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Hambre, bulos y un reportero llamado Jones

24 viernes Abr 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Holodomor, Periodismo, Siglo XX, Ucrania, Unión Soviética

No cabe duda de que el periodismo, si es incisivo, trae polémica. Hace unos días, en mitad de la crisis del coronavirus, hubo críticas a la portada del periódico El Mundo en la que se mostraban docenas de ataúdes en el improvisado depósito de cadáveres del Palacio de Hielo de Madrid, aunque curiosamente, la fotografía de una fosa común en Nueva York no causó ninguna polémica; será por la distancia. Si para los afines al gobierno la representación gráfica del coste en vidas del nuevo virus es intolerable, para sus críticos lo inadmisible es que el gobierno subvencione a medios de comunicación para compensar su pérdida de ingresos. Propaganda usando el dolor humano, claman los unos; dinero público para convertir a los medios de comunicación en órganos de propaganda, responden los otros.

Yo, como de costumbre, no puedo dejar de acordarme de situaciones similares. Hace cosa de 90 años también hubo una gran catástrofe, aunque no fue una epidemia sino una hambruna, y también hubo noticias polémicas, encubrimiento y propaganda. Es una historia que merece contarse. Es la historia de una catástrofe conocida como holodomor y de un reportero llamado Gareth Jones.

La revolución rusa de 1917 significó la llegada del hambre para Ucrania. Durante la guerra civil y la guerra ruso-polaca subsiguientes abundaron las requisas de grano ordenadas por Lenin para abastecer al Ejército Rojo. Ucrania no fue la única república que padeció estas requisas, pero al tratarse de la región agrícola por excelencia, las consecuencias fueron especialmente agudas en su territorio. Fue entonces cuando los bolcheviques, con su rígido esquema de interpretación del mundo a través de clases, desarrollaron una escala para los campesinos. Aquél que tenía una posición desahogada era un kulak, quien iba tirando un seredniak y el que era pobre un bedniak. No importaba la forma en que cada uno había mejorado o empeorado su posición social, puesto que la clasificación no era económica sino política. Se trataba de crear una etiqueta que sirviera para justificar la agresión contra su portador. Posiblemente por eso la palabra kulak, la que servía para identificar al supuesto enemigo de clase, es la única de las tres que sobrevivió en el vocabulario soviético.

Las requisas fueron tan lejos como para alcanzar incluso el grano reservado para sembrar, y la consecuencia natural fue una hambruna generalizada en 1920 y 1921. A los estragos provocados directa o indirectamente por la guerra y la revolución se sumó el mal tiempo: si durante la época zarista las 20 provincias más productivas generaban en total 20 millones de toneladas de grano, la cantidad se redujo a algo menos de 8 millones y medio de toneladas en 1920 y apenas 3 millones de toneladas en 1921. Al no quedar excedentes de años anteriores tras la incautación por el Estado, la situación pasó de dramática a catastrófica. A finales de 1921 Lenin seguía ordenando que se requisara todo el grano disponible y que se utilizaran métodos contundentes, como la toma de 15 o 20 rehenes por poblado, que debían ser fusilados como enemigos del Estado en caso de que no se entregara la cantidad de grano exigida.

Finalmente la realidad se impuso, el gobierno soviético apeló a la comunidad internacional y la ayuda extranjera empezó a llegar en 1921. Más adelante la política de Lenin viró hacia una cierta apertura económica y el fantasma del hambre se desvaneció. Parecía que la situación se había estabilizado, pero se trataba de una tregua temporal porque el campesino soviético se encontraba atrapado en una contradicción permanente: si un granjero conseguía que su producción aumentara, como exigía el Estado, también mejoraba su situación económica, pero entonces pasaba a ser considerado un kulak.

Stalin, tras acceder al poder una vez muerto Lenin, ideó una aparente solución: bastaba con que a los campesinos se les quitara su tierra, que pasaría a organizarse en granjas estatales llamadas koljoses. Se envió a miles de jóvenes activistas del partido a los pueblos para evangelizar a los campesinos y animarles a que se integraran en el sistema, pero aquellos muchachos de ciudad tuvieron poco éxito en el mundo rural. Sin embargo, su desconcierto ante la negativa a abandonar sus propiedades hallaba una salida dialéctica: ¿quién podía oponerse a ceder su granja al Estado para unirse a un koljós? Solamente un kulak. Se dio carta blanca para acabar con ellos y pronto empezaron los abusos, amenazas, agresiones, violaciones, deportaciones… Todo en pro de conseguir lo que debía ser uno de los grandes logros del primer plan quinquenal: la colectivización de la tierra.

La resistencia era cada vez mayor: quien podía huía hacia el oeste, a Polonia, o al menos lo intentaba; aparecieron grupos de campesinos armados dispuestos a responder a la violencia con más violencia y la situación llegó a ser tan preocupante que Stalin frenó la colectivización y se justificó en un artículo titulado “Embriagados por el éxito”, que se publicó en marzo de 1930 y que glosaba los grandes logros de la colectivización, pero también reconocía la existencia de algunos problemas debidos al exceso de entusiasmo. Era demasiado tarde: la revuelta se extendía ya por toda Ucrania. Stalin recurrió a su característica política de deportaciones, arrestos y ejecuciones hasta que la rebelión quedó bajo control.

Entretanto, el verano de 1930 fue muy favorable para la cosecha, de manera que se estimó que se podía aumentar la exportación de grano, una importante fuente de divisas, a la vez que se volvía a la colectivización de la tierra. La confusión creada por el nuevo impulso colectivizador y una meteorología menos favorable hicieron el resto: era imposible cumplir con los objetivos de producción, pero eso no iba a impedir que se recogiera el grano previsto.

Las requisas de grano volvieron con mayor crudeza, si cabe. Stalin, con su típico enfoque paranoico, enfocaba los estragos de la hambruna como actos de sabotaje provocados por traidores infiltrados en el partido, espías polacos o los propios hambrientos, que saboteaban los designios del partido muriendo de inanición. En el verano de 1932 entró en vigor una ley contra el robo de propiedad estatal que se utilizó para penar con la muerte cualquier recolección no autorizada. Si un hambriento intentaba recoger una patata se arriesgaba a una muerte inmediata.

Los brigadistas del partido se dedicaron a recorrer los pueblos, registrando minuciosamente cada casa, para apropiarse de todo lo que fuera comestible. Llegó un momento en el que el mero hecho de estar vivo era sospechoso porque indicaba que de alguna forma se había conseguido esconder algo de alimento. La bajeza característica de quienes se encuentran con un poder absoluto sobre sus semejantes no tardó en aparecer, por lo que abundan los relatos de brigadistas que destruían los escasos comestibles existentes cuando no merecía la pena llevárselos.

Los que podían huían a las ciudades, pero a partir de enero de 1933 se hizo obligatorio tener un permiso para residir en ellas y se prohibió la venta de billetes de ferrocarril a los campesinos. En la ciudad, los refugiados, con su aspecto famélico, tenían pocas probabilidades de no ser detectados por la policía y expulsados. Los relatos de los supervivientes de aquellos años sólo pueden calificarse como dantescos: muertes por inanición, canibalismo, locura… la galería de horrores va desde el hombre que mató a sus hijos para que dejaran de sufrir hasta el que se comió a los suyos tras enloquecer por la muerte de su esposa.

La hambruna duró hasta finales de 1933 y se conoce con un término ucraniano: holodomor. Se calcula que se produjeron unos 4 millones de muertes directas por inanición. Por fin, en 1934 el Estado aprobó ayudas para la población ucraniana y comenzó un programa de repoblación. Durante el 17º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, a principios de 1934, Stalin pudo jactarse de haber derrotado a los kulaks.

Es inevitable preguntarse cómo es posible que, en apariencia, nadie viera nada. Los habitantes de las ciudades ucranianas detectaron la aparición de campesinos hambrientos, pero hacer preguntas incómodas significaba cuestionar al Partido, algo que sólo haría un enemigo del Estado. Hubo rumores, claro, pero su propagación traía el riesgo de pasar diez años en un campo de concentración. Y por supuesto la prensa soviética no informó de la hambruna.

Pero ¿tampoco se enteró ningún corresponsal extranjero? Hubo al menos dos casos en que sí lo hicieron. La periodista canadiense Rhea Clyman publicó en un periódico de Toronto un artículo en el que se hablaba de pueblos desiertos tras las oleadas de deportaciones y de la creciente escasez de alimentos. Su expulsión de la URSS en 1932 demostró a los periodistas extranjeros en Moscú lo fácilmente que podían perder su trabajo si husmeaban demasiado.

Más sonado fue el caso de Gareth Jones, un joven galés que se las ingenió para dar esquinazo a las autoridades soviéticas con la excusa de visitar una fábrica de tractores en Ucrania. Durante tres días, Jones anduvo por la Ucrania rural y pudo contar sus vivencias en periódicos influyentes como el New York Evening Post, el Chicago Daily News o el London Evening Standard. En sus artículos, Jones acusaba al plan quinquenal de haber provocado una hambruna generalizada. Pero las palabras de Jones cayeron en el vacío. Los corresponsales extranjeros en Moscú, cuya permanencia en la URSS dependía de la buena voluntad de las autoridades, se apresuraron a desmentir sus palabras. Especialmente activo fue Walter Duranty, corresponsal en Moscú del New York Times desde 1922. Duranty llevaba una vida muy confortable en la capital rusa, y sus artículos sobre los éxitos de la colectivización y el plan quinquenal en la URSS le habían granjeado un premio Pulitzer en 1932. El mismo día en que los lectores del Evening Standard londinense podían leer el artículo de Gareth Jones fotografiado más arriba, el New York Times publicaba la versión de Duranty bajo el título: Los rusos tienen hambre, pero no hay hambruna. En él se atacaba a Jones y se defendía la política de Stalin con toda una muestra de cómo retorcer el lenguaje: No hay hambruna ni muertes por inanición -escribía Duranty- aunque sí existe una extendida mortalidad debida a enfermedades causadas por la malnutrición.

Duranty era una figura mucho más conocida que Jones y logró desprestigiar los artículos del periodista galés. Dos años después, el desacreditado Gareth Jones viajó a China para cubrir las acciones japonesas en Manchukuo, pero fue secuestrado por bandidos junto a un periodista alemán llamado Herbert Mueller que iba con él. El alemán fue liberado, pero dos días después, en la víspera de su 30 cumpleaños, Jones era asesinado. Sabiendo que la empresa que facilitó a los periodistas el vehículo en el que viajaban, la alemana Wostwag, era en realidad una tapadera de la NKVD (los servicios secretos soviéticos) y que el propio Muller tenía lazos con la URSS, se entienden las sospechas de que Gareth Jones fue asesinado por ser un testigo incómodo, como sugería la BBC hace unos años.

Durante décadas, cuando los ucranianos en el exilio hacían declaraciones sobre la hambruna de los años 30, el público en general trataba el relato como una exageración propia de expatriados resentidos alentados por la extrema derecha. En los años 80 las cosas empezaron a cambiar y por primera vez se estudiaron los testimonios desde un punto de vista académico. Al principio la respuesta soviética fue la habitual, negar los hechos y atribuir los estudios a campañas de desinformación. Y entonces, en 1986, precisamente en Ucrania, tuvo lugar el accidente de la central nuclear de Chernobyl.

La respuesta inicial fue una vez más la ocultación de la realidad, pero era imposible negar la evidencia. Había que investigar los hechos a fondo, entender qué había ocurrido y eso requería transparencia, glasnost, que fue el nombre que se le dio a la nueva política. Se trataba de discutir los errores para corregirlos, pero las discusiones fueron tan lejos como para incluir referencias a los hechos de los años 30. Los estudiosos que intentaron desmentirlos usando los archivos recién abiertos comprobaron asombrados que la historia de la hambruna no era, como se había dicho hasta entonces, un bulo creado por los fascistas.

Jones murió desprestigiado mientras que Walter Duranty siguió viviendo en Moscú hasta 1936 y continuó colaborando con el New York Times hasta 1940. Murió en 1957, cuando la gran hambruna de 1932-33 seguía siendo desconocida. En 1990 el New York Times publicó un artículo de opinión en el que se reconocía que Duranty había escrito algunas de los peores muestras de periodismo publicadas en ese periódico. Paralelamente, la figura de Gareth Jones se ha visto reivindicada, como lo demuestra el reciente estreno de la película Mr. Jones, coproducción polaca, ucraniana y británica que se centra en el periodista galés. Sí, la Historia termina por poner a cada uno en su lugar. Lástima que se lo tome con tanta calma.

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La epidemia que venció a Pericles

19 jueves Mar 2020

Posted by ibadomar in Historia

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Antigüedad, Atenas, Epidemia, Esparta, Grecia, Guerra del Peloponeso, Historia, Muros largos, Pericles, Salamina

Tenía que pasar tarde o temprano. No hay periodo histórico que esté libre de una gran calamidad omnipresente y llevábamos mucho tiempo sin que apareciera una. Desastres ha habido, sí, pero nada comparable a una crisis generalizada como las dos guerras mundiales del siglo XX, las guerras napoleónicas del XIX, la guerra de sucesión o la guerra de los siete años en el XVIII, la guerra de los 30 años en el XVII… cada época y región tiene su gran calamidad y nos ha llegado la nuestra.

A pesar de todo y mirando con perspectiva, la situación, aun siendo trágica, no es demasiado mala. Se anuncian los primeros ensayos de vacunas y hay noticias sobre tratamientos esperanzadores. Es cierto que pasará tiempo antes de que la epidemia del coronavirus sea un mal recuerdo, pero no durará tanto ni será tan mortífera como la gripe de 1918, por poner un ejemplo. Aun así, supondrá miles de muertos y muchas personas en la ruina.

Pero no hemos venido aquí, a este blog, para hablar del presente. Para eso existen sobradas fuentes de información y análisis. Estamos aquí para contemplar el pasado y, si es posible, aprender de él. No sé si hay enseñanzas que extraer de la peste de Atenas, pero al menos servirá para hacernos ver que hubo plagas peores… y para tener algo de lectura en estos días de cuarentena generalizada.

Pongámonos en situación: Atenas había entrado en guerra con Esparta. Nadie podía saberlo, pero aquella guerra, que empezaba en el año 431 antes de Cristo, iba a prolongarse durante casi 30 años aunque con alguna interrupción, y resultaría especialmente devastadora para el mundo griego en general y para Atenas en particular. Y eso que Atenas se había preparado a conciencia construyendo sus célebres muros largos.

Recordemos que durante las guerras médicas, los persas habían logrado ocupar Atenas. Por aquel entonces ya había diferencias entre los griegos acerca de la estrategia: los espartanos se sentían seguros en el Peloponeso y creían que bastaba con fortificar el istmo de Corinto y retirarse detrás, pero eso suponía dejar indefensa la ciudad de Atenas. Los atenienses siempre confiaron en su flota, y tras Salamina tenían muy buenas razones para hacerlo. Para completar su defensa decidieron hacer inexpugnable su ciudad. Esparta se oponía fieramente a esa opción, pero Atenas presentó los hechos consumados: los llamados muros largos convertían a la ciudad en un bastión inatacable.

Imagen tomada de Wikipedia

La imagen muestra la disposición de los muros largos, que no sólo defendían la ciudad, sino que incluían el puerto de El Pireo, que estaba a unos 6 Km de distancia. En el mundo antiguo, la poliorcética, que es la técnica de tomar posiciones amuralladas, estaba apenas desarrollada, por lo que la mejor manera de enfrentarse a una ciudad bien defendida era sitiarla, arrasar las cosechas y esperar que el hambre hiciera el resto. Si los asediados querían impedirlo tenían que salir de la ciudad y presentar batalla. Ahí llevaba ventaja Esparta, con la infantería más poderosa de la época.

Pero Atenas, con su poderosa flota, podía reírse de los asedios. La ciudad controlaba las rutas marinas hasta el Ponto Euxino (el Mar Negro), y por tanto el acceso a las fértiles tierras de lo que hoy es Ucrania, que eran, y siguen siendo, el granero de Europa. Los muros impedían tomar la ciudad al asalto y la flota aseguraba que no habría hambre. Atenas podía dormir tranquila por mucho que los espartanos estuvieran a sus puertas.

Al empezar la guerra, Pericles trazó una estrategia muy conservadora. Como era de esperar, los espartanos invadieron el Ática, llegaron a los pies de Atenas, arrasaron las cosechas… y nada más. Atenas no presentó batalla para impedirlo. Lo que sí hizo fue enviar una flota que fue recorriendo el Peloponeso para ir arrasando zonas costeras: “tú destruyes mis cosechas con tu ejército, yo destruyo las tuyas con mi armada y veremos quién se cansa antes”. Sabiendo que Atenas tenía el suministro asegurado, era cuestión de esperar.

Pero la espera podía ser muy frustrante para los atenienses, que habrían preferido ver derrotado claramente al enemigo. Aún así, Pericles se mantuvo firme y quizás su estrategia habría triunfado de no ser porque a la población que normalmente vivía intramuros se le había sumado la de los campos de alrededor. Pero entonces hizo su aparición la enfermedad. Puede que no fuera causada por el hacinamiento prolongado, pero las condiciones eran perfectas para que se convirtiera en una epidemia. Tucídides, que sufrió en sus propias carnes la enfermedad, nos cuenta los detalles:

Comenzó (…) por Etiopía, (…) luego bajó a Egipto y Libia (…). A Atenas llegó de un modo inesperado y atacó primero a las personas del Pireo (…). 

Prosigue el relato con una descripción de los síntomas, del problema de los contagios y del hacinamiento, y nos cuenta la anarquía que reinó al generalizarse la creencia de que

nadie viviría hasta el juicio para pagar por sus delitos (…)

No sabemos qué enfermedad en concreto fue la causante de aquella epidemia. Algunos creen que pudo ser el tifus, otros que las fiebres tifoideas, e incluso hay quien cree que pudo ser algo parecido al ébola, pero nadie tiene una respuesta irrefutable y me temo que nos quedaremos con la duda. Lo que sí sabemos son las consecuencias, entre ellas una gran incertidumbre, porque entre las víctimas de la epidemia estuvo el mismísimo Pericles, el hombre que había dominado la política ateniense de tal manera que el siglo V antes de Cristo se conoce con el nombre de Siglo de Pericles.

Con él sucumbió su estrategia, que dio paso a una acción más agresiva. Curiosamente, y en contra de lo que se podría prever, este cambio dio resultados bastante buenos para Atenas puesto que llevó a que ocurriera lo impensable en Esfacteria. ¿Y qué pasó allí? Siento dejaros con la miel en los labios, pero eso os lo contaré en otro artículo, que tenemos aún mucha cuarentena por delante. Hasta entonces, cuidaos mucho y no salgáis a la calle.

 

 

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Tecnología, misiles y Top Gun

06 jueves Feb 2020

Posted by ibadomar in Aviación, Historia, Técnica

≈ 4 comentarios

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Aviación, Cohete, Georges Guynemer, Guerra Fría, Historia, MiG 15, Phantom, Sabre, Siglo XX, Técnica, Tecnología

Mis lectores habituales saben que si no escribo con más regularidad es en buena medida porque siempre estoy involucrado en algo, y el año pasado fue realmente movido para mí con todo tipo de eventos y proyectos. Ya estamos en 2020 y me temo que promete traer tanto ajetreo como el 2019. Claro que por prometer, hasta promete traer la segunda parte de Top Gun, con sus aviones, sus misiles y… un momento, un momento. Aviones, misiles, Top Gun, proyectos en los que estoy involucrado… si esto no da para un artículo, cierro el blog. A ver si sale:

Decía que estoy metido en mil proyectos y más de uno está relacionado con novedades tecnológicas que prometen cambiar la forma en que se lleva a cabo mi trabajo, el control aéreo. Siempre pasa igual con la nueva tecnología. A principios de los años 70, por ejemplo, se desarrolló el Concorde y todo el mundo estaba convencido de que el futuro del transporte aéreo estaba en el vuelo supersónico. Y todo el mundo se equivocaba: 50 años después el transporte aéreo comercial sigue siendo subsónico, con algunos proyectos para retomar los vuelos a velocidad superior a la del sonido. De momento no hay ni un solo prototipo, que yo sepa, así que va para largo.

Hay muchos más casos: el libro electrónico sigue sin desplazar al papel, los coches con caja de cambios manual siguen siendo mayoría, al menos fuera de América, y las videollamadas son técnicamente posibles, pero siguen sin ser la primera opción en comunicación. El autor del dibujo adjunto acertó al representar a dos personas sentadas a la misma mesa que mantienen conversaciones separadas en sus teléfonos portátiles sin hablar entre ellas, pero ¿quién le iba a decir que en el futuro esas personas preferirían enviar mensajes de texto con un teclado diminuto?

El futuro de la telefonía visto en los años 30. No he sido capaz de encontrar el autor.

Hay quien ha estudiado el fenómeno de la aparición de una nueva tecnología y lo ha representado en la siguiente gráfica, en la que se ve que al surgir una novedad el interés crece exponencialmente, parece que va a servir para todo, no deja de hablarse de ella… y de pronto cae en el olvido con tanta rapidez como surgió. ¿Olvido he dicho? En realidad, no es para tanto. Simplemente, la burbuja de las expectativas exageradas pincha, desaparece el entusiasmo y llega la hora del realismo: la nueva tecnología no es la panacea que se esperaba, pero sí tiene utilidad. Vuelve el crecimiento, aunque más gradual y al final se estabiliza en forma de tecnología consolidada.

Imagen tomada de Wikipedia

¿Y qué tiene todo esto que ver con los misiles aire-aire? Había prometido hablar de ellos, ¿verdad? Bueno, pues también ellos tuvieron su momento de expectativas exageradas. Recordemos que en el origen de la guerra aérea el problema era el de disparar muchas veces para aumentar la probabilidad de dar en el blanco, lo que favoreció el uso de la ametralladora, pero ya Guynemer había hecho el experimento de instalar un cañón de 37 mm en su avión. El mayor calibre y el uso de un proyectil explosivo facilitaban el derribo incluso con un único impacto. Durante la Segunda Guerra Mundial los cañones (normalmente de 20 o 30 mm) convivieron con las ametralladoras. Los cohetes también se emplearon en ocasiones, pero sin ningún sistema de dirección.

Esto seguía siendo así a principios de la década de los 50, durante la guerra de Corea, en la que los aviones de caza a reacción, como el F86 Sabre norteamericano y el MiG 15 soviético, relegaron definitivamente a los de hélice. Los motores eran diferentes, sí, pero en cuanto a armamento seguían utilizando los mismos cañones y ametralladoras que se empleaban en la Segunda Guerra Mundial. No obstante, antes de que terminara la década aparecerían los primeros misiles.

Un Sabre y un MiG 15

En general los misiles aire-aire suelen utilizar un guiado por infrarrojos o radar de tipo semiactivo. En el primer caso, el misil busca una fuente de calor (la tobera del avión enemigo) y en el segundo tiene un receptor de radar, pero depende de la emisión del avión atacante, que se refleja en el blanco y es captada por el misil. Los primeros misiles no eran demasiado fiables: los que buscaban el calor de la tobera se despistaban con el sol, por ejemplo. Y sin embargo, eran el futuro. ¿Quién iba a montar un anticuado cañón de tiro rápido en un avión pudiendo usar el último grito de la técnica? Por eso, las primeras versiones de un avión mítico, como el F4 Phantom II, incluían misiles en su armamento, pero no cañones.

Pero durante la guerra de Vietnam resultó que los pilotos americanos y sus misiles se veían en dificultades ante sus adversarios, que los misiles no eran fiables y que el combate aéreo siempre tenía lugar a corta distancia porque se requería identificación visual del adversario para evitar errores. En esas circunstancias un cañón era la solución perfecta para complementar a los misiles, pero el Phantom sólo podía llevarlo montado en un soporte externo, lo que llevaba a poca precisión y mayor esfuerzo en la estructura del avión. La solución fue montar un cañón interno de 20 mm en la versión F4E.

El viejo y fiable sistema tenía que volver a utilizarse cuando ya había sido desechado. ¡Las vueltas que da la vida! Hoy en día los misiles son mucho más fiables, pero los aviones de combate siguen empleando cañones. Las especificaciones de los últimos modelos, como el F35 o el F22 así lo demuestran. El producto nuevo ha alcanzado su madurez, pero no ha llegado a desplazar completamente al sistema anterior.

Prometí hablar de tecnologías novedosas, de misiles y de Top Gun y dije que si no conseguía meterlo todo en un artículo cerraría el blog. He cumplido casi todo, pero ¿qué pinta Top Gun aquí? Pues bien: cuando la experiencia en Vietnam demostró que en el combate aéreo seguía siendo primordial la maniobrabilidad y la técnica de pilotaje, la marina norteamericana decidió hacer un curso para formar a sus pilotos en las técnicas de combate a corta distancia. Se fundó así la Fighter Weapons School, pero el curso pasó a ser conocido popularmente como Top Gun. Años después, este curso dio título a una película en la que el argumento era excusa para ver aviones y muchos años más tarde me vendría de perlas para darle un título a este artículo. ¡Prueba superada! Tenemos Gelves para rato.

 

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