, violando su neutralidad, lo que llevó a Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania. El 4 de Agosto toda Europa estaba en guerra.

Como hemos visto las causas de la contienda son complejas y aunque no fue el giro equivocado del coche del archiduque el motivo de las hostilidades, es imposible no preguntarse qué habría ocurrido si los asesinos de Sarajevo hubiesen fracasado, si el conductor hubiese seguido recto y a buen ritmo en su camino al hospital. Probablemente se habría llegado de todas maneras a una guerra que el sistema de alianzas convertía inevitablemente en generalizada, pero también puede que los enfrentamientos entre potencias se hubiesen resuelto mediante conflictos de menor intensidad, como ocurrió durante la Guerra Fría. Quizás no habría habido una Primera Guerra Mundial y por tanto tampoco una Segunda.

Hay una conclusión que sí está clara: las condiciones para que toda Europa se viera envuelta en una guerra, como hemos visto, estaban presentes y una vez que las condiciones para un hecho se han creado sólo hay que esperar al detonante; de la misma forma que un escape de gas, al mezclarse con el oxígeno del aire, crea las condiciones para que haya una explosión, pero ésta no aparece hasta que hay una chispa. En la actualidad Europa parece encontrarse en otro momento inestable, con una situación económica complicada, desconfianza entre los países de la Unión Europea, tensión social, etc, por lo que situaciones antes impensables, como por ejemplo la desaparición del euro o la salida de un país de la Unión, se plantean como posibilidades ciertas. La posibilidad de que la tensión llegue al extremo de provocar una guerra civil en algún país europeo parece de momento más lejana, pero también lo parecía en Yugoslavia en 1990 o en Libia hace apenas dos años. ¿Qué pasará si salta una chispa?

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