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Depardieu y los decuriones

13 domingo Ene 2013

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Depardieu, Diocleciano, Fiscalidad, Historia, Roma

Ha sido noticia la espantá de Gerard Depardieu, que huyendo de unos impuestos muy elevados en Francia ha recalado en Rusia. Ya en cierta ocasión me ocupé en este blog de comentar cómo las subidas de impuestos son una de las causas típicas que llevan a la desafección de un pueblo hacia sus gobernantes, desafección que puede desembocar en el enfrentamiento directo: revolución, para decirlo más claramente. En aquel artículo comentaba cómo la Revolución Americana, que culmina con la independencia de los Estados Unidos, la inicia la clase acomodada como reacción a nuevos impuestos y cómo la Revolución Francesa surge de la negativa de los notables a compartir la carga fiscal.

Hoy hablaremos de otro caso similar. Es fácil encontrarlos porque la Historia está plagada de ejemplos en los que el aumento de la presión fiscal desencadena consecuencias indeseadas por el gobernante. En esta ocasión nos trasladaremos al Bajo Imperio Romano, en concreto a las ciudades de provincias. Poblaciones como Tarraco, Hispalis o Emerita Augusta, por poner ejemplos cercanos a nosotros, que al igual que Roma tenían su propio senado, sólo que éste era conocido con el nombre de Curia. Sus miembros, la oligarquía municipal, eran los decuriones. Para formar parte de un grupo tan selecto había que poseer una renta mínima que varía según las fuentes que se consulten. Yo he encontrado dos referencias y en una de ellas se menciona un mínimo de 20.000 sextercios mientras que en la otra la cantidad sube hasta los 100.000. Probablemente la renta necesaria fuera distinta en cada ciudad y eso explique la diferencia. Lo que es seguro es que para ser parte de ese grupo selecto había que contarse entre la clase acomodada, pero es importante recalcar que la renta necesaria no implicaba ser rico. Las cantidades necesarias para ingresar en la Curia estaban muy por debajo de las rentas de los grandes terratenientes.

Ser decurión era una responsabilidad bastante seria puesto que significaba sufragar espectáculos públicos, subvencionar la distribución de grano, colaborar en el mantenimiento de infraestructuras, etc. A cambio se obtenían algunos beneficios como por ejemplo estar en las primeras filas en el teatro o el anfiteatro (lo que por otro lado es natural, ya que a fin de cuentas los decuriones pagaban el espectáculo) o contarse entre los honestiores, algo así como hombres de honor, que parece poca cosa, pero suponía que en caso de procedimiento judicial el tribunal no podía recurrir a la tortura contra ellos. Además, el ofrecer pan y circo es siempre un medio para ganar prestigio, y por tanto poder, y en cuanto a las infraestructuras es de suponer que al decurión le gustaba tanto inaugurar un acueducto o una carretera como a los políticos actuales. La diferencia es que el decurión lo había pagado de su bolsillo.

Las fuentes de ingresos del decurión de a pie eran el comercio y la explotación de talleres artesanales. Es de suponer que el prestigio personal que suponía pertenecer a la Curia les ayudaba bastante en sus negocios. Vanidad e ingresos eran dos buenas razones para que el cargo fuese codiciado a pesar de los gastos que suponía. Al menos hasta la crisis del siglo III. Por aquel entonces ya hacía tiempo que las cargas económicas habían aumentado tanto que cada vez era más difícil encontrar miembros para la Curia, pero aquella crisis, que supuso la transformación del Imperio, hizo que las comunicaciones fueran menos seguras, con lo que el comercio perdió impulso. Además los talleres situados en los latifundios hacían una competencia muy dura a los artesanos urbanos y como consecuencia muchos decuriones se arruinaron. Pero seguía haciendo falta dinero para mantener el Estado, y cada vez más, puesto que los gastos militares aumentaban.

Diocleciano, viejo conocido de este blog, creó nuevos impuestos y una interesante novedad: los decuriones debían encargarse del cobro de los impuestos y se responsabilizaban de su pago con su propia fortuna. En otras palabras: la Curia tenía que pagar los impuestos de la ciudad tanto si lograba recaudarlos como si no. Era la puntilla y todo el que pudo escapó de la obligación, aunque eso suponía una mayor presión sobre los que no eran tan afortunados. No es de extrañar que las ciudades entraran en decadencia puesto que a otros problemas ahora se añadía la huida al campo de aquellos ciudadanos destacados que lograban escapar. Lo que antaño era un puesto de privilegio ahora era una carga insoportable que había que evitar. Un gobierno actual con pocos escrúpulos probablemente habría militarizado a los decuriones, y eso es, casi casi, lo que terminó ocurriendo. No se les militarizó… pero sólo porque eso habría supuesto su salida del orden decurional. Al contrario: se les prohibió alistarse en el ejército, iniciar una carrera burocrática, ingresar en el clero o adquirir el rango ecuestre o senatorial. Todo ello para que no tuvieran más remedio que seguir atrapados en su posición social. Más aún: el cargo se hizo hereditario.

Cuando se estudia la decadencia y caída del Imperio Romano de Occidente a menudo se recalca que la élite ciudadana ya no tenía ningún incentivo para mantener la ciudadanía romana. Si las clases acomodadas sentían que el Estado ya no era para ellos un paraguas protector sino una pesada carga, ¿qué pensarían las clases bajas y los marginados que no le debían nada al Estado? Un observador agudo habría podido ver las primeras señales de esa decadencia a principios del siglo III, cuando los decuriones comenzaron a sentir que su posición social ya no les beneficiaba. Ahora observamos cómo quienes ocupan una posición acomodada sin estar entre las grandes fortunas (actores, deportistas, cantantes…) buscan eludir unas cargas fiscales cada vez mayores de la misma manera en que los decuriones romanos buscaban abandonar la ciudad para escapar a los impuestos. Y, como a ellos, no les importan demasiado los reproches de quienes no pueden evadir esa responsabilidad y les acusan de no ser solidarios con quienes sí tienen que hacer frente al pago de unos impuestos cada vez más onerosos.

Por algo dijo Benjamin Franklin que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Definitivamente tenía razón y su observación sigue siendo cierta, aquí y en Roma.

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El hombre que fue él mismo

25 domingo Nov 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Agamenón, Arqueología, Grecia, Herodoto, Homero, Ilíada, Jenofonte, Micenas, Odisea, Schliemann, Steve Jobs, Tirinto, Troya

Hoy vamos a relajarnos un poco hablando de una historia que casi parece un cuento, el cuento de alguien que lo dejó todo por un sueño. Una de esas historias que tan bien quedan en la literatura y tan mal suelen terminar en la vida real. De alguien que se atrevió a ser él mismo. ¿Cuántas veces hemos oído la frase «sé tú mismo» o «sigue tu propio criterio»? Yo la he oído cientos de veces, miles. Creo que si hiciéramos una encuesta el 100% de los consultados la habría escuchado, incluso el 105%, si tal cosa fuera posible. Recordemos por ejemplo la cantidad de veces que se citó hace un año, con motivo de su fallecimiento, el célebre discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Si alguien se lo perdió entonces lo puede ver en este enlace (vídeo en inglés subtitulado en español). En este caso el célebre mantra se resumía en una frase que se citó hasta la saciedad: «Stay hungry, stay foolish», literalmente «seguid hambrientos, seguid alocados» y menos literalmente «no abandonéis vuestras ambiciones aunque parezcan una locura».

Todo esto está muy bien, pero… ¿cuánta gente hay que tenga una ambición y la persiga hasta el mismísimo final, siguiendo su propio criterio contra viento y marea? Muy poquitos. Todos nos dejamos influir de una forma u otra por la opinión ajena, sobre todo si es razonable. Si alguien no lo hace y se enfrenta directamente a la opinión de los grandes expertos en una materia, el consejo de ser uno mismo parece el mejor camino hacia el fracaso. Claro que si se cuenta con la protección de todos los dioses del Olimpo la cosa es distinta. Y si ha habido alguien que haya seguido su propio criterio y haya sido mimado por los dioses ése fue Heinrich Schliemann.

Schliemann debió de ser un niño un tanto raro. Su padre, un pastor protestante, disponía de pocos medios económicos, pero debía de ser un hombre bastante culto, puesto que le hablaba a su hijo de los héroes homéricos como otros le habrían contado el cuento de los tres cerditos. El niño Heinrich creció fascinado por aquellas historias, pero la vida parecía llevarle por derroteros muy alejados de su afición: a los 14 años empezó a trabajar como dependiente y a los 19, en 1841, se embarcó con destino a Venezuela con tan mala suerte que su barco naufragó y él tuvo que instalarse en Ámsterdam trabajando como escribiente.

El joven Schliemann, trabajador y estudioso, se dedicó además a estudiar idiomas de tal manera que pronto hablaba ocho. Cuando su empresa lo envió a San Petersburgo como agente, sus negocios prosperaron tanto que hizo fortuna, emigró a Estados Unidos, hizo más fortuna todavía y siguió aprendiendo idiomas hasta tal punto que su diario es la desesperación de quienes aspiran a leerlo, porque además de políglota era un viajero infatigable y escribía en el idioma del país en el que se encontraba en ese momento. Pero estuviera donde estuviera no olvidaba su sueño juvenil de explorar Grecia siguiendo los pasos de sus antiguos héroes, aunque de momento mantenía su obsesión a raya y para estar seguro de tenerla bajo control había un idioma que no hablaba ni se atrevía a estudiar: el griego.

Finalmente en 1856 decidió que ya era lo bastante rico como para permitirse algún capricho y fue entonces cuando aprendió al fin griego clásico y moderno, pero aún habían de pasar más de diez años hasta que pisara Grecia por primera vez. Fue en 1868, tenía 46 años, más dinero del que jamás había soñado y había decidido dejar los negocios para buscar la legendaria Troya. Para ir abriendo boca se dirigió a Ítaca, el reino de Odiseo, el de muchos ardides. Fue un viaje por el espacio, pero también por el tiempo porque Schliemann no estaba realmente en la Grecia contemporánea sino en la del pasado. Una noche, en la plaza de un pueblo de Ítaca comenzó a recitar a los lugareños que rodeaban a aquel millonario excéntrico el canto XXIII de la Odisea, el del reencuentro de Penélope y Ulises. Vencido por la emoción del momento, no pudo contener las lágrimas y con él, conmovidos, lloraron todos los presentes.

Nada podía frenar ya a Schliemann en su decisión de encontrar Troya. Su obsesión tenía algo de locura, o eso pensó su mujer, que no quiso saber nada de aquel asunto. Él respondió con el divorcio y pronto se casó con una jovencísima muchacha, griega naturalmente, llamada Sofía y con la que más adelante tendría dos hijos a los que llamó Andrómaca y Agamenón. Y así fue como comenzó a seguir su propio criterio. El grave problema era que nadie más lo compartía, porque en aquel entonces nadie en absoluto creía en la existencia de una Troya histórica. Para los expertos, aquella ciudad era un mito surgido de un poema y nada más, pero Schliemann no atendía a razones: en la Grecia clásica sí creían en la existencia de Troya y si Herodoto o Jenofonte mencionaban la ciudad como una presencia real del pasado y admitían la autoridad de Homero no había por qué pensar que pudieran estar equivocados.

La búsqueda comenzó en un lugar llamado Bunarbasi. Los pocos que aceptaban que quizás alguna vez hubiese podido existir Troya pensaban que debía de haber estado allí, pero Schliemann pronto estuvo en desacuerdo: el emplazamiento estaba a tres horas de la costa, ¿cómo habrían podido los héroes de Homero combatir en un solo día junto a las naves y a los pies de la ciudad? ¿Cómo podían Aquiles y Héctor haber corrido tres veces alrededor de la ciudad en su combate singular por aquellas empinadas cuestas? ¿Dónde estaban las dos fuentes que menciona Homero, una de agua caliente como el humo del fuego y otra fría como el granizo incluso en verano? Allí había no dos, sino treinta y cuatro fuentes y todas, como comprobó pacientemente, a una temperatura de diecisiete grados centígrados y medio. Y para colmo no había restos arqueológicos. No, allí no podía estar Troya.

Schliemann decidió entonces viajar hacia el norte, hasta un sitio que le pareció adecuado: una colina con una cima de 233 metros de lado en lo que parecía un buen emplazamiento, a poca distancia de la costa y donde además se veía el monte Ida, desde el que el Zeus homérico divisaba la batalla. Parecía un buen sitio si no fuera porque las susodichas fuentes no estaban por ningún lado, pero esto no le arredró porque decidió que en un suelo volcánico podían haber desaparecido. Así que se puso a excavar.

¿Quién apostaría por alguien que se basa en un poema épico cuajado de mitología para encontrar una ciudad que los grandes expertos consideran un mito sin fundamento? Pocos, naturalmente. Pues bien, allí no había una ciudad… ¡había nueve! Se habían ido edificando una encima de la otra a lo largo de los siglos. Una de ellas tenía restos de incendios, destrucción y grandes murallas así que Schliemann decidió que aquélla era la Troya homérica. En realidad se equivocaba por poco, puesto que hoy se cree que la Troya del poema era Troya VII y no Troya II (el número indica el orden de los niveles), pero eso poco importa. Schliemann había triunfado contra todo pronóstico. Y para remate, en 1873, a punto de terminar la excavación encontró lo que llamó «el tesoro de Príamo». Al ver lo que había, por si acaso, decidió despedir a los obreros con la excusa de que era su cumpleaños y les daba el día libre para celebrarlo; luego desenterró personalmente un conjunto de joyas. Debió de ser para él un momento glorioso, aunque no tanto como cuando adornó con ellas a su jovencísima esposa y la contempló como si fuera la nueva Helena. Podemos saber lo que vio, porque se conserva una fotografía de aquella veinteañera con joyas de más de tres mil años de antigüedad.

Schliemann había seguido su propio criterio y había triunfado. ¿Casualidad? Puede… sólo que en 1876 Schliemann se fue a excavar a una de las ciudades enemigas de Troya, Micenas. Esta vez no había que encontrar el emplazamiento, pero todos los arqueólogos buscaban tumbas en el exterior de los restos de la fortaleza y Schliemann defendía que estaban todos equivocados y debían estar en el interior. Acertó. Encontró tumbas con restos de una riqueza extraordinaria. Con su habitual entusiasmo dio por sentado que estaba en la tumba de Agamenón (otra vez se equivocaba, la tumba es posterior en unos 400 años al mítico rey, pero eso para Schliemann era secundario) y por eso la máscara funeraria de oro que es la joya entre las joyas de aquel hallazgo se conoce como «la máscara de Agamenón».

Como no hay dos sin tres Schliemann excavó Tirinto en 1884. Allí no había nada de interés, según los arqueólogos, pero una vez más se apartaban de los autores antiguos, que insistían en que la patria de Heracles se distinguía por sus ciclópeas murallas. Naturalmente Schliemann las encontró, y de paso un interesantísimo estilo cerámico que anunciaba por primera vez la importancia de la cultura cretomicénica.

Resulta casi increíble que un aficionado, basándose en escritos de 2.000 a 2.500 años de antigüedad, pudiese imponer su criterio contra los grandes expertos en la materia. Quizás sea cierto que Dios siente debilidad por los locos, puesto que sólo un loco se habría lanzado a aquella aventura. O quizás recibió el apoyo de los viejos dioses que, aburridos en el Olimpo y con sus templos en ruinas, no podían sino sentir simpatía hacia aquel hombre extravagante que hacía revivir con pasión los buenos viejos tiempos en los que ellos eran temidos y respetados. Con apoyo divino o sin él, es el mejor ejemplo que conozco de alguien que se mantuvo «hungry y foolish» hasta el final. Y la mejor demostración de que para dominar de verdad una materia es necesario ante todo entusiasmo y estudio en profundidad… y quizás unas libaciones en honor a los dioses.

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El volantazo que causó 16 millones de muertes

12 lunes Nov 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Francisco Fernando, Francisco José, Guerras de los Balcanes, Historia, Mano Negro, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Princip, Sarajevo, Siglo XX

Hoy estamos de aniversario. El 12 de noviembre de 2011, hace exactamente un año, se estrenaba este blog con una entrada titulada Ayer fue 11 de noviembre en la que la fecha del final de la Primera Guerra Mundial nos daba el tema del artículo. Parece adecuado que la entrada de hoy trate de cómo se inició aquella contienda. Para los habituales del blog que quieran además leer un balance de este primer año he escrito una página aparte que podéis leer haciendo click aquí.

A veces el destino es caprichoso y un hecho trivial tiene consecuencias desmesuradas. El que un conductor haga un giro equivocado y enfile una calle errónea no parece suficiente motivo para provocar la muerte de unos 8 millones de combatientes y de otros tantos civiles y dejar unos 7 millones de mutilados. Y sin embargo el origen de la Primera Guerra Mundial está precisamente en un giro erróneo.

Naturalmente estoy distorsionando los hechos, pero no tanto como se pueda pensar. En 1914 las potencias europeas vivían un ambiente prebélico que hacía prever una guerra a gran escala. Sólo faltaba un casus belli, una chispa que provocara el incendio que arrasaría todo el continente. Esa chispa prendió como consecuencia del error de un conductor en Sarajevo el 28 de junio de 1914, pero las auténticas causas son más profundas: el reparto entre los imperios europeos de territorios coloniales, fuente de materias primas y mercado de manufacturas, había causado muchos roces. Alemania, por ejemplo, había llegado tarde a la era colonial, pero no por ello se mostraba menos activa en la búsqueda de concesiones comerciales, con frecuentes encontronazos con otras potencias industriales como Gran Bretaña. A esto hay que sumar el auge nacionalista de la época, impulsor de la idea imperialista, pero también sustento de las aspiraciones de minorías que encontraban además el apoyo de terceras potencias que buscaban debilitar a sus rivales. Un ejemplo de este caso es la minoría servia en Austria-Hungría (en este artículo escribiré Servia con v, a la manera en que se escribía en castellano en la época que nos ocupa. No se empezó a escribir Serbia con b hasta la guerra de los Balcanes de los años 90 por influencia del inglés). La política de alianzas seguida por las grandes potencias creaba además la posibilidad de que un conflicto local pasara a generalizarse por todo el continente.

Los conflictos diplomáticos en los que la guerra estuvo cerca fueron numerosos. En un par de ocasiones, en 1905 y 1911, Alemania y Francia hicieron subir la tensión a cuenta de la presencia en Marruecos, pero fue en los Balcanes en donde finalmente estallaría aquella olla a presión. Era el escenario ideal porque el Imperio Turco se desmoronaba, dando lugar a la aparición de nuevos estados, y creando una situación de fronteras cambiantes en la que eran muchos los aspirantes a sacar tajada. Así, en 1908 Austria-Hungría se anexionó definitivamente Bosnia-Herzegovina, que ya administraba desde 1878 aunque formalmente seguía perteneciendo al Imperio Otomano. Esto provocó una crisis en la que el gobierno austrohúngaro contaba con que la debilidad de Rusia, tras su derrota ante Japón en 1905, no le permitiría intervenir militarmente en una zona objeto de sus intereses mientras que Servia, alarmada por la expansión imperial de su vecino, no tenía capacidad de oposición.

El siguiente susto tendría lugar en 1912 cuando Bulgaria, Servia, Montenegro y Grecia fueron a la guerra con Turquía y, tras la derrota otomana, se repartieron los territorios europeos de su rival, pero en 1913 los vencedores se enzarzarían en nueva guerra. Esta vez Bulgaria, la gran triunfadora del conflicto anterior, se vio enfrentada a Rumanía, Servia, Grecia y Turquía. El resultado de las dos guerras balcánicas se ve claramente en el mapa, que como de costumbre he tomado prestado de Wikipedia: Turquía deja de ser una potencia europea y su territorio se lo reparten entre los jóvenes estados balcánicos.

Las guerras balcánicas cerraron el conflicto de la región en falso porque Austria-Hungría difícilmente podía aceptar la expansión servia, que alentaba el separatismo en regiones como Bosnia, mientras que Rusia no podía dejar de apoyar a los nuevos estados balcánicos, sus aliados naturales en la región. Este conflicto de intereses entre los dos imperios abría la posibilidad, cada vez más real, de una guerra entre grandes potencias europeas y en consecuencia se prepararon planes bélicos y se aceleró una carrera de armamentos que, para ser aceptada por la opinión pública, llevó a incidir en el peligro de que se desatara un conflicto, lo que hacía que este riesgo fuera cada vez más aceptado como una posibilidad cierta. Y así es como llegamos al fatídico 28 de junio de 1914.

Aquel día el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José, estaba de visita en Sarajevo, capital de la recientemente incorporada al imperio Bosnia-Herzegovina. El imperio vivía un delicado equilibrio y las minorías de los Balcanes eran fuente de preocupación, aunque precisamente el archiduque era partidario de darles mayor representación, en oposición al punto de vista más conservador de su tío, el monarca. Esto no le libraba de ser el blanco de los odios de la minoría servia, puesto que una mejor integración de esta minoría en el imperio significaría una estabilidad que haría más difícil la creación de la Gran Servia, objetivo al que apuntaba el nacionalismo servio y, dentro de él, una organización secreta conocida como La Mano Negra.

La visita del heredero a Sarajevo comenzó cuando la comitiva de seis coches, en el tercero de los cuales iba el archiduque (algunas fuentes dicen que iba en el segundo, pero eso no hace al caso), dejó la estación de tren de la ciudad a las 10 de la mañana y se dirigió al ayuntamiento. Siete asesinos esperaban su oportunidad en distintos puntos del recorrido. Todos ellos formaban parte de una facción de La Mano Negra dirigida por el coronel Dragutin Dimitrijević, más conocido como Apis, jefe del servicio de inteligencia militar servio.

En su recorrido por las calles de Sarajevo la comitiva pasó junto a dos de los asesinos, que no tuvieron ocasión de actuar. Un tercero sí consiguió arrojar una bomba, pero ésta rebotó en el coche del archiduque y estalló tras él, provocando una veintena de heridos pero dejando ileso a su objetivo. El asesino frustrado intentó suicidarse tragando una cápsula de cianuro, pero el veneno era antiguo y estaba en mal estado, por lo que sólo le provocó vómitos. Mientras tanto el coche del archiduque se alejaba a toda velocidad del escenario del atentado. El heredero del trono parecía haber escapado indemne de sus enemigos.

El archiduque Francisco Fernando llegó muy alterado al ayuntamiento. Allí se encaró con el alcalde de la ciudad: «Vengo de visita y me reciben con una bomba, ¡es indignante!», pero pronto logró calmarse, escuchó los discursos de bienvenida, y respondió a ellos diplomáticamente. Entretanto los asesinos aguardaban sin saber qué hacer y uno de ellos, Gavrilo Princip, hambriento, cruzaba la calle para entrar en una tienda y comprar algo que llevarse a la boca. Tras la recepción, el archiduque expresó su deseo de visitar a los heridos en el atentado, alterando así el plan original de la visita.

A las 10:45 la comitiva se ponía de nuevo en marcha. Tras el coche del alcalde marchaba el del archiduque en el que además iban su esposa y el gobernador Potiorek. Éste había decidido tomar la ruta más directa al hospital, evitando el centro de Sarajevo, pero la precipitación hizo que los conductores no estuvieran sobre aviso del cambio de itinerario. Gavrilo Princip acababa de salir de la tienda con su sandwich cuando se encontró de nuevo con el cortejo de automóviles; el coche del alcalde, en contra de lo previsto por Potiorek, hizo un giro para salir de la avenida junto al río y enfilar el centro de la ciudad, y lo mismo hizo el vehículo del archiduque. Al darse cuenta de que no se seguía la ruta directa que él había previsto, el gobernador Potiorek alertó al conductor: «¡No es por aquí, teníamos que seguir recto por Appel Quay!». El chófer clavó los frenos y se dispuso a retroceder. A apenas dos metros de donde el coche se había detenido estaba Gavrilo Princip.

Princip hizo dos disparos: uno de ellos acertó al archiduque en la yugular y el otro alcanzó a su esposa Sofía en el abdomen. El coche salió disparado de nuevo mientras Princip intentaba suicidarse sin éxito (el cianuro en mal estado sólo le hizo vomitar, como ocurrió con su compañero). En el automóvil, entretanto, la gravedad de la situación se hacía patente cuando al archiduque le salió una bocanada de sangre por la boca. Su mujer se desmayaba unos segundos después y él, dándose cuenta de que ella también estaba herida, sólo acertó a decir «Sofía, no te mueras, tienes que vivir por nuestros hijos». A continuación él también perdía el sentido y minutos después ambos habían muerto.

Aunque el gobierno servio no estaba directamente detrás del atentado sí es cierto que tenía noticias de la trama y apenas hizo nada por impedirla. Austria-Hungría, con el respaldo alemán, vio la ocasión de frenar la expansión servia y resolver la cuestión de los Balcanes por la vía militar, en lugar de intentar una solución diplomática que habría sido pasajera. Pero Rusia, que contaba con el apoyo francés, no podía mantener una actitud pasiva so pena de perder toda influencia en la región. Cuando Austria-Hungría emitió un ultimátum inaceptable para Servia los acontecimientos se precipitaron: el conflicto austro-servio pasó a ser austro-ruso, por lo que Alemania a su vez envió un ultimátum a Rusia, y pronto se vio en guerra con rusos y franceses. El plan alemán de ataque a Francia implicaba ocupar Bélgica, violando su neutralidad, lo que llevó a Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania. El 4 de Agosto toda Europa estaba en guerra.

Como hemos visto las causas de la contienda son complejas y aunque no fue el giro equivocado del coche del archiduque el motivo de las hostilidades, es imposible no preguntarse qué habría ocurrido si los asesinos de Sarajevo hubiesen fracasado, si el conductor hubiese seguido recto y a buen ritmo en su camino al hospital. Probablemente se habría llegado de todas maneras a una guerra que el sistema de alianzas convertía inevitablemente en generalizada, pero también puede que los enfrentamientos entre potencias se hubiesen resuelto mediante conflictos de menor intensidad, como ocurrió durante la Guerra Fría. Quizás no habría habido una Primera Guerra Mundial y por tanto tampoco una Segunda.

Hay una conclusión que sí está clara: las condiciones para que toda Europa se viera envuelta en una guerra, como hemos visto, estaban presentes y una vez que las condiciones para un hecho se han creado sólo hay que esperar al detonante; de la misma forma que un escape de gas, al mezclarse con el oxígeno del aire, crea las condiciones para que haya una explosión, pero ésta no aparece hasta que hay una chispa. En la actualidad Europa parece encontrarse en otro momento inestable, con una situación económica complicada, desconfianza entre los países de la Unión Europea, tensión social, etc, por lo que situaciones antes impensables, como por ejemplo la desaparición del euro o la salida de un país de la Unión, se plantean como posibilidades ciertas. La posibilidad de que la tensión llegue al extremo de provocar una guerra civil en algún país europeo parece de momento más lejana, pero también lo parecía en Yugoslavia en 1990 o en Libia hace apenas dos años. ¿Qué pasará si salta una chispa?

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