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¿Qué será lo que tiene el poder para enganchar tanto como la más potente de las drogas? Filósofos y poetas podrán insistir en el superior valor de la libertad, el amor o la vida retirada, pero la ambición acaba siempre por imponerse… con algunas excepciones, como la del emperador romano Diocleciano.

El prestigio de Diocleciano como militar le permitió llegar al poder en el año 284, poniendo fin a un periodo conocido como Crisis del siglo III o Anarquía militar. Durante unos 50 años el imperio romano había vivido en una situación caótica en la que las legiones, proclives a la sublevación, nombraban y destituían emperadores a su antojo mientras los enemigos externos se multiplicaban y el propio imperio sufría secesiones que añadían enfrentamientos civiles a las guerras externas. El ascenso al poder de Diocleciano consiguió dar al imperio un periodo de estabilidad que inicio la época conocida como Bajo Imperio Romano.

Diocleciano es una figura que no ha gozado de buena prensa en la historiografía tradicional debido a la larga y enconada persecución contra los cristianos que se desarrolló durante su reinado, aunque parece ser que la mayor responsabilidad no recae sobre nuestro hombre sino sobre su compañero Galerio. Independientemente de su mejor o peor fama, la figura de Diocleciano resalta en los libros de Historia por las profundas reformas que impulsó. No es cuestión de entrar meticulosamente en todos los detalles, pero sí es interesante esbozar algunos de los cambios ocurridos durante su gobierno para comprender la importancia de la labor de este emperador.

Un ejemplo es la nueva división territorial, que aumentaba el número de provincias hasta duplicarlo, pero agrupándolas en doce nuevas entidades a las que se dio el nombre de diócesis. También la defensa de las fronteras fue modificada, sustituyéndose el viejo concepto de guarniciones fijas por una serie de fortificaciones en profundidad y un ejército interior móvil, capaz de acudir rápidamente a donde fuera necesario. Tampoco la economía y la política fiscal escaparon a la labor del monarca, al que ya se puede dar este nombre, tan impopular en la Roma del Alto Imperio, puesto que Diocleciano, comprendiendo que los tiempos habían cambiado tras medio siglo de desprestigio de la figura del emperador, decidió que éste no podía seguir siendo un Princeps (el primero entre iguales). En consecuencia adoptó el título de Dominus, señor, junto con un ceremonial cortesano que le colocaba en un plano de superioridad muy alejado de la falsa sencillez que pretendían aparentar sus predecesores durante el Alto Imperio.

Pero la gran reforma de Diocleciano fue la creación de la Tetrarquía. El imperio era, sencillamente, demasiado extenso para ser controlado por un solo hombre y Diocleciano decidió compartir el poder con su camarada Maximiano. Más adelante, el reparto de poder se amplió con la incorporación de dos nuevos gobernantes: Constancio Cloro y Galerio. Para regular la relación entre los cuatro, Diocleciano decidió que él y Maximiano usarían el título de Augustos, mientras que Galerio y Constancio serían Césares. En el futuro, cuando los augustos se retiraran o murieran, su título sería heredado por los césares, que abandonarían esta denominación para dejársela a los lugartenientes que escogieran, formando una nueva tetrarquía. Los nuevos césares ganarían experiencia de gobierno en su cargo hasta que llegara el momento de suceder a los augustos y buscar a otros dos sucesores. El imperio quedó dividido en cuatro regiones que serían gobernadas por los cuatro tetrarcas, aunque actuarían de forma colegiada y podrían desplazarse a una región que no fuera la propia en caso de necesidad. Diocleciano, como augusto senior se reservaba el papel de hombre fuerte.

(Imagen tomada de Wikipedia; click para ampliar)

En el mapa vemos la división del Imperio y a quién le correspondió cada parte, así como las localidades elegidas como capital de cada una de las cuatro regiones: Nicomedia, Milán, Tréveris y Salónica. Es significativo el hecho de que Roma quedara excluida de la capitalidad: los centros neurálgicos habían sido seleccionados por razones estratégicas de cercanía a la frontera, con lo que la ciudad que daba nombre al imperio quedaba relegada a un segundo plano.

El sistema funcionó bien, pero debía superar aún su prueba de fuego: la sucesión de los augustos. En el año 305 Diocleciano afectado seriamente por una enfermedad y probablemente presionado por Galerio, decidió retirarse. Más aún, logró convencer a Maximiano de que renunciara igualmente. Galerio y Constancio Cloro se convertían así en augustos, pero los problemas surgieron al elegir Galerio, el nuevo hombre fuerte, a dos hombres de su círculo como nuevos césares, frustrando las aspiraciones de dos hombres con prestigio y apoyos: Constantino y Majencio, hijos de Constancio Cloro y Maximiano respectivamente.

Diocleciano pasó a vivir retirado en Spalato (hoy Split, Croacia), donde se entretenía cuidando de su huerto; pero la historia no termina ahí. Apenas un año después, en el 306, moría Constancio Cloro y su ejército aclamaba a su hijo Constantino como emperador. Galerio se vio forzado a aceptar a Constantino como nuevo césar; pero los problemas continuaron porque Majencio se sublevó en Roma al frente de los pretorianos y con el apoyo de la población de la ciudad mientras Maximiano decidía volver de su retiro para apoyar a su hijo. El sistema de gobierno colegiado organizado por Diocleciano se derrumbaba a ojos vista. Los enfrentamientos continuarían pese a la reunión entre los implicados organizada en el 308 para intentar reconducir la situación.

Fue entonces cuando Diocleciano dio su gran lección, a pesar de no asistir a aquella conferencia, ni siquiera como mediador, desoyendo el intento de su viejo camarada Maximiano de hacerle abandonar su retiro para volver a poner orden en el imperio. La respuesta que dio Diocleciano al mensajero de su amigo dice mucho del carácter del anciano ex-emperador: “Dile que si pudiera ver las coles que planté con mis propias manos no me pediría que abandone la paz de este lugar para embarcarme en una lucha por el poder”.

Maximiano murió en el año 310 tras ser derrotado por Constantino en Massilia (Marsella), Galerio falleció en el 311 de una horrible enfermedad en la que muchos cristianos vieron un castigo por su persecución, Majencio murió en el 312 durante la batalla del Puente Milvio, en la que fue derrotado por Constantino, que finalmente se alzaría con el poder único y reunificaría el Imperio. Sólo él, de entre todos los actores de esta historia sobrevivió a Diocleciano.

El emperador Diocleciano murió en su retiro de Spalato en el año 313.

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