La cultura del error

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No tenía previsto volver sobre el tema de la cultura de seguridad, al menos tan pronto, pero esta noticia según la cual Fomento quiere poner cámaras en los trenes para vigilar la conducta de los maquinistas a raíz del desgraciado accidente de Santiago me ha resultado tan chocante que no puedo evitar regresar a este asunto.

Habíamos visto ya en artículos anteriores que el diseño de sistemas debe hacer imposible, al menos en teoría, la existencia de un componente cuyo fallo por sí solo acarree la caída del sistema completo (lo conté aquí) y también vimos por encima (en un artículo que se puede leer aquí) los modelos SHEL y de Reason y el concepto de Cultura Justa. Vimos que, según el modelo de Reason, un accidente se explica por uno o más fallos activos que se unen a varios fallos latentes que han debilitado previamente el sistema. Estos fallos latentes, achacables a la organización, deben corregirse para evitar las consecuencias de un fallo activo, imposible de evitar por completo.

Recordemos que comenté que al alcanzar la aviación la madurez técnica empiezan a achacarse los accidentes sistemáticamente al fallo humano. Al no existir un fallo mecánico evidente, los investigadores buscan acciones u omisiones del personal que opera el sistema. Se llega así hasta el descubrimiento de fallos activos, pero no se avanza hasta llegar a los fallos latentes. La consecuencia es una cultura que tiende a achacar culpas y asignar castigos.

El problema es que este enfoque consigue identificar qué ha ocurrido, quién ha actuado o dejado de actuar de una manera determinada y cuándo ha sucedido cada hecho. Y sin embargo queda sin saberse el cómo y el por qué ha ocurrido el accidente. Al no profundizar la investigación hasta identificar los fallos latentes, las condiciones que hicieron posible el accidente siguen presentes a la espera de un nuevo fallo activo similar que haga posible la repetición. El modelo de Reason y la Cultura Justa surgen para llenar este hueco.

Vamos a insertar un ejemplo, pero esta vez no lo inventaré yo, sino que se lo tomaré prestado nada menos que a OACI, la Organización de Aviación Civil Internacional, que naturalmente conoce perfectamente todos los conceptos esbozados y se refiere a ellos en  su documento 9859 (Safety Management Manual o Manual de Gestión de la Seguridad). El ejemplo supone la existencia de una ventana en cuyo alféizar colocamos una maceta. Existe la posibilidad de que al asomarse alguien a la ventana empuje accidentalmente la maceta, provocando su caída con consecuencias más o menos graves dependiendo del piso en el que estemos situados y de que alguien esté o no pasando por debajo de la ventana justo en el momento de la caída. (Nota: el ejemplo está tomado de la segunda edición, publicada en 2009, del documento 9859, edición que estaba en vigor en el momento de escribir el artículo. Las ediciones posteriores, empezando por la tercera, de 2013, eliminaron este ejemplo).

Un enfoque tradicional investigaría el accidente partiendo de la responsabilidad de la persona que se asomó descuidadamente a la ventana y resolvería el problema con una multa y, a lo sumo, un recordatorio a los ocupantes del edificio de la necesidad de ser cuidadosos al asomarse, o simplemente prohibiendo tal acción. Sin embargo un enfoque atento a los factores de organización podría dar las siguientes recomendaciones:

  • Colocar un tope al final del alféizar para detener la maceta en caso de que se la empuje accidentalmente.
  • Colocar una red bajo la ventana para detener la maceta en su caída.
  • Colocar un toldo a la altura del primer piso para detener la maceta en su caída.
  • Ampliar el ancho del alféizar.
  • Desviar el paso de peatones bajo las ventanas, construyendo por ejemplo un jardincito justo debajo de ellas.
  • En un caso extremo, tapiar las ventanas.

Con cualquiera de estas medidas se tiene en cuenta el hecho de que el ser humano tiende a cometer errores, sólo que así conseguimos que no sean irreparables. Aunque ahora alguien, en un descuido, empuje la maceta, las consecuencias ya no serán catastróficas. Al suprimir errores latentes, el error activo pierde su capacidad de desencadenar el accidente.

Lo curioso del documento 9859 de OACI, al que aludí antes, es que cuando habla del modelo según el cual el problema de la maceta llevaría a multas y recordatorios de la necesidad de tener cuidado, se refiere al “enfoque tradicional” al que menciona siempre en pasado, nunca en presente, puesto que lo considera como algo ya superado. Esto es natural, ya que permanecer anclado en una mentalidad que se centra en el llamado “error humano”, sin profundizar más allá deja sin resolver el problema de fondo: cómo crear las condiciones para que el accidente no se produzca.

El recuerdo de este documento y de este ejemplo tan sencillo es lo que me hizo pensar en escribir este artículo cuando leí la noticia que mencioné al inicio. El responsabilizar exclusivamente a una persona de un accidente y pretender que la solución es que no se cometan errores instaurando una cultura punitiva y un sistema policial es algo que debería estar ya superado. Por eso escribo este artículo y por eso escribí los dos anteriores: porque, a pesar del escaso número de lectores de este blog, es preciso esforzarse en divulgar esta cultura de seguridad con el fin de que algo tan importante como los servicios de transporte público no basen sus sistemas de seguridad en una cultura que los principales expertos en la materian consideran que quedó obsoleta hace cuarenta años.

Septiembre de 1714

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El lema que preside este blog, Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, lo tomé de un profesor que tuve cuando yo tenía entre 12 y 14 años y que también me enseñó a desconfiar de los medios de comunicación. Solía decir que no hay argumento más débil que un “esto es cierto porque lo dice la tele, y si lo dice la tele es verdad”. Con el tiempo he visto que tenía razón en ambas cosas.

Todos los años por estas fechas tengo ocasión de comprobarlo con motivo de la conmemoración del fin del asedio de Barcelona, que concluyó con la toma de la ciudad por las tropas de Felipe V el día 11 de septiembre de 1714. La efeméride ha terminado por convertirse en una exaltación de determinadas suposiciones más cercanas a la fantasía que a la Historia. Los acontecimientos de la época son, como suele ocurrir, mucho más complejos que la imagen distorsionada que a menudo se transmite para justificar un programa político.

El origen de aquellos hechos se sitúa muchos años atrás. El último de los reyes Habsburgo que tuvo España, Carlos II, era, por decirlo crudamente, una desgracia humana. Débil de cuerpo, mente y espíritu, ni siquiera fue capaz de cumplir con el primer deber de un monarca de la época: aportar un heredero al trono. Estaba tan claro el futuro problema sucesorio que el rey tenía apenas 7 años cuando se firmó el primer tratado de reparto de las posesiones españolas.

Europe,_1700_-_1714Mapa tomado de Wikimedia

El pastel era enorme: por un lado las posesiones europeas que vemos en el mapa (Península, Baleares, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Milanesado, Países Bajos españoles….) unidas al inmenso imperio de ultramar. En cuanto a los pretendientes, que contaban con que Carlos II moriría sin descendencia, eran Luis XIV de Francia y Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico, que estaban casados con sendas hijas de Felipe IV, las infantas María Teresa y Margarita Teresa respectivamente. Carlos II aún viviría hasta casi cumplir los 39 años, pero el pastel y los comensales seguían siendo los mismos a su muerte en 1700. Para entonces el viejo tratado de reparto había sido sustituido por otros dos.

Por su parte, Carlos II dejó un testamento nombrando heredero al duque Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, al que exhortaba a no permitir la pérdida de ninguno de los territorios. La idea era conseguir así el apoyo de Francia, la gran potencia del momento, puesto que España por sí misma no podía garantizar una posición lo bastante fuerte como para mantener la integridad territorial. Luis XIV aceptó su papel de protector, pero eso suponía romper el acuerdo de reparto y por tanto una muy probable guerra.

Felipe de Anjou llegó a Madrid en 1701, a los 17 años, para ser coronado rey con el nombre de Felipe V. No despertó entusiasmo, pero tampoco oposición. Aparentemente el nuevo rey estaba dispuesto a mantener la situación anterior y una muestra es su confirmación de los fueros catalanes en octubre de aquel año. Sin embargo la actitud de Luis XIV, que influía enormemente en su nieto consiguiendo ventajas para Francia como el monopolio del comercio de esclavos con las Indias, terminó por provocar una guerra generalizada en Europa. Naciones como Inglaterra y Holanda no podían sino alarmarse al imaginar al agresivo Luis XIV respaldado por la plata de América. Así que en mayo de 1702 Inglaterra, Holanda y Austria declaran la guerra a Francia y España en apoyo de los derechos al trono español del archiduque Carlos, hijo del difunto emperador Leopoldo I y hermano del emperador José I. Portugal se unió a la alianza en 1703 a cambio de promesas de expansión territorial en Extremadura, Galicia y el río de la Plata.

Al principio la guerra se libró en suelo italiano y alemán, con las armas francesas soportando todo el esfuerzo bélico francoespañol, ya que España había dejado de ser la gran potencia del siglo anterior. Eso sí, los gastos de guerra se sufragaban con la plata americana, cuya mayor parte se enviaba en secreto a Luis XIV. La decadencia española afectaba también al poderío marítimo y por esto la guerra llegó a la Península en 1704 en forma de ataque naval angloholandés contra Cádiz. La incursión pretendía provocar una sublevación en Andalucía, pero no sólo fracasó, sino que la brutalidad del saqueo del Puerto de Santa María anularía definitivamente la causa del archiduque Carlos en la región. Aquel mismo año los ingleses tomaron Gibraltar, mientras se creaba desde Portugal un frente terrestre que amenazaba la sede del trono español. España comenzó su adaptación a la guerra en su territorio con la creación del regimiento como unidad básica del ejército en sustitución del tercio, que había dominado los campos de batalla europeos durante casi dos siglos. Todo un símbolo del cambio de los tiempos.

La denominada Gran Alianza había fracasado en su ataque atlántico, pero al año siguiente, en 1705 probaron suerte en el Mediterráneo aprovechando la rebelión social en Valencia, que les proporcionó una base desde la que atacar Barcelona, donde el virrey claudicó rápidamente. Zaragoza caería en 1706 mientras, por el oeste, Alcántara, Ciudad Rodrigo y Salamanca claudicaban a su vez. Los aliados llegaron a entrar en Madrid en junio de 1706, lo que sumado a las derrotas en Europa mostraba un panorama sombrío para Felipe V.

Llegados aquí hay que hacer precisiones sobre los motivos para unirse a uno u otro bando. En Valencia, la rebelión era una revuelta social similar a otra ocurrida en 1693, y de hecho uno de los líderes de entonces desembarcó con las tropas del archiduque en 1705. Pero los desfavorecidos que se alzaban contra el poder no tenían demasiado interés en quién se llevaba la corona, habida cuenta de que el rey sólo tenía jurisdicción en 76 ciudades, siendo la nobleza y el clero quienes dominaban el resto, más de 300, que estaban bajo jurisdicción señorial.

En el caso de Cataluña, la alta nobleza y el pueblo llano no tenían interés en rebelarse contra Felipe V, que por su parte no sólo había confirmado los fueros en 1701, sino que también había prometido la creación de una compañía marítima y el acceso, con dos barcos anuales, al comercio americano, pero la élite comercial no creía que Felipe V tuviera poder en la práctica para romper el monopolio comercial de Castilla en América. Por otro lado, el recuerdo del papel de Francia durante la rebelión de 1640 a 1652 actuaba en contra de un monarca Borbón. No había que engañarse, porque tan absolutista era Carlos como Felipe, pero con la guerra a las puertas había que tomar partido y los comerciantes optaron por apostar al que parecía ganador de entre los dos pretendientes. Aun así la relación tuvo frecuentes altibajos, ya que Carlos necesitaba dinero mientras la élite comercial catalana quería a cambio privilegios mercantiles que el archiduque no podía conceder mientras no dominara el comercio atlántico.

Si en Cataluña había desconfianza hacia el bando al que pertenecía Francia, lo mismo ocurría en Castilla con la alianza en la que figuraba Portugal, eterno rival en ultramar y tradicional aliado del sempiterno enemigo inglés. A eso se añadían las acciones ocurridas durante el ataque a Cádiz y el hecho de que, después de todo, Felipe V era el heredero legítimo según el testamento del difunto Carlos II. Aun así el apoyo no era unánime, ni siquiera entre la alta nobleza. Hubo quien apoyó al archiduque y quien adoptó una actitud ambigua a la espera de vislumbrar quién sería el ganador. Valga como muestra el que la actitud ante la guerra hizo caer en desgracia a cuatro de los doce grandes de España. Cuando la situación se puso realmente difícil, el Rey no acudió a los grandes sino al apoyo popular, que ganó en buena medida gracias al impulso propagandístico del bajo clero (el alto clero cuenta como nobleza y era más ambiguo), que no podía sino condenar una alianza que incluía a potencias protestantes como Inglaterra y Holanda.

Felipe V consiguió así nuevos reclutamientos que sirvieron para darle un respiro y recuperar Madrid, mientras le llegaba la noticia del fracaso de la rebelión valenciana. Su principal triunfo del momento es la batalla de Almansa en 1707 y la recuperación de Zaragoza y Valencia. Sólo entonces se decide Felipe V, en junio de 1707, a suprimir los fueros regionales, medida que le permite incrementar su control sobre las regiones de Aragón y Valencia, que ya ha recuperado, a costa de aumentar las reticencias en Cataluña, que aún está bajo dominio del archiduque Carlos.

Pese a estos hechos, la guerra era tan favorable a la causa Habsburgo en los campos de batalla europeos que hasta el papa Clemente XI reconocía a Carlos III de Habsburgo como rey de España. En 1709 Luis XIV estaba dispuesto a negociar la paz, pero las condiciones que pretendían imponer los miembros de la Gran Alianza eran imposibles de aceptar por Felipe V y la guerra continuó. Y justo entonces todo cambió de golpe por puro azar.

En abril de 1711 murió de viruela el emperador José I a los 32 años. Su hermano, el archiduque Carlos, se encontró por sorpresa con el imperio mientras sus aliados perdían el entusiasmo por la causa española, puesto que si juzgaban malo que España y su imperio estuvieran ligados por lazos de familia con Francia, la idea de tener a un nuevo Carlos V ocupando el trono de España y sus inmensas posesiones a la vez que dominaba el reino de los Austrias y el Sacro Imperio era como para echarse a temblar. De pronto quienes querían negociar la paz eran los miembros de la Gran Alianza.

Así se llegó a la firma del tratado de Utrech en abril de 1713, que dejó a Felipe V como rey de España y de las Indias, aunque renunciaba a cualquier pretensión al trono de Francia y cedía sus posesiones europeas, que quedaron en su mayoría bajo dominio Habsburgo. Inglaterra se quedó con Menorca, que había ocupado en 1708, y Gibraltar. Además consiguió el permiso de usar un barco anualmente para comerciar con la América española y el asiento de negros (es decir el comercio de esclavos que antes tenía Francia).

Quedaba por aclarar la situación del territorio español aún controlado por el nuevo emperador. A sus habitantes les aguardaba la imposición de nuevas leyes, pero las potencias extranjeras no iban a batallar por los fueros catalanes, de origen medieval y desfasados en el siglo del absolutismo. De pronto, los que en 1710 parecían haber apostado por un claro ganador, en 1714 se encontraban con el estigma de ser rebeldes contra el legítimo rey. Con este panorama es difícil comprender que las instituciones catalanas votaran por proseguir la guerra, cuando sólo podían aspirar a que la derrota fuera lo menos traumática posible. Fue una suicida huida hacia adelante que sólo serviría para que, tras la caída de Barcelona, la represión fuera más dura. Ni el alto clero, ni la alta nobleza, ni los campesinos tenían interés en proseguir aquella guerra, pero la decisión salió adelante impulsada por la baja nobleza comercial.

Con el fin de la guerra llegó por tanto el de la Corona de Aragón, mientras se resquebrajaba el monopolio comercial de Castilla con América. La Nueva Planta, por traumática que pareciera, respondía a una lógica que imponía una única ley para todos los territorios de la Corona. Paradójicamente, entre los grandes beneficiados estaban los comerciantes que tanto se oponían a ella, porque la supresión de aduanas internas estimulaba el comercio entre territorios. La nueva situación sirvió además para que a la larga se cumplieran las promesas que había hecho Felipe V, puesto que sí se creó una compañía comercial, la Compañía de Barcelona fundada en 1755, para impulsar el comercio catalán en América. En la década de 1770 el 64% de las exportaciones catalanas iban a América y en el año 1778 el 11% de las exportaciones españolas a América salían de puertos catalanes, situación inconcebible durante la monarquía de los Habsburgo, cuando el comercio atlántico era un monopolio de la Corona de Castilla.

Todo ello me hace pensar que aquel profesor tenía razón cuando decía que somos producto de nuestro pasado: si Felipe V se hubiese dado por vencido en 1710 la Historia de toda Europa habría sido distinta. En cuanto a las «versiones oficiales», en los acontecimientos no se ven intentos de secesión sino de imponer cada cual a su candidato al trono. Por algo aquella guerra se conoce como de Sucesión. Con u.

Ambiciones pírricas

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Si hay algo que caracteriza al ser humano es que no sabe estarse quieto. Es raro encontrar a alguien que se dé por satisfecho con lo que ya ha conseguido y que no busque ir un paso más allá. Lo podemos llamar ambición, afán de progreso o simplemente inquietud y se da en grado sumo en determinadas figuras de la Historia que parecen estar siempre al acecho de la gloria. Algunos son afortunados, como Alejandro Magno, que no tenía bastante con Macedonia y se lanzó incansable, siempre hacia adelante, siempre más lejos, en una carrera que le llevaría a dominar medio mundo. Otros tienen menos suerte, como por ejemplo un pariente de Alejandro: Pirro, rey del Epiro.

El Epiro es una región montañosa que se Pirroencuentra entre el noroeste de Grecia y el sur de Albania. Era un territorio apartado, que no tuvo protagonismo en la historia de Grecia. Hasta el siglo IV antes de Cristo no podemos decir demasiado de este reino, salvo que contó con una hija ilustre: Olimpia, madre de Alejandro Magno. Pero en el siglo III aparecería alguien que daría mucho que hablar: el hombre cuyo busto, que se conserva en el museo arqueológico de Nápoles, vemos en la foto. Pirro.

Corría el año 280 a.C. cuando las cosas estaban muy tensas en la Italia meridional. Roma, hasta entonces una ciudad estado como otra cualquiera, se había impuesto a sus vecinos etruscos, latinos y samnitas. Había sido una guerra larga y azarosa, pero ahora los romanos dominaban la Italia central y tenían acceso al Adriático. El sur de Italia y Sicilia, entretanto, estaba cuajado de colonias griegas que se habían ido convirtiendo en florecientes ciudades. Por algo a la región se le llamaba la Magna Grecia.

Roman_conquest_of_ItalyMapa tomado de Wikipedia

Era frecuente que una potencia militar recibiera peticiones de ayuda de alguna ciudad que estuviera en guerra con un tercero, y también era frecuente que las ciudades griegas se vieran enfrentadas con ciudades vecinas, a menudo griegas también. A raíz de una de esas peticiones, Roma, convertida ahora en la potencia dominante en la región, se encontró enfrentada a Tarento. Los tarentinos a su vez contactaron con Pirro, que estaba deseando emprender en Occidente campañas similares a las que cuarenta y tantos años antes había llevado a cabo Alejandro en Oriente. Y así fue como en el 280 a.C. Pirro y su ejército desembarcaron en Italia en apoyo de los tarentinos.

Pero nada más bajar del barco comenzaron las sorpresas: Tarento había prometido un ejército numeroso para enfrentarse a Roma, pero ese ejército no existía y Pirro se vio obligado a reclutar y entrenar a ciudadanos tarentinos, que empezaron a mirar a su aliado más como a un tirano que como a un libertador. Cuando al fin se libró una batalla en Heraclea contra las regiones romanas la victoria cayó del lado del rey epirota, gracias entre otras cosas a los elefantes, que causaron terror entre unos romanos que nunca habían visto nada igual. Aun así las pérdidas de Pirro fueron enormes y le llevaron a decir: “otra victoria como ésta y estoy perdido”. Por esto a las victorias conseguidas con grandes pérdidas y que dejan al vencedor en posición peor que la del vencido se las conoce como victorias pírricas.

Por el momento Pirro parecía el ganador, aunque no tuviera fuerzas suficientes para marchar con seguridad sobre Roma, por lo que decidió entablar negociaciones de paz sobre lo que parecía una posición de fuerza. Los romanos relataban, quizás exagerando, que el Senado estaba dispuesto a pactar hasta que el anciano Apio Claudio el ciego hizo un elocuente discurso sobre la ignominia de hacer tratos con un enemigo que estaba presente en la misma Italia. El caso es que Pirro no consiguió el tratado de paz, y tenía dos buenas razones para llegar a ella: había comprobado que no podía confiar en los tarentinos y le llegaban noticias de que la rica ciudad de Siracusa, en Sicilia, le pedía ayuda contra los cartagineses.

Tras otra batalla y otra victoria pírrica (en todos los sentidos) parecía que los romanos podrían avenirse a negociar. Pero justo en ese momento llegó a Roma una embajada cartaginesa prometiendo ayuda contra Pirro y la posibilidad de usar su flota para el transporte de tropas romanas. Cartago pretendía así tener las manos libres en Sicilia, con Pirro ocupado en la península, mientras que Roma podía disponer de una flota que emplear contra Tarento.

Aun así, Pirro dejó un ejército en Tarento y embarcó para Sicilia, donde logró unir a todos los griegos en la lucha contra Cartago. Estuvo a punto de expulsar a los cartagineses de la isla, pero el rigor con el que llevaba las operaciones bélicas le enemistó con las ciudades griegas, que empezaron a tener de él la misma imagen de tirano que le habían adjudicado en Tarento. Algunas de estas ciudades rompieron la alianza e incluso pidieron apoyo a Cartago contra Pirro, que al final se vio dominando únicamente Siracusa. En el año 275 a.C. decidió volver a la Península Itálica y allí se enfrentó una vez más a los romanos cerca de un lugar llamado Maleventum. Esta vez los romanos no se dejaron aterrorizar por los elefantes; al contrario, lograron espantarlos de tal modo que hicieron estragos entre las filas del propio Pirro. Los romanos, entusiasmados por la victoria, le cambiaron el nombre al pueblo, que pasó a llamarse Beneventum, mientras que Pirro, derrotado, tuvo que volver a Epiro.

El resultado fue que Roma pasó a ser dueña también de la Italia meridional mientras que Cartago se afianzaba en Sicilia. Las dos potencias, hasta entonces unidas por diversos tratados, quedaban ahora frente a frente. Pirro sabía que la alianza entre ambas no podía durar y por eso, cuando abandonó Sicilia dijo: “Ahí dejo un buen campo de batalla para romanos y cartagineses”. No se equivocaba.

Si Pirro hubiese logrado su propósito habría pasado a la Historia como el Alejandro de Occidente, porque su ambición no se detenía en ayudar a Tarento contra una potencia emergente como era Roma. Cuenta Plutarco que, cuando Pirro preparaba la expedición, su colaborador Cineas le dijo :

-Dicen que los romanos son buenos guerreros y han vencido a muchos pueblos belicosos, ¿qué sacaremos si logramos la victoria?

-Si vencemos a los romanos –contestó Pirro- no habrá fuerza en Italia capaz de oponérsenos y la dominaremos por entero.

 -Y una vez tomada Italia –prosiguió Cineas- ¿qué haremos?

-Con Italia en nuestras manos –respondió Pirro- será fácil adueñarse de Sicilia, cuyas ciudades son débiles y en las que impera la anarquía.

-¿Entonces el fin de nuestra expedición es tomar Sicilia?

-Con Italia y Sicilia, ¿qué nos impedirá adueñarnos de Cartago?. Agatocles, siendo un fugitivo, estuvo cerca de vencer a los cartagineses. A nosotros no nos resistirían –razonó Pirro- y hecho eso, ¿quién de los enemigos que hemos tenido hasta ahora podría resistirnos?

-Comprendo, a continuación caería Macedonia y posteriormente toda Grecia quedaría bajo nuestro control, pero ¿qué haríamos después? –insistió Cineas.

-Entonces –rió Pirro- podremos descansar, dedicarnos a los festines y charlar de nuestras hazañas.

-¿Y qué nos impide –concluyó Cineas- dedicarnos ahora a esos mismos festines y a charlar sin necesidad de pasar por todos esos trabajos y peligros y provocar tanto derramamiento de sangre?.

Pero Pirro no escuchó aquellas razones y tampoco logró ser el Alejandro de Occidente. Quedó retratado para siempre como un gran jefe militar, muy hábil en la batalla, pero indeciso en cuanto a sus objetivos estratégicos. El elocuente Cineas, que siempre estuvo a su lado como embajador, quizás se habría sorprendido de conocer esa valoración, pero es casi seguro que sonríe en su tumba cada vez que alguien habla de una victoria pírrica.