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Publicaciones de la categoría: Historia

Los 18.000 príncipes de Kahlenberg

23 jueves Jul 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Asedio, Batalla, Caballería, Húsares, Historia, Imperio Otomano, Jan Sobieski, Kará Mustafá, Leopoldo I, Momentos cruciales, Sacro Imperio, Siglo XVII, Viena

A lo largo de la Historia ha habido días señalados en los que los acontecimientos toman giros dramáticos y el destino de una ciudad, un país, un continente, incluso de la propia Humanidad, parece estar en un equilibrio inestable, a la espera de que un mínimo impulso le haga caer hacia un lado u otro. En este blog hemos descrito algunos de esos días. Quien quiera revisarlos sólo tiene que buscar las entradas marcadas con la etiqueta “momentos cruciales” para encontrar una colección de instantes dramáticos de la Historia. Pero pocos días pueden igualar en intensidad, dramatismo y espectacularidad a la jornada del 12 de septiembre de 1683.

Al amanecer aquel día, los ciudadanos de Viena tenían motivos para la angustia y para la esperanza. Su ciudad, sitiada por el ejército turco desde hacía dos meses, padecía los habituales rigores del hambre y la incertidumbre y estaba a punto de caer, víctima de las minas excavadas por los zapadores otomanos. Apenas unos días antes una sección de la muralla interior se había derrumbado al estallar los explosivos acumulados bajo ella por los asaltantes, que habían conseguido, en esta ocasión, burlar las contraminas. Dos horas duró la batalla que se entabló a continuación hasta que los defensores lograron rechazar el asalto y bloquear la brecha con una barricada. Pero la historia se había repetido en otra parte de la muralla un par de días después. ¿Sería la tercera brecha la definitiva? Los vieneses sabían que la caída de su ciudad ya no era cuestión de días sino de horas.

La esperanza nacía de la llegada de un ejército de socorro. Por la ciudad corría la noticia de que una o dos noches antes se había divisado un cohete que sólo podía significar una cosa: la ayuda que esperaban estaba a punto de llegar y les mandaba una señal para que resistieran apenas unos días más. Por supuesto, el ejército otomano también sabía que la ayuda estaba llegando y se preparó para la batalla. Al amanecer de aquel 12 de septiembre, sitiadores y sitiados eran conscientes de que el destino de Viena se habría decidido, en un sentido o en otro, antes de la puesta de sol.

En un cuento de hadas, la ciudad se salvaría por la llegada de un príncipe a lomos de su corcel; en una película sería un regimiento de caballería el que irrumpiría al toque de carga para liberar la ciudad. Pero la vida no es un cuento de hadas ni una película. Sin embargo aquel día, el destino, que es caprichoso, decidió juntar lo mejor de ambas ficciones en una única realidad. Y por eso, al toque de carga, descendió la colina de Kahlenberg, en socorro de la ciudad, no un príncipe ni un regimiento de caballería, sino un ejército entero de príncipes a caballo dirigidos por un rey.

Jan Sobieski, rey de Polonia con el nombre de Juan III cargaba en persona contra el ejército turco. Junto a él, blandiendo largas lanzas de unos cinco metros de largo, sus corazas resplandecientes, dos grandes alas agitándose a sus espaldas, 3.000 húsares alados, y tras ellos 15.000 jinetes más en la mayor carga de caballería de la historia. El ejército turco, incapaz de resistir la furia de la caballería polaca, hubo de levantar el asedio y huir derrotado. Jan Sobieski describió su triunfo parafraseando a Julio César, pero con un toque de calculada modestia: Venimus, vidimus, Deus vicit (llegamos, vimos, Dios venció).


Jan III Sobieski (Imagen: Wikimedia)

Hasta aquí la parte literaria (que me ha quedado bastante bien, modestia aparte). Quien quiera quedarse con la épica, puede perfectamente dejar de leer y ahorrarse el resto del artículo sin perderse gran cosa. En esencia la descripción es correcta: Viena estaba a punto de caer, llegó un ejército a las órdenes de Jan Sobieski, que cargó al frente de sus húsares alados y los turcos levantaron el asedio. Pero quedan algunas preguntas en el aire: ¿Cómo se llegó a aquél asedio? ¿Por qué el ejército salvador era polaco? ¿Quiénes eran esos húsares alados? ¿Bastó de verdad con una sola carga de caballería para resolver la batalla? Los protagonistas de esta historia merecen que los miremos un poco más de cerca.

Empecemos por los otomanos. El imperio turco había pasado por una etapa de declive, pero bajo Mohamet IV se inicia una cierta recuperación asociada, más que al monarca, a los grandes visires de la familia Koprulu. Uno de ellos, el ambicioso Kará Mustafá, retomó la expansión turca en territorio europeo, emulando a Solimán el Magnífico. Solimán había fracasado en su asedio de Viena en 1529, pero Kará Mustafá creía que las cosas serían distintas bajo Mohamet IV. Aprovechando las revueltas húngaras contra el Sacro Imperio, y las consiguientes operaciones militares de los Habsburgo en la zona fronteriza con los dominios turcos, los otomanos iniciaron la guerra en el verano de 1682. Tras las primeras operaciones y la forzosa pausa invernal, el avance otomano llegó a las puertas de Viena el 14 de julio del año siguiente. Unos 150.000 hombres bajo el mando del mismísimo Kará Mustafá pusieron asedio a la ciudad, que contaba con unos 15.000 defensores.

Kará Mustafá (Imagen: Wikimedia)

El emperador Leopoldo I había tomado sus precauciones. Durante mucho tiempo se había descuidado la defensa frente a los turcos, al ser Francia el principal enemigo, pero ante el avance otomano empezó por buscar aliados: el primero de ellos Jan Sobieski, rey de Polonia, con el que firmó una alianza por la que ambos se apoyarían mutuamente si los turcos avanzaban sobre la imperial Viena o la polaca Cracovia. Para defender Viena, Leopoldo contaba con Ernst von Starhemberg, comandante de la guarnición de la ciudad, que pese a su falta de experiencia resultó ser un hombre competente. Decir que dejó la ciudad en sus manos es una expresión rigurosamente exacta, puesto que Leopoldo huyó de Viena el 7 de julio, una semana antes de la llegada de Kará Mustafá.

Tras la tradicional demanda de rendir la ciudad y la negativa de von Starhemberg, las operaciones de asedio comenzaron el 17 de julio. Al oponer resistencia, los vieneses sabían que en caso de derrota serían ejecutados o vendidos como esclavos. En caso de haber abierto las puertas de la ciudad, ésta sencillamente habría cambiado de manos dando a los turcos una posición de vital importancia estratégica, pero sin mayores consecuencias para sus habitantes. Aun así, la ciudad hizo cara a sus sitiadores. Definitivamente, eran otros tiempos.

Organizar un ejército no era para Leopoldo I tarea fácil. Contaba con la ayuda de Sobieski, cierto, pero no era suficiente. El papa Inocencio IX puso dinero para sufragar los gastos de guerra e intentó atraer a los monarcas europeos sin demasiado éxito. Al fin y al cabo el francés Luis XIV, rey de la gran potencia del momento, estaba encantado con el avance turco contra su enemigo austriaco. Es más, lo apoyaba. Leopoldo podía contar sólo con príncipes alemanes, como los de Sajonia y Baviera, que temían que la caída de Viena pusiera a los turcos a las puertas de sus propios dominios. En total, el ejército de socorro no contaba con más de 80.000 hombres. El mando supremo se entregó a Jan Sobieski.

La elección era muy adecuada. En teoría Leopoldo debería haber sido el comandante en jefe, pero tras huir de la ciudad, no parecía la persona más adecuada para dirigir operaciones militares. Jan Sobieski, sin embargo, debía su posición a su talento militar. Esto requiere una explicación: la monarquía polaca nunca había conseguido afirmarse frente a la nobleza y el rey era elegido por una asamblea de notables (la Dieta), que mantenía todo el poder y se oponía a cualquier reforma que modificara la estructura feudal de la sociedad. La consecuencia fue la debilidad polaca a lo largo del siglo XVII tanto por las querellas internas como por las amenazas exteriores y sólo el peligro de la desaparición de Polonia bajo el empuje sueco, ruso y turco llevó a la elección del competente mariscal Sobieski como rey en 1674, tras haber derrotado a los turcos en una batalla el año anterior.

Volviendo a la batalla de Viena, ésta fue más que una carga de caballería. Kará Mustafá, con Viena a punto de caer y un ejército de socorro asomando, decidió intentar el asalto definitivo a la población a la vez que plantaba cara a los recién llegados. Al iniciar las acciones contra el ejército imperial en la madrugada del día 12, consiguió crear una cierta confusión, pero el desorden acabó por implicar a todos los combatientes y la suerte de la batalla estaba aún en el aire cuando apareció la caballería polaca, ya al caer la tarde. Se lo tomaron con calma hasta que aparecieron, pero su intervención fue decisiva.

En cuanto a los húsares alados, hay mucho que no sabemos sobre ellos y no hay imágenes contemporáneas (la de la izquierda es una idealización de finales del siglo XIX o principios del XX). Era un cuerpo de élite de la nobleza polaca y según las descripciones, ciertamente parecían príncipes. Los arreos de sus caballos refulgían como el oro, tenían incrustadas piedras preciosas y los jinetes se adornaban con pieles de leopardo además de las famosas alas, que debían de ir sujetas a la silla o a la espalda del jinete. Pero es casi seguro que esta descripción se refiere a su aspecto ceremonial porque nadie va a la batalla con una fortuna en joyas. Probablemente, sólo los muy ricos se adornaban así y sólo en contadas ocasiones. Sí es probable que buscaran que armas y arreos refulgieran para impresionar al enemigo.

El arma principal de los húsares alados era la lanza larga, de cinco metros e incluso más. Era un arma de un solo uso, puesto que se rompía en el choque, pero con ella los húsares podían enfrentarse incluso a la infantería armada con picas. Tras romper la lanza usaban otras armas: sables, mazas, hachas, pistolas o carabinas. Nadie sabe si las alas se vestían en combate o no. Es posible que fuera así, puesto que podían servir para atemorizar al enemigo y espantar a sus caballos. Si los primeros nativos americanos que vieron jinetes pensaron al principio que hombres y caballos eran un único ser monstruoso, ¿por qué no iban a preguntarse los jenízaros turcos qué extraños seres eran aquellos jinetes alados a los que tenían que enfrentarse?

La carga de la caballería polaca, que efectivamente fue la mayor carga de caballería de la Historia, puso fin a la batalla. Kará Mustafá tuvo que reconocer su fracaso y eso era peligroso en la corte otomana. El poderoso gran visir dejó de serlo y fue ejecutado el día de Navidad de aquel mismo año. Jan Sobieski sigue siendo reconocido como un gran jefe militar pero sus éxitos en el campo de batalla no bastaron para reformar su reino, que siguió debilitándose hasta verse desmembrado en el siglo siguiente. Leopoldo I aprovechó la derrota turca para volver las tornas y conseguir el dominio definitivo sobre Hungría, reconocido por el sultán turco en la Paz de Karlowitz (1699). Fue el epílogo de una historia que durante dos meses hizo que el destino de Europa estuviera pendiente de un delgadísimo hilo. Hasta que 18.000 jinetes lo encauzaron en el último segundo.

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El día en que ocurrió lo impensable

15 lunes Jun 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Atenas, Cleón, Esfacteria, Grecia, Guerra del Peloponeso, Historia

Va a hacer tres meses que hice una promesa y va siendo hora de cumplirla. Al final del artículo La epidemia que venció a Pericles, conté que el cambio de estrategia ateniense durante la guerra del Peloponeso dio origen a que ocurriera lo impensable y prometí explicar a qué me refería. Quien esté familiarizado con ese periodo de la Historia no necesita muchas explicaciones, pero sospecho que algún lector debe de estar dándole vueltas al enigma y preguntándose si no voy a dar la respuesta nunca. Dado que me gusta cuidar de mis lectores (son pocos, sí, pero selectos) no puedo dejar a ninguno de ellos con la duda.

Decíamos en aquel artículo que Pericles había propuesto una estrategia peculiar en su enfrentamiento con Esparta: nada de buscar batallas en campo abierto, donde los espartanos eran superiores. Los atenienses, parapetados tras los Muros Largos, podían permanecer a salvo en su ciudad mientras la flota aseguraba el abastecimiento. Pero la epidemia hizo mella en Atenas, Pericles murió y las cosas empezaron a cambiar. Fue el momento de uno de los grandes enemigos políticos de Pericles: Cleón.

Cleón ha sido a menudo impopular entre los historiadores. Como siempre, hemos de recordar que lo que sabemos de él es lo que nos han contado autores como Tucídides, que no parecían tenerle simpatía. Ciertamente es difícil tenérsela si nos atenemos al retrato que de él se hace. Cleón era un político extremista y demagogo, de los que no buscan hablar al cerebro sino revolver las tripas y agitar a las masas. En política era lo que hoy llamaríamos un halcón. Un buen ejemplo es su posición ante la rebelión de Lesbos contra el dominio ateniense: Cleón propuso matar a todos los hombres adultos de Mitilene, la principal ciudad de la isla, y vender como esclavos a las mujeres y los niños. Por cierto, su moción se aprobó, pero 24 horas después los atenienses lo pensaron mejor y tuvieron que enviar un barco a toda prisa, contra el criterio de Cleón, para que alcanzara al que ya había zarpado para llevar la sentencia.

En la primavera del año 425 a.C. la guerra contra Esparta seguía más o menos con la misma tónica de los años anteriores: Esparta se dedicaba a arrasar el Ática en una campaña terrestre mientras Atenas se limitaba a operaciones navales. Pero Atenas era cada vez menos pasiva y buscaba hacer un daño cada vez mayor a Esparta y sus aliados. En una de esas ocasiones, el general ateniense Demóstenes acertó a darle a Esparta en donde dolía, quizás por casualidad.

Tucídides dice que el desembarco de una flota ateniense cerca de Pilos fue forzado por una tormenta y que Demóstenes aprovechó que el mal tiempo obligaba a sus hombres a permanecer en tierra para fortificar aquella posición. La tormenta le vino de perilla a Demóstenes, porque él ya tenía el plan trazado de antemano, pero no había conseguido el apoyo de los otros generales. Cuando vio que el mal tiempo les obligaba a desembarcar precisamente allí, Demóstenes debió de pensar que todos los dioses del Olimpo se habían puesto de su parte.En la fotografía de satélite que está encima de estas líneas, he marcado con un círculo rojo la zona en la que se produjo el desembarco. Mientras las tropas espartanas se dedicaban a arrasar el territorio de Atenas en el Ática, Demóstenes y su flota desembarcaban a apenas 100 Km. al oeste de Esparta, en el lugar más adecuado para instalar una base. Veamos una foto más detallada:

En la imagen vemos una bahía, que actualmente se llama bahía de Navarino, aparentemente bloqueada por una península que no es tal sino una isla llamada Esfacteria. La isla está situada tan cerca del continente que, según Tucídides, por el estrecho que separa ambas partes de tierra apenas podrían navegar dos trirremes. La flota ateniense debió de desembarcar en la playa delimitada por dos flechas rojas en la imagen y el campamento ateniense debío de estar en el lugar marcado con un circulito rojo. La zona era muy fácil de defender, con el mar a la espalda y, cerrando el paso por tierra, defensas naturales que fueron conveniente reforzadas aprovechando que la madera y la piedra eran abundantes. La bahía de Navarino era además el mejor puerto natural en la costa oeste del Peloponeso y por si eso fuera poco, el lugar estaba en la región de Mesenia, cuyos habitantes, reducidos a la condición de ilotas tras ser sometidos por Esparta, tenían motivos de sobra para rebelarse o intentar huir.

Cuando la flota pudo por fin hacerse a la mar, Demóstenes se quedó en el flamante fuerte al mando de cinco barcos y una pequeña guarnición. Cuando las noticias llegaron al ejército espartano, que estaba como de costumbre arrasando el Ática, el rey Agis regresó de inmediato. Un puesto enemigo en Mesenia era un peligro enorme, pero al menos no parecía difícil de conjurar: la plaza, pensaba Agis, no resistiría un ataque combinado por tierra y mar y en el peor de los casos, podría ser sometida a asedio y tendría que rendirse por hambre. Los espartanos decidieron enviar un contingente de 420 hombres a Esfacteria, quizás para asegurarse de que nadie desembarcaba allí.

El ataque a la posición ateniense no se hizo esperar, pero fue un desastre. Demóstenes supo organizar la defensa y los espartanos se vieron incapaces de tomar la posición. Peor aún, tras fracasar en el asalto tuvieron que entablar una batalla naval contra una flota de refuerzo de 50 trirremes atenienses. La flota espartana era ligeramente superior en número, pero tenía tan pocas oportunidades de vencer en el mar a los atenienses como éstos habrían tenido de triunfar en una batalla terrestre en campo abierto. El resultado fue una victoria ateniense que dejaba a 420 espartanos aislados en Esfacteria, de los cuales al menos 180 eran espartiatas: la flor y nata de la sociedad espartana. Parecen pocos, pero eran una parte considerable, y muy difícil de reemplazar, de su ejército. Esparta pidió inmediatamente una tregua para intentar rescatarlos.

Atenas aceptó, pero impuso unas condiciones draconianas: permitirían aprovisionar a los espartanos de Esfacteria, pero obligaban a entregar la flota espartana como muestra de buena fe. Los barcos serían devueltos al final de las negociaciones. Siempre y cuando tuvieran éxito, claro. Esparta debía de estar desesperada para aceptar aquella cláusula porque para Atenas sería fácil romper las conversaciones y quedarse con los barcos… que es exactamente lo que hicieron. Rota la tregua, los hombres de Esfacteria tenían un gran problema, pero Esparta ofreció la libertad a los ilotas que llevaran provisiones a la isla y recompensas generosas en el caso de los hombres libres. Al amparo de la noche, pequeñas embarcaciones conseguían burlar el bloqueo.

Los espartanos de Esfacteria tenían problemas, pero los hombres del fuerte ateniense no estaban mucho mejor: ellos también dependían de los suministros que llegaran por mar, pero cuando se acercara el invierno el aprovisionamiento sería impracticable. ¿Qué hacer? En Atenas empezó a crecer el temor de que hubiese que levantar el campo, y permitir que los espartanos escapasen, y con el temor creció el resentimiento contra Cleón, que había impedido llegar a un acuerdo.

Y así llegamos a la tumultuosa asamblea en la que Cleón, acorralado, acusó a Nicias y otros generales de no ser lo bastante hombres para desembarcar en Esfacteria y poner fin al problema. Alguien dijo que Cleón debería hacerlo él mismo, Nicias vio la oportunidad y anunció que le cedería el mando gustoso. Hay algunos puntos oscuros en la narración de Tucídides, pero el resultado es tan claro como el agua: Cleón se encontró con que le enviaban a resolver el problema de Esfacteria manu militari y, puestos a fanfarronear, se despidió prometiendo una solución en 20 días. Según Tucídides, los atenienses más sensatos respiraron aliviados: si Cleón triunfaba en Esfacteria se libraban del problema de los espartanos y si fracasaba se libraban de Cleón. Todo eran ventajas.

Contra todo pronóstico, Cleón triunfó. Probablemente Demóstenes ya tenía trazado el plan: los espartanos se agrupaban en el centro de la isla, para proteger la única fuente de agua potable y dejaban poca vigilancia en los posibles puntos de desembarco. Los atenienses lograron establecer cabezas de playa una noche y al amanecer desembarcaban con 800 hoplitas, otros tantos arqueros y 2.000 hombres de infantería ligera. En una batalla tradicional, resuelta con un choque entre hoplitas, los espartanos tenían las de ganar, pero cuando la infantería ligera tomó posiciones en las zonas altas y se dedicó a hostigar a los espartanos a distancia, éstos, con su pesado equipo, se vieron impotentes para responder. Tuvieron que retirarse hacia el norte de la isla, sufriendo un lento goteo de bajas, pero eso les alejaba de su única fuente de agua.

La situación era desesperada cuando Cleón y Demóstenes, conscientes de que los espartanos valían más como rehenes vivos que como cadáveres, les ofrecieron rendirse. El comandante espartano (que al iniciarse la batalla era el tercero al mando, los dos anteriores habían muerto) pidió permiso para enviar un heraldo a Esparta y consultar. La respuesta fue que tomaran la decisión que quisieran siempre que no fuera deshonrosa. Entonces fue cuando ocurrió lo impensable, algo inaudito, lo nunca visto: los espartanos supervivientes, unos 200, se rindieron.

Atenas sacó ventaja de la situación: en adelante Esparta no podría invadir el Ática so pena de ver a los rehenes ejecutados, lo que era un alivio para todos aquellos que veían su tierra arrasada año tras año. Cleón, por supuesto, se convirtió en un héroe nacional y siguió impulsando una política belicosa hasta su muerte, que ocurrió en el campo de batalla de Anfípolis tres años más tarde. Al parecer le había cogido el gusto a los combates. Con la desaparición del principal defensor de la política de guerra, se pudieron iniciar unas conversaciones de paz más prometedoras que las de tres años atrás. Al año siguiente, 421 a.C, llegó la paz y con ella  el fin del cautiverio de los rehenes de Esfacteria. No fue una paz duradera: en el 413 a.C. las hostilidades se reanudaban.

En su momento, el impacto de los sucesos de Esfacteria en el mundo griego fue tremendo. Los espartanos eran conocidos ante todo porque no se rendían nunca. Las madres espartanas despedían a sus hijos cuando partían a la guerra recordándoles que debían volver con el escudo (era muy pesado y arrojarlo era lo primero que se hacía para huir del combate) o sobre el escudo (puesto que así se transportaba a los cadáveres). Vencer o morir, así de simple. A un espartano no le estaba permitido rehuir la muerte en combate. Un guerrero espartano que no llegó a tiempo de participar en las Termópilas se suicidó para compartir el destino de sus 300 camaradas. Ése era el espíritu de Esparta. Derrotar a un contingente espartano era difícil, pero se podía conseguir. Lo que no se podía conseguir era que capitularan voluntariamente. Hasta aquel día.

 

 

 

 

 

 

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Hambre, bulos y un reportero llamado Jones

24 viernes Abr 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Holodomor, Periodismo, Siglo XX, Ucrania, Unión Soviética

No cabe duda de que el periodismo, si es incisivo, trae polémica. Hace unos días, en mitad de la crisis del coronavirus, hubo críticas a la portada del periódico El Mundo en la que se mostraban docenas de ataúdes en el improvisado depósito de cadáveres del Palacio de Hielo de Madrid, aunque curiosamente, la fotografía de una fosa común en Nueva York no causó ninguna polémica; será por la distancia. Si para los afines al gobierno la representación gráfica del coste en vidas del nuevo virus es intolerable, para sus críticos lo inadmisible es que el gobierno subvencione a medios de comunicación para compensar su pérdida de ingresos. Propaganda usando el dolor humano, claman los unos; dinero público para convertir a los medios de comunicación en órganos de propaganda, responden los otros.

Yo, como de costumbre, no puedo dejar de acordarme de situaciones similares. Hace cosa de 90 años también hubo una gran catástrofe, aunque no fue una epidemia sino una hambruna, y también hubo noticias polémicas, encubrimiento y propaganda. Es una historia que merece contarse. Es la historia de una catástrofe conocida como holodomor y de un reportero llamado Gareth Jones.

La revolución rusa de 1917 significó la llegada del hambre para Ucrania. Durante la guerra civil y la guerra ruso-polaca subsiguientes abundaron las requisas de grano ordenadas por Lenin para abastecer al Ejército Rojo. Ucrania no fue la única república que padeció estas requisas, pero al tratarse de la región agrícola por excelencia, las consecuencias fueron especialmente agudas en su territorio. Fue entonces cuando los bolcheviques, con su rígido esquema de interpretación del mundo a través de clases, desarrollaron una escala para los campesinos. Aquél que tenía una posición desahogada era un kulak, quien iba tirando un seredniak y el que era pobre un bedniak. No importaba la forma en que cada uno había mejorado o empeorado su posición social, puesto que la clasificación no era económica sino política. Se trataba de crear una etiqueta que sirviera para justificar la agresión contra su portador. Posiblemente por eso la palabra kulak, la que servía para identificar al supuesto enemigo de clase, es la única de las tres que sobrevivió en el vocabulario soviético.

Las requisas fueron tan lejos como para alcanzar incluso el grano reservado para sembrar, y la consecuencia natural fue una hambruna generalizada en 1920 y 1921. A los estragos provocados directa o indirectamente por la guerra y la revolución se sumó el mal tiempo: si durante la época zarista las 20 provincias más productivas generaban en total 20 millones de toneladas de grano, la cantidad se redujo a algo menos de 8 millones y medio de toneladas en 1920 y apenas 3 millones de toneladas en 1921. Al no quedar excedentes de años anteriores tras la incautación por el Estado, la situación pasó de dramática a catastrófica. A finales de 1921 Lenin seguía ordenando que se requisara todo el grano disponible y que se utilizaran métodos contundentes, como la toma de 15 o 20 rehenes por poblado, que debían ser fusilados como enemigos del Estado en caso de que no se entregara la cantidad de grano exigida.

Finalmente la realidad se impuso, el gobierno soviético apeló a la comunidad internacional y la ayuda extranjera empezó a llegar en 1921. Más adelante la política de Lenin viró hacia una cierta apertura económica y el fantasma del hambre se desvaneció. Parecía que la situación se había estabilizado, pero se trataba de una tregua temporal porque el campesino soviético se encontraba atrapado en una contradicción permanente: si un granjero conseguía que su producción aumentara, como exigía el Estado, también mejoraba su situación económica, pero entonces pasaba a ser considerado un kulak.

Stalin, tras acceder al poder una vez muerto Lenin, ideó una aparente solución: bastaba con que a los campesinos se les quitara su tierra, que pasaría a organizarse en granjas estatales llamadas koljoses. Se envió a miles de jóvenes activistas del partido a los pueblos para evangelizar a los campesinos y animarles a que se integraran en el sistema, pero aquellos muchachos de ciudad tuvieron poco éxito en el mundo rural. Sin embargo, su desconcierto ante la negativa a abandonar sus propiedades hallaba una salida dialéctica: ¿quién podía oponerse a ceder su granja al Estado para unirse a un koljós? Solamente un kulak. Se dio carta blanca para acabar con ellos y pronto empezaron los abusos, amenazas, agresiones, violaciones, deportaciones… Todo en pro de conseguir lo que debía ser uno de los grandes logros del primer plan quinquenal: la colectivización de la tierra.

La resistencia era cada vez mayor: quien podía huía hacia el oeste, a Polonia, o al menos lo intentaba; aparecieron grupos de campesinos armados dispuestos a responder a la violencia con más violencia y la situación llegó a ser tan preocupante que Stalin frenó la colectivización y se justificó en un artículo titulado “Embriagados por el éxito”, que se publicó en marzo de 1930 y que glosaba los grandes logros de la colectivización, pero también reconocía la existencia de algunos problemas debidos al exceso de entusiasmo. Era demasiado tarde: la revuelta se extendía ya por toda Ucrania. Stalin recurrió a su característica política de deportaciones, arrestos y ejecuciones hasta que la rebelión quedó bajo control.

Entretanto, el verano de 1930 fue muy favorable para la cosecha, de manera que se estimó que se podía aumentar la exportación de grano, una importante fuente de divisas, a la vez que se volvía a la colectivización de la tierra. La confusión creada por el nuevo impulso colectivizador y una meteorología menos favorable hicieron el resto: era imposible cumplir con los objetivos de producción, pero eso no iba a impedir que se recogiera el grano previsto.

Las requisas de grano volvieron con mayor crudeza, si cabe. Stalin, con su típico enfoque paranoico, enfocaba los estragos de la hambruna como actos de sabotaje provocados por traidores infiltrados en el partido, espías polacos o los propios hambrientos, que saboteaban los designios del partido muriendo de inanición. En el verano de 1932 entró en vigor una ley contra el robo de propiedad estatal que se utilizó para penar con la muerte cualquier recolección no autorizada. Si un hambriento intentaba recoger una patata se arriesgaba a una muerte inmediata.

Los brigadistas del partido se dedicaron a recorrer los pueblos, registrando minuciosamente cada casa, para apropiarse de todo lo que fuera comestible. Llegó un momento en el que el mero hecho de estar vivo era sospechoso porque indicaba que de alguna forma se había conseguido esconder algo de alimento. La bajeza característica de quienes se encuentran con un poder absoluto sobre sus semejantes no tardó en aparecer, por lo que abundan los relatos de brigadistas que destruían los escasos comestibles existentes cuando no merecía la pena llevárselos.

Los que podían huían a las ciudades, pero a partir de enero de 1933 se hizo obligatorio tener un permiso para residir en ellas y se prohibió la venta de billetes de ferrocarril a los campesinos. En la ciudad, los refugiados, con su aspecto famélico, tenían pocas probabilidades de no ser detectados por la policía y expulsados. Los relatos de los supervivientes de aquellos años sólo pueden calificarse como dantescos: muertes por inanición, canibalismo, locura… la galería de horrores va desde el hombre que mató a sus hijos para que dejaran de sufrir hasta el que se comió a los suyos tras enloquecer por la muerte de su esposa.

La hambruna duró hasta finales de 1933 y se conoce con un término ucraniano: holodomor. Se calcula que se produjeron unos 4 millones de muertes directas por inanición. Por fin, en 1934 el Estado aprobó ayudas para la población ucraniana y comenzó un programa de repoblación. Durante el 17º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, a principios de 1934, Stalin pudo jactarse de haber derrotado a los kulaks.

Es inevitable preguntarse cómo es posible que, en apariencia, nadie viera nada. Los habitantes de las ciudades ucranianas detectaron la aparición de campesinos hambrientos, pero hacer preguntas incómodas significaba cuestionar al Partido, algo que sólo haría un enemigo del Estado. Hubo rumores, claro, pero su propagación traía el riesgo de pasar diez años en un campo de concentración. Y por supuesto la prensa soviética no informó de la hambruna.

Pero ¿tampoco se enteró ningún corresponsal extranjero? Hubo al menos dos casos en que sí lo hicieron. La periodista canadiense Rhea Clyman publicó en un periódico de Toronto un artículo en el que se hablaba de pueblos desiertos tras las oleadas de deportaciones y de la creciente escasez de alimentos. Su expulsión de la URSS en 1932 demostró a los periodistas extranjeros en Moscú lo fácilmente que podían perder su trabajo si husmeaban demasiado.

Más sonado fue el caso de Gareth Jones, un joven galés que se las ingenió para dar esquinazo a las autoridades soviéticas con la excusa de visitar una fábrica de tractores en Ucrania. Durante tres días, Jones anduvo por la Ucrania rural y pudo contar sus vivencias en periódicos influyentes como el New York Evening Post, el Chicago Daily News o el London Evening Standard. En sus artículos, Jones acusaba al plan quinquenal de haber provocado una hambruna generalizada. Pero las palabras de Jones cayeron en el vacío. Los corresponsales extranjeros en Moscú, cuya permanencia en la URSS dependía de la buena voluntad de las autoridades, se apresuraron a desmentir sus palabras. Especialmente activo fue Walter Duranty, corresponsal en Moscú del New York Times desde 1922. Duranty llevaba una vida muy confortable en la capital rusa, y sus artículos sobre los éxitos de la colectivización y el plan quinquenal en la URSS le habían granjeado un premio Pulitzer en 1932. El mismo día en que los lectores del Evening Standard londinense podían leer el artículo de Gareth Jones fotografiado más arriba, el New York Times publicaba la versión de Duranty bajo el título: Los rusos tienen hambre, pero no hay hambruna. En él se atacaba a Jones y se defendía la política de Stalin con toda una muestra de cómo retorcer el lenguaje: No hay hambruna ni muertes por inanición -escribía Duranty- aunque sí existe una extendida mortalidad debida a enfermedades causadas por la malnutrición.

Duranty era una figura mucho más conocida que Jones y logró desprestigiar los artículos del periodista galés. Dos años después, el desacreditado Gareth Jones viajó a China para cubrir las acciones japonesas en Manchukuo, pero fue secuestrado por bandidos junto a un periodista alemán llamado Herbert Mueller que iba con él. El alemán fue liberado, pero dos días después, en la víspera de su 30 cumpleaños, Jones era asesinado. Sabiendo que la empresa que facilitó a los periodistas el vehículo en el que viajaban, la alemana Wostwag, era en realidad una tapadera de la NKVD (los servicios secretos soviéticos) y que el propio Muller tenía lazos con la URSS, se entienden las sospechas de que Gareth Jones fue asesinado por ser un testigo incómodo, como sugería la BBC hace unos años.

Durante décadas, cuando los ucranianos en el exilio hacían declaraciones sobre la hambruna de los años 30, el público en general trataba el relato como una exageración propia de expatriados resentidos alentados por la extrema derecha. En los años 80 las cosas empezaron a cambiar y por primera vez se estudiaron los testimonios desde un punto de vista académico. Al principio la respuesta soviética fue la habitual, negar los hechos y atribuir los estudios a campañas de desinformación. Y entonces, en 1986, precisamente en Ucrania, tuvo lugar el accidente de la central nuclear de Chernobyl.

La respuesta inicial fue una vez más la ocultación de la realidad, pero era imposible negar la evidencia. Había que investigar los hechos a fondo, entender qué había ocurrido y eso requería transparencia, glasnost, que fue el nombre que se le dio a la nueva política. Se trataba de discutir los errores para corregirlos, pero las discusiones fueron tan lejos como para incluir referencias a los hechos de los años 30. Los estudiosos que intentaron desmentirlos usando los archivos recién abiertos comprobaron asombrados que la historia de la hambruna no era, como se había dicho hasta entonces, un bulo creado por los fascistas.

Jones murió desprestigiado mientras que Walter Duranty siguió viviendo en Moscú hasta 1936 y continuó colaborando con el New York Times hasta 1940. Murió en 1957, cuando la gran hambruna de 1932-33 seguía siendo desconocida. En 1990 el New York Times publicó un artículo de opinión en el que se reconocía que Duranty había escrito algunas de los peores muestras de periodismo publicadas en ese periódico. Paralelamente, la figura de Gareth Jones se ha visto reivindicada, como lo demuestra el reciente estreno de la película Mr. Jones, coproducción polaca, ucraniana y británica que se centra en el periodista galés. Sí, la Historia termina por poner a cada uno en su lugar. Lástima que se lo tome con tanta calma.

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