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Una misión sin gloria

12 domingo Nov 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Historia, Lusitania, México, Momentos cruciales, Primera Guerra Mundial, Submarinos, Telegrama Zimmerman, Woodrow Wilson

Ya estamos en noviembre de 2017. Esto quiere decir que Los Gelves cumple seis años y que los lectores habituales de este blog, conocedores de la tradición, están esperando un artículo sobre la Primera Guerra Mundial. Estoy seguro porque conozco bien a mis lectores. No, no es presunción: es que conozco en persona a muchos de ellos. Alguna ventaja tenía que haber en tener un blog minoritario, ¿no?

Era imposible suponer hace seis años, cuando comencé este proyecto, que seguiría con él durante tanto tiempo. A veces ocurre: una acción que parece anodina resulta tener más trascendencia de lo que se podría suponer. Y de eso vamos a hablar esta vez, de un hecho que podría parecer de poca importancia, pero que tuvo importantes consecuencias. De hecho, modificó el curso de la Historia.

Ocurrió el 5 de agosto de 1914, al día siguiente de que el Reino Unido declarara la guerra a Alemania como consecuencia de la violación de la neutralidad belga. Para iniciar las hostilidades, un buque británico, el Telconia según algunas fuentes, navegó hasta las proximidades de la costa alemana, donde cortó varios cables submarinos, dejando a Alemania sin capacidad de establecer comunicaciones trasatlánticas. Por lo demás, la acción se desarrolló sin imprevistos y la tripulación pudo volver a puerto sin mayor novedad.

Dos años y medio más tarde, la entrada de los Estados Unidos en la guerra desequilibraba la balanza de la contienda. Pero la decisión de unirse a las hostilidades no se tomó de buenas a primeras. Todo lo contrario, el gobierno norteamericano había hecho cuanto había podido por mediar entre los beligerantes, aunque sin resultado, mientras el país se mantenía en la neutralidad. Cierto que parte de su población, sobre todo en la Costa Este, era favorable a la Entente, pero no había que despreciar al considerable número de inmigrantes de origen alemán que veían con simpatía la causa de los Imperios Centrales. También contaban los originarios de Irlanda, que temían contribuir a una victoria británica que dificultara la independencia irlandesa. En resumen: entrar en guerra podía ser causa de división interna y el presidente Wilson estaba decidido a mantener a su país alejado del enfrentamiento.

Pero la guerra llamaba a las puertas de Estados Unidos. Por un lado, Gran Bretaña pretendía asfixiar a Alemania con un bloqueo naval que incluía incluso los alimentos destinados a la población civil, por otro Alemania respondía con una guerra de corso destinada a bloquear a su vez a las islas británicas. Los submarinos alemanes añadían una interesante novedad a este tipo de guerra, ya que su difícil detección contrarrestaba la superioridad naval británica.

Al principio fue una guerra bastante limpia: un submarino que quisiera interceptar un mercante en aguas británicas salía a la superficie, lanzaba un aviso y permitía que la tripulación y los pasajeros abandonaran el barco antes de hundirlo, pero el uso de la radio, cada vez más común, hacía peligroso estar mucho tiempo en superficie cuando el barco podía comunicar que le estaban atacando y dar su posición exacta, por no hablar del uso de barcos de guerra caza-submarinos disfrazados de mercantes. Y así nació la guerra submarina total en la que se atacaba el objetivo mediante torpedos, sin salir a la superficie y sin previo aviso.

Los incidentes eran cuestión de tiempo, y el más conocido fue el del Lusitania: un buque británico de pasajeros torpedeado y hundido en mayo de 1915 cuando hacía la travesía entre Nueva York y Liverpool. Hay que decir que además de pasajeros llevaba municiones y que la embajada alemana había puesto anuncios en la prensa de Nueva York avisando a los pasajeros del riesgo que corrían, como vemos en la imagen, que he obtenido de Wikipedia. Aun así, torpedear un buque con civiles norteamericanos a bordo, era un casus belli inevitable. O casi inevitable, porque Wilson estaba decidido a mantener la neutralidad. Naturalmente, hubo protestas diplomáticas, declaraciones altisonantes, amenazas… pero los Estados Unidos no entraron en la guerra. Todavía no. En septiembre de 1915 Alemania se comprometió finalmente a no atacar buques de pasajeros sin aviso previo y la crisis pareció desactivada.

Un año después, en noviembre de 1916, Wilson era reelegido bajo el lema «He kept us out of war» (Nos ha mantenido fuera de la guerra). El presidente norteamericano seguía intentando mediar e incluso, poco después de la reelección, dictó medidas para reducir los créditos a los beligerantes, ante el temor de que la gran cantidad de dinero que ya se había prestado a la Entente acabara por forzar la entrada del país en la contienda como único medio de no verse arrastrado a la ruina.

Sin embargo el destino es caprichoso. En enero de 1917 Wilson seguía hablando de la necesidad de una paz sin victoria, que sólo así podría ser duradera, y calificaba la posible participación en la lucha como «crimen contra la civilización». Sorprende por tanto observar la cronología, ya que la toma de posesión oficial de Wilson en su segundo mandato fue el 4 de marzo de 1917. Un mes después, el 6 de abril, los Estados Unidos declaraban la guerra a Alemania.

¿Qué había provocado ese sorprendente giro? Principalmente, la desesperación alemana ante una guerra interminable. Los jefes militares apostaban por la reanudación de la guerra submarina sin restricciones, incluso contra buques neutrales. Se trataba de provocar un bloqueo naval que, en teoría, podría servir para asfixiar al enemigo hasta obligarle a pedir la paz. El único obstáculo era la previsible respuesta bélica de Estados Unidos, con su enorme potencial. Sin embargo, el Estado Mayor alemán consideraba que la respuesta americana no llegaría a tiempo porque necesitarían aproximadamente un año para una movilización eficaz, mientras que el bloqueo submarino llevaría al final de la guerra en seis meses.

El canciller alemán no era tan optimista ni mucho menos, pero no pudo evitar que el Káiser firmara la orden para volver al bloqueo submarino a partir del 1 de febrero de 1917. El 31 de enero se avisó de la nueva situación al gobierno americano, que el 2 de febrero rompía relaciones diplomáticas con Alemania. No era la guerra aún, pero la indignación de la opinión pública ante el anuncio alemán hacía prever lo peor. Sólo faltaba un pequeño empujón. Y los ingleses habían encontrado el modo de darlo.

Ellos sabían que para tener todos los cabos bien atados antes de volver a la guerra submarina, los alemanes habían buscado una forma de tener distraídos a los norteamericanos en caso de que se decidieran por las hostilidades. El medio era hacer una oferta al gobierno mexicano invitándole a declarar la guerra a los Estados Unidos a cambio de apoyo financiero y la promesa de apoyarles en la recuperación para México de los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona. De paso sugerían invitar a Japón a unirse a la alianza contra los norteamericanos.

La oferta era tentadora porque las relaciones entre Estados Unidos y México pasaban por un mal momento a causa de una expedición de Pancho Villa en territorio estadounidense, a la que siguió otra de Pershing en México como represalia. El gran problema era hacer llegar el mensaje con la propuesta al embajador alemán en México… porque Alemania seguía sin comunicaciones submarinas a causa de la expedición del Telconia.

Los alemanes usaron dos medios para sortear este problema: por un lado utilizaron los servicios del gobierno sueco, neutral pero que simpatizaba con Alemania. Suecia envió el mensaje a su propio embajador en Buenos Aires, que se lo pasó al embajador alemán, que lo reenvió a la embajada en México. El telegrama tenía que pasar por Inglaterra, pero era de un país neutral, por lo que no debería ser inspeccionado. Sin embargo los ingleses conocían el truco, que era habitual, y habían sido capaces de descifrar el código. Así tuvieron conocimiento del mensaje, enviado el 16 de enero de 1917 por el ministro de exteriores alemán, Arthur Zimmerman.

El segundo sistema empleado para enviar el mensaje fue emplear a los propios norteamericanos. Aprovechando una de las ofertas de paz de Wilson, el embajador alemán en Washington convenció a los norteamericanos de que se podrían agilizar las conversaciones si le permitieran intercambiar mensajes con Berlín por medio de los canales diplomáticos norteamericanos. Los mensajes irían cifrados desde el principio, con lo que los estadounidenses no conocerían el contenido. Aceptar esta propuesta era, en el mejor de los casos, ingenuo, pero los americanos cedieron. También en este caso la ruta de los cables submarinos pasaba por Inglaterra y también los ingleses eran capaces de descifrar estos mensajes. Mejor aún, al recibir el mismo mensaje por dos caminos diferentes, la labor de descifrado era más completa, porque era posible detectar errores y rellenar lagunas.

Imagen tomada de Wikipedia

Con el telegrama de Zimmerman en las manos, los servicios secretos ingleses tenían un arma fenomenal para empujar a Estados Unidos a la guerra, pero había dos problemas: el primero era que si se hacía público el texto, los alemanes sabrían que sus códigos eran vulnerables y los cambiarían por otros; el segundo que los americanos podían reaccionar muy desfavorablemente si se enteraban de que Londres espiaba sus comunicaciones. Para evitar esto se les podía contar que el mensaje procedía únicamente del espionaje de las comunicaciones suecas, pero también Suecia era neutral y sería evidente que si se espiaba a Suecia se hacía lo mismo con otros neutrales, como Estados Unidos. Por otro lado, una vez rotas las relaciones diplomáticas entre Washington y Berlín la guerra parecía inevitable de todas formas, así que ¿para qué molestarse?

Pero la declaración de guerra no llegaba. Wilson parecía estar esperando a que se produjera un ataque contra un barco norteamericano y los alemanes parecían no decidirse a emprender aquella guerra submarina total que habían anunciado. El 22 de febrero los ingleses no pudieron esperar más y enseñaron el telegrama a la embajada norteamericana en Londres. Para sortear los problemas mencionados antes, los servicios secretos consiguieron hacerse con una copia del telegrama archivada en la oficina de telégrafos de Ciudad de México. A partir de aquí se podía hacer creer, por ejemplo, que el telegrama había sido robado y no interceptado. Otro cuento de hadas sobre cómo se había conseguido una copia de un libro de claves dejaba a salvo buena parte de los secretos sobre los sistemas británicos de espionaje.

Para el gobierno americano fue un bombazo. Buscaron entre sus archivos y encontraron el telegrama enviado por medio de sus propios diplomáticos en enero. El personal de la embajada americana en Londres lo descifró con ayuda de una copia del código cedida por el Almirantazgo británico y confirmó la veracidad del texto. El escándalo era monumental. La trama parecía tan descarada que algunas voces se preguntaban si no sería todo un engaño dirigido a forzar la entrada de los americanos en la guerra. Y entonces, el propio Zimmerman confirmó que era cierto que él había enviado aquel telegrama. ¿Por qué lo hizo en lugar de negarlo todo? Es el único misterio que queda por resolver en esta historia.

Una portada del 1 de marzo de 1917

Con el escándalo llegó la participación estadounidense en la guerra. Para Alemania fue un desastre porque sus planes de lograr la paz antes de que la presencia norteamericana se hiciera notar demostraron ser una ilusión. Pero aquel desenlace no habría tenido lugar de no haber sido por aquel oscuro barco que cortó las comunicaciones exteriores de Alemania. No fue una acción gloriosa. Ni siquiera se disparó un solo tiro. Cuando el Telconia volvió a puerto en aquel primer día de las hostilidades, ninguno de sus tripulantes podía sospechar que acababan de ganar la guerra.

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El día en que se aniquiló a un imperio

16 lunes Ene 2017

Posted by ibadomar in Historia

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Batalla, Bombardeo en picado, Dauntless, Devastator, Historia, Kate, Midway, Momentos cruciales, Nagumo, Pearl Harbor, Portaaviones, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Val, Wildcat, Zero

Hay días, pocos, en los que se producen giros dramáticos en la Historia, y de eso sabemos bastante en este blog. Hoy voy a hablar de uno de esos días, o mejor dicho, momentos; porque fueron apenas 6 minutos los que transcurrieron entre el apogeo de un imperio victorioso y su declive irremediable. Ocurrió el 4 de Junio de 1942 junto a unos islotes del Océano Pacífico situados a medio camino entre Asia y América. De ahí su nombre: Midway.

Es sabido que Japón entró en la Segunda Guerra Mundial para resolver por la fuerza el enfrentamiento con las potencias occidentales, inevitable en su expansión por el Sudeste de Asia. Pretender ocupar Singapur (colonia británica), Java (colonia holandesa) o las Filipinas (bajo dominio estadounidense, aunque con independencia prevista para 1946) hacía inevitable una guerra. Puestos a luchar, mejor hacerlo con ventaja, pegando duro desde el primer día con la esperanza de que el adversario no esté dispuesto a pagar el coste económico y sangriento de una guerra. De ahí el ataque a Pearl Harbor de Diciembre de 1941.

Seis meses después de aquel día, Japón se había hecho con los territorios mencionados y con mucho más, pero no podía vencer en una guerra larga frente a una potencia industrial del calibre de Estados Unidos. Baste recordar que Winston Churchill advirtió a los japoneses en su día de que un país que produce 7 millones de toneladas de acero al año no puede derrotar a uno que produce 75 millones de toneladas. Japón, por tanto, tenía que buscar una batalla decisiva que provocara un golpe tan devastador a los norteamericanos que les llevara a buscar una paz negociada. El almirante Yamamoto consideró ocupar Midway, donde Estados Unidos tenía una base aérea, para tener un punto desde el que amenazar con asaltar Hawaii. La flota americana tendría que reaccionar, se produciría el enfrentamiento y Japón saldría triunfante. Así de sencillo.

Los motivos para el optimismo se basaban en la momentánea superioridad japonesa. Estados Unidos acababa de ponerse en marcha y aún no tenía medios para igualar a la flota nipona: en Midway sólo intervinieron 3 portaaviones americanos por la simple razón de que eso era todo lo que había. Técnicamente, Japón tampoco tenía nada que envidiar aún a sus enemigos: el caza embarcado Zero, por ejemplo, era un prodigio, aunque le quedaba poco para quedar en inferioridad ante los nuevos aviones norteamericanos, que aún estaban por fabricarse. En Midway, sin embargo, sus adversarios más peligrosos serían los Wildcat, que apenas podían considerarse equivalentes al avión japónes.

Los americanos tenían, eso sí, una ventaja. Habían logrado descifrar el código naval japonés y conocían el plan de sus enemigos, un plan que era demasiado complicado para salir bien: una fuerza que incluía 2 portaaviones japoneses atacaría las Aleutianas para despistar y alejar a la flota americana, mientras la fuerza principal ocupaba Midway con la ayuda de 4 portaaviones. Sabiendo que los americanos sólo contaban con 3 buques de este tipo es inevitable preguntarse si no habría sido más sensato haber destinado toda la flota a atacar Midway, creando así una fuerza irresistible. Además, el reconocimiento submarino japonés no detectó la salida de la flota americana, por lo que los atacantes se acercaron a Midway pensando que la única resistencia provendría de la propia base.

La batalla propiamente dicha comenzó a las 4:30 del 4 de Junio. A esa hora despegaban de los portaaviones japoneses 36 bombarderos Kate (que también podían usarse como torpederos), 36 bombarderos en picado Val y 36 cazas Zero. Su misión era asegurar la supremacía aérea sobre Midway y ablandar las defensas, pero si esperaban destruir a la aviación americana en tierra se iban a llevar una decepción: perdido el factor sorpresa, los aviones con base en Midway despegaron tan pronto como el radar detectó a los incursores: los cazas para intentar frenar a los atacantes mientras los bombarderos se dirigían hacia la flota japonesa.

Ni los cazas norteamericanos ni el fuego antiaéreo impidieron que la oleada japonesa se abriera paso, pero el bombardeo no obtuvo grandes resultados: las pistas quedaron intactas, los aviones americanos no habían sido destruidos en tierra y las defensas de la isla tampoco habían sufrido daños decisivos. Era evidente que haría falta un segundo ataque aéreo y así se notificó a las 7 de la mañana, cuando aquella primera oleada de atacantes iniciaba el regreso hacia los portaaviones.

Aproximadamente en ese mismo momento, los bombarderos con base en Midway llegaban a las inmediaciones de los portaaviones japoneses e iniciaban un ataque que iba a resultar desastroso: mal equipados y sin protección de cazas, los estadounidenses fueron masacrados, como lo serían todos los aviones procedentes de Midway que se enfrentasen a los buques nipones durante la siguiente hora y media.

Pero precisamente a las 7 de la mañana los portaaviones norteamericanos lanzaban sus aviones contra la flota japonesa. Tardarían algo más de dos horas en llegar a su objetivo, pero lo harían de forma inesperada, porque aunque los japoneses tenían aviones de reconocimiento para asegurarse de que no hubiese buques enemigos por la zona, uno de sus barcos, el crucero Tone, tuvo problemas que le hicieron lanzar sus hidroaviones con 30 minutos de retraso sobre lo previsto. ¿Hace falta decir que la flota americana estaba precisamente en el área que tenía que cubrir uno de los hidroaviones del Tone?

Entretanto, el almirante Nagumo, al mando de la fuerza japonesa de portaaviones, tenía que tomar decisiones con rapidez. El jefe de la primera oleada había radiado la necesidad de realizar una segunda incursión sobre Midway y allí estaban sus barcos sufriendo un ataque, aunque inofensivo, por parte de aviones basados en Midway. Los bombarderos Kate que tendrían que realizar la nueva incursión estaban listos para despegar, pero armados con torpedos por si era necesario enfrentarse a una hipotética flota norteamericana que ni aparecía ni era de esperar que lo hiciese. La decisión lógica era armar los Kate con bombas para el ataque a tierra y así se ordenó, pero eso implicaba llevar los aviones a los ascensores, bajarlos a los hangares y cambiar el armamento, una tarea engorrosa y lenta. Y justo media hora después de ordenar aquel cambio, cuanda estaban a mitad del proceso, el reconocimiento aéreo alertó de la presencia de 10 barcos de superficie.

¿Y ahora qué? debió de pensar Nagumo mientras ordenaba que se interrumpiera el cambio de armamento a la espera de más detalles. Debió de ser un alivio para él recibir a las 8:06 un mensaje que decía que la flota americana estaba compuesta por 5 cruceros y 5 destructores. Sin portaaviones a la vista, sería posible atacar Midway de nuevo y ocuparse más tarde de aquellos barcos, pero el respiro fue momentáneo: a las 8:30 el reconocimiento japonés avistaba un portaaviones enemigo, precisamente cuando estaban llegando de regreso los aviones de la primera oleada. ¿Qué hacer ahora? Ya no era cuestión de atacar Midway. ¿Lanzar a los Kate con su mezcla de torpedos y bombas contra los portaaviones americanos o recuperar primero a los aviones que llegaban y aprovechar ese tiempo para armar a todos los Kate con torpedos, más eficientes contra barcos? Nagumo optó por la segunda opción.

Otra vez a cambiar el armamento a toda prisa, a contrarreloj, sin tiempo para tomar las precauciones adecuadas y apilando bombas y torpedos de cualquier manera junto a unos aviones repletos de combustible. A las 9:18 todos los aviones de la primera oleada de ataque habían aterrizado ya, pero no era posible lanzar la segunda porque los primeros aviones procedentes de la flota norteamericana hacían su aparición. Eran 15 anticuados torpederos Devastator de los que sólo uno sobreviviría a aquella jornada. Los lentos aparatos volaban a ras de agua para lanzar sus torpedos contra los buques enemigos, pero uno tras otro fracasaban en el intento, incapaces de hacer frente a los Zeros. La carnicería se repetió con un segundo escuadrón de torpederos, y después con un tercero.

Tras una hora de combate, Nagumo creía tener razones para respirar más tranquilo: sus barcos seguían intactos y los aviones enemigos habían sido masacrados, tanto los bombarderos basados en Midway como los torpederos de los portaaviones. Si eso era todo lo que los americanos podían hacer, la batalla se podía dar por ganada. Lleno de confianza y seguro de la victoria dio la orden de lanzar la segunda oleada de ataque. Y precisamente en ese momento se dio la voz de alarma: se aproximaban más aviones enemigos y esta vez no venían a baja altitud sino por encima, muy por encima. Eran las 10:20

El sacrificio de los Devastator no había sido en vano. Los cazas japoneses habían abandonado sus posiciones iniciales, a media y alta cota, para descender sobre los torpederos atacantes y ya nada se interponía entre los portaaviones nipones y los bombarderos en picado Dauntless, que ahora descendían casi en vertical sobre sus presas.

dauntless_bomb_dropBombardero en picado Dauntless (imagen tomada de Wikipedia)

El primero en caer fue el portaaviones Kaga. Un impacto entre los aviones que se disponían a despegar, repletos de combustible y munición, provocó un incendio masivo que carbonizó a los pilotos, atrapados en sus cabinas, mientras chorros de combustible en llamas se filtraban hacia los niveles inferiores. Otra bomba destruyó un ascensor e hizo explosión en el hangar inferior, donde había tantas bombas y torpedos almacenados de cualquier manera.

Un momento después era el Soryu el que sufría el impacto de las bombas y a continuación el Akagi, a las 10:26. El espectáculo dantesco se repetía en ellos. No importaba que los tres portaaviones aún siguieran a flote: dos de ellos se hundirían 7 horas más tarde mientras que el tercero aguantaría hasta las 5 de la mañana del día siguiente. Apenas habían pasado seis minutos desde que el primer Dauntless iniciara su ataque en picado, pero Japón ya había perdido inevitablemente la guerra porque carecía de la capacidad de reponer aquellas pérdidas.

Aún les quedaba un portaaviones, el Hiryu, cuyas aeronaves contraatacaron. Una primera oleada de bombarderos en picado Val logró alcanzar al portaaviones americano Yorktown, aunque la tripulación consiguió reparar los daños. Un segundo ataque sobre el mismo barco, ya a las 14:45, por parte de torpederos Kate japoneses, lo dañó de tal modo que el buque fue abandonado a las 15:00. Pero el Hiryu no corrió mejor suerte: fue atacado por aviones de los otros dos portaaviones norteamericanos y alcanzado por 4 bombas apenas dos horas después. Ninguno de los 4 portaaviones japoneses había sobrevivido al encuentro. Los americanos, por su parte, sólo habían perdido un portaaviones e incluso albergaron esperanzas de recuperarlo, frustradas por la intervención de un submarino japonés, que lo torpedeó dos días después.

El alcance de la impresión creada por aquel día fatídico en el mando japonés es difícil de imaginar. Los invencibles dueños de un imperio que al amanecer se aprestaba a dar el golpe de gracia a su enemigo estaban condenados por la tarde a batirse a la desesperada, tras perder sus mejores armas, para intentar retrasar el inevitable final. Si al menos algo les hubiera podido advertir de lo que les esperaba…

Y ahí está lo curioso, que estaban advertidos. En Mayo el mando japonés realizó simulaciones de la batalla, pero se rechazaron los resultados de la situación en la que aparecía una flota americana. Cuando en otra simulación el árbitro determinó que dos portaaviones japoneses resultaban hundidos, se obligó a repetir el caso reduciendo la pérdida a sólo uno, que es tanto como hacer trampas al solitario. La confianza japonesa en su plan era tal que el mayor temor que tenían era que la flota americana no saliera a su encuentro, según lo previsto, una vez ocupado Midway.

Definitivamente, los dioses ciegan a quienes están destinados a la perdición.

 

 

 

 

 

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Los «pocos» cumplen 75 años

10 lunes Ago 2015

Posted by ibadomar in Historia

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Aviación, B 17, Batalla, Batalla de Inglaterra, Bf 109, Bf 110, Churchill, Do 17, Dunkerke, Francia, He 111, Historia, Hurricane, Ju 88, Messerschmitt, Momentos cruciales, Pétain, Radar, Segunda Guerra Mundial, Siglo XX, Spitfire, Stuka

Hace 75 años, por estas fechas, Europa estaba en una encrucijada. En realidad, el mundo entero estaba en una encrucijada. La Segunda Guerra Mundial vivía sus etapas iniciales y el ejército alemán parecía imparable, de manera que al comenzar el verano de 1940 se podía suponer razonablemente que la Alemania nazi lograría en breve que se reconociera su hegemonía en Europa. El relato de por qué no fue así combina historia, aviación y técnica. Como para no aparecer en este blog. Lo raro es que no lo haya hecho antes.

Mayo de 1940

Tras el comienzo de la guerra en 1939, Alemania se había repartido Polonia con la URSS, como ya vimos en otra ocasión. Más adelante, en 1940, ocupó Dinamarca y Noruega para asegurar las rutas de suministro de hierro procedentes de Suecia. Francia y Gran Bretaña, aunque en guerra con Alemania desde la invasión de Polonia, habían presentado poca resistencia hasta el momento, pero representaban una amenaza creciente, que tarde o temprano se materializaría en un enfrentamiento directo. Alemania tomó la iniciativa lanzando el ataque a Francia el 10 de mayo de 1940. Aquel mismo día Winston Churchill tomaba posesión del cargo de primer ministro británico.

La campaña de Polonia había dejado claro que Alemania dominaba la guerra mecanizada, pero era de esperar que Francia supusiera un hueso muy duro de roer. Nada más lejos de la realidad: el plan alemán, que funcionó como un reloj, supuso la ocupación de Holanda y Bélgica (y de Luxemburgo, que siempre cae en el olvido en este relato) y la derrota de Francia en tiempo récord: Pétain llegaría al gobierno en junio para inmediatamente iniciar las negociaciones del armisticio firmado el 21 de ese mismo mes. Entretanto, los militares británicos enviados en ayuda de Francia habían tenido que ser evacuados a toda prisa en Dunkerke en una operación que salvó a 340.000 hombres, pero dejó abandonada una gran cantidad de material.

El momento crucial

Con Francia fuera de la guerra quedaba la duda de cuál sería la actitud británica. No habría sido descabellado suponer que se acercaba un armisticio: al fin y al cabo el imperio británico estaba intacto y no eran de esperar amenazas contra él por parte de una Alemania cuyas ambiciones estaban en el este de Europa. El único aliado, Francia, había capitulado por su cuenta. En Alemania ya se empezaba a pensar en las celebraciones del final de la guerra y sin embargo…

Ya el 4 de junio Churchill había dejado las cosas claras con uno de sus más célebres discursos en el que prometía luchar en las playas, en los campos, en las calles, en las colinas… e incluso auguraba que en caso de que la metrópoli llegara a ser dominada, su imperio proseguiría la lucha desde el otro lado del mar (texto completo en inglés aquí). Este último detalle es muy significativo porque solemos olvidar que el mapa del mundo en 1940 no tenía nada que ver con el actual. Como ejemplo veamos el mapamundi que Wikipedia alberga sobre el colonialismo en 1936, donde podemos comprobar los extensos dominios británicos y franceses.

Colonias 1936Aquí tenemos un interesante detalle, y es que aunque Francia estuviera ocupada podría haber seguido en guerra manteniendo un gobierno en Argel, por ejemplo. Sin embargo su capitulación implicaba que el gobierno de Vichy, tan solícito con Alemania, controlaría el imperio colonial francés… y sus recursos económicos. El discurso de Churchill prometía un comportamiento muy distinto en el caso británico.

Churchill volvería a dejar claro que no habría armisticio en otro célebre discurso el 18 de junio (texto completo en inglés aquí), cuyo último párrafo comenzaba diciendo que «La batalla de Francia ha terminado. La batalla de Inglaterra está a punto de comenzar«. Pero si Francia había capitulado en apenas un mes, ¿cómo evitar seguir el mismo destino?

La ventaja inglesa era la insularidad: si los alemanes llegaban a establecer una zona de desembarco estable en la isla, el ejército británico de 1940 no tenía nada que hacer. Pero para conseguir eso, había que lograr asegurar el tránsito por el Canal de la Mancha con la oposición de la flota británica, para la que la marina alemana no era rival. Claro que si se le unía la armada francesa la cosa cambiaba y por eso los ingleses se aseguraron de que nada así ocurriría llegando al extremo de bombardear los buques franceses anclados en Mers-el Kebir (Argelia), a principios de julio, para asegurarse de que los alemanes no se apoderaban de ellos.

El enfrentamiento

El planteamiento está claro: para desembarcar en Inglaterra hay que tener seguridad en el Canal de la Mancha. A falta de una armada que contrarreste el poder naval británico se puede utilizar la superioridad aérea para mantener el control del mar en esa zona (y la Segunda Guerra Mundial demostraría mucho sobre batallas aeronavales, sobre todo en el Pacífico). La cosa se reduce por tanto a asegurar la superioridad aérea sobre el Canal de la Mancha. A ello se aplicó la aviación alemana durante el mes de julio, en el que se dedicó a hostigar el tráfico naval en el Canal. Era una primera fase de tanteo, en la que ambos rivales aún se estaban estudiando.

Ya en agosto comienzan los ataques sobre el territorio inglés. Primero sobre aeródromos y estaciones de radar en la zona de la costa y progresivamente más hacia el interior, incluyendo ya no sólo aeródromos sino también fábricas relacionadas con la construcción aeronáutica. Y aquí hay que hablar un poco de los aspectos técnicos y militares.

En los años 30 se había impuesto la idea de que el bombardero siempre llegaba a su objetivo, puesto que era imposible mantener una fuerza de cazas permanentemente en el aire y la velocidad de los bombarderos impedía que los interceptores despegaran y llegaran a la altura de los atacantes antes de que éstos alcanzaran sus blancos. Pero el radar cambió todo esto y los ingleses fueron pioneros en poner un radar muy primitivo en servicio, que les permitía detectar a los bombarderos alemanes cuando aún estaban colocándose en formación sobre Francia.

Otro problema que tuvieron los alemanes durante toda la guerra fue la carencia de un bombardero estratégico. Los He 111, Do 17 y Ju 88 podían ser muy útiles como artillería aérea, pero no eran comparables a los cuatrimotores Halifax y Lancaster ingleses ni a los B17 y B24 americanos, que sí estaban pensados para el bombardeo estratégico. Para que nos hagamos una idea, el mejor bombardero alemán de la guerra, el bimotor Ju 88, podía llevar unos 1.500 Kg. de bombas en la bodega y tenía un armamento defensivo de 5 ametralladoras, mientras que un B17 cargaba más del doble de bombas y tenía 13 ametralladoras. No es de extrañar que lo llamaran Fortaleza Volante. En cuanto al bombardero en picado, Ju 87, el famoso Stuka, resultó muy vulnerable y fue retirado de la batalla a mediados de agosto.

800px-Bf_109E-3_in_flight_(1940)Messerschmitt Bf 109 en una imagen de la época (Foto: Wikimedia)

Cierto que Alemania tenía uno de los mejores cazas del momento, si no el mejor: el Messerschmitt Bf109, que además incorporaba ya dos cañones de 20 mm como armamento, unido a dos ametralladoras. Sus rivales eran el Hurricane y el Spitfire, ambos armados con 8 ametralladoras, pero las características del Hurricane eran inferiores a las de su antagonista, por lo que los pilotos ingleses se dividían el trabajo: los Hurricanes se encargaban de los bombarderos mientros los Spitfires se las veían con los cazas.

A menudo, la falta de autonomía de los Bf 109 decidía las cosas, especialmente cuanto más se adentraba la lucha en territorio inglés. Si había que llegar a Londres, los cazas alemanes no podían permanecer allí durante más de 15 minutos aproximadamente. Se suponía que para eso estaba el caza pesado Messerschmitt Bf 110, pero resultó un fiasco en este papel porque era incapaz de medirse a los mucho más ágiles monomotores ingleses.

800px-Spitfire_P7350_by_the_RAFSpitfire y Hurricane supervivientes en una foto actual (Wikimedia)

La batalla se estaba decidiendo por puro desgaste en agosto de 1940 cuando los alemanes cometieron el error de pasar de atacar aeródromos y radares para centrarse en bombardear ciudades, en particular Londres. El inicio fue un error de navegación durante un bombardeo nocturno, a finales de agosto, que hizo caer bombas en zonas de Londres. La respuesta inglesa fue bombardear objetivos en el área de Berlín. No tendría nada de raro que fuera un aguijonazo para hacer a los alemanes centrarse en objetivos civiles, puesto que la fuerza aérea inglesa estaba casi contra las cuerdas. El caso es que desde septiembre la batalla se desplazó a los cielos de Londres, complicando la vida de los pilotos de los Bf 109 y dando un respiro a la fuerza aérea británica. En octubre ya estaba claro que el objetivo de conseguir la supremacía aérea no se había conseguido y el plan de invasión se aplazó para el año siguiente, aunque en realidad nunca se volvería a plantear su ejecución.

El resumen perfecto de lo que estaba ocurriendo lo hizo Churchill el 20 de agosto de 1940, con esa facilidad suya para condensar ideas en una frase, cuando dijo que «nunca en el campo de la guerra tantos le habían debido tanto a tan pocos» (Texto completo del discurso aquí). No le faltaba razón: por mucho que el Reino Unido estuviera dispuesto a seguir la guerra desde ultramar, la ocupación de la metrópoli habría supuesto que no habría habido bases para la ofensiva aérea contra Alemania de los años siguientes y el ataque alemán contra la URSS se habría desarrollado con la tranquilidad de no tener ningún enemigo en territorio europeo. El mundo de hoy podría ser muy distinto del que conocemos.

La decisión del gobierno británico de no abandonar la lucha contra Alemania, cuando la opción contraria habría sido perfectamente natural y el esfuerzo de aquellos «pocos» supuso a la larga un hito en la derrota del nazismo. Justo ahora se cumplen 75 años, lo que no deja de ser motivo para recordarlo e incluso, celebrarlo. Personalmente, tan pronto como presione el botón de «publicar», pienso tomarme una copa en recuerdo de «los pocos».

Lo que nos lleva a otra interesante cuestión: este artículo tiene 1.700 palabras para, finalmente, desembocar en una excusa que justifique que me voy a tomar un whisky con hielo. Churchill, desde luego, no habría necesitado tanta palabrería para tan poca cosa.

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