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La reforma fiscal como paso previo a la revolución

23 lunes Ene 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Edad Moderna, Fiscalidad, Historia, Revolución, Revolución americana, Revolución francesa, Siglo XVIII

Hay quien cree que la crisis actual es mucho más que una depresión económica y que se trata en realidad de la crisis definitiva de un modelo de sociedad que se acerca a su final. Lo que surja está por ver, pero en estos análisis suele aparecer la palabra neofeudalismo, aunque a veces también aparece el término revolución. Solemos pensar que la Historia se mueve a impulsos de la política, pero ya Marx la analizaba en clave económica y, si aceptamos su tesis de que las razones profundas de los cambios históricos se hallan en la economía, no es descabellado pensar que la crisis financiera podría ser la chispa que hiciera estallar la sociedad actual. Pero si aceptamos esta posibilidad habremos de pensar que también debieron de existir razones económicas en la crisis que llevó al fin del Antiguo Régimen y dio origen al mundo contemporáneo. Si nuestras raíces proceden de las revoluciones de finales del siglo XVIII ¿tuvieron estas revoluciones una causa económica que sirviera de detonador?

El chispazo de salida de la independencia americana lo dio algo tan aparentemente trivial como una subida de impuestos consecuencia de la crisis económica. Entre las muchas guerras que salpicaron el siglo XVIII ocupa un lugar destacado la Guerra de los Siete Años, que involucró a toda Europa, y también a sus colonias americanas, por lo que podríamos hablar de una auténtica guerra mundial. Pero lo que nos interesa aquí no son las hostilidades sino sus consecuencias, en concreto el problema que para Inglaterra suponía la deuda acumulada a raíz de la contienda y que obligaba a un gasto que se unía a la necesidad de defender sus colonias americanas de un posible ataque francés o español. La solución fue imponer tasas sobre determinados bienes de consumo en las colonias.

Los nuevos impuestos fueron muy mal recibidos, quizás no tanto por su impacto económico como por el hecho de que eran, efectivamente, impuestos ya que los colonos no tenían representación en el Parlamento británico. La respuesta fue el boicot a las mercancías inglesas y el inicio de una etapa de tensión entre las colonias inglesas y su metrópoli. Cuando en 1773 la Corona concedió a la Compañía inglesa de las Indias el monopolio del comercio del té en las colonias, los colonos fueron más allá del boicot y asaltaron los barcos atracados en Boston para destruir su cargamento de té. La escalada prosiguió con las denominadas «leyes intolerables» que, entre otras cosas, clausuraban el puerto de Boston e impedían las asambleas municipales en Massachusetts a no ser que contaran con permiso previo. La respuesta fue un Congreso Continental de los representantes de los colonos en 1774. El segundo Congreso, un año después ya acordó la formación de un ejército y el tercer Congreso adoptó la declaración de independencia. Por aquel entonces los principios de la filosofía de la Ilustración ya servían como guía del movimiento independentista y daban sustrato ideológico a su causa. Tras la correspondiente guerra, Inglaterra reconoció la independencia americana en el Tratado de París de 1783. Como curiosidad hay que decir que la revolución no surgió de las clases desfavorecidas, sino de los notables de la sociedad.

Europa había prestado a América los principios ilustrados para justificar la revolución… y ésta regresó como un bumerán cuando a la mala situación económica francesa se sumó, ironías de la Historia, el coste de la ayuda que Francia había prestado a los independentistas americanos. Al ser imposible superar el déficit fiscal era necesario recurrir a nuevos impuestos e incluso a una reforma fiscal que incluyera contribuciones de los estamentos privilegiados, ya que era prácticamente imposible exprimir más aún a los contribuyentes del denominado Tercer Estado. Hay que reseñar que hasta entonces la carga fiscal dejaba exentos a nobleza y clero como muy gráficamente nos muestra la imagen de la derecha, tomada de Wikipedia, en la que el Tercer Estado soporta el peso de un clérigo y un noble. Como era de esperar, la Asamblea de Notables se opuso a la reforma fiscal por lo que, para desbloquear la situación, se terminó por acudir a la convocatoria de una Asamblea Nacional, los Estados Generales, que no se convocaba desde 1614. Este hecho marca el inicio de lo que sería la Revolución Francesa, cuyo desarrollo es demasiado complejo para esbozarlo en un artículo corto como éste. Baste decir que si los estamentos exentos de contribución y la Corona hubiesen sabido las consecuencias de la convocatoria habrían preferido llegar a un acuerdo fiscal.

Podemos trazar un paralelismo entre las dos revoluciones. En ambos casos tenemos a los notables de la población oponiéndose a una subida de impuestos y en ambos casos supuso el que una sociedad se sacudiera una monarquía contra la que en principio no estaba dirigida la revuelta. La filosofía ilustrada, por su parte, prestaría el contenido ideológico capaz de articular la revolución y de dar forma al nuevo proyecto social, pero fue la crisis económica la chispa que prendió ambos incendios. El Antiguo Régimen era un sistema caduco, cierto, pero no cayó porque se impusiera racionalmente la necesidad de reformarlo sino porque llegó un momento en que era económicamente insostenible.

Y ahora volvamos a nuestros días, en los que la situación del erario es ruinosa y en la que se suben impuestos para compensar la ruina fiscal. ¿Veremos una nueva revolución? Si nos atenemos a los antecedentes del siglo XVIII puede que sí… si algún gobierno amenazado por la posibilidad de una bancarrota se ve forzado a hacer una reforma fiscal que los notables de nuestra sociedad consideren intolerable. Un ejemplo podría ser que Hacienda llegara al extremo de pretender gravar a las SICAV, que sería el equivalente actual de querer imponer tasas que afecten a la nobleza y el clero.

Mientras llega ese día podemos entretenernos comparando la caricatura de debajo, obra de Joaquín Macipe, con la del anónimo autor del siglo XVIII. ¿Quién dijo que la Historia no se repite?

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La transición fallida de 1875

13 viernes Ene 2012

Posted by ibadomar in Historia, Política

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Alfonso XII, Alfonso XIII, Amadeo de Saboya, Antonio Maura, Anual, Castelar, Cánovas, Guerra de Marruecos, Historia, Isabel II, Primera Guerra Mundial, Primera República, Restauración, Siglo XIX, Transición

No sé si todo el mundo percibiría lo mismo que yo, pero a mí me pareció que las elecciones generales del pasado 20 de noviembre se celebraban en un ambiente de desencanto. No creo que sea yo el único porque es sabido que los ciudadanos consideran que los políticos son una plaga para el país y uno de los lemas más celebrados del movimiento llamado 15M es «No nos representan». Las críticas se centran en las listas electorales cerradas y bloqueadas y el empleo de la Ley D’Hont, pero este sistema electoral no surgió por azar y para comprender su existencia hemos de retroceder a los años de la Transición.

Era un momento de incertidumbre, en el que los ciudadanos con derecho a voto iban a verse por primera vez con la posibilidad de participar en unas elecciones libres, pero ¿qué saldría de las urnas? En pleno cambio de modelo político, era deseable que el resultado no añadiera más inestabilidad de la que ya había, así que se optó por un modelo en el que los partidos políticos más grandes fuesen tutores del sistema electoral. Con unas listas cerradas y bloqueadas el ciudadano tenía poder de elección, pero no tanto como para provocar resultados de gran complejidad. Se quería evitar a toda costa una situación a la italiana, de gobiernos de poca duración, coaliciones complejas de hasta cinco partidos y gran peso del Partido Comunista. Recordemos que en plena guerra fría los partidos comunistas europeos estaban muy influidos, cuando no directamente manejados, por la Unión Soviética.

No parecía muy sensato llevar a un país recién salido de una larga dictadura militar marcadamente anticomunista a una situación de inestabilidad en la que la clave para sostener o derribar un gobierno la pudieran tener el Partido Comunista o una coalición precaria de partidos recientemente formados con unos diputados con mucho entusiasmo y ninguna experiencia. Un panorama demasiado tentador para una intentona totalitaria; así que se optó por un sistema democrático devaluado, en el que la ciudadanía opina, pero donde el poder real lo tienen los partidos políticos, que sitúan en el Parlamento a quien les conviene. ¿O alguien duda de que si un partido grande pone a alguien como número cinco en la lista por Madrid, esta persona obtendrá escaño aunque se trate de un completo desconocido sin mérito ni experiencia?

Puede que en 1978 esta solución fuese la menos mala, pero debería haberse tratado de un arreglo provisional, que se ha convertido en duradero porque los únicos que pueden cambiarlo son los grandes beneficiados. El sistema se enfrenta así a una crisis de credibilidad y a una progresiva parálisis. Algo que no era fácil prever en 1978… y eso que había precedentes.

El sistema de la Restauración.

En 1875 la situación era complicada. La caída de Isabel II en 1868 trajo una gran inestabilidad política. Cuando por fin se encontró a un rey adecuado en la persona de Amadeo de Saboya, éste fue tan mal recibido por casi todas las facciones políticas que renunció cuando apenas llevaba dos años de reinado; la Primera República tampoco trajo tranquilidad sino todo lo contrario puesto que a la guerra carlista se añadió el levantamiento cantonal. Finalmente el regreso de los Borbones, en la persona de Alfonso XII, sí inauguró un periodo de estabilidad bajo el sistema construido por Antonio Cánovas del Castillo, que conocemos como la Restauración.

El problema era similar al que existiría 100 años después: la falta de un electorado independiente. Castelar lo expresó con rotundidad: «No tenemos cuerpo electoral» y en el mismo sentido se manifestaban Alonso Martínez o el mismo Cánovas; así que se optó por un sistema en el que hubiera elecciones, pero sin que fuesen determinantes. El procedimiento era el contrario del habitual: el rey no nombraba como jefe de gobierno a quien más votos conseguía sino que la alternancia política ya estaba pactada de antemano y cuando un gobierno estaba desgastado el rey nombraba a un nuevo presidente, que disolvía las Cortes y convocaba unas elecciones en las que los resultados siempre le daban una mayoría cómoda. Para conseguir esto el fraude electoral era moneda corriente: caciquismo, pucherazos y el sistema del encasillado, por el que el ministro de Gobernación colocaba en las casillas correspondientes a cada distrito los nombres de aquellos candidatos que los partidos habían pactado que debían ser elegidos. Era un sistema corrupto, pero que consiguió una estabilidad que era muy necesaria, sin los clásicos pronunciamientos que habían marcado la política del siglo, y que inauguró una nueva época más próspera y en la que se avanzó en la modernidad. Si hubiese sido un sistema provisional que hubiese sido sustituido en unos años por otro realmente representativo podría haber constituido un acierto, pero se convirtió en un sistema duradero.

Cuando Alfonso XIII comenzó su reinado efectivo en 1902 el sistema ya empezaba a dar signos de parálisis. Tras la desaparición de sus primeros líderes, los dos grandes partidos estaban fragmentados en diferentes facciones, pero además el Ministerio de Gobernación ya no dominaba totalmente todos los distritos, sino que en muchos de ellos los caciques habían ganado tanta influencia como para renovar su escaño independientemente del gobierno en el poder. El deterioro del sistema dio algo de sentido a las elecciones, puesto que ya el Ministerio no dominaba completamente los resultados, pero la corrupción continuó en forma, por ejemplo, de compra de votos.

Hubo intentos de reforma, como la célebre «revolución desde arriba» de Antonio Maura o el proyecto de Canalejas, que pasaba por regenerar antes la sociedad al juzgar imposible la regeneración política sin un previo cambio cultural y social, pero ninguno de estos planes cuajó. A partir de 1913 en ambos partidos aparecieron ya no facciones, sino auténticas escisiones mientras surgían nuevas fuerzas políticas, que aumentaban la complejidad en un sistema pensado para dos únicos partidos.

A la complejidad política, con gobiernos efímeros de los que alguno llegó a durar apenas un mes, se añadía la social. La Primera Guerra Mundial causó una aparente prosperidad, al convertirse la neutral España en abastecedor de los contendientes, pero los grandes beneficios empresariales contrastaron con el descenso del nivel de vida de la clase obrera, al subir los precios mucho más que los salarios. El intento de Santiago Alba de introducir un impuesto sobre beneficios extraordinarios fracasó por la oposición de los sectores empresariales, principalmente vascos y catalanes, y sólo consiguió potenciar los sentimientos nacionalistas periféricos. Para remate, la guerra en Marruecos llevó al desastre de Anual en 1921.

El sistema que había puesto fin a los pronunciamientos militares cayó en 1923 por un golpe de Estado que no encontró oposición ni del gobierno ni del rey ni de la población. Es significativo que ni siquiera los partidos socialistas y republicanos protestaran. La falta de vitalidad de la democracia devaluada surgida de la Transición de 1875 moría víctima de su propia falta de credibilidad. ¿Cuánto le durará el crédito a la de 1978?

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Un fracaso… ¿providencial?

04 miércoles Ene 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Hindenburg, Historia, Hitler, Jutlandia, Ludendorff, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Stauffenberg

Recuerdo que hace muchos años, cuando yo aún estaba en el colegio estudiando aquello que por entonces se llamaba E.G.B., algún profesor solía emplear una frase según la cual «Dios escribe recto con renglones torcidos». Confieso que por aquel entonces yo no entendía la frase; es más, creo que jamás la habría entendido si no fuera porque conozco al menos un ejemplo en el que es perfectamente aplicable.

  • 20 de julio de 1944

Este día pudo cambiar la Historia. Aproximadamente a las 12:30 Hitler se encuentra reunido con varios jefes militares en el complejo conocido como Wolfsschanze (la guarida del lobo) en lo que hoy es Polonia y por entonces era Prusia Oriental. Una bomba colocada por el coronel Claus von Stauffenberg, que se acababa de ausentar, explota súbitamente matando a 4 de las 24 personas reunidas en aquel momento. Hitler, milagrosamente, apenas resulta afectado y se refiere al hecho de sobrevivir como una señal de la Providencia de que debía continuar con su misión.

Ciertamente, el cúmulo de circunstancias que hizo fracasar el atentado era enorme. Para empezar, la reunión no tuvo lugar en un búnker de hormigón armado sino en un edificio de madera, lo que redujo el efecto de la bomba; pero además Stauffenberg no tuvo tiempo de armar los dos explosivos que llevaba y por eso sólo introdujo uno en su maletín: de haber llevado los dos, el segundo habría explotado por simpatía aun no teniendo detonador y la potencia de la explosión habría sido mucho mayor. Peor aún fue el hecho de que alguien movió el maletín con los explosivos tras salir Stauffenberg de la reunión y lo colocó detrás de uno de los macizos soportes de la mesa, que sirvió de protección a Hitler como se ve en el dibujo adjunto en el que la posición del Führer aparece en azul y se ve la bomba como un cuadrado amarillo (los círculos rojos son los muertos y los verdes el resto de supervivientes).

Stauffenberg habría podido cometer una acción suicida aumentando las probabilidades de éxito, e incluso estaba dispuesto a ello, pero también hacía falta su presencia en Berlín para coordinar el golpe de estado subsiguiente, que fue todo un fracaso y no sólo porque Hitler seguía con vida, lo que ya de por sí condenaba el intento, sino también porque los conspiradores no supieron planificar la toma del poder.

El atentado del 20 de julio no fue un hecho aislado. En realidad no era sino uno más de los muchos intentos fracasados de acabar con la vida de Hitler. En todos ellos destaca la figura del caballero de la derecha: Henning von Tresckow, alma y cerebro de todas las conspiraciones destinadas a acabar con Hitler y derrocar su gobierno. Por diversas razones todos sus complots fracasaron, incluso uno aparentemente infalible, en el que logró colar en el avión de Hitler una bomba camuflada que no llegó a explotar por razones desconocidas. Tresckow sabía que tenía pocas probabilidades de triunfo, pero aún así consideraba necesario dar el paso puesto que, como él dijo, se trata de mostrar al mundo y a la Historia que el movimiento de resistencia alemán se ha atrevido, arriesgando la vida, a dar el golpe decisivo.

De haber tenido éxito el atentado y el golpe de estado posterior, habría sido posible que la guerra en Europa hubiese terminado en 1944, ahorrando al mundo una buena cantidad de muerte y destrucción. Si cualquiera de los proyectos de von Tresckow hubiese funcionado, nuestro mundo sería ligeramente diferente, pero ¿de verdad sería mejor? Paradójicamente, para encontrar el desenlace de esta historia no debemos avanzar sino retroceder otros 26 años.

  • 1918

Tras tres años y medio de guerra, 1918 lo tenía todo para ser el año decisivo. La revolución acababa de retirar a Rusia de la contienda y Alemania, obligada hasta entonces a luchar en dos frentes, podía por fin concentrar todas sus fuerzas en un frente occidental que llevaba atascado desde el otoño de 1914. La entrada en guerra de los Estados Unidos, con su inmenso potencial, obligaba además a los alemanes a buscar rápidamente una solución en el campo de batalla, antes de que los refuerzos americanos estuvieran en condiciones de intervenir decisivamente en la batalla. Fue Ludendorff quien dirigió las ofensivas alemanas que entre marzo y julio consiguieron romper el frente estático. Por primera vez en cuatro años los avances se contaban en decenas de kilómetros y en Mayo el Ministro de Exteriores británico se declaraba abierto a las gestiones de paz. Sin embargo el gobierno alemán, dominado por los generales Hindenburg y Ludendorff, desaprovechó la ocasión de una paz negociada.

No tardarían en lamentarlo, porque la ofensiva de julio fracasó y los aliados pronto estuvieron listos para el contraataque. Para el 1 de agosto ya había 27 divisiones americanas en Europa y 250.000 hombres llegaban cada mes desde el otro lado del Atlántico. El 8 de agosto comienza la ofensiva aliada y los alemanes se tambalean. Ludendorff pierde su aplomo, comprende que la guerra está perdida y presenta su dimisión, que no es aceptada. El 29 de septiembre será el día decisivo: los dos grandes jefes militares, Hindenburg y Ludendorff, en una reunión al más alto nivel y con el Káiser presente insisten en la necesidad de pedir un armisticio. En los primeros días de octubre Alemania pide la paz. El frente militar no se había derrumbado por completo, pero la actitud de ambos generales no daba lugar a dudas acerca del futuro.

Alemania estaba vencida, pero el sentido del honor de sus militares le iba a jugar una última mala pasada: los jefes de la flota de superficie, que no había actuado desde la batalla de Jutlandia el 1 de junio de 1916, decidieron que no podían firmar la paz sin salvar el honor y presentar combate. Los marineros sin embargo no estaban dispuestos a ir a una batalla perdida de antemano sólo por mantener la honra de la Armada alemana, por lo que se amotinaron el 3 de noviembre. La sublevación se extendió a una población civil sometida a durísimas restricciones hasta dar paso a una auténtica revolución. El 9 de noviembre el Káiser abdica y se proclama la república y el 11 Alemania firma el armisticio.

La secuencia de hechos está clara: hundimiento del frente militar, petición de armisticio, hundimiento del frente civil y revolución. Al parecer fue Ludendorff quien, en un intento de salvar la cara por su actuación como dirigente militar, invirtió el orden de los hechos haciendo del hundimiento del frente civil la causa primera de la derrota alemana. En esa versión el ejército alemán no había fracasado sino que había sido traicionado cuando aún estaba en condiciones de presentar batalla. La expresión puñalada por la espalda (personalmente me gusta más la traducción puñalada trapera) se popularizó entre los partidarios de esta teoría. Entre ellos, cómo no, los nazis, que utilizaron hasta la saciedad este tema como leitmotiv de buena parte de su propaganda. La caricatura que vemos a continuación, hecha en 1919 según Wikipedia, es una buena muestra de este tipo de propaganda.

 

  • Mayo de 1945

Es hora de volver adelante en el tiempo. Berlín está ocupado y Alemania entera es una ruina. Si von Tresckow no hubiera fracasado aquel 20 de julio quizás el escenario sería muy diferente y muchas vidas se habrían salvado. Un nuevo gobierno habría sustituido al de Hitler y Alemania podría haber pedido un armisticio. Pero en este caso… ¿cuánto tiempo habría transcurrido antes de que resurgiera la leyenda de la puñalada por la espalda? El nazismo se alimentó de esta leyenda y para lograr su desaparición era preciso llegar hasta el amargo final: la destrucción absoluta de Alemania, siempre con su dictador al frente, hasta el momento en que aceptara la rendición incondicional.

Después de todo puede que la Providencia sí tuviera algo que ver con el fracaso del atentado del 20 de julio.

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