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Un plan insuficiente, un avión indiscreto y muchos taxis

12 miércoles Nov 2014

Posted by ibadomar in Historia

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Alemania, Aviación, Batalla, Bélgica, Cannas, Francia, Hindenburg, Historia, Ludendorff, Marne, Moltke, Momentos cruciales, Mons, Plan Schlieffen, Primera Guerra Mundial, Siglo XX, Tannenberg

El tiempo vuela, definitivamente. Hoy este blog cumple tres años y, como ya es tradición, el artículo del aniversario tratará sobre la Primera Guerra Mundial, de la que además estamos conmemorando el centenario. Había pensado contar algo sobre la célebre tregua de Navidad de 1914, pero estoy seguro de que dentro de poco más de un mes no habrá periódico que no recuerde el hecho, así que no es necesario insistir. En su lugar vamos a hablar de un momento decisivo, no ya en el transcurso de aquella guerra, sino en la historia del siglo XX.

En su día ya expliqué las causas de la Primera Guerra Mundial, pero ahora toca hablar de cómo se habían preparado los contendientes. Europa estaba dividida en dos grandes bloques: por un lado la denominada Triple Alianza, que agrupaba a Alemania con Austria-Hungría y con Italia, aunque la lealtad de este último país a la alianza era dudosa, tanto que cuando finalmente entró en la guerra lo hizo contra sus teóricos aliados. Por otro lado tenemos la Triple Entente formada por una muy sólida alianza entre Francia y Rusia y una algo menos sólida relación con el Reino Unido. En el mapa adjunto, obtenido de Wikipedia, se ve la situación a grandes rasgos.

Europe_1914El mapa adelanta acontecimientos, puesto que ya vemos en él a Bulgaria y Turquía en alianza con los Imperios Centrales y a países como Italia o Bélgica entre los aliados de Francia y Rusia. Para comprender el problema estratégico alemán basta con ver la situación de sus dos grandes rivales: uno al este y otro al oeste. Rusia era difícil de derrotar rápidamente debido a su inmenso tamaño, pero a cambio era de esperar que se movilizara con lentitud, mientras que Francia podía movilizarse con rapidez, pero también podía caer en menos tiempo. Explicado así, el problema de la guerra en dos frentes se puede resolver derrotando a Francia con rapidez para despejar el lado Oeste cuanto antes y dedicarse entonces al problema ruso. Si la derrota francesa se lograba cuando aún Rusia estaba en fase de movilización, la guerra podía darse por ganada.

Francia, al fin y al cabo ya había sido vencida en 1870 con el célebre von Moltke al frente de los ejércitos prusianos, pero a principios del siglo XX los ejércitos eran cada vez mayores y las fortalezas francesas en la frontera común complicaban una victoria rápida. Para maniobrar con ejércitos enormes, de un millón y medio de hombres, el militar alemán von Schlieffen preparó un plan que terminó de madurar en 1905 y que preveía que las fuerzas alemanas, necesitadas de espacio, atravesaran territorio belga. El mapa adjunto muestra en rojo el avance alemán previsto por Schlieffen, atravesando Bélgica, rodeando París y, en teoría, derrotando a Francia en menos de 40 días.

schlieffenPor parte francesa, el llamado Plan XVII, se basaba en la teoría de una ofensiva a ultranza, el ataque irresistible según las líneas azules del mapa. Podemos adelantar ya que el resultado fue un fracaso y el principio de las operaciones, en agosto de 1914, parecía favorecer a los alemanes. Pero como dijo von Moltke, no hay plan que resista el contacto con el enemigo. En este caso sería un sobrino suyo (Moltke el joven) quien dirigiría las fuerzas alemanas y comprendería la verdad de tal afirmación.

Cuentan que en 1913, Schlieffen estaba en su lecho de muerte y dijo con su último aliento, refiriéndose a su plan: «sobre todo, mantened fuerte el flanco derecho». Un año después el flanco derecho, en el que se basaba todo el éxito del plan, se debilitaba por sí mismo de manera natural.

-La testarudez belga. Cuando Schlieffen decidió que sólo podía derrotar rápidamente a Francia pasando por territorio belga, asumía un alto riesgo. Alemania había previsto que Bélgica se limitaría a una protesta diplomática o a lo sumo a una resistencia de principio, pero el gobierno belga no sólo rechazó el ultimátum alemán sino que, tras entrar los alemanes en Bélgica el 4 de agosto, su ejército resistió hasta donde era humanamente posible. Para colmo, la violación de la neutralidad belga decidió al gobierno inglés a entrar en la guerra. Los belgas apenas disponían de seis divisiones de infantería, que no deberían haber estado allí según los planes alemanes, como tampoco el cuerpo expedicionario británico, que entró en acción en la batalla de Mons el 23 de agosto. Contingentes pequeños, pero que hacían más débil el flanco derecho alemán.

-La fidelidad rusa. El plan alemán preveía que los rusos serían lentos en movilizarse, pero los franceses, conscientes de lo que se jugaban, presionaron a sus aliados y ya el 12 de agosto se iniciaba la invasión de Prusia Oriental por parte del ejército ruso. La preparación era deficiente, la intendencia desastrosa, pero la rapidez de su entrada en acción alarmó a los alemanes, que vieron cómo su frente oriental amenazaba con derrumbarse. Pronto encontraron a dos hombres capaces de darle la vuelta a la situación: Hindenburg, como comandante en jefe del ejército oriental y Ludendorff, que sería su jefe de Estado Mayor. El 26 de agosto se iniciaba la batalla de Tannenberg, en la que el ejército ruso sería derrotado contundentemente, pero para entonces en Alemania ya había cundido el pánico y habían debilitado el frente occidental para enviar tres cuerpos de ejército al este. Ludendorff no se lo creía cuando le anunciaron aquellos refuerzos: aquellos hombres, pensaba, eran vitales en el oeste y de todas formas llegarían demasiado tarde al este. En efecto, aquellos refuerzos ni estuvieron presentes en Tannenberg ni ayudaron a mantener la presión sobre los franceses. El ala derecha alemana seguía debilitándose.

-El fantasma de Cannas. Ya hemos visto que el plan alemán preveía un movimiento envolvente por la derecha mientras el ala izquierda se limitaba a fijar al ejército francés. Cuando el ataque francés fue rechazado por el ala izquierda alemana apareció la posibilidad de que ésta se uniera a la ofensiva logrando así un doble movimiento envolvente, un caramelo táctico irresistible desde que Aníbal lo pusiera en práctica en Cannas, como vimos en su día. ¿Y si se avanzaba por la izquierda también en lugar de apostarlo todo al ala derecha? Era un cambio de planes radical y aunque no llegó a ejecutarse por completo, sí se dejó proseguir el avance del ala izquierda en lugar de mantenerla fija, empleando dos ejércitos que deberían haberse quedado en reserva para reforzar en el momento adecuado el ala derecha, que seguía perdiendo fuerza.

-El cambio de dirección. Y así llegamos al 30 de agosto. Los ejércitos alemanes parecen invencibles, pero en realidad el flanco derecho, el que tenía que reforzarse a toda costa, no era tan fuerte como debería ser y sin embargo los franceses parecían derrotados porque estaban en franca retirada. En lugar de seguir el avance previsto parecía factible virar hacia el este, sin necesidad de rodear París y terminar de cercar al ejército francés. No habría que estirar tanto las líneas, lo que era una ventaja cuando la fuerza del ala derecha menguaba y los ejércitos empezaban a mostrar agotamiento. Finalmente el cambio de dirección se llevó a cabo, pero era una maniobra que entrañaba riesgos.

-La vista desde un avión y la marcha en taxi. Hacía apenas 10 años que los hermanos Wright habían hecho su histórico vuelo y ya el avión estaba presente en el campo de batalla. Fue un aviador francés, el teniente Watteau, el que informó de la situación alemana a unos generales franceses que no daban crédito a lo que veían y que empezaron a exclamar con entusiasmo: «¡Nos presentan el flanco!». Era la oportunidad que necesitaban. Ahora los alemanes dejaban un costado de su avance al descubierto y era posible contraatacar. La decisión estaba tomada y la batalla tendría lugar junto al río Marne. Poniendo toda la carne en el asador, se envió un refuerzo de 6.000 soldados al frente desde París… en taxi. Quien visite el museo del ejército francés en los Inválidos se encontrará allí con un taxi de 1914, como recuerdo de tan insólito medio de transporte de tropas.

Taxi14El transporte en taxi fue sólo una anécdota, puesto que la mayor parte de las tropas francesas procedían de otros puntos, pero quedó en la memoria colectiva. En el Marne terminó la gran ofensiva alemana. Los 40 días en los que tenían que derrotar a Francia según el plan original llegaban a su fin sin haber cumplido el objetivo. Peor aún: el avance se había detenido por completo y se avecinaba una guerra larga en la que Alemania debería luchar en dos frentes, exactamente el escenario que pretendía evitar el plan Schlieffen.

Estos hechos de hace ahora 100 años fueron determinantes en la historia del siglo XX. Si los alemanes se hubiesen atenido al plan original podrían haber conseguido su objetivo de derrotar a Francia en tiempo récord y la guerra podría haber terminado en 1914 con un tratado de paz a la medida de las aspiraciones alemanas. Sin la prolongada carnicería de las trincheras la mentalidad europea no habría quedado conformada por el trauma de aquella guerra y los años 20 y 30 habrían sido de preponderancia alemana.

¿Cómo habría sido el mundo en ese caso? ¿Mejor o peor? Es imposible saberlo, pero sí podemos estar seguros de que habría sido un mundo diferente. Desde aquel fatídico día de junio de 1914 los movimientos diplomáticos primero y los militares después habían sido incapaces de resolver el problema de las relaciones entre las potencias europeas. Cuatro años después, una Europa agotada comenzaba a pagar este doble fracaso con una inevitable decadencia.

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La precipitada huída de Catilina

29 lunes Sep 2014

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Catilina, Cicerón, Galos, Historia, Pujol, Roma, Sila

Así, a lo tonto, hace cosa de un mes que no actualizo el blog porque las complicaciones del mundo real me mantienen alejado del virtual. Y no es que me falten temas para escribir: la situación escocesa me hizo pensar en un artículo sobre cómo se llegó a la unión de las coronas de Escocia e Inglaterra; las tensiones entre Occidente y Rusia casi me deciden a hablar de la Guerra Fría y el centenario de la Primera Guerra Mundial podría darme materia hasta noviembre de 2018. Tantos temas sobre los que escribir y tan poco tiempo para hacerlo.

Finalmente, la esperpéntica comparecencia de Pujol, muy envuelto en una dignidad surgida de no se sabe dónde tras confesar que ocultó una fortuna a Hacienda durante años, me sorprendió por la falta de respuestas contundentes. Caramba, ¿tan pobre es la oratoria actual que nadie es capaz de acuñar con fortuna una frase de reprobación? Me vinieron a la mente, sin buscar mucho, tres situaciones en las que sí se pronunciaron y quedaron para la Historia palabras de reproche: una señala el fin de la época de la «caza de brujas» de McCarthy, otra llegó durante la crisis de los misiles, y la tercera… la tercera tiene mucha más solera. En ella, además, aparecen en escena un programa político populista, una conspiración para un golpe de estado, espías infiltrados en la conspiración, movimientos diplomáticos, una astuta celada y en general, todos los ingredientes que se le pueden pedir a una buena película de intriga. Ocurrió el año 63 antes de Cristo y pasó a la historia como la conspiración de Catilina.

El episodio es muy conocido, pero tiene un grave defecto: todo lo que sabemos de Lucio Sergio Catilina nos lo han contado enemigos suyos como Cicerón, por lo que podemos estar seguros de que se han exagerado hasta el límite sus rasgos negativos. Sabemos con seguridad que nuestro hombre era de origen noble y estuvo entre los que apoyaron en su día a Sila, que era una forma magnífica de hacer fortuna para los hombres de pocos escrúpulos, como ya mencioné en su día al hablar de Craso; también sabemos que fue pretor en el 68 a.C. y que a continuación partió como gobernador a África. No hay muchos detalles de su gobierno allí, pero a la vuelta se encontró con una acusación de abuso de poder, que nos da algunas pistas. El estar pendiente de juicio impidió que se presentara a las elecciones consulares del año 65 a.C. y siendo bastante malpensados podríamos preguntarnos si la acusación no fue una táctica de sus adversarios para torpedear su candidatura, aunque la cosa no fue a mayores: Catilina fue absuelto y se pudo presentar a las elecciones de los cónsules del año 63 a.C.

Siendo como era de origen noble, puede parecer sorprendente que el programa político de Catilina estuviera pensado para buscar el apoyo de las clases bajas y que su punto fuerte fuera la abolición de las deudas, pero la política siempre ha tenido este tipo de cosas. Los ánimos estaban enconados, pero Catilina fracasó y fue elegido el gran orador Marco Tulio Cicerón junto con un Cayo Antonio Hybrida que sólo sirvió como figura decorativa. Catilina no se desanimó por ello y empezó a preparar la campaña para las elecciones del año siguiente. Pero, como era hombre precavido, empezó a elaborar un plan B para llegar al poder en caso de un nuevo fracaso en las urnas. En Etruria sus partidarios empezaron a reclutar un ejército, mientras los más exaltados de los conspiradores intentaban sumar a los esclavos a la revuelta.

La elección de los cónsules que debían gobernar en el año 62 a.C. se debieron de celebrar en el verano del 63 y, con el panorama descrito, el ambiente era irrespirable. El cónsul Cicerón, que dirigía el proceso, llevaba una coraza bajo la toga y no salía sin una escolta armada. El plan A de Catilina fracasó de nuevo, porque perdió las elecciones, siendo elegidos Lucio Licinio Murena y Décimo Junio Silano, así que no quedaba más que aplicar el plan B, es decir la revuelta armada, fijada para finales de octubre.

Llegó entonces la hora de los espías. Uno de los conjurados tenía una amante llamada Fulvia, que puso en guardia a Cicerón. No había pruebas de la conjura, y por tanto no podía haber detenciones, pero el cónsul empezó a tomar medidas preventivas que hacían imposible el proyecto. Sin embargo los conspiradores no pudieron avisar a tiempo a Manlio, responsable de la revuelta en Etruria, donde se inició la sublevación. Había que actuar deprisa y en una reunión el 7 de noviembre los conspiradores decidieron asesinar a Cicerón al día siguiente en su propia casa, aprovechando una visita. A continuación Catilina partiría para Etruria, se pondría al frente de los sublevados y marcharía sobre Roma, donde sus partidarios asesinarían a sus principales adversarios políticos. Sin embargo Fulvia volvió a intervenir, por lo que Cicerón dejó de recibir visitas inmediatamente y convocó una sesión extraordinaria del Senado.

En esa sesión se produjo el momento glorioso de esta historia. Cicerón llegó dispuesto a informar de todo lo que sabía cuando vio entre los senadores a los que participaban en la conjura. No sólo no habían huido sino que estaban allí, con el mismo Catilina presente, como si no supieran de qué iba la cosa. Cicerón demostró entonces su don para la oratoria con un discurso que ha pasado a la Historia (y a las pesadillas de todo estudiante de Latín) y que comienza con la célebre frase Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?) En el discurso Cicerón se asombraba de que, mientras él informaba al Senado de la conjura, Catilina aún estuviera vivo y, más aún, acudiera a la sesión para señalar con su mirada a aquéllos que habrían de caer bajo los puñales de los asesinos. Catilina no fue capaz de justificarse ante la oleada de indignación que Cicerón había logrado levantar y cometió un error: abandonó Roma y huyó a Etruria para ponerse al frente de los sublevados.

Ésa fue la jugada maestra de Cicerón. Su discurso pudo ser emotivo, pero seguía sin tener pruebas. Al huir, Catilina dejaba de controlar los acontecimientos en Roma, donde se preparaba una astuta celada en su contra. Léntulo, uno de los conspiradores, se dirigió a unos embajadores galos de la tribu de los alóbroges para intentar que se sumaran a la rebelión. Los galos buscaron consejo en su patrono romano, que informó a Cicerón. El consejo que recibieron los galos fue el de que pidieran las promesas por escrito y les permitieran entrevistarse con el mismo Catilina. Léntulo picó y redactó el documento que pedían. Para colmo, uno de los conjurados salió con ellos de viaje a Etruria con una carta dirigida a Catilina. No llegaron ni a abandonar la ciudad antes de ser arrestados y Cicerón tuvo por fin las pruebas que buscaba.

El desenlace estaba servido: el Senado juzgó a los conspiradores, ilegalmente por cierto, porque no era un órgano judicial, y decretó su muerte. Esta decisión era tan ilegal como el propio juicio, como dijo Julio César en su discurso para la ocasión, puesto que no se podía ejecutar a ciudadanos romanos sin contar con la Asamblea, pero Cicerón estaba en su momento de gloria y la mayoría de senadores votó las condenas siguiendo su opinión.

Sólo faltaba sofocar la rebelión en Etruria. El mismo Catilina debilitó el movimiento al rechazar incorporar a los esclavos, puesto que una cosa era sublevarse en nombre de los ciudadanos romanos y otra ayudar a esclavos fugitivos. Cuando llegaron las noticias de la debacle de la conspiración en Roma buena parte de su ejército desertó y Catilina sólo pudo intentar abrirse camino hacia la Galia, pero fue derrotado cerca de Pistoia y murió en combate.

Este fue el gran triunfo de la retórica de Cicerón, que consiguió con su discurso que Catilina perdiera la sangre fría y abandonara Roma para dirigirse al desastre. Desde entonces parece que se ha aprendido mucho y ahora, cuando se expone en un parlamento una conducta reprochable, el aludido finge sorprenderse si es que no reacciona airado recriminando la conducta de sus adversarios. Será porque ya no tiene que enfrentarse al riesgo de morir estrangulado en una mazmorra, que fue el destino de los conjurados capturados en Roma, o porque en el fondo todos, acusados y acusadores, son actores en una misma comedia. Como dijo el mismo Cicerón en aquel célebre discurso del que hemos hablado O tempora, o mores.

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El ocaso de un reino

28 jueves Ago 2014

Posted by ibadomar in Historia

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Al Andalus, Conquista musulmana, Don Rodrigo, Duque Paulo, Edad Media, Egica, Emirato de Córdoba, Ervigio, España, Fiscalidad, Guadalete, Historia, Muza, Reino de Toledo, Reyes godos, Tariq, Wamba, Witiza

Me he referido en este blog, en dos ocasiones, al hecho de que la presión fiscal, cuando se percibe como excesiva, puede provocar alteraciones graves en la sociedad hasta llegar incluso a la forma de revolución. Para ilustrarlo he utilizado dos artículos. Uno de ellos nos mostraba cómo las revoluciones que separan la Edad Moderna de la Contemporánea (las revoluciones francesa y norteamericana) tenían origen en subidas de impuestos, mientras que el otro hablaba de la decadencia de la clase acomodada de Roma, incapaz de seguir sufragando los gastos de sus ciudades, lo que a la larga influyó en la decadencia general y la caída del Imperio. Un artículo con un ejemplo de la Edad Moderna y otro con un ejemplo de la Edad Antigua. ¿Y no hay ningún ejemplo en la Edad Media? Pues sí, claro que lo hay, y además bien cercano.

La Alta Edad Media en Hispania es una época muy interesante para los aficionados a la Historia. El reino visigodo de Toledo es una entidad política muy desarrollada, pero que dura relativamente poco hasta alcanzar su fin en el año 711 con la invasión musulmana. Pero las cosas no son tan simples, nunca lo son, como para pensar que sencillamente un día llegó un ejército desde el norte de África y ocupó la Península Ibérica militarmente. Lo cierto es que la sociedad visigoda se descomponía y surgió una alternativa que resultaba mucho más barata. Pero vayamos por partes.

Que el reino visigodo no estaba completamente cohesionado es evidente a la vista de su turbulenta historia, y sus últimos años no son, por supuesto, una excepción. El rey Wamba, por ejemplo, se enfrentó en 673, al poco de subir al trono, a una sublevación en la Galia Narbonense, al frente de la cual se puso nada menos que el hombre al que él había enviado para sofocarla, el duque Paulo. Hay que decir que Wamba actuó con una gran energía y puso fin al problema en menos de seis meses, pero la gran extensión de la rebelión y su encabezamiento por el duque demuestran el poco afecto de las capas altas de la sociedad por el orden establecido. La deposición de Wamba es paradigmática: el 14 de octubre del año 680 se sintió tan enfermo que se dejó revestir de hábitos monásticos y tonsurar; en otras palabras, consintió en entrar en religión como forma de penitencia ante su inminente muerte… que resultó no ser tan inminente porque se recuperó. Pero eso daba igual a quienes estaban involucrados en la intriga, ya que legalmente no podía ser rey quien había sido tonsurado y Wamba tuvo que dejar el trono.

Los sucesores de Wamba actúan de forma que deja clara su debilidad: Ervigio (680-687), por ejempo, sufrió el escaso interés de sus súbditos por defender el reino, pero aun así tuvo que suavizar la ley militar de su predecesor, puesto que la mitad de la población sufría la pena de incapacidad de testificar en juicio reservada a quienes incumplían sus obligaciones militares. Egica (687-702), por su parte, promulgó duras leyes contra quienes conspiraban contra él, que no eran pocos. No sólo se deterioraba la situación política: las malas cosechas golpeaban el reino y la legislación sobre esclavos fugitivos hace suponer que las fugas de aquella mano de obra tan necesaria eran frecuentes; peor aún: los fugitivos no tenían más remedio que dedicarse al bandidaje, empeorando la situación general. La economía empeoraba y lo demuestra que las monedas del reinado de Witiza son de muy mala ley, es decir, tienen poco metal noble, por lo que su valor es muy inferior al nominal, lo que es una forma primitiva de devaluar la moneda.

Tan mal debía de estar la situación social, que en un concilio se expresó la preocupación por el alto número de suicidios. Los súbditos del reino no tenían interés en defenderlo, como demuestra la necesidad de la ley militar de Witiza y su fracaso, pero es que apenas tenían fuerzas para defender su propia vida. Y en estas circunstancias de crisis social llegó el chispazo que haría estallar aquel mundo: al morir Witiza en 710, su clan familiar intentó entronizar a su hijo Agila, pero la asamblea de nobles designó rey al duque Don Rodrigo. Era perfectamente legal, pero el clan witiziano no se iba a dar por vencido fácilmente.

En estas circunstancias se produjo la intervención musulmana. El porqué de su llegada no está completamente claro, pero sí se sabe que en algún momento, antes o después de cruzar el Estrecho, pactaron con los witizianos. En el momento en que el rey Rodrigo se enfrentaba a las tropas invasoras en la batalla de Guadalete (julio del año 711) las alas de su propio ejército, dirigidas por partidarios de los hijos de Witiza, abandonaron la batalla. Si los witizianos esperaban conseguir así el control del reino se vieron defraudados porque, comprendiendo la debilidad visigoda, los musulmanes se lanzaron a una conquista total, independientemente de los pactos que hubiesen alcanzado de antemano. Toledo cayó en seguida y el mismo gobernador del norte de África, Muza, (el proverbial Moro Muza) se animaba a pasar el Estrecho para no dejar por completo en manos de su subalterno, el bereber Tariq, una empresa que estaba resultando tan provechosa.

La ocupación fue muy rápida y, detalle interesante, relativamente pacífica. Los invasores no realizaron ningún tipo de proselitismo o persecución, al menos durante los primeros años (la historia de la Hispania musulmana es tan larga que en ella la situación cambió varias veces). Durante esta primera época, cristianos y judíos gozaron de protección por motivos religiosos, puesto que las tres religiones forman parte de una misma verdad revelada. Y no había grandes motivos para que los habitantes de Hispania se alzaran contra los recién llegados: los judíos se habían librado de las crueles leyes godas (Egica llegó a decretar que se separase a los niños judíos de sus familias al cumplir siete años), por lo que salían ganando con el cambio, y por su parte la nobleza rural y los campesinos se convirtieron con frecuencia al Islam.

Los motivos fiscales de estas conversiones no son de desdeñar: sobre los cristianos recaía un impuesto para los propietarios de terreno y una tasa personal que venía a ser un impuesto sobre la renta. El diezmo anual que pagaban los musulmanes era menos oneroso, por lo que las conversiones fueron numerosas en el medio rural, que además estaba muy abandonado por el clero visigodo. Se puede decir que a sus habitantes tanto les daba una religión que otra y escogieron la opción más barata. En las ciudades, sin embargo, el clero estaba mejor preparado culturalmente y además no había impuesto territorial, por lo que los incentivos eran menores y el cristianismo se conservó en gran medida.

Así que, después de todo, los motivos fiscales influyeron en un cambio social tan brusco como fue el hundimiento del reino de Toledo y su sustitución por la sociedad que evolucionaría hasta convertirse en el Emirato de Córdoba. Una vez más, las personas que formaban aquella comunidad no miraron por el bien de su rey, sus leyes o su religión sino por su propio interés, y una vez más escogieron lo que les ofrecía mayor beneficio. Puede que haya una enseñanza en todas estas historias, o puede que no, pero si la hubiese, creo que en la moraleja se incluiría el hecho de que los individuos sólo se sacrifican por una sociedad cuando sienten que forman parte de ella.

Claro, que también es posible que no haya ninguna conclusión que extraer y que los revolucionarios del siglo XVIII y los decuriones del siglo IV de mis anteriores artículos no tengan nada que ver con los españoles del siglo VIII. En este caso tampoco tendrían nada que ver con nosotros, personas del siglo XXI y yo, personalmente, vería el futuro de nuestra sociedad con mucho más optimismo.

 

 

 

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