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Archivos de etiqueta: Segunda Guerra Mundial

La primera víctima

01 domingo Sep 2019

Posted by ibadomar in Historia

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Auschwitz, Belzec, Chelmno, Comunismo, Historia, Matanza de Katyn, Nazismo, Pacto Molotov-Ribentropp, Polonia, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Sosibor, Stalin, Tratado de Brest-Litovsk, Treblinka, URSS, Varsovia

Hace exactamente 80 años que empezó el conflicto más destructivo que haya conocido la humanidad. A las 4 horas y 45 minutos del 1 de septiembre de 1939, un acorazado alemán abrió fuego sobre posiciones polacas en lo que sería el primer disparo de los muchos que se producirían hasta el final de la contienda en 1945. La tendencia natural a fijar la atención en lo más cercano hace que, al hablar de la Segunda guerra mundial, la imaginación de quienes vivimos en Europa occidental vuele hacia la destrucción de ciudades como Rotterdam o Caen, la resistencia clandestina de Francia u Holanda, las operaciones militares de las Árdenas, Normandía o Arnhem, o la guerra aérea sobre Gran Bretaña y Alemania.

Ciertamente fueron tiempos duros, muy duros. Sin embargo todo lo que acabo de mencionar palidece ante el escenario del horror en su máxima expresión que fue Europa del Este. En Europa del Este, a la brutalidad de la guerra se sumó el choque entre dos sistemas totalitarios que consideraban la vida humana, no hablemos ya de su dignidad, como algo secundario. En el frente del Este era habitual no tomar prisioneros y las masacres de civiles eran cotidianas. Por eso hoy, cuando se cumplen 80 años del inicio de la guerra, es oportuno recordar la odisea sufrida por los habitantes del país agredido en primer lugar. Puede que nada ilustre lo que supuso aquella contienda tanto como la suerte sufrida por Polonia.

El destino de Polonia ya tenía un aspecto muy feo desde antes de aquel 1 de septiembre. Para la Alemania nazi, era el primer obstáculo a superar en la colonización por la fuerza de territorios del Este de Europa situados principalmente en Bielorrusia y Ucrania, pero que no podían alcanzarse sin pasar antes por terreno polaco. Para colmo, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial, sí, pero en el Este la había ganado. El tratado de Brest-Litovsk, firmado por Alemania y el gobierno bolchevique ruso en febrero de 1918, dejaba bajo administración alemana gran cantidad de territorio, incluyendo toda Polonia. La derrota alemana en el frente occidental, sin embargo, dejó sin efecto real las cláusulas del tratado, creando un vacío de poder del que surgieron estados como Polonia o las tres repúblicas bálticas. Para la mentalidad nazi, la existencia de aquellos países en un territorio ganado militarmente por Alemania era poco menos que una aberración.

Tampoco la URSS tenía simpatía por Polonia. En la situación inestable creada tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la frontera de Polonia y la Unión Soviética no estaba claramente definida, y todos sabemos cómo se fijan claramente las fronteras en este mundo: con una guerra. A los primeros enfrentamientos les fueron sucediendo otros de mayor importancia, que culminaron en una gran ofensiva soviética en 1920. Por aquel entonces los bolcheviques ya habían logrado imponerse casi por completo en la guerra civil que siguió a la Revolución y pudieron avanzar sobre Varsovia. La caída de Polonia, pensaban, llevaría al Ejército Rojo a las puertas de Alemania cuyos revolucionarios, estimulados por la cercanía de sus camaradas, iniciarían su propia revolución proletaria, a la que seguirían otras en un efecto dominó que llevaría a la ansiada revolución mundial. Pero el ejército polaco consiguió una resonante victoria en Varsovia en agosto de 1920 y la supervivencia de Polonia quedó asegurada. Hasta 1939.

Los habituales del blog ya conocen el resultado del pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939. Oficialmente era un tratado de no agresión, pero entre sus protocolos secretos incluía la partición de Polonia. La agresión alemana del 1 de septiembre llevó a Francia y Gran Bretaña a declarar la guerra, pero en la práctica Polonia se encontró sola frente a un ejército alemán muy superior. El 17 de septiembre la URSS intervenía para ocupar la zona que el tratado del 23 de agosto les adjudicaba y los ciudadanos polacos se encontraron, según su lugar de residencia, a merced de una de las dos potencias extranjeras.

En la zona Oeste los Eisanztgruppen alemanes se dedicaron al exterminio a base de fusiles, ametralladoras y lanzallamas. Su blanco preferido eran, aparte de los judíos, las clases instruidas, de las que en teoría se podía esperar mayor capacidad de liderazgo. Un pueblo sin líderes es más fácil de esclavizar y las brigadas de aniquilación se pusieron a la tarea. En la zona Este la NKVD, policía política soviética, se dedicó a la deportación, que dominaba con maestría. También aquí el tener una educación media o superior era peligroso puesto que en la retórica de la lucha de clases, las clases medias y altas tenían que ser derrotadas. De aquí que los oficiales del ejército, al tener estudios universitarios, estuvieran entre los seleccionados para la deportación primero y la ejecución después en matanzas como la de Katyn (1940). En ellas murieron algo más de 20.000 hombres. Sus familias, fáciles de localizar a partir de las cartas que los prisioneros habían escrito antes de su muerte, fueron deportadas a Siberia.

Es sabido que en 1941 Hitler decidió que ya era hora de lanzarse contra su antiguo aliado y atacó la URSS. Los cuerpos de los polacos asesinados fueron descubiertos por el ejército alemán en 1943 y utilizados por la propaganda alemana, que vio en ellos un regalo. Como era de esperar, Stalin achacó la matanza a los propios alemanes. Los aliados, en medio de aquella guerra brutal en la que el enemigo del enemigo era amigo por definición, fingieron creerle.

Los sufrimientos de la población civil polaca, en cualquier caso, acababan de empezar. Especialmente para los judíos. La retórica antisemita de Hitler ya era de temer en una Alemania en la que la población judía era, en 1933, menor del 1%; pero en Polonia, con un 10% de judíos, había motivos para echarse a temblar. Especialmente en ciudades como Varsovia, en donde los judíos eran casi la tercera parte de sus habitantes. Al principio se construyeron guetos y se realojó en ellos a los judíos, pero más adelante comenzaron los experimentos con gas. Primero en Chelmno y Belzec, donde se usaba monóxido de carbono, después en Sobibor y Treblinka. Auschwitz, también en Polonia, es el más famoso de estos campos, pero no el más letal al ser un gran complejo dedicado en parte al trabajo forzado y sólo parcialmente al exterminio. Eso explica que los testimonios de supervivientes sean numerosos. Encontrar un superviviente de Belzec o Treblinka es casi imposible.

La desesperación y la certeza del destino que les aguardaba dio fuerzas a los judíos del gueto de Varsovia para sublevarse en 1943. Durante un mes combatieron con uñas y dientes en una lucha sin esperanza que sólo podía tener dos resultados posibles: la muerte en el gueto, a tiros o abrasándose en un edificio incendiado con lanzallamas, o la muerte en Treblinka, que es donde terminaron los supervivientes. Varsovia en su conjunto se sublevaría en 1944, con el ejército soviético a las puertas. Los polacos tenían que intentar liberar su propia capital para poder sentarse en la misma mesa que los vencedores y tener voz a la hora de las negociaciones de paz.

El nuevo levantamiento estaba condenado de antemano. Stalin nunca apoyó a ninguna fuerza de resistencia que no estuviera controlada por los comunistas. Varsovia se levantó contra los alemanes, pero si alguien esperaba que el Ejército Rojo acelerase su avance aprovechando la ocasión, se equivocaba. La sublevación fue aplastada por los alemanes primero y sólo después Varsovia fue liberada por los soviéticos. Los aviones americanos podrían haber lanzado suministros desde el aire, pero no tenían autonomía para ir hasta Varsovia y regresar. Habrían podido aterrizar en territorio ocupado por el Ejército Rojo, pero Stalin se negó.

Después de la guerra llegó el desastre de la postguerra, cuando millones de personas fueron desalojadas porque el lugar donde tenían su casa ahora pertenecía a otro país. Esto ocurrió con los polacos del Este, cuyos hogares estaban ahora en territorio soviético puesto que la URSS nunca desalojó el territorio polaco que había ganado tras su pacto con Alemania en 1939. Polonia fue compensada a expensas de Alemania, por lo que la Polonia posterior a 1945 está más al Oeste que la anterior a 1939.

Como todos los países ocupados por la URSS tras la guerra, Polonia acabó teniendo un gobierno comunista impuesto por Moscú. La historia de los primeros años de la postguerra en Polonia es también deprimente, aunque con menor derramamiento de sangre. Tampoco es que quedara gran cosa por derramar: Polonia fue el país con mayor proporción de pérdidas humanas de la Segunda Guerra Mundial.

Hace ahora 80 años que comenzó aquella orgía de muerte por arma de fuego, explosivos, fuego, hambre y gas letal. La primera de las muchas víctimas fue Polonia y por eso es de justicia recordar el triste destino que se cernía entonces sobre los habitantes de aquel país sin que ellos pudieran hacer absolutamente nada para escapar de él. Aproximadamente 6 millones de polacos murieron durante la contienda, lo que supone casi un 20% de la población del país antes de la guerra. Uno de cada cinco habitantes.

 

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Las escobas del diablo

22 martes Ene 2019

Posted by ibadomar in Aviación, Historia

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Aviación, B 17, Barón Rojo, Cohete, Historia, Manfred von Richthofen, Me 163, Messerschmitt, Reactor, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX

Lo malo de tener un blog es que se adquiere un cierto compromiso de publicar con regularidad y cuando uno adquiere un compromiso lo natural es… incumplirlo. Me había prometido publicar un artículo al mes, pero la vida real se metió por medio, complicó las cosas y el mes de diciembre pasó de largo sin artículo. Triste forma de despedir 2018.

Adquirí entonces el compromiso conmigo mismo de publicar algo cuanto antes en 2019. ¿Pero qué? Dándole vueltas recordé que la Historia de la Aviación tiene muchas curiosidades y algunas de ellas son dignas de conocerse, como por ejemplo la historia de los primeros cazas-cohete.

En este blog ya se habló de motores a reacción y su funcionamiento. Las primeras patentes de este tipo de motores datan de principios del siglo XX, aunque hasta la Segunda Guerra Mundial no entraron en servicio los primeros reactores porque una cosa es idear un nuevo tipo de motor y otra muy diferente contar con la tecnología adecuada para construirlo. Pero por las mismas fechas en que surcaban los cielos los primeros cazas a reacción aparecía también un avión con un tipo de propulsión diferente: el motor cohete.

La peculiaridad de un motor cohete es que no necesita tomar aire del exterior. Si en un motor de combustión la energía se obtiene a partir de la reacción química del combustible con el oxígeno de la atmósfera, en el caso del cohete la reacción química se produce exclusivamente entre los componentes que lleva consigo el cohete. Normalmente los cohetes tienen muy poca autonomía, ya que consumen el propelente a gran velocidad, pero a cambio aceleran mucho y alcanzan grandes velocidades. En los años 40, en plena guerra, merecía la pena experimentar con ellos para impulsar un avión interceptor capaz de subir en pocos minutos a las grandes altitudes a las que operaban los bombarderos, atacarlos y bajar casi al momento, habiendo derribado por lo menos uno o dos.

La Unión Soviética fue una adelantada en este concepto y llegó a construir unos pocos prototipos que incluso se asignaron a un escuadrón a mediados de 1942, aunque nunca llegaron a volar misiones de combate. En marzo de 1943 uno de los pilotos de pruebas murió en un accidente al estrellarse mientras intentaba dominar uno de aquellos aparatos a los que habían bautizado como «escobas del diablo». El accidente puso fin a un proyecto que no convencía a nadie y así la URSS, pionera en poner en servicio este tipo de avión, también fue pionera en retirarlo. Casi se podría decir que el mayor logro conseguido por esta aeronave durante su corta vida fue el de darle un título a este artículo.

Mientras tanto se hacían experimentos similares en Alemania. Con los bombarderos aliados haciendo incursiones constantes sobre territorio alemán, el concepto de interceptor cohete resultaba muy atractivo y así fue como el 13 de mayo de 1944 voló por primera vez el Messerschmitt 163 Komet en misión de combate para demostrar sus cualidades.

El Komet era un avión peculiar. En realidad era un planeador sujeto a un cohete y armado con dos cañones de 30 mm. En la foto, obtenida de Wikipedia, se aprecia un detalle curioso… o quizás sería mejor decir que no se aprecia, puesto que la peculiaridad es que el avión carece de estabilizador horizontal de cola lo que le da, junto a su corto fuselaje, un aspecto característico. Otra rareza era su tren de aterrizaje principal, que no era ni retráctil ni fijo sino un carrito que se quedaba en tierra cuando el avión abandonaba la pista. Una vez en el aire, el avión apenas tenía propelente para 5 minutos escasos, pero era tiempo suficiente para subir a 12.000 metros, atacar a los bombarderos americanos desde arriba y volver a tierra planeando, una vez agotado su combustible. Como no tenía tren de aterrizaje, tomaba tierra sobre un patín ventral.Ésta era la teoría. Aquel 13 de mayo de 1944 se vio que las cosas eran más complicadas. Cuando los radares alemanes detectaron aviones enemigos, el flamante Komet despegó, localizó un par de cazas enemigos… y el motor de combustible líquido se paró. El piloto tuvo que limitarse a planear durante un par de minutos, completamente indefenso, hasta que consiguió ponerlo en marcha de nuevo. Sin embargo estaba a salvo porque sus adversarios ni se habían percatado de su presencia, pese a que iba pintado de rojo en honor a Manfred von Richthofen. Tras lograr reencender el motor, el segundo intento fracasó porque el Komet casi se desintegra al aproximarse a la barrera del sonido y es que era un avión rapidísimo, pero no estaba preparado para el vuelo supersónico. Al menos su piloto consiguió aterrizar sano y salvo mientras los aviones americanos seguían su vuelo ignorantes de haber sido el objetivo de aquella arma secreta.

Para comienzos del verano los pilotos aliados ya sabían por experiencia que los alemanes tenían algo totalmente nuevo en el aire. Era algo rapidísimo, pero no parecía capaz de hacer virajes cerrados y, aunque la novedad era inquietante, tampoco es que hiciera demasiado daño. De hecho no hicieron ninguno hasta el 16 de agosto. Ese día, los alemanes anotaron el derribo de un bombardero B-17 por un Messerschmitt 163, pero el éxito quedó empañado por la pérdida del caza, derribado cuando atacaba un segundo bombardero. En realidad tampoco fue un éxito porque el B-17 supuestamente destruido consiguió volver a su base, aunque tan dañado que no es extraño que los alemanes lo dieran por derribado.

Los 364 cazas cohete construidos apenas consiguieron en total 16 derribos, lo que es natural, teniendo en cuenta que el avión podía volar a unos 900 Km/h mientras que un bombardero típico de la época solía moverse a unos 300 Km/h. El piloto de un Komet apenas tenía tiempo de prepararse para disparar cuando ya había dejado atrás a su enemigo. Se podía intentar apagar el motor para controlar la velocidad, pero no siempre se conseguía reencenderlo y desconectar el motor era menos conveniente que dejarlo encendido hasta agotar el combustible, ya que llevar a bordo líquido altamente inflamable es poco recomendable en caso de aterrizaje brusco. Recordemos que este avión no tenía tren de aterrizaje sino un patín, por lo que todos los aterrizajes eran bruscos. A cambio era un excelente planeador, tan bueno que hubo que modificar los prototipos para que tomaran tierra según lo previsto en lugar de seguir planeando hasta más allá de la pista de aterrizaje, otro inconveniente cuando ya no se tiene combustible para impulsarse y dar la vuelta.

En resumen, el concepto fue un fracaso y lleva a reconocer que estuvieron mucho más acertados los soviéticos al cancelar su proyecto que los alemanes al destinar recursos al suyo. Y conste que el Komet no es lo más raro que se ha hecho en aeronáutica, pero los casos extremos los podemos dejar para otro artículo, aunque ya se sabe que ningún experimento es un fracaso completo… al menos puede servir como mal ejemplo.

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El hombre que vivió demasiado tiempo

11 domingo Nov 2018

Posted by ibadomar in Historia

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Batalla de Verdún, Francia de Vichy, Historia, Macron, Nivelle, Pétain, Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial

Mañana se cumplirán siete años desde que publiqué un artículo titulado Ayer fue 11 de noviembre, que fue el primero de este blog. Me refería entonces al armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Hoy vuelve a ser 11 de noviembre, pero esta vez se cumplen exactamente 100 años desde aquel día de 1918 en el que terminaba la guerra que, según se decía por aquel entonces, pondría fin a todas las guerras.

El tema de este artículo estaba cantado, pensaba yo: el tratado de Versalles. No se me ocurría nada más apropiado, pero justo entonces llegó la actualidad y me hizo cambiar de planes. Y todo por culpa del presidente francés, Emmanuel Macron, que se ha metido en camisa de once varas, aunque la responsabilidad última es del señor que aparece en la fotografía: Philippe Pétain, cuyo aspecto de abuelete bondadoso encaja a la perfección con la idea que el francés medio tenía de él hasta 1940 y horriblemente con su reputación a partir de esa fecha.

Imagen tomada de Wikipedia

El señor Macron, que seguramente sabía lo que podía pasar, planeaba en octubre conmemorar el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial sin hacer demasiado énfasis en el aspecto militar. Las críticas llegaron por el desprecio a los combatientes, de manera que el plan cambió y se decidió homenajear a los generales franceses cuya acción les llevó al honor de ser nombrados mariscales. Uno de ellos fue Philippe Pétain, con lo que el escándalo arreció. Pétain fue un héroe de la Gran Guerra, independientemente de su actuación posterior, argumentaba el señor Macron. Pero la oposición había visto un punto que atacar y lo aprovechó con fuerza. Finalmente se decidió hacer un homenaje a los mariscales enterrados en Los Inválidos, entre los que no está Pétain como solución de compromiso. Y es que Philippe Pétain sigue siendo capaz de abrir muchas heridas en Francia, pese a que en su día fue uno de sus hombres más admirados.

El general Pétain se ganó su prestigio durante la Primera Guerra Mundial, especialmente en dos ocasiones. La primera de ellas fue la batalla de Verdún, que comenzó en febrero de 1916 y se prolongó durante prácticamente todo lo que quedaba de año. El mando alemán había desencadenado la ofensiva con la idea de que el ejército francés se consumiera en la defensa de la posición. Pensaban que para rechazar la ofensiva, los franceses se verían obligados a conducir más y más soldados a Verdún y que la artillería alemana causaría estragos entre los refuerzos. En teoría la proporción de bajas sería de 5 soldados franceses por cada 2 alemanes, lo que agotaría al ejército francés, que se vería obligado a capitular.

Pero no fue así, en parte gracias a Pétain, que asumió la dirección de la batalla por parte francesa. El general supo mantener la calma, preparar adecuadamente el dispositivo defensivo y organizar un sistema de rotación que garantizara que las tropas no permanecieran demasiado tiempo seguido en primera línea. Además creó el primer grupo de caza de la aviación francesa para dificultar la observación aérea enemiga. El esfuerzo dio resultado y la batalla no se convirtió en el choque decisivo que, según los alemanes, desangraría a los franceses, sino en un duro enfrentamiento que trajo un baño de sangre, cierto, pero para ambas partes. El 1 de mayo el cauto Pétain, de mentalidad predominantemente defensiva, fue relevado al frente de la batalla por el general Nivelle, más agresivo. Para el mando francés, Nivelle sería decisivo en el resultado final, pero para los soldados Pétain se había consagrado como el héroe de Verdún.

El segundo gran momento de Pétain llegó un año después, cuando su destino se cruzó de nuevo con el de Nivelle, que ostentaba ahora el mando supremo de las fuerzas francesas y que había preparado un ataque que creía capaz de perforar el frente alemán. Había bastantes dudas entre el resto de mandos sobre el plan, pero sólo Pétain se opuso abiertamente a su ejecución. Finalmente la ofensiva comenzó en abril de 1917. Nivelle esperaba lograr sus objetivos con un coste de unas 10.000 bajas.

El ataque acabó en desastre. Al cabo de una semana las bajas francesas ya superaban los 130.000 hombres. Los soldados, agotados y desesperados, no podían seguir. Llevaban casi tres años enterrados en vida en una trinchera, helados de frío, hambrientos, cubiertos de piojos… con el único consuelo de conseguir a veces un permiso para pasar unos días en casa, lejos del frente. Pero los permisos escaseaban. Se había fijado que apenas un 2% de la tropa podría estar ausente al mismo tiempo y, cuando al fin lograban el ansiado permiso, los soldados pasaban interminables horas detenidos en trenes aparcados en vía muerta para ceder el paso a los prioritarios transportes de municiones. La mala logística de la ofensiva de Nivelle, con unos servicios sanitarios desbordados por el ingente número de bajas, se unió a la decepción por el fracaso de aquella batalla que se preveía decisiva. Fue el detonante. Las unidades empezaron a rebelarse hasta el punto de que los motines alcanzaron, en su momento culminante, a 54 divisiones a la vez. Aproximadamente la mitad del ejército.

No hay que entenderlo como una revolución: los soldados se negaban a participar en ataques frontales, pero no abandonaron las posiciones. Aun así la situación era muy grave y llevó a que Pétain sustituyera a Nivelle en el mando supremo francés. Y Pétain se portó como un gran líder: recorrió el frente, visitó las unidades, se comprometió a poner fin a los ataques masivos, a aumentar los permisos, a dar prioridad a los trenes que llevaban a los soldados a casa, a mejorar las condiciones de vida en las trincheras… y los soldados, fiados en su prestigio, le creyeron. Sólo por eso se restableció la disciplina, aunque fue inevitable que hubiera también condenas a muerte: pasaron de 500, aunque también es cierto que se conmutaron más del 90% de ellas. En conjunto, la crisis se conjuró con sorprendente rapidez. En julio, el ejército francés ya no se limitaba a defenderse y organizaba pequeños ataques de poco alcance, el tipo de acción que podía esperarse de Pétain: dando prioridad a la defensa y limitando las bajas en lo posible. Antes de preparar otra gran ofensiva, decía el general, había que esperar a que llegaran en cantidad suficiente los tanques y los refuerzos americanos.

Al terminar la guerra, Pétain recibió el honor de ser nombrado mariscal. ¿Quién se lo iba a discutir? Tenía 62 años y su prestigio le llevaría aún a puestos importantes: miembro de la Academia, ministro de la guerra, primer embajador de Francia en España tras el reconocimiento francés al gobierno de Franco… Cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, Pétain mantiene su prestigio, pero algo ha cambiado: por ideología o por edad, ha perdido las ganas de enfrentarse a Alemania. En junio de 1940, con los ejércitos franceses derrotados, un Pétain de 84 años se hace cargo del gobierno. Su primera acción es pedir un armisticio. Para el francés medio, que había combatido en las trincheras bajo su mando, que había confiado en su palabra en 1917, que le había visto preocuparse por la vida y las condiciones de vida de sus soldados, la palabra del mariscal era ley. Si él decía que la lucha estaba acabada, había que humillarse y pedir la paz.

¿Podía Pétain hacer otra cosa? A la vista de los avances alemanes, si miramos un mapa actual cabría pensar que no. Pero en 1940 Francia mantenía un inmenso imperio colonial. El gobierno tenía la opción de abandonar la metrópoli, evacuar el mayor número posible de tropas y continuar la guerra desde, por ejemplo, Argelia. En lugar de esto, Francia abandonó la guerra y a sus aliados. Pétain asumió plenos poderes sin admitir ningún tipo de oposición, sin Parlamento, sin partidos políticos, sin sindicatos…  todo el poder era suyo. Tan personal era su régimen que los funcionarios debían jurar fidelidad, no al país, a sus leyes o a su bandera, sino al mariscal. Los ideales “libertad, igualdad y fraternidad” fueron sustituidos por “trabajo, familia y patria”, se promulgaron leyes antisemitas similares a las alemanas y el gobierno francés, instalado en Vichy, inició un periodo de colaboración con el invasor alemán. Entretanto, el 18 de junio de 1940 el general Charles de Gaulle, desde Londres, hacía un llamamiento por radio a proseguir el combate desoyendo el armisticio.

La conclusión de la guerra, 5 años después, trajo consigo el triunfo de De Gaulle y un proceso judicial para Pétain, que fue degradado y condenado a muerte en 1945. De Gaulle le conmutó inmediatamente la pena por la de prisión perpetua. Pétain sería liberado por su avanzada edad y su deteriorada salud apenas un par de meses antes de su muerte a los 95 años, en 1951.

Si Philippe Pétain hubiese muerto, por ejemplo en 1938, a los 82 años de edad, estaría considerado uno de los más destacados hombres de Francia, pero vivir hasta los 95 le dio la oportunidad de ganarse un puesto entre los grandes traidores de la Historia. Y la aprovechó. ¡Por no morirse a tiempo!

 

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