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El día en que se aniquiló a un imperio

16 lunes Ene 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Batalla, Bombardeo en picado, Dauntless, Devastator, Historia, Kate, Midway, Momentos cruciales, Nagumo, Pearl Harbor, Portaaviones, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Val, Wildcat, Zero

Hay días, pocos, en los que se producen giros dramáticos en la Historia, y de eso sabemos bastante en este blog. Hoy voy a hablar de uno de esos días, o mejor dicho, momentos; porque fueron apenas 6 minutos los que transcurrieron entre el apogeo de un imperio victorioso y su declive irremediable. Ocurrió el 4 de Junio de 1942 junto a unos islotes del Océano Pacífico situados a medio camino entre Asia y América. De ahí su nombre: Midway.

Es sabido que Japón entró en la Segunda Guerra Mundial para resolver por la fuerza el enfrentamiento con las potencias occidentales, inevitable en su expansión por el Sudeste de Asia. Pretender ocupar Singapur (colonia británica), Java (colonia holandesa) o las Filipinas (bajo dominio estadounidense, aunque con independencia prevista para 1946) hacía inevitable una guerra. Puestos a luchar, mejor hacerlo con ventaja, pegando duro desde el primer día con la esperanza de que el adversario no esté dispuesto a pagar el coste económico y sangriento de una guerra. De ahí el ataque a Pearl Harbor de Diciembre de 1941.

Seis meses después de aquel día, Japón se había hecho con los territorios mencionados y con mucho más, pero no podía vencer en una guerra larga frente a una potencia industrial del calibre de Estados Unidos. Baste recordar que Winston Churchill advirtió a los japoneses en su día de que un país que produce 7 millones de toneladas de acero al año no puede derrotar a uno que produce 75 millones de toneladas. Japón, por tanto, tenía que buscar una batalla decisiva que provocara un golpe tan devastador a los norteamericanos que les llevara a buscar una paz negociada. El almirante Yamamoto consideró ocupar Midway, donde Estados Unidos tenía una base aérea, para tener un punto desde el que amenazar con asaltar Hawaii. La flota americana tendría que reaccionar, se produciría el enfrentamiento y Japón saldría triunfante. Así de sencillo.

Los motivos para el optimismo se basaban en la momentánea superioridad japonesa. Estados Unidos acababa de ponerse en marcha y aún no tenía medios para igualar a la flota nipona: en Midway sólo intervinieron 3 portaaviones americanos por la simple razón de que eso era todo lo que había. Técnicamente, Japón tampoco tenía nada que envidiar aún a sus enemigos: el caza embarcado Zero, por ejemplo, era un prodigio, aunque le quedaba poco para quedar en inferioridad ante los nuevos aviones norteamericanos, que aún estaban por fabricarse. En Midway, sin embargo, sus adversarios más peligrosos serían los Wildcat, que apenas podían considerarse equivalentes al avión japónes.

Los americanos tenían, eso sí, una ventaja. Habían logrado descifrar el código naval japonés y conocían el plan de sus enemigos, un plan que era demasiado complicado para salir bien: una fuerza que incluía 2 portaaviones japoneses atacaría las Aleutianas para despistar y alejar a la flota americana, mientras la fuerza principal ocupaba Midway con la ayuda de 4 portaaviones. Sabiendo que los americanos sólo contaban con 3 buques de este tipo es inevitable preguntarse si no habría sido más sensato haber destinado toda la flota a atacar Midway, creando así una fuerza irresistible. Además, el reconocimiento submarino japonés no detectó la salida de la flota americana, por lo que los atacantes se acercaron a Midway pensando que la única resistencia provendría de la propia base.

La batalla propiamente dicha comenzó a las 4:30 del 4 de Junio. A esa hora despegaban de los portaaviones japoneses 36 bombarderos Kate (que también podían usarse como torpederos), 36 bombarderos en picado Val y 36 cazas Zero. Su misión era asegurar la supremacía aérea sobre Midway y ablandar las defensas, pero si esperaban destruir a la aviación americana en tierra se iban a llevar una decepción: perdido el factor sorpresa, los aviones con base en Midway despegaron tan pronto como el radar detectó a los incursores: los cazas para intentar frenar a los atacantes mientras los bombarderos se dirigían hacia la flota japonesa.

Ni los cazas norteamericanos ni el fuego antiaéreo impidieron que la oleada japonesa se abriera paso, pero el bombardeo no obtuvo grandes resultados: las pistas quedaron intactas, los aviones americanos no habían sido destruidos en tierra y las defensas de la isla tampoco habían sufrido daños decisivos. Era evidente que haría falta un segundo ataque aéreo y así se notificó a las 7 de la mañana, cuando aquella primera oleada de atacantes iniciaba el regreso hacia los portaaviones.

Aproximadamente en ese mismo momento, los bombarderos con base en Midway llegaban a las inmediaciones de los portaaviones japoneses e iniciaban un ataque que iba a resultar desastroso: mal equipados y sin protección de cazas, los estadounidenses fueron masacrados, como lo serían todos los aviones procedentes de Midway que se enfrentasen a los buques nipones durante la siguiente hora y media.

Pero precisamente a las 7 de la mañana los portaaviones norteamericanos lanzaban sus aviones contra la flota japonesa. Tardarían algo más de dos horas en llegar a su objetivo, pero lo harían de forma inesperada, porque aunque los japoneses tenían aviones de reconocimiento para asegurarse de que no hubiese buques enemigos por la zona, uno de sus barcos, el crucero Tone, tuvo problemas que le hicieron lanzar sus hidroaviones con 30 minutos de retraso sobre lo previsto. ¿Hace falta decir que la flota americana estaba precisamente en el área que tenía que cubrir uno de los hidroaviones del Tone?

Entretanto, el almirante Nagumo, al mando de la fuerza japonesa de portaaviones, tenía que tomar decisiones con rapidez. El jefe de la primera oleada había radiado la necesidad de realizar una segunda incursión sobre Midway y allí estaban sus barcos sufriendo un ataque, aunque inofensivo, por parte de aviones basados en Midway. Los bombarderos Kate que tendrían que realizar la nueva incursión estaban listos para despegar, pero armados con torpedos por si era necesario enfrentarse a una hipotética flota norteamericana que ni aparecía ni era de esperar que lo hiciese. La decisión lógica era armar los Kate con bombas para el ataque a tierra y así se ordenó, pero eso implicaba llevar los aviones a los ascensores, bajarlos a los hangares y cambiar el armamento, una tarea engorrosa y lenta. Y justo media hora después de ordenar aquel cambio, cuanda estaban a mitad del proceso, el reconocimiento aéreo alertó de la presencia de 10 barcos de superficie.

¿Y ahora qué? debió de pensar Nagumo mientras ordenaba que se interrumpiera el cambio de armamento a la espera de más detalles. Debió de ser un alivio para él recibir a las 8:06 un mensaje que decía que la flota americana estaba compuesta por 5 cruceros y 5 destructores. Sin portaaviones a la vista, sería posible atacar Midway de nuevo y ocuparse más tarde de aquellos barcos, pero el respiro fue momentáneo: a las 8:30 el reconocimiento japonés avistaba un portaaviones enemigo, precisamente cuando estaban llegando de regreso los aviones de la primera oleada. ¿Qué hacer ahora? Ya no era cuestión de atacar Midway. ¿Lanzar a los Kate con su mezcla de torpedos y bombas contra los portaaviones americanos o recuperar primero a los aviones que llegaban y aprovechar ese tiempo para armar a todos los Kate con torpedos, más eficientes contra barcos? Nagumo optó por la segunda opción.

Otra vez a cambiar el armamento a toda prisa, a contrarreloj, sin tiempo para tomar las precauciones adecuadas y apilando bombas y torpedos de cualquier manera junto a unos aviones repletos de combustible. A las 9:18 todos los aviones de la primera oleada de ataque habían aterrizado ya, pero no era posible lanzar la segunda porque los primeros aviones procedentes de la flota norteamericana hacían su aparición. Eran 15 anticuados torpederos Devastator de los que sólo uno sobreviviría a aquella jornada. Los lentos aparatos volaban a ras de agua para lanzar sus torpedos contra los buques enemigos, pero uno tras otro fracasaban en el intento, incapaces de hacer frente a los Zeros. La carnicería se repetió con un segundo escuadrón de torpederos, y después con un tercero.

Tras una hora de combate, Nagumo creía tener razones para respirar más tranquilo: sus barcos seguían intactos y los aviones enemigos habían sido masacrados, tanto los bombarderos basados en Midway como los torpederos de los portaaviones. Si eso era todo lo que los americanos podían hacer, la batalla se podía dar por ganada. Lleno de confianza y seguro de la victoria dio la orden de lanzar la segunda oleada de ataque. Y precisamente en ese momento se dio la voz de alarma: se aproximaban más aviones enemigos y esta vez no venían a baja altitud sino por encima, muy por encima. Eran las 10:20

El sacrificio de los Devastator no había sido en vano. Los cazas japoneses habían abandonado sus posiciones iniciales, a media y alta cota, para descender sobre los torpederos atacantes y ya nada se interponía entre los portaaviones nipones y los bombarderos en picado Dauntless, que ahora descendían casi en vertical sobre sus presas.

dauntless_bomb_dropBombardero en picado Dauntless (imagen tomada de Wikipedia)

El primero en caer fue el portaaviones Kaga. Un impacto entre los aviones que se disponían a despegar, repletos de combustible y munición, provocó un incendio masivo que carbonizó a los pilotos, atrapados en sus cabinas, mientras chorros de combustible en llamas se filtraban hacia los niveles inferiores. Otra bomba destruyó un ascensor e hizo explosión en el hangar inferior, donde había tantas bombas y torpedos almacenados de cualquier manera.

Un momento después era el Soryu el que sufría el impacto de las bombas y a continuación el Akagi, a las 10:26. El espectáculo dantesco se repetía en ellos. No importaba que los tres portaaviones aún siguieran a flote: dos de ellos se hundirían 7 horas más tarde mientras que el tercero aguantaría hasta las 5 de la mañana del día siguiente. Apenas habían pasado seis minutos desde que el primer Dauntless iniciara su ataque en picado, pero Japón ya había perdido inevitablemente la guerra porque carecía de la capacidad de reponer aquellas pérdidas.

Aún les quedaba un portaaviones, el Hiryu, cuyas aeronaves contraatacaron. Una primera oleada de bombarderos en picado Val logró alcanzar al portaaviones americano Yorktown, aunque la tripulación consiguió reparar los daños. Un segundo ataque sobre el mismo barco, ya a las 14:45, por parte de torpederos Kate japoneses, lo dañó de tal modo que el buque fue abandonado a las 15:00. Pero el Hiryu no corrió mejor suerte: fue atacado por aviones de los otros dos portaaviones norteamericanos y alcanzado por 4 bombas apenas dos horas después. Ninguno de los 4 portaaviones japoneses había sobrevivido al encuentro. Los americanos, por su parte, sólo habían perdido un portaaviones e incluso albergaron esperanzas de recuperarlo, frustradas por la intervención de un submarino japonés, que lo torpedeó dos días después.

El alcance de la impresión creada por aquel día fatídico en el mando japonés es difícil de imaginar. Los invencibles dueños de un imperio que al amanecer se aprestaba a dar el golpe de gracia a su enemigo estaban condenados por la tarde a batirse a la desesperada, tras perder sus mejores armas, para intentar retrasar el inevitable final. Si al menos algo les hubiera podido advertir de lo que les esperaba…

Y ahí está lo curioso, que estaban advertidos. En Mayo el mando japonés realizó simulaciones de la batalla, pero se rechazaron los resultados de la situación en la que aparecía una flota americana. Cuando en otra simulación el árbitro determinó que dos portaaviones japoneses resultaban hundidos, se obligó a repetir el caso reduciendo la pérdida a sólo uno, que es tanto como hacer trampas al solitario. La confianza japonesa en su plan era tal que el mayor temor que tenían era que la flota americana no saliera a su encuentro, según lo previsto, una vez ocupado Midway.

Definitivamente, los dioses ciegan a quienes están destinados a la perdición.

 

 

 

 

 

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Una ametralladora para Roland Garros

12 sábado Nov 2016

Posted by ibadomar in Aviación, Historia

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Aviación, Fokker, Historia, Marne, Morane-Saulnier, Nesterov, Nieuport, Primera Guerra Mundial, Quénault, Roland Garros, Siglo XX

Ya es 12 de noviembre, que es tanto como decir que este blog está de aniversario. Cinco años llevo publicando artículos, aunque sea un tanto irregularmente, lo que dice bastante de mi constancia y de la paciencia de quienes me leen. Celebremos ambas de la única manera lógica posible: con un nuevo artículo.

Si algo tiene este blog de peculiar es que no tiene una temática definida. Hay predominio de los artículos de Historia, seguidos de los de aviación, pero sin que el blog tenga por qué limitarse a ellos. Además, una tradición autoimpuesta me obliga a publicar un artículo sobre la Primera Guerra Mundial en cada aniversario. Con esas premisas sería lógico que el blog estuviese plagado de artículos sobre aviación en la Primera Guerra Mundial. Pues no. Mira que podrían dar juego, pero no hay ni uno solo. Hasta hoy.

Aquella contienda cambió el mundo de muchas maneras, en buena medida porque se desarrollaba entre naciones plenamente industrializadas en un momento en que la tecnología abría unas posibilidades mecánicas impensables hasta poco antes. Las ametralladoras automatizaban la tarea de disparar un tiro tras otro, la artillería contaba con cañones de potencia nunca vista, la industria química aportaba los gases venenosos y, gracias a los aviones y submarinos, la guerra dejaba de estar limitada a la superficie terrestre y marítima para subir a los cielos y bajar a las profundidades.

En realidad la guerra aérea no era una novedad completa. La observación militar por medio de globos se empleó por primera vez en 1794 y el uso de la aeronave más pesada que el aire con fines militares empezó apenas 8 años después del vuelo de los hermanos Wright. Fue en 1911, cuando los italianos emplearon aeroplanos en Libia, no sólo para observación, sino también para ataque a tierra. Tan pronto como empezó la guerra en Europa, los aviadores se convirtieron en los ojos de los ejércitos y así fue como Francia pudo detener la embestida alemana en el Marne gracias a las informaciones obtenidas desde el aire, como ya publiqué en otra ocasión.

Ver es bueno, pero ver sin ser visto es mucho mejor, sobre todo cuando se está en guerra, y pronto se buscó la manera de derribar a los aviones enemigos y asegurar la protección de los propios. Al principio se intentó usar armas ligeras, manipuladas por un observador mientras el piloto se dedicaba a controlar el avión, pero es difícil acertar a un blanco en movimiento desde una plataforma también móvil. Aunque siempre se podía intentar el sistema del piloto ruso Piotr Nikolayevich Nesterov, que embistió con su avión a un aparato enemigo. Posiblemente esperaba retomar el control tras la colisión porque era un piloto experimentado (en 1913 se convirtió en el primer hombre en hacer un looping, hazaña que le valió un arresto por poner en peligro su avión innecesariamente), pero no llevaba cinturón de seguridad y salió despedido. Consiguió el derribo pero perdió la vida, demostrando que ese tipo de ataque no era práctico.

Estaba visto que derribar un avión no era fácil. Hacía falta mucha suerte para lograrlo con un solo disparo, de manera que la mejor forma era disparar muchas veces y muy deprisa, cuanto más mejor. Es tanto como decir que se necesitaba una ametralladora; y una ametralladora llevaba Louis Quénault, observador en un biplaza Voisin 3LA, cuando el 5 de octubre de 1914 consiguió el primer derribo confirmado de la Historia. El primer derribo «ortodoxo», se entiende, puesto que Nesterov se había adelantado en un mes. Lo curioso es que Quénault agotó la munición de su arma sin éxito y consiguió su propósito utilizando un fusil.

Pero el problema de apuntar desde una plataforma en movimiento a un blanco móvil seguía, aunque se podía simplificar si se disparaba en la dirección del avance. En ese caso, se podría lograr incluso que el mismo piloto manejara el arma, ya que no sería necesario apuntar, sino dirigir el avión hacia el blanco. El concepto estaba claro, pero había un problema: ¿cómo disparar hacia adelante sin destruir la propia hélice?

Los ingleses resolvieron el problema eliminando la hélice. Bueno, no del todo, simplemente la colocaron detrás, empujando en lugar de tirar. No era una solución tan rara como parece, de hecho el Voisin de Quénault también tenía la hélice detrás. Eso determinó el diseño de los primeros cazas ingleses que fueron del tipo F.B.5, fabricados por Vickers Ltd, y que llegaron a Francia en febrero de 1915. Seguía siendo un biplaza, pero por primera vez se había construido un avión pensado para derribar a sus enemigos. Un avión de combate.

vickers_fb-5_gunbus_2345_g-atvp_yvtn_09-07-66_edited-3Réplica de un F.B. 5. Imagen sacada de Wikipedia

Enfrentados al mismo problema, los franceses optaron por un monoplano monoplaza. La ametralladora se instalaba fija sobre el capó y se buscaba la manera de que los proyectiles no provocaran daños. La solución fue de lo más pedestre: instalar unas chapas protectoras en la hélice. El sistema era peligroso (al menos dos personas murieron durante los ensayos en tierra por balas rebotadas) y poco práctico puesto que los impactos no dejaban de hacer sufrir la transmisión. Pero eran pocas las balas que impactaban en la protección, la mayoría pasaba limpiamente, y así fue como Roland Garros consiguió tres derribos en un par de semanas de abril de 1915 pilotando un Morane-Saulnier. Que un solo hombre lograra tales éxitos era impensable hasta entonces aunque se tratara de alguien de la reputación de Garros, famoso por su hazaña de atravesar en avión el Mediterráneo, en 1913, saliendo de Fréjus, en el sur de Francia y aterrizando en Bizerta, en el norte de Túnez.

1024px-morane-saulnier_l_in_french_markingsUn Morane Saulnier L, según Wikipedia

Pero, volviendo a 1915, la suerte dejó de estar con Roland Garros casi en seguida. Tras su quincena triunfal, su avión fue alcanzado por un tiro de suerte desde tierra. Con el motor averiado, se vio obligado a aterrizar y fue hecho prisionero. Los alemanes, encantados de haber acabado con la carrera del terror aéreo del frente occidental, no sólo habían capturado al piloto, sino que también tenían el avión y su sistema de protección de las palas de la hélice y se dispusieron a usarlo en provecho propio.

Pero no llegaron a hacerlo nunca. Cuando el ingeniero Anthony Fokker recibió el encargo de adaptar aquel método no perdió el tiempo con él porque ya estaba trabajando en algo mucho mejor: sincronizar los disparos con el giro del motor, de manera que la ametralladora no disparaba si tenía una pala en la línea de tiro. Los primeros monoplanos Fokker E.I con su ametralladora sincronizada llegaron al frente en el verano de 1915 y se convirtieron en el terror de sus adversarios. Con ellos y sus desarrollos posteriores, como el E.III, lograron sus primeras victorias pilotos tan célebres como Oswald Boelcke o Max Immelmann, que merecen artículo aparte.

1280px-fokker_m5k-mg_e5-15El temido Fokker E.I en imagen de Wikipedia

Aún se ensayarían otros sistemas, como el de montar la ametralladora sobre el ala superior de un biplano para que disparara por el exterior del círculo formado por la hélice al girar. Un buen ejemplo es el Nieuport 11, pero la solución de Fokker sería la que finalmente adoptarían todos los combatientes tarde o temprano.

De todos los protagonistas de esta historia el más conocido es Roland Garros, aunque por causas que nada tienen que ver con la guerra ni con la aviación. Permaneció prisionero hasta febrero de 1918, cuando consiguió escapar y volver a territorio francés, pero tuvo que adaptarse a tipos de avión totalmente diferentes a los que él había conocido. Consiguió un nuevo derribo confirmado (el cuarto de su historial), pero el 5 de octubre de 1918, apenas un mes y una semana antes de que terminara la guerra, fue a su vez derribado y muerto. Al día siguiente habría cumplido 30 años.

Pero hoy se le recuerda por otro motivo. En 1928 Francia tenía que organizar la final de la copa Davis de tenis y necesitaba unas canchas adecuadas para atender a  jugadores y público. El club deportivo Stade de France aportó el terreno para las obras, pero su presidente puso la condición de que las instalaciones llevaran el nombre de Roland Garros, amigo suyo desde que coincidieron en la Escuela de Comercio. Además, Garros y él habían sido compañeros en el equipo de Stade de France, pero no jugando al tenis sino al rugby. Por ese gesto de su amigo, hoy todo el mundo conoce el nombre de Roland Garros, aunque pocos saben quién era.

Nesterov, el piloto ruso que murió al embestir a un avión enemigo, también dio nombre a algo: a todo un pueblo, Zhovkva, situado en Ucrania, que fue rebautizado Nesterov en 1951 por el gobierno soviético. Pero tampoco por ello se le recordará, ya que en 1992, tras la independencia de Ucrania, el pueblo recuperó su nombre original. Para consuelo de sus admiradores, el asteroide Nesterov, descubierto en 1973, no ha cambiado de nombre.

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Persiguiendo a Heracles

07 viernes Oct 2016

Posted by ibadomar in Arte

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Arte, Bourdelle, Buenos Aires, Heracles, Lago Estínfalo, Montauban, Museo de Orsay, Nueva York, París, Siglo XX, Tokio, Toulouse

He tenido un mes de septiembre tan ajetreado que se ha ido sin que yo publicara nada. Octubre no se presenta mucho más tranquilo y precisamente por eso me he propuesto escribir un artículo, para tenerlo listo cuanto antes y que no pasen dos meses consecutivos en blanco. Pero, ¿qué tema tratar esta vez? Pensaba en ello cuando recordé que en mi último viaje me encontré con… digamos que con un viejo amigo.

Esta historia empieza en Francia, en Montauban concretamente, hace ya muchos años, no me apetece recordar cuántos. Desde luego aún no había terminado el siglo XX  cuando supe de un artista del que hasta entonces jamás había oído hablar. ¿Alguien entre la audiencia conoce a Antoine Bourdelle? Si hay aficionados a la escultura entre los lectores seguro que sí, pero de lo contrario no es muy probable. Pues bien, Bourdelle fue un escultor discípulo de Rodin, artista a quien sí conoce todo el mundo. Nacido en 1861, el yeso original de su más célebre escultura se conserva en su ciudad natal, Montauban, en el museo Ingres. Se trata de un Heracles arquero, fechado en 1909, que fue lo que más me impresionó de la visita.

La escultura muestra a Heracles (el nombre griego de Hércules) en uno de sus doce trabajos, consistente en expulsar del lago Estínfalo a los pájaros malignos de plumas de bronce que atacaban a hombres y animales. Por supuesto Heracles logró su propósito, asustándolos con el ruido de un címbalo (o de una carraca, que en esto de la mitología siempre hay varias versiones). Cuando los pájaros levantaron el vuelo, el héroe derribó a flechazos a cuantos pudo.

montaubanHeracles en Montauban

La escultura lo representa en pleno esfuerzo, en una posición muy forzada, cargada de tensión. La fotografía nos da una idea de la fuerza de esta obra, tremendamente expresiva y… bueno, Montauban no está lejos, de modo que ya tenéis un motivo para visitar la ciudad.

Pero no sólo Montauban, porque la escultura se fundió en bronce y por eso algunos años después, estando en Toulouse con un amigo vimos en un parque, desde el coche, una escultura que reconocí al momento. En este caso Heracles forma parte de un monumento a los caídos en la guerra del 14. En origen se pretendía homenajear al jugador de rugby Alfred Mayssonnié, pero finalmente se amplió a todos los deportistas muertos durante la guerra, aunque una estela destaca expresamente a Mayssonnié. Toulouse está cerca de Montauban, así que los que deseen ver la estatua pueden ver dos ejemplares en un solo día.

toulouseHeracles en Toulouse

Claro que ya que estamos en Francia, ¿por qué no visitar París y ver otra copia? Ésta la encontré en el museo de Orsay y hasta me hice una foto con ella, en mi tercer encuentro con la misma imagen. Como no me gusta poner mi cara en internet, os tendréis que conformar con una imagen de Wikimedia. En este caso la estatua es de bronce dorado.

OrsayHeracles en el museo de Orsay, París

A estas alturas, el Heracles arquero empezaba a ser un viejo conocido. Y hablando de conocidos y de amigos, por aquella época uno de los míos se fue una temporada a Buenos Aires. Es bueno tener amigos en lugares remotos porque, con la excusa de visitarlos, se conoce mundo, de manera que le hice una visita. Aterricé en Buenos Aires, tomé un autobús para ir a su casa y ¿qué vi al pasar junto a un parque de la ciudad? A Heracles, cómo no. Ya empezaba a ser una costumbre, pero esta vez me sorprendió aún más puesto que entre este Heracles y sus hermanos hay 11.000 Km. de distancia. Quienes lean este artículo desde Argentina ya saben que no tienen que cruzar un océano para ver la escultura de Bourdelle.

buenos-airesHeracles en Buenos Aires

Aunque quizá el lector esté en América, pero del Norte. Y en ese caso puede acercarse al Metropolitan Museum de Nueva York, que es otro lugar en donde me encontré con Heracles. También hay foto, pero sigo siendo tan tímido como hace dos párrafos. La imagen la he tomado esta vez de la página del museo. La escultura era ya una vieja amiga, una cara familiar que aparecía por sorpresa, a 10.000 Km. de mi casa, para darme una alegría con su presencia. .

nueva-yorkHeracles en Nueva York

Por eso casí ni me sorprendió, hace un par de semanas, volverme a encontrar con mi viejo camarada, Heracles. Y esta vez fue ¡en Tokio! Había muy poca luz y yo no tenía flash, de manera que no pude hacerle la foto que merecía la ocasión, pero una vez más, Wikimedia acude al rescate. La escultura está en el parque Ueno, en el exterior del Museo de Arte Occidental.

tokioHeracles en Tokio

A estas alturas estoy pensando en hacer un juego. Cada vez que me encuentre con Heracles… ¡chupito! Merecerá la pena, aunque sólo sea por ver la cara de la gente de alrededor y oir los comentarios. Mamá, ¿por qué ese señor que se está tomando un copazo le ha pasado un brazo por el hombro a la estatua?

Quizás debería hacer un proyecto para visitar todas las copias, porque hay más copias del Heracles por el mundo. Algunas en ciudades que conozco, aunque no haya visto la estatua en ellas. Además de las mencionadas, hay copias en Estocolmo, Roma, Anvers, Colonia, Praga… En París hay una segunda copia, en el museo Bourdelle. También se puede ver en Lyon, Le Havre, Argel, Los Ángeles, Nueva Orleans, Dallas, Honolulu, Siracusa (estado de Nueva York), Madison (estado de Wisconsin) y Japón cuenta con una segunda copia en Hakone.

La idea ya la tengo. Hasta ahora encontraba a Heracles por azar, pero voy a empezar a buscarlo. Sólo me falta recaudar fondos para la causa. ¿Habrá lectores de este blog interesados en financiar un viaje alrededor del mundo en busca de todas las copias del Heracles? Si los hay, prometo escribir un libro contando la experiencia. Y si los fondos llegan para hacer el viaje en primera clase, hasta soy capaz de vencer mi timidez e ilustrarlo con fotos junto a mi colega. ¿Por qué no, si es ya un amigo de toda la vida?

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