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La expedición maldita de Lope de Aguirre

31 jueves May 2018

Posted by ibadomar in Historia

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Amazonas, Edad Moderna, Felipe II, Historia, Lope de Aguirre, Marañones, Virreinato del Perú

La conquista del Perú culminó con una sangrienta guerra civil entre los propios conquistadores, pero en 1560 la situación ya se había estabilizado bajo el gobierno del virrey don Andrés Hurtado de Mendoza. No obstante, aún quedaban abundantes veteranos del turbulento periodo anterior, que suponían un peligro potencial. El virrey, hombre sagaz, decidió que podría librarse de aquel problema desviando las energías de aquellos hombres hacia una empresa que los alejara convenientemente de su territorio. Por eso organizó una expedición en busca del mítico reino de El Dorado y la puso al mando de un hombre de su confianza, Pedro de Ursúa.

La expedición la formarían más de 300 soldados españoles y unos 500 sirvientes entre indios y esclavos negros. En ella figuraban además algunas mujeres por ser parientes de los expedicionarios o criadas. Entre ellas estaban la amante de Pedro de Ursúa, doña Inés de Atienza, famosa por su belleza, y la joven Elvira, hija del expedicionario Lope de Aguirre, alias “el Loco”. Tras casi un año y medio de preparativos, el 26 de septiembre de 1560 se inició el viaje con un descenso por el río Marañón, afluente del Amazonas y del que los expedicionarios tomarían el nombre para ser conocidos como “marañones”.

Atravesar la selva no era tarea fácil y las penalidades comenzaron a acumularse: cuando no era el hambre eran los naufragios, y el carácter levantisco de los marañones empezó a asomar. Se ponía en cuestión el liderazgo de Ursúa, que apenas tenía ojos para nada que no fuera doña Inés. Pronto surgió una conspiración y en la madrugada del 1 de enero de 1561 los conjurados asesinaron a Ursúa y de paso a su lugarteniente, para minimizar las posibilidades de resistencia por parte del resto de los marañones.

Pero una vez muerto Ursúa, ¿qué hacer? El asesinato de su capitán convertía a los expedicionarios en traidores, por lo que el regreso estaba vedado. La primera idea fue continuar en busca de El Dorado. Si conseguían conquistar un imperio tan rico como el azteca o el inca, sin duda obtendrían un perdón. Al fin y al cabo, también Hernán Cortés había desobedecido al gobernador Velázquez y agarrándose a tal precedente se pensó en redactar un documento justificando la destitución y ejecución de Ursúa por su incompetencia, que los llevaba al desastre.

Entonces tomó la palabra Lope de Aguirre, que estaba entre los cabecillas y les abrió los ojos. ¿De verdad pensaban que bastaba con firmar un papel para quedar libres de culpa? ¿De verdad creían que iban a conquistar un imperio del que ni siquiera sabían dónde estaba, si es que existía? Debían asumir que eran traidores, pero sí sabían de un imperio rico que conquistar: el propio Perú, donde tenían amigos que los ayudarían. El discurso tuvo impacto, pero eran muchos los que no se tenían por traidores sino por leales súbditos de Felipe II y por ellos habló un tal Juan Antonio de La Bandera, que a pesar de estar entre los conjurados no simpatizaba con el proyecto de Aguirre. La sangre no llegó al río, por el momento, y la expedición siguió adelante, ahora bajo el mando nominal de don Fernando de Guzmán, un joven sevillano que tenía cierta autoridad por ser de origen noble, pero que en realidad no era más que un pelele en manos de hombres mucho más decididos.

Las intrigas se hicieron más complejas. La Bandera había conseguido ganarse a Fernando de Guzmán, pero su liderazgo no estaría seguro mientras Aguirre siguiera con vida. Aguirre, consciente de esto, siempre se hacía acompañar por una camarilla de amigos fieles mientras esperaba su oportunidad. Ésta llegaría por los celos de un tal Lorenzo de Zalduendo, que no le perdonaba a La Bandera que se hubiera convertido en el nuevo amante de doña Inés. Zalduendo comenzó a murmurar sobre el supuesto interés de la Bandera por asesinar a don Fernando y convertirse en general de la expedición. Don Fernando, alarmado por los rumores, dio poderes a Aguirre para acabar con la pretendida conspiración y éste lo hizo por la tremenda: asesinó a La Bandera y a su lugarteniente y luego soltó una arenga a la tropa acusando a sus víctimas de pretender matar a don Fernando, apoderarse de los bergantines que habían construido, irse a la costa como piratas y escapar a Francia con el botín que consiguieran.

Dueño del poder (don Fernando era ahora más que nunca una marioneta), Aguirre decidió volver a su plan de hacerse con el Perú. Eran pocos, pero pensaba que podía contar con el apoyo de los descontentos del virreinato. Para impulsar su proyecto redactó un acta de desnaturalización (en otras palabras, una declaración de independencia) que firmaron casi todos. Desde aquel día, 26 de marzo de 1561, don Fernando se consideraría a sí mismo “Príncipe de Tierra Firme, del Perú y del reino de Chile”. Zalduendo, por su parte, se quedó con doña Inés de Atienza, que debía de estar maldiciendo la expedición y la hora en que se embarcó.

Aguirre no estaba tan loco como para pensar que podía regresar sobre sus pasos y tomar el Perú con menos de 300 soldados, por mucho que contara con que se les uniría parte de la población. Sabía perfectamente que jamás triunfaría sin contar con apoyo naval para bloquear las comunicaciones del virreinato. Por eso su plan era continuar camino hasta el Atlántico, hacerse con algunas embarcaciones con las que ejercer la piratería y llegar hasta Panamá, asaltar la ciudad con sus hombres más los que lograra reclutar durante la marcha y emprender la navegación por el Pacífico. Las riquezas del Perú serían el señuelo perfecto para aumentar su ejército por el camino y en el propio virreinato.

Pero Aguirre se estaba haciendo enemigos con su costumbre de aplicar la pena de muerte en cuanto sospechaba que alguien conspiraba contra él. Un día hizo ejecutar a Zalduendo, por quejarse de que no se podían sufrir las arbitrariedades de su jefe y de paso le tocó el turno a doña Inés, que pagó por las culpas reales o imaginarias de sus tres amantes. Tanta sangre empezaba a poner nervioso a don Fernando de Guzmán, que se daba cuenta de que su reinado, por lo demás sólo nominal, no podía acabar bien e intentó buscar la manera de frenar a Aguirre con el apoyo de otros. Como era de esperar, don Fernando no tardó en ser asesinado junto con algunos otros hombres. 

Lope de Aguirre ya era el comandante de la expedición de facto, pero para serlo de forma oficial se nombró a sí mismo Príncipe y se atribuyó algunos títulos de lo más altisonante como Ira de Dios o Caudillo de los invencibles marañones, cuyo número por cierto iba menguando conforme Aguirre, cada vez más paranoico, iba ordenando ejecuciones.

Por fin, tras ganar el mar, el 20 de julio la expedición llegó a Isla Margarita, frente a las costas de Venezuela. Haciendo creer a los vecinos que eran supervivientes de un naufragio, lograron vencer su desconfianza y adueñarse del lugar, donde Aguirre instauró un reinado de terror. Tuvo la esperanza de hacerse con un navío que andaba por la zona para embarcar a Panamá y seguir sus planes de conquista, pero los encargados de capturar el buque desertaron y alertaron a su tripulación. La traición la pagaron sus propios hombres y los habitantes de Margarita, a los que tocó sufrir la ira del líder de los marañones. Aguirre ya no podría marchar por sorpresa sobre Panamá.

Ante la imposibilidad de seguir con el plan de regresar al Perú por el Pacífico, no quedó más remedio que afrontar la idea de hacerlo por tierra. Pero la empresa ya estaba condenada definitivamente. El gobernador de Venezuela, Pablo Collado se encargó de poner cédulas de perdón por donde debían pasar los marañones, con lo que aumentaron las deserciones, pese al riesgo de ser descuartizado (literalmente) en caso de fracaso. Por fin, el 27 de octubre, en una escaramuza con tropas realistas, los marañones desertaron en masa. Sólo quedó un soldado junto a Lope de Aguirre, además de su hija Elvira y la dueña que la acompañaba.

Al ver la expresión de su padre, Elvira de Aguirre comprendió lo que estaba a punto de suceder. Rogó por su vida, jurando hacerse monja para rogar por el alma de su progenitor, pero éste no estaba dispuesto a que a su hija la insultaran llamándola “hija del traidor Lope de Aguirre” ni a que “aquélla a quien tanto quería se convirtiese en colchón de bellacos”. Elvira murió apuñalada.

Es extraño que un hombre como Aguirre intentara retrasar su final, cuando su captura era inevitable, pidiendo confesión primero y después que se le permitiera hacer un relato exacto de lo ocurrido. Dos de sus antiguos camaradas, posiblemente temerosos de lo que pudiera aflorar en tal relación, se encargaron de poner fin a la vida de Aguirre con sendos tiros de arcabuz.

Los marañones se dispersaron aprovechando el perdón otorgado por Collado, pero a Felipe II le disgustó este final, de modo que Collado fue destituido y su sucesor se encargó de buscar a los supervivientes. Muchos encontraron la muerte, apenas tres meses después del fin de la expedición, formando parte de una tropa reclutada para  aplastar una rebelión india. Del resto, algunos fueron juzgados y ejecutados, pero otros consiguieron ser absueltos e incluso dos de ellos escribieron sus aventuras. El primero en hacerlo fue Francisco Vázquez, pero consiguió mayor fama Pedrarias de Almesto, que plagió vergonzosamente el relato de Vázquez. Por ellos conocemos los detalles de aquella expedición. O al menos los detalles que quisieron contar.

Parece ser que en determinadas zonas de Venezuela existe la leyenda de que los fuegos fatuos no son sino el espíritu de Aguirre y sus hombres. Toda una muestra de hasta qué punto caló en la imaginación popular el destino de aquella descabellada expedición. Por desgracia, no puedo confirmar este dato, pero quizás algún lector venezolano haya escuchado la leyenda y pueda confirmar su existencia.

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La muerte del Barón Rojo

24 martes Abr 2018

Posted by ibadomar in Aviación, Historia

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Aviación, Barón Rojo, Historia, Manfred von Richthofen, Oswald Boelcke, Primera Guerra Mundial, Roy Brown, Siglo XX, Wop May

Hace apenas unos días, el 21 de abril, se cumplieron 100 años de la muerte de Manfred von Richthofen, el Barón Rojo. No es la primera vez que pienso que los hechos de los aviadores de la Primera Guerra Mundial serían un buen material para este blog, y de hecho ya hablé en cierta ocasión del as francés Charles Nungesser y mencioné a Roland Garros. Puestos a escribir sobre otro aviador de la época, la elección de von Richthofen es obvia. Ya sea porque fue el piloto que más derribos consiguió durante la Gran Guerra o por la peculiar decoración de su avión, el Barón Rojo sigue siendo una figura conocida por el público en general.

Manfred von Richthofen

Lo curioso es que von Richthofen llegó a la aviación casi por casualidad. Miembro de una familia noble, el joven Manfred se unió al ejército como oficial de caballería y así fue como le sorprendió, a sus 22 años, el inicio de la guerra en 1914. Por aquel entonces la caballería pesada ya no tenía sentido en el campo de batalla, pero la caballería ligera seguía desempeñando misiones de reconocimiento.

 Así fue como el joven Manfred participó en sus primeras acciones de guerra, pero el arma de caballería ya no tenía futuro y el estancamiento del frente occidental fue la demostración definitiva. Por otro lado, el reconocimiento aéreo era ya más eficiente que el tradicional, como demostró el inicio de la batalla del Marne.

Von Richthofen solicitó que se le trasladara a aviación y consiguió su propósito, aunque al principio fue empleado como observador y no como piloto. Un día de octubre de 1915, durante un traslado en tren, ocurrió algo que cambiaría su vida: coincidió con Oswald Boelcke. Boelcke, un año mayor que von Richthofen, se estaba convirtiendo en una leyenda tras haber conseguido derribar nada menos que cuatro aviones enemigos y von Richthofen se acercó a él para preguntarle cómo lo conseguía. Boelcke le explicó que todo consistía en acercarse mucho al adversario, apuntar y disparar. “Eso hago yo y no consigo nada” respondió von Richthofen, que se veía limitado por volar en aviones de gran tamaño y tener que coordinarse con su piloto. Al final del viaje Manfred había tomado una decisión: aprendería a pilotar.

Lo hizo y ganó sus alas, aunque siguió volando en aviones biplaza, esta vez como piloto. Y en agosto de 1916, mientras participaba en misiones de bombardeo en Rusia, volvió a cruzarse con Oswald Boelcke, que por entonces llevaba 19 derribos, estaba realizando una gira de inspección por distintos frentes y acababa de recibir carta blanca para formar su propio equipo con los pilotos que quisiera. Algo debió de ver en von Richthofen porque le pidió que se uniera a su nueva unidad, la Jasta 2.

Boelcke era entonces el alma de la aviación de caza alemana. No sólo era un piloto excepcional, sino que estudió el problema del combate aéreo y elaboró un conjunto de reglas básicas para que sirviera de guía a los pilotos. Los miembros de la Jasta 2 le idolatraban. Su muerte en octubre de 1916 fue un golpe inesperado, especialmente porque, aunque llegó en combate, fue consecuencia de una colisión con un compañero de escuadrón. Fue poco más que un roce, pero suficiente para que Boelcke perdiera el control del aparato. Tenía 25 años y había derribado 40 aviones enemigos.

Entretanto, Manfred von Richthofen incrementaba su propia cuenta de éxitos, incluyendo el derribo del principal as inglés del momento, Lanoe Hawker. En enero de 1917 von Richthofen, que contaba ya con 16 victorias, recibió la principal condecoración prusiana, la Pour le Mérite (más conocida como Blue Max) y recibió el encargo de dirigir su propia unidad, la Jasta 11. Más adelante se combinarían 4 Jastas (hoy hablaríamos de escuadrones) para formar un Jagdgeschwader (un ala). La JG1, la primera unidad de ese tipo, tuvo a von Richthofen como jefe. Para entonces ya había tenido la ocurrencia de pintar su avión de rojo sin que estén claros los motivos. El efecto fue que se conociera su aparato en todo el frente y que surgieran los más extraños rumores. Uno de ellos, que von Richthofen conoció por un piloto inglés derribado, aseguraba que el piloto de aquel avión rojo era una mujer, puesto que sólo así se entendía tanto colorido. El diablo rojo empezaba a ser una leyenda también entre sus enemigos.

En julio de 1917 conoció de cerca la derrota cuando el observador de un avión biplaza estuvo a punto de acabar con su vida. Von Richthofen no se inquietó al ver como su presa abría fuego desde muy lejos (a esa distancia no es posible acertar con una ametralladora, pensó), pero uno de los proyectiles le alcanzó en la cabeza, aunque sin la energía suficiente para perforar el hueso. Consiguió aterrizar, pero no sólo tuvo que estar un tiempo de baja sino que las secuelas le perseguirían en forma de dolores de cabeza y cambios de humor. Sin embargo siguió dirigiendo su unidad con energía y siendo un ídolo para sus hombres, a los que intentaba adiestrar y transmitir su experiencia como Boelcke había hecho con él. Von Richthofen cada vez se parecía más a su mentor.

El 21 de abril de 1918 amaneció con niebla. A la espera de que mejorara, von Richtofen se entretuvo en jugar con su perro junto a sus hombres, que veían a su jefe de muy buen humor por primera vez en mucho tiempo. Cuando se levantó la niebla,  el Barón Rojo despegó sin saber que estaba iniciando su último vuelo.

Los aviones alemanes encontraron una patrulla británica dirigida por el canadiense Arthur “Roy” Brown y se enzarzaron en el combate. Uno de los pilotos, un novato llamado May, había recibido instrucciones claras: regresar a la base en caso de ser atacado. Brown era un jefe concienzudo, que cuidaba mucho de sus pilotos y sabía que un novato apenas tenía posibilidades de supervivencia. May siguió sus órdenes haciendo una pasada contra un enemigo, pasada que apenas sirvió para esparcir munición, y descendió, ganando velocidad para regresar a toda prisa. Von Richthofen no podía dejar de notar un comportamiento tan propio de un novato y debió de verlo como una presa fácil, perfecta para ser su victoria número 81.

De manera que el triplano rojo de von Richthofen se lanzó en persecución de May mientras Brown, viendo la maniobra, se lanzaba a su vez en pos de von Richthofen. El piloto alemán se acercaba cada vez más a May, que intentaba todo tipo de maniobras desesperadas para sacarse de encima a su experimentado adversario en aquella alocada persecución a baja altura. Brown abrió fuego, von Richthofen siguió concentrado en su persecución lanzando ráfagas cortas a su presa, abandonó la caza y ganó altura para dar media vuelta mientras un par de ametralladoras australianas abrían fuego desde tierra contra el triplano rojo, que perdió el control y se estrelló.

El cadáver fue recuperado por una unidad australiana y enterrado con todos los honores mientras Roy Brown recibía oficialmente el mérito de haber derribado al mítico piloto, pero este último aspecto no está tan claro. Tras estudiar con lupa los informes de los testigos y el examen médico del cadáver, muchos piensan que Brown no disparó el tiro fatal, que atravesó al piloto alemán con una trayectoria que debió de alcanzarle de lleno en el corazón. La trayectoria de la herida parece más propia de un disparo desde tierra y tampoco parece probable que von Richthofen estuviera en condiciones de proseguir la caza si Brown le hubiese alcanzado porque habría quedado incapacitado inmediatamente. Un resumen del examen del cadáver y los relatos de los testigos se puede encontrar aquí.

Quizás fue Brown o quizás uno de los dos ametralladores australianos que hicieron fuego contra el triplano, o quizás fue un tiro de fortuna de un soldado de infantería. Su vieja herida posiblemente había contribuido porque su comportamiento de aquel día no es normal en alguien tan experimentado. El ataque de caza típico era una pasada ametrallando a toda velocidad sin perder el tiempo en largas persecuciones que daban ocasión a ser blanco de un tercer avión; menos aún en una acción a baja altura al alcance de ametralladoras antiaéreas y todavía menos en las cercanías del frente.

¿Fatiga? ¿Error de juicio? ¿Secuelas de la herida en la cabeza? El resultado es el mismo: von Richthofen había muerto, aunque dejando una leyenda y llevando consigo el respeto de compañeros y enemigos. De haber vivido once días más habría cumplido 26 años.

 

 

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Vietnam en el siglo I

26 martes Dic 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Arminio, Augusto, Batalla, Batalla de Teutoburgo, Druso, Germánico, Historia, Momentos cruciales, Roma, Sigfrido, Varo, Vietnam

Hay días en los que se diría que las Moiras, esas divinidades que según los griegos controlan el destino de los hombres, tiran una moneda al aire y deciden el futuro según sea el resultado. En este blog se ha hablado mucho de esos momentos cruciales: en esa categoría están Salamina, el Marne, Midway… días que amanecieron con una gran potencia en la cima de su poder, aparentemente invencible, y terminaron con un imperio derrotado y un futuro incierto.

A veces el desastre no es tan completo como parece. El Imperio Persa siguió siendo una gran potencia tras Salamina y los Estados Unidos mantuvieron su preeminencia en el mundo tras Vietnam, pero en ambos casos se había demostrado que no eran invencibles. Aunque su poder militar siguiera siendo inmenso, ahora se sabía que eran vulnerables. El impacto puede llegar al extremo de incorporar el hecho como referencia en el lenguaje común: recordemos a Saddam Hussein amenazando a los norteamericanos con un «nuevo Vietnam», o las menciones a la guerra de Afganistán en la década de 1980 como «el Vietnam de la URSS». Afganistán tiene un récord en esta comparación porque también se le llamó «el Vietnam de Obama» en 2009. Si alguna vez escribo un artículo sobre la Guerra de los Treinta Años, puede que lo titule «El Vietnam de Felipe IV».

El Imperio Romano también tuvo su Vietnam particular, incluso podríamos decir que tuvo varios, pero hoy vamos a hablar de una batalla que probablemente moldeó el curso de la Historia. No tuvo lugar en la jungla del sudeste de Asia sino en un bosque europeo, en lo que hoy es Alemania, en el año 9 después de Cristo. Para que nos hagamos idea de la magnitud del desastre no hay nada como ver el siguiente mapa (Fuente: Atlas de Historia Universal, dirigido por José Ramón Juliá, Editorial Planeta, 2000)

La línea roja, trazada a partir del curso de los ríos Rin y Danubio es la frontera definitiva del Imperio Romano en Occidente, mientras que la línea verde sigue el curso del Elba. En aquel año 9 el territorio comprendido entre el Rin y el Elba, en verde claro en el mapa, estaba casi dominado por Roma. Las tribus de la región estaban sometidas, pero no romanizadas. Y el hombre que podría haber acabado la tarea, Publio Quintilio Varo, gobernador de la provincia, resultó no ser la persona más adecuada.

Varo se comportó en Germania como el gobernador autoritario de una provincia completamente sometida. Los germanos se encontraron con una subida de impuestos y unas autoridades que resolvían los conflictos usando un derecho romano que a ellos aún les era ajeno. Sabiendo que Varo, cuando era gobernador de Siria, había crucificado a 2.000 rebeldes tras una revuelta y que volvió de Oriente siendo muy rico, podemos imaginar el tipo de impuestos y de justicia que se encontraron los germanos bajo su dominio y el porqué del aumento de hostilidad contra Roma. Pero Varo también tenía germanos a su servicio, como Arminio… o eso pensaba él.

Arminio era un joven de unos 26 años en el momento que nos ocupa. Como hijo de un jefe de la tribu de los queruscos, había sido enviado a Roma como rehén siendo un niño y por tanto había recibido una educación romana e incluso se había distinguido en el ejército romano. Debía de ser un hombre notable, puesto que incluso se le concedió la ciudadanía romana. En aquel año 9, Arminio era el hombre de confianza de Varo, pero a espaldas de su jefe conspiraba con jefes de varias tribus. El momento propicio se presentó cuando Varo regresaba a sus cuarteles de invierno a la cabeza de las tres legiones destinadas a la provincia: la XVII, XVIII y XIX.

Varo recibió noticias de una sublevación local y decidió reprimirla al momento. Para ello tuvo la idea de atravesar el bosque de Teutoburgo con sus tres legiones, sin tomar precauciones y confiando en su auxiliar, Arminio. Pero Arminio era quien había enviado las noticias y era él quien había organizado la emboscada que aguardaba a las legiones romanas en aquel bosque. Buen conocedor de las tácticas romanas, Arminio sabía que ninguna tribu germana era rival para los romanos en campo abierto. Ni siquiera una confederación de tribus, como la que ahora él dirigía habría tenido ninguna oportunidad en el campo de batalla. Pero en un bosque, sin posibilidad de maniobrar, las cosas eran muy diferentes. Las tres legiones fueron aniquiladas y Varo se suicidó para no caer en manos del enemigo.

La pérdida de tres legiones fue un mazazo para Roma. Las fuentes aseguran que Augusto, al conocer el desastre, acusaba a Varo de la derrota gritando enloquecido: ¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones! No es de extrañar, puesto que la frontera quedaba desprotegida y a merced de las incursiones germanas. Para colmo los estandartes de las tres legiones, las célebres águilas que los romanos consideraban como sagradas, se habían perdido a manos de los hombres de Arminio.

Los temores de Augusto resultaron exagerados: Roma había sufrido una derrota, pero el territorio imperial no sufrió ninguna invasión. Sin embargo la humillación debía ser reparada y de ello se encargó el general romano Germánico cuyo nombre, tan apropiado para la ocasión, era en realidad el título honorífico concedido a su padre, Druso, por sus triunfos en aquella región. Ahora le correspondía al hijo estar a la altura de su padre en el mismo territorio y contra los mismos enemigos.

Germánico demostró ser un digno hijo del gran Druso. Consiguió recuperar dos de las tres águilas (la tercera permanecería en poder de los germanos hasta que fue rescatada en tiempos del emperador Claudio), pero no logró apresar ni derrotar definitivamente a Arminio. Tampoco hacía falta: Arminio murió 12 años después de su gran victoria, asesinado por miembros de su propia tribu y víctima de la desconfianza que acompañaba al gran poder que había alcanzado. Por su parte, Roma desistió de intentar anexionarse el territorio situado entre el Rin y el Elba. Las acciones guerreras de Germánico fueron de castigo, no de conquista. La frontera permaneció en el Rin hasta la caída del Imperio.

Los historiadores del siglo XIX, la época del nacionalismo, vieron en la traición de Arminio, al que se conocería en Alemania como Hermann, no la rebelión de un ambicioso jefe tribal, sino el nacimiento de una conciencia nacional germánica que se oponía al invasor extranjero. Pero la interpretación más interesante (al menos para mí, porque me fascina la mitología) implica que la captura del botín de la batalla pudiese estar detrás de la leyenda del Oro del Rin, y que Arminio pudiera ser la inspiración del héroe Sigfrido mientras las águilas, símbolo de la legión romana, ocuparían un lugar en las leyendas germánicas como dragones.

Si Varo hubiese sido más precavido o Arminio menos ambicioso, es posible que las tres legiones romanas hubieran sobrevivido y que las tribus situadas entre el Rin y el Elba hubiesen sido totalmente romanizadas. Esto podría haber supuesto un importante cambio en la cultura de lo que hoy es Alemania. Por ejemplo, es probable que hoy se hablase una lengua romance en aquella región. Habría bastado con que Varo hubiese decidido no internarse en aquel peligroso bosque, que hubiera explorado adecuadamente el terreno o que Arminio hubiese preferido una carrera en el ejército romano a la jefatura de una confederación de tribus. Algunas veces el destino del mundo está en manos de una sola persona y Teutoburgo es un buen ejemplo.

 

 

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