Investidura en Viterbo

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Mientras escribo esto, seguimos con la duda de qué ocurrirá con la investidura del Presidente de Gobierno en España. Bueno, en realidad dudas hay pocas: está bastante claro que nuestros políticos son incapaces de ponerse de acuerdo y las probabilidades de que haya que acudir a nuevas elecciones son elevadas. El porqué alguien puede pensar que los electores, arrepentidos de su voto anterior, vayan súbitamente a conceder mayoría absoluta a alguien para que así no tengamos que volver a la situación de partida, es algo que se me escapa. ¡Con lo sencillo que sería aplicar el procedimiento de Viterbo y tener resuelta la investidura en pocos días!

Es un sistema antiguo, ya que data del siglo XIII, y se aplicó para conseguir que los cardenales, después de casi tres años de dudas, eligieran Papa de una santa vez (nunca mejor dicho). Las reuniones tenían lugar en Viterbo porque era allí donde había muerto, en noviembre de 1268, el Papa Clemente IV. El gran problema era que los cardenales estaban divididos en varias facciones y no había manera de que optaran por lo que hoy llamaríamos un candidato de consenso. Los cardenales se dirigían cada día a la catedral para la votación, pero cuando salían de allí seguía sin haber Papa.

Así estuvieron casi tres años, hasta septiembre de 1271. Bueno, no estuvieron exactamente así, porque las autoridades locales empezaron a cansarse de aquel cuento de nunca acabar aproximadamente un año después de la primera reunión, de manera que encerraron a los 19 cardenales en el Palacio Papal. Como seguían sin llegar a ningún acuerdo, les redujeron las raciones, pensando sin duda que el hambre aguza el ingenio. Finalmente llegaron a ponerles a dieta de pan y agua y a desmontar el techo del palacio «para que el Espíritu Santo les alcanzara con más facilidad». La situación dentro debía de empezar a ponerse fea, y los reunidos escogieron un comité de 6 cardenales, que fue el que se encargó de designar al Papa.

No se sabe si la designación se hizo a mala idea o no, pero lo cierto es que fueron a escoger a alguien que no podía ser coronado con celeridad: Teobaldo Visconti, que estaba por aquel entonces en Acre, adonde había viajado como legado papal, y que ni siquiera era sacerdote, por lo que hubo que ordenarle. Como curiosidad, hay que decir que el Papa electo tuvo ocasión de hablar con Marco Polo, que iba de viaje hacia China, y de entregarle una carta para Kublai Kan. Poco después, Teobaldo Visconti se despedía de su anterior misión para regresar a Italia. Como era de esperar, el viaje desde Acre a Viterbo y luego a Roma duró unos meses, pero finalmente Visconti fue coronado Papa el 27 de marzo de 1272. Adoptó el nombre de Gregorio X.

No tiene nada de raro que el nuevo Papa decidiera publicar una norma para agilizar el procedimiento de elección, según la cual a los cardenales se les encerraba durante la duración del proceso; a los tres días se les reducía la ración de comida y a partir de los ocho se les dejaba a pan y agua. Además, tampoco recibirían los pagos correspondientes a sus cargos mientras estuvieran encerrados. Estas normas se suavizarían más adelante, pero la de encerrar a los cardenales se sigue observando y de ahí que se diga que están reunidos en cónclave: con-clave (llave).

A mí me parece un sistema práctico, que debidamente actualizado, podría emplearse en el Congreso de los Diputados. ¿No sería hermoso unir la tradición medieval del encierro para las deliberaciones y la elección con la modernidad del televisivo Gran Hermano? Quitar el techo del Congreso me parece excesivo, pero se podría sustituir el edificio por otro que estuviera descubierto… una plaza de toros por ejemplo. O un islote, como Perejil. Allí podríamos aislar a sus señorías. Solos, sin sueldo, a pan y agua, pero con cámaras de televisión, para regocijo de los votantes.

Se me ocurren dos posibilidades: dejarlos allí hasta que elijan un Presidente de Gobierno, en cuyo caso tendríamos todo resuelto en pocas horas, o, mejor aún, que su propuesta sea meramente consultiva y la audiencia deba refrendarla… o decidir prolongar el encierro. Sospecho que, en este caso, los 34 meses que tardaron los cardenales de Viterbo en elegir Papa nos iban a parecer un récord de premura.

¡Stop, stop, stop!

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No hace mucho publiqué un artículo describiendo en qué consiste el control aéreo en el que incluía algunos ejemplos; pero como no hay nada más descriptivo que una situación real y no es raro que en este blog se cuelen casos de incidentes aéreos, vamos a ver uno que se produjo el verano pasado en el aeropuerto Midway de Chicago. Buena parte de la información la he sacado de la página Aviation Herald, puesto que aún no se ha publicado el informe del incidente, o bien yo no he sido capaz de encontrarlo.

Aquel día, 18 de junio de 2015, había dos aviones a punto de despegar desde pistas diferentes del aeropuerto. Uno de ellos era el Delta 1328 y otro el South West 3828. No se nos escapa que los indicativos suenan de forma parecida (los dos terminan en 28) y según Aviation Herald los pilotos de ambas aeronaves habían sido advertidos por control aéreo de la similitud para que estuvieran alerta. Los problemas comienzan cuando ambos aviones están ya en sus respectivas pistas de despegue y listos para comenzar a acelerar.

Veamos la situación en detalle. El Delta está en la pista 04R y el South West en la 31C. (Sobre la forma en que se da nombre a las pistas del aeródromo hay un artículo disponible pinchando aquí). Para mayor claridad, nada como ver el plano del aeropuerto. La posición y dirección de despegue del Delta 1328 vienen indicadas por la flecha roja, mientras que el South West 3828 está representado por la flecha azul. El punto de cruce de ambas pistas, aunque evidente de por sí, está marcado con la estrella de 5 puntas.

KMDW

El otro protagonista de nuestra historia es el controlador, que en este caso, al ocurrir los hechos en un aeropuerto, sí está en una torre de control y que autoriza a despegar al avión de South West Airlines. Para comprobar que las instrucciones llegan correctamente, los pilotos deben repetirlas antes de iniciar la acción correspondiente; de esta forma el controlador sabe que la instrucción ha llegado a destino y se va a ejecutar sin error, pero en este caso la respuesta no se recibe bien porque, aparentemente, hay dos aviones respondiendo a la vez. El controlador decide repetir la instrucción, pero de nuevo la respuesta no llega correctamente porque han respondido dos aviones.

Un momento después ocurría una de esas situaciones que constituyen la pesadilla de un controlador aéreo: los dos aviones inician la carrera de despegue a la vez, lanzándose hacia la intersección de ambas pistas. Aquí se acaban las sutilezas y empiezan las medidas drásticas. Es muy posible que el controlador se dirigiera en su comunicación sólo al Delta, pero la primera parte de la transmisión no salió al aire y sólo se oyó la segunda: «¡Stop, stop, stop!». La fraseología correcta, según la Organización de Aviación Civil Internacional, OACI, habría sido «Cancel Take Off» o bien «Stop immediately», pero como he dicho, no estaba la situación para detenerse en detalles de forma.

¿Qué puede hacer un piloto que acaba de iniciar la carrera de despegue y oye una comunicación tan tajante ordenando detenerse, aunque no esté seguro de si se dirige a él? Hacer un frenado de emergencia, por si acaso. Y eso fue lo que hicieron ambos pilotos. En realidad, según Aviation Herald, se interrumpió de golpe absolutamente todo el movimiento del aeropuerto, pero en estos casos vale más pasarse que no llegar.

Posiblemente la similitud de indicativos tuvo bastante que ver en el incidente, por mucho que los pilotos estuvieran avisados de antemano. Es un problema relativamente común, que ya en otro artículo puse como ejemplo ficticio, aunque en ese caso no situé la acción en una torre sino en un centro de control. Como no hay informe definitivo, no es posible saber el estado de las comunicaciones. Es muy fácil, a la vista de los hechos, cargar las tintas sobre el piloto de Delta, pero recordemos que un piloto no está solo en la cabina y si él cometió un error, también tuvo que cometerlo el copiloto. ¿Se recibió bien la comunicación, hubo alguna interferencia, funcionaron correctamente los equipos…? No lo sabemos y por eso es importante esperar al informe de los expertos y no sacar conclusiones precipitadas.

Naturalmente, los medios de comunicación recogieron los hechos y es fácil encontrar vídeos en Internet con fragmentos de programas de noticias en los que se describe la situación de una forma bastante dramática. Es cierto que hubo un incidente y es cierto que en este caso se llegó hasta la última barrera de seguridad, que es la capacidad de atención y observación de quien está a cargo, en este caso el controlador.

Sin embargo, una vez más comprobamos que para que haya un incidente se tienen que franquear varias capas de seguridad: al detectar que hay dos aviones de indicativo similar, se advirtió a las tripulaciones; el piloto equivocado tuvo que creer que la autorización de despegue era para él; al no estar seguro el controlador de que se hubiera recibido bien la orden repitió la autorización de despegue, que volvió a ser aceptada por dos aviones distintos y, por último, se emitió una orden tajante de detenerse.

La sensación que queda es la de que se ha evitado un accidente por poco. Pero lo normal es que alguna de las barreras previas funcione. Supongamos que tras hacer hincapié en la similitud de indicativos todo se hubiera desarrollado como ocurre habitualmente. En ese caso también se habría evitado un accidente, pero nadie lo sabría.

Es lo curioso de este tipo de trabajo: se supone que se cumple con la misión de evitar accidentes, pero si a mí me preguntaran cuántos he evitado no podría responder porque, sinceramente, no sé si he evitado alguno. Y la verdad es que, cuando me pongo en la situación del protagonista de nuestro ejemplo y pienso en lo que debió de pasar por su cabeza cuando vio a los dos aviones en carrera hacia un mismo punto, me alegro mucho de seguir con la duda.

 

 

Un aeropuerto para Tiberio

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¡Qué racha tan complicada! Me refiero a lo personal, porque no es casualidad, sino fruto de un fin de año muy ajetreado, el que lleve dos meses sin actualizar el blog. Y como la costumbre acaba por convertirse en vicio, tras habituarme a no escribir artículos no conseguía encontrar temas que me sirvieran de inspiración. Pero acudió en mi ayuda otra mala racha, aunque ésta no me afecta directamente. Me refiero a esa cantidad de defunciones de gente conocida que ha habido en este principio de 2016. Pero no voy a hacer un panegírico de los difuntos David Bowie, Alan Rickman o Natalie Cole. No, para eso ya hay mucho entusiasta que rápidamente propone cambiar el nombre de una calle, de un planeta, de una constelación…

Se diría que exagero, ¿verdad? Pues no, no lo hago. De hecho ya se ha bautizado una constelación con el nombre de Bowie. No parece que a nadie le importe el hecho de que los nombres de las constelaciones existan desde hace siglos (de hecho milenios). Total, como no son sino agrupaciones arbitrarias de estrellas, las agrupamos de otra forma distinta a la conocida y les ponemos el nombre que nos pete. Francamente, no creo que la idea llegue a los manuales de astronomía.

Tampoco espero que tenga éxito la propuesta de poner el nombre de Bowie al planeta Marte. Y me extrañaría que fuera muy lejos la ocurrencia de ponerle su nombre a una plaza de Madrid. Aunque todo podría ser, sabiendo que se decidió que la plaza de Vázquez de Mella pasara a denominarse de Pedro Zerolo y que el aeropuerto de Madrid ostenta ahora el kilométrico nombre de Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Todo sea por el afán de hacerles la pelota a sendos muertos que, al parecer, no se conformarían con que al cabo de un tiempo se bautice en su honor un hospital, un parque o una biblioteca. No, mejor cambiar algo ya existente para que se note más lo mucho que apreciábamos al difunto.

Y, claro, no he podido evitar acordarme de Tiberio. Era un hombre extraño, sombrío, muy poco apreciado entre los gobernantes del alto imperio romano, posiblemente porque en el fondo no estaba hecho para el cargo. Como militar era un general eficiente, pero parece que las intrigas de la política no eran lo suyo. Por causa de ellas su vida tomó un giro desafortunado cuando se divorció de su querida esposa, Vipsania, para casarse con Julia, la hija de Augusto, en un matrimonio desastroso. El que la falta de simpatías con que contaba en Roma alimentara los rumores de que había hecho asesinar a su muy popular sobrino, Germánico, fue otro golpe.

Y es que Tiberio no era popular a pesar de ser un buen administrador que murió dejando repletas las arcas del Estado sin abusar de los impuestos. Más aún, reprendía a los gobernadores demasiado codiciosos recordándoles que su deber era «esquilar a las ovejas, no desollarlas». Su gobierno fue austero, con recorte de gastos superfluos, como los de los juegos, en los que limitó el número de gladiadores. Puede que este tipo de medidas fueran las que le granjearan impopularidad.

Con el tiempo, Tiberio comprendería que no podía esperar simpatía de sus conciudadanos. Su misantropía aumentó y sólo parecía confiar en dos hombres: el prefecto del pretorio, Sejano, y su propio hijo Druso, que había tenido con Vipsania. Tras la muerte de éste, el emperador se retiró a Capri dejando a Roma en manos de Sejano, que rápidamente empezó a acumular poder y a abusar de él. La situación duró hasta que Tiberio empezó a sospechar que su favorito pretendía eliminarlo, pero el astuto emperador se adelantó. ¿Es de extrañar que siguiera un periodo de terror? No tanto si consideramos que a esas alturas Tiberio era un amargado. El poder le había divorciado de su mujer, le había hecho detestado, pese a sus esfuerzos, y le había arrebatado a su hijo. Cuando supo que éste había sido envenenado por Sejano empezó a presentar síntomas de locura.

Suetonio narra todo tipo de perversiones en la mansión de Capri a la que se retiró Tiberio, pero los historiadores actuales no le dan crédito y consideran que no son sino difamaciones que, eso sí, expresan el mal concepto que los romanos tenían de aquel emperador. Y sin embargo, el mismo Suetonio reconoce que, poco después de suceder a Augusto, Tiberio era un ejemplo de moderación, que rechazaba el servilismo. Por eso el Senado pinchó en hueso cuando quiso adularlo haciendo el equivalente de cambiarle el nombre a una calle para dedicársela.

Cuando murió Julio César se le dio su nombre al mes Quintilis, que por eso se conoce en la actualidad como Julio. En vida de Augusto se cambió el nombre del mes Sextilis por el de Agosto en homenaje al entonces emperador. No es raro que siendo Tiberio el nuevo emperador los senadores quisieran halagarlo proponiendo darle su nombre al mes de Septiembre. La respuesta del princeps fue de lo más cortante: «¿Y qué haréis el día que llegue el césar décimotercero?«.

No se volvió a hablar del asunto. Francamente, me gustaría saber qué diría Tiberio si le hubieran propuesto nombrar una constelación en su honor. O añadirle su nombre a un aeropuerto: aeropuerto de Tiberio Julio César Augusto Claudio Nerón – Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Si alguien lleva semejante petición adelante que sepa que no contará con mi apoyo público por respeto a la modestia del difunto emperador, pero que secretamente tiene todas mis simpatías.

Aunque en realidad es injusto comparar el intento de homenaje a Tiberio con los que se hacen a David Bowie o Adolfo Suárez puesto que a éstos no les dieron la oportunidad de expresar su opinión. Es la ventaja de los homenajes póstumos: que no pueden rechazarse.