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De la pista 33 a la pista 32

20 jueves Sep 2012

Posted by ibadomar in Aviación

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Aeropuertos, Aviación

Esta noche ha ocurrido algo poco habitual: ha cambiado la denominación de las pistas del aeropuerto de Barajas. No es un tema que parezca demasiado acorde con los habituales de este blog, pero dado que mi compañera de trabajo y amiga @la_penul me pidió que explicará el porqué del cambio y que resumir este tema en Twitter es difícil, no queda otra que escribir un artículo en el blog. Qué demonios, Los Gelves fue siempre un nido de piratas y corsarios y en un sitio así no hay reglas sobre la temática a tratar. Así que hoy toca hablar de aeropuertos, o más concretamente de por qué las pistas tienen una denominación concreta y por qué hay que cambiarles el nombre de tanto en tanto.

Para empezar explicaremos lo que es un rumbo. Cuando decimos que un avión (o un barco, que tanto da) está siguiendo un rumbo determinado, como por ejemplo dos siete cero, lo que estamos indicando es que el morro del avión (o la proa del barco) está orientado en una determinada dirección magnética. El norte de la brújula es el punto de inicio, el cero, y a partir de ahí se van tomando las direcciones según se gira hacia la derecha hasta completar el giro completo, que son 360º. Al rumbo norte no se le llama cero sino tres seis cero, el rumbo este será el resultado de girar 90º a la derecha, esto es rumbo cero nueve cero; girando 90º más estaremos apuntando al sur en rumbo 180º o uno ocho cero; y si giramos otros 90º estaremos en rumbo dos siete cero, esto es 270º, mirando directamente al oeste. Para más claridad veamos la brújula de la derecha en la que observamos la rosa de los vientos y los números que corresponden a los rumbos. Como en la imagen estamos apuntando exactamente al sudeste el rumbo es 135º, es decir uno tres cinco.

El nombre de la pista de un aeropuerto es el de la dirección magnética en la que está orientada redondeando a las decenas. Me explico: ahora que sabemos qué es un rumbo imaginemos que la pista está construida de tal manera que para tomar tierra en ella en un día sin viento el avión debe volar en rumbo cero tres cero, esto es 30º (no entraremos en los casos en los que, por viento lateral, el morro del avión apunta a una dirección diferente de aquélla en la que se desplaza, que os estoy viendo venir). El nombre que le damos a la pista es 03, ya que redondeamos a la decena. Si el rumbo a seguir fuera uno ocho cero la pista sería la 18. ¿Y si el rumbo fuera 184? Entonces también sería la 18, ya que redondeamos a la decena. Si hay pistas paralelas se añade una R a la pista de la derecha y una L a la de la izquierda. Por ejemplo, en Barajas teníamos la pista 33L y la 33R y para aterrizar en ellas había que seguir el rumbo 325 (tres dos cinco).

Un pequeño ejercicio para ver si lo hemos entendido bien: ¿qué rumbo seguimos si volamos hacia el este? ¿Y cuál sería la pista en la que aterrizaríamos siguiendo ese rumbo si estamos en aproximación a un aeropuerto? La respuesta es: rumbo cero nueve cero y la pista 09. Y aquí ya hay algún lector astuto que se está preguntando ¿y si me acerco a la misma pista pero volando desde el otro lado? En ese caso volaremos en rumbo dos siete cero y la pista será la 27. ¿Ah, pero la misma pista tiene dos nombres? Sí, para los pilotos y los controladores la franja de asfalto que sirve para despegar y aterrizar no es una pista sino dos y dependiendo de en qué sentido la utilizan dicen que está en servicio una u otra. Por ejemplo un piloto nos podría decir que hoy ha aterrizado en la pista 27, pero que ayer había viento del este y aterrizó en la 09: la franja de terreno es la misma, pero para él la pista es otra distinta. Y, naturalmente, la diferencia entre los números que dan nombre a las dos pistas es siempre 18 porque 180 son los grados de media circunferencia.

¿Y por qué se le cambia el nombre? El rumbo a volar para aterrizar en la pista es siempre el mismo… ¿o no? Bueno, pues no lo es. Se trata de un rumbo magnético, a seguir empleando una brújula que, como todos sabemos, se caracteriza porque siempre apunta al norte. Pero al norte magnético (bueno, en realidad al polo sur magnético, pero no lo liemos más), que no sólo no coincide con el geográfico, aunque está cerca, sino que encima se va desplazando. Si nos colocamos en un punto cualquiera de la tierra mirando hacia el norte geográfico (donde convergen los meridianos) y consultamos la brújula encontraremos que ésta apunta a una dirección ligeramente distinta. Al ángulo formado por la aguja de la brújula y la línea que va hacia el norte geográfico lo llamamos declinación magnética. Por ejemplo: usando la aplicación para iPhone, he fijado la brújula en el norte magnético; luego, sin mover el iPhone, he cambiado los ajustes de la aplicación y he pedido que se use el norte geográfico y al instante la brújula ha dejado de marcar 360º y ha pasado a indicar 358º: la declinación en mi posición es de 2 grados.

Como el norte magnético se va desplazando lentamente, llega un momento en el que para ir derecho a la pista que llamábamos 33 ya no hay que volar en rumbo 330 ni 326 ni 325… sino que hay que volar en rumbo 324 y entonces la pista ya no puede llamarse 33 y hay que renombrarla como 32. Los más sagaces ya se habrán dado cuenta de que la pista 33 utilizada al revés es la 15 y que al cambiar la denominación de 33 a 32 la pista contraria también tuvo que cambiar de nombre y pasó a ser la pista 14.

¿Y por qué no se emplean rumbos geográficos en lugar de magnéticos y nos olvidamos de todo este lío? Pues no estaría mal, la verdad. Si no me equivoco el motivo es histórico: simplemente llevamos desde la Edad Media empleando brújulas magnéticas y aunque la técnica actual sí permitiría navegar empleando el norte geográfico, simplemente sería muy engorroso cambiar todo el sistema. Por el momento seguiremos empleando el método medieval para trazar nuestro rumbo. Para que luego digan que el mundo aeronáutico incorpora la última tecnología.

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La accidentada historia del Comet

26 domingo Ago 2012

Posted by ibadomar in Aviación

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Accidente aéreo, Aviación, Comet, Reactor, Seguridad aérea

Agosto está terminando y ya va siendo hora de que este blog retome su actividad. Y lo vamos a hacer volviendo a un tema que aparece esporádicamente por aquí: la aviación en general y la seguridad aérea en particular. Es de suponer que entre los lectores del blog habrá varios que hayan tomado el avión en algún momento del mes para irse de vacaciones. Es casi seguro que el avión habrá sido un reactor y por ello no está de más recordar que precisamente este año, en mayo, se cumplieron 60 años desde la entrada en servicio del primer reactor comercial. El protagonista de nuestra historia es un avión pionero que, como tal, tuvo la desgracia de enfrentarse a problemas novedosos que hicieron que su historia merezca el calificativo que jamás debería ir asociado a la historia de un avión: accidentada. Pero es también una gran ejemplo de cómo se afrontó un grave problema y de cómo se invirtieron ingentes recursos hasta resolverlo. Y es también una buena muestra del porqué de ese dicho tan conocido en el campo de la aviación: «si la seguridad te parece cara, prueba con los accidentes».

El año era 1952. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía apenas siete años y en ella habían aparecido por primera vez aviones impulsados por motores de reacción. Como ocurre tantas veces, un invento que se había aplicado inicialmente en el campo militar encontró aplicación en el mundo civil y pronto empezaron a estudiarse diseños de aviones comerciales propulsados por el nuevo tipo de motor. Resulta sorprendente que el primero de estos diseños que vio la luz no fuera norteamericano sino que saliera de la Europa devastada por la guerra. Se trataba del británico De Havilland Comet.

El avión era un cuatrimotor de ala baja con capacidad para apenas unos 40 pasajeros. Incluso hoy su imagen, con los motores totalmente carenados dentro del ala y no en la habitual góndola, tiene un raro atractivo. Su primer vuelo comercial tuvo lugar el 2 de Mayo de 1952 y fue un Londres-Johannesburgo de 23 horas y 50 minutos de duración con 5 escalas, según informó en su día la BBC. Se abría una nueva era para la aviación de pasajeros y Gran Bretaña había tomado la delantera.

Los problemas empezaron pronto, puesto que hubo dos accidentes en despegue que motivaron una ligera modificación en el diseño. Inconvenientes propios de un nuevo tipo de aeronave, podría pensarse, pero rápidamente corregidos. Y entonces, el 2 de Mayo de 1953, exactamente un año después del primer vuelo comercial de la aeronave, un Comet se estrelló a los seis minutos de despegar de Calcuta matando a los 37 pasajeros y a los 6 tripulantes. El tiempo era malo y se achacó el accidente a que una maniobra brusca unida a la turbulencia provocada por la tormenta pudo producir un fallo estructural. Era la peor manera de celebrar el primer cumpleaños del Comet, pero al menos durante los meses posteriores no volvió a haber accidentes.

Y entonces regresó la mala racha: en enero de 1954 un Comet, y no uno cualquiera sino precisamente el mismo que había inaugurado los vuelos de reacción hacía menos de dos años, caía cerca de la isla de Elba causando la muerte de sus 35 ocupantes sin que se encontrara explicación posible. La compañía de bandera británica de la época, la BOAC, decidió mantener en tierra sus reactores hasta que se aclararan las causas, pero esto no era tan fácil puesto que había que recuperar los restos del avión, que había caído al mar. Mientras el Comet no volviera a volar el prestigio de la aviación británica sufriría y las pérdidas económicas de mantener los reactores en tierra serían cuantiosas. Quizás por ello los vuelos se reanudaron el 23 de marzo, tras cerrarse la investigación con una serie de recomendaciones. Prematuramente, según se comprobó.

El desastre llegó apenas 15 días después. El 8 de abril se perdía otro avión en circunstancias similares. Aquello era demasiado y se revocó el certificado de aeronavegabilidad del Comet. En otras palabras: el avión era declarado no apto para volar. La fabricación de nuevos modelos hubo de interrumpirse, naturalmente. Si la historia del Comet terminara aquí sería la crónica de un fracaso total. Incluso puede que hubiese pasado mucho tiempo antes de que se hubiese planeado la posibilidad de volar en reactores comerciales. Pero, afortunadamente, existe una segunda parte.

Parecía difícil resolver el problema, puesto que los aviones que se habían perdido habían caído al mar, pero se logró recuperar, para su estudio, buena parte de los restos del que cayó cerca de Elba. La BOAC además donó uno de sus ahora inútiles reactores para investigación. Esto sirvió para confirmar que la fatiga de materiales debida a los continuos ciclos de presurización habían sido los causantes de los dos últimos accidentes. Explicado muy por encima, cuando un avión vuela a gran altitud se presuriza la cabina de pasajeros, de modo que aunque éstos estén volando a más de 8.000 metros de altitud en cabina la presión del aire sea la equivalente a estar a menos de 3.000 metros. Esto hace que el fuselaje tenga en su interior durante el vuelo una presión mucho mayor que en el exterior, como si quisiéramos hincharlo. Cuando este proceso se ha repetido miles de veces el metal empieza a resistir menos el esfuerzo, fenómeno que se conoce como fatiga. En el caso del Comet los esfuerzos se acumularon en la esquina de una ventana.

Para llegar a esta conclusión se hizo un uso muy especial del avión donado por BOAC. Se había decidido someter al fuselaje a ciclos de presurización para estudiar la aparición de grietas, pero meter aire a presión tiene el inconveniente de que en caso de fallo el aire sale bruscamente y el efecto es el de una explosión. Así que se decidió rellenar el fuselaje con agua y, para anular el efecto del peso de tal cantidad de líquido, se sumergió todo el fuselaje en una inmensa piscina. Se sometió a la estructura a ciclos de compresión y descompresión mientras que unos actuadores aplicaban esfuerzos a las alas para simular el vuelo. Cuando llevaban unos 3.000 ciclos (entre los ensayos y los vuelos que ya había hecho el avión) apareció una grieta, que se fue extendiendo en ciclos sucesivos.

El resultado fue un rediseño del Comet, que entre otras cosas pasó a tener ventanas ovaladas, para evitar esquinas en las que se pudieran acumular esfuerzos, pero el avión no volvería a volar hasta 1958. Habían pasado 4 años y para entonces ya había competencia en el campo de los reactores de pasajeros. El DC8 y el B707 eran más grandes (unos 150 pasajeros), tenían más alcance y volaban más rápido. El Comet, simplemente, se había quedado atrás. Había pasado a la historia de la aviación por inaugurar la era del reactor comercial y también a la de la ingeniería por su involuntaria contribución al conocimiento de la fatiga de materiales en estructuras aeronáuticas. Pero personalmente creo que la mayor aportación del Comet es esta fotografía:

Cuando hoy subimos a un avión que nos va a transportar a varios miles de kilómetros de distancia viajando a más de 10.000 metros de altitud difícilmente somos conscientes de que si hoy nos atrevemos a usar este sistema de transporte es porque en algún momento se realizaron ensayos tan caros y laboriosos como el de la foto. En ella vemos el avión donado por BOAC, sumergido en el tanque de agua, durante los ensayos. Es una opinión puramente personal, pero no puedo dejar de pensar que esta imagen ilustra como ninguna otra el esfuerzo realizado para investigar las causas de un accidente y lograr desarrollar una aviación comercial razonablemente segura.

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Los picapedreros

02 jueves Ago 2012

Posted by ibadomar in Arte

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Arte, Brett, Courbet, Dresde, Picapedreros, Pintura, Realismo, Segunda Guerra Mundial, Siglo XIX

Ahora que estamos en verano puede ser un buen momento para retomar una sección un tanto abandonada de este blog: la de Historia del Arte. En realidad no es que esté abandonada sino que sólo he escrito un artículo sobre el tema hasta el momento. Sin embargo hace ya tiempo que quería hablar del cuadro que vemos debajo de estas líneas. Se trata de Los picapedreros de Gustave Courbet.

Esta pintura se presentó en el Salón de París en 1850 y causó un cierto escándalo entre el distinguido público, que no terminaba de digerir la representación de la realidad, sin adorno de ningún tipo, que hizo el pintor. Es más, la imagen se consideró posteriormente como «revolucionaria» por la historiografía marxista y se considera como un temprano ejemplo de arte socialista.

Pero, ¿qué tiene esta obra de particular? Para saberlo tenemos que verla con los ojos del espectador del siglo XIX, el siglo del progreso, o eso se pensaba entonces; el del comercio y la industria, que hacían avanzar a las naciones de una forma nunca vista. Es el siglo de la máquina de vapor, de la lata de conservas, del telégrafo… El espectador se encuentra, sin embargo, con una representación de un trabajo tremendamente humilde y que además debía de serle familiar: el mismo Courbet aseguraba que se había limitado a pintar lo que había visto al borde de una carretera.

La imagen representa a dos picapedreros en plena faena. Uno de ellos es un hombre mayor mientras que el segundo es apenas un muchacho, lo que nos da una idea de continuidad: el joven probablemente llegará a la edad de su compañero desempeñando el mismo oficio. Su ropa está desgastada, incluso rota, y la olla que se ve cerca de ellos no presenta el aspecto de contener ningún suculento manjar. Pero en realidad nada de esto es nuevo en pintura, puesto que otros artistas habían ya representado a personajes humildes. Recordemos por ejemplo a los enanos y bufones de la Corte a los que retrató Velázquez. ¿Qué tiene de particular la pintura que nos ocupa para que resultara tan inquietante? Vamos a compararla con otra similar, realizada pocos años después de la de Courbet por John Brett.Es un picapedrero, sí, pero no tiene nada que ver con los anteriores. Ésta es una imagen idealizada de un muchacho bien vestido, bien alimentado y que más parece haber hecho un alto en su paseo campestre con su perro y estar jugando a romper piedras que desempeñando un oficio. En cuanto al protagonista, el muchacho retratado por Brett parece un chico agradable que inspira confianza, mientras que los hombres de Courbet son… ¿cómo son? ni siquiera les vemos la cara, por lo que no sabemos nada de ellos. Si se giraran hacia nosotros, los espectadores, ¿qué veríamos? ¿La afabilidad de dos trabajadores conformes con un trabajo duro, pero del que se sienten orgullosos? ¿O el rencor de dos hombres condenados a una labor ingrata a la que no encuentran alternativa?

En mi opinión esto es lo que distingue al cuadro de Courbet. Él no hizo un retrato de unos trabajadores sino que retrató el trabajo en sí mismo. Con toda su dureza y su humildad y sin dejar que nos distrajéramos con detalles anecdóticos, como son los rostros de los trabajadores que ilustran su labor. Por eso esta pintura se considera como precursora de la pintura socialista y por eso se consideró revolucionaria. Y por eso aparece en los manuales de Historia del Arte.

Cuando se escribe un artículo siempre se desea influir de algún modo en el lector. Y por eso me encantaría que este artículo hubiese llevado a alguno de los lectores a desear ver el cuadro original. Que alguno de ellos ahora mismo estuviera pensando en averiguar en qué lugar se encuentra esta obra para aprovechar un hueco en sus vacaciones y verla directamente. Ese alguien tendría que desplazarse a la Gemäldegalerie de Dresde, que es donde se conservaba este cuadro. Sí, he escrito bien el tiempo verbal: se conservaba y ya no se conserva. Ninguno de nosotros verá jamás el original de Los picapedreros porque fue destruido durante el bombardeo de Dresde en febrero de 1945. Apenas faltaban tres meses para que concluyera la guerra.

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