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La era de la guillotina

21 jueves Feb 2013

Posted by ibadomar in Historia

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1848, Carlos X, Delacroix, Guerra francoprusiana, Guillotina, Historia, Hitler, José Bonaparte, Luis Felipe, Luis XVI, Luis XVIII, Napoleón, Napoleón III, Restauración, Revolución, Revolución francesa, Siglo XIX, Siglo XVIII

Antes de empezar he de pedir disculpas por haber estado ausente aproximadamente un mes. Una avalancha de actividad me ha tenido alejado del blog, aunque para compensar vuelvo con bastantes ideas para nuevos artículos. Pero dejémonos de preámbulos y vamos a nuestro tema de hoy.

Desde hace algún tiempo he observado que aparece con cierta frecuencia la palabra guillotina en las conversaciones y no digamos en las redes sociales, como Twitter. Es fácil encontrar a quien propone instalar una guillotina frente al Congreso de los Diputados o en la Puerta del Sol o incluso una en cada capital de provincia. Por el tono de las frases es fácil percibir que existen dos creencias, ambas falsas:

  1. Se cree que la guillotina es un invento de la Revolución Francesa que nace y muere con ella.
  2. Se cree que con la decapitación de Luis XVI se puso fin a la monarquía en Francia.

En cuanto a la primera hay que precisar que aparatos similares a la guillotina existen por lo menos desde principios del siglo XIV, cuando se decapitó en Irlanda a un tal Murcod Ballagh utilizando una máquina similar a la que se haría célebre en el siglo XVIII. La asociación con la Revolución Francesa se la debemos al Dr. Joseph Ignace Guillotin, que durante los debates revolucionarios para instaurar un nuevo código penal propuso que no hubiera distinciones en la condición social a la hora de aplicar un castigo. Así, en el caso de que la condena fuese la de muerte se aplicaría de igual manera para nobles o pueblo llano y se usaría el sistema de la decapitación mediante un instrumento mecánico.

Como se ve, el trasfondo del uso de este método de ejecución se basa en el principio revolucionario de égalité. El utilizar una máquina era una considerable ventaja para todos, incluido el reo, puesto que si ser ejecutado debe de suponer un trance extremadamente angustioso, el verse en manos de un verdugo inexperto o descuidado suponía un suplicio añadido. Y por esto se decidió emplear este artefacto para las ejecuciones, independientemente del delito cometido y de la extracción social del condenado. La misma guillotina podía decapitar con idéntica eficiencia a un rey como Luis XVI o a un carbonero que hubiera asesinado a su hermano, por ejemplo. Y no sólo durante la Revolución: la guillotina se empleó en Francia como sistema de ejecución hasta la abolición de la pena de muerte en 1981. Y no se empleó sólo en Francia sino también en otros países como Suecia o Alemania.

Pero todo esto no son más que anécdotas sin demasiado recorrido. Tiene mucho más interés la segunda de las creencias falsas a las que me refería antes porque supone una simplificación brutal de uno de los acontecimientos que más han contribuido a conformar el mundo en el que vivimos. Ay, me temo que voy a tener que resumir más de medio siglo de Historia en unos párrafos y no va a ser fácil.

Para empezar, la Revolución Francesa no fue antimonárquica en sí. En una primera fase se forma una Asamblea Constituyente, pero el Rey sigue a la cabeza del Estado. No es hasta 1792, tres años después de la toma de La Bastilla, cuando Luis XVI es depuesto en medio de la exaltación provocada por la guerra contra Austria y Prusia. Su ejecución tuvo lugar en enero de 1793, pero Francia aún conocería gobiernos monárquicos. El primero de ellos, bajo el signo de la propia Revolución, se inició en 1799 con el golpe de Estado que dio el poder a Napoléon Bonaparte. En principio Napoleón sólo asumió el título de cónsul, pero su régimen no se diferenciaba demasiado de una monarquía, como lo demuestra que el consulado se convirtiera en vitalicio y hereditario y finalmente, en diciembre de 1804, en un Imperio con su correspondiente coronación en presencia del Papa Pío VII.

Suele considerarse que las guerras napoleónicas expandieron por toda Europa los ideales de la Revolución. Ciertamente nada volvió a ser lo mismo, pero la Revolución hasta ese momento no puede considerarse como el fin de la monarquía sino como un cambio de dinastía. Que Napoleón no le hacía ascos a las coronas lo demuestra no sólo su propia entronización, sino también la de su hermano José, que fue primero rey en Nápoles y después en España, la de otro de sus hermanos, Luis, nombrado rey de Holanda, o la de su general y cuñado Murat, que sucedió a José en la corona de Nápoles. Otros tics monárquicos de Napoleón son la creación de una nueva nobleza, con la que ganarse fidelidades, el control de la prensa hasta llegar a la reinstauración de la censura en 1810 o la concentración en la práctica de los tres poderes.

Y así llegamos a la gran olvidada de esta época: la Restauración. La guillotina acabó con la vida de Luis XVI, pero no con la dinastía borbónica. Tras la definitiva derrota de Napoleón, el trono de Francia es ocupado por Luis XVIII, hermano del depuesto rey (como se ve los Borbones franceses no eran muy imaginativos poniendo nombres a sus hijos. El que ambos hermanos se llamaran Luis se explica porque uno era Luis Augusto y el otro Luis Estanislao). No se produce una vuelta completa al Antiguo Régimen, puesto que existe un texto constitucional, pero limitado. Se trata de una Carta Otorgada, lo que supone que es concedida graciosamente por el rey, que consagra ciertos derechos, como el de propiedad, y determinadas libertades, como la religiosa, pero que reserva grandes poderes al monarca. Luis XVIII era demasiado indolente, o estaba demasiado resignado, como para preocuparse en exceso del ejercicio de su propio poder, pero tras el ascenso al trono de su hermano Carlos X en 1824 se impone el punto de vista de los ultramonárquicos, cuyo nombre lo dice todo.

Carlos X fue incapaz de comprender que los tiempos habían cambiado. Su deriva autoritaria consiguió enfrentarle a las Cámaras y, cuando finalmente se decidió por disolverlas y gobernar por decreto el tiro le salió por la culata a una velocidad pasmosa: el 25 de julio de 1830 el rey intenta el autogolpe firmando las ordenanzas que suspenden la libertad de prensa, disuelven la Cámara de Diputados y establecen un nuevo régimen electoral que reduce el censo a los grandes propietarios. Al día siguiente, el 26, se publican las ordenanzas y comienza la agitación. En apenas 72 horas, los días 27, 28 y 29, París se subleva y la bandera tricolor vuelve a ondear en desafío a la enseña blanca de los Borbones. Es la revolución que Delacroix inmortalizó en su célebre cuadro La libertad guiando al pueblo.

delacroixCarlos X cae, pero no así la monarquía. El trono recala en un primo del depuesto rey, Luis Felipe de Orleans, que no contó con demasiados apoyos durante su reinado: la aristocracia desconfiaba de aquel «rey de las barricadas», el clero estaba resentido por las limitaciones a su papel en la educación y el ejército estaba desmoralizado por la falta de reconocimiento a sus sacrificios durante la intervención colonial en Argelia. Por otro lado  la Revolución Industrial estaba en pleno desarrollo provocando la proletarización de la masa de trabajadores y la aparición de los primeros pensadores socialistas (los premarxistas). Cuando el 22 de Febrero de 1848 se negó el permiso a la celebración de un banquete promovido por republicanos, comenzaron las algaradas. Los acontecimientos se precipitan a tal velocidad que en apenas dos días los insurgentes son dueños de París y Luis Felipe abdica. La Segunda República iniciaba sus días.

Un cambio de régimen suele ser tormentoso puesto que se enfrentan quienes desean la subversión total del orden anterior y quienes intentan no ir demasiado lejos. Las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril del 48 dieron a los republicanos moderados la mayoría, dejando en un segundo plano a los monárquicos y muy por detrás a la izquierda, pero la evolución a posiciones conservadoras llevó a enfrentamientos muy violentos que terminan por cristalizar en una violenta reacción autoritaria. En las elecciones de diciembre el presidente es derrotado por Luis Napoleón, sobrino del difunto emperador, cuyo gobierno debía terminar tras un periodo de cuatro años sin derecho a reelección.

En ese periodo se eligió una Asamblea de claro corte monárquico, que logró suprimir en mayo de 1850 el sufragio universal masculino. Por poco tiempo, puesto que Luis Napoleón dio un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851, disolvió la asamblea y restableció el sufragio universal masculino: con un solo movimiento resolvía el problema de la Asamblea hostil y el de la reelección. Exactamente un año después, y tras un plebiscito resuelto favorablemente, se proclamaba el Segundo Imperio en el que Luis Napoleón tomaba el nombre de Napoleón III. Si la Primera República, surgida de la revolución de 1789, había cristalizado en un imperio, la Segunda, surgida de la revolución de 1848, seguía su mismo camino.

¿De dónde surge entonces la tradición republicana francesa? La definitiva consolidación de una república en el país vecino no fue obra de una revolución ni de la guillotina, sino consecuencia de la derrota francesa en la guerra francoprusiana de 1870. Fue entonces cuando se instauró la Tercera República, que duraría hasta la Segunda Guerra Mundial. La monarquía ya no volvería a Francia: después de la guerra comenzó la Cuarta República, similar políticamente a la Tercera, y en 1958 se aprobó la Constitución de la actual Quinta República.

Como hemos visto, ni la revolución de 1789, ni la de 1830, ni la de 1848 trajeron consigo una república duradera. La guillotina, por su parte, tampoco resultó ser particularmente incómoda para los monarcas, puesto que si bien es cierto que ejecutó a uno, convivió posteriormente en armonía con otros cinco. Después de todo, la reputación antimonárquica de la guillotina no es demasiado merecida, como tampoco lo es su fama revolucionaria: en Alemania se implantó como método único de decapitación en todo el territorio (antes se empleaba también el hacha) en 1938 por decreto de Adolf Hitler. El halo mítico del utensilio de decapitar como una especie de instrumento purificador resulta ser, cuando se mira de cerca, sólo una leyenda para embellecer una vulgar máquina de matar.

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El espía, el Mosquito y el periódico.

28 lunes Ene 2013

Posted by ibadomar in Aviación, Historia, Prensa

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Espionaje, Göring, Mosquito, Periodismo, Segunda Guerra Mundial, Zigzag

Llevo años oyendo hablar de la crisis de la prensa escrita. Por lo menos tantos como de la crisis del cine español o de la crisis de la industria discográfica. En los tres casos además siempre aparece como penúltimo responsable quien consumía estos productos y ha dejado de hacerlo. El ciudadano ya no compra periódicos ni va al cine ni compra discos, se lamentan los afectados. Y todo, prosiguen, por culpa de internet, ese invento del demonio empleado por sus pérfidos usuarios como un eficiente medio de transmisión de información y no como un mero escaparate del producto tradicional.

Dejaré para otro día el cine y la música para centrarme por esta vez en la prensa. ¿Ha pensado alguien que el problema puede ser de credibilidad? A menudo se argumenta que el lector prefiere una noticia gratis en internet aunque la calidad de la información sea menor y la veracidad dudosa. ¿De veras es así? ¿Y si la calidad de la información de los periódicos tradicionales no fuera tan alta como ellos pregonan? Todos hemos visto casos de «ruedas de prensa» en las que no está permitido hacer preguntas, hemos percibido que determinados periódicos apenas informan de noticias que perjudican a partidos políticos por los que sienten afinidad y hemos leído alguna noticia que nos ha hecho preguntar de dónde ha salido lo que se quiere hacer pasar por información.

Sobre esto último hemos tenido dos casos recientes. Hace poco apareció en prácticamente toda la prensa algo sorprendente: una mujer belga tenía que hacer un trayecto de unos 100 Km. en su coche, pero por un error del GPS condujo hasta Zagreb. A mí la noticia me resultó chocante y sospechosa desde el primer día porque había muchas cosas que no encajaban… pero mejor será que lo explique el bloguero Antonio Rodilla. En este enlace a su blog se puede leer con todo detalle un análisis de la historia y la explicación: el relato era inexacto porque no se trataba de un error del GPS sino de un caso de demencia senil leve. Al parecer nadie se preocupó de verificar en detalle la noticia, que sin ser completamente falsa, fue publicada en una versión sesgada por toda la prensa de España. Bueno, no toda, el diario El País se salvó.

Lástima que precisamente El País picara poco después con la comidilla de los últimos días: la fotografía falsa de Hugo Chávez entubado que el diario dio por verdadera. Esta vez sí se trataba de un error grave y el patinazo dio la vuelta al mundo (a modo de ejemplo véase el comentario del diario argentino Clarín). El País se vio expuesto a críticas más que mordaces en las redes sociales y es probable que muchos lectores lean ahora sus páginas con un escepticismo que hasta hace poco no sentían. La explicación dada por el periódico se puede leer aquí y un análisis muy crítico de tal explicación se encuentra aquí.

Todo esto me sirve como introducción a la historia que de verdad quiero contar hoy, una historia de espías, de sabotaje y de engaño en la que también 426px-Eddie_Chapman_(Agent_ZigZag)la prensa tuvo un curioso papel. La historia de Eddie Chapman, alias Fritz, alias Zigzag.

Chapman había formado parte de una banda de ladrones que se dedicaba a reventar cajas fuertes con la ayuda de explosivos. Atractivo y mujeriego, tampoco le hacía ascos a chantajear a las mujeres que seducía, pero su carrera delictiva terminó en 1939 cuando fue encarcelado en la isla de Jersey, territorio británico pegado a la costa de Francia. Allí le sorprendió el inicio de la guerra, la invasión de Francia por los alemanes y la ocupación de Jersey. Cuando salió de la cárcel, Chapman se ofreció a espiar para los alemanes, aunque tardó tanto en recibir respuesta que tuvo tiempo de ser encarcelado de nuevo (injustamente esta vez, pero su reputación le jugó una mala pasada). Sin embargo fue finalmente reclutado, entrenado como espía con el nombre clave de Fritz y preparado para saltar en paracaídas sobre Gran Bretaña con una importante misión: reunir explosivos y sabotear la fábrica de la empresa aeronáutica De Havilland. Y aquí aparece el segundo protagonista de nuestro relato.

El De Havilland Mosquito era un avión excepcional. Construido íntegramente en madera serviría hasta el final de la guerra como avión de reconocimiento fotográfico, caza nocturno, avión antisubmarino y bombardero rápido. Era tan veloz que las versiones de reconocimiento no iban armadas. En poco tiempo el Mosquito se convirtió en un dolor de cabeza para los alemanes. No era un arma tan determinante como los grandes cuatrimotores de bombardeo, pero hacía honor a su nombre porque resultaba de lo más molesto: aparecía de pronto, atacaba con precisión un objetivo puntual y desaparecía a toda velocidad.Mosquito_600pix

En septiembre de 1942, este avión se hizo célebre al atacar el cuartel de la Gestapo en pleno centro de Oslo. La acción hizo más daño a los vecinos que al mando alemán, pero fue un bofetón a la pretendida superioridad alemana. No es extraño que el Ministro del Aire, Göring, estuviera rabioso. Lo estaría más a finales de enero del 43, cuando una incursión de Mosquitos sobre Berlín atacó el edificio de la radio justo cuando tenía que emitirse un discurso del propio Göring.

Para entonces, Eddie Chapman, el agente Fritz, llevaba un mes en Inglaterra, donde se suponía que estaba usando sus antiguas mañas para reunir explosivos con los que sabotear la fábrica. En realidad Chapman, apenas tocó tierra, se dirigió a la primera granja que encontró, llamó a la policía y se entregó con la intención de emplearse como agente doble. El servicio secreto inglés, tras tomar mil precauciones, acabó por reclutarlo y lo bautizó con el muy apropiado nombre en clave de Zigzag. Controlar a un agente doble tiene muchas ventajas porque puede proporcionar información sobre el enemigo y pasar a la vez información falsa a ese mismo enemigo; pero para ello hace falta que el agente tenga credibilidad. Chapman había llegado para sabotear una fábrica y ahora había que hacer creer a los alemanes que la misión se había cumplido, pero sin causar ningún daño real. La fábrica tenía que parecer dañada desde el aire, para engañar al reconocimiento aéreo, y desde tierra, por si había algún agente más en Londres.

Para ello se escogió la noche del 29 de enero, que estaba prevista como de pocas nubes y con una luna que tardaría en salir. Ideal para contar con un par de horas de oscuridad para los preparativos y dejar luego que los alemanes sobrevolaran la zona. Se dispusieron lonas pintadas bajo la dirección de un prestidigitador para aparentar daños desde el aire y se preparó una escena de devastación. Una fuerte explosión en plena noche, ruidosa pero inofensiva, alertaría a los vecinos y cuando llegara la mañana, una vez que todos hubiesen visto los aparentes daños, se traerían deprisa y corriendo unas pantallas para ocultar la fábrica. Si aparecía un periodista había que decirle que algo sin la menor importancia había ocurrido; la mejor receta para disparar un rumor.

Para rematar la obra sólo faltaba un detalle: un comunicado de prensa aparecido en el periódico inglés que el superior alemán de Chapman solía leer, The Times, diario dirigido en aquel entonces por un caballero llamado Robert Warrington-Ward. El servicio secreto se dirigió a él para pedirle un párrafo corto que mencionara un incidente en la fábrica. Y aquí surgió el problema porque Warrington-Ward poseía la extraña cualidad de la ética y se negó en redondo a publicar una noticia falsa, puesto que el prestigio y la esencia misma del periódico se basaban en publicar únicamente noticias de veracidad contrastada. Con guerra o sin ella.

De nada valieron las insistencias. Lo máximo que se obtuvo de Warrington-Ward fue el consejo de acudir a otros periódicos, como por ejemplo el Daily Express, cuyo director sí se prestó a la farsa. Y aun así la noticia sólo salió en la primera edición, que se enviaba a Lisboa, desde donde la embajada alemana reexpedía los periódicos británicos a Alemania. Si un agente alemán notaba la diferencia entre la primera edición y las demás pensaría que la censura había obligado a retirar de las ediciones posteriores la noticia, que por lo demás era muy vaga (como cabía esperar de algo tan delicado en tiempo de guerra) y sólo hablaba de una explosión que, según se había informado, había provocado escasos daños en una fábrica no determinada. Más que suficiente para el engaño.

Funcionó a las mil maravillas. Tanto que Eddie Chapman pudo volver a territorio alemán sin ser descubierto y aún sería enviado de nuevo a Gran Bretaña con una nueva misión un tiempo después y seguiría trabajando como agente doble hasta el fin de la guerra. Los Mosquitos, por su parte, siguieron volando en acciones tan espectaculares como el ataque a la prisión de Amiens para permitir la huída de partisanos franceses en febrero de 1944 o la destrucción del cuartel general de la Gestapo en Copenhague en marzo de 1945.

La historia es emocionante, sin duda, pero yo me quedo con el momento en el que Warrington-Ward se negó a difundir una información falsa. Al fin y al cabo el texto que publicó el Daily Express era correcto puesto que había habido una explosión (inofensiva) y se había informado (falsamente) de escasos daños. El deber hacia el país y la necesidad de confundir al enemigo en un momento de guerra total parecen exigir una moral más relajada en este tipo de asuntos y aun así la ética profesional de su director impidió que el Times contribuyera al esfuerzo de guerra. Por eso no dejo de preguntarme qué diría Warrington-Ward si en una rueda de prensa un político le respondiera a una pregunta incómoda con un «hoy no toca hablar de eso».

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Depardieu y los decuriones

13 domingo Ene 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Depardieu, Diocleciano, Fiscalidad, Historia, Roma

Ha sido noticia la espantá de Gerard Depardieu, que huyendo de unos impuestos muy elevados en Francia ha recalado en Rusia. Ya en cierta ocasión me ocupé en este blog de comentar cómo las subidas de impuestos son una de las causas típicas que llevan a la desafección de un pueblo hacia sus gobernantes, desafección que puede desembocar en el enfrentamiento directo: revolución, para decirlo más claramente. En aquel artículo comentaba cómo la Revolución Americana, que culmina con la independencia de los Estados Unidos, la inicia la clase acomodada como reacción a nuevos impuestos y cómo la Revolución Francesa surge de la negativa de los notables a compartir la carga fiscal.

Hoy hablaremos de otro caso similar. Es fácil encontrarlos porque la Historia está plagada de ejemplos en los que el aumento de la presión fiscal desencadena consecuencias indeseadas por el gobernante. En esta ocasión nos trasladaremos al Bajo Imperio Romano, en concreto a las ciudades de provincias. Poblaciones como Tarraco, Hispalis o Emerita Augusta, por poner ejemplos cercanos a nosotros, que al igual que Roma tenían su propio senado, sólo que éste era conocido con el nombre de Curia. Sus miembros, la oligarquía municipal, eran los decuriones. Para formar parte de un grupo tan selecto había que poseer una renta mínima que varía según las fuentes que se consulten. Yo he encontrado dos referencias y en una de ellas se menciona un mínimo de 20.000 sextercios mientras que en la otra la cantidad sube hasta los 100.000. Probablemente la renta necesaria fuera distinta en cada ciudad y eso explique la diferencia. Lo que es seguro es que para ser parte de ese grupo selecto había que contarse entre la clase acomodada, pero es importante recalcar que la renta necesaria no implicaba ser rico. Las cantidades necesarias para ingresar en la Curia estaban muy por debajo de las rentas de los grandes terratenientes.

Ser decurión era una responsabilidad bastante seria puesto que significaba sufragar espectáculos públicos, subvencionar la distribución de grano, colaborar en el mantenimiento de infraestructuras, etc. A cambio se obtenían algunos beneficios como por ejemplo estar en las primeras filas en el teatro o el anfiteatro (lo que por otro lado es natural, ya que a fin de cuentas los decuriones pagaban el espectáculo) o contarse entre los honestiores, algo así como hombres de honor, que parece poca cosa, pero suponía que en caso de procedimiento judicial el tribunal no podía recurrir a la tortura contra ellos. Además, el ofrecer pan y circo es siempre un medio para ganar prestigio, y por tanto poder, y en cuanto a las infraestructuras es de suponer que al decurión le gustaba tanto inaugurar un acueducto o una carretera como a los políticos actuales. La diferencia es que el decurión lo había pagado de su bolsillo.

Las fuentes de ingresos del decurión de a pie eran el comercio y la explotación de talleres artesanales. Es de suponer que el prestigio personal que suponía pertenecer a la Curia les ayudaba bastante en sus negocios. Vanidad e ingresos eran dos buenas razones para que el cargo fuese codiciado a pesar de los gastos que suponía. Al menos hasta la crisis del siglo III. Por aquel entonces ya hacía tiempo que las cargas económicas habían aumentado tanto que cada vez era más difícil encontrar miembros para la Curia, pero aquella crisis, que supuso la transformación del Imperio, hizo que las comunicaciones fueran menos seguras, con lo que el comercio perdió impulso. Además los talleres situados en los latifundios hacían una competencia muy dura a los artesanos urbanos y como consecuencia muchos decuriones se arruinaron. Pero seguía haciendo falta dinero para mantener el Estado, y cada vez más, puesto que los gastos militares aumentaban.

Diocleciano, viejo conocido de este blog, creó nuevos impuestos y una interesante novedad: los decuriones debían encargarse del cobro de los impuestos y se responsabilizaban de su pago con su propia fortuna. En otras palabras: la Curia tenía que pagar los impuestos de la ciudad tanto si lograba recaudarlos como si no. Era la puntilla y todo el que pudo escapó de la obligación, aunque eso suponía una mayor presión sobre los que no eran tan afortunados. No es de extrañar que las ciudades entraran en decadencia puesto que a otros problemas ahora se añadía la huida al campo de aquellos ciudadanos destacados que lograban escapar. Lo que antaño era un puesto de privilegio ahora era una carga insoportable que había que evitar. Un gobierno actual con pocos escrúpulos probablemente habría militarizado a los decuriones, y eso es, casi casi, lo que terminó ocurriendo. No se les militarizó… pero sólo porque eso habría supuesto su salida del orden decurional. Al contrario: se les prohibió alistarse en el ejército, iniciar una carrera burocrática, ingresar en el clero o adquirir el rango ecuestre o senatorial. Todo ello para que no tuvieran más remedio que seguir atrapados en su posición social. Más aún: el cargo se hizo hereditario.

Cuando se estudia la decadencia y caída del Imperio Romano de Occidente a menudo se recalca que la élite ciudadana ya no tenía ningún incentivo para mantener la ciudadanía romana. Si las clases acomodadas sentían que el Estado ya no era para ellos un paraguas protector sino una pesada carga, ¿qué pensarían las clases bajas y los marginados que no le debían nada al Estado? Un observador agudo habría podido ver las primeras señales de esa decadencia a principios del siglo III, cuando los decuriones comenzaron a sentir que su posición social ya no les beneficiaba. Ahora observamos cómo quienes ocupan una posición acomodada sin estar entre las grandes fortunas (actores, deportistas, cantantes…) buscan eludir unas cargas fiscales cada vez mayores de la misma manera en que los decuriones romanos buscaban abandonar la ciudad para escapar a los impuestos. Y, como a ellos, no les importan demasiado los reproches de quienes no pueden evadir esa responsabilidad y les acusan de no ser solidarios con quienes sí tienen que hacer frente al pago de unos impuestos cada vez más onerosos.

Por algo dijo Benjamin Franklin que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Definitivamente tenía razón y su observación sigue siendo cierta, aquí y en Roma.

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