La maldición de Ypres

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Ya está aquí el 12 de noviembre y eso quiere decir que este blog está de cumpleaños. Hace hoy dos años que publiqué el primer artículo, que trataba sobre el final de la Primera Guerra Mundial. Un año más tarde, aprovechando el primer aniversario, escribí una entrada sobre el principio de dicha contienda, y así inauguré una tradición de forma inconsciente, puesto que no he tenido que pensar mucho para decidir el tema del artículo de hoy: estaría centrado en la Primera Guerra Mundial. Además no deja de ser un tema de actualidad ya que su aspecto más siniestro vuelve a aparecer en la cuestión del uso de armas químicas en Siria.

A la Primera Guerra Mundial no le faltaron novedades espeluznantes: fue la demostración a gran escala de hacia dónde se dirigía la guerra en la era industrial y así aparecieron armas novedosas tan representativas del mundo desarrollado como el carro de combate o el avión. En un mundo así la industria química no podía quedarse atrás y sus productos aparecieron pronto en la contienda. El 22 de abril de 1915 se empleaba por primera vez un gas asfixiante en el campo de batalla: cerca de Ypres los alemanes, con el viento a favor, abrieron las espitas de miles de barriles de cloro provocando una nube de color amarillo verdoso que provocó el pánico entre las tropas enemigas en cuanto los primeros soldados alcanzados empezaron a sentir que les ardía la garganta.

La paradoja es que el ataque alemán no sacó ventaja del devastador efecto de su arma sorpresa porque no habían previsto reservas suficientes para aprovechar el hueco que dejaron las tropas francesas al huir en masa ante un enemigo para el que no tenían defensa. Por otro lado, tampoco los soldados alemanes estaban demasiado entusiasmados ante la idea de avanzar hacia la nube venenosa que ellos mismos habían creado, de manera que el efecto más decisivo del empleo de cloro aquel día fue abrir la caja de Pandora: a partir de aquel momento todos los combatientes usarían armas químicas.

La forma de empleo, sin embargo, variaría sustancialmente. El uso de bidones de gas en primera línea era peligroso puesto que podían ser alcanzados por un proyectil enemigo y causar estragos en las propias filas. Además, el viento podía arrastrar el gas a lugares indeseados, de manera que se fue haciendo habitual emplearlo en proyectiles de artillería que podían dispararse directamente sobre el enemigo desde zonas seguras detrás de las propias líneas. Por su parte, el arsenal se fue completando gradualmente y al cloro se unió más tarde el fosgeno, que es también un compuesto de cloro (pese a lo que su nombre parece indicar, no contiene fósforo) que presenta la ventaja de ser incoloro y por tanto más difícil de detectar. Su olor a heno recién cortado lo hacía incluso agradable hasta que, pasadas unas cuantas horas, desvelaba su carácter letal. Precisamente la mayor parte de las muertes por gases venenosos durante la guerra se produjo por los efectos del fosgeno.

Si el fosgeno fue el más mortífero, el gas mostaza fue el más terrible, puesto que no era necesario inhalarlo para sufrir sus efectos: el gas ataca cualquier zona expuesta: conductos respiratorios, ojos, o simplemente la piel, provocando enormes ampollas. Un uniforme que hubiese absorbido gas mostaza podía causar lesiones muy graves y para colmo el gas era relativamente pesado, por lo que persistía pegado al terreno. Al principio se le conoció como iperita (del francés ypérite) porque se empleó por primera vez cerca de Ypres en julio de 1917. Otra vez Ypres, el carácter estático de la guerra en el frente occidental tenía estas cosas.

Cloro, fosgeno y gas mostaza fueron las armas químicas más empleadas durante la Primera Guerra Mundial, aunque no las únicas. Los estragos que causaban en sus víctimas provocaron el horror de quienes fueron testigos de sus efectos. Un buen ejemplo es el cuadro de los gaseados, del americano John Singer Sargent, que refleja la evacuación de afectados por el gas mostaza, y que se conserva en el Imperial War Museum de Londres.

GassedNo es de extrañar que desde su primer uso este tipo de armas adquiriera una reputación de sucias, infames y poco honorables. Esa pésima imagen las sigue acompañando hoy en día y pocas cosas suscitan tal rechazo como la noticia de que se han usado gases asfixiantes en un conflicto. Y ahí tenemos el ejemplo de Siria o de Irak en donde la presencia de armas químicas se ha esgrimido como casus belli.

Afortunadamente el uso de este tipo de armas ha sido raro después de la Primera Guerra Mundial. Ni siquiera en la Segunda se emplearon armas químicas en el campo de batalla aunque su recuerdo estaba presente y se distribuyeron máscaras antigás a los soldados y a la población civil de las ciudades en peligro de bombardeo, aunque su uso no fue necesario nunca en combate. Los soldados, sin embargo, encontraron alguna utilidad insospechada a las máscaras, como los dos británicos de la imagen, que las emplean para protegerse de las emanaciones de unas cebollas mientras trabajan en su servicio de cocina.

CebollasSe podría pensar que fueron los escrúpulos los que llevaron a abstenerse del empleo de gases en los campos de batalla, pero sería un error. La realidad es que si no se utilizaron fue por el temor a las represalias del enemigo. Por eso sería inexacto decir que no se han vuelto a utilizar. España, por ejemplo, las empleó en la guerra del Rif, aunque por aquel entonces aún no se había firmado el tratado de Ginebra para la prohibición de armas químicas y biológicas. Pero este tratado no impidió que la Italia de Mussolini empleara gases en Abisinia. El que se emplearan en guerras coloniales no es de extrañar puesto que el enemigo no tenía posibilidad de contraatacar por el mismo medio y por tanto no había disuasión posible.

Puede que sea eso lo más deprimente de esta cuestión. Los tratados, el horror por sus efectos, el rechazo generalizado… todo eso sirve para justificar sanciones o intervenciones militares, pero a la hora de decidir si se usan o no armas químicas, el argumento definitivo es el de si el adversario puede responder por el mismo medio. Si no se han empleado más a menudo no es por escrúpulos sino por temor y casi 100 años después de que se emplearan por primera vez han vuelto a ser portada, esta vez en Siria. En la actualidad, al menos, su empleo provoca una condena unánime y no la generalización de su uso, como ocurrió en 1915. Aunque poco, algo hemos avanzado.

Derechos humanos vs derecho de conquista

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Todos los años, el 12 de octubre, ocurre lo mismo. Se podría pensar que un día festivo que conmemora un hecho histórico sirve ante todo para que tal hecho sea conocido en todos sus detalles. Sin embargo no es así y, como está en auge la tendencia a pintar con los tintes más sombríos cualquier hecho de nuestro pasado, no faltan las voces que se escandalizan por la conmemoración de lo que llaman un genocidio. Como suena. Debe de ser para compensar por aquella época en la que la empresa española en América era vista como una hazaña heroica en la que no se admitían matices sombríos. Leyenda rosa antaño, leyenda negra hoy.

Sin embargo, la relación de los españoles con los indígenas americanos fue muy compleja y no debería  ser objeto de simplificaciones tan poco atinadas. Para estudiar un tema como éste, normalmente hay que esforzarse en intentar comprender la mentalidad de las personas que vivieron en otra época, con otros valores morales y otras costumbres; pero en este caso encontramos que el descubrimiento y posterior conquista de América ya produjo un debate con argumentos muy actuales en la sociedad del siglo XVI.

Pero dejemos los preámbulos y viajemos en el tiempo hasta los últimos años del siglo XV y los primeros del XVI. Cristóbal Colón no era un aventurero en busca de gloria ni viajaba por el placer de hacer turismo. Era un marino profesional y estaba buscando el negocio de su vida, como lo demuestran las exorbitantes condiciones que impuso para dirigir la expedición: nada menos que recibir con carácter vitalicio y hereditario los títulos de Almirante de la Mar Océana, Gobernador y Virrey de las tierras descubiertas, además de un 10% de los beneficios que obtuviera la Corona y la octava parte de los rendimientos del comercio. Todo un caudal de dinero, poder y posición social. Lo más increíble de todo es que los Reyes Católicos aceptaron tales demandas en las capitulaciones de Santa Fe, lo que hace pensar que o bien no creían realmente en la empresa o no tenían la menor intención de cumplir lo pactado.

Pero las tierras a las que llegó Colón no eran tan ricas como éste había creído. Tras una fase inicial, la organización definitiva de la colonización en La Española fue obra de fray Nicolás de Ovando quien, a la vista de que el oro era escaso, decidió iniciar la explotación de ganadería y el cultivo de caña de azúcar; pero para esto hacía falta mano de obra. Aquí empiezan los problemas, puesto que quienes se embarcaban para cruzar el océano no lo hacían con ánimo de trabajar como labradores sino de hacerse ricos. Su ideal era convertirse en señores de un latifundio cultivado por mano de obra servil, al estilo de los grandes señores asentados en Andalucía. Para ellos la solución era sencilla: bastaba con utilizar a los indios como mano de obra forzosa siguiendo el modelo de la encomienda de musulmanes en España. Al fin y al cabo los indios estaban sometidos por derecho de conquista… ¿o no era así?

Al principio nadie puso trabas. En 1495 Colón llevó a unos indios taínos a España como esclavos sin que nadie pusiera  reparos. ¿Por qué habrían de hacerlo? Era costumbre esclavizar al enemigo de otra religión y cristianos y musulmanes estaban acostumbrados a capturar a sus enemigos de religión y emplearlos como mano de obra esclava. Sin embargo, algunos teólogos argumentaron que los indios no eran infieles, como los musulmanes, sino meramente paganos que nunca habían tenido la oportunidad de conocer una fe cristiana que jamás habían rechazado. El asunto quedó aparentemente zanjado cuando la reina Isabel declaró a los indios como libres y no sujetos a servidumbre. Eran súbditos suyos a los que alcanzaba la protección de la Corona y por lo tanto no podían ser esclavizados.

Paralelamente se plantea la cuestión de las relaciones personales. Puede sorprender el hecho de que no sólo se toleraban las uniones mixtas, sino que en 1503 incluso se recomendaban los matrimonios entre los colonos españoles y las hijas de príncipes y caciques indios con el fin de mejorar las relaciones con los indígenas. En consecuencia los primeros mestizos no sufrieron de problemas de adaptación e incluso llegaron con facilidad a tener una buena posición social. Con posterioridad, sin embargo, los prejuicios raciales, reflejo de la obsesión peninsular por la limpieza de sangre, acabaron por imponerse, malogrando el esfuerzo de asimilación.

Pero, mientras en la Península tenían lugar estas discusiones sobre el status indígena, los acontecimientos seguían su curso, sin que fuera sencillo encauzarlos, al otro lado del Atlántico. Allí se había comenzado a usar el modelo de la encomienda, que suponía que, a cambio de su trabajo, los indios recibirían cuidado, manutención e instrucción religiosa. Feudalismo en estado puro, ante el que la protección de la reina Isabel, separada de la realidad de las Indias por un Océano, era poco más que papel mojado. Los encomenderos no cumplían con su parte de este peculiar “contrato social” y fueron muchos los religiosos que protestaron en nombre de los indios.

El debate por lo tanto no estaba cerrado ni mucho menos, y fruto de él fueron las Leyes de Burgos de 1512, que declaraban la libertad y racionalidad de los indios y que buscaban un buen trato hacia ellos. La Corona no sólo tenía motivos humanitarios para proteger a los indios (sería ingenuo creer tal cosa) sino que intentaba también poner trabas al surgimiento de una nobleza terrateniente que podía llegar a formar una casta muy poderosa y difícil de controlar. Por las Leyes de Burgos se crearon dos puestos de visitadores para denunciar y enjuiciar los abusos, y más tarde se crearía el cargo de protector de indios. Sin embargo no se suprimía la institución de la encomienda porque eso habría puesto a los colonos en pie de guerra. La consecuencia fue que el amparo que teóricamente proporcionaban las leyes quedaba anulado en la práctica.

En México, Hernán Cortés intentaría un sistema de encomienda parecido, en el que los indios debían poner trabajo, oro y mercancías a cambio de protección y buen gobierno, con la novedad de que los indios trabajarían bajo la dirección de sus propios caciques. Pero el sistema tampoco funcionó porque los encomenderos, que aspiraban a convertirse precisamente en el tipo de nobleza que tanto preocupaba a la Corona, no aceptaban el no tener la propiedad de los indios ni derecho de jurisdicción sobre ellos.

El contacto con culturas más evolucionadas, organizadas en sociedades de fuerte base religiosa hacía más necesaria que nunca la labor de los misioneros, lo que agudiza la disputa entre los religiosos, que pretenden atraer al indio y lograr su conversión, y los encomenderos, que buscan simplemente la explotación de la mano de obra. Quizás la frase que mejor resume el conflicto es la airada contestación de Pizarro a un sacerdote que protestaba por el expolio de los indios a los que quería transmitir la fe: “Yo no he venido por tales razones. He venido a quitarles su oro”.

El debate se encona y surgen en él figuras como las de Bartolomé de Las Casas, Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y otros, que se posicionan en contra de la conquista violenta. Pero también los encomenderos encontraron defensores elocuentes, como Juan Ginés de Sepúlveda, que pretendía un control paternalista de los indios. De las discusiones entre ambos puntos de vista surgieron las Leyes Nuevas de 1542, cuya aplicación llevó a una verdadera guerra civil en el Perú entre el virrey Blasco Núñez de Vela, decidido a aplicar la ley, y los encomenderos acaudillados por Gonzalo Pizarro, que no la aceptaban.

La convivencia entre los colonos españoles y los indios parecía por tanto un problema irresoluble. Se empezó a considerar que la mejor forma de evangelizar a los indios y protegerlos de los abusos era reunirlos en poblados alejados de los europeos. Los más extendidos y ricos de estos enclaves fueron las reducciones jesuitas, que se autofinanciaban con explotaciones ganaderas, cultivos de azúcar, talleres textiles y alfareros, etc. Estaban enclavadas en zonas indígenas al amparo de los colonizadores, y se anteponían en ellas los intereses de la comunidad india hasta el extremo de llegar a protegerlas militarmente contra las incursiones de esclavistas y colonos.

Al separar a los dos grupos sociales, colonos e indios, el modelo social resultante era el de una sociedad dual en la que existía, frente a la denominada república de españoles, una república de indios, cuya estructura era castellana, pero con administración india bajo el gobierno de un cacique. Los pueblos de indios pagaban un tributo pero eran autónomos. Había juzgado de indios, corregidor de indios, etc. Las reducciones funcionaron, apoyadas por la Corona, hasta mediados del siglo XVIII.

No hubo por tanto un programa de exterminio destinado a la eliminación de los indígenas impulsado por la Corona,  sino todo lo contrario por lo que no se puede hablar de genocidio, aunque sea cierto que los esfuerzos protectores jamás consiguieron erradicar los abusos y explotación de los indios. Lo más llamativo de todo el proceso es, para mí, lo vivo que estaba en aquel lejano siglo XVI un debate en el que se ponía en duda que la capacidad de dominar un territorio por la fuerza de las armas supusiera  tener el derecho de disponer a capricho de sus habitantes. No está nada mal para una época en la que no existía la expresión “derechos humanos”.

El cielo sobre Berlín

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Hay veces en que hay que tomarse unas vacaciones, no cabe duda. Yo las necesitaba después de unos meses muy ajetreados y por eso he pasado unos días desconectado de todo en una ciudad tan fascinante como es Berlín. Para alguien como yo, interesado por la Historia, esta ciudad está ligada a términos que son mitad historia reciente y mitad recuerdo personal (porque ya voy teniendo una edad): Muro de Berlín, Checkpoint Charlie, Tempelhof…

No es sólo una impresión personal. Observando las tarjetas postales a la venta encontré, junto a las inevitables fotografías de monumentos, otras con un significado puramente histórico, como vistas del Muro o imágenes del famoso cartel que avisaba a los transeúntes de que estaban llegando al límite del sector americano. Entre las postales estaba esta fotografía, que me trajo a la mente un momento clave de la Historia.

C-54

Hay muchas fotografías similares con distintos tipos de avión. En este caso se trata de un C54 (denominación militar del avión de transporte DC4) a punto de aterrizar en el aeródromo de Tempelhof durante el bloqueo de Berlín. Fue uno de los momentos en los que la Guerra Fría, que acababa de comenzar, amenazó con calentarse. En la fotografía están resumidos, por tanto, dos temas muy queridos en este blog: Historia y Aviación. Estaba cantado, desde el momento en el que vi la postal, que tenía que escribir un artículo en cuanto terminara las vacaciones.

La Segunda Guerra Mundial aparece a menudo narrada como si fuera un cuento repleto de momentos muy amargos y con final feliz: los malvados son derrotados por una alianza entre países aparentemente opuestos pero unidos en la causa común de combatir el Mal. Demasiado bonito para ser cierto. En realidad las tensiones entre aliados fueron habituales durante toda la guerra y tan pronto como ésta terminó las contradicciones de aquella alianza salieron a la superficie. Los enfrentamientos tendrían lugar en todo el planeta, pero en un primer momento se centraron en Europa. Y dentro de Europa el punto de fricción principal era el territorio del antiguo enemigo, ahora ocupado por los vencedores.

Una vez que se redefinieron las fronteras, Alemania se vio dividida en cuatro zonas de ocupación administradas por cada una de las potencias vencedoras: Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido y Francia (el porqué se consideró a Francia como uno de los grandes vencedores y no, por ejemplo, a Holanda, Yugoslavia o Grecia, no daría para un artículo sino para una tesis). La capital del país, Berlín, estaba enclavada dentro del territorio ocupado por la URSS y se dividió también en cuatro sectores. Pero en realidad los aliados se estaban repartiendo algo más que el territorio de su antiguo enemigo; en la segunda mitad de la década de los 40 se empezó a librar una callada guerra ideológica en la que por un lado la URSS intentaba construir a su alrededor un anillo defensivo de países ligados ideológicamente a su sistema, mientras las potencias occidentales buscaban reducir la influencia del comunismo en el territorio que controlaban. Se iniciaban así las primeras escaramuzas de la Guerra Fría.

En ese escenario 1948 fue un año crucial. Para entonces estaba claro que allá donde los comunistas lograban hacerse con el poder instauraban un sistema de partido único. Esto había ocurrido en Albania, Rumania, Bulgaria, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia y estaba ocurriendo en Hungría. Las democracias liberales occidentales no podían dejar de alarmarse ante la agresividad soviética, y tampoco aceptar el riesgo de un choque directo. Estos primeros años son los de la contención, término acuñado por el diplomático norteamericano George Kennan para definir una doctrina estratégica que pretendía mantener a los comunistas dentro de sus límites, sin rehuir el enfrentamiento, pero sin buscarlo.

Es en este contexto en el que coinciden en un mismo país, Alemania, las fuerzas ocupantes de tres países occidentales y de la URSS. ¿Qué ocurriría en el país ocupado? Como era de esperar, no había acuerdo sobre la forma que tomaría Alemania en el futuro. Cuando las potencias occidentales decidieron unificar sus respectivas zonas se desataron las fricciones y las fuerzas soviéticas empezaron a dificultar los movimientos terrestres utilizando todo tipo de inspecciones, trabas burocráticas, etc. Corría el mes de abril de 1948 y la situación empeoraría en junio cuando las potencias occidentales introdujeron una nueva moneda en Alemania Occidental, mientras los soviéticos hacían lo propio en su zona y terminaban de cortar las vías de comunicación con Berlín por la superficie.

Aunque resulte extraño, en los acuerdos entre las distintas potencias no había nada previsto sobre el transporte de superficie, por lo que los soviéticos no estaban incumpliendo ningún tratado al bloquear unas comunicaciones que, sin embargo, se habían desarrollado con normalidad durante tres años. Curiosamente sí se habían pactado tres pasillos aéreos para unir Berlín con la zona de Alemania bajo ocupación occidental. La cosa estaba clara: o se admitía que Berlín quedara en manos soviéticas, o se intentaba forzar el paso por la fuerza, arriesgándose a una guerra, o se intentaba ganar tiempo abasteciendo a la ciudad únicamente por aire, burlando así el asedio.

572px-BerlinerBlockadeLuftwegeAlemania ocupada y los pasillos aéreos. Tomado de Wikipedia.

La última opción desafiaba lo imaginable. Estamos hablando de abastecer únicamente por aire a toda una ciudad que por aquel entonces tenía en estado de ruina total un 20% de sus edificios. Había que transportar de todo: desde harina y leche hasta carbón, especialmente esto último (supuso un 27% del total). Se calculaba que sólo en alimentos harían falta más de 1.500 toneladas diarias y la carga total sería de unas 4.500 toneladas al día. En una época en la que un avión como el DC3 podía cargar entre tres y cuatro toneladas el esfuerzo parecía imposible. Más aún si lo comparamos con el fracaso alemán en Stalingrado apenas cinco años antes: cuando intentaron abastecer por aire al sitiado VI ejército calcularon 700 toneladas diarias, que redujeron a 500 como mínimo indispensable, pero la Luftwaffe se veía incapaz de introducir en la ciudad más de 350 toneladas al día, y eso con suerte.

Y sin embargo no quedaba otro remedio que intentarlo. Al principio se pensó que el bloqueo duraría unas pocas semanas, pero la situación se prolongó y obligó a modificar los cálculos, porque no es lo mismo abastecer una ciudad en verano que en invierno, así que con el tiempo hubo que sumar casi mil toneladas más al día. Pronto se concentró el esfuerzo en utilizar aviones más grandes (el C54 de la foto inicial, por ejemplo, podía llevar unas diez toneladas y era más fácil de cargar y descargar que un DC3), pero aun así el esfuerzo era titánico y más aún en una época en la que las ayudas a la navegación no estaban tan desarrolladas como ahora y un mal día de neblina podía arruinar toda la operación. De hecho hubo accidentes, y unas 70 personas perdieron la vida en la operación, que en conjunto era una pesadilla logística, pero que mantuvo a la ciudad abastecida.

La llegada de mercancías que aseguraban que Berlín Oeste no pasaría a poder de la URSS presentó ante los alemanes la cara amable de la ocupación americana, pero la guinda la puso el piloto Gail Halvorsen. En una ocasión, junto al aeropuerto, habló con unos niños alemanes y les prometió llevarles dulces, así que en su siguiente vuelo reunió las golosinas de su ración y las de su tripulación y, por no arriesgarse a herir a alguien al dejarlas caer desde el avión, las tiró atadas a unos paracaídas improvisados con pañuelos. Pronto corrió la voz entre los niños berlineses, que esperaban la llegada de los aviones americanos con la expectación que es de suponer.

Los envíos de dulces continuaron cada vez en mayor cantidad hasta llegar a preocupar al propio Halvorsen, que sabía que su particular operación de abastecimiento era irregular, pero no se sentía capaz de defraudar a quienes le esperaban. Cuando su avión salió fotografiado en un periódico en el que se contaba su peculiar lanzamiento de golosinas, el atribulado piloto se vio convocado ante sus superiores. Sin embargo el mando norteamericano reconoció la excelente publicidad que suponían los lanzamientos de dulces, que a partir de entonces fueron autorizados y se hicieron más frecuentes. Quizás por eso aparecen tantos niños en la fotografía.

El bloqueo de Berlín resultó ser todo un fiasco para la URSS porque no sólo no había logrado hacerse con la ciudad sino que daba a su adversario la oportunidad de lucirse exhibiendo su competencia técnica. Había que rendirse a la evidencia, y en mayo de 1949 se anunció el fin del bloqueo. Durante casi un año Berlín había recibido más de 200.000 vuelos con un total superior a 2.200.000 toneladas de carga. Por su parte, los EEUU habían demostrado, además de una enorme capacidad logística, un gran compromiso con Europa Occidental ante el expansionismo soviético.

Pero lo mejor de todo fue la demostración de que por mucho que creciera la tensión ninguna de las dos partes estaba realmente decidida a llegar a la guerra: los americanos no habían intentado forzar las comunicaciones terrestres y por su parte los soviéticos, aunque hicieron algunas acciones para hostigar a los aviones del puente aéreo, nunca llegaron a abrir fuego contra ellos. Se habían establecido las reglas de un juego cuyas partidas se jugarían por todo el mundo durante los siguientes 40 años y en el que, por primera vez, las dos principales potencias del mundo renunciaron a enzarzarse en una guerra directa para dirimir su supremacía.