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El espía, el Mosquito y el periódico.

28 lunes Ene 2013

Posted by ibadomar in Aviación, Historia, Prensa

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Espionaje, Göring, Mosquito, Periodismo, Segunda Guerra Mundial, Zigzag

Llevo años oyendo hablar de la crisis de la prensa escrita. Por lo menos tantos como de la crisis del cine español o de la crisis de la industria discográfica. En los tres casos además siempre aparece como penúltimo responsable quien consumía estos productos y ha dejado de hacerlo. El ciudadano ya no compra periódicos ni va al cine ni compra discos, se lamentan los afectados. Y todo, prosiguen, por culpa de internet, ese invento del demonio empleado por sus pérfidos usuarios como un eficiente medio de transmisión de información y no como un mero escaparate del producto tradicional.

Dejaré para otro día el cine y la música para centrarme por esta vez en la prensa. ¿Ha pensado alguien que el problema puede ser de credibilidad? A menudo se argumenta que el lector prefiere una noticia gratis en internet aunque la calidad de la información sea menor y la veracidad dudosa. ¿De veras es así? ¿Y si la calidad de la información de los periódicos tradicionales no fuera tan alta como ellos pregonan? Todos hemos visto casos de «ruedas de prensa» en las que no está permitido hacer preguntas, hemos percibido que determinados periódicos apenas informan de noticias que perjudican a partidos políticos por los que sienten afinidad y hemos leído alguna noticia que nos ha hecho preguntar de dónde ha salido lo que se quiere hacer pasar por información.

Sobre esto último hemos tenido dos casos recientes. Hace poco apareció en prácticamente toda la prensa algo sorprendente: una mujer belga tenía que hacer un trayecto de unos 100 Km. en su coche, pero por un error del GPS condujo hasta Zagreb. A mí la noticia me resultó chocante y sospechosa desde el primer día porque había muchas cosas que no encajaban… pero mejor será que lo explique el bloguero Antonio Rodilla. En este enlace a su blog se puede leer con todo detalle un análisis de la historia y la explicación: el relato era inexacto porque no se trataba de un error del GPS sino de un caso de demencia senil leve. Al parecer nadie se preocupó de verificar en detalle la noticia, que sin ser completamente falsa, fue publicada en una versión sesgada por toda la prensa de España. Bueno, no toda, el diario El País se salvó.

Lástima que precisamente El País picara poco después con la comidilla de los últimos días: la fotografía falsa de Hugo Chávez entubado que el diario dio por verdadera. Esta vez sí se trataba de un error grave y el patinazo dio la vuelta al mundo (a modo de ejemplo véase el comentario del diario argentino Clarín). El País se vio expuesto a críticas más que mordaces en las redes sociales y es probable que muchos lectores lean ahora sus páginas con un escepticismo que hasta hace poco no sentían. La explicación dada por el periódico se puede leer aquí y un análisis muy crítico de tal explicación se encuentra aquí.

Todo esto me sirve como introducción a la historia que de verdad quiero contar hoy, una historia de espías, de sabotaje y de engaño en la que también 426px-Eddie_Chapman_(Agent_ZigZag)la prensa tuvo un curioso papel. La historia de Eddie Chapman, alias Fritz, alias Zigzag.

Chapman había formado parte de una banda de ladrones que se dedicaba a reventar cajas fuertes con la ayuda de explosivos. Atractivo y mujeriego, tampoco le hacía ascos a chantajear a las mujeres que seducía, pero su carrera delictiva terminó en 1939 cuando fue encarcelado en la isla de Jersey, territorio británico pegado a la costa de Francia. Allí le sorprendió el inicio de la guerra, la invasión de Francia por los alemanes y la ocupación de Jersey. Cuando salió de la cárcel, Chapman se ofreció a espiar para los alemanes, aunque tardó tanto en recibir respuesta que tuvo tiempo de ser encarcelado de nuevo (injustamente esta vez, pero su reputación le jugó una mala pasada). Sin embargo fue finalmente reclutado, entrenado como espía con el nombre clave de Fritz y preparado para saltar en paracaídas sobre Gran Bretaña con una importante misión: reunir explosivos y sabotear la fábrica de la empresa aeronáutica De Havilland. Y aquí aparece el segundo protagonista de nuestro relato.

El De Havilland Mosquito era un avión excepcional. Construido íntegramente en madera serviría hasta el final de la guerra como avión de reconocimiento fotográfico, caza nocturno, avión antisubmarino y bombardero rápido. Era tan veloz que las versiones de reconocimiento no iban armadas. En poco tiempo el Mosquito se convirtió en un dolor de cabeza para los alemanes. No era un arma tan determinante como los grandes cuatrimotores de bombardeo, pero hacía honor a su nombre porque resultaba de lo más molesto: aparecía de pronto, atacaba con precisión un objetivo puntual y desaparecía a toda velocidad.Mosquito_600pix

En septiembre de 1942, este avión se hizo célebre al atacar el cuartel de la Gestapo en pleno centro de Oslo. La acción hizo más daño a los vecinos que al mando alemán, pero fue un bofetón a la pretendida superioridad alemana. No es extraño que el Ministro del Aire, Göring, estuviera rabioso. Lo estaría más a finales de enero del 43, cuando una incursión de Mosquitos sobre Berlín atacó el edificio de la radio justo cuando tenía que emitirse un discurso del propio Göring.

Para entonces, Eddie Chapman, el agente Fritz, llevaba un mes en Inglaterra, donde se suponía que estaba usando sus antiguas mañas para reunir explosivos con los que sabotear la fábrica. En realidad Chapman, apenas tocó tierra, se dirigió a la primera granja que encontró, llamó a la policía y se entregó con la intención de emplearse como agente doble. El servicio secreto inglés, tras tomar mil precauciones, acabó por reclutarlo y lo bautizó con el muy apropiado nombre en clave de Zigzag. Controlar a un agente doble tiene muchas ventajas porque puede proporcionar información sobre el enemigo y pasar a la vez información falsa a ese mismo enemigo; pero para ello hace falta que el agente tenga credibilidad. Chapman había llegado para sabotear una fábrica y ahora había que hacer creer a los alemanes que la misión se había cumplido, pero sin causar ningún daño real. La fábrica tenía que parecer dañada desde el aire, para engañar al reconocimiento aéreo, y desde tierra, por si había algún agente más en Londres.

Para ello se escogió la noche del 29 de enero, que estaba prevista como de pocas nubes y con una luna que tardaría en salir. Ideal para contar con un par de horas de oscuridad para los preparativos y dejar luego que los alemanes sobrevolaran la zona. Se dispusieron lonas pintadas bajo la dirección de un prestidigitador para aparentar daños desde el aire y se preparó una escena de devastación. Una fuerte explosión en plena noche, ruidosa pero inofensiva, alertaría a los vecinos y cuando llegara la mañana, una vez que todos hubiesen visto los aparentes daños, se traerían deprisa y corriendo unas pantallas para ocultar la fábrica. Si aparecía un periodista había que decirle que algo sin la menor importancia había ocurrido; la mejor receta para disparar un rumor.

Para rematar la obra sólo faltaba un detalle: un comunicado de prensa aparecido en el periódico inglés que el superior alemán de Chapman solía leer, The Times, diario dirigido en aquel entonces por un caballero llamado Robert Warrington-Ward. El servicio secreto se dirigió a él para pedirle un párrafo corto que mencionara un incidente en la fábrica. Y aquí surgió el problema porque Warrington-Ward poseía la extraña cualidad de la ética y se negó en redondo a publicar una noticia falsa, puesto que el prestigio y la esencia misma del periódico se basaban en publicar únicamente noticias de veracidad contrastada. Con guerra o sin ella.

De nada valieron las insistencias. Lo máximo que se obtuvo de Warrington-Ward fue el consejo de acudir a otros periódicos, como por ejemplo el Daily Express, cuyo director sí se prestó a la farsa. Y aun así la noticia sólo salió en la primera edición, que se enviaba a Lisboa, desde donde la embajada alemana reexpedía los periódicos británicos a Alemania. Si un agente alemán notaba la diferencia entre la primera edición y las demás pensaría que la censura había obligado a retirar de las ediciones posteriores la noticia, que por lo demás era muy vaga (como cabía esperar de algo tan delicado en tiempo de guerra) y sólo hablaba de una explosión que, según se había informado, había provocado escasos daños en una fábrica no determinada. Más que suficiente para el engaño.

Funcionó a las mil maravillas. Tanto que Eddie Chapman pudo volver a territorio alemán sin ser descubierto y aún sería enviado de nuevo a Gran Bretaña con una nueva misión un tiempo después y seguiría trabajando como agente doble hasta el fin de la guerra. Los Mosquitos, por su parte, siguieron volando en acciones tan espectaculares como el ataque a la prisión de Amiens para permitir la huída de partisanos franceses en febrero de 1944 o la destrucción del cuartel general de la Gestapo en Copenhague en marzo de 1945.

La historia es emocionante, sin duda, pero yo me quedo con el momento en el que Warrington-Ward se negó a difundir una información falsa. Al fin y al cabo el texto que publicó el Daily Express era correcto puesto que había habido una explosión (inofensiva) y se había informado (falsamente) de escasos daños. El deber hacia el país y la necesidad de confundir al enemigo en un momento de guerra total parecen exigir una moral más relajada en este tipo de asuntos y aun así la ética profesional de su director impidió que el Times contribuyera al esfuerzo de guerra. Por eso no dejo de preguntarme qué diría Warrington-Ward si en una rueda de prensa un político le respondiera a una pregunta incómoda con un «hoy no toca hablar de eso».

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Los picapedreros

02 jueves Ago 2012

Posted by ibadomar in Arte

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Arte, Brett, Courbet, Dresde, Picapedreros, Pintura, Realismo, Segunda Guerra Mundial, Siglo XIX

Ahora que estamos en verano puede ser un buen momento para retomar una sección un tanto abandonada de este blog: la de Historia del Arte. En realidad no es que esté abandonada sino que sólo he escrito un artículo sobre el tema hasta el momento. Sin embargo hace ya tiempo que quería hablar del cuadro que vemos debajo de estas líneas. Se trata de Los picapedreros de Gustave Courbet.

Esta pintura se presentó en el Salón de París en 1850 y causó un cierto escándalo entre el distinguido público, que no terminaba de digerir la representación de la realidad, sin adorno de ningún tipo, que hizo el pintor. Es más, la imagen se consideró posteriormente como «revolucionaria» por la historiografía marxista y se considera como un temprano ejemplo de arte socialista.

Pero, ¿qué tiene esta obra de particular? Para saberlo tenemos que verla con los ojos del espectador del siglo XIX, el siglo del progreso, o eso se pensaba entonces; el del comercio y la industria, que hacían avanzar a las naciones de una forma nunca vista. Es el siglo de la máquina de vapor, de la lata de conservas, del telégrafo… El espectador se encuentra, sin embargo, con una representación de un trabajo tremendamente humilde y que además debía de serle familiar: el mismo Courbet aseguraba que se había limitado a pintar lo que había visto al borde de una carretera.

La imagen representa a dos picapedreros en plena faena. Uno de ellos es un hombre mayor mientras que el segundo es apenas un muchacho, lo que nos da una idea de continuidad: el joven probablemente llegará a la edad de su compañero desempeñando el mismo oficio. Su ropa está desgastada, incluso rota, y la olla que se ve cerca de ellos no presenta el aspecto de contener ningún suculento manjar. Pero en realidad nada de esto es nuevo en pintura, puesto que otros artistas habían ya representado a personajes humildes. Recordemos por ejemplo a los enanos y bufones de la Corte a los que retrató Velázquez. ¿Qué tiene de particular la pintura que nos ocupa para que resultara tan inquietante? Vamos a compararla con otra similar, realizada pocos años después de la de Courbet por John Brett.Es un picapedrero, sí, pero no tiene nada que ver con los anteriores. Ésta es una imagen idealizada de un muchacho bien vestido, bien alimentado y que más parece haber hecho un alto en su paseo campestre con su perro y estar jugando a romper piedras que desempeñando un oficio. En cuanto al protagonista, el muchacho retratado por Brett parece un chico agradable que inspira confianza, mientras que los hombres de Courbet son… ¿cómo son? ni siquiera les vemos la cara, por lo que no sabemos nada de ellos. Si se giraran hacia nosotros, los espectadores, ¿qué veríamos? ¿La afabilidad de dos trabajadores conformes con un trabajo duro, pero del que se sienten orgullosos? ¿O el rencor de dos hombres condenados a una labor ingrata a la que no encuentran alternativa?

En mi opinión esto es lo que distingue al cuadro de Courbet. Él no hizo un retrato de unos trabajadores sino que retrató el trabajo en sí mismo. Con toda su dureza y su humildad y sin dejar que nos distrajéramos con detalles anecdóticos, como son los rostros de los trabajadores que ilustran su labor. Por eso esta pintura se considera como precursora de la pintura socialista y por eso se consideró revolucionaria. Y por eso aparece en los manuales de Historia del Arte.

Cuando se escribe un artículo siempre se desea influir de algún modo en el lector. Y por eso me encantaría que este artículo hubiese llevado a alguno de los lectores a desear ver el cuadro original. Que alguno de ellos ahora mismo estuviera pensando en averiguar en qué lugar se encuentra esta obra para aprovechar un hueco en sus vacaciones y verla directamente. Ese alguien tendría que desplazarse a la Gemäldegalerie de Dresde, que es donde se conservaba este cuadro. Sí, he escrito bien el tiempo verbal: se conservaba y ya no se conserva. Ninguno de nosotros verá jamás el original de Los picapedreros porque fue destruido durante el bombardeo de Dresde en febrero de 1945. Apenas faltaban tres meses para que concluyera la guerra.

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Un fracaso… ¿providencial?

04 miércoles Ene 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Hindenburg, Historia, Hitler, Jutlandia, Ludendorff, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Stauffenberg

Recuerdo que hace muchos años, cuando yo aún estaba en el colegio estudiando aquello que por entonces se llamaba E.G.B., algún profesor solía emplear una frase según la cual «Dios escribe recto con renglones torcidos». Confieso que por aquel entonces yo no entendía la frase; es más, creo que jamás la habría entendido si no fuera porque conozco al menos un ejemplo en el que es perfectamente aplicable.

  • 20 de julio de 1944

Este día pudo cambiar la Historia. Aproximadamente a las 12:30 Hitler se encuentra reunido con varios jefes militares en el complejo conocido como Wolfsschanze (la guarida del lobo) en lo que hoy es Polonia y por entonces era Prusia Oriental. Una bomba colocada por el coronel Claus von Stauffenberg, que se acababa de ausentar, explota súbitamente matando a 4 de las 24 personas reunidas en aquel momento. Hitler, milagrosamente, apenas resulta afectado y se refiere al hecho de sobrevivir como una señal de la Providencia de que debía continuar con su misión.

Ciertamente, el cúmulo de circunstancias que hizo fracasar el atentado era enorme. Para empezar, la reunión no tuvo lugar en un búnker de hormigón armado sino en un edificio de madera, lo que redujo el efecto de la bomba; pero además Stauffenberg no tuvo tiempo de armar los dos explosivos que llevaba y por eso sólo introdujo uno en su maletín: de haber llevado los dos, el segundo habría explotado por simpatía aun no teniendo detonador y la potencia de la explosión habría sido mucho mayor. Peor aún fue el hecho de que alguien movió el maletín con los explosivos tras salir Stauffenberg de la reunión y lo colocó detrás de uno de los macizos soportes de la mesa, que sirvió de protección a Hitler como se ve en el dibujo adjunto en el que la posición del Führer aparece en azul y se ve la bomba como un cuadrado amarillo (los círculos rojos son los muertos y los verdes el resto de supervivientes).

Stauffenberg habría podido cometer una acción suicida aumentando las probabilidades de éxito, e incluso estaba dispuesto a ello, pero también hacía falta su presencia en Berlín para coordinar el golpe de estado subsiguiente, que fue todo un fracaso y no sólo porque Hitler seguía con vida, lo que ya de por sí condenaba el intento, sino también porque los conspiradores no supieron planificar la toma del poder.

El atentado del 20 de julio no fue un hecho aislado. En realidad no era sino uno más de los muchos intentos fracasados de acabar con la vida de Hitler. En todos ellos destaca la figura del caballero de la derecha: Henning von Tresckow, alma y cerebro de todas las conspiraciones destinadas a acabar con Hitler y derrocar su gobierno. Por diversas razones todos sus complots fracasaron, incluso uno aparentemente infalible, en el que logró colar en el avión de Hitler una bomba camuflada que no llegó a explotar por razones desconocidas. Tresckow sabía que tenía pocas probabilidades de triunfo, pero aún así consideraba necesario dar el paso puesto que, como él dijo, se trata de mostrar al mundo y a la Historia que el movimiento de resistencia alemán se ha atrevido, arriesgando la vida, a dar el golpe decisivo.

De haber tenido éxito el atentado y el golpe de estado posterior, habría sido posible que la guerra en Europa hubiese terminado en 1944, ahorrando al mundo una buena cantidad de muerte y destrucción. Si cualquiera de los proyectos de von Tresckow hubiese funcionado, nuestro mundo sería ligeramente diferente, pero ¿de verdad sería mejor? Paradójicamente, para encontrar el desenlace de esta historia no debemos avanzar sino retroceder otros 26 años.

  • 1918

Tras tres años y medio de guerra, 1918 lo tenía todo para ser el año decisivo. La revolución acababa de retirar a Rusia de la contienda y Alemania, obligada hasta entonces a luchar en dos frentes, podía por fin concentrar todas sus fuerzas en un frente occidental que llevaba atascado desde el otoño de 1914. La entrada en guerra de los Estados Unidos, con su inmenso potencial, obligaba además a los alemanes a buscar rápidamente una solución en el campo de batalla, antes de que los refuerzos americanos estuvieran en condiciones de intervenir decisivamente en la batalla. Fue Ludendorff quien dirigió las ofensivas alemanas que entre marzo y julio consiguieron romper el frente estático. Por primera vez en cuatro años los avances se contaban en decenas de kilómetros y en Mayo el Ministro de Exteriores británico se declaraba abierto a las gestiones de paz. Sin embargo el gobierno alemán, dominado por los generales Hindenburg y Ludendorff, desaprovechó la ocasión de una paz negociada.

No tardarían en lamentarlo, porque la ofensiva de julio fracasó y los aliados pronto estuvieron listos para el contraataque. Para el 1 de agosto ya había 27 divisiones americanas en Europa y 250.000 hombres llegaban cada mes desde el otro lado del Atlántico. El 8 de agosto comienza la ofensiva aliada y los alemanes se tambalean. Ludendorff pierde su aplomo, comprende que la guerra está perdida y presenta su dimisión, que no es aceptada. El 29 de septiembre será el día decisivo: los dos grandes jefes militares, Hindenburg y Ludendorff, en una reunión al más alto nivel y con el Káiser presente insisten en la necesidad de pedir un armisticio. En los primeros días de octubre Alemania pide la paz. El frente militar no se había derrumbado por completo, pero la actitud de ambos generales no daba lugar a dudas acerca del futuro.

Alemania estaba vencida, pero el sentido del honor de sus militares le iba a jugar una última mala pasada: los jefes de la flota de superficie, que no había actuado desde la batalla de Jutlandia el 1 de junio de 1916, decidieron que no podían firmar la paz sin salvar el honor y presentar combate. Los marineros sin embargo no estaban dispuestos a ir a una batalla perdida de antemano sólo por mantener la honra de la Armada alemana, por lo que se amotinaron el 3 de noviembre. La sublevación se extendió a una población civil sometida a durísimas restricciones hasta dar paso a una auténtica revolución. El 9 de noviembre el Káiser abdica y se proclama la república y el 11 Alemania firma el armisticio.

La secuencia de hechos está clara: hundimiento del frente militar, petición de armisticio, hundimiento del frente civil y revolución. Al parecer fue Ludendorff quien, en un intento de salvar la cara por su actuación como dirigente militar, invirtió el orden de los hechos haciendo del hundimiento del frente civil la causa primera de la derrota alemana. En esa versión el ejército alemán no había fracasado sino que había sido traicionado cuando aún estaba en condiciones de presentar batalla. La expresión puñalada por la espalda (personalmente me gusta más la traducción puñalada trapera) se popularizó entre los partidarios de esta teoría. Entre ellos, cómo no, los nazis, que utilizaron hasta la saciedad este tema como leitmotiv de buena parte de su propaganda. La caricatura que vemos a continuación, hecha en 1919 según Wikipedia, es una buena muestra de este tipo de propaganda.

 

  • Mayo de 1945

Es hora de volver adelante en el tiempo. Berlín está ocupado y Alemania entera es una ruina. Si von Tresckow no hubiera fracasado aquel 20 de julio quizás el escenario sería muy diferente y muchas vidas se habrían salvado. Un nuevo gobierno habría sustituido al de Hitler y Alemania podría haber pedido un armisticio. Pero en este caso… ¿cuánto tiempo habría transcurrido antes de que resurgiera la leyenda de la puñalada por la espalda? El nazismo se alimentó de esta leyenda y para lograr su desaparición era preciso llegar hasta el amargo final: la destrucción absoluta de Alemania, siempre con su dictador al frente, hasta el momento en que aceptara la rendición incondicional.

Después de todo puede que la Providencia sí tuviera algo que ver con el fracaso del atentado del 20 de julio.

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