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Una de las razones que me llevaron en su día a estudiar la carrera de Historia fue darme cuenta de que la Universidad me obligaría a ser sistemático y a entrar en materias que nunca tocaría si me limitara a leer sobre esta disciplina por mi cuenta. Fue un acierto, porque de otro modo apenas habría leído nada de temas tales como Historia de América, Edad Media o Historia del Arte, materias que no me arrepiento en absoluto de haber estudiado.

Esta última, Historia del Arte, no es extraña en este blog, aunque se prodiga poco. Sin embargo me parece una materia fascinante, puesto que bien enfocada nos enseña a considerar la obra de arte con los ojos de sus contemporáneos y es entonces cuando realmente empezamos a comprender lo que tenemos delante. Se puede visitar el Louvre, y echar una ojeada a un óleo como “La balsa de La Medusa” en atención a que aparece en todos los manuales de Historia de la Pintura, pero sin un cierto conocimiento previo es difícil ir más allá del aspecto estético y, francamente, el ejemplo que he escogido no es de los que resultan inmediatamente agradables a la vista. Sin embargo esta obra tiene toda una historia detrás, y de las que dan escalofríos.

JEAN_LOUIS_THÉODORE_GÉRICAULT_-_La_Balsa_de_la_Medusa_(Museo_del_Louvre,_1818-19)El cuadro está basado en un hecho real. La Méduse era una fragata francesa que en 1816 encabezaba una flotilla de 4 barcos que se dirigía a Senegal con el fin de retomar posesión de aquel territorio, que los ingleses devolvían a Francia tras las guerras napoleónicas. El buque encalló el 2 de julio de 1816 y fue abandonado tres días más tarde. La balsa que inmortalizó Théodore Géricault en su cuadro acogía a 150 personas de las que apenas 15 continuaban con vida 13 días después, cuando fueron rescatadas. Las circunstancias de lo ocurrido son muy importantes para entender el impacto que causó este cuadro, así que vamos a describirlas en detalle.

La Méduse era un barco rápido y en su afán por llegar cuanto antes a Senegal, no sólo se distanció de los otros tres hasta perderlos de vista sino que se acercó imprudentemente a la costa hasta situarse sobre una zona con muy poco fondo. Era inevitable que terminara por encallar, y para colmo lo hizo durante la marea alta, de modo que salir del apuro se presentaba complicado. A los dos días de estar varados allí, una tormenta dejó el barco en muy mal estado y se tomó la decisión de abandonarlo. Como no había botes para poner a salvo a los 400 ocupantes del buque, 150 de ellos tuvieron que conformarse con una balsa improvisada, mientras que 17 recalcitrantes se negaron a irse del barco y se quedaron en él a la espera de un posible rescate.

Los desafortunados ocupantes de la balsa tenían motivos para inquietarse puesto que no tenían prácticamente medios de supervivencia y pocas posibilidades de gobernar su precaria embarcación. Cargaban poca agua, algunos toneles de vino, algo de bizcocho y contaban con unas amarras que los sujetaban a los botes para que los remolcaran. Pero esas amarras se soltaron… o las soltaron, que es muy probable teniendo en cuenta que los botes iban sobrecargados y la balsa era un impedimento enorme. Solos y a la deriva, los náufragos se enfrentaron a una espantosa primera noche en la que el mal tiempo amenazaba con hacerlos zozobrar. Algunos desaparecieron barridos por las olas, otros murieron a causa de las heridas provocadas al quedar atrapados por las mal aseguradas junturas de la balsa, hubo quienes perdieron la vida al ser aplastados por los demás, puesto que todos buscaban la seguridad que parecía ofrecer la parte central de la almadía. Al menos veinte de los náufragos no sobrevivieron a aquella primera noche.

El segundo día trajo los primeros suicidios: tres de los ocupantes de la balsa se despidieron de los demás y se arrojaron al mar. Parecía que nada podía ir peor, pero en la segunda noche estalló una verdadera guerra civil que conocería varios brotes. El efecto del vino que conservaban, unido al hambre, las malas condiciones y el horror, acabó por enloquecer a varios de los ocupantes, muchos de ellos antiguos presidiarios, que se hicieron con un hacha y empezaron a cortar el cordaje que mantenía unida la balsa. Era imposible hacerles razonar, sobre todo teniendo en cuenta que ya entonces nadie parecía estar totalmente en sus cabales: algunos creían seguir en la Méduse, otro aseguraba haber escrito a un almirante que les iba a rescatar, mientras varios amotinados querían matar a un teniente al que odiaban y que ni siquiera estaba en la balsa, aunque ellos creían verle. Durante la primera de estas peleas, la única mujer que iba a bordo fue arrojada por la borda junto a su marido, aunque otros pasajeros lograron rescatarlos. En ocasiones las refriegas llegaron a librarse, literalmente, a dentelladas.

Al tercer día recurrieron por primera vez al canibalismo. Algunos parecían incapaces de dar el paso, pero hubieron de ceder al ver que quienes probaban la carne humana mejoraban, lo que no ocurría con quienes probaban suerte con el cuero, la tela o los excrementos. Decidieron intentar secar la carne humana, que, aparte de algunos peces voladores que consiguieron capturar y el escaso bizcocho que les quedaba, era todo lo que podían comer. Para beber sólo disponían de algo de vino, agua de mar y orina, que pudieron comprobar que sabía diferente según quién la aportara. El poco vino que tenían era un líquido precioso y hubo que imponer pena de muerte a quien fuera sorprendido bebiendo a escondidas. Al menos dos ocupantes fueron ejecutados, arrojándolos al mar, por este delito.

Tras una semana en esas condiciones sólo quedaban en la barca 27 personas, de las que 12 estaban tan débiles que no parecían capaces de resistir más de uno o dos días. Se celebró un consejo, aunque ignoro si en él participaron todos los ocupantes o, como es más probable, sólo los 15 que aún conservaban fuerzas. En él se adoptó la resolución de eliminar a los 12 enfermos asegurando así la ración de vino para los 15 supervivientes durante 6 días más. Entre los que fueron sacrificados aquel día estaba el matrimonio al que habían rescatado días antes los mismos que ahora los arrojaban al mar. Fue una decisión muy dura, pero en el fondo acertada, puesto que precisamente 6 días más tarde vieron en el horizonte una vela. Hicieron señas con desesperación, pero el barco volvió a desaparecer, para desconsuelo de todos, aunque reaparecería horas más tarde. Era el Argus, uno de los integrantes de la flotilla de la que había formado parte la Méduse. De los 15 supervivientes, 5 morirían poco después.

Hasta aquí la historia de un desastre que llevó a un puñado de seres humanos hasta el extremo de la resistencia física y mental. En la narración no falta de nada para estremecer a quien la conoce por primera vez: violencia, locura, canibalismo, muerte… es una historia de horror, pero sobre todo de un horror evitable, provocado y acrecentado por decisiones muy cuestionables, que provocaron una polémica inmensa.

Para empezar, ¿qué fue de los ocupantes de los botes? También sufrieron penalidades aunque no fueron comparables a los sufrimientos de quienes se quedaron en la balsa. Y entre ellos estaba el capitán del barco, que faltó al deber de honor de ser el último en abandonar el buque y al de asegurarse de que alguien con conocimientos náuticos quedara en la balsa. Cuando se conocieron las circunstancias se supo que el abandono del buque fue un auténtico sálvese quien pueda en el que no sólo el capitán, también varios oficiales, huyeron literalmente hacia los botes a pesar de que se había hecho previamente una lista de quién debía ocupar cada puesto. En los tres días transcurridos desde que la Méduse embarrancó hasta la decisión de abandonarla la situación fue de caos, pero aún había más.

El capitán había confiado para la navegación más en un pasajero que aseguraba ser conocedor de aquellos parajes que en los oficiales de su tripulación, con los que estaba enemistado. Aquello lo llevó a adentrarse en una zona conocida por la peligrosidad de su escaso fondo en lugar de evitarla, como hicieron los otros tres barcos. Para colmo, de los 17 hombres que se negaron a abandonar la Méduse sólo se rescató con vida a 3, porque se les daba prematuramente por perdidos y cuando por fin el capitán preparó una expedición a los restos del barco fue con el fin de recuperar, no a los hombres, sino los cerca de 100.000 francos que transportaba la fragata. Hasta aquí se diría que la elección del hombre que ocuparía la máxima responsabilidad no fue acertada, pero si además tenemos en cuenta que el capitán llevaba cerca de 20 años sin navegar, porque se había exiliado durante la Revolución y la época napoleónica y ahora, al llegar la Restauración, se le había asignado el mando gracias a sus contactos políticos, tenemos un escándalo monumental.

Ante un caso así el ministro se comportó como cabe esperar de un ministro: no le ofendieron los hechos sino el que se filtrara el relato de los supervivientes. Finalmente hubo un proceso contra el capitán del barco, que se libró de la guillotina, pero fue condenado a tres años de prisión.

Y ahora que ya conocemos los hechos y nos podemos colocar en el estado emocional adecuado vamos con el cuadro en sí. Durante la época anterior había triunfado el neoclasicismo de Jacques-Louis David, pero con esta pintura, Géricault creó algo totalmente diferente. Para empezar, se intentó alejar de las representaciones idealizadas en boga hasta entonces. Al contrario, se entrevistó con dos supervivientes y construyó un modelo de la balsa para examinarla en profundidad, estudió cadáveres, reconstruyó los acontecimientos y se esforzó por plasmar la realidad de la forma más fidedigna posible. Dudó mucho sobre cuál de todos los momentos espantosos que se habían vivido a bordo de aquella embarcación maldita iba a representar, y finalmente se decidió por el instante en el que los náufragos divisan por primera vez a su salvador en el horizonte, sin saber que pocos momentos después lo perderán de vista. Si hacemos click en la imagen y la agrandamos al máximo veremos una vela en el horizonte, el barco que representa la esperanza de salvación, y que es difícil de apreciar en las reproducciones aunque no en el original, que es de gran formato.

La composición tiene una estructura piramidal peculiar: en la parte más baja los cadáveres, de los que se aleja la mirada según asciende siguiendo la línea de los brazos de los que aún viven hasta llegar al trapo que enarbola uno de los supervivientes para hacer señas al barco salvador. Estéticamente… bueno, hay quien considera que este cuadro inaugura la entrada de la fealdad en el arte y desde luego no era el tipo de imagen que se solía ver en la pintura del momento; pero Géricault no quería representar belleza sino reflejar una realidad horrible. Y lo consiguió, porque rompe totalmente con el neoclasicismo para introducirnos en la era posterior, la romántica e incluso, como han apuntado algunos autores, en el realismo.

El cuadro fue la comidilla del Salón de 1819, y ahora que conocemos la historia que cuenta sabemos por qué fue tan polémico. Para poder empezar a entender esta obra hemos necesitado casi 2.000 palabras, pero el espectador de 1819 veía el cuadro y se estremecía pensando en el reciente escándalo y en las penalidades, por él conocidas, de los náufragos representados. Y todo para que 200 años después algún turista eche una ojeada rápida al cuadro y pase deprisa a la siguiente sala del museo.

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