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Archivos de etiqueta: Historia

Enfermera, resistente, mártir, espía

12 viernes Nov 2021

Posted by ibadomar in Historia

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Cavell, Historia, Primera Guerra Mundial, Siglo XX

¡Hemos llegado al décimo cumpleaños de Los Gelves! Para celebrarlo hay una nueva página que comenta el aniversario, a la que se puede acceder pulsando en el enlace correspondiente en la cabecera del blog… o haciendo click aquí, que es mucho más directo. Pero lo importante son los artículos… y un 12 de noviembre sin artículo sobre la Primera Guerra Mundial, no es un 12 de noviembre como es debido.

Hoy hablaremos de una historia ambigua, incómoda y un tanto descorazonadora. Es la historia de Edith Cavell, la mujer que aparece en la fotografía. Una enfermera británica que ejercía su profesión en Bélgica cuando comenzó la Gran Guerra y que se hizo célebre por un motivo muy desagradable: fue fusilada en octubre de 1915.

Edith Louisa Cavell había nacido en diciembre de 1865 y no se puede decir que el suyo fuese un caso de vocación temprana por la enfermería, puesto que tenía ya 30 años cuando decidió acceder a la profesión, tras haber atendido a su propio padre durante una enfermedad cuyos detalles desconozco. Debió de descubrir que en el cuidado de enfermos estaba su lugar en el mundo, puesto que destacó lo suficiente como para que en 1907 la contratara una escuela belga de enfermería (la École Belge d’Infirmières Diplômées) que acababa de fundarse.

El estallido de la guerra en el verano de 1914 sorprendió a Edith Cavell en Inglaterra, visitando a su madre y a sus hermanos. Edith comprendió que durante una guerra el lugar de una enfermera está en su hospital así que regresó a Bélgica sin que pudiera disuadirla nadie de su familia ni de sus amigos. La clínica en la que trabajaba se convirtió en un centro en el que se atendía a heridos belgas, alemanes, franceses o ingleses puesto que Cavell y su equipo no hacían distinciones de nacionalidad, y tampoco tendría sentido hacerlas en un hospital amparado por la Cruz Roja Internacional. Pero Edith Cavell no se limitaba a ejercer como enfermera.

La ocupación alemana de Bélgica en 1914 fue un hecho muy traumático. Una invasión armada lo es por definición, pero en este caso las cosas fueron aún más lejos: Bélgica era neutral, pero el plan Schlieffen alemán obligaba a pasar por su territorio para invadir Francia en un movimiento de flanqueo. Los alemanes podían comprender que el pequeño ejército belga opusiera una resistencia de principio y abandonara la lucha pronto, pero no fue así: Bélgica tenía pocas tropas pero luchó enconadamente, obstaculizando un plan Schlieffen en el que la velocidad lo era todo.

Esto contribuye a explicar la brutalidad con que se empleó un ejército alemán frustrado por las dificultadas creadas por una pequeña nación que se resistía a admitir su inevitable derrota. No sólo se trata de que soldados embrutecidos por la violencia del combate y espoleados por el consumo de alcohol cometieran abusos sino de que estos abusos fueron tolerados e incluso fomentados por el mando. Cualquier conato de resistencia se reprimía mediante la toma y fusilamiento de rehenes, saqueo de poblaciones y todo el catálogo de atrocidades que normalmente asociamos a la Segunda Guerra Mundial, pero que ya estuvieron presentes durante la Primera. El episodio más conocido fue la destrucción de Lovaina, incluyendo el incendio de su incomparable biblioteca.

Cuando se corre el riesgo de ser fusilado porque un convecino a quien no se conoce de nada ha disparado contra las tropas de ocupación, el deseo de huir es natural. No eran pocos, por tanto, los civiles que deseaban escapar de Bélgica. No sólo civiles, también había soldados aliados atrapados tras las líneas alemanas que querían escapar del cautiverio o la sentencia de muerte. Y aquí es donde entra la segunda actividad de Edith Cavell, que se ocupaba de atender heridos en su hospital, sí, pero que además formaba parte de una red que ayudaba a ocultar fugitivos y enviarlos a la neutral Holanda.

Era una actividad tremendamente arriesgada. Al violar la legislación militar, Cavell se jugaba la vida y lo sabía, pero si actuaba con precaución, si conseguía ser discreta, si nadie la delataba, si, si, si… Eran demasiados puntos débiles y finalmente Edith Cavell fue arrestada a principios de agosto de 1915. No fue la única: otros miembros de la red de asistencia a los fugitivos cayeron con ella. Durante las diez semanas siguientes, Edith Cavell fue prisionera a la espera de juicio. Éste tendría lugar a principios de octubre y en él las cosas pintaban mal para Cavell y sus compañeros de infortunio, puesto que la pena por ayudar a escapar de territorio ocupado a soldados enemigos era la muerte. No parece que esto impresionara a la enfermera británica, puesto que admitió serenamente los hechos. Pero esto colocaba a los alemanes en una posición difícil, ¿qué hacer con Edith Cavell?

Desde un punto de vista legal, la cosa estaba clara: Cavell era ciudadana de un país enemigo, aunque protegida por su condición de personal sanitario. Pero al ser culpable de ayudar a combatientes a reunirse con su ejército perdía tal protección y debía ser tratada como cualquiera que violara las leyes de guerra. Eso implicaba el pelotón de ejecución, pero fusilar a mujeres nunca ha sido una manera de ganarse las simpatías de la opinión pública internacional, por muy justificado que esté desde el punto de vista legal. Los diplomáticos británicos, compatriotas de Cavell, no podían hacer nada puesto que eran beligerantes, pero los de Estados Unidos y España (ambas naciones neutrales en 1915) hicieron cuanto pudieron para que Edith Cavell fuese perdonada.

Su destino se decidió el 11 de octubre de 1915: Edith Cavell sería fusilada. El gobernador militar alemán, Moritz von Bissing, que estaba convencido de que Cavell era una espía que merecía el paredón, temiendo que la prolongación del asunto empeorara las cosas, decidió acelerar el proceso. En consecuencia, Cavell y sus compañeros de sentencia fueron pasados por las armas apenas unas horas después, el 12 de octubre a las 7 de la mañana. El diplomático español Rodrigo de Saavedra y sus colegas norteamericanos se mantuvieron activos durante toda la noche en un esfuerzo tan generoso como inútil.

Edith Cavell, por su parte, declaró poco antes de morir que no deseaba ser recordada como una heroína ni como una mártir, sino simplemente como una enfermera que había intentado cumplir siempre con su deber. Como era de esperar, nadie le hizo caso. La propaganda vio en ella una oportunidad perfecta y su figura se empleó en beneficio de la causa aliada con notable éxito: en los meses posteriores a su ejecución, se duplicó el número de hombres que se alistaban para combatir inspirados por la imagen de la heroica enfermera martirizada, que se empleó con profusión en la prensa y los carteles de reclutamiento.La ejecución de Edith Cavell, junto a hechos como la destrucción de Lovaina o el hundimiento del Lusitania, sirvió a la causa aliada para propagar la imagen de la barbarie alemana. Y es que Cavell formaba parte de una red de asistencia a fugitivos, sí, pero al fin y al cabo no era una espía… ¿o sí lo era? Cien años después de su muerte, en 2015, la ex-directora del servicio secreto británico MI5, Dame Stella Rimington, declaraba haber encontrado en los archivos documentos que prueban que Cavell formaba parte de una red que recogía información y la enviaba mediante mensajes cifrados ocultos en la ropa de los fugitivos. No está claro hasta qué punto estaba ella involucrada en la recogida de información, pero ahora sabemos que sí formaba parte de una célula de espionaje. De manera que Moritz von Bissing, el gobernador alemán, no se equivocaba al considerar a Cavell como una espía.

En realidad no importa si era espía o no. La propaganda aliada habría considerado a Cavell como una mártir inocente aunque la hubiesen atrapado con un libro de códigos en la mano, y los alemanes la habrían fusilado por su participación en la fuga de soldados aliados en cualquier caso. Edith Cavell, por su parte, sigue presente en monumentos, libros y películas e incluso da nombre, desde 1916, a una montaña en Canadá. Todo ello para recordar a la mártir y heroína porque, siendo realistas, nadie recuerda a Edith Cavell por su labor como enfermera, por más que éste fuera su deseo.

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La otra crisis de Suez

28 domingo Mar 2021

Posted by ibadomar in Historia

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Egipto, Eisenhower, Guerra Fría, Historia, Israel, Kruschev, Nasser, Siglo XX, Suez

Hay que ver la que ha armado el buque Ever Given. No he conseguido saber qué motivó que el barco encallara, empotrando la proa en el borde del canal de Suez, pero el caso es que lleva varios días bloqueándolo mientas una excavadora, diminuta en comparación con el gigantesco buque, se esfuerza por liberarlo. Internet, naturalmente, se ha llenado de fotos del evento, chistes fáciles, ideas absurdas para solucionar el problema y todas estas cosas tan habituales en nuestro mundo interconectado. No es de extrañar, puesto que las fotografías del accidente son muy descriptivas.

Foto tomada de un periódico que citaba a la BBC, que daba como origen a AFP

El problema no es de fácil solución, porque el bulbo de proa del barco se clavó en el borde del canal y debió de hacerlo a conciencia, considerando que la energía cinética es directamente proporcional a la masa y al cuadrado de la velocidad. Cierto que la velocidad debía de ser baja, pero la masa es enorme, puesto que el Ever Given tiene una capacidad de carga de casi 220.000 toneladas. En comparación, un Airbus A380, el mayor avión de pasajeros en servicio, tiene una carga de pago máxima de 84 toneladas mientras que el mayor avión de carga que existe, el inmenso Antonov An-225, con sus seis motores, puede transportar unas 250 toneladas. Estamos hablando únicamente de carga: recordemos que los barcos, a diferencia de los aviones, pueden transportar un peso muy superior al propio (el máximo peso al despegue de un A380 es de unas 575 toneladas y el de un An-225 de 640).

El An-225, espectacular, pero pequeño en el fondo

En el momento de escribir este artículo se prevé que el atasco puede durar semanas y las navieras temen que sus buques deberán navegar bordeando el cabo de Buena Esperanza, como en los viejos tiempos. O no tan viejos: el canal de Suez ya estuvo cerrado durante 8 años a raíz de la Guerra de los Seis Días (1967), pero ya antes había habido otra crisis, la crisis de Suez por excelencia. Ocurrió en 1956 durante uno de esos momentos tensos tan típicos de la Guerra Fría. A mayor gloria, en este caso, del gobernante egipcio Gamal Abdel Nasser, que llegó a la presidencia del país un par de años después del golpe de estado de 1952, llamado el golpe de los oficiales libres.

Nasser era un encarnizado enemigo del estado de Israel, quizás porque había sido hecho prisionero en la guerra de 1948, y se hizo un hueco como líder del panarabismo. Esto le enfrentaba a otros países como Irak, que era en aquel momento una monarquía con buenas relaciones con el Reino Unido. Su hostilidad a Israel supuso un obstáculo para modernizar el ejército egipcio con armamento norteamericano, sin embargo Nasser lo solucionó comprando armamento checoslovaco (es decir soviético pero con intermediación checa). El asunto de las armas checoslovacas, unido al reconocimiento diplomático de la República Popular China por parte de Egipto ponían al gobierno egipcio en una posición de hostilidad frente a Estados Unidos, que seguía reconociendo a la República de China (es decir Taiwan) frente al gobierno comunista de Pekín. Con estas acciones, Nasser se  convirtió en uno de los principales líderes del Movimiento de Países No Alineados, que de hecho se constituyó en la Conferencia de Brioni en 1956, con el patrocinio de Tito, Nehru y el propio Nasser. A cambio, el presidente egipcio era visto con suspicacia por Estados Unidos y con hostilidad por Gran Bretaña e Israel. El apoyo egipcio al FLN argelino (siglas de Frente de Liberación Nacional), que buscaba la independencia de Argelia, también enfrentó a Nasser con Francia.

En política interior Nasser tenía un proyecto ambicioso y… faraónico, lo que en su caso era apropiado. Se trataba de la construcción de la gran presa de Asuán, que preveía aumentar la superficie de regadío en Egipto en más de un 30% y la producción de energía eléctrica en un 50%. Pero financiar el proyecto era difícil y los Estados Unidos se negaron a apoyarlo económicamente. Nasser decidió jugar fuerte y el 26 de julio de 1956 anunció la nacionalización del canal de Suez. Su justificación era que los ingresos del canal, que eran necesarios para la construcción de la presa de Asuán, quedaban en manos de hombres de negocios franceses y británicos mientras Egipto apenas recibía un 3%. De paso, Nasser prohibía el paso a barcos israelíes no sólo por el canal, sino también por el estrecho de Tirán, que cierra el golfo de Aqaba, cortando a Israel toda posibilidad de acceso al Mar Rojo.

Los ingleses estaban hechos una furia y dispuestos a la intervención militar, puesto que veían que se les escapaba de las manos el control de una posición estratégica para su comercio y su aprovisionamiento de petróleo. En Francia se sumaba a la indignación el que el canal fuese una obra francesa y la compañía gestora tuviese su sede en París. Un diplomático francés resumió las opciones existentes con un retruécano perfecto en francés: Coloniser le canal ou canaliser le colonel (colonizar el canal o canalizar al coronel). Pero colonizar el canal no sería fácil, ya que el presidente norteamericano Eisenhower no respaldaba la acción militar. Franceses y británicos decidieron entonces preparar una intervención por su cuenta con apoyo de Israel, que después de todo era el principal perjudicado.

Las incursiones contra Israel desde Egipto y la libertad de paso por el canal fueron las razones esgrimidas para la intervención militar, que comenzó el 29 de octubre de 1956 con un ataque relámpago israelí en el Sinaí. Sin embargo el plan, a pesar del éxito militar de los israelíes, empezó a fallar cuando el gobierno de Nasser no sólo no se tambaleó sino que se vio apuntalado por manifestaciones de apoyo popular. Se suponía que los ingleses y franceses no desembarcarían hasta el 6 de noviembre, pero la rapidez israelí les obligó a adelantar las operaciones al día 4.

Para entonces, la operación ya había fracasado a pesar de que, militarmente, era un triunfo inapelable. De haber actuado inmediatamente tras la nacionalización del canal, el apoyo popular al gobierno conservador presidido por Eden habría sido masivo, pero tres meses después la opinión pública británica ya se había enfriado y no veía la aventura con buenos ojos, mientras la oposición laborista aprovechaba para hacer campaña con su particular No a la guerra. Pero el fracaso definitivo vino por la hostilidad internacional, en particular por la posición norteamericana. Los Estados Unidos presentaron en el Consejo de Seguridad una resolución para un alto el fuego inmediato que no prosperó por el veto de franceses y británicos, pero que dejaba claro el aislamiento de las potencias europeas.

La posición americana se explica por el riesgo inasumible de arrojar al mundo árabe en brazos de la URSS, pero además porque en aquel mismo momento se producía la invasión soviética de Hungría. Los Estados Unidos no podían condenar la intervención de la URSS en Europa del Este a la vez que aprobaban la operación de Suez. Habría sido demasiado hipócrita, incluso para una gran potencia. Era mejor que la hipocresía recayera del lado soviético, que sí condenaba la agresión a Egipto mientras sus tanques entraban en Budapest. Para colmo, Kruschev amenazaba con actuar militarmente contra Francia y Reino Unido. Y como su ejército estaba ocupado en Hungría esgrimió la amenaza de usar armas nucleares. Insensato, aunque propio de Kruschev.

Pero no fueron las amenazas soviéticas las que salvaron a Nasser sino la actuación de Estados Unidos, que no se limitó a la condena verbal sino que usó su influencia económica para debilitar al Reino Unido. La posibilidad de que Estados Unidos vendiera sus reservas de libras esterlinas, hundiendo la divisa británica, era una amenaza demasiado potente. Curiosamente, Estados Unidos no consideró hundir la economía egipcia lanzando al mercado sus reservas de algodón. La guerra terminó con una humillación para Francia y Gran Bretaña y con Nasser apuntalado en el poder y dueño del canal. Se envió a la zona una fuerza de interposición de Naciones Unidas que debía, entre otras cosas, garantizar el derecho de Israel a transitar por el estrecho de Tirán. Egipto fue, por tanto, el principal beneficiado de la crisis mientras Israel conseguía que su intervención no fuese en vano.

La crisis tuvo una enorme influencia en el desarrollo posterior de la Guerra Fría: Kruschev, por ejemplo, se aficionó a utilizar la amenaza nuclear, siendo el mejor ejemplo la crisis de los misiles en 1962. El gobierno del Reino Unido vivió la actitud americana como una puñalada, pero hubo de aceptar que ya no podía imponer su política sin contar con Estados Unidos y terminó por amoldarse al papel de segundón. El nuevo gobierno británico de Macmillan, temeroso de que Túnez comprase armamento a Moscú siguiendo el ejemplo egipcio, acordó vender armas a Túnez, armas que en parte acababan en manos del FLN argelino. En consecuencia, Francia se distanció de sus aliados británicos e inició un acercamiento a Alemania como socio preferente. Egipto, por su parte, vivió su momento de gloria e incluso impulsó con Siria el nacimiento de la efímera República Árabe Unida, pero la iniciativa apenas duró tres años. En el tablero de la Guerra Fría, Oriente Próximo pasaba a ocupar un puesto importante con Egipto y Siria como principales apoyos soviéticos mientras Estados Unidos usaba a Jordania y Arabia Saudí como contrapesos, manteniendo los vínculos con Israel.

Pero lo más significativo es que aquella crisis fue el fin de una era. Cien, cincuenta, incluso veinte años antes habría sido impensable que las potencias europeas no impusieran su voluntad en un país como Egipto. Las dos guerras mundiales habían dejado claro que había nuevas potencias con las que contar y que el mundo ya no bailaba al son que tocaba Londres y menos aún París. Y, por encima de todo, la crisis de Suez demostró definitivamente que Europa había pasado a ser un actor secundario en el escenario geopolítico. Y así sigue siendo sesenta y cinco años después.

 

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Aruch Barbarroja, gobernante de Los Gelves, señor de Argel

10 miércoles Feb 2021

Posted by ibadomar in Historia, Piratería

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Etiquetas

Andrea Doria, Argel, Barbarroja, Edad Moderna, Fernando el Católico, Historia, Los Gelves, Orán, Pedro Navarro, Piratas, Tineo

Hace mucho que no escribo sobre piratas y corsarios. Qué vergüenza, en un blog con el nombre de éste. Además, revisando los artículos que tratan sobre nuestros forajidos favoritos, veo que siempre se refieren a la piratería americana a pesar de que el Mediterráneo fue un mar infestado de piratas y sujeto a las acciones de corsarios durante mucho tiempo. Ha llegado la hora de explorar la vida de alguno de ellos.

Verano de 1504. Dos galeras de la flota del Papa realizan la travesía entre Génova y el puerto de Civitavecchia, cercano a Roma, con un valioso cargamento de mercancías. A mitad de camino, cerca de la isla de Elba, la más adelantada de las dos galeras divisa un barco que se mueve lentamente. El capitán, Paolo Victor, observa que se trata de un navío similar al suyo pero más pequeño, una galeota, y decide rebasarlo sin esperar apoyo de la segunda galera, a la que ha perdido de vista. No hay motivo de preocupación, puesto que no es de esperar que haya piratas tan al norte del mar Tirreno.

Pocos minutos más tarde se da cuenta de su error. La galeota está repleta de hombres armados que arrojan una lluvia de flechas sobre la galera, maniobran para situarse a su lado y pasan al abordaje. Tras capturar la galera, los asaltantes liberan a sus galeotes turcos y moriscos, encierran a la tripulación en la cala y se disponen a huir, pero su capitán cambia de idea. Acaba de saber que la segunda galera está de camino y traza rápidamente un plan. En un instante da las órdenes oportunas para que sus hombres se vistan con la ropa de los prisioneros y pasen a la galera, dejando la galeota a remolque. El capitán de la segunda galera pica el anzuelo creyendo que Paolo Victor ha hecho una presa. Al aproximarse recibe otra lluvia de flechas y pronto comparte destino con su compañero. Las tres naves, ahora comandadas por el pelirrojo capitán de la galeota llamado Aruch se dirigen triunfantes a Túnez.

Un año después, el mismo capitán Aruch conseguía capturar una galera que llevaba a Nápoles tropas y dinero por encargo de Fernando el Católico. Entre los casi 500 prisioneros había algunos de alto rango que suponían un sustancioso rescate que añadir al botín. Definitivamente el capitán Aruch, alias Barbarroja, estaba en racha. No sólo conseguía jugosas presas sino que se las arrebataba nada menos que al Papa y al rey Fernando. Era el colmo del prestigio para un corsario musulmán que había comenzado en el oficio apenas un par de años antes con una galeota robada.

Eso es lo que dice una de las fuentes que he consultado: que se unió a unos corsarios a los 20 años, que le hizo prisionero un barco de la Orden de Malta pero logró escapar tras dos años de cautiverio, y que en Estambul consiguió asociarse con unos mercaderes que buscaban un patrón que se dedicara a la guerra de corso en una galeota de su propiedad. Apenas embarcado, Aruch decidió olvidar a sus socios y establecerse por su cuenta; idéntico negocio, pero sin necesidad de repartir beneficios. Otras fuentes dicen que sí fue hecho prisionero por corsarios cristianos de la Orden de Malta, pero que él no era corsario por aquel entonces sino mercader y marino. Luego logró escapar y, según esta versión, consiguió que se le confiara una importante flota.

Aspecto imaginario de Aruch Barbarroja según un grabado del siglo XIX

Sea como sea, las acciones de 1504 y 1505 le hicieron famoso. Pronto se achacaron a Barbarroja todo tipo de hazañas, crímenes, heroicidades y vilezas, dependiendo de quién contara la historia. El Mediterráneo era un mar turbulento por aquel entonces, frontera entre cristianos y musulmanes cuyas acciones bélicas habituales incluían la guerra de corso. En este ambiente, un hombre como Aruch podía hacer fortuna a poco que le acompañara la suerte.

Por supuesto, sus enemigos no estaban cruzados de brazos. La ofensiva de Fernando el Católico en el Norte de África sembraba las costas de Berbería de plazas fortificadas españolas, presidios en el lenguaje de la época. Entre 1505 y 1510 los hombres de Fernando el Católico ocupan Mazalquivir, el Peñón de Vélez de la Gomera, Orán, Bugía… En 1510 Pedro Navarro, un hombre que merece su propio artículo, toma el peñón de Argel frente a dicha ciudad y obliga al emir argelino a pagar tributo al rey Fernando. Sin embargo, las tropas españolas fracasaron en tomar una islita muy querida para este blog: Los Gelves.

Aruch Barbarroja fue el gran beneficiado de este fracaso, puesto que el emir de Túnez, que buscaba a alguien capaz de defender aquel enclave con uñas y dientes, le ofreció su gobierno al fiero corsario. Con una base propia en la isla de Los Gelves, Aruch podía operar con casi total independencia y preparó grandes planes. El primero de ellos, la toma de Bugía, en lo que hoy es la costa argelina. Aruch intentó hacerse con dicho enclave, con ayuda tunecina, en 1512.

Pero esta vez la operación terminó en fracaso. Barbarroja no sólo no ganó Bugía sino que perdió un brazo y tuvo que retirarse a Túnez dejando la flota al mando de su hermano Jeireddin en La Goleta (el puerto de Túnez). Como las desgracias nunca vienen solas, se produjo entonces un ataque del marino genovés Andrea Doria. Jeireddin, viendo que era imposible defender los barcos, decidió barrenarlos y huir a Los Gelves, donde se dedicó a construir tres nuevos buques, que unidos a seis que consiguieron escapar del ataque de Doria, le sirvieron para apaciguar las iras de su hermano, furioso por la pérdida de su flota. Aruch, tras recuperarse de sus heridas y reconciliarse con Jeireddin planeó un nuevo intento sobre Bugía, que también fracasó, en 1514. Este nuevo revés le colocó en una situación imposible con su aliado, el emir de Túnez, pero antes de que sus desencuentros llegaran a mayores, el destino decidió que ya le había castigado bastante.

A pesar de sus fracasos contra Bugía, que tantos quebraderos de cabeza le estaban ocasionando, Aruch había tenido hasta entonces un considerable éxito en sus operaciones puramente navales. Se diría que lo suyo era apresar embarcaciones y no tomar ciudades, pero la muerte en 1516 de Fernando el Católico cambiaría la situación en el Mediterráneo y crearía nuevas oportunidades para hombres como Barbarroja. El temible rey cristiano, que había logrado mantener controlada la costa norteafricana con puño de hierro había dejado de existir. La incertidumbre dio alas a los corsarios de Berbería, que multiplicaron sus acciones. En Argel la situación se convirtió en explosiva puesto que su soberano, Selim ben Tumi, era tributario del Rey Católico desde 1510, como vimos, pero gran parte de la población estaba formada por andalusíes emigrados que no veían con simpatía aquel vasallaje y vieron en los hermanos Barbarroja a unos posibles libertadores. Selim no tuvo más remedio que aceptar la presencia de los corsarios, aunque a la vez planeara la forma de librarse de ellos con ayuda española.

Pero Aruch fue más rápido: se las arregló para hacer asesinar a Selim y autoproclamarse emir de Argel. Un golpe de estado así genera resistencia inevitablemente en algún sector de la población, pero Aruch, bien informado, volvió a adelantarse. Un viernes, aprovechando que tenía a todos sus enemigos rezando en la mezquita, hizo cerrar las puertas del edificio y mandó degollar a veinte de los cabecillas de la oposición. Barbarroja era ahora dueño y señor de Argel. Dejando a su hermano Jeireddin al mando de la ciudad, Aruch emprendió una carrera de conquista hacia el oeste, tomando Tenes y Tremecén, también tributarios de la Corona Hispánica.

El antiguo pirata se había convertido en un soberano poderoso, pero sus enemigos también lo eran. Fernando el Católico ya no existía, pero su nieto Carlos, tan pronto como desembarcó en España, tuvo conocimiento de la gravedad de la situación y ordenó una expedición para recuperar Tremecén y devolver el trono a su vasallo. Dicho y hecho: la primavera de 1518 vio a Aruch sitiado en la alcazaba de Tremecén y maquinando un plan para escapar de las tropas de Carlos. Consiguió salir de la alcazaba, e incluso daría otra muestra de su astucia al ir dejando caer en su huida joyas y dinero para que sus perseguidores perdieran tiempo recogiéndolas. Las tropas enemigas, sin embargo, estaban decididas a acabar con su carrera y Aruch fue finalmente alcanzado y muerto por el alférez García de Tineo. Si lee este artículo algún asturiano procedente de Tineo podrá confirmarnos que la cabeza que aparece en el segundo cuartel del escudo del concejo corresponde a Aruch Barbarroja.


El escudo de Tineo, según aparece en Wikipedia

Aruch había muerto. El oscuro corsario que había aterrorizado a tantos marinos cristianos era ya sólo un recuerdo. Los navegantes que surcaban el Mediterráneo occidental podían respirar tranquilos pensando que el nombre de Barbarroja ya no les atormentaría en sus pesadillas… y se equivocaban, porque esta historia es sólo la introducción de la de Jeireddin, el hermano superviviente. Fue Jeireddin quien hizo que  el nombre de Barbarroja entrase en la leyenda. Pero ésa… ésa es otra historia.

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