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El valor de la firma de Einstein

06 martes Ago 2024

Posted by ibadomar in Historia

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Albert Einstein, Enrico Fermi, Física, Historia, Leo Szilard, Lise Meitner, Niels Bohr, Proyecto Manhattan, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Werner Heisenberg

Todos los años, el 6 de agosto, se nos recuerda que en tal día se arrojó una bomba atómica sobre Hiroshima y a menudo se añade que aquello dio comienzo a la era nuclear. En realidad la era nuclear había comenzado algo antes, ya que la primera explosión no tuvo lugar en Hiroshima, sino en Álamo Gordo el 16 de julio de 1945 durante la prueba Trinity, que puso el broche al proyecto Manhattan de desarrollo de una bomba de fisión nuclear. A veces alguien pretende profundizar y le atribuye a Einstein la paternidad de las armas atómicas. ¡A Einstein, que no participó en ninguna de las fases del proyecto Manhattan y al que no le interesaba en absoluto aquella rama de la física! Y pese a todo fue el nombre de Einstein el que puso en marcha el proyecto Manhattan, pero sólo su nombre. Quien realmente inició los acontecimientos fue Leo Szilard. Pero es mejor que vayamos por partes.

En diciembre de 1938, Enrico Fermi recibió el premio Nobel de Física porque había demostrado que al bombardear uranio con los recién descubiertos neutrones surgían nuevos elementos, más pesados que el uranio. O eso pensaban los miembros de la Real Academia de las Ciencias de Suecia porque simultáneamente, en Berlín, el químico Otto Hahn intentaba verificar los resultados de Fermi bombardeando uranio con neutrones y siempre obtenía algo más ligero que el uranio. Parecía tratarse de bario, pero ninguna teoría predecía tal cosa. Hahn se devanaba los sesos sin encontrar respuesta. Como había hecho tantas veces durante más de 30 años, consultó con Lise Meitner, pero por primera vez tuvo que hacerlo por carta.

Lise Meitner, la segunda mujer en lograr un doctorado por la Universidad de Viena, había conocido a Hahn en 1907 en Berlín, adonde ella se había desplazado porque quería estudiar física con Max Planck. Parecía un objetivo imposible, ya que Planck tenía un punto de vista conservador y no admitía mujeres en sus clases; sin embargo ella demostró tanto talento que Planck decidió hacer una excepción. En Berlín, Meitner inició una larga colaboración profesional con Otto Hahn, que necesitaba un ayudante en sus experimentos sobre radiactividad. Trabajaron juntos incluso durante el nazismo, pese a los orígenes judíos de Meitner a quien no alcanzaban de lleno las disposiciones antisemitas del gobierno alemán gracias a su nacionalidad austriaca. En 1938, sin embargo, Alemania se anexionó Austria y Lise Meitner pasó a ser ciudadana del Reich. Inmediatamente, emprendió la huida y se estableció en Estocolmo, pero no por ello perdió el contacto con Hahn.

Meitner estudió detenidamente el problema que le planteaba Otto Hahn en su carta. Contó para ello con la ayuda de su sobrino Otto Frisch, que también había huido de Alemania. Tenía que existir una explicación a la presencia de bario y tras mucho cavilar aventuró una hipótesis ¿Y si el núcleo de uranio, en lugar de incorporar los neutrones sin más, se deformase hasta tal punto que llegara a dividirse en dos? El uranio tiene 92 protones así que si aparece bario, que tiene 56, podría aparecer por otro lado kriptón, que posee 36 protones. Si esta explicación era correcta, en el proceso tendría que liberarse energía. Estimar cuánta no es complicado, pero el resultado de los cálculos era sobrecogedor porque revelaba una cantidad inmensa.

Pocos días después, Otto Frisch viajaba a Copenhague para presentar la hipótesis a Niels Bohr, el gran físico danés que había ideado el primer modelo atómico que realmente funcionaba. Bohr captó inmediatamente las implicaciones del descubrimiento: el proceso que descubierto por Otto Hahn en la Alemania nazi podría servir para construir una bomba de una potencia nunca vista. En aquel momento, Bohr estaba a punto de partir para una estancia de cuatro meses en Estados Unidos en la que contaba con proseguir sus eternas discusiones con Einstein sobre física cuántica, pero la visita de Frisch cambió sus prioridades y, dado que Einstein no sentía interés por estudiar la fisión nuclear, Bohr dedicó sus cuatro meses en Princeton a abordar la fisión con su antiguo alumno John Wheeler. A Bohr y Wheeler se unieron dos científicos húngaros de origen judío asentados en Estados Unidos: Eugene Wigner y Leo Szilard. Este último había obtenido la nacionalidad alemana en 1930, pero había abandonado Europa tan pronto como los nazis llegaron al poder.

Durante esos pocos meses, Bohr y su pequeño equipo descubrieron que en realidad era un isótopo del uranio el responsable de la aparición del bario. El uranio está formado en su mayor parte por el isótopo uranio 238, que es bastante estable. Es el uranio 235 el que, al ser alcanzado por un neutrón, se divide en bario y kriptón según se ve en la imagen, descargada de Wikipedia.

By MikeRun – Own work, CC BY-SA 4.0

En el diagrama vemos cómo el uranio 235, al ser alcanzado por un neutrón, se transforma momentáneamente en uranio 236 para inmediatamente dividirse en bario y kriptón, liberando además tres neutrones que podrían alcanzar a otros átomos de uranio, provocando una reacción en cadena. Pero para producir esa reacción no basta con tener uranio, ya que el isótopo 235 es apenas el 0,7% del uranio total. Leo Szilard apuntó una forma de resolver esta objeción: bastaría con refinar el uranio para separar el U-235 y así construir una bomba, pero esta idea no convencía a Bohr: aunque fuese posible en teoría, en la práctica requeriría convertir a todo Estados Unidos en una gran fábrica.

Szilard, no obstante, estaba angustiado. Nadie excepto él, Bohr y un puñado de personas más eran conscientes de las implicaciones de la fisión nuclear. ¡Y entre esas pocas personas, las que seguramente mejor conocían cómo aprovechar el nuevo descubrimiento para crear una bomba atómica trabajaban en la Alemania nazi! No había forma de impedir que Alemania trabajase en construir esa bomba, pero quizás se podría conseguir que llegaran tarde a fabricarla.

Ese verano, Szilard visita a Albert Einstein en su casa de vacaciones para pedirle un favor: para construir una bomba atómica, explica Szilard, hace falta uranio y las principales reservas están en el Congo Belga. Sería conveniente advertir al gobierno belga para evitar que los alemanes puedan acceder al mineral. Szilard podría intentar ponerse en contacto con el embajador belga, pero éste difícilmente prestará atención a la carta de un físico al que seguramente nunca ha oído nombrar, mientras que Einstein es conocido en todo el mundo. Einstein comprende, y accede a firmar la carta, pero Szilard no se detiene ahí. En una segunda visita convence a Einstein de la necesidad de dirigirse al presidente de Estados Unidos. En la nueva misiva, que vuelve a firmar Einstein, se informa a Roosevelt de la posibilidad de construir una bomba de inmensa potencia a partir del uranio y también de que Alemania ha suspendido las exportaciones de uranio tras hacerse con el control de los yacimientos existentes en suelo checoslovaco. La carta pide que el gobierno americano apoye las investigaciones relativas a la fisión de uranio realizadas en suelo norteamericano. Szilard se sale con la suya: Roosevelt, al leer la carta, da instrucciones para poner las bases del futuro proyecto Manhattan.

Ese mismo verano de 1939, el último verano de paz, el alemán Werner Heisenberg, uno de los grandes cerebros de la física, también visita Estados Unidos y se ve con los principales físicos asentados en el país, a la mayoría de los cuales, si no a todos, ya conoce. Uno de ellos es Enrico Fermi, que no volvió a Italia tras recibir el premio Nobel unos meses antes. Fermi no es judío, pero su esposa sí, y por esto había abandonado su país como consecuencia de las leyes antisemitas promulgadas en Italia en 1938 por influencia alemana. Fermi pregunta a Heisenberg por qué no aprovecha el viaje para quedarse en Estados Unidos. La respuesta, “Alemania me necesita”, genera inquietud entre los presentes.

El proyecto Manhattan, una vez puesto en marcha, supuso la mayor concentración de talento que se haya dado jamás, con los mejores cerebros de la física del momento trabajando contrarreloj ante el temor de que sus colegas alemanes llevaran la delantera. Hubo dos notables excepciones: Albert Einstein, que nunca tuvo interés en la fisión, y Lise Meitner, que no quiso trabajar en la construcción de una bomba. El resto de los físicos punteros de la época sí estuvieron en el proyecto: Enrico Fermi, por ejemplo, logró en diciembre de 1942 construir por primera vez un reactor nuclear, que serviría para producir plutonio. También Leo Szilard, Wheeler y Wigner estuvieron involucrados en el proyecto. Incluso Niels Bohr llegó a participar, tras verse forzado a huir de Dinamarca en una rocambolesca fuga, debido a sus antecedentes judíos.

A finales de 1941 Bohr había visto a Heisenberg, con quien le unía una larga amistad, pero por primera vez la conversación entre ambos estaba lastrada por la desconfianza. Bohr no sabía cómo interpretar el diálogo entre ambos. ¿Había intentado Heisenberg consultarle para resolver los problemas ligados a la construcción de una bomba? ¿Intentaba advertirle de que Alemania la estaba construyendo o intentaba decirle que Alemania no tenía opciones de concluir el proyecto? Bohr estaba confuso. Cuando conoció el proyecto Manhattan pudo comprobar que una predicción suya se había cumplido: Estados Unidos se había convertido en una inmensa fábrica que no sólo refinaba uranio sino que también producía plutonio.

Resulta irónico que Alemania, el lugar en que se había iniciado la cadena de acontecimientos con el descubrimiento de la fusión nuclear, nunca llegase a estar cerca de la construcción de la bomba atómica. La fuga de cerebros provocada por las políticas nazis y el caos organizativo en los proyectos fueron de tal magnitud que ni siquiera se puede hablar con propiedad de un programa nuclear alemán. Cuando Einstein tuvo conocimiento de lo alejada que había estado siempre Alemania de conseguir la bomba atómica calificó la carta enviada a Roosevelt como de gran error.

No fueron los únicos en pensar que los descubrimientos de la física se estaban empleando de forma equivocada. El caso más llamativo es el de Leo Szilard que, pese a ser la mano que había impulsado todo el proceso, tampoco quiso nunca que se usara la bomba en la práctica y abogó por limitarse a hacer una demostración que debería llevar por sí misma a la rendición del enemigo. Tras la guerra, Szilard decidió abandonar la física para dedicarse a la ciencia de la vida por excelencia: la biología. 

 

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El espía perfecto

12 sábado Nov 2022

Posted by ibadomar in Historia

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Espionaje, Historia, Lenin, Primera Guerra Mundial, Revolución rusa, Siglo XX

Sé que todos los lectores de este blog esperan que en esta fecha, 12 de noviembre, se publique un artículo que toque la Primera Guerra Mundial. Esta vez vamos a hablar de agentes secretos, esos individuos que pasan información a un país acerca de alguna potencia enemiga, o que participan en acciones de sabotaje contra el esfuerzo de guerra de un país por cuenta de otro, o que desestabilizan a un gobierno por cuenta de una potencia extranjera. Nuestro protagonista será alguien que consiguió el mayor de los éxitos en esas tres facetas. Me refiero a Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin.¿Lenin un espía? Seguro que esta afirmación sorprende a más de un lector. Pero si tenemos en cuenta que usó fondos alemanes para desestabilizar al gobierno ruso, que mientras estaba en el exilio traficó con información que le pasaban sus contactos en Rusia y que hizo que Rusia saliera de la guerra firmando un tratado de paz que convertía al país en poco más que un estado vasallo de Alemania, podemos afirmar que fue el más exitoso de todos los agentes alemanes. Cierto que su motivación no era ayudar a las Potencias Centrales sino alcanzar el poder, pero para ello no dejó de trabajar en favor de los intereses de las potencias enemigas de su propio país hasta el mismo día en que terminó la guerra.

Lenin ya estaba en contacto con los servicios secretos de las Potencias Centrales en 1914, época en la que residía en Cracovia, entonces parte del Imperio Austrohúngaro. Allí colaboraba con una asociación patrocinada por el gobierno austriaco, la Unión para la Liberación de Ucrania. Los lazos con una organización creada para extender actividades subversivas en territorio del Imperio Ruso, le fue muy útil a Lenin cuando, en su calidad de ciudadano ruso, fue detenido al estallar la Gran Guerra. Su detención fue breve y pronto las autoridades le dieron un salvoconducto para viajar a Suiza. Es significativo que este viaje no se hiciera por medios particulares sino en un tren correo militar austriaco.

En Suiza, Lenin estableció contacto con un estonio que se encargó de publicar sus escritos e introducirlos de contrabando en Rusia. A él le entregó Lenin en 1915 un documento, que sin duda se tendría en cuenta dos años más tarde, en el que se especificaban las condiciones que pondría una Rusia revolucionaria para firmar la paz con Alemania. El mismo hombre, que evidentemente estaba en contacto con los servicios de información alemanes, recibía a cambio de su ayuda copia de los informes que le llegaban a Lenin sobre la situación interna en Rusia.

Y entonces llegó la Revolución de Febrero de 1917, el zar se vio forzado a abdicar, Rusia se encontraba con un gobierno provisional… y Lenin se desesperaba al verse apartado de los acontecimientos. ¿Pero cómo regresar a Rusia? La respuesta la tenía el ministerio de asuntos exteriores alemán, que vio en el apoyo a los más extremistas de entre los extremistas bolcheviques la mejor manera de sumir a Rusia en el caos y obligarla a salir de la guerra. No era un plan nuevo: los alemanes ya habían apoyado actividades subversivas en países enemigos, y como ejemplo tenemos una fallida sublevación en Irlanda. Dispuestos a probar suerte en Rusia, pusieron un tren a disposición de Lenin y otros emigrados rusos para que viajaran a la neutral Suecia y desde allí entraran en Rusia.

Lenin sobrepasó todo lo que los alemanes podían esperar de él. Para desconcierto de sus compañeros de partido, su programa no daba ni la menor oportunidad al gobierno provisional, sino que pretendía derrocarlo de inmediato y tomar el poder por la fuerza. El primer intento llegó apenas Lenin bajó del tren. No había terminado el mes de abril cuando los bolcheviques intentaron derrocar al gobierno aprovechando unos disturbios surgidos a raíz de una declaración gubernamental sobre los objetivos de la guerra. El golpe fracasó, como era de esperar puesto que el ruso medio no estaba dispuesto a firmar una paz con Alemania de buenas a primeras, pero sirvió de primera experiencia de cara a la futura toma del poder. Los bolcheviques eludieron su responsabilidad en el intento de derribar al gobierno atribuyendo la acción a «exaltados».

El segundo intento tuvo lugar en julio. Rusia había intentado cumplir con sus obligaciones militares para con los Aliados mediante una ofensiva, pero pronto se vio obligada a retroceder ante el empuje alemán. Cuando el gobierno decidió enviar al frente a la guarnición de Petrogrado, en la que el partido bolchevique tenía gran influencia, los acontecimientos se precipitaron. Los bolcheviques, que contaban con usar las tropas de la guarnición en su asalto al poder, veían sus planes en peligro si la guarnición salía de la capital, por lo que iniciaron una campaña incitando al motín. Las tropas no necesitaron demasiado para salir a la calle en un golpe de estado que estuvo a punto de tener éxito, pero que se frustró cuando todo parecía decidido a su favor debido a que se filtraron las conexiones alemanas de Lenin.

La filtración fue cosa de Pavel Pereverzel, ministro de justicia del gobierno provisional, que aprovechó los datos facilitados por los servicios de información franceses. Los bolcheviques vacilaron, puesto que las tropas sí aceptaban manifestarse en contra de ir al frente, pero de ahí a colaborar abiertamente con el enemigo mediaba un abismo y el viaje de Lenin atravesando territorio alemán le había hecho muy sospechoso entre los soldados. El resultado final fue que el golpe fracasó y el partido bolchevique se vio contra las cuerdas. Todo hacía pensar que pronto seguiría un juicio público en el que se aclararían los vínculos de Lenin con los alemanes, pero Kerenski, recién nombrado primer ministro, no se decidió a dar el paso. Al contrario, destituyó a Pereverzel con la absurda excusa de que éste se había precipitado al difundir la información y se había perdido la oportunidad de establecer de forma definitiva la traición de Lenin. Kerenski siempre estuvo más preocupado por la imaginaria posibilidad de un golpe monárquico que por la auténtica amenaza que iba a acabar con su gobierno apenas tres meses después.

El partido bolchevique se vio sumido en el desconcierto, e incluso en la desesperación, al encontrarse al borde de la catástrofe que supondría una investigación a fondo justo cuando habían estado a punto de tomar el poder; pero la pasividad de Kerenski le permitió recuperarse. En octubre los bolcheviques habían aprendido de sus fracasos anteriores. Esta vez no confiaron en las masas, demasiado imprevisibles, ni en manifestaciones, sino en pequeñas unidades muy disciplinadas que tomaron los puntos clave: correos, central telefónica, central eléctrica, ferrocarriles, etc. Petrogrado quedó así bajo el control bolchevique y Lenin pudo alzarse finalmente con el poder. Quedaba por ver qué relaciones se establecían ahora entre el nuevo gobierno ruso y los alemanes.

Las conversaciones entre ambas partes empezaron antes de que terminara el año. La posición de Lenin era la de firmar una paz cuanto antes, puesto que de otra forma consideraba inviable conservar el poder. Necesitaba librarse de la presión exterior para poder utilizar las armas contra sus enemigos internos, pero tropezaba con la oposición de muchos de sus compañeros de partido, que querían utilizar las conversaciones de paz como resorte para impulsar una revolución a escala europea. El resultado fue la dilatación de las negociaciones hasta que la delegación alemana, en febrero de 1918, se hartó de no llegar a ninguna parte, abandonó la mesa de negociación y se reanudaron las operaciones militares. Como era de esperar, las tropas rusas apenas mostraron resistencia y se reemprendieron las negociaciones, esta vez siguiendo las consignas de Lenin de ceder en lo que hiciera falta. Así se llegó al tratado de paz de Brest-Litovsk, que si no es tan conocido como el de Versalles es porque la derrota alemana ante los aliados occidentales hizo que muchos de sus efectos desaparecieran.

El tratado permitió a Alemania destinar al frente occidental a todos los ejércitos que hasta entonces mantenía en Rusia, pero las ventajas no eran sólo militares, puesto que las condiciones eran draconianas. Rusia perdía gran parte de su territorio: todo lo que estaba situado en Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania y además reconocía la independencia de Ucrania, mientras que Alemania triplicaba su tamaño. Los ciudadanos y empresas de las Potencias Centrales quedaban exentos de las nacionalizaciones aprobadas por los nuevos gobernantes rusos y además Alemania y Austria-Hungría veían reconocida la deuda del Imperio Ruso, pese a las decisiones del gobierno bolchevique de no pagar la deuda externa. En la práctica se ponía la economía rusa en manos alemanas, puesto que para las empresas era más seguro vender la propiedad a dueños alemanes, que estaban exentos del riesgo de nacionalización, que afrontar las caóticas políticas revolucionarias. 

El nuevo gobierno ruso siguió haciendo pagos a Alemania y garantizando las transacciones con ciudadanos alemanes hasta el mismo momento del armisticio del 11 de noviembre, que puso fin definitivamente a la Primera Guerra Mundial. De no haber sido por su derrota en el frente occidental, Alemania habría logrado convertir a Rusia en una colonia por el módico precio de 50 millones de marcos oro de la época, que es el monto estimado de las transacciones hechas por el gobierno alemán para acciones de propaganda y subversión en Rusia hasta el 31 de enero de 1918. El autor del que he obtenido esta cifra aclara que esa cantidad era equivalente a más de 9 toneladas de oro.

Sabiendo que el precio actual del oro es de unos 54 euros por gramo, podemos calcular lo que le costó al gobierno alemán instalar a un agente propio en el poder de una potencia enemiga y convertir a ésta en una colonia desde un punto de vista económico en un plazo de apenas un año: unos 54 millones de euros. Nunca una operación de subversión en una potencia enemiga salió tan rentable.

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Enfermera, resistente, mártir, espía

12 viernes Nov 2021

Posted by ibadomar in Historia

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Cavell, Historia, Primera Guerra Mundial, Siglo XX

¡Hemos llegado al décimo cumpleaños de Los Gelves! Para celebrarlo hay una nueva página que comenta el aniversario, a la que se puede acceder pulsando en el enlace correspondiente en la cabecera del blog… o haciendo click aquí, que es mucho más directo. Pero lo importante son los artículos… y un 12 de noviembre sin artículo sobre la Primera Guerra Mundial, no es un 12 de noviembre como es debido.

Hoy hablaremos de una historia ambigua, incómoda y un tanto descorazonadora. Es la historia de Edith Cavell, la mujer que aparece en la fotografía. Una enfermera británica que ejercía su profesión en Bélgica cuando comenzó la Gran Guerra y que se hizo célebre por un motivo muy desagradable: fue fusilada en octubre de 1915.

Edith Louisa Cavell había nacido en diciembre de 1865 y no se puede decir que el suyo fuese un caso de vocación temprana por la enfermería, puesto que tenía ya 30 años cuando decidió acceder a la profesión, tras haber atendido a su propio padre durante una enfermedad cuyos detalles desconozco. Debió de descubrir que en el cuidado de enfermos estaba su lugar en el mundo, puesto que destacó lo suficiente como para que en 1907 la contratara una escuela belga de enfermería (la École Belge d’Infirmières Diplômées) que acababa de fundarse.

El estallido de la guerra en el verano de 1914 sorprendió a Edith Cavell en Inglaterra, visitando a su madre y a sus hermanos. Edith comprendió que durante una guerra el lugar de una enfermera está en su hospital así que regresó a Bélgica sin que pudiera disuadirla nadie de su familia ni de sus amigos. La clínica en la que trabajaba se convirtió en un centro en el que se atendía a heridos belgas, alemanes, franceses o ingleses puesto que Cavell y su equipo no hacían distinciones de nacionalidad, y tampoco tendría sentido hacerlas en un hospital amparado por la Cruz Roja Internacional. Pero Edith Cavell no se limitaba a ejercer como enfermera.

La ocupación alemana de Bélgica en 1914 fue un hecho muy traumático. Una invasión armada lo es por definición, pero en este caso las cosas fueron aún más lejos: Bélgica era neutral, pero el plan Schlieffen alemán obligaba a pasar por su territorio para invadir Francia en un movimiento de flanqueo. Los alemanes podían comprender que el pequeño ejército belga opusiera una resistencia de principio y abandonara la lucha pronto, pero no fue así: Bélgica tenía pocas tropas pero luchó enconadamente, obstaculizando un plan Schlieffen en el que la velocidad lo era todo.

Esto contribuye a explicar la brutalidad con que se empleó un ejército alemán frustrado por las dificultadas creadas por una pequeña nación que se resistía a admitir su inevitable derrota. No sólo se trata de que soldados embrutecidos por la violencia del combate y espoleados por el consumo de alcohol cometieran abusos sino de que estos abusos fueron tolerados e incluso fomentados por el mando. Cualquier conato de resistencia se reprimía mediante la toma y fusilamiento de rehenes, saqueo de poblaciones y todo el catálogo de atrocidades que normalmente asociamos a la Segunda Guerra Mundial, pero que ya estuvieron presentes durante la Primera. El episodio más conocido fue la destrucción de Lovaina, incluyendo el incendio de su incomparable biblioteca.

Cuando se corre el riesgo de ser fusilado porque un convecino a quien no se conoce de nada ha disparado contra las tropas de ocupación, el deseo de huir es natural. No eran pocos, por tanto, los civiles que deseaban escapar de Bélgica. No sólo civiles, también había soldados aliados atrapados tras las líneas alemanas que querían escapar del cautiverio o la sentencia de muerte. Y aquí es donde entra la segunda actividad de Edith Cavell, que se ocupaba de atender heridos en su hospital, sí, pero que además formaba parte de una red que ayudaba a ocultar fugitivos y enviarlos a la neutral Holanda.

Era una actividad tremendamente arriesgada. Al violar la legislación militar, Cavell se jugaba la vida y lo sabía, pero si actuaba con precaución, si conseguía ser discreta, si nadie la delataba, si, si, si… Eran demasiados puntos débiles y finalmente Edith Cavell fue arrestada a principios de agosto de 1915. No fue la única: otros miembros de la red de asistencia a los fugitivos cayeron con ella. Durante las diez semanas siguientes, Edith Cavell fue prisionera a la espera de juicio. Éste tendría lugar a principios de octubre y en él las cosas pintaban mal para Cavell y sus compañeros de infortunio, puesto que la pena por ayudar a escapar de territorio ocupado a soldados enemigos era la muerte. No parece que esto impresionara a la enfermera británica, puesto que admitió serenamente los hechos. Pero esto colocaba a los alemanes en una posición difícil, ¿qué hacer con Edith Cavell?

Desde un punto de vista legal, la cosa estaba clara: Cavell era ciudadana de un país enemigo, aunque protegida por su condición de personal sanitario. Pero al ser culpable de ayudar a combatientes a reunirse con su ejército perdía tal protección y debía ser tratada como cualquiera que violara las leyes de guerra. Eso implicaba el pelotón de ejecución, pero fusilar a mujeres nunca ha sido una manera de ganarse las simpatías de la opinión pública internacional, por muy justificado que esté desde el punto de vista legal. Los diplomáticos británicos, compatriotas de Cavell, no podían hacer nada puesto que eran beligerantes, pero los de Estados Unidos y España (ambas naciones neutrales en 1915) hicieron cuanto pudieron para que Edith Cavell fuese perdonada.

Su destino se decidió el 11 de octubre de 1915: Edith Cavell sería fusilada. El gobernador militar alemán, Moritz von Bissing, que estaba convencido de que Cavell era una espía que merecía el paredón, temiendo que la prolongación del asunto empeorara las cosas, decidió acelerar el proceso. En consecuencia, Cavell y sus compañeros de sentencia fueron pasados por las armas apenas unas horas después, el 12 de octubre a las 7 de la mañana. El diplomático español Rodrigo de Saavedra y sus colegas norteamericanos se mantuvieron activos durante toda la noche en un esfuerzo tan generoso como inútil.

Edith Cavell, por su parte, declaró poco antes de morir que no deseaba ser recordada como una heroína ni como una mártir, sino simplemente como una enfermera que había intentado cumplir siempre con su deber. Como era de esperar, nadie le hizo caso. La propaganda vio en ella una oportunidad perfecta y su figura se empleó en beneficio de la causa aliada con notable éxito: en los meses posteriores a su ejecución, se duplicó el número de hombres que se alistaban para combatir inspirados por la imagen de la heroica enfermera martirizada, que se empleó con profusión en la prensa y los carteles de reclutamiento.La ejecución de Edith Cavell, junto a hechos como la destrucción de Lovaina o el hundimiento del Lusitania, sirvió a la causa aliada para propagar la imagen de la barbarie alemana. Y es que Cavell formaba parte de una red de asistencia a fugitivos, sí, pero al fin y al cabo no era una espía… ¿o sí lo era? Cien años después de su muerte, en 2015, la ex-directora del servicio secreto británico MI5, Dame Stella Rimington, declaraba haber encontrado en los archivos documentos que prueban que Cavell formaba parte de una red que recogía información y la enviaba mediante mensajes cifrados ocultos en la ropa de los fugitivos. No está claro hasta qué punto estaba ella involucrada en la recogida de información, pero ahora sabemos que sí formaba parte de una célula de espionaje. De manera que Moritz von Bissing, el gobernador alemán, no se equivocaba al considerar a Cavell como una espía.

En realidad no importa si era espía o no. La propaganda aliada habría considerado a Cavell como una mártir inocente aunque la hubiesen atrapado con un libro de códigos en la mano, y los alemanes la habrían fusilado por su participación en la fuga de soldados aliados en cualquier caso. Edith Cavell, por su parte, sigue presente en monumentos, libros y películas e incluso da nombre, desde 1916, a una montaña en Canadá. Todo ello para recordar a la mártir y heroína porque, siendo realistas, nadie recuerda a Edith Cavell por su labor como enfermera, por más que éste fuera su deseo.

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