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El volantazo que causó 16 millones de muertes

12 lunes Nov 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Francisco Fernando, Francisco José, Guerras de los Balcanes, Historia, Mano Negro, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Princip, Sarajevo, Siglo XX

Hoy estamos de aniversario. El 12 de noviembre de 2011, hace exactamente un año, se estrenaba este blog con una entrada titulada Ayer fue 11 de noviembre en la que la fecha del final de la Primera Guerra Mundial nos daba el tema del artículo. Parece adecuado que la entrada de hoy trate de cómo se inició aquella contienda. Para los habituales del blog que quieran además leer un balance de este primer año he escrito una página aparte que podéis leer haciendo click aquí.

A veces el destino es caprichoso y un hecho trivial tiene consecuencias desmesuradas. El que un conductor haga un giro equivocado y enfile una calle errónea no parece suficiente motivo para provocar la muerte de unos 8 millones de combatientes y de otros tantos civiles y dejar unos 7 millones de mutilados. Y sin embargo el origen de la Primera Guerra Mundial está precisamente en un giro erróneo.

Naturalmente estoy distorsionando los hechos, pero no tanto como se pueda pensar. En 1914 las potencias europeas vivían un ambiente prebélico que hacía prever una guerra a gran escala. Sólo faltaba un casus belli, una chispa que provocara el incendio que arrasaría todo el continente. Esa chispa prendió como consecuencia del error de un conductor en Sarajevo el 28 de junio de 1914, pero las auténticas causas son más profundas: el reparto entre los imperios europeos de territorios coloniales, fuente de materias primas y mercado de manufacturas, había causado muchos roces. Alemania, por ejemplo, había llegado tarde a la era colonial, pero no por ello se mostraba menos activa en la búsqueda de concesiones comerciales, con frecuentes encontronazos con otras potencias industriales como Gran Bretaña. A esto hay que sumar el auge nacionalista de la época, impulsor de la idea imperialista, pero también sustento de las aspiraciones de minorías que encontraban además el apoyo de terceras potencias que buscaban debilitar a sus rivales. Un ejemplo de este caso es la minoría servia en Austria-Hungría (en este artículo escribiré Servia con v, a la manera en que se escribía en castellano en la época que nos ocupa. No se empezó a escribir Serbia con b hasta la guerra de los Balcanes de los años 90 por influencia del inglés). La política de alianzas seguida por las grandes potencias creaba además la posibilidad de que un conflicto local pasara a generalizarse por todo el continente.

Los conflictos diplomáticos en los que la guerra estuvo cerca fueron numerosos. En un par de ocasiones, en 1905 y 1911, Alemania y Francia hicieron subir la tensión a cuenta de la presencia en Marruecos, pero fue en los Balcanes en donde finalmente estallaría aquella olla a presión. Era el escenario ideal porque el Imperio Turco se desmoronaba, dando lugar a la aparición de nuevos estados, y creando una situación de fronteras cambiantes en la que eran muchos los aspirantes a sacar tajada. Así, en 1908 Austria-Hungría se anexionó definitivamente Bosnia-Herzegovina, que ya administraba desde 1878 aunque formalmente seguía perteneciendo al Imperio Otomano. Esto provocó una crisis en la que el gobierno austrohúngaro contaba con que la debilidad de Rusia, tras su derrota ante Japón en 1905, no le permitiría intervenir militarmente en una zona objeto de sus intereses mientras que Servia, alarmada por la expansión imperial de su vecino, no tenía capacidad de oposición.

El siguiente susto tendría lugar en 1912 cuando Bulgaria, Servia, Montenegro y Grecia fueron a la guerra con Turquía y, tras la derrota otomana, se repartieron los territorios europeos de su rival, pero en 1913 los vencedores se enzarzarían en nueva guerra. Esta vez Bulgaria, la gran triunfadora del conflicto anterior, se vio enfrentada a Rumanía, Servia, Grecia y Turquía. El resultado de las dos guerras balcánicas se ve claramente en el mapa, que como de costumbre he tomado prestado de Wikipedia: Turquía deja de ser una potencia europea y su territorio se lo reparten entre los jóvenes estados balcánicos.

Las guerras balcánicas cerraron el conflicto de la región en falso porque Austria-Hungría difícilmente podía aceptar la expansión servia, que alentaba el separatismo en regiones como Bosnia, mientras que Rusia no podía dejar de apoyar a los nuevos estados balcánicos, sus aliados naturales en la región. Este conflicto de intereses entre los dos imperios abría la posibilidad, cada vez más real, de una guerra entre grandes potencias europeas y en consecuencia se prepararon planes bélicos y se aceleró una carrera de armamentos que, para ser aceptada por la opinión pública, llevó a incidir en el peligro de que se desatara un conflicto, lo que hacía que este riesgo fuera cada vez más aceptado como una posibilidad cierta. Y así es como llegamos al fatídico 28 de junio de 1914.

Aquel día el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José, estaba de visita en Sarajevo, capital de la recientemente incorporada al imperio Bosnia-Herzegovina. El imperio vivía un delicado equilibrio y las minorías de los Balcanes eran fuente de preocupación, aunque precisamente el archiduque era partidario de darles mayor representación, en oposición al punto de vista más conservador de su tío, el monarca. Esto no le libraba de ser el blanco de los odios de la minoría servia, puesto que una mejor integración de esta minoría en el imperio significaría una estabilidad que haría más difícil la creación de la Gran Servia, objetivo al que apuntaba el nacionalismo servio y, dentro de él, una organización secreta conocida como La Mano Negra.

La visita del heredero a Sarajevo comenzó cuando la comitiva de seis coches, en el tercero de los cuales iba el archiduque (algunas fuentes dicen que iba en el segundo, pero eso no hace al caso), dejó la estación de tren de la ciudad a las 10 de la mañana y se dirigió al ayuntamiento. Siete asesinos esperaban su oportunidad en distintos puntos del recorrido. Todos ellos formaban parte de una facción de La Mano Negra dirigida por el coronel Dragutin Dimitrijević, más conocido como Apis, jefe del servicio de inteligencia militar servio.

En su recorrido por las calles de Sarajevo la comitiva pasó junto a dos de los asesinos, que no tuvieron ocasión de actuar. Un tercero sí consiguió arrojar una bomba, pero ésta rebotó en el coche del archiduque y estalló tras él, provocando una veintena de heridos pero dejando ileso a su objetivo. El asesino frustrado intentó suicidarse tragando una cápsula de cianuro, pero el veneno era antiguo y estaba en mal estado, por lo que sólo le provocó vómitos. Mientras tanto el coche del archiduque se alejaba a toda velocidad del escenario del atentado. El heredero del trono parecía haber escapado indemne de sus enemigos.

El archiduque Francisco Fernando llegó muy alterado al ayuntamiento. Allí se encaró con el alcalde de la ciudad: «Vengo de visita y me reciben con una bomba, ¡es indignante!», pero pronto logró calmarse, escuchó los discursos de bienvenida, y respondió a ellos diplomáticamente. Entretanto los asesinos aguardaban sin saber qué hacer y uno de ellos, Gavrilo Princip, hambriento, cruzaba la calle para entrar en una tienda y comprar algo que llevarse a la boca. Tras la recepción, el archiduque expresó su deseo de visitar a los heridos en el atentado, alterando así el plan original de la visita.

A las 10:45 la comitiva se ponía de nuevo en marcha. Tras el coche del alcalde marchaba el del archiduque en el que además iban su esposa y el gobernador Potiorek. Éste había decidido tomar la ruta más directa al hospital, evitando el centro de Sarajevo, pero la precipitación hizo que los conductores no estuvieran sobre aviso del cambio de itinerario. Gavrilo Princip acababa de salir de la tienda con su sandwich cuando se encontró de nuevo con el cortejo de automóviles; el coche del alcalde, en contra de lo previsto por Potiorek, hizo un giro para salir de la avenida junto al río y enfilar el centro de la ciudad, y lo mismo hizo el vehículo del archiduque. Al darse cuenta de que no se seguía la ruta directa que él había previsto, el gobernador Potiorek alertó al conductor: «¡No es por aquí, teníamos que seguir recto por Appel Quay!». El chófer clavó los frenos y se dispuso a retroceder. A apenas dos metros de donde el coche se había detenido estaba Gavrilo Princip.

Princip hizo dos disparos: uno de ellos acertó al archiduque en la yugular y el otro alcanzó a su esposa Sofía en el abdomen. El coche salió disparado de nuevo mientras Princip intentaba suicidarse sin éxito (el cianuro en mal estado sólo le hizo vomitar, como ocurrió con su compañero). En el automóvil, entretanto, la gravedad de la situación se hacía patente cuando al archiduque le salió una bocanada de sangre por la boca. Su mujer se desmayaba unos segundos después y él, dándose cuenta de que ella también estaba herida, sólo acertó a decir «Sofía, no te mueras, tienes que vivir por nuestros hijos». A continuación él también perdía el sentido y minutos después ambos habían muerto.

Aunque el gobierno servio no estaba directamente detrás del atentado sí es cierto que tenía noticias de la trama y apenas hizo nada por impedirla. Austria-Hungría, con el respaldo alemán, vio la ocasión de frenar la expansión servia y resolver la cuestión de los Balcanes por la vía militar, en lugar de intentar una solución diplomática que habría sido pasajera. Pero Rusia, que contaba con el apoyo francés, no podía mantener una actitud pasiva so pena de perder toda influencia en la región. Cuando Austria-Hungría emitió un ultimátum inaceptable para Servia los acontecimientos se precipitaron: el conflicto austro-servio pasó a ser austro-ruso, por lo que Alemania a su vez envió un ultimátum a Rusia, y pronto se vio en guerra con rusos y franceses. El plan alemán de ataque a Francia implicaba ocupar Bélgica, violando su neutralidad, lo que llevó a Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania. El 4 de Agosto toda Europa estaba en guerra.

Como hemos visto las causas de la contienda son complejas y aunque no fue el giro equivocado del coche del archiduque el motivo de las hostilidades, es imposible no preguntarse qué habría ocurrido si los asesinos de Sarajevo hubiesen fracasado, si el conductor hubiese seguido recto y a buen ritmo en su camino al hospital. Probablemente se habría llegado de todas maneras a una guerra que el sistema de alianzas convertía inevitablemente en generalizada, pero también puede que los enfrentamientos entre potencias se hubiesen resuelto mediante conflictos de menor intensidad, como ocurrió durante la Guerra Fría. Quizás no habría habido una Primera Guerra Mundial y por tanto tampoco una Segunda.

Hay una conclusión que sí está clara: las condiciones para que toda Europa se viera envuelta en una guerra, como hemos visto, estaban presentes y una vez que las condiciones para un hecho se han creado sólo hay que esperar al detonante; de la misma forma que un escape de gas, al mezclarse con el oxígeno del aire, crea las condiciones para que haya una explosión, pero ésta no aparece hasta que hay una chispa. En la actualidad Europa parece encontrarse en otro momento inestable, con una situación económica complicada, desconfianza entre los países de la Unión Europea, tensión social, etc, por lo que situaciones antes impensables, como por ejemplo la desaparición del euro o la salida de un país de la Unión, se plantean como posibilidades ciertas. La posibilidad de que la tensión llegue al extremo de provocar una guerra civil en algún país europeo parece de momento más lejana, pero también lo parecía en Yugoslavia en 1990 o en Libia hace apenas dos años. ¿Qué pasará si salta una chispa?

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Cannas

05 miércoles Sep 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Aníbal, Antigüedad, Batalla, Cannas, Cartago, Fabio, Guerras Púnicas, Historia, Marcelo, Momentos cruciales, Paulo, Roma, Tito Livio, Varrón, Zama

Uno de los primeros artículos de este blog trataba de la batalla de Salamina, a la que me refería como un instante crucial de la Historia. Hoy hablaremos de otro momento crítico, aunque en esta ocasión nuestro relato será muy diferente. Se trata de una batalla, sí, pero contra lo que podía parecer en el momento en el que se libró, no fue una batalla decisiva, al contrario, puesto que quien salió vencido se alzaría a la larga con el triunfo en la guerra. Pese a ello ha habido pocos días tan célebres y estudiados como aquel 2 de agosto del año 216 antes de Cristo. Aquel día, cerca de Cannas, un ejército romano fue estrepitosamente derrotado por las fuerzas cartaginesas comandadas por Aníbal. El planteamiento del gran general cartaginés fue tan perfecto que la batalla se sigue estudiando en las escuelas militares dos milenios y cuarto después de que fuera librada. Las consecuencias para Roma fueron catastróficas, pero aun así ganó la guerra. Merece la pena repasar lo que ocurrió aquel día y, sobre todo, lo que sucedió después. Pero vayamos con los antecedentes.

La Segunda Guerra Púnica había comenzado de forma desconcertante para Roma. Aníbal se presentó en Italia siguiendo una ruta terrestre al poco de declararse las hostilidades, sin que ningún estratega romano hubiera pensado que la guerra alcanzaría terreno italiano. Naturalmente Aníbal sabía que no tenía capacidad para  tomar Roma al asalto pero, como se demostró durante los años 218 y 217 antes de Cristo, sí podía campar por la península socavando las alianzas de Roma con las tribus de Italia, desgastando la resistencia romana y, cuando los romanos se dejaban arrastrar a la batalla, infligiendo severas derrotas a las legiones. Aníbal era consciente de que Roma poseía una buena infantería pesada, pero su caballería no era rival para los cartagineses y el genio táctico del general púnico superaba al de cualquier romano que se le enfrentara.

Los romanos decidieron escoger un dictador, posibilidad permitida por la ley en caso de emergencia, y eligieron para el caso a Quinto Fabio Máximo, que adoptó lo que desde entonces se conoce como estrategia fabiana y que consiste en rehuir el enfrentamiento directo con el enemigo. Fabio se limitaba a pequeñas escaramuzas para desgastar al ejército adversario mientras que colocaba al suyo propio siempre en posiciones escarpadas en las que la caballería cartaginesa no podía actuar. La situación era desesperante para la opinión pública romana puesto que el ejército de su flamante dictador se limitaba a perseguir al de Aníbal sin aceptar nunca la batalla. Fabio recibió el sobrenombre Cunctator, que significa retardador, y pasados los seis meses de su mandato el poder volvió a los cónsules, que aquel año fueron Lucio Emilio Paulo y Marco Terencio Varrón. Y ellos no retrasaron el enfrentamiento. Más les habría valido hacerlo, por cierto.

Los cónsules tenían a su disposición un gran ejército. Como de costumbre en estos casos no se sabe el tamaño exacto ni siquiera su composición, pero es habitual aceptar el dato de 8 legiones con sus correspondientes contingentes aliados para sumar unos 80.000 hombres, más o menos el doble de las fuerzas de Aníbal, aunque hay que recordar que la caballería púnica era superior en número y calidad a la romana. Ambos ejércitos se enfrentaron a orillas del río Ofanto y podemos imaginar el despliegue como dos formaciones de infantería con caballería en las alas. La infantería romana formaba una línea recta, mientras que la cartaginesa adoptaba una disposición abombada en la que el centro, donde estaban las tropas más débiles, sobresalía hacia el enemigo. Cuando ambas infanterías chocaron, el centro púnico, como era de esperar, se fue hundiendo mientras que la caballería de Aníbal no tenía ningún problema en poner en fuga a los jinetes romanos y salir en su persecución.

En ese momento Aníbal hizo avanzar los extremos de su línea de infantería con el resultado natural de que la formación se transformara en una bolsa en cuyo interior estaba todo el ejército romano. Para completar el cerco, se produjo el regreso de la caballería y así las legiones se encontraron totalmente rodeadas. Como una imagen lo explicará más elocuentemente que yo, he buscado una que ilustra lo que ocurrió.

Se cree que de los 80.000 romanos murieron unos 70.000 mientras que las bajas en el ejército de Aníbal fueron de unos 6.000 hombres. Nunca se había visto nada igual. Aníbal había conseguido una victoria inigualable y buena parte de los aliados italianos de Roma se pasaron a sus filas. Sus generales le incitaban a marchar sobre Roma, aunque él desoyó el consejo y todavía hoy hay división de opiniones acerca de si se equivocó o no. Es posible que tomar Roma hubiese estado fuera del alcance de Aníbal y en ese caso la intentona habría servido sólo para empañar la gran victoria, pero también puede que hubiera tenido éxito, aunque la reacción de la Ciudad deja poco lugar a dudas en cuanto a la determinación de seguir luchando de sus habitantes.

Imaginemos cómo cayó en Roma la noticia. 70.000 muertos es una cifra enorme y es difícil que hubiese alguien en la ciudad que no hubiese perdido a varios parientes o amigos. Sin embargo el Senado no se planteó la posibilidad de capitular. Al contrario, se prohibió llorar a los muertos en público para evitar que se hundiese la moral, se pusieron guardias que impedían abandonar la ciudad a los posibles desertores y se procedió a reclutar nuevas tropas entre los romanos más jóvenes, a los que hubo que armar con los trofeos de victorias del pasado por falta de material de guerra. El Senado rechazó pagar rescate por los prisioneros, para no dar dinero al enemigo ni fomentar la falta de disposición a sacrificarse por la patria. Por último, se recurrió a un cruel rito casi olvidado: un hombre y una mujer galos y un hombre y una mujer griegos fueron enterrados vivos en el foro boario para aplacar a los dioses.

A posteriori resultó que la táctica fabiana era la correcta y por ello el sobrenombre Cunctator se convirtió en un título honorífico, aunque suena mucho mejor el que le dio a Quinto Fabio el historiador Tito Livio: el escudo de Roma. Por cierto que en aquella misma época a Claudio Marcelo se le conoció como la espada de Roma, lo que demuestra que los romanos tenían un gran talento para los sobrenombres sonoros y evocadores.

La Segunda Guerra Púnica tendría aún muchos episodios y alternativas en diferentes teatros de operaciones hasta la definitiva derrota cartaginesa en Zama en el año 202 a.C, pero lo que me gustaría transmitir es lo excepcional de Cannas, no tanto por la aplastante victoria de Aníbal sino por la reacción romana. Hay mucha materia para reflexionar. Personalmente considero por lo menos los siguientes puntos de interés:

– A menudo lo que se desea es la opción equivocada: a Cunctator su táctica le costó el descrédito porque toda Roma estaba deseando llegar de una vez a la batalla. Como hemos visto esto colocó a la república al borde del desastre, aunque al menos los romanos tuvieron la grandeza suficiente como para reconocer el mérito de Fabio a posteriori. Esto nos podría llevar también a reflexionar sobre lo acertado o no de las decisiones tomadas a partir de la opinión pública, pero aunque el asunto es apasionante para tratarlo en una charla de sobremesa, entraríamos en un terreno muy escabroso.

– Nunca hay que darse por vencido antes de tiempo: Roma podría haber pedido la paz después de Cannas y no habría historiador que negara que era la única opción razonable después de semejante desastre. Y sin embargo a la larga Roma salió vencedora y convertida en la gran potencia del Mediterráneo gracias a su testarudez.

– No basta con vencer y sobre esto es especialmente elocuente el reproche que al parecer hizo Maharbal a Aníbal cuando éste renunció a marchar sobre Roma tras la victoria de Cannas: «Los dioses no dan todos sus dones a un solo hombre. Tú sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria». Y es que no basta con el triunfo de un día si sobre él no se construye nada.

La gran victoria de Aníbal es, como se ve, un asunto digno de estudio y de reflexión, como también lo es su derrota en Zama ante Escipión. Pero la historia de Zama merece un artículo aparte y por eso os la contaré otro día.

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Hace 800 años. Las Navas de Tolosa.

20 viernes Jul 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Al Andalus, al-Nasir, Alfonso IX, Alfonso VIII, Almohades, Almorávides, Batalla, Edad Media, Historia, Inocencio III, Momentos cruciales, Navas de Tolosa, Pedro el Católico, Reconquista, Sancho el Fuerte

Dedicado a @AntonioMaestre, porque una discusión tuitera con él dio origen a este artículo, y puede que a otro u otros dos más.

Como apenas sigo los medios de comunicación no estoy seguro de si se ha conmemorado de alguna manera especial el octavo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa. Me da la impresión de que no, y eso a pesar de que es un acontecimiento muy significativo de nuestra Historia. Intentaré poner mi granito de arena para divulgar qué ocurrió aquel 16 de julio de hace 800 años en la batalla que inspiró este cuadro de van Halen que hoy puede contemplar quien se acerque a visitar el Senado, si es que hay alguien que lo haga.

En uno de mis primeros artículos dije que hay algunos raros momentos en los que se aprecia cómo la Historia se encuentra ante una bifurcación y toma uno u otro camino. Aquél 16 de julio de 1212 se considera por lo general como uno de esos días, aunque puede que no fuese tan decisivo como se cree: el poder almohade declinaba y los reinos cristianos estaban en plena pujanza, así que posiblemente una victoria andalusí no habría hecho sino retrasar lo inevitable. Naturalmente no podemos estar seguros, ya que una derrota cristiana podría haber dado a los andalusíes la capacidad de retomar la iniciativa y reorganizar su reino. En ese caso el mundo no sería como hoy lo conocemos. Pero vayamos a los hechos.

En el siglo XI la presión de los reinos cristianos había crecido de tal manera que los reyes de taifas acudieron en busca de ayuda al norteafricano imperio almorávide, pese a la desconfianza que el extremado rigor religioso de aquellos bereberes recientemente convertidos al islam inspiraba a los musulmanes de al-Ándalus; pero a mediados del siglo XII los almorávides ya no eran la gran potencia militar de antaño y habían relajado un tanto su pasión por la religión. Surgió por entonces, también en el norte del África, una nueva amenaza para almorávides y cristianos: los almohades.

Si los almorávides estaban unidos por la religión y los lazos tribales, sus enemigos almohades debían su cohesión casi en exclusiva a su intransigencia religiosa, que incluso les llevaría a considerar a sus teóricos hermanos de fe de al-Ándalus como herejes cuya sangre puede ser derramada en la guerra santa. La paradoja estriba en que durante la segunda mitad del siglo XII, una vez que los almohades dominaron al-Ándalus tras acudir en apoyo de los musulmanes hispanos de la misma manera que lo habían hecho cien años antes sus predecesores, resultaron más tolerantes que éstos. Al menos así lo piensan muchos historiadores a la vista de los numerosos edictos que el califa almohade escribía para recordar los rigores de la religión y amenazando con duros castigos a quien no cumpliera. ¿Por qué se repetían tanto las mismas órdenes si no era porque en realidad no llegaban a acatarse? Que filósofos como Averroes desarrollaran su actividad en esta etapa parece demostrar que hubo más tolerancia de la que cabría sospechar.

Con rigor o sin él la cohesión social de al-Ándalus debía mucho al poder militar almohade, pero a finales del siglo XII se empezaba a notar su declive. Ciertamente aún lograrían imponerse a Alfonso VIII en Alarcos en 1195, pero sus rivales almorávides habían resurgido en el norte de África con el peligro que ello suponía. Quizás por esto el califa de ese momento redobló su fervor y buscó congraciarse con los teólogos con medidas extremas como la persecución a los filósofos o imponiendo a los judíos la obligación de llevar una señal distintiva para diferenciarlos de los musulmanes.

También en el campo cristiano había devoción. Tanta que un viejo conocido de este blog, el Papa Inocencio III decidió llamar a los caballeros europeos a una cruzada contra los almohades. El llamamiento no tuvo demasiado eco salvo en los reinos peninsulares y aun así con algunas reservas: Alfonso IX de León no sólo no estuvo presente en las Navas sino que aprovechó la ocasión para recuperar algunas plazas que habían quedado en poder de Castilla, mientras que sólo la amenaza de excomunión movió a Sancho el Fuerte de Navarra a acudir con retraso y a la cabeza de un reducidísimo ejército. La contienda fue breve, puesto que la campaña llevó a una única gran batalla, que tuvo lugar el 16 de julio de 1212.

El resultado de la batalla de las Navas de Tolosa, aun siendo una gran victoria cristiana, no supuso para los musulmanes el cataclismo que comúnmente se cree. La prueba es que en 1214 Alfonso VIII de Castilla, que no conseguía avances en sus campañas y veía cómo una grave sequía hacía imposible el esfuerzo de guerra, firmó una tregua con los musulmanes para morir poco después dejando un heredero de apenas 11 años con la incertidumbre que ello suponía para el reino. Por su parte, Pedro el Católico de Aragón tampoco sobrevivió largo tiempo a la victoria de las Navas: murió en 1213 dejando como heredero a un niño de apenas 5 años, el futuro Jaime el Conquistador, mientras peleaba paradójicamente contra un ejército cruzado que pretendía combatir la herejía cátara en un conflicto en el que en realidad se disputaba el control del condado de Tolosa (Toulouse). El tercer rey cristiano presente en las Navas, Sancho el Fuerte de Navarra, tuvo mejor suerte puesto que reinó aún durante 22 años.

En cuanto al derrotado califa al-Nasir, conocido entre los cristianos como Miramamolín, se refugió en Marraquech, donde fue asesinado en 1213. Le sucedió su hijo al-Mustansir de 15 años, que al parecer no tenía especiales dotes de gobierno y sí una gran afición a lidiar toros. De hecho parecer ser que su muerte, en 1224 se produjo en un accidente taurino. No dejó herederos, lo que complicó aún más la delicada situación almohade.

En resumen, la batalla fue crucial, pero puede que no fuese exactamente decisiva. El declive almohade se debe más a su fracaso en cohesionar su propio imperio que a factores externos. Los reinos cristianos consiguieron grandes avances en la Península en el siglo XIII, pero no inmediatamente después de la que fue, eso sí hay que reconocerlo, una importantísima victoria. Lástima que se haya perdido la ocasión, una vez más, de dar a conocer un episodio que explica por qué hoy somos como somos.

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