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Recuerdo que hace muchos años, cuando yo aún estaba en el colegio estudiando aquello que por entonces se llamaba E.G.B., algún profesor solía emplear una frase según la cual “Dios escribe recto con renglones torcidos”. Confieso que por aquel entonces yo no entendía la frase; es más, creo que jamás la habría entendido si no fuera porque conozco al menos un ejemplo en el que es perfectamente aplicable.

  • 20 de julio de 1944

Este día pudo cambiar la Historia. Aproximadamente a las 12:30 Hitler se encuentra reunido con varios jefes militares en el complejo conocido como Wolfsschanze (la guarida del lobo) en lo que hoy es Polonia y por entonces era Prusia Oriental. Una bomba colocada por el coronel Claus von Stauffenberg, que se acababa de ausentar, explota súbitamente matando a 4 de las 24 personas reunidas en aquel momento. Hitler, milagrosamente, apenas resulta afectado y se refiere al hecho de sobrevivir como una señal de la Providencia de que debía continuar con su misión.

Ciertamente, el cúmulo de circunstancias que hizo fracasar el atentado era enorme. Para empezar, la reunión no tuvo lugar en un búnker de hormigón armado sino en un edificio de madera, lo que redujo el efecto de la bomba; pero además Stauffenberg no tuvo tiempo de armar los dos explosivos que llevaba y por eso sólo introdujo uno en su maletín: de haber llevado los dos, el segundo habría explotado por simpatía aun no teniendo detonador y la potencia de la explosión habría sido mucho mayor. Peor aún fue el hecho de que alguien movió el maletín con los explosivos tras salir Stauffenberg de la reunión y lo colocó detrás de uno de los macizos soportes de la mesa, que sirvió de protección a Hitler como se ve en el dibujo adjunto en el que la posición del Führer aparece en azul y se ve la bomba como un cuadrado amarillo (los círculos rojos son los muertos y los verdes el resto de supervivientes).

Stauffenberg habría podido cometer una acción suicida aumentando las probabilidades de éxito, e incluso estaba dispuesto a ello, pero también hacía falta su presencia en Berlín para coordinar el golpe de estado subsiguiente, que fue todo un fracaso y no sólo porque Hitler seguía con vida, lo que ya de por sí condenaba el intento, sino también porque los conspiradores no supieron planificar la toma del poder.

El atentado del 20 de julio no fue un hecho aislado. En realidad no era sino uno más de los muchos intentos fracasados de acabar con la vida de Hitler. En todos ellos destaca la figura del caballero de la derecha: Henning von Tresckow, alma y cerebro de todas las conspiraciones destinadas a acabar con Hitler y derrocar su gobierno. Por diversas razones todos sus complots fracasaron, incluso uno aparentemente infalible, en el que logró colar en el avión de Hitler una bomba camuflada que no llegó a explotar por razones desconocidas. Tresckow sabía que tenía pocas probabilidades de triunfo, pero aún así consideraba necesario dar el paso puesto que, como él dijo, se trata de mostrar al mundo y a la Historia que el movimiento de resistencia alemán se ha atrevido, arriesgando la vida, a dar el golpe decisivo.

De haber tenido éxito el atentado y el golpe de estado posterior, habría sido posible que la guerra en Europa hubiese terminado en 1944, ahorrando al mundo una buena cantidad de muerte y destrucción. Si cualquiera de los proyectos de von Tresckow hubiese funcionado, nuestro mundo sería ligeramente diferente, pero ¿de verdad sería mejor? Paradójicamente, para encontrar el desenlace de esta historia no debemos avanzar sino retroceder otros 26 años.

  • 1918

Tras tres años y medio de guerra, 1918 lo tenía todo para ser el año decisivo. La revolución acababa de retirar a Rusia de la contienda y Alemania, obligada hasta entonces a luchar en dos frentes, podía por fin concentrar todas sus fuerzas en un frente occidental que llevaba atascado desde el otoño de 1914. La entrada en guerra de los Estados Unidos, con su inmenso potencial, obligaba además a los alemanes a buscar rápidamente una solución en el campo de batalla, antes de que los refuerzos americanos estuvieran en condiciones de intervenir decisivamente en la batalla. Fue Ludendorff quien dirigió las ofensivas alemanas que entre marzo y julio consiguieron romper el frente estático. Por primera vez en cuatro años los avances se contaban en decenas de kilómetros y en Mayo el Ministro de Exteriores británico se declaraba abierto a las gestiones de paz. Sin embargo el gobierno alemán, dominado por los generales Hindenburg y Ludendorff, desaprovechó la ocasión de una paz negociada.

No tardarían en lamentarlo, porque la ofensiva de julio fracasó y los aliados pronto estuvieron listos para el contraataque. Para el 1 de agosto ya había 27 divisiones americanas en Europa y 250.000 hombres llegaban cada mes desde el otro lado del Atlántico. El 8 de agosto comienza la ofensiva aliada y los alemanes se tambalean. Ludendorff pierde su aplomo, comprende que la guerra está perdida y presenta su dimisión, que no es aceptada. El 29 de septiembre será el día decisivo: los dos grandes jefes militares, Hindenburg y Ludendorff, en una reunión al más alto nivel y con el Káiser presente insisten en la necesidad de pedir un armisticio. En los primeros días de octubre Alemania pide la paz. El frente militar no se había derrumbado por completo, pero la actitud de ambos generales no daba lugar a dudas acerca del futuro.

Alemania estaba vencida, pero el sentido del honor de sus militares le iba a jugar una última mala pasada: los jefes de la flota de superficie, que no había actuado desde la batalla de Jutlandia el 1 de junio de 1916, decidieron que no podían firmar la paz sin salvar el honor y presentar combate. Los marineros sin embargo no estaban dispuestos a ir a una batalla perdida de antemano sólo por mantener la honra de la Armada alemana, por lo que se amotinaron el 3 de noviembre. La sublevación se extendió a una población civil sometida a durísimas restricciones hasta dar paso a una auténtica revolución. El 9 de noviembre el Káiser abdica y se proclama la república y el 11 Alemania firma el armisticio.

La secuencia de hechos está clara: hundimiento del frente militar, petición de armisticio, hundimiento del frente civil y revolución. Al parecer fue Ludendorff quien, en un intento de salvar la cara por su actuación como dirigente militar, invirtió el orden de los hechos haciendo del hundimiento del frente civil la causa primera de la derrota alemana. En esa versión el ejército alemán no había fracasado sino que había sido traicionado cuando aún estaba en condiciones de presentar batalla. La expresión puñalada por la espalda (personalmente me gusta más la traducción puñalada trapera) se popularizó entre los partidarios de esta teoría. Entre ellos, cómo no, los nazis, que utilizaron hasta la saciedad este tema como leitmotiv de buena parte de su propaganda. La caricatura que vemos a continuación, hecha en 1919 según Wikipedia, es una buena muestra de este tipo de propaganda.


  • Mayo de 1945

Es hora de volver adelante en el tiempo. Berlín está ocupado y Alemania entera es una ruina. Si von Tresckow no hubiera fracasado aquel 20 de julio quizás el escenario sería muy diferente y muchas vidas se habrían salvado. Un nuevo gobierno habría sustituido al de Hitler y Alemania podría haber pedido un armisticio. Pero en este caso… ¿cuánto tiempo habría transcurrido antes de que resurgiera la leyenda de la puñalada por la espalda? El nazismo se alimentó de esta leyenda y para lograr su desaparición era preciso llegar hasta el amargo final: la destrucción absoluta de Alemania, siempre con su dictador al frente, hasta el momento en que aceptara la rendición incondicional.

Después de todo puede que la Providencia sí tuviera algo que ver con el fracaso del atentado del 20 de julio.

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