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La balsa de la Medusa

19 lunes Ago 2013

Posted by ibadomar in Arte

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Arte, Géricault, Hambruna, Medusa, Naufragio, Pintura, Realismo, Romanticismo, Siglo XIX

Una de las razones que me llevaron en su día a estudiar la carrera de Historia fue darme cuenta de que la Universidad me obligaría a ser sistemático y a entrar en materias que nunca tocaría si me limitara a leer sobre esta disciplina por mi cuenta. Fue un acierto, porque de otro modo apenas habría leído nada de temas tales como Historia de América, Edad Media o Historia del Arte, materias que no me arrepiento en absoluto de haber estudiado.

Esta última, Historia del Arte, no es extraña en este blog, aunque se prodiga poco. Sin embargo me parece una materia fascinante, puesto que bien enfocada nos enseña a considerar la obra de arte con los ojos de sus contemporáneos y es entonces cuando realmente empezamos a comprender lo que tenemos delante. Se puede visitar el Louvre, y echar una ojeada a un óleo como «La balsa de La Medusa» en atención a que aparece en todos los manuales de Historia de la Pintura, pero sin un cierto conocimiento previo es difícil ir más allá del aspecto estético y, francamente, el ejemplo que he escogido no es de los que resultan inmediatamente agradables a la vista. Sin embargo esta obra tiene toda una historia detrás, y de las que dan escalofríos.

JEAN_LOUIS_THÉODORE_GÉRICAULT_-_La_Balsa_de_la_Medusa_(Museo_del_Louvre,_1818-19)El cuadro está basado en un hecho real. La Méduse era una fragata francesa que en 1816 encabezaba una flotilla de 4 barcos que se dirigía a Senegal con el fin de retomar posesión de aquel territorio, que los ingleses devolvían a Francia tras las guerras napoleónicas. El buque encalló el 2 de julio de 1816 y fue abandonado tres días más tarde. La balsa que inmortalizó Théodore Géricault en su cuadro acogía a 150 personas de las que apenas 15 continuaban con vida 13 días después, cuando fueron rescatadas. Las circunstancias de lo ocurrido son muy importantes para entender el impacto que causó este cuadro, así que vamos a describirlas en detalle.

La Méduse era un barco rápido y en su afán por llegar cuanto antes a Senegal, no sólo se distanció de los otros tres hasta perderlos de vista sino que se acercó imprudentemente a la costa hasta situarse sobre una zona con muy poco fondo. Era inevitable que terminara por encallar, y para colmo lo hizo durante la marea alta, de modo que salir del apuro se presentaba complicado. A los dos días de estar varados allí, una tormenta dejó el barco en muy mal estado y se tomó la decisión de abandonarlo. Como no había botes para poner a salvo a los 400 ocupantes del buque, 150 de ellos tuvieron que conformarse con una balsa improvisada, mientras que 17 recalcitrantes se negaron a irse del barco y se quedaron en él a la espera de un posible rescate.

Los desafortunados ocupantes de la balsa tenían motivos para inquietarse puesto que no tenían prácticamente medios de supervivencia y pocas posibilidades de gobernar su precaria embarcación. Cargaban poca agua, algunos toneles de vino, algo de bizcocho y contaban con unas amarras que los sujetaban a los botes para que los remolcaran. Pero esas amarras se soltaron… o las soltaron, que es muy probable teniendo en cuenta que los botes iban sobrecargados y la balsa era un impedimento enorme. Solos y a la deriva, los náufragos se enfrentaron a una espantosa primera noche en la que el mal tiempo amenazaba con hacerlos zozobrar. Algunos desaparecieron barridos por las olas, otros murieron a causa de las heridas provocadas al quedar atrapados por las mal aseguradas junturas de la balsa, hubo quienes perdieron la vida al ser aplastados por los demás, puesto que todos buscaban la seguridad que parecía ofrecer la parte central de la almadía. Al menos veinte de los náufragos no sobrevivieron a aquella primera noche.

El segundo día trajo los primeros suicidios: tres de los ocupantes de la balsa se despidieron de los demás y se arrojaron al mar. Parecía que nada podía ir peor, pero en la segunda noche estalló una verdadera guerra civil que conocería varios brotes. El efecto del vino que conservaban, unido al hambre, las malas condiciones y el horror, acabó por enloquecer a varios de los ocupantes, muchos de ellos antiguos presidiarios, que se hicieron con un hacha y empezaron a cortar el cordaje que mantenía unida la balsa. Era imposible hacerles razonar, sobre todo teniendo en cuenta que ya entonces nadie parecía estar totalmente en sus cabales: algunos creían seguir en la Méduse, otro aseguraba haber escrito a un almirante que les iba a rescatar, mientras varios amotinados querían matar a un teniente al que odiaban y que ni siquiera estaba en la balsa, aunque ellos creían verle. Durante la primera de estas peleas, la única mujer que iba a bordo fue arrojada por la borda junto a su marido, aunque otros pasajeros lograron rescatarlos. En ocasiones las refriegas llegaron a librarse, literalmente, a dentelladas.

Al tercer día recurrieron por primera vez al canibalismo. Algunos parecían incapaces de dar el paso, pero hubieron de ceder al ver que quienes probaban la carne humana mejoraban, lo que no ocurría con quienes probaban suerte con el cuero, la tela o los excrementos. Decidieron intentar secar la carne humana, que, aparte de algunos peces voladores que consiguieron capturar y el escaso bizcocho que les quedaba, era todo lo que podían comer. Para beber sólo disponían de algo de vino, agua de mar y orina, que pudieron comprobar que sabía diferente según quién la aportara. El poco vino que tenían era un líquido precioso y hubo que imponer pena de muerte a quien fuera sorprendido bebiendo a escondidas. Al menos dos ocupantes fueron ejecutados, arrojándolos al mar, por este delito.

Tras una semana en esas condiciones sólo quedaban en la barca 27 personas, de las que 12 estaban tan débiles que no parecían capaces de resistir más de uno o dos días. Se celebró un consejo, aunque ignoro si en él participaron todos los ocupantes o, como es más probable, sólo los 15 que aún conservaban fuerzas. En él se adoptó la resolución de eliminar a los 12 enfermos asegurando así la ración de vino para los 15 supervivientes durante 6 días más. Entre los que fueron sacrificados aquel día estaba el matrimonio al que habían rescatado días antes los mismos que ahora los arrojaban al mar. Fue una decisión muy dura, pero en el fondo acertada, puesto que precisamente 6 días más tarde vieron en el horizonte una vela. Hicieron señas con desesperación, pero el barco volvió a desaparecer, para desconsuelo de todos, aunque reaparecería horas más tarde. Era el Argus, uno de los integrantes de la flotilla de la que había formado parte la Méduse. De los 15 supervivientes, 5 morirían poco después.

Hasta aquí la historia de un desastre que llevó a un puñado de seres humanos hasta el extremo de la resistencia física y mental. En la narración no falta de nada para estremecer a quien la conoce por primera vez: violencia, locura, canibalismo, muerte… es una historia de horror, pero sobre todo de un horror evitable, provocado y acrecentado por decisiones muy cuestionables, que provocaron una polémica inmensa.

Para empezar, ¿qué fue de los ocupantes de los botes? También sufrieron penalidades aunque no fueron comparables a los sufrimientos de quienes se quedaron en la balsa. Y entre ellos estaba el capitán del barco, que faltó al deber de honor de ser el último en abandonar el buque y al de asegurarse de que alguien con conocimientos náuticos quedara en la balsa. Cuando se conocieron las circunstancias se supo que el abandono del buque fue un auténtico sálvese quien pueda en el que no sólo el capitán, también varios oficiales, huyeron literalmente hacia los botes a pesar de que se había hecho previamente una lista de quién debía ocupar cada puesto. En los tres días transcurridos desde que la Méduse embarrancó hasta la decisión de abandonarla la situación fue de caos, pero aún había más.

El capitán había confiado para la navegación más en un pasajero que aseguraba ser conocedor de aquellos parajes que en los oficiales de su tripulación, con los que estaba enemistado. Aquello lo llevó a adentrarse en una zona conocida por la peligrosidad de su escaso fondo en lugar de evitarla, como hicieron los otros tres barcos. Para colmo, de los 17 hombres que se negaron a abandonar la Méduse sólo se rescató con vida a 3, porque se les daba prematuramente por perdidos y cuando por fin el capitán preparó una expedición a los restos del barco fue con el fin de recuperar, no a los hombres, sino los cerca de 100.000 francos que transportaba la fragata. Hasta aquí se diría que la elección del hombre que ocuparía la máxima responsabilidad no fue acertada, pero si además tenemos en cuenta que el capitán llevaba cerca de 20 años sin navegar, porque se había exiliado durante la Revolución y la época napoleónica y ahora, al llegar la Restauración, se le había asignado el mando gracias a sus contactos políticos, tenemos un escándalo monumental.

Ante un caso así el ministro se comportó como cabe esperar de un ministro: no le ofendieron los hechos sino el que se filtrara el relato de los supervivientes. Finalmente hubo un proceso contra el capitán del barco, que se libró de la guillotina, pero fue condenado a tres años de prisión.

Y ahora que ya conocemos los hechos y nos podemos colocar en el estado emocional adecuado vamos con el cuadro en sí. Durante la época anterior había triunfado el neoclasicismo de Jacques-Louis David, pero con esta pintura, Géricault creó algo totalmente diferente. Para empezar, se intentó alejar de las representaciones idealizadas en boga hasta entonces. Al contrario, se entrevistó con dos supervivientes y construyó un modelo de la balsa para examinarla en profundidad, estudió cadáveres, reconstruyó los acontecimientos y se esforzó por plasmar la realidad de la forma más fidedigna posible. Dudó mucho sobre cuál de todos los momentos espantosos que se habían vivido a bordo de aquella embarcación maldita iba a representar, y finalmente se decidió por el instante en el que los náufragos divisan por primera vez a su salvador en el horizonte, sin saber que pocos momentos después lo perderán de vista. Si hacemos click en la imagen y la agrandamos al máximo veremos una vela en el horizonte, el barco que representa la esperanza de salvación, y que es difícil de apreciar en las reproducciones aunque no en el original, que es de gran formato.

La composición tiene una estructura piramidal peculiar: en la parte más baja los cadáveres, de los que se aleja la mirada según asciende siguiendo la línea de los brazos de los que aún viven hasta llegar al trapo que enarbola uno de los supervivientes para hacer señas al barco salvador. Estéticamente… bueno, hay quien considera que este cuadro inaugura la entrada de la fealdad en el arte y desde luego no era el tipo de imagen que se solía ver en la pintura del momento; pero Géricault no quería representar belleza sino reflejar una realidad horrible. Y lo consiguió, porque rompe totalmente con el neoclasicismo para introducirnos en la era posterior, la romántica e incluso, como han apuntado algunos autores, en el realismo.

El cuadro fue la comidilla del Salón de 1819, y ahora que conocemos la historia que cuenta sabemos por qué fue tan polémico. Para poder empezar a entender esta obra hemos necesitado casi 2.000 palabras, pero el espectador de 1819 veía el cuadro y se estremecía pensando en el reciente escándalo y en las penalidades, por él conocidas, de los náufragos representados. Y todo para que 200 años después algún turista eche una ojeada rápida al cuadro y pase deprisa a la siguiente sala del museo.

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La era de la guillotina

21 jueves Feb 2013

Posted by ibadomar in Historia

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1848, Carlos X, Delacroix, Guerra francoprusiana, Guillotina, Historia, Hitler, José Bonaparte, Luis Felipe, Luis XVI, Luis XVIII, Napoleón, Napoleón III, Restauración, Revolución, Revolución francesa, Siglo XIX, Siglo XVIII

Antes de empezar he de pedir disculpas por haber estado ausente aproximadamente un mes. Una avalancha de actividad me ha tenido alejado del blog, aunque para compensar vuelvo con bastantes ideas para nuevos artículos. Pero dejémonos de preámbulos y vamos a nuestro tema de hoy.

Desde hace algún tiempo he observado que aparece con cierta frecuencia la palabra guillotina en las conversaciones y no digamos en las redes sociales, como Twitter. Es fácil encontrar a quien propone instalar una guillotina frente al Congreso de los Diputados o en la Puerta del Sol o incluso una en cada capital de provincia. Por el tono de las frases es fácil percibir que existen dos creencias, ambas falsas:

  1. Se cree que la guillotina es un invento de la Revolución Francesa que nace y muere con ella.
  2. Se cree que con la decapitación de Luis XVI se puso fin a la monarquía en Francia.

En cuanto a la primera hay que precisar que aparatos similares a la guillotina existen por lo menos desde principios del siglo XIV, cuando se decapitó en Irlanda a un tal Murcod Ballagh utilizando una máquina similar a la que se haría célebre en el siglo XVIII. La asociación con la Revolución Francesa se la debemos al Dr. Joseph Ignace Guillotin, que durante los debates revolucionarios para instaurar un nuevo código penal propuso que no hubiera distinciones en la condición social a la hora de aplicar un castigo. Así, en el caso de que la condena fuese la de muerte se aplicaría de igual manera para nobles o pueblo llano y se usaría el sistema de la decapitación mediante un instrumento mecánico.

Como se ve, el trasfondo del uso de este método de ejecución se basa en el principio revolucionario de égalité. El utilizar una máquina era una considerable ventaja para todos, incluido el reo, puesto que si ser ejecutado debe de suponer un trance extremadamente angustioso, el verse en manos de un verdugo inexperto o descuidado suponía un suplicio añadido. Y por esto se decidió emplear este artefacto para las ejecuciones, independientemente del delito cometido y de la extracción social del condenado. La misma guillotina podía decapitar con idéntica eficiencia a un rey como Luis XVI o a un carbonero que hubiera asesinado a su hermano, por ejemplo. Y no sólo durante la Revolución: la guillotina se empleó en Francia como sistema de ejecución hasta la abolición de la pena de muerte en 1981. Y no se empleó sólo en Francia sino también en otros países como Suecia o Alemania.

Pero todo esto no son más que anécdotas sin demasiado recorrido. Tiene mucho más interés la segunda de las creencias falsas a las que me refería antes porque supone una simplificación brutal de uno de los acontecimientos que más han contribuido a conformar el mundo en el que vivimos. Ay, me temo que voy a tener que resumir más de medio siglo de Historia en unos párrafos y no va a ser fácil.

Para empezar, la Revolución Francesa no fue antimonárquica en sí. En una primera fase se forma una Asamblea Constituyente, pero el Rey sigue a la cabeza del Estado. No es hasta 1792, tres años después de la toma de La Bastilla, cuando Luis XVI es depuesto en medio de la exaltación provocada por la guerra contra Austria y Prusia. Su ejecución tuvo lugar en enero de 1793, pero Francia aún conocería gobiernos monárquicos. El primero de ellos, bajo el signo de la propia Revolución, se inició en 1799 con el golpe de Estado que dio el poder a Napoléon Bonaparte. En principio Napoleón sólo asumió el título de cónsul, pero su régimen no se diferenciaba demasiado de una monarquía, como lo demuestra que el consulado se convirtiera en vitalicio y hereditario y finalmente, en diciembre de 1804, en un Imperio con su correspondiente coronación en presencia del Papa Pío VII.

Suele considerarse que las guerras napoleónicas expandieron por toda Europa los ideales de la Revolución. Ciertamente nada volvió a ser lo mismo, pero la Revolución hasta ese momento no puede considerarse como el fin de la monarquía sino como un cambio de dinastía. Que Napoleón no le hacía ascos a las coronas lo demuestra no sólo su propia entronización, sino también la de su hermano José, que fue primero rey en Nápoles y después en España, la de otro de sus hermanos, Luis, nombrado rey de Holanda, o la de su general y cuñado Murat, que sucedió a José en la corona de Nápoles. Otros tics monárquicos de Napoleón son la creación de una nueva nobleza, con la que ganarse fidelidades, el control de la prensa hasta llegar a la reinstauración de la censura en 1810 o la concentración en la práctica de los tres poderes.

Y así llegamos a la gran olvidada de esta época: la Restauración. La guillotina acabó con la vida de Luis XVI, pero no con la dinastía borbónica. Tras la definitiva derrota de Napoleón, el trono de Francia es ocupado por Luis XVIII, hermano del depuesto rey (como se ve los Borbones franceses no eran muy imaginativos poniendo nombres a sus hijos. El que ambos hermanos se llamaran Luis se explica porque uno era Luis Augusto y el otro Luis Estanislao). No se produce una vuelta completa al Antiguo Régimen, puesto que existe un texto constitucional, pero limitado. Se trata de una Carta Otorgada, lo que supone que es concedida graciosamente por el rey, que consagra ciertos derechos, como el de propiedad, y determinadas libertades, como la religiosa, pero que reserva grandes poderes al monarca. Luis XVIII era demasiado indolente, o estaba demasiado resignado, como para preocuparse en exceso del ejercicio de su propio poder, pero tras el ascenso al trono de su hermano Carlos X en 1824 se impone el punto de vista de los ultramonárquicos, cuyo nombre lo dice todo.

Carlos X fue incapaz de comprender que los tiempos habían cambiado. Su deriva autoritaria consiguió enfrentarle a las Cámaras y, cuando finalmente se decidió por disolverlas y gobernar por decreto el tiro le salió por la culata a una velocidad pasmosa: el 25 de julio de 1830 el rey intenta el autogolpe firmando las ordenanzas que suspenden la libertad de prensa, disuelven la Cámara de Diputados y establecen un nuevo régimen electoral que reduce el censo a los grandes propietarios. Al día siguiente, el 26, se publican las ordenanzas y comienza la agitación. En apenas 72 horas, los días 27, 28 y 29, París se subleva y la bandera tricolor vuelve a ondear en desafío a la enseña blanca de los Borbones. Es la revolución que Delacroix inmortalizó en su célebre cuadro La libertad guiando al pueblo.

delacroixCarlos X cae, pero no así la monarquía. El trono recala en un primo del depuesto rey, Luis Felipe de Orleans, que no contó con demasiados apoyos durante su reinado: la aristocracia desconfiaba de aquel «rey de las barricadas», el clero estaba resentido por las limitaciones a su papel en la educación y el ejército estaba desmoralizado por la falta de reconocimiento a sus sacrificios durante la intervención colonial en Argelia. Por otro lado  la Revolución Industrial estaba en pleno desarrollo provocando la proletarización de la masa de trabajadores y la aparición de los primeros pensadores socialistas (los premarxistas). Cuando el 22 de Febrero de 1848 se negó el permiso a la celebración de un banquete promovido por republicanos, comenzaron las algaradas. Los acontecimientos se precipitan a tal velocidad que en apenas dos días los insurgentes son dueños de París y Luis Felipe abdica. La Segunda República iniciaba sus días.

Un cambio de régimen suele ser tormentoso puesto que se enfrentan quienes desean la subversión total del orden anterior y quienes intentan no ir demasiado lejos. Las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril del 48 dieron a los republicanos moderados la mayoría, dejando en un segundo plano a los monárquicos y muy por detrás a la izquierda, pero la evolución a posiciones conservadoras llevó a enfrentamientos muy violentos que terminan por cristalizar en una violenta reacción autoritaria. En las elecciones de diciembre el presidente es derrotado por Luis Napoleón, sobrino del difunto emperador, cuyo gobierno debía terminar tras un periodo de cuatro años sin derecho a reelección.

En ese periodo se eligió una Asamblea de claro corte monárquico, que logró suprimir en mayo de 1850 el sufragio universal masculino. Por poco tiempo, puesto que Luis Napoleón dio un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851, disolvió la asamblea y restableció el sufragio universal masculino: con un solo movimiento resolvía el problema de la Asamblea hostil y el de la reelección. Exactamente un año después, y tras un plebiscito resuelto favorablemente, se proclamaba el Segundo Imperio en el que Luis Napoleón tomaba el nombre de Napoleón III. Si la Primera República, surgida de la revolución de 1789, había cristalizado en un imperio, la Segunda, surgida de la revolución de 1848, seguía su mismo camino.

¿De dónde surge entonces la tradición republicana francesa? La definitiva consolidación de una república en el país vecino no fue obra de una revolución ni de la guillotina, sino consecuencia de la derrota francesa en la guerra francoprusiana de 1870. Fue entonces cuando se instauró la Tercera República, que duraría hasta la Segunda Guerra Mundial. La monarquía ya no volvería a Francia: después de la guerra comenzó la Cuarta República, similar políticamente a la Tercera, y en 1958 se aprobó la Constitución de la actual Quinta República.

Como hemos visto, ni la revolución de 1789, ni la de 1830, ni la de 1848 trajeron consigo una república duradera. La guillotina, por su parte, tampoco resultó ser particularmente incómoda para los monarcas, puesto que si bien es cierto que ejecutó a uno, convivió posteriormente en armonía con otros cinco. Después de todo, la reputación antimonárquica de la guillotina no es demasiado merecida, como tampoco lo es su fama revolucionaria: en Alemania se implantó como método único de decapitación en todo el territorio (antes se empleaba también el hacha) en 1938 por decreto de Adolf Hitler. El halo mítico del utensilio de decapitar como una especie de instrumento purificador resulta ser, cuando se mira de cerca, sólo una leyenda para embellecer una vulgar máquina de matar.

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Vecinos y condueños

06 sábado Oct 2012

Posted by ibadomar in Arte, Historia, Política

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Alcalá de Henares, Arquitectura, Arte, Cisneros, Condueños, Desamortización, Gil de Hontañón, Historia, Política, Renacimiento, Siglo XIX, Siglo XX

Recientemente fue noticia la singularidad del ayuntamiento de Torrelodones. Como vemos en este artículo, allí el poder local lo ostenta una agrupación de vecinos en lugar de los partidos políticos tradicionales. Si esto ya es extraordinario más aún lo es el que el consistorio haya logrado un superávit superior a los 5 millones de euros precisamente en estos momentos de crisis. A mí no me resulta extraño que sean precisamente los vecinos los que consigan encarrilar una situación creada por los profesionales de la política, es más, me recuerda bastante a otro suceso ocurrido 160 años antes.Esto que vemos aquí es la fachada del rectorado de la Universidad de Alcalá de Henares. La realizó Rodrigo Gil de Hontañón a mediados del siglo XVI y se considera una obra especialmente representativa de la arquitectura renacentista española. En aquel entonces el edificio era el Colegio Mayor de San Ildefonso y formaba parte de la Universidad que, por estar en Alcalá, era conocida como Complutense. La fachada es digna de ser admirada y no sólo por el gusto estético sino también por la simbología de su ornamentación, en la que los tres pisos que la componen tienen una relación jerárquica. La describiré brevemente para que nos hagamos una idea de las alegorías que encierra.

El piso inferior, en el que está la puerta de acceso, tiene cuatro ventanas en hilera sobre cada una de las cuales, en un tondo enmarcado en un frontón, aparece la efigie de uno de los cuatro grandes padres de la Iglesia de Occidente (por si alguien siente curiosidad diremos que son S. Ambrosio, S.Jerónimo, S. Agustín y S. Gregorio); por encima, en el primer piso, hay dos ventanas y sobre ellas, con una posición jerárquica superior a la de los cuatro santos anteriores, la efigie de los dos apóstoles más importantes, S. Pedro y S. Pablo, además de la imagen de S. Ildefonso, que da nombre al Colegio Mayor que albergaba el edificio. Más arriba, en el segundo piso está el escudo del Emperador Carlos V y por encima de él, en lo más alto de la jerarquía, Dios Padre en actitud de bendecir. En cuanto al punto central del edificio, el balcón situado sobre la entrada, corresponde a la biblioteca, donde se guardan los mayores tesoros de sabiduría de la Universidad, y por eso aparece tan bien protegido, con columnas sujetadas por Atlantes mientras unos alabarderos lo custodian. Hay más elementos que podemos mencionar, como los cordones franciscanos que recorren la fachada, símbolo de la orden a la que pertenecía Cisneros, pero lo más significativo es lo que queda descrito.

Si traigo a colación este edificio no es por su valor artístico sino por su relación con los vecinos de la ciudad. La Universidad de Alcalá, de la que el Colegio Mayor de San Ildefonso era el núcleo, fue fundada por el Cardenal Cisneros en 1499. No entraremos en detalles de su historia sino que nos limitaremos a decir que fue prestigiosa, pero sufrió con el tiempo una inevitable decadencia que culminó en 1836 con la desamortización de Mendizábal, que supuso el traslado de la Universidad a Madrid y la subasta de sus bienes, entre ellos el edificio que nos ocupa y que fue adquirido por un particular que tenía el proyecto de instalar en él una fábrica de seda. El proyecto no llegó a buen puerto y el edificio fue vendido a otro particular, el conde de Quinto, que no tuvo empacho en vaciarlo de obras de arte y que al parecer acariciaba la idea de desmontar la fachada para que fuera trasladada a otro lugar pieza por pieza.

Hoy en día este edificio, corazón de la Universidad de Alcalá de Henares, está incluido en la lista del Patrimonio de la Humanidad junto con el centro histórico de la ciudad, lo que no habría ocurrido de haberse llevado a cabo el proyecto del conde de Quinto, pero ¿qué fue lo que evitó el desmantelamiento del patrimonio histórico y cultural de Alcalá? No fue ninguna ley de conservación de bienes culturales ni una acción parlamentaria. Fueron los propios ciudadanos los que tomaron la iniciativa, alarmados por la desaparición de la herencia cultural de la ciudad, y reunieron fondos para comprarle al conde de Quinto el edificio, lo que hicieron en diciembre de 1850. Formaron para ello la Sociedad de condueños de los edificios que fueron Universidad, organización creada para salvarguardar el patrimonio artístico de Alcalá en la que participaron vecinos de toda condición que lograron reunir un capital de 90.000 reales repartido en 900 acciones de 100 reales cada una.

La moraleja de esta historia, en mi opinión, es que cuando algo importante está en juego son los propios ciudadanos los que realmente saben cómo cuidar de sus propios intereses. Si los habitantes de Alcalá de Henares hubieran confiado en la acción del gobierno para conservar su patrimonio habrían visto cómo éste desaparecía sin remedio. En el presente, en estos tiempos difíciles en los que tanto hay en juego, ¿cómo habrían actuado los fundadores de la Sociedad de Condueños? Iniciativa, desde luego, no les faltaba, por lo que es poco probable que se hubieran quedado quietos. Lástima que ya no podamos pedirles consejo, aunque aún sea posible aprender de ellos.

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