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Hace exactamente 80 años que empezó el conflicto más destructivo que haya conocido la humanidad. A las 4 horas y 45 minutos del 1 de septiembre de 1939, un acorazado alemán abrió fuego sobre posiciones polacas en lo que sería el primer disparo de los muchos que se producirían hasta el final de la contienda en 1945. La tendencia natural a fijar la atención en lo más cercano hace que, al hablar de la Segunda guerra mundial, la imaginación de quienes vivimos en Europa occidental vuele hacia la destrucción de ciudades como Rotterdam o Caen, la resistencia clandestina de Francia u Holanda, las operaciones militares de las Árdenas, Normandía o Arnhem, o la guerra aérea sobre Gran Bretaña y Alemania.

Ciertamente fueron tiempos duros, muy duros. Sin embargo todo lo que acabo de mencionar palidece ante el escenario del horror en su máxima expresión que fue Europa del Este. En Europa del Este, a la brutalidad de la guerra se sumó el choque entre dos sistemas totalitarios que consideraban la vida humana, no hablemos ya de su dignidad, como algo secundario. En el frente del Este era habitual no tomar prisioneros y las masacres de civiles eran cotidianas. Por eso hoy, cuando se cumplen 80 años del inicio de la guerra, es oportuno recordar la odisea sufrida por los habitantes del país agredido en primer lugar. Puede que nada ilustre lo que supuso aquella contienda tanto como la suerte sufrida por Polonia.

El destino de Polonia ya tenía un aspecto muy feo desde antes de aquel 1 de septiembre. Para la Alemania nazi, era el primer obstáculo a superar en la colonización por la fuerza de territorios del Este de Europa situados principalmente en Bielorrusia y Ucrania, pero que no podían alcanzarse sin pasar antes por terreno polaco. Para colmo, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial, sí, pero en el Este la había ganado. El tratado de Brest-Litovsk, firmado por Alemania y el gobierno bolchevique ruso en febrero de 1918, dejaba bajo administración alemana gran cantidad de territorio, incluyendo toda Polonia. La derrota alemana en el frente occidental, sin embargo, dejó sin efecto real las cláusulas del tratado, creando un vacío de poder del que surgieron estados como Polonia o las tres repúblicas bálticas. Para la mentalidad nazi, la existencia de aquellos países en un territorio ganado militarmente por Alemania era poco menos que una aberración.

Tampoco la URSS tenía simpatía por Polonia. En la situación inestable creada tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la frontera de Polonia y la Unión Soviética no estaba claramente definida, y todos sabemos cómo se fijan claramente las fronteras en este mundo: con una guerra. A los primeros enfrentamientos les fueron sucediendo otros de mayor importancia, que culminaron en una gran ofensiva soviética en 1920. Por aquel entonces los bolcheviques ya habían logrado imponerse casi por completo en la guerra civil que siguió a la Revolución y pudieron avanzar sobre Varsovia. La caída de Polonia, pensaban, llevaría al Ejército Rojo a las puertas de Alemania cuyos revolucionarios, estimulados por la cercanía de sus camaradas, iniciarían su propia revolución proletaria, a la que seguirían otras en un efecto dominó que llevaría a la ansiada revolución mundial. Pero el ejército polaco consiguió una resonante victoria en Varsovia en agosto de 1920 y la supervivencia de Polonia quedó asegurada. Hasta 1939.

Los habituales del blog ya conocen el resultado del pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939. Oficialmente era un tratado de no agresión, pero entre sus protocolos secretos incluía la partición de Polonia. La agresión alemana del 1 de septiembre llevó a Francia y Gran Bretaña a declarar la guerra, pero en la práctica Polonia se encontró sola frente a un ejército alemán muy superior. El 17 de septiembre la URSS intervenía para ocupar la zona que el tratado del 23 de agosto les adjudicaba y los ciudadanos polacos se encontraron, según su lugar de residencia, a merced de una de las dos potencias extranjeras.

En la zona Oeste los Eisanztgruppen alemanes se dedicaron al exterminio a base de fusiles, ametralladoras y lanzallamas. Su blanco preferido eran, aparte de los judíos, las clases instruidas, de las que en teoría se podía esperar mayor capacidad de liderazgo. Un pueblo sin líderes es más fácil de esclavizar y las brigadas de aniquilación se pusieron a la tarea. En la zona Este la NKVD, policía política soviética, se dedicó a la deportación, que dominaba con maestría. También aquí el tener una educación media o superior era peligroso puesto que en la retórica de la lucha de clases, las clases medias y altas tenían que ser derrotadas. De aquí que los oficiales del ejército, al tener estudios universitarios, estuvieran entre los seleccionados para la deportación primero y la ejecución después en matanzas como la de Katyn (1940). En ellas murieron algo más de 20.000 hombres. Sus familias, fáciles de localizar a partir de las cartas que los prisioneros habían escrito antes de su muerte, fueron deportadas a Siberia.

Es sabido que en 1941 Hitler decidió que ya era hora de lanzarse contra su antiguo aliado y atacó la URSS. Los cuerpos de los polacos asesinados fueron descubiertos por el ejército alemán en 1943 y utilizados por la propaganda alemana, que vio en ellos un regalo. Como era de esperar, Stalin achacó la matanza a los propios alemanes. Los aliados, en medio de aquella guerra brutal en la que el enemigo del enemigo era amigo por definición, fingieron creerle.

Los sufrimientos de la población civil polaca, en cualquier caso, acababan de empezar. Especialmente para los judíos. La retórica antisemita de Hitler ya era de temer en una Alemania en la que la población judía era, en 1933, menor del 1%; pero en Polonia, con un 10% de judíos, había motivos para echarse a temblar. Especialmente en ciudades como Varsovia, en donde los judíos eran casi la tercera parte de sus habitantes. Al principio se construyeron guetos y se realojó en ellos a los judíos, pero más adelante comenzaron los experimentos con gas. Primero en Chelmno y Belzec, donde se usaba monóxido de carbono, después en Sobibor y Treblinka. Auschwitz, también en Polonia, es el más famoso de estos campos, pero no el más letal al ser un gran complejo dedicado en parte al trabajo forzado y sólo parcialmente al exterminio. Eso explica que los testimonios de supervivientes sean numerosos. Encontrar un superviviente de Belzec o Treblinka es casi imposible.

La desesperación y la certeza del destino que les aguardaba dio fuerzas a los judíos del gueto de Varsovia para sublevarse en 1943. Durante un mes combatieron con uñas y dientes en una lucha sin esperanza que sólo podía tener dos resultados posibles: la muerte en el gueto, a tiros o abrasándose en un edificio incendiado con lanzallamas, o la muerte en Treblinka, que es donde terminaron los supervivientes. Varsovia en su conjunto se sublevaría en 1944, con el ejército soviético a las puertas. Los polacos tenían que intentar liberar su propia capital para poder sentarse en la misma mesa que los vencedores y tener voz a la hora de las negociaciones de paz.

El nuevo levantamiento estaba condenado de antemano. Stalin nunca apoyó a ninguna fuerza de resistencia que no estuviera controlada por los comunistas. Varsovia se levantó contra los alemanes, pero si alguien esperaba que el Ejército Rojo acelerase su avance aprovechando la ocasión, se equivocaba. La sublevación fue aplastada por los alemanes primero y sólo después Varsovia fue liberada por los soviéticos. Los aviones americanos podrían haber lanzado suministros desde el aire, pero no tenían autonomía para ir hasta Varsovia y regresar. Habrían podido aterrizar en territorio ocupado por el Ejército Rojo, pero Stalin se negó.

Después de la guerra llegó el desastre de la postguerra, cuando millones de personas fueron desalojadas porque el lugar donde tenían su casa ahora pertenecía a otro país. Esto ocurrió con los polacos del Este, cuyos hogares estaban ahora en territorio soviético puesto que la URSS nunca desalojó el territorio polaco que había ganado tras su pacto con Alemania en 1939. Polonia fue compensada a expensas de Alemania, por lo que la Polonia posterior a 1945 está más al Oeste que la anterior a 1939.

Como todos los países ocupados por la URSS tras la guerra, Polonia acabó teniendo un gobierno comunista impuesto por Moscú. La historia de los primeros años de la postguerra en Polonia es también deprimente, aunque con menor derramamiento de sangre. Tampoco es que quedara gran cosa por derramar: Polonia fue el país con mayor proporción de pérdidas humanas de la Segunda Guerra Mundial.

Hace ahora 80 años que comenzó aquella orgía de muerte por arma de fuego, explosivos, fuego, hambre y gas letal. La primera de las muchas víctimas fue Polonia y por eso es de justicia recordar el triste destino que se cernía entonces sobre los habitantes de aquel país sin que ellos pudieran hacer absolutamente nada para escapar de él. Aproximadamente 6 millones de polacos murieron durante la contienda, lo que supone casi un 20% de la población del país antes de la guerra. Uno de cada cinco habitantes.