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Un eclipse nefasto

27 viernes Jul 2018

Posted by ibadomar in Historia

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Alcibiades, Antigüedad, Atenas, Eclipse, Esparta, Grecia, Guerra del Peloponeso, Historia, Misterios eleusinos, Nicias, Sicilia, Siracusa

Desde hace unos días, leo constantemente referencias al eclipse de luna de hoy, viernes 27 de julio. Aparecen artículos en prensa acerca de la hora de inicio y la hora de fin del fenómeno, su excepcional duración, en qué partes del planeta será visible… Es fantástico vivir en una era en la que podemos prepararnos para este tipo de eventos porque los tenemos calculados de antemano. No siempre fue así y por eso uno de los tópicos utilizados en novelas, películas y tebeos es el del occidental capturado por una tribu primitiva, que recuerda que está a punto de producirse un eclipse y consigue engañar a sus captores fingiendo que es su poder el que hace oscurecer el sol u ocultar la luna. Un buen ejemplo es el álbum de Tintin, El templo del sol.

Tampoco hay que exagerar, puesto que ha habido civilizaciones antiguas con elevados conocimientos astronómicos. Cierto que esos conocimientos no estaban al alcance de cualquiera, como sí ocurre ahora, pero eso de que nuestros antepasados quedaran anonadados por un eclipse debe de ser una exageración… ¿o no? El caso es que hay al menos un ejemplo de cómo un eclipse ofuscó completamente el juicio de un general para llevarlo al desastre.

El eclipse total de luna que nos ocupa ocurrió el 27 de agosto del año 413 antes de Cristo entre las 9:41 y las 10:30 de la noche. Este fenómeno habría pasado sin pena ni gloria de no ser porque aquella noche, en Sicilia, había una fuerza expedicionaria ateniense a punto de emprender la retirada. Pero veamos primero qué hacían aquellos hombres tan lejos de su Atenas natal.

La guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta había llegado a una paz temporal en el año 421 a.C, conocida como paz de Nicias en honor al estadista ateniense que se encargó de las negociaciones. Eso no quiere decir que Atenas y Esparta conviviesen amigablemente sino más bien que mantenían una guerra fría que podía calentarse súbitamente. Por aquel entonces el Mediterráneo estaba plagado de antiguas colonias fundadas por emigrantes griegos, que por lo general mantenían lazos muy estrechos con su antigua metrópoli. Sicilia en particular tenía varias ciudades muy próximas culturalmente a Atenas, pero la principal población de la isla, Siracusa, se movía en la órbita de Esparta.

No tiene nada de raro que en el año 415 a.C. se debatiera en Atenas la posibilidad de intervenir en una disputa entre dos ciudades sicilianas. Las peticiones de ayuda de una ciudad-estado en contra de otra eran moneda corriente en aquella época. En Atenas había una poderosa corriente de opinión a favor de la intervención. Esta política estaba abanderada por Alcibíades y tenía como fin último el llegar a dominar la rica isla siciliana. En contra de la aventura se alzaba Nicias, que veía alarmado cómo sus conciudadanos se inclinaban por la guerra. Comprendiendo que no podría imponer su punto de vista, Nicias decidió usar la astucia: exageró la fuerza y riqueza de los sicilianos, sugiriendo que haría falta un ejército considerable para imponerse en la isla.

Nicias pensaba que los atenienses no querrían sufragar una expedición tan numerosa y cara como la que él proponía, pero le salió el tiro por la culata: la Asamblea votó a favor de enviar un contingente mucho mayor que el que se debatía en un principio. La fuerza iría comandada por Alcibíades, Nicias y un tal Lámaco. Pero justo antes de embarcar surgió un gran escándalo: docenas de estatuas de Hermes fueron mutiladas en una sola noche.

Aquello era un sacrilegio más allá de lo imaginable y el peor de los presagios de cara a la expedición guerrera: ¡los Hermes, que guardaban los caminos, castrados! Para entender la consternación de la ciudad pensemos en qué ocurriría en Sevilla si en vísperas de la Semana Santa aparecieran dañadas intencionadamente todas las imágenes destinadas a salir en procesión. Surgieron rumores, no se sabe de dónde, de que Alcibíades estaba detrás de aquel espantoso crimen, pero por el momento se dejó partir al ejército, a pesar de que Alcibíades habría querido someterse a juicio antes de zarpar.

Fuese o no por venganza de Hermes, nada salió bien. Los tres generales no se pusieron de acuerdo en la estrategia a seguir mientras que los sicilianos que habían pedido ayuda a Atenas resultaron tener menos medios de los que decían y poca voluntad de sufragar los costes (otra constante de la Historia griega). Además empezaban a preocuparse, con razón, por la posibilidad de que Atenas pasara a someter toda la isla sin distinguir en su afán de dominio entre aliados y enemigos. Para colmo, los enemigos políticos de Alcibíades seguían activos en Atenas y lograron que se le convocara de vuelta para juzgarlo por el asunto de los Hermes y de paso por una acusación de sacrilegio contra los sacrosantos misterios eleusinos.

Para comprender la acusación, el único paralelismo que se me ocurre es que en la Sevilla consternada que describí antes se acusara a un concejal de organizar una orgía en la basílica de la Esperanza Macarena. Alcibíades hubo de dejar Sicilia y partir con rumbo a Grecia, pero no llegó a Atenas, porque por el camino escapó y buscó refugio en Esparta. Atenas tenía ahora a un peligrosísimo renegado colaborando con el enemigo.

En Sicilia las cosas no iban bien. Nicias continuaba deseando poner fin a la aventura, pero cuando escribía pidiendo retirarse porque era imposible lograr los objetivos militares sin más refuerzos… ¡la ciudad se los enviaba! Como un jugador que se arruina y, en vez de abandonar la partida, apuesta hasta su último céntimo en busca del golpe de suerte que le saque de la ruina, así Atenas seguía poniendo recursos en aquella aventura. Para remate, Alcibíades se dedicaba ahora a aconsejar a los espartanos que intervinieran en Sicilia para frustrar las ambiciones atenienses y, peor aún, les instaba a ocupar Decelea, una posición estratégica en las proximidades de la misma Atenas.

De manera que en el verano del año 413 a.C, tras un par de años de intervención en Sicilia, los atenienses se encontraban enzarzados en una lucha cada vez más desfavorable contra una Siracusa a la que ahora apoyaba un contingente espartano. Los reveses militares hicieron que se impusiera el realismo y, por fin, Nicias pudo emprender la retirada, que era lo que estaba deseando desde el principio. Lástima que justo en ese momento tuviera lugar el eclipse lunar del 27 de agosto. Mal augurio que hizo retrasar la retirada “tres veces nueve días”. Aquellos 27 días de retraso serían la puntilla para los atenienses. No es que la expedición fuera derrotada, es que fue totalmente destruida.

La intervención fue un desastre total: Atenas había perdido un ejército de más de diez mil hoplitas, es decir infantería pesada, al que hay que añadir los contingentes auxiliares y, peor aún, una flota de unas doscientas trirremes. Aquellas naves y sus expertos tripulantes eran irreemplazables. Para colmo, Atenas volvía a estar en guerra con Esparta y uno de sus más influyentes ciudadanos estaba ahora del lado del enemigo.

No es que el eclipse de luna propiciara todas aquellas desgracias, pero la interpretación que hizo Nicias de él fue la puntilla. Yo, por si acaso, me limitaré a contemplar el eclipse y durante tres veces nueve días me abstendré de acciones tales como invertir en Bolsa o invadir otros países. Por si acaso.

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La expedición maldita de Lope de Aguirre

31 jueves May 2018

Posted by ibadomar in Historia

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Amazonas, Edad Moderna, Felipe II, Historia, Lope de Aguirre, Marañones, Virreinato del Perú

La conquista del Perú culminó con una sangrienta guerra civil entre los propios conquistadores, pero en 1560 la situación ya se había estabilizado bajo el gobierno del virrey don Andrés Hurtado de Mendoza. No obstante, aún quedaban abundantes veteranos del turbulento periodo anterior, que suponían un peligro potencial. El virrey, hombre sagaz, decidió que podría librarse de aquel problema desviando las energías de aquellos hombres hacia una empresa que los alejara convenientemente de su territorio. Por eso organizó una expedición en busca del mítico reino de El Dorado y la puso al mando de un hombre de su confianza, Pedro de Ursúa.

La expedición la formarían más de 300 soldados españoles y unos 500 sirvientes entre indios y esclavos negros. En ella figuraban además algunas mujeres por ser parientes de los expedicionarios o criadas. Entre ellas estaban la amante de Pedro de Ursúa, doña Inés de Atienza, famosa por su belleza, y la joven Elvira, hija del expedicionario Lope de Aguirre, alias “el Loco”. Tras casi un año y medio de preparativos, el 26 de septiembre de 1560 se inició el viaje con un descenso por el río Marañón, afluente del Amazonas y del que los expedicionarios tomarían el nombre para ser conocidos como “marañones”.

Atravesar la selva no era tarea fácil y las penalidades comenzaron a acumularse: cuando no era el hambre eran los naufragios, y el carácter levantisco de los marañones empezó a asomar. Se ponía en cuestión el liderazgo de Ursúa, que apenas tenía ojos para nada que no fuera doña Inés. Pronto surgió una conspiración y en la madrugada del 1 de enero de 1561 los conjurados asesinaron a Ursúa y de paso a su lugarteniente, para minimizar las posibilidades de resistencia por parte del resto de los marañones.

Pero una vez muerto Ursúa, ¿qué hacer? El asesinato de su capitán convertía a los expedicionarios en traidores, por lo que el regreso estaba vedado. La primera idea fue continuar en busca de El Dorado. Si conseguían conquistar un imperio tan rico como el azteca o el inca, sin duda obtendrían un perdón. Al fin y al cabo, también Hernán Cortés había desobedecido al gobernador Velázquez y agarrándose a tal precedente se pensó en redactar un documento justificando la destitución y ejecución de Ursúa por su incompetencia, que los llevaba al desastre.

Entonces tomó la palabra Lope de Aguirre, que estaba entre los cabecillas y les abrió los ojos. ¿De verdad pensaban que bastaba con firmar un papel para quedar libres de culpa? ¿De verdad creían que iban a conquistar un imperio del que ni siquiera sabían dónde estaba, si es que existía? Debían asumir que eran traidores, pero sí sabían de un imperio rico que conquistar: el propio Perú, donde tenían amigos que los ayudarían. El discurso tuvo impacto, pero eran muchos los que no se tenían por traidores sino por leales súbditos de Felipe II y por ellos habló un tal Juan Antonio de La Bandera, que a pesar de estar entre los conjurados no simpatizaba con el proyecto de Aguirre. La sangre no llegó al río, por el momento, y la expedición siguió adelante, ahora bajo el mando nominal de don Fernando de Guzmán, un joven sevillano que tenía cierta autoridad por ser de origen noble, pero que en realidad no era más que un pelele en manos de hombres mucho más decididos.

Las intrigas se hicieron más complejas. La Bandera había conseguido ganarse a Fernando de Guzmán, pero su liderazgo no estaría seguro mientras Aguirre siguiera con vida. Aguirre, consciente de esto, siempre se hacía acompañar por una camarilla de amigos fieles mientras esperaba su oportunidad. Ésta llegaría por los celos de un tal Lorenzo de Zalduendo, que no le perdonaba a La Bandera que se hubiera convertido en el nuevo amante de doña Inés. Zalduendo comenzó a murmurar sobre el supuesto interés de la Bandera por asesinar a don Fernando y convertirse en general de la expedición. Don Fernando, alarmado por los rumores, dio poderes a Aguirre para acabar con la pretendida conspiración y éste lo hizo por la tremenda: asesinó a La Bandera y a su lugarteniente y luego soltó una arenga a la tropa acusando a sus víctimas de pretender matar a don Fernando, apoderarse de los bergantines que habían construido, irse a la costa como piratas y escapar a Francia con el botín que consiguieran.

Dueño del poder (don Fernando era ahora más que nunca una marioneta), Aguirre decidió volver a su plan de hacerse con el Perú. Eran pocos, pero pensaba que podía contar con el apoyo de los descontentos del virreinato. Para impulsar su proyecto redactó un acta de desnaturalización (en otras palabras, una declaración de independencia) que firmaron casi todos. Desde aquel día, 26 de marzo de 1561, don Fernando se consideraría a sí mismo “Príncipe de Tierra Firme, del Perú y del reino de Chile”. Zalduendo, por su parte, se quedó con doña Inés de Atienza, que debía de estar maldiciendo la expedición y la hora en que se embarcó.

Aguirre no estaba tan loco como para pensar que podía regresar sobre sus pasos y tomar el Perú con menos de 300 soldados, por mucho que contara con que se les uniría parte de la población. Sabía perfectamente que jamás triunfaría sin contar con apoyo naval para bloquear las comunicaciones del virreinato. Por eso su plan era continuar camino hasta el Atlántico, hacerse con algunas embarcaciones con las que ejercer la piratería y llegar hasta Panamá, asaltar la ciudad con sus hombres más los que lograra reclutar durante la marcha y emprender la navegación por el Pacífico. Las riquezas del Perú serían el señuelo perfecto para aumentar su ejército por el camino y en el propio virreinato.

Pero Aguirre se estaba haciendo enemigos con su costumbre de aplicar la pena de muerte en cuanto sospechaba que alguien conspiraba contra él. Un día hizo ejecutar a Zalduendo, por quejarse de que no se podían sufrir las arbitrariedades de su jefe y de paso le tocó el turno a doña Inés, que pagó por las culpas reales o imaginarias de sus tres amantes. Tanta sangre empezaba a poner nervioso a don Fernando de Guzmán, que se daba cuenta de que su reinado, por lo demás sólo nominal, no podía acabar bien e intentó buscar la manera de frenar a Aguirre con el apoyo de otros. Como era de esperar, don Fernando no tardó en ser asesinado junto con algunos otros hombres. 

Lope de Aguirre ya era el comandante de la expedición de facto, pero para serlo de forma oficial se nombró a sí mismo Príncipe y se atribuyó algunos títulos de lo más altisonante como Ira de Dios o Caudillo de los invencibles marañones, cuyo número por cierto iba menguando conforme Aguirre, cada vez más paranoico, iba ordenando ejecuciones.

Por fin, tras ganar el mar, el 20 de julio la expedición llegó a Isla Margarita, frente a las costas de Venezuela. Haciendo creer a los vecinos que eran supervivientes de un naufragio, lograron vencer su desconfianza y adueñarse del lugar, donde Aguirre instauró un reinado de terror. Tuvo la esperanza de hacerse con un navío que andaba por la zona para embarcar a Panamá y seguir sus planes de conquista, pero los encargados de capturar el buque desertaron y alertaron a su tripulación. La traición la pagaron sus propios hombres y los habitantes de Margarita, a los que tocó sufrir la ira del líder de los marañones. Aguirre ya no podría marchar por sorpresa sobre Panamá.

Ante la imposibilidad de seguir con el plan de regresar al Perú por el Pacífico, no quedó más remedio que afrontar la idea de hacerlo por tierra. Pero la empresa ya estaba condenada definitivamente. El gobernador de Venezuela, Pablo Collado se encargó de poner cédulas de perdón por donde debían pasar los marañones, con lo que aumentaron las deserciones, pese al riesgo de ser descuartizado (literalmente) en caso de fracaso. Por fin, el 27 de octubre, en una escaramuza con tropas realistas, los marañones desertaron en masa. Sólo quedó un soldado junto a Lope de Aguirre, además de su hija Elvira y la dueña que la acompañaba.

Al ver la expresión de su padre, Elvira de Aguirre comprendió lo que estaba a punto de suceder. Rogó por su vida, jurando hacerse monja para rogar por el alma de su progenitor, pero éste no estaba dispuesto a que a su hija la insultaran llamándola “hija del traidor Lope de Aguirre” ni a que “aquélla a quien tanto quería se convirtiese en colchón de bellacos”. Elvira murió apuñalada.

Es extraño que un hombre como Aguirre intentara retrasar su final, cuando su captura era inevitable, pidiendo confesión primero y después que se le permitiera hacer un relato exacto de lo ocurrido. Dos de sus antiguos camaradas, posiblemente temerosos de lo que pudiera aflorar en tal relación, se encargaron de poner fin a la vida de Aguirre con sendos tiros de arcabuz.

Los marañones se dispersaron aprovechando el perdón otorgado por Collado, pero a Felipe II le disgustó este final, de modo que Collado fue destituido y su sucesor se encargó de buscar a los supervivientes. Muchos encontraron la muerte, apenas tres meses después del fin de la expedición, formando parte de una tropa reclutada para  aplastar una rebelión india. Del resto, algunos fueron juzgados y ejecutados, pero otros consiguieron ser absueltos e incluso dos de ellos escribieron sus aventuras. El primero en hacerlo fue Francisco Vázquez, pero consiguió mayor fama Pedrarias de Almesto, que plagió vergonzosamente el relato de Vázquez. Por ellos conocemos los detalles de aquella expedición. O al menos los detalles que quisieron contar.

Parece ser que en determinadas zonas de Venezuela existe la leyenda de que los fuegos fatuos no son sino el espíritu de Aguirre y sus hombres. Toda una muestra de hasta qué punto caló en la imaginación popular el destino de aquella descabellada expedición. Por desgracia, no puedo confirmar este dato, pero quizás algún lector venezolano haya escuchado la leyenda y pueda confirmar su existencia.

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La muerte del Barón Rojo

24 martes Abr 2018

Posted by ibadomar in Aviación, Historia

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Aviación, Barón Rojo, Historia, Manfred von Richthofen, Oswald Boelcke, Primera Guerra Mundial, Roy Brown, Siglo XX, Wop May

Hace apenas unos días, el 21 de abril, se cumplieron 100 años de la muerte de Manfred von Richthofen, el Barón Rojo. No es la primera vez que pienso que los hechos de los aviadores de la Primera Guerra Mundial serían un buen material para este blog, y de hecho ya hablé en cierta ocasión del as francés Charles Nungesser y mencioné a Roland Garros. Puestos a escribir sobre otro aviador de la época, la elección de von Richthofen es obvia. Ya sea porque fue el piloto que más derribos consiguió durante la Gran Guerra o por la peculiar decoración de su avión, el Barón Rojo sigue siendo una figura conocida por el público en general.

Manfred von Richthofen

Lo curioso es que von Richthofen llegó a la aviación casi por casualidad. Miembro de una familia noble, el joven Manfred se unió al ejército como oficial de caballería y así fue como le sorprendió, a sus 22 años, el inicio de la guerra en 1914. Por aquel entonces la caballería pesada ya no tenía sentido en el campo de batalla, pero la caballería ligera seguía desempeñando misiones de reconocimiento.

 Así fue como el joven Manfred participó en sus primeras acciones de guerra, pero el arma de caballería ya no tenía futuro y el estancamiento del frente occidental fue la demostración definitiva. Por otro lado, el reconocimiento aéreo era ya más eficiente que el tradicional, como demostró el inicio de la batalla del Marne.

Von Richthofen solicitó que se le trasladara a aviación y consiguió su propósito, aunque al principio fue empleado como observador y no como piloto. Un día de octubre de 1915, durante un traslado en tren, ocurrió algo que cambiaría su vida: coincidió con Oswald Boelcke. Boelcke, un año mayor que von Richthofen, se estaba convirtiendo en una leyenda tras haber conseguido derribar nada menos que cuatro aviones enemigos y von Richthofen se acercó a él para preguntarle cómo lo conseguía. Boelcke le explicó que todo consistía en acercarse mucho al adversario, apuntar y disparar. “Eso hago yo y no consigo nada” respondió von Richthofen, que se veía limitado por volar en aviones de gran tamaño y tener que coordinarse con su piloto. Al final del viaje Manfred había tomado una decisión: aprendería a pilotar.

Lo hizo y ganó sus alas, aunque siguió volando en aviones biplaza, esta vez como piloto. Y en agosto de 1916, mientras participaba en misiones de bombardeo en Rusia, volvió a cruzarse con Oswald Boelcke, que por entonces llevaba 19 derribos, estaba realizando una gira de inspección por distintos frentes y acababa de recibir carta blanca para formar su propio equipo con los pilotos que quisiera. Algo debió de ver en von Richthofen porque le pidió que se uniera a su nueva unidad, la Jasta 2.

Boelcke era entonces el alma de la aviación de caza alemana. No sólo era un piloto excepcional, sino que estudió el problema del combate aéreo y elaboró un conjunto de reglas básicas para que sirviera de guía a los pilotos. Los miembros de la Jasta 2 le idolatraban. Su muerte en octubre de 1916 fue un golpe inesperado, especialmente porque, aunque llegó en combate, fue consecuencia de una colisión con un compañero de escuadrón. Fue poco más que un roce, pero suficiente para que Boelcke perdiera el control del aparato. Tenía 25 años y había derribado 40 aviones enemigos.

Entretanto, Manfred von Richthofen incrementaba su propia cuenta de éxitos, incluyendo el derribo del principal as inglés del momento, Lanoe Hawker. En enero de 1917 von Richthofen, que contaba ya con 16 victorias, recibió la principal condecoración prusiana, la Pour le Mérite (más conocida como Blue Max) y recibió el encargo de dirigir su propia unidad, la Jasta 11. Más adelante se combinarían 4 Jastas (hoy hablaríamos de escuadrones) para formar un Jagdgeschwader (un ala). La JG1, la primera unidad de ese tipo, tuvo a von Richthofen como jefe. Para entonces ya había tenido la ocurrencia de pintar su avión de rojo sin que estén claros los motivos. El efecto fue que se conociera su aparato en todo el frente y que surgieran los más extraños rumores. Uno de ellos, que von Richthofen conoció por un piloto inglés derribado, aseguraba que el piloto de aquel avión rojo era una mujer, puesto que sólo así se entendía tanto colorido. El diablo rojo empezaba a ser una leyenda también entre sus enemigos.

En julio de 1917 conoció de cerca la derrota cuando el observador de un avión biplaza estuvo a punto de acabar con su vida. Von Richthofen no se inquietó al ver como su presa abría fuego desde muy lejos (a esa distancia no es posible acertar con una ametralladora, pensó), pero uno de los proyectiles le alcanzó en la cabeza, aunque sin la energía suficiente para perforar el hueso. Consiguió aterrizar, pero no sólo tuvo que estar un tiempo de baja sino que las secuelas le perseguirían en forma de dolores de cabeza y cambios de humor. Sin embargo siguió dirigiendo su unidad con energía y siendo un ídolo para sus hombres, a los que intentaba adiestrar y transmitir su experiencia como Boelcke había hecho con él. Von Richthofen cada vez se parecía más a su mentor.

El 21 de abril de 1918 amaneció con niebla. A la espera de que mejorara, von Richtofen se entretuvo en jugar con su perro junto a sus hombres, que veían a su jefe de muy buen humor por primera vez en mucho tiempo. Cuando se levantó la niebla,  el Barón Rojo despegó sin saber que estaba iniciando su último vuelo.

Los aviones alemanes encontraron una patrulla británica dirigida por el canadiense Arthur “Roy” Brown y se enzarzaron en el combate. Uno de los pilotos, un novato llamado May, había recibido instrucciones claras: regresar a la base en caso de ser atacado. Brown era un jefe concienzudo, que cuidaba mucho de sus pilotos y sabía que un novato apenas tenía posibilidades de supervivencia. May siguió sus órdenes haciendo una pasada contra un enemigo, pasada que apenas sirvió para esparcir munición, y descendió, ganando velocidad para regresar a toda prisa. Von Richthofen no podía dejar de notar un comportamiento tan propio de un novato y debió de verlo como una presa fácil, perfecta para ser su victoria número 81.

De manera que el triplano rojo de von Richthofen se lanzó en persecución de May mientras Brown, viendo la maniobra, se lanzaba a su vez en pos de von Richthofen. El piloto alemán se acercaba cada vez más a May, que intentaba todo tipo de maniobras desesperadas para sacarse de encima a su experimentado adversario en aquella alocada persecución a baja altura. Brown abrió fuego, von Richthofen siguió concentrado en su persecución lanzando ráfagas cortas a su presa, abandonó la caza y ganó altura para dar media vuelta mientras un par de ametralladoras australianas abrían fuego desde tierra contra el triplano rojo, que perdió el control y se estrelló.

El cadáver fue recuperado por una unidad australiana y enterrado con todos los honores mientras Roy Brown recibía oficialmente el mérito de haber derribado al mítico piloto, pero este último aspecto no está tan claro. Tras estudiar con lupa los informes de los testigos y el examen médico del cadáver, muchos piensan que Brown no disparó el tiro fatal, que atravesó al piloto alemán con una trayectoria que debió de alcanzarle de lleno en el corazón. La trayectoria de la herida parece más propia de un disparo desde tierra y tampoco parece probable que von Richthofen estuviera en condiciones de proseguir la caza si Brown le hubiese alcanzado porque habría quedado incapacitado inmediatamente. Un resumen del examen del cadáver y los relatos de los testigos se puede encontrar aquí.

Quizás fue Brown o quizás uno de los dos ametralladores australianos que hicieron fuego contra el triplano, o quizás fue un tiro de fortuna de un soldado de infantería. Su vieja herida posiblemente había contribuido porque su comportamiento de aquel día no es normal en alguien tan experimentado. El ataque de caza típico era una pasada ametrallando a toda velocidad sin perder el tiempo en largas persecuciones que daban ocasión a ser blanco de un tercer avión; menos aún en una acción a baja altura al alcance de ametralladoras antiaéreas y todavía menos en las cercanías del frente.

¿Fatiga? ¿Error de juicio? ¿Secuelas de la herida en la cabeza? El resultado es el mismo: von Richthofen había muerto, aunque dejando una leyenda y llevando consigo el respeto de compañeros y enemigos. De haber vivido once días más habría cumplido 26 años.

 

 

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