Un plan insuficiente, un avión indiscreto y muchos taxis

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El tiempo vuela, definitivamente. Hoy este blog cumple tres años y, como ya es tradición, el artículo del aniversario tratará sobre la Primera Guerra Mundial, de la que además estamos conmemorando el centenario. Había pensado contar algo sobre la célebre tregua de Navidad de 1914, pero estoy seguro de que dentro de poco más de un mes no habrá periódico que no recuerde el hecho, así que no es necesario insistir. En su lugar vamos a hablar de un momento decisivo, no ya en el transcurso de aquella guerra, sino en la historia del siglo XX.

En su día ya expliqué las causas de la Primera Guerra Mundial, pero ahora toca hablar de cómo se habían preparado los contendientes. Europa estaba dividida en dos grandes bloques: por un lado la denominada Triple Alianza, que agrupaba a Alemania con Austria-Hungría y con Italia, aunque la lealtad de este último país a la alianza era dudosa, tanto que cuando finalmente entró en la guerra lo hizo contra sus teóricos aliados. Por otro lado tenemos la Triple Entente formada por una muy sólida alianza entre Francia y Rusia y una algo menos sólida relación con el Reino Unido. En el mapa adjunto, obtenido de Wikipedia, se ve la situación a grandes rasgos.

Europe_1914El mapa adelanta acontecimientos, puesto que ya vemos en él a Bulgaria y Turquía en alianza con los Imperios Centrales y a países como Italia o Bélgica entre los aliados de Francia y Rusia. Para comprender el problema estratégico alemán basta con ver la situación de sus dos grandes rivales: uno al este y otro al oeste. Rusia era difícil de derrotar rápidamente debido a su inmenso tamaño, pero a cambio era de esperar que se movilizara con lentitud, mientras que Francia podía movilizarse con rapidez, pero también podía caer en menos tiempo. Explicado así, el problema de la guerra en dos frentes se puede resolver derrotando a Francia con rapidez para despejar el lado Oeste cuanto antes y dedicarse entonces al problema ruso. Si la derrota francesa se lograba cuando aún Rusia estaba en fase de movilización, la guerra podía darse por ganada.

Francia, al fin y al cabo ya había sido vencida en 1870 con el célebre von Moltke al frente de los ejércitos prusianos, pero a principios del siglo XX los ejércitos eran cada vez mayores y las fortalezas francesas en la frontera común complicaban una victoria rápida. Para maniobrar con ejércitos enormes, de un millón y medio de hombres, el militar alemán von Schlieffen preparó un plan que terminó de madurar en 1905 y que preveía que las fuerzas alemanas, necesitadas de espacio, atravesaran territorio belga. El mapa adjunto muestra en rojo el avance alemán previsto por Schlieffen, atravesando Bélgica, rodeando París y, en teoría, derrotando a Francia en menos de 40 días.

schlieffenPor parte francesa, el llamado Plan XVII, se basaba en la teoría de una ofensiva a ultranza, el ataque irresistible según las líneas azules del mapa. Podemos adelantar ya que el resultado fue un fracaso y el principio de las operaciones, en agosto de 1914, parecía favorecer a los alemanes. Pero como dijo von Moltke, no hay plan que resista el contacto con el enemigo. En este caso sería un sobrino suyo (Moltke el joven) quien dirigiría las fuerzas alemanas y comprendería la verdad de tal afirmación.

Cuentan que en 1913, Schlieffen estaba en su lecho de muerte y dijo con su último aliento, refiriéndose a su plan: «sobre todo, mantened fuerte el flanco derecho». Un año después el flanco derecho, en el que se basaba todo el éxito del plan, se debilitaba por sí mismo de manera natural.

-La testarudez belga. Cuando Schlieffen decidió que sólo podía derrotar rápidamente a Francia pasando por territorio belga, asumía un alto riesgo. Alemania había previsto que Bélgica se limitaría a una protesta diplomática o a lo sumo a una resistencia de principio, pero el gobierno belga no sólo rechazó el ultimátum alemán sino que, tras entrar los alemanes en Bélgica el 4 de agosto, su ejército resistió hasta donde era humanamente posible. Para colmo, la violación de la neutralidad belga decidió al gobierno inglés a entrar en la guerra. Los belgas apenas disponían de seis divisiones de infantería, que no deberían haber estado allí según los planes alemanes, como tampoco el cuerpo expedicionario británico, que entró en acción en la batalla de Mons el 23 de agosto. Contingentes pequeños, pero que hacían más débil el flanco derecho alemán.

-La fidelidad rusa. El plan alemán preveía que los rusos serían lentos en movilizarse, pero los franceses, conscientes de lo que se jugaban, presionaron a sus aliados y ya el 12 de agosto se iniciaba la invasión de Prusia Oriental por parte del ejército ruso. La preparación era deficiente, la intendencia desastrosa, pero la rapidez de su entrada en acción alarmó a los alemanes, que vieron cómo su frente oriental amenazaba con derrumbarse. Pronto encontraron a dos hombres capaces de darle la vuelta a la situación: Hindenburg, como comandante en jefe del ejército oriental y Ludendorff, que sería su jefe de Estado Mayor. El 26 de agosto se iniciaba la batalla de Tannenberg, en la que el ejército ruso sería derrotado contundentemente, pero para entonces en Alemania ya había cundido el pánico y habían debilitado el frente occidental para enviar tres cuerpos de ejército al este. Ludendorff no se lo creía cuando le anunciaron aquellos refuerzos: aquellos hombres, pensaba, eran vitales en el oeste y de todas formas llegarían demasiado tarde al este. En efecto, aquellos refuerzos ni estuvieron presentes en Tannenberg ni ayudaron a mantener la presión sobre los franceses. El ala derecha alemana seguía debilitándose.

-El fantasma de Cannas. Ya hemos visto que el plan alemán preveía un movimiento envolvente por la derecha mientras el ala izquierda se limitaba a fijar al ejército francés. Cuando el ataque francés fue rechazado por el ala izquierda alemana apareció la posibilidad de que ésta se uniera a la ofensiva logrando así un doble movimiento envolvente, un caramelo táctico irresistible desde que Aníbal lo pusiera en práctica en Cannas, como vimos en su día. ¿Y si se avanzaba por la izquierda también en lugar de apostarlo todo al ala derecha? Era un cambio de planes radical y aunque no llegó a ejecutarse por completo, sí se dejó proseguir el avance del ala izquierda en lugar de mantenerla fija, empleando dos ejércitos que deberían haberse quedado en reserva para reforzar en el momento adecuado el ala derecha, que seguía perdiendo fuerza.

-El cambio de dirección. Y así llegamos al 30 de agosto. Los ejércitos alemanes parecen invencibles, pero en realidad el flanco derecho, el que tenía que reforzarse a toda costa, no era tan fuerte como debería ser y sin embargo los franceses parecían derrotados porque estaban en franca retirada. En lugar de seguir el avance previsto parecía factible virar hacia el este, sin necesidad de rodear París y terminar de cercar al ejército francés. No habría que estirar tanto las líneas, lo que era una ventaja cuando la fuerza del ala derecha menguaba y los ejércitos empezaban a mostrar agotamiento. Finalmente el cambio de dirección se llevó a cabo, pero era una maniobra que entrañaba riesgos.

-La vista desde un avión y la marcha en taxi. Hacía apenas 10 años que los hermanos Wright habían hecho su histórico vuelo y ya el avión estaba presente en el campo de batalla. Fue un aviador francés, el teniente Watteau, el que informó de la situación alemana a unos generales franceses que no daban crédito a lo que veían y que empezaron a exclamar con entusiasmo: «¡Nos presentan el flanco!». Era la oportunidad que necesitaban. Ahora los alemanes dejaban un costado de su avance al descubierto y era posible contraatacar. La decisión estaba tomada y la batalla tendría lugar junto al río Marne. Poniendo toda la carne en el asador, se envió un refuerzo de 6.000 soldados al frente desde París… en taxi. Quien visite el museo del ejército francés en los Inválidos se encontrará allí con un taxi de 1914, como recuerdo de tan insólito medio de transporte de tropas.

Taxi14El transporte en taxi fue sólo una anécdota, puesto que la mayor parte de las tropas francesas procedían de otros puntos, pero quedó en la memoria colectiva. En el Marne terminó la gran ofensiva alemana. Los 40 días en los que tenían que derrotar a Francia según el plan original llegaban a su fin sin haber cumplido el objetivo. Peor aún: el avance se había detenido por completo y se avecinaba una guerra larga en la que Alemania debería luchar en dos frentes, exactamente el escenario que pretendía evitar el plan Schlieffen.

Estos hechos de hace ahora 100 años fueron determinantes en la historia del siglo XX. Si los alemanes se hubiesen atenido al plan original podrían haber conseguido su objetivo de derrotar a Francia en tiempo récord y la guerra podría haber terminado en 1914 con un tratado de paz a la medida de las aspiraciones alemanas. Sin la prolongada carnicería de las trincheras la mentalidad europea no habría quedado conformada por el trauma de aquella guerra y los años 20 y 30 habrían sido de preponderancia alemana.

¿Cómo habría sido el mundo en ese caso? ¿Mejor o peor? Es imposible saberlo, pero sí podemos estar seguros de que habría sido un mundo diferente. Desde aquel fatídico día de junio de 1914 los movimientos diplomáticos primero y los militares después habían sido incapaces de resolver el problema de las relaciones entre las potencias europeas. Cuatro años después, una Europa agotada comenzaba a pagar este doble fracaso con una inevitable decadencia.

Una leyenda, una estafa y el apocalipsis zombie

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No me considero persona «de ciencias» ni «de letras». Aquellos lectores que se hayan tomado la molestia de ver mi perfil para saber quién escribe este blog habrán visto que a la hora de estudiar me decanté por una ingeniería, la aeronáutica, y que también soy licenciado en Historia. He encontrado a mucha gente a la que esto le parece peculiar porque piensa que ambos mundos son opuestos, pero yo nunca he entendido ese punto de vista.

Sin embargo hay quien es incapaz de redactar un texto con un mínimo de soltura y argumenta como excusa que es «de ciencias», o bien una persona no consigue hacer una simple división para saber cuánto tiene que aportar cada comensal en una cena pagada a escote, pero esto le parece normal «porque como soy de letras…». Y así nos encontramos con casos en los que todo se fía a la intuición por no leer o por no hacer un pequeño cálculo. Pero la intuición engaña a no ser que esté previamente entrenada, y para demostrarlo y centrar el tema de hoy os voy a contar un cuento.

La leyenda

Cuentan que el inventor del ajedrez era un sabio que pretendía con su creación demostrarle a un rey que es preciso reflexionar antes de actuar. El rey, al que le había gustado mucho aquel juego, le preguntó al sabio qué quería como recompensa y éste respondió que sólo quería que le dieran un grano de trigo por la primera de las casillas del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta… y así sucesivamente hasta completar las 64 casillas. El rey, demostrando que no había aprendido nada y confiando en que su promesa le costaría como mucho un saco de trigo, concedió la petición y se metió en un buen lío.

Quien lea esto y esté mínimamente familiarizado con las matemáticas sabe dónde está la trampa de la petición del sabio: el crecimiento del número de granos con las casillas del tablero es exponencial. 2º es el valor de la primera casilla, 2¹ el de la segunda, 2² el de la tercera y así hasta el final, que es 2 elevado a la 64. Al principio el asunto no parece grave porque en una casilla como la 11ª el número de granos de trigo correspondientes es de 1.024, más o menos un kilo, pero cuando llevamos 20 casillas la cosa ya empieza a ser seria porque hacen falta 524.288 granos. A mitad del tablero (casilla 32) necesitamos 2³¹ granos, que son más de 2.000 millones, 2.147.483.648 granos para ser exactos, que serían unas 1.800 toneladas… ¡y sólo estamos a la mitad!

Bueno, es una barbaridad, podría pensar el rey, pero le damos el doble y ya está, ¿no es así? Pues no, no es así, porque el doble hay que dárselo en la siguiente casilla, la 33. A la última casilla, la número 64, le corresponden 9.223.372.036.854.775.808, o sea, 9 trillones y pico de granos. Le sumamos lo de las 63 casillas anteriores y salen más de 18 trillones de granos que suponen la producción mundial de los próximos 20.000 años más o menos (esto último no lo sé con seguridad, pero en este caso me fiaré de Wikipedia, que calcula una producción mundial de algo más de 708 millones de toneladas).

Es lo que tiene de peculiar una exponencial: al principio crece despacio, pero cuando se dispara no hay quien la frene. En forma gráfica:

ExponencialLa recta roja corresponde al típico crecimiento lineal que tan intuitivo resulta. En este caso se trata de multiplicar un número por 50. Al número 1 del eje horizontal le corresponde el 50 del vertical, al 2 le corresponde el 100, al 5 le corresponde el 250, etc. La curva azul corresponde a elevar al cubo el número de entrada. Así al 1 le corresponde el 1, al 2 el 8, al 3 el 27 y así. Como vemos su crecimiento inicial es lento, pero de pronto se dispara, aunque nada que ver con la exponencial en verde, que es la del tema de hoy: una exponencial de base 2 con el resultado que ya conocemos y que cuando se dispara lo hace de verdad.

Nuestros disgustos vienen de pensar que las cosas funcionan de forma lineal, como la recta roja, pero a veces no es así y las cosas se complican. Todo esto está muy bien, pero ¿para qué sirve aparte de para contar una leyenda? Pues para afrontar determinados problemas, caramba. Veamos uno bien conocido:

La estafa

Se conoce como estafa piramidal o esquema Ponzi. La vi por primera vez hace muchos años y entonces tomaba la forma de una lista con diez nombres: había que envíar mil pesetas (sí, hace muchos años y ya voy teniendo una edad) al primero de la lista y hacer diez copias omitiendo el primer nombre y añadiendo el propio al final. El sistema suponía gastar sólo mil pesetas, pero cuando el propio nombre llegara al primer lugar se recibiría una cantidad alta de dinero.

Sin entrar a pensar en la cantidad de gente que podría romper la cadena o alterar las reglas y suponiendo que todo el mundo siga las instrucciones hacemos un cálculo: Nosotros enviamos 10 listas, los siguientes enviarán 10 cada uno y eso hacen 100. Cada uno de esos 100 enviará otras 10 listas y ya van 1000. ¿Nos suena? Claro que sí, es otra exponencial, en este caso de base 10, que son muy agradecidas porque para calcular basta con escribir un uno y detrás tantos ceros como indique el exponente: 2 en el nivel 2 para escribir 100, 3 en el nivel 3 para escribir 1000… en el nivel 6 ya estamos por el millón, en el nivel 8 por los cien millones y ya no hace falta seguir porque nadie se cree que haya cien millones de personas, más del doble de la población española, que se vayan a implicar en el juego de enviarle mil pesetas al primero de una lista.

Parece una estafa absurda, ¿verdad? Pues hace unos años el famoso asunto de Afinsa funcionaba más o menos así y son innumerables los casos de supuestos negocios en los que los beneficios se basan en el dinero aportado por los nuevos inversores. Hasta que el número de éstos no puede seguir creciendo, claro.

El apocalipsis zombie

Antes de hablar de zombies vamos con los vampiros, que me son más simpáticos, probablemente porque son más limpios. Si el conde Drácula muerde a una persona cada noche y esa persona pasa a ser un nuevo vampiro, tenemos un problema muy serio porque en la siguiente noche habrá dos vampiros que morderán a dos personas, a la siguiente cuatro vampiros, a la siguente ocho… nos suena, ¿verdad? Otra exponencial de base dos, como la de los granos de trigo.

Como somos así de perezosos podemos usar los cálculos de antes y así sabremos que tras 32 noches, apenas un mes después de que el conde empezara a ir mordiendo a la gente, habría 2.000 millones y pico de personas infectadas. En 34 noches ya estaría infectado todo el planeta Tierra. Cambiamos al conde Drácula por un zombi y ya tenemos la catástrofe de moda en las novelas y la televisión: el apocalipsis zombie.

¿Y por qué os cuento todo esto? El motivo es que el problema inicial, el del tablero de ajedrez, me vino a la mente cuando se empezó a hablar de aislar a quienes hubiesen estado en contacto con una persona enferma de Ébola. Supongamos que esa persona estuvo en contacto con otras diez, que a su vez estuvieron en contacto con otras diez, que a su vez… ¿nos suena? Podría escribir muchos párrafos a partir de aquí, pero no es necesario porque la conclusión es evidente: me pueden jurar por lo más sagrado que todo está bajo control, pero yo no me lo creo.

Hay otra conclusión: en mi próxima entrevista de trabajo pediré un sueldo modesto: un euro por mi primer día como empleado, dos por el segundo, cuatro por el tercero, ocho por el cuarto… así sucesivamente, hasta completar el mes, y luego vuelta a empezar (tampoco hay que abusar). Suponiendo que el mes tenga 20 días laborables, el último de ellos me tendrán que pagar 1.048.576 euros. Seis meses a ese ritmo y me jubilo. Sólo me falta encontrar una empresa cuyo gestor se considere a sí mismo una persona «de letras».

La precipitada huída de Catilina

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Así, a lo tonto, hace cosa de un mes que no actualizo el blog porque las complicaciones del mundo real me mantienen alejado del virtual. Y no es que me falten temas para escribir: la situación escocesa me hizo pensar en un artículo sobre cómo se llegó a la unión de las coronas de Escocia e Inglaterra; las tensiones entre Occidente y Rusia casi me deciden a hablar de la Guerra Fría y el centenario de la Primera Guerra Mundial podría darme materia hasta noviembre de 2018. Tantos temas sobre los que escribir y tan poco tiempo para hacerlo.

Finalmente, la esperpéntica comparecencia de Pujol, muy envuelto en una dignidad surgida de no se sabe dónde tras confesar que ocultó una fortuna a Hacienda durante años, me sorprendió por la falta de respuestas contundentes. Caramba, ¿tan pobre es la oratoria actual que nadie es capaz de acuñar con fortuna una frase de reprobación? Me vinieron a la mente, sin buscar mucho, tres situaciones en las que sí se pronunciaron y quedaron para la Historia palabras de reproche: una señala el fin de la época de la «caza de brujas» de McCarthy, otra llegó durante la crisis de los misiles, y la tercera… la tercera tiene mucha más solera. En ella, además, aparecen en escena un programa político populista, una conspiración para un golpe de estado, espías infiltrados en la conspiración, movimientos diplomáticos, una astuta celada y en general, todos los ingredientes que se le pueden pedir a una buena película de intriga. Ocurrió el año 63 antes de Cristo y pasó a la historia como la conspiración de Catilina.

El episodio es muy conocido, pero tiene un grave defecto: todo lo que sabemos de Lucio Sergio Catilina nos lo han contado enemigos suyos como Cicerón, por lo que podemos estar seguros de que se han exagerado hasta el límite sus rasgos negativos. Sabemos con seguridad que nuestro hombre era de origen noble y estuvo entre los que apoyaron en su día a Sila, que era una forma magnífica de hacer fortuna para los hombres de pocos escrúpulos, como ya mencioné en su día al hablar de Craso; también sabemos que fue pretor en el 68 a.C. y que a continuación partió como gobernador a África. No hay muchos detalles de su gobierno allí, pero a la vuelta se encontró con una acusación de abuso de poder, que nos da algunas pistas. El estar pendiente de juicio impidió que se presentara a las elecciones consulares del año 65 a.C. y siendo bastante malpensados podríamos preguntarnos si la acusación no fue una táctica de sus adversarios para torpedear su candidatura, aunque la cosa no fue a mayores: Catilina fue absuelto y se pudo presentar a las elecciones de los cónsules del año 63 a.C.

Siendo como era de origen noble, puede parecer sorprendente que el programa político de Catilina estuviera pensado para buscar el apoyo de las clases bajas y que su punto fuerte fuera la abolición de las deudas, pero la política siempre ha tenido este tipo de cosas. Los ánimos estaban enconados, pero Catilina fracasó y fue elegido el gran orador Marco Tulio Cicerón junto con un Cayo Antonio Hybrida que sólo sirvió como figura decorativa. Catilina no se desanimó por ello y empezó a preparar la campaña para las elecciones del año siguiente. Pero, como era hombre precavido, empezó a elaborar un plan B para llegar al poder en caso de un nuevo fracaso en las urnas. En Etruria sus partidarios empezaron a reclutar un ejército, mientras los más exaltados de los conspiradores intentaban sumar a los esclavos a la revuelta.

La elección de los cónsules que debían gobernar en el año 62 a.C. se debieron de celebrar en el verano del 63 y, con el panorama descrito, el ambiente era irrespirable. El cónsul Cicerón, que dirigía el proceso, llevaba una coraza bajo la toga y no salía sin una escolta armada. El plan A de Catilina fracasó de nuevo, porque perdió las elecciones, siendo elegidos Lucio Licinio Murena y Décimo Junio Silano, así que no quedaba más que aplicar el plan B, es decir la revuelta armada, fijada para finales de octubre.

Llegó entonces la hora de los espías. Uno de los conjurados tenía una amante llamada Fulvia, que puso en guardia a Cicerón. No había pruebas de la conjura, y por tanto no podía haber detenciones, pero el cónsul empezó a tomar medidas preventivas que hacían imposible el proyecto. Sin embargo los conspiradores no pudieron avisar a tiempo a Manlio, responsable de la revuelta en Etruria, donde se inició la sublevación. Había que actuar deprisa y en una reunión el 7 de noviembre los conspiradores decidieron asesinar a Cicerón al día siguiente en su propia casa, aprovechando una visita. A continuación Catilina partiría para Etruria, se pondría al frente de los sublevados y marcharía sobre Roma, donde sus partidarios asesinarían a sus principales adversarios políticos. Sin embargo Fulvia volvió a intervenir, por lo que Cicerón dejó de recibir visitas inmediatamente y convocó una sesión extraordinaria del Senado.

En esa sesión se produjo el momento glorioso de esta historia. Cicerón llegó dispuesto a informar de todo lo que sabía cuando vio entre los senadores a los que participaban en la conjura. No sólo no habían huido sino que estaban allí, con el mismo Catilina presente, como si no supieran de qué iba la cosa. Cicerón demostró entonces su don para la oratoria con un discurso que ha pasado a la Historia (y a las pesadillas de todo estudiante de Latín) y que comienza con la célebre frase Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?) En el discurso Cicerón se asombraba de que, mientras él informaba al Senado de la conjura, Catilina aún estuviera vivo y, más aún, acudiera a la sesión para señalar con su mirada a aquéllos que habrían de caer bajo los puñales de los asesinos. Catilina no fue capaz de justificarse ante la oleada de indignación que Cicerón había logrado levantar y cometió un error: abandonó Roma y huyó a Etruria para ponerse al frente de los sublevados.

Ésa fue la jugada maestra de Cicerón. Su discurso pudo ser emotivo, pero seguía sin tener pruebas. Al huir, Catilina dejaba de controlar los acontecimientos en Roma, donde se preparaba una astuta celada en su contra. Léntulo, uno de los conspiradores, se dirigió a unos embajadores galos de la tribu de los alóbroges para intentar que se sumaran a la rebelión. Los galos buscaron consejo en su patrono romano, que informó a Cicerón. El consejo que recibieron los galos fue el de que pidieran las promesas por escrito y les permitieran entrevistarse con el mismo Catilina. Léntulo picó y redactó el documento que pedían. Para colmo, uno de los conjurados salió con ellos de viaje a Etruria con una carta dirigida a Catilina. No llegaron ni a abandonar la ciudad antes de ser arrestados y Cicerón tuvo por fin las pruebas que buscaba.

El desenlace estaba servido: el Senado juzgó a los conspiradores, ilegalmente por cierto, porque no era un órgano judicial, y decretó su muerte. Esta decisión era tan ilegal como el propio juicio, como dijo Julio César en su discurso para la ocasión, puesto que no se podía ejecutar a ciudadanos romanos sin contar con la Asamblea, pero Cicerón estaba en su momento de gloria y la mayoría de senadores votó las condenas siguiendo su opinión.

Sólo faltaba sofocar la rebelión en Etruria. El mismo Catilina debilitó el movimiento al rechazar incorporar a los esclavos, puesto que una cosa era sublevarse en nombre de los ciudadanos romanos y otra ayudar a esclavos fugitivos. Cuando llegaron las noticias de la debacle de la conspiración en Roma buena parte de su ejército desertó y Catilina sólo pudo intentar abrirse camino hacia la Galia, pero fue derrotado cerca de Pistoia y murió en combate.

Este fue el gran triunfo de la retórica de Cicerón, que consiguió con su discurso que Catilina perdiera la sangre fría y abandonara Roma para dirigirse al desastre. Desde entonces parece que se ha aprendido mucho y ahora, cuando se expone en un parlamento una conducta reprochable, el aludido finge sorprenderse si es que no reacciona airado recriminando la conducta de sus adversarios. Será porque ya no tiene que enfrentarse al riesgo de morir estrangulado en una mazmorra, que fue el destino de los conjurados capturados en Roma, o porque en el fondo todos, acusados y acusadores, son actores en una misma comedia. Como dijo el mismo Cicerón en aquel célebre discurso del que hemos hablado O tempora, o mores.