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La bandera más temida

11 domingo Mar 2012

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Cabrera, Carlismo, Corsarios, Historia, Jolly Roger, Low, Piratas, Roberts, Siglo XVII, Wynne

No hace mucho que publiqué una entrada sobre los filibusteros de la isla de la Tortuga, a los que todos asociamos con la temible imagen de una bandera negra con una calavera y dos tibias. Es cierto que emplearon ese tipo de bandera, pero hay algunos matices: ni todas las banderas piratas eran iguales ni los piratas han utilizado siempre esa enseña. En realidad, el periodo en el que emplearon la bandera negra como enseña es bastante corto, de unos 25 años, mientras que la piratería es un oficio conocido desde que a alguien se le ocurrió transportar por barco mercancías susceptibles de ser robadas. Para ser más precisos, se dice que fue Emmanuel Wynne el primero que empleó la bandera pirata hacia 1700, mientras que la denominada edad de oro de la piratería se considera que finaliza con la muerte de los últimos grandes capitanes, es decir hacia 1722 (muerte de Roberts) o 1723 (muerte de Edward Low) como muy tarde.

En aquella época el combate naval tenía lugar a una distancia bastante corta entre las naves y la bandera era algo más que un mero indicador de la nacionalidad del buque, puesto que cuando se producía una batalla naval, el barco que arriaba su bandera daba a entender que se rendía. Tan arraigada estaba esta convención que se podía dar el caso de que un buque de guerra enarbolara varias banderas, una en cada mástil, para impedir que una andanada que echara abajo el palo mayor hiciera pensar que el barco se daba por vencido cuando no era así. En un barco pirata de la época no se daban casos de tanto pundonor, sobre todo teniendo en cuenta que se trataría típicamente de una balandra de un único palo, pero el mantener la propia enseña ondeando al viento era un lenguaje comprendido y aceptado por todos los hombres de mar.

Y aquí es donde entra en acción Emmanuel Wynne (o Wynn, que de las dos formas aparece citado). El 18 de julio de 1700 este pirata francés tuvo un enfrentamiento con un buque de guerra inglés, el HMS Poole. Wynne logró escapar de su adversario, que escribió en el diario de a bordo que su rival enarbolaba una bandera negra con dos huesos cruzados, una calavera y un reloj de arena. La insignia descrita debía de ser algo parecido a esto:

No sabemos mucho más de Wynne pero el emblema pirata, que por motivos no muy claros recibiría el nombre de Jolly Roger, quedó descrito por primera vez. La insignia negra de la calavera y las tibias quedó tan asociada a la piratería que la mera posesión de una bandera con este motivo bastaba para ser considerado pirata y condenado a la horca como tal. Teniendo en cuenta que los piratas no eran conocidos por su afición a los formalismos habría que preguntarse por qué se empeñaban en navegar bajo un pabellón, aunque fuera así de heterodoxo. La respuesta tiene mucho que ver con la guerra psicológica y, especialmente, con el tercer elemento de la bandera de Wynne, ese reloj de arena que no suele aparecer en las películas.

La piratería atlántica de la época está muy asociada a la guerra de corso. Pongámonos ahora en la piel de un marino español, por ejemplo, que en algún momento del siglo XVII es interceptado por un barco que enarbola un pabellón corsario inglés u holandés. Si el marino era hombre animoso, y confiaba en su tripulación y en su armamento, podía intentar huir o enfrentarse a su enemigo, sabiendo que si no lograba escapar tendría al final que arriar su bandera y darse por vencido en una acción considerada como bélica. Pero si el barco era pirata la cosa era bien distinta, porque no se atenían a las leyes de la guerra.

Supongamos ahora que el mismo marino ve acercarse un barco y que no puede evitar, o no ve motivo para intentar evitar, que el tal barco se acerque hasta estar a tiro. De pronto el navío desconocido iza la bandera negra y hace un disparo de aviso. ¿Qué hacer? El capitán podía arriar su propia enseña, rindiéndose al pirata, combatir o intentar huir; pero si oponía resistencia o hacía un intento de escapar, corría el riesgo de que el pirata arriara la bandera negra y la sustituyera por una roja que indicaba que en el combate subsiguiente no habría cuartel y los supervivientes de la lucha serían asesinados en caso de que el pirata se alzara con la victoria. El capitán de un barco mercante, cargado de mercancías y no de armas, con una tripulación poco numerosa y mal entrenada para el combate, tenía que ser un hombre muy osado para no dar facilidades al pirata tan pronto como veía ondear la enseña negra, procurando darse prisa para que el adversario no interpretara equivocadamente su tardanza e izara la terrible bandera roja. De esa necesidad de apresurarse procede el reloj de arena de la enseña de Wynne.

Para el pirata, el riesgo de que la posesión de una bandera delatara su oficio en caso de ser interceptado se compensaba con la falta de resistencia de sus presas. Lo mejor para un filibustero era que su víctima se desmoralizara tanto a la vista de la bandera negra que no presentara la menor resistencia. Un combate naval, aunque fuera contra un barco mercante, significaba el riesgo de sufrir a bordo bajas y averías que impidieran una rápida huida en caso de encontrarse con un buque de guerra bien armado y con una tripulación aguerrida y disciplinada. Si eso ocurría, al pirata sólo le cabía el recurso de conseguir huir o pelear hasta la muerte, puesto que en caso de ser apresado le esperaba el patíbulo.

La época dorada de la piratería en América terminó hacia 1725, pero la insignia pirata había adquirido demasiada fama como para morir. La calavera y las tibias, con su aspecto siniestro y temible, han sido la insignia de numerosas unidades militares desde aquella época hasta nuestros días y lo mismo se puede encontrar adornando el emblema de una unidad de caballería del siglo XIX que en la deriva de un moderno avión de caza. Como curiosidad podemos citar un caso español, el del general carlista Cabrera, que adoptó la enseña que vemos debajo.

La bandera de Cabrera está claramente inspirada en la de los piratas. Es más, podría ser perfectamente una bandera pirata puesto que ya hemos dicho que no todas eran iguales y no todas tenían como motivo la calavera y las tibias. La propia bandera de Wynne incorporaba el elemento «no canónico» del reloj de arena y piratas tan célebres como Barbanegra, Roberts o Rackham usaron banderas negras, aunque con imágenes muy diferentes. Pero ésa… ésa es otra historia.

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Piratas, corsarios y filibusteros

26 domingo Feb 2012

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Bucaneros, Corsarios, d'Ogeron, Drake, Edad Moderna, Filibusteros, Historia, Isabel I, Levasseur, Morgan, Olonés, Piratas, Siglo XVII

Dedicado a la tuitera tripulación pirata de la capitana CristinaBrontte.

Algo deben de tener los piratas cuando su figura resulta tan atractiva. Y sin embargo estoy convencido de que, si pudiéramos enfrentarnos a un pirata de verdad, pocos de los que los admiran reconocerían en el rudo bandolero de la vida real al personaje que circula en su imaginación. Es en la época romántica cuando aparece el mito del pirata como encarnación de los ideales de libertad y valor tan propios del momento y se publican las primeras novelas del género, probablemente porque los escritores de la época no los habían conocido. A los escritores de siglos anteriores difícilmente se les hubiera ocurrido glorificar a quienes para ellos eran unos peligrosos delincuentes. Ya en el siglo XX los piratas dieron el salto de las páginas de los libros a la pantalla del cine y allí se instalaron, formando parte de la imaginación popular. Douglas Fairbanks en la época del cine mudo, Errol Flynn en el sonoro junto a Tyrone Power, Burt Lancaster y, en la actualidad, Johnny Depp han encarnado al pirata perfecto para diferentes generaciones.

El resultado es que los personajes de leyenda han suplantado a los hombres de carne y hueso y sólo conocemos a unos aventureros surgidos de la imaginación de los autores de los siglos XIX y XX. La consecuencia de todo esto es que la historia de la piratería se conoce muy mal, pese a que paradójicamente sus protagonistas son muy populares. Un buen ejemplo es este artículo aparecido en el periódico El Mundo hace un par de años y en el que a un moderno pirata somalí se le califica en distintos párrafos de pirata, corsario y bucanero, términos que están muy relacionados pero que no son sinónimos.

Piratas y corsarios Hay que decir que pocas palabras pueden resultar tan insultantes para un corsario como el calificativo de pirata, aunque a veces cuesta distinguir entre unos y otros. Y sin embargo la diferencia debería estar clara: un pirata es alguien que a bordo de un barco asalta barcos mercantes y se apodera de su mercancía o ataca zonas costeras para saquearlas en su propio beneficio mientras que un corsario actúa de la misma manera pero sólo en perjuicio de alguna nación determinada y amparado por otra con la que la anterior está en guerra. Hum… esta definición es muy académica. Será mejor que me explique.

La guerra es mucho más que el combate entre ejércitos o flotas. En última instancia se trata de debilitar a un adversario hasta obligarle a pactar en unas condiciones que antes de la contienda se considerarían inaceptables. Y una forma de debilitar al enemigo es atacar su economía e interrumpir su comercio. Así, en el siglo XVII una nación podía extender un documento, una patente de corso, autorizando a un marino particular a atacar el comercio de una nación enemiga. El propietario de una patente de corso pagaba gustoso por ella con la perspectiva de recobrar la inversión con el saqueo de los buques mercantes y puertos de la nación enemiga. Sus acciones eran un acto de guerra y en caso de ser capturado debía ser considerado como prisionero y no como delincuente.

Los actos de un pirata eran básicamente los mismos que los de un corsario, pero sin atenerse a reglas. No es que el corsario estuviera sujeto a la disciplina militar, pero al menos había de ser cuidadoso y no atacar a los barcos de la nacionalidad de su patente o a los buques neutrales. El pirata era un simple bandolero y por lo tanto se le perseguía, por lo común, en cualquier puerto al que arribara si se sospechaba de sus actividades. La línea sin embargo podía ser muy fina. Un buen ejemplo es Drake (más tarde sir Francis Drake, puesto que fue nombrado caballero por la reina de Inglaterra), que se consideraba a sí mismo como corsario al servicio de la Corona británica, pero que era tenido por pirata por los españoles. Y todos tenían razón, puesto que Drake tenía la protección de Isabel I, pero buena parte de su carrera la ejerció cuando no se había declarado un estado de guerra entre ambos países.

Bucaneros y fillibusteros Durante los siglos XVI y XVII España ejerció un monopolio sobre el comercio americano, pero como era de esperar, pronto surgieron el contrabando y la piratería. A principios del XVII se instalaron en la zona noroeste de La Española grupos de cazadores que ahumaban la carne que obtenían para conseguir un producto llamado bucan que se conservaba muy bien y resultó ser muy apreciado por las tripulaciones de los barcos que hacían la ruta del Caribe. Tales cazadores, los bucaneros, no se dedicaban en principio a la piratería hasta que en 1620 las autoridades decidieron acabar con el contrabando bucanero y los expulsaron de la zona. Los bucaneros se dirigieron a una minúscula isla situada enfrente de su antiguo hábitat: la isla de la Tortuga y muchos de ellos pronto abandonaron su antigua ocupación y se dedicaron a la piratería. La palabra bucanero pasó así a identificar a los piratas de esta región, aunque pronto tendrían una denominación nueva: filibusteros.

Así fue como se denominó a los integrantes de la Cofradía de los Hermanos de la Costa. Los filibusteros constituyeron una especie de república libertaria en la que los barcos eran propiedad común y las normas de convivencia se reducían al mínimo. Nadie estaba obligado a participar en las actividades comunes y a nadie se le impedía abandonar la isla. Cuando se preparaba una expedición los voluntarios acordaban la ruta, el reparto del botín, indemnizaciones para los heridos, etc. La autoridad del capitán emanaba de su prestigio y en realidad sólo se ejercía plenamente en los momentos de máxima tensión, cuando llegaba el combate y la disciplina era de vital importancia.

Aparentemente era una sociedad igualitaria y libre, pero con un reverso muy peligroso porque en aquella sociedad sí había una ley, que era la del más fuerte. Si los bucaneros habían sido una amenaza indirecta por abastecer a los contrabandistas, los filibusteros eran un peligro aún mayor, principalmente para la potencia que aspiraba a tener el monopolio comercial y que comenzó a hostigar aquel refugio. Un ataque español causó estragos en 1638, pero los supervivientes se reorganizaron y decidieron nombrar a un gobernador. Entretanto otras naciones sentían la tentación de atraerse a aquel grupo anárquico y fue un francés, Levasseur, quien logró aproximarse a los filibusteros y ser nombrado nuevo gobernador de la Tortuga. Sólo que una vez allí actuó con total independencia y consolidó la república pirata sin rendir cuentas a nadie, ni siquiera a la Corona francesa.

La Tortuga volvería a ser atacada en 1654 con un éxito total. Sin embargo no era posible mantener una guarnición en cada islote y por eso los soldados españoles evacuaron la isla un año después, por lo que los piratas regresaron a su viejo refugio, empezando una nueva etapa en la que participan los capitanes de mayor prestigio como el Olonés y Henry Morgan. Pese a ello la república pirata vería su fin pronto y no por causa de un ataque enemigo. La domesticación de los fieros filibusteros fue obra, principalmente, del gobernador Bertrand d’Ogeron. El agotamiento de la caza llevó a los bucaneros a dedicarse a la agricultura y d’Ogeron hizo parcelar la isla y asignó tierras a sus habitantes, con lo que se inició la sedentarización; pero el golpe definitivo fue la importación de mujeres.

Hasta entonces sólo esclavas o prostitutas habían pisado la isla, pero en 1666 d’Ogeron se llevó a la Tortuga un barco de mujeres, la mayoría de ellas antiguas prostitutas de los bajos fondos de las ciudades francesas. Aquellos hombres se encontraron cara a cara con algo codiciado y que apenas conocían: mujeres blancas. No se estableció un régimen matrimonial convencional, pero pronto ocurrió lo inevitable. Como si se tratara de  una comedia, las casas empezaron a adecentarse, los fieros piratas se fueron ablandando y hacia 1675, cuando d’Ogeron abandonó la isla para volver a Francia, la Tortuga era un territorio que aceptaba la soberanía francesa y donde buena parte de sus habitantes ya no eran brutales piratas, aunque siguió habiéndolos, sino colonos con sus familias. Belicosos, sí, pero colonos al fin y al cabo.

Personalmente, la Historia de la Cofradía de los Hermanos de la Costa me parece semejante a un cuento con moraleja. Y no me refiero a la conclusión superficial de que al final las mujeres lograron poner orden en aquella comuna libertaria, que a cambio perdió su esencia, sino a la actuación de d’Ogeron. Como un auténtico hombre de estado supo guiar a su gente, no mediante la imposición de leyes, sino creando las condiciones adecuadas para que los acontecimientos evolucionaran por sí solos en el rumbo deseado. Pese a todo, la piratería en la región aún continuaría en buena forma durante casi 50 años más y daría fama a piratas como Edward Teach «Barbanegra» o Bartholomew Roberts, «Black Bart», pero ésa… ésa es otra historia.

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