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La revuelta del hipódromo

04 miércoles Jul 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Constantinopla, Cuádrigas, Deporte, Diocles, Edad Media, Fútbol, Historia, Justiniano, Procopio, Revolución, Roma, Teodora

Hace apenas unos días que la Selección Española de fútbol ganó la Eurocopa y se produjo todo lo que era de esperar: el delirio de las masas, cientos de miles de personas echándose a la calle para celebrar el triunfo, las portadas de los periódicos dedicadas a los jugadores y su gesta con las mayores hipérboles, puesto que todos los adjetivos parecían quedarse cortos ante la magnitud de la «histórica hazaña». Para que el espectáculo fuera completo también hicieron acto de aparición quienes se echaban las manos a la cabeza escandalizados por el revuelo ocasionado por algo que en el fondo es tan sólo un juego. Y de vez en cuando aparecía una reflexión: la gente se moviliza por un deporte de una manera que es impensable cuando se trata de defender cualquier reivindicación. He oído decir: «Puedes quitarle a la gente el puesto de trabajo, asfixiarles a impuestos, arrebatarles sus derechos y se limitarán a lamentarse, pero no saldrán a la calle a no ser que les toques el fútbol».

Algo de eso hay… en 1995 el Sevilla y el Celta descendieron a Segunda División B por no entregar a tiempo unos avales, pero fue tal la reacción popular en las ciudades afectadas que pronto se hizo evidente que la medida no se llevaría a cabo, para preocupación de los clubes ascendidos en su lugar, Albacete y Valladolid, cuyas aficiones también tomaron las calles de sus respectivas ciudades. Al final se cedió y se dejó a todos en Primera División. Este artículo de El País de agosto de 1995 tiene un titular de lo más explícito: «Cuatro ciudades en pie de guerra para mantener a sus equipos en Primera».

Parece mentira, ¿se ha visto alguna vez que un deporte pueda llegar a provocar disturbios, desórdenes, un conato de revolución…? Pues sí. Como siempre, no hay nada nuevo bajo el sol y todo tiene un precedente. Hay que decir que nuestro ejemplo se parece bastante más a la fórmula 1 que al fútbol, porque si había algo que apasionaba a los romanos más aún que las peleas de gladiadores eran las carreras de cuádrigas, carros ligeros tirados por cuatro caballos.

En el circo se enfrentaban en cada carrera hasta tres carros de cada una de las escuderías: blancos, azules, rojos y verdes. Doce carros que recorrían el circuito hasta completar siete vueltas. El espectáculo estaba garantizado no sólo por la emoción de la carrera sino también por los espectaculares accidentes, que hacían de la profesión de auriga un oficio muy arriesgado en el que había altas probabilidades de dejarse la vida. Claro que tampoco se podían quejar: algunos porque sus ganancias harían palidecer a los mejor pagados de entre los deportistas actuales (como nos recuerda este artículo del Daily Telegraph según el cual el legendario auriga Diocles amasó una fortuna equivalente a 15.000 millones de dólares) y otros simplemente no se quejaban… porque eran esclavos.

En Constantinopla, capital del imperio oriental, las carreras eran mucho más que un deporte. En el siglo VI, durante el reinado de Justiniano, ya no había combates de gladiadores, pero las carreras mantenían su esplendor. Hacía ya tiempo que las escuderías blanca y roja desempeñaban un papel subordinado de los azules y los verdes, pero la rivalidad entre estas dos facciones era enorme y se había llegado a desarrollar hasta más allá del terreno deportivo puesto que azules y verdes tenían puntos de vista opuestos en todo. Hasta en las disputas teológicas, que tanto apasionaban a los bizantinos, los azules se inclinaban por la ortodoxia mientras que los verdes representaban el monofisismo. Las facciones del hipódromo lo impregnaban todo, y de la misma manera que ahora a un magistrado se le considera como miembro, o al menos simpatizante, de un partido político, en aquel entonces se le definía como azul o verde.

La rivalidad deportiva, política y religiosa había creado una situación casi bélica entre ambas facciones. Para complicar las cosas, el año 532 empezaba con una noticia buena y una mala: la buena era que se había alcanzado un acuerdo de paz entre el Imperio Sasánida y el Bizantino; la mala que ese acuerdo implicaba unos pagos muy onerosos a los sasánidas y, como todos los gobiernos a lo largo de la Historia, para obtener el dinero necesario se recurrió a un incremento de los impuestos. El ambiente empezaba a ser explosivo y ya sólo faltaba la chispa que lo inflamara.

La chispa fue la detención de unos alborotadores de ambas facciones. Ocurrió entonces lo insospechado: azules y verdes pactaron una tregua y en las carreras se unieron al grito común de ¡Niké! (Victoria). ¿Se imagina alguien que en mitad de una final de Copa entre el Madrid y el Barcelona los hinchas de ambos equipos se echaran al campo y de ahí a invadir las calles exigiendo la destitución del ministro de economía? Pues más o menos eso fue lo que ocurrió.

Los disturbios, que en origen buscaban la liberación de los alborotadores, se extendieron del hipódromo a la ciudad y pronto los incendios se propagaron por toda Constantinopla. Justiniano se veía incapaz de atajar la revuelta, que pronto pasó a exigir la destitución de aquéllos a quienes se consideraba responsables de la subida de impuestos (los equivalentes de nuestros ministros de Economía y Hacienda). El emperador cedió, pero ni aún así fue capaz de atajar un movimiento que se estaba convirtiendo en una revolución: fuese de forma espontánea o porque determinados intereses políticos se habían infiltrado en la revuelta, los amotinados ahora tenían un candidato a emperador, Hipacio, un sobrino del emperador anterior.

Es posible que Justiniano hubiese terminado por abandonar la ciudad de no haber sido por la demostración de carácter de su mujer. La emperatriz Teodora era una mujer de origen cuando menos humilde y sin embargo el discurso que Procopio de Cesarea pone en sus labios es digno del más brillante de los oradores. Cuenta Procopio que Teodora se negó a considerar la huida y afirmó que no pensaba vivir el día en el que alguien no se dirigiera a ella tratándola como a su señora, puesto que la realeza no dejaba de ser, en su opinión, el mejor de los sudarios. Tras aquella arenga a Justiniano y sus acólitos no les quedaba más remedio que enfrentarse a los disturbios. Los mejores generales del Imperio se pusieron al frente de la represión, que se saldó con unos 30.000 muertos.

En los libros la época de Justiniano ha quedado como una era de esplendor del imperio, pero aquel día, cuando apenas llevaba cinco años de reinado, fue su mujer quien le mantuvo en el trono. A Justiniano se le estudia en los libros de texto, a Teodora sólo la conocen quienes profundizan en la Historia, lo mismo que a las facciones azul y verde. De los 30.000 muertos, sin embargo, no se acuerda nadie. Y de la subida de impuestos que elevó el alboroto deportivo a la categoría de revolución, tampoco.

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Las promesas incumplidas de Alejo IV

06 domingo May 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Alejo, Balduino de Flandes, Constantinopla, Cruzadas, Edad Media, Historia, Imperio Bizantino, Inocencio III, Jerusalén, Juan Pablo II, Miguel Paleólogo, Ricardo Corazón de León, Saladino, Venecia

Una de las cosas curiosas de estudiar Historia es que llega un momento en el que todo lo que ocurre parece tener algún precedente, aunque a veces haya que forzar un poco los paralelismos para que encajen los hechos. En estos días en los que se habla tanto de incumplimiento de promesas electorales no está de más recordar que esa costumbre de hacer grandes promesas que una vez en el poder no se cumplen, viene de antiguo. Claro que no siempre se puede incumplir impunemente, como descubrió Alejo IV.

Rencillas imperiales en Constantinopla

1195 fue un año agitado en Constantinopla, aunque nadie podía suponer hasta qué punto iba a ser trágico a la larga. Alejo III, acababa de llegar al trono tras deponer a su hermano Isaac II, que fue enviado a una mazmorra después de que le sacaran los ojos (la crueldad no era totalmente gratuita: la ceguera impedía cumplir con los deberes militares necesarios en un emperador). Pero Alejo III no dejó ciego al hijo de Isaac, de 13 años, también llamado Alejo y al que a partir de ahora llamaremos Alejo el joven para diferenciarlo de su tío. Seis años más tarde, Alejo el joven conseguía escapar de Constantinopla y refugiarse en la corte de Felipe de Suabia, donde esperaría la oportunidad para devolverle el favor a su tío. Y la ocasión llegaría con la IV Cruzada.

Se prepara una cruzada

La III Cruzada concluyó en 1192 sin alcanzar los objetivos previstos, puesto que el tratado que firmaron Ricardo Corazón de León y Saladino dejaba Jerusalén en manos musulmanas, aunque reconocía a los peregrinos cristianos el derecho a entrar libremente en la ciudad. Esto no le parecía suficiente al Papa Inocencio III, que predicó una nueva cruzada en 1198. Como consecuencia se preparó un ejército cuyos jefes decidieron que el plan más conveniente para llegar a Jerusalén era el de trasladarse por mar hasta Egipto y empezar allí las hostilidades. Para realizar la travesía los cruzados firmaron un acuerdo con Venecia, que proveería naves suficientes a cambio, eso sí, de 85.000 marcos de plata. En 1202 los venecianos tenían dispuesta la flota y en su ciudad había un ejército cruzado dispuesto a embarcarse… si tuviera dinero para pagar. Los cruzados se vaciaron los bolsillos cuanto pudieron, pero aún así les faltaban 34.000 marcos de plata.

El Dogo de Venecia, hombre práctico, halló una forma de arreglar el problema: una moratoria a cambio de que los cruzados ayudaran a Venecia a tomar la ciudad de Zara, en Dalmacia (actualmente Zadar, Croacia), que se había sublevado contra Venecia hacía 20 años y estaba bajo la protección del rey de Hungría. El trato no fue del agrado de todos los cruzados porque una cosa era arrancar Jerusalén de las garras de los infieles y otra atacar una ciudad cristiana. Finalmente se impuso el sentido práctico y decidieron tomar Zara, cosa que consiguieron con facilidad. Cuando Inocencio III se enteró de lo que habían hecho los soldados de Cristo excomulgó a todo el ejército, aunque más tarde los perdonaría a todos menos a los venecianos. Aun así dio licencia para que el ejército consintiera en viajar a su objetivo a bordo de los barcos de los impíos y atacaran Jerusalén de una vez. Pero para entonces había surgido una nueva distracción, puesto que había llegado a Zara una oferta de Alejo el Joven.

La promesa

Alejo prometía mucho a cambio de la ayuda del ejército cruzado: 200.000 marcos de plata, pagar al ejército todo un año, volver a someter a la Iglesia de Constantinopla a Roma poniendo así fin al cisma… era una oferta demasiado tentadora como para dejarla escapar. Alejo en persona acabó por presentarse en Zara y los cruzados pusieron rumbo a Constantinopla para asediar de nuevo una ciudad cristiana. Inocencio III casi se muere del disgusto al enterarse, pero poco podía hacer. El asedio fue breve, porque Alejo III huyó de la ciudad en seguida y los notables liberaron a Isaac II que, cegado y todo, volvió a sentarse en el trono. Para los cruzados el arreglo no era satisfactorio, puesto que ellos tenían un trato con Alejo el joven y no con su padre, pero consiguieron que Alejo fuera nombrado co-emperador con el nombre de Alejo IV.

La hora de rendir cuentas

Las promesas que se hacen antes de llegar al poder no siempre son fáciles de cumplir. Alejo IV lo descubrió pronto, pero a diferencia de los gobernantes actuales, él sí tenía que dar satisfacción a quienes le habían aupado. Hay que decir que lo intentó: hizo fundir los tesoros de las iglesias y subió los impuestos para intentar pagar su deuda, pero era mucho el dinero prometido y estas medidas le granjeraron una impopularidad que le hacía necesitar aún más la presencia de los cruzados para no ser derrocado por su propio pueblo. El descontento lo empezó a capitalizar otro Alejo, al que llamaban Murzuflo, que quiere decir «cejijunto». La tensión creció y surgió otro candidato a emperador, un tal Kanabos, que consiguió la púrpura durante unos 10 días, que fue lo que tardó Alejo Murzuflo en tomar el poder con el nombre de Alejo V y hacer estangular a Kanabos y a Alejo IV. Isaac II se murió, al parecer sin ayuda, por esas mismas fechas. Acababa de empezar el año 1204.

Teniendo en cuenta la base popular en la que se había apoyado Alejo V, al ejército cruzado no le podía gustar su ascenso al poder. Se inició una negociación, muy breve, en la que ninguna de las dos partes podía dar satisfacción a la otra: Alejo V no podía cumplir con las promesas de Alejo IV y los cruzados no podían embarcarse e irse sin más, puesto que necesitaban aprovisionarse y Murzuflo les había negado el acceso a los mercados de la ciudad. Los cruzados ya no tenían alternativa e iniciaron el asedio, que no duró más de dos meses. El 12 de abril de 1204 entraban en Constantinopla mientras Alejo V, Murzuflo, escapaba a Tracia.

El desenlace

Los cruzados procedieron a saquear Constantinopla de forma metódica. El botín debía ser puesto en común para luego repartirlo (no todos cumplieron, claro, pese a que quien fuese sorprendido ocultando botín era ahorcado). Se recaudaron 1.100.000 marcos y además se apoderaron de reliquias, montones de reliquias que inundaron Occidente y que eran también fuente de riqueza, puesto que atraían peregrinos. Se calcula que durante el saqueo murieron unos 2.000 constantinopolitanos.

Los cruzados eligieron entre sus jefes un nuevo monarca para el imperio: Balduino de Flandes, pero éste sólo pudo controlar una parte del territorio imperial, la que los historiadores conocen como Imperio Latino. Hasta 1261 no se puede volver a hablar de Imperio Bizantino, cuando Miguel Paleológo toma Constantinopla y restaura los usos existentes hasta 1204.

El Imperio Latino entre los restos del antiguo imperio bizantino, según Wikipedia.

El saqueo creó una brecha enorme entre los bizantinos y los occidentales. Muestra de ello es que la ansiada reunificación de la Cristiandad jamás se produjo. La herida fue tan profunda que en 2001, casi 800 años después, el Papa Juan Pablo II pidió perdón a la Iglesia Ortodoxa por aquellos hechos durante una visita a Grecia.

La huida de Alejo Murzuflo no fue larga: se refugió en territorio de su suegro, que no era otro que Alejo III, que lo recibió con los brazos abiertos y a los pocos días (¿a alguien le sorprende esto?) le hizo arrancar los ojos. Murzuflo terminó prisionero de los cruzados, que lo condenaron a muerte por el asesinato de Alejo IV y lo tiraron de lo alto de una columna monumental.

Así concluye la lamentable historia de la IV Cruzada. Si hay una enseñanza que se puede sacar de ella es que para un gobernante es peligroso alejarse del grupo que le ha aupado al poder. Podemos pensar que si este grupo es un conglomerado difuso de electores en realidad no hay riesgo, al menos físico, pero… ¿de verdad son los electores quienes ponen en el poder a los gobernantes? Dejémoslo ahí.

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Inquisición: policía federal.

08 domingo Abr 2012

Posted by ibadomar in Historia

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Antonio Pérez, Bayona, Carlos V, Cátaros, Constitucion, Edad Media, Edad Moderna, Felipe II, Fernando VII, Historia, Inquisición, María Cristina, Napoleón, Reyes Católicos, Sixto IV

Dedicado a @Palomamer, que no ha parado de insistir hasta salirse con la suya. 😉

Hasta los que no son aficionados a la Historia han oído hablar, y mucho, de la Inquisición. Si se atiende a la imagen popular parece como si fuera un invento genuinamente español y en cierto modo, pero sólo en parte, es así porque en España la Inquisición tuvo características propias que la convirtieron en algo más que un tribunal eclesiástico. Era todo un gran instrumento de poder al servicio de… ¿la Iglesia? Pues no, ¡sorpresa! al servicio de la Corona.

La Inquisición original, conocida como Inquisición papal no fue una creación española. Era un tribunal creado por el papado para detectar, juzgar y castigar la herejía y existía desde el siglo XIII, cuando se puso en marcha para reprimir a los cátaros. Funcionó en Francia, norte de Italia, en Alemania, en Flandes y débilmente en Aragón, pero no llegó a penetrar en Castilla. En el siglo XV era una institución obsoleta, aunque reviviría más tarde, en 1542, con motivo de la reforma protestante. ¿Por qué entonces apareció con tanta fuerza la Inquisición española a finales del siglo XV en unos territorios en los que jamás se había establecido o lo había hecho con poca fuerza?

Las razones están en la política unificadora de los Reyes Católicos. Por un lado la lógica de la época apuntaba hacia la necesidad de la unidad religiosa de los territorios gobernados por un mismo príncipe; por otro hay que considerar el antisemitismo social del momento, que fustigaba no sólo a los judíos sino también a los conversos por ser sospechosos de seguir practicando el judaísmo en secreto; por último no hay que desdeñar la oportunidad que se presentaba de mejorar las finanzas de la Corona en un momento de crisis mediante la confiscación de los bienes de los condenados. En este ambiente los monarcas escucharon las denuncias del prior dominico Alonso de Hojeda y lograron establecer la Inquisición, pero no la Inquisición papal, sino que en 1478 consiguieron algo insospechado: nada menos que una bula de Sixto IV autorizándoles a que fueran ellos quienes nombraran inquisidores. ¡La Inquisición bajo control de los reyes y no del Papa! Isabel y Fernando no perdieron la ocasión, aunque pronto sus inquisidores se mostraron tan entusiastas de su labor que el mismo Sixto IV condenó su brutal actuación y quiso que aquel tribunal pasara a dominio de la Iglesia. Demasiado tarde. Los Reyes Católicos se habían hecho con el poder y no estaban dispuestos a devolverlo.

Para asegurar el control real sobre la Inquisición se creó el cargo, hasta entonces inexistente, de Inquisidor General, nombrado por los reyes, y que presidía el Consejo de la Suprema y General Inquisición que era el organismo, equivalente a un ministerio, que nombraba y destituía a los inquisidores, se encargaba de las apelaciones, administraba las finanzas inquisitoriales y se encargaba de los procedimientos de las confiscaciones, que iban a parar al tesoro real. El objetivo del tribunal eran los herejes, es decir los católicos que se apartaban de la ortodoxia, por lo que un judío, un musulmán o un indio no tenían nada que temer de la Inquisición, pero aquéllos que se convertían eran fácilmente sospechosos de seguir con su antigua religión en secreto. Dado que la política de los años posteriores obligó a los no católicos a elegir entre la conversión forzosa o la expulsión, era sencillo encontrar presuntos herejes.

Cada localidad era visitada anualmente por un inquisidor que publicaba un edicto para obligar a todo cristiano a denunciar a herejes. Si las denuncias eran aceptadas se iniciaba un procedimiento basado en la presunción de culpabilidad. Al acusado no se le informaba de la identidad de sus acusadores ni de los testigos, aunque podía hacer una lista de sus enemigos y el tribunal rechazaba automáticamente a cualquier acusador que estuviera en ella. En conjunto el procedimiento apenas tenía garantías para el acusado. El uso de la tortura no era frecuente, pero tampoco excepcional. Las penas variaban desde una multa hasta los azotes, las galeras o la muerte en casos muy graves o de reincidencia. Las sentencias eran inapelables incluso ante el Papa. De hecho, en los más de trescientos años de existencia de la Inquisición en España el Papa sólo logró intervenir en tres casos.

Hacia 1520 la Inquisición había perdido fuerza: la ortodoxia no estaba en peligro en España y por tanto no se justificaba su existencia, mientras que sus métodos eran muy criticados. El nuevo rey, Carlos I, parecía opuesto al sistema de acusación secreta, pero entonces los críticos con la institución cometieron el error de recurrir a Roma para reforzar su postura. Como sus abuelos, el joven rey no vio con agrado la injerencia papal y la Inquisición sobrevivió, precisamente a causa de su independencia del Papa. La dependencia directa de la Corona era algo irresistible, sobre todo en una institución con competencia en todos los reinos. Y es que para aquellos monarcas la situación a menudo no era fácil puesto que no eran en realidad reyes de España, sino de un conjunto de reinos con sus propias leyes y fueros, y en ellos la Inquisición era lo más parecido a una policía federal con su propio tribunal. Veamos por ejemplo el encabezamiento de una carta de Felipe II:

Don Phelippe, por la graçia de Dios, rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Siçilias, de Jherusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valençia, de Galiçia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murçia, de Jaen, de los Algarves, de Algezira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias islas y tierra firme del mar oçéano, conde de Barçelona, señor de Vizcaya y de Molina, duque de Atenas y Neopatria, conde de Rusellon y de Çerdania, marqués de Oristan y de Goziano, archiduque de Austria, duque de Borgoña y Bravante y Milan, conde de Flandes y de Tirol, etc.

Un montón de títulos, como se ve, para multitud de territorios diferentes que formaban un conglomerado difícil de gobernar, pero en el que la Inquisición era omnipresente. En caso de necesidad siempre se podía recurrir a ella para resolver asuntos delicados.

Un buen ejemplo es lo que hizo Felipe II cuando Antonio Pérez le puso las cosas difíciles. Pérez había sido secretario personal de Felipe II, pero su actuación era un tanto… independiente, por decirlo de alguna forma. Cuando sus manejos fueron demasiado evidentes fue encarcelado, pero logró escapar y refugiarse en Aragón, donde estaba a salvo, protegido por sus fueros. Y entonces, muy oportunamente, Pérez se encontró con una acusación de herejía que lo hizo pasar a una prisión de la Inquisición. Eventualmente logró escapar, pero su caso nos demuestra para qué podía utilizarse aquel tribunal en caso de necesidad.

Otro curioso ejemplo es el de la exportación de caballos, que Felipe II puso también bajo control de la Inquisición y no de los oficiales de aduanas. Los mejores caballos, los andaluces, no eran suficientes para cubrir la demanda civil y militar y el rey confió la exportación de un bien tan preciado a su organización más eficaz. La justificación fue que había que impedir la venta de caballos a hugonotes y luteranos. ¿Traído por los pelos? Puede, pero nos demuestra que la función de la organización iba mucho más allá de la que en principio se le supone.

La Inquisición se convirtió en un puro anacronismo con la llegada de la Ilustración. Su abolición sin embargo no fue fácil. La primera supresión llegó con los decretos de Chamartín, firmados por Napoleón en 1808, aunque la Constitución de Bayona no era clara al respecto y el gobierno de los Bonaparte fue demasiado discutido y turbulento como para tener clara la validez de sus actos. Los diputados de Cádiz también consideraron en 1813 que la Inquisición era incompatible con la Constitución, que no la abolía explícitamente. Con la vuelta de Fernando VII se restableció la organización, pero fue de nuevo suprimida durante el Trienio Liberal, al restablecerse la Constitución de Cádiz. Tras este paréntesis Fernando VII no volvió a restaurar la Inquisición, aunque siguieron existiendo unas Juntas de Fe que no eran sino el mismo tipo de tribunal con otro nombre. La abolición definitiva no llegó hasta un decreto de María Cristina de julio de 1834. La Inquisición desapareció entonces, aunque el espíritu inquisitorial a menudo parece seguir vivo y gozando de buena salud.

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