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La accidentada historia del Comet

26 domingo Ago 2012

Posted by ibadomar in Aviación

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Accidente aéreo, Aviación, Comet, Reactor, Seguridad aérea

Agosto está terminando y ya va siendo hora de que este blog retome su actividad. Y lo vamos a hacer volviendo a un tema que aparece esporádicamente por aquí: la aviación en general y la seguridad aérea en particular. Es de suponer que entre los lectores del blog habrá varios que hayan tomado el avión en algún momento del mes para irse de vacaciones. Es casi seguro que el avión habrá sido un reactor y por ello no está de más recordar que precisamente este año, en mayo, se cumplieron 60 años desde la entrada en servicio del primer reactor comercial. El protagonista de nuestra historia es un avión pionero que, como tal, tuvo la desgracia de enfrentarse a problemas novedosos que hicieron que su historia merezca el calificativo que jamás debería ir asociado a la historia de un avión: accidentada. Pero es también una gran ejemplo de cómo se afrontó un grave problema y de cómo se invirtieron ingentes recursos hasta resolverlo. Y es también una buena muestra del porqué de ese dicho tan conocido en el campo de la aviación: «si la seguridad te parece cara, prueba con los accidentes».

El año era 1952. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía apenas siete años y en ella habían aparecido por primera vez aviones impulsados por motores de reacción. Como ocurre tantas veces, un invento que se había aplicado inicialmente en el campo militar encontró aplicación en el mundo civil y pronto empezaron a estudiarse diseños de aviones comerciales propulsados por el nuevo tipo de motor. Resulta sorprendente que el primero de estos diseños que vio la luz no fuera norteamericano sino que saliera de la Europa devastada por la guerra. Se trataba del británico De Havilland Comet.

El avión era un cuatrimotor de ala baja con capacidad para apenas unos 40 pasajeros. Incluso hoy su imagen, con los motores totalmente carenados dentro del ala y no en la habitual góndola, tiene un raro atractivo. Su primer vuelo comercial tuvo lugar el 2 de Mayo de 1952 y fue un Londres-Johannesburgo de 23 horas y 50 minutos de duración con 5 escalas, según informó en su día la BBC. Se abría una nueva era para la aviación de pasajeros y Gran Bretaña había tomado la delantera.

Los problemas empezaron pronto, puesto que hubo dos accidentes en despegue que motivaron una ligera modificación en el diseño. Inconvenientes propios de un nuevo tipo de aeronave, podría pensarse, pero rápidamente corregidos. Y entonces, el 2 de Mayo de 1953, exactamente un año después del primer vuelo comercial de la aeronave, un Comet se estrelló a los seis minutos de despegar de Calcuta matando a los 37 pasajeros y a los 6 tripulantes. El tiempo era malo y se achacó el accidente a que una maniobra brusca unida a la turbulencia provocada por la tormenta pudo producir un fallo estructural. Era la peor manera de celebrar el primer cumpleaños del Comet, pero al menos durante los meses posteriores no volvió a haber accidentes.

Y entonces regresó la mala racha: en enero de 1954 un Comet, y no uno cualquiera sino precisamente el mismo que había inaugurado los vuelos de reacción hacía menos de dos años, caía cerca de la isla de Elba causando la muerte de sus 35 ocupantes sin que se encontrara explicación posible. La compañía de bandera británica de la época, la BOAC, decidió mantener en tierra sus reactores hasta que se aclararan las causas, pero esto no era tan fácil puesto que había que recuperar los restos del avión, que había caído al mar. Mientras el Comet no volviera a volar el prestigio de la aviación británica sufriría y las pérdidas económicas de mantener los reactores en tierra serían cuantiosas. Quizás por ello los vuelos se reanudaron el 23 de marzo, tras cerrarse la investigación con una serie de recomendaciones. Prematuramente, según se comprobó.

El desastre llegó apenas 15 días después. El 8 de abril se perdía otro avión en circunstancias similares. Aquello era demasiado y se revocó el certificado de aeronavegabilidad del Comet. En otras palabras: el avión era declarado no apto para volar. La fabricación de nuevos modelos hubo de interrumpirse, naturalmente. Si la historia del Comet terminara aquí sería la crónica de un fracaso total. Incluso puede que hubiese pasado mucho tiempo antes de que se hubiese planeado la posibilidad de volar en reactores comerciales. Pero, afortunadamente, existe una segunda parte.

Parecía difícil resolver el problema, puesto que los aviones que se habían perdido habían caído al mar, pero se logró recuperar, para su estudio, buena parte de los restos del que cayó cerca de Elba. La BOAC además donó uno de sus ahora inútiles reactores para investigación. Esto sirvió para confirmar que la fatiga de materiales debida a los continuos ciclos de presurización habían sido los causantes de los dos últimos accidentes. Explicado muy por encima, cuando un avión vuela a gran altitud se presuriza la cabina de pasajeros, de modo que aunque éstos estén volando a más de 8.000 metros de altitud en cabina la presión del aire sea la equivalente a estar a menos de 3.000 metros. Esto hace que el fuselaje tenga en su interior durante el vuelo una presión mucho mayor que en el exterior, como si quisiéramos hincharlo. Cuando este proceso se ha repetido miles de veces el metal empieza a resistir menos el esfuerzo, fenómeno que se conoce como fatiga. En el caso del Comet los esfuerzos se acumularon en la esquina de una ventana.

Para llegar a esta conclusión se hizo un uso muy especial del avión donado por BOAC. Se había decidido someter al fuselaje a ciclos de presurización para estudiar la aparición de grietas, pero meter aire a presión tiene el inconveniente de que en caso de fallo el aire sale bruscamente y el efecto es el de una explosión. Así que se decidió rellenar el fuselaje con agua y, para anular el efecto del peso de tal cantidad de líquido, se sumergió todo el fuselaje en una inmensa piscina. Se sometió a la estructura a ciclos de compresión y descompresión mientras que unos actuadores aplicaban esfuerzos a las alas para simular el vuelo. Cuando llevaban unos 3.000 ciclos (entre los ensayos y los vuelos que ya había hecho el avión) apareció una grieta, que se fue extendiendo en ciclos sucesivos.

El resultado fue un rediseño del Comet, que entre otras cosas pasó a tener ventanas ovaladas, para evitar esquinas en las que se pudieran acumular esfuerzos, pero el avión no volvería a volar hasta 1958. Habían pasado 4 años y para entonces ya había competencia en el campo de los reactores de pasajeros. El DC8 y el B707 eran más grandes (unos 150 pasajeros), tenían más alcance y volaban más rápido. El Comet, simplemente, se había quedado atrás. Había pasado a la historia de la aviación por inaugurar la era del reactor comercial y también a la de la ingeniería por su involuntaria contribución al conocimiento de la fatiga de materiales en estructuras aeronáuticas. Pero personalmente creo que la mayor aportación del Comet es esta fotografía:

Cuando hoy subimos a un avión que nos va a transportar a varios miles de kilómetros de distancia viajando a más de 10.000 metros de altitud difícilmente somos conscientes de que si hoy nos atrevemos a usar este sistema de transporte es porque en algún momento se realizaron ensayos tan caros y laboriosos como el de la foto. En ella vemos el avión donado por BOAC, sumergido en el tanque de agua, durante los ensayos. Es una opinión puramente personal, pero no puedo dejar de pensar que esta imagen ilustra como ninguna otra el esfuerzo realizado para investigar las causas de un accidente y lograr desarrollar una aviación comercial razonablemente segura.

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Los picapedreros

02 jueves Ago 2012

Posted by ibadomar in Arte

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Arte, Brett, Courbet, Dresde, Picapedreros, Pintura, Realismo, Segunda Guerra Mundial, Siglo XIX

Ahora que estamos en verano puede ser un buen momento para retomar una sección un tanto abandonada de este blog: la de Historia del Arte. En realidad no es que esté abandonada sino que sólo he escrito un artículo sobre el tema hasta el momento. Sin embargo hace ya tiempo que quería hablar del cuadro que vemos debajo de estas líneas. Se trata de Los picapedreros de Gustave Courbet.

Esta pintura se presentó en el Salón de París en 1850 y causó un cierto escándalo entre el distinguido público, que no terminaba de digerir la representación de la realidad, sin adorno de ningún tipo, que hizo el pintor. Es más, la imagen se consideró posteriormente como «revolucionaria» por la historiografía marxista y se considera como un temprano ejemplo de arte socialista.

Pero, ¿qué tiene esta obra de particular? Para saberlo tenemos que verla con los ojos del espectador del siglo XIX, el siglo del progreso, o eso se pensaba entonces; el del comercio y la industria, que hacían avanzar a las naciones de una forma nunca vista. Es el siglo de la máquina de vapor, de la lata de conservas, del telégrafo… El espectador se encuentra, sin embargo, con una representación de un trabajo tremendamente humilde y que además debía de serle familiar: el mismo Courbet aseguraba que se había limitado a pintar lo que había visto al borde de una carretera.

La imagen representa a dos picapedreros en plena faena. Uno de ellos es un hombre mayor mientras que el segundo es apenas un muchacho, lo que nos da una idea de continuidad: el joven probablemente llegará a la edad de su compañero desempeñando el mismo oficio. Su ropa está desgastada, incluso rota, y la olla que se ve cerca de ellos no presenta el aspecto de contener ningún suculento manjar. Pero en realidad nada de esto es nuevo en pintura, puesto que otros artistas habían ya representado a personajes humildes. Recordemos por ejemplo a los enanos y bufones de la Corte a los que retrató Velázquez. ¿Qué tiene de particular la pintura que nos ocupa para que resultara tan inquietante? Vamos a compararla con otra similar, realizada pocos años después de la de Courbet por John Brett.Es un picapedrero, sí, pero no tiene nada que ver con los anteriores. Ésta es una imagen idealizada de un muchacho bien vestido, bien alimentado y que más parece haber hecho un alto en su paseo campestre con su perro y estar jugando a romper piedras que desempeñando un oficio. En cuanto al protagonista, el muchacho retratado por Brett parece un chico agradable que inspira confianza, mientras que los hombres de Courbet son… ¿cómo son? ni siquiera les vemos la cara, por lo que no sabemos nada de ellos. Si se giraran hacia nosotros, los espectadores, ¿qué veríamos? ¿La afabilidad de dos trabajadores conformes con un trabajo duro, pero del que se sienten orgullosos? ¿O el rencor de dos hombres condenados a una labor ingrata a la que no encuentran alternativa?

En mi opinión esto es lo que distingue al cuadro de Courbet. Él no hizo un retrato de unos trabajadores sino que retrató el trabajo en sí mismo. Con toda su dureza y su humildad y sin dejar que nos distrajéramos con detalles anecdóticos, como son los rostros de los trabajadores que ilustran su labor. Por eso esta pintura se considera como precursora de la pintura socialista y por eso se consideró revolucionaria. Y por eso aparece en los manuales de Historia del Arte.

Cuando se escribe un artículo siempre se desea influir de algún modo en el lector. Y por eso me encantaría que este artículo hubiese llevado a alguno de los lectores a desear ver el cuadro original. Que alguno de ellos ahora mismo estuviera pensando en averiguar en qué lugar se encuentra esta obra para aprovechar un hueco en sus vacaciones y verla directamente. Ese alguien tendría que desplazarse a la Gemäldegalerie de Dresde, que es donde se conservaba este cuadro. Sí, he escrito bien el tiempo verbal: se conservaba y ya no se conserva. Ninguno de nosotros verá jamás el original de Los picapedreros porque fue destruido durante el bombardeo de Dresde en febrero de 1945. Apenas faltaban tres meses para que concluyera la guerra.

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Hace 800 años. Las Navas de Tolosa.

20 viernes Jul 2012

Posted by ibadomar in Historia

≈ 6 comentarios

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Al Andalus, al-Nasir, Alfonso IX, Alfonso VIII, Almohades, Almorávides, Batalla, Edad Media, Historia, Inocencio III, Momentos cruciales, Navas de Tolosa, Pedro el Católico, Reconquista, Sancho el Fuerte

Dedicado a @AntonioMaestre, porque una discusión tuitera con él dio origen a este artículo, y puede que a otro u otros dos más.

Como apenas sigo los medios de comunicación no estoy seguro de si se ha conmemorado de alguna manera especial el octavo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa. Me da la impresión de que no, y eso a pesar de que es un acontecimiento muy significativo de nuestra Historia. Intentaré poner mi granito de arena para divulgar qué ocurrió aquel 16 de julio de hace 800 años en la batalla que inspiró este cuadro de van Halen que hoy puede contemplar quien se acerque a visitar el Senado, si es que hay alguien que lo haga.

En uno de mis primeros artículos dije que hay algunos raros momentos en los que se aprecia cómo la Historia se encuentra ante una bifurcación y toma uno u otro camino. Aquél 16 de julio de 1212 se considera por lo general como uno de esos días, aunque puede que no fuese tan decisivo como se cree: el poder almohade declinaba y los reinos cristianos estaban en plena pujanza, así que posiblemente una victoria andalusí no habría hecho sino retrasar lo inevitable. Naturalmente no podemos estar seguros, ya que una derrota cristiana podría haber dado a los andalusíes la capacidad de retomar la iniciativa y reorganizar su reino. En ese caso el mundo no sería como hoy lo conocemos. Pero vayamos a los hechos.

En el siglo XI la presión de los reinos cristianos había crecido de tal manera que los reyes de taifas acudieron en busca de ayuda al norteafricano imperio almorávide, pese a la desconfianza que el extremado rigor religioso de aquellos bereberes recientemente convertidos al islam inspiraba a los musulmanes de al-Ándalus; pero a mediados del siglo XII los almorávides ya no eran la gran potencia militar de antaño y habían relajado un tanto su pasión por la religión. Surgió por entonces, también en el norte del África, una nueva amenaza para almorávides y cristianos: los almohades.

Si los almorávides estaban unidos por la religión y los lazos tribales, sus enemigos almohades debían su cohesión casi en exclusiva a su intransigencia religiosa, que incluso les llevaría a considerar a sus teóricos hermanos de fe de al-Ándalus como herejes cuya sangre puede ser derramada en la guerra santa. La paradoja estriba en que durante la segunda mitad del siglo XII, una vez que los almohades dominaron al-Ándalus tras acudir en apoyo de los musulmanes hispanos de la misma manera que lo habían hecho cien años antes sus predecesores, resultaron más tolerantes que éstos. Al menos así lo piensan muchos historiadores a la vista de los numerosos edictos que el califa almohade escribía para recordar los rigores de la religión y amenazando con duros castigos a quien no cumpliera. ¿Por qué se repetían tanto las mismas órdenes si no era porque en realidad no llegaban a acatarse? Que filósofos como Averroes desarrollaran su actividad en esta etapa parece demostrar que hubo más tolerancia de la que cabría sospechar.

Con rigor o sin él la cohesión social de al-Ándalus debía mucho al poder militar almohade, pero a finales del siglo XII se empezaba a notar su declive. Ciertamente aún lograrían imponerse a Alfonso VIII en Alarcos en 1195, pero sus rivales almorávides habían resurgido en el norte de África con el peligro que ello suponía. Quizás por esto el califa de ese momento redobló su fervor y buscó congraciarse con los teólogos con medidas extremas como la persecución a los filósofos o imponiendo a los judíos la obligación de llevar una señal distintiva para diferenciarlos de los musulmanes.

También en el campo cristiano había devoción. Tanta que un viejo conocido de este blog, el Papa Inocencio III decidió llamar a los caballeros europeos a una cruzada contra los almohades. El llamamiento no tuvo demasiado eco salvo en los reinos peninsulares y aun así con algunas reservas: Alfonso IX de León no sólo no estuvo presente en las Navas sino que aprovechó la ocasión para recuperar algunas plazas que habían quedado en poder de Castilla, mientras que sólo la amenaza de excomunión movió a Sancho el Fuerte de Navarra a acudir con retraso y a la cabeza de un reducidísimo ejército. La contienda fue breve, puesto que la campaña llevó a una única gran batalla, que tuvo lugar el 16 de julio de 1212.

El resultado de la batalla de las Navas de Tolosa, aun siendo una gran victoria cristiana, no supuso para los musulmanes el cataclismo que comúnmente se cree. La prueba es que en 1214 Alfonso VIII de Castilla, que no conseguía avances en sus campañas y veía cómo una grave sequía hacía imposible el esfuerzo de guerra, firmó una tregua con los musulmanes para morir poco después dejando un heredero de apenas 11 años con la incertidumbre que ello suponía para el reino. Por su parte, Pedro el Católico de Aragón tampoco sobrevivió largo tiempo a la victoria de las Navas: murió en 1213 dejando como heredero a un niño de apenas 5 años, el futuro Jaime el Conquistador, mientras peleaba paradójicamente contra un ejército cruzado que pretendía combatir la herejía cátara en un conflicto en el que en realidad se disputaba el control del condado de Tolosa (Toulouse). El tercer rey cristiano presente en las Navas, Sancho el Fuerte de Navarra, tuvo mejor suerte puesto que reinó aún durante 22 años.

En cuanto al derrotado califa al-Nasir, conocido entre los cristianos como Miramamolín, se refugió en Marraquech, donde fue asesinado en 1213. Le sucedió su hijo al-Mustansir de 15 años, que al parecer no tenía especiales dotes de gobierno y sí una gran afición a lidiar toros. De hecho parecer ser que su muerte, en 1224 se produjo en un accidente taurino. No dejó herederos, lo que complicó aún más la delicada situación almohade.

En resumen, la batalla fue crucial, pero puede que no fuese exactamente decisiva. El declive almohade se debe más a su fracaso en cohesionar su propio imperio que a factores externos. Los reinos cristianos consiguieron grandes avances en la Península en el siglo XIII, pero no inmediatamente después de la que fue, eso sí hay que reconocerlo, una importantísima victoria. Lástima que se haya perdido la ocasión, una vez más, de dar a conocer un episodio que explica por qué hoy somos como somos.

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