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AF 447

11 jueves Abr 2013

Posted by ibadomar in Aviación, Técnica

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Accidente aéreo, AF447, Aviación, Factores humanos, Seguridad aérea, Técnica

Los habituales de este blog ya sabéis que de vez en cuando me gusta hacer una incursión por asuntos relacionados con la seguridad aeronáutica. Hoy vamos a tratar de uno de los casos que más me intrigan, el del vuelo de Air France AF447, que cayó al Atlántico el 1 de junio de 2009 con 216 pasajeros y 12 tripulantes a bordo. Para estudiarlo me he basado principalmente en el informe final del accidente, disponible en francés aquí y en inglés aquí. Ambos pueden descargarse desde esta página en la que se incluyen enlaces a los anexos del informe. Para completar la información he acudido a esta otra página en la que se encuentra una transcripción más completa de las conversaciones de cabina, extraída de un libro titulado Erreurs de pilotage. Igualmente he tenido en cuenta algunos comentarios del libro Segundos para el desastre.

Aunque intentaré no entrar en excesivos detalles técnicos es inevitable explicar un concepto sin el que es imposible comprender lo ocurrido: el de la entrada en pérdida.

Entrando en pérdida

Un avión se sostiene en el aire gracias a la fuerza llamada sustentación, que tira de las alas hacia arriba y que está motivada por la diferencia de presiones entre la parte inferior y la superior del ala cuando ésta se desplaza a gran velocidad por el aire (o cuando el aire se mueve a gran velocidad alrededor del ala, que tanto da). Al ser la presión más alta por debajo que por encima, la fuerza sobre el conjunto del ala tira de ésta hacia arriba.

La sustentación depende, entre otras cosas, del denominado ángulo de ataque, que es el ángulo que forma el perfil del ala con el aire que incide contra ella.

Ángulo_de_ataque_de_un_ala

Imagen tomada de Wikipedia

En principio, cuanto mayor es el ángulo de ataque mayor es la sustentación, pero hay un límite. Cuando el ángulo de ataque crece demasiado, el valor de la sustentación baja bruscamente y ya no basta para vencer a la fuerza de gravedad, por lo que el avión cae. Se dice entonces que el ala entra en pérdida. Un valor típico de entrada en pérdida en vuelo a nivel del mar puede ser de unos 12 grados. En el caso de un avión comercial en vuelo de crucero, es decir, muy rápido y a gran altitud, el ángulo de entrada en pérdida es mucho menor, digamos de unos 6 grados aproximadamente, y probablemente me esté pasando en un par de grados.

En un avión el ángulo de ataque está íntimamente relacionado con la velocidad, de manera que cuanto mayor sea el ángulo de ataque más lento vuela el avión. Por eso se suele hablar de velocidad de entrada en pérdida, que es la velocidad mínima a la que el avión se sostiene en el aire y que se obtiene cuando el avión vuela con el máximo ángulo de ataque antes de entrar en pérdida. Si volamos a esa velocidad mínima y se nos ocurre tirar de la palanca para levantar el morro del avión, se iniciará la caída. Salir de ella no es difícil, pero requiere hacer algo poco intuitivo, como es bajar el morro del avión para reducir el ángulo de ataque: cuando uno está cayendo el instinto pide subir el morro del avión para que apunte hacia arriba, pero eso aumentaría el ángulo de ataque y la pérdida sería aún más pronunciada. Todos los pilotos, desde el que vuela un ultraligero hasta el de un A380 conocen esto perfectamente y todos saben cómo reaccionar en este caso.

A veces se habla de dos tipos de pérdida: la de baja, que es la que hemos explicado y se produce por velocidad demasiado reducida y la de alta, que es el caso contrario y en el que podríamos decir que el avión «se pasa de velocidad». En esta situación el avión se acerca demasiado a la velocidad del sonido y los efectos de compresibilidad del aire provocan determinados problemas (la famosa barrera del sonido) que pueden poner en peligro a la aeronave. En un avión comercial en vuelo de crucero y a alta velocidad es un fenómeno a tener muy en cuenta.

Los hechos

El avión, un Airbus 330, había despegado de Río de Janeiro y se dirigía a París. En plena noche, a las 2 de la madrugada hora UTC (es decir, la hora de Greenwich sin tener en cuenta el horario de verano) el comandante de la aeronave se retiró a descansar, dejando el avión en manos de los otros dos pilotos que estaban a bordo, ninguno de los cuales tenía el rango de comandante. En aquellos momentos el avión volaba a 35.000 pies de altitud en la zona de convergencia intertropical, un área cercana al Ecuador en donde con frecuencia el choque de masas de aire procedentes de los hemisferios Norte y Sur unidas al calor y la humedad de la zona provocan fenómenos meteorológicos tales como turbulencia, nubes tormentosas que alcanzan la estratosfera, etc.

Diez minutos después de que el comandante se ausentara comenzaron los problemas. Se habían formado cristales de hielo en los tubos de Pitot, que son las sondas que sirven para medir la velocidad con respecto al aire y en consecuencia el avión no tenía indicaciones fiables de su velocidad aerodinámica. En estas circunstancias, no pudiendo fiarse de los datos que recibía, el ordenador de a bordo actuó según lo previsto: desconectó el piloto automático, lo que devolvió el control a los pilotos. Pero éstos aparentemente quedaron totalmente tomados por sorpresa. El piloto al mando en ese momento era el menos experto de los tres de la tripulación, pero aun así no era ningún novato, y sin embargo las acciones posteriores parecen difíciles de explicar.

El piloto, probablemente como respuesta a un descenso brusco en el primer momento tras la desconexión, tiró de la palanca de mando (un joystick, en el caso del A330), lo que hizo subir al avión hasta los 38.000 pies en aproximadamente un minuto. La velocidad de ascenso llegó a ser de hasta 7.000 pies por minuto, que es más del triple de la velocidad normal de ascenso de un avión. En esas circunstancias el avión ya no subía por la sustentación de las alas, sino por el impulso que había tomado, como lo hace una piedra que se lanza hacia arriba, y por lo tanto iba perdiendo velocidad conforme subía. Finalmente no pudo sujetarse en el aire y comenzó el descenso. La alarma de entrada en pérdida estaba sonando, pero el piloto no actuó en consecuencia.

Habían pulsado ya el botón que avisa al comandante de que debe regresar a la cabina, pero éste tardó aproximadamente un minuto en volver. Cuando lo hizo se encontró una situación caótica: los pilotos bordeando el pánico, porque eran conscientes de que no tenían el control de la aeronave y no sabían qué estaba ocurriendo, mientras la alarma de entrada en pérdida no dejaba de sonar. Era realmente difícil que el comandante se hiciera cargo de la situación al instante. Para entonces el avión estaba bajando a unos 10.000 pies por minuto (unas cinco veces la velocidad normal de descenso) y estaba claramente en pérdida: ¡el ángulo de ataque era de 40º!. Apenas pasaron 2 minutos y 44 segundos desde el regreso del comandante hasta el impacto. En los últimos 45 segundos al fin parecieron comprender que durante todo el drama el copiloto había estado tirando de la palanca de mando hacia atrás, lo que hacía imposible salir de la pérdida. Demasiado tarde para solucionarlo. El lapso de tiempo desde la desconexión del piloto automático hasta el impacto fue de 4 minutos y 20 segundos.

¿Existe explicación?

Ésta es la pregunta que me hago y que me desconcierta. Los hechos dejan claro que el avión cayó porque las acciones del piloto lo llevaron a una entrada en pérdida irreversible. Pero ¿cómo pudo un piloto experimentado cometer semejante error? El aviso de pérdida sonaba y sin embargo él seguía tirando de la palanca sin comprender la situación. Esto no es normal, así que debe de haber factores que ayuden a comprenderlo. Vamos a rascar un poco más.

-Los problemas comenzaron cuando el avión dejó de tener información fiable de su velocidad aerodinámica debido a la formación de cristales de hielo en los tubos de Pitot. Éste era un problema conocido, puesto que según el informe, entre agosto de 2005 y marzo de 2009 hubo 16 incidentes por inconsistencias en la velocidad. A raíz del accidente se aceleró el programa de sustitución de los tubos de Pitot, que concluyó pocos días después.

-Los incidentes motivaron que existiera un programa de entrenamiento para vuelo con fallo de indicación de velocidad, que se practicaba, dice el informe, en configuración de despegue, por ser el caso considerado como más delicado, y no en el caso de vuelo en crucero, que es el que se presentó.

-El informe tiene un tono crítico cuando se refiere al momento en el que el comandante decidió ausentarse, precisamente en la zona de convergencia intertropical. Además dejó como piloto al mando al de menos experiencia de los dos. El informe cree que la zona intertropical era la que más requería de la experiencia de un comandante en la cabina. En este punto hay que mencionar que el autor de Segundos para el desastre está de acuerdo en la necesidad de la presencia del comandante, pero incide en el factor organizativo al criticar el que, necesitando tres pilotos para que puedan descansar por turnos, se vuele por motivos económicos con un comandante y dos copilotos en lugar de con dos comandantes y un copiloto, lo que aseguraría la presencia constante de un comandante en la cabina.

-Aparentemente es extraño que los pilotos no reaccionaran al aviso de entrada en pérdida. El informe menciona que puede ocurrir que la naturaleza intrusiva del aviso haga, paradójicamente, que termine por descartarse. También menciona la posibilidad de que el piloto creyera que se estaba produciendo el caso de pérdida por alta velocidad que mencionamos antes y por eso no comprendiera la naturaleza del problema. Además, los instrumentos no muestran al piloto el valor del ángulo de ataque, aunque paradójicamente el ordenador de a bordo sí tiene esa información y de hecho la utiliza para detectar la pérdida.

-Es muy importante tener en cuenta un detalle: en situación normal es imposible que un avión de ese tipo entre en pérdida. Aunque el piloto intentara provocar la pérdida a propósito no lo conseguiría, porque lo impediría el ordenador de a bordo. Si pudo hacerlo fue por la desconexión del piloto automático, provocada curiosamente por la necesidad de dar más control al piloto humano en un momento en que el fallo de valores fiables de velocidad desaconseja que el control esté en manos del ordenador. Es muy posible que el piloto simplemente hubiese asumido la imposibilidad de hacer entrar en pérdida al avión, de tal manera que no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Me gustaría resaltar una frase del informe:

Les conditions d’entraînement actuelles ne permettent pas de pallier à la fois une pratique au vol manuel inexistante en haute altitude et le manque d’expérience sur avions conventionnels. En outre, elles limitent la capacité des pilotes à acquérir ou maintenir des compétences de base de pilotage (basic airmanship).

(El tipo de entrenamiento actual no permite paliar la inexistencia de práctica en vuelo manual a gran altitud unida a la falta de experiencia en volar aviones convencionales. Más aún, limita la capacidad de los pilotos para adquirir o mantener las habilidades básicas de pilotaje).

Dicho de otra forma: dependemos tanto de la tecnología que ya no sabemos volar a mano.

-Para terminar, hace pocos días apareció en Le Point (y otros medios) esta noticia: el informe del accidente omitió que de las conversaciones de los pilotos se desprende que apenas habían dormido la noche anterior. El comandante llega a quejarse de que una hora de sueño no es suficiente. Curiosamente el informe sí menciona la fatiga en el párrafo 1.16.7 pero para descartar que haya indicios de su presencia. Y la fatiga importa. Son muchos los artículos sobre este tema en los que es frecuente que se compare la capacidad de individuos que llevan un periodo largo sin dormir con la de otros que han ingerido alcohol. Quienes sean curiosos encontrarán unos cuantos de estos artículos buscando alcohol, fatigue, performance en Google. La conclusión es que los efectos son parecidos.

Y ahora imaginemos que los pilotos, en lugar de encontrarse afectados de fatiga se hubieran tomado un par de copas, lo que tendría un efecto similar. Todo parece encajar mejor así porque se explica más claramente que el comandante le diera más importancia a retirarse a descansar que al mal tiempo, o que la sorpresa anulara de tal manera al piloto como para no ser capaz de comprender qué estaba ocurriendo. La gran diferencia es que un piloto bajo los efectos del alcohol es un escándalo y un piloto fatigado es una anécdota.

Dije al principio que este caso me intriga y lo sigue haciendo. Hay en él dos aspectos que me preocupan especialmente: el primero el hecho de que del informe se desprende que la tecnología, que debería ser una herramienta a nuestro servicio, se está convirtiendo en una muleta sin la que ya no sabemos trabajar. El segundo, que aunque progresivamente conocemos mejor los efectos de la fatiga, tan parecidos a los del cada vez más denostado alcohol, el artículo de Le Point apunta a que cuando ésta aparece se prefiere mirar hacia otro lado. Si al subir al avión viéramos al piloto sacar una petaca y dar un buen trago ¿volaríamos tranquilos?

Por supuesto ni la fatiga ni ninguna de las otras eventualidades es la única causa del accidente, sino un eslabón más en la cadena de circunstancias organizativas, de entrenamiento, tecnológicas, etc, que según hemos visto unen el fallo inicial, que era conocido por los incidentes previos, con el fatal desenlace. A posteriori es fácil pensar en remedios: se podrían haber cambiado antes los tubos de Pitot, o haber mejorado la formación en caso de fallo de indicación de velocidad en crucero, o haber incluido una indicación en cabina del ángulo de ataque, o haber volado con dos comandantes, etc, etc.

A la postre, por muchas barreras de seguridad que existan hay veces en que un fallo consigue colarse por los resquicios de todas ellas. Por eso es tan importante prestar atención a los incidentes, a esos 16 incidentes en este caso, que señalan por dónde puede abrirse camino el accidente.

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Discurso del comandante Sullenberger

18 lunes Mar 2013

Posted by ibadomar in Aviación

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Accidente aéreo, Aviación, Sully

Ahora que tanta polvareda ha levantado el saberse que muchos aspirantes a maestro tienen un nivel de conocimientos muy por debajo de lo requerido, quizás habría que preguntarse si las condiciones de la profesión son las adecuadas para atraer a personas con un nivel más alto. He mencionado a los maestros porque es el colectivo que ahora mismo está bajo el foco de los medios de comunicación, pero el razonamiento es extrapolable a bomberos, funcionarios, pilotos, médicos, controladores aéreos o notarios. Pero esta vez no seré yo quien argumente sobre este asunto, sino que le cederé la palabra a otra persona y me limitaré a aportar la traducción.

La historia del vuelo de US Airways cuyo comandante, en una situación de emergencia, decidió arriesgarse a amerizar en el Hudson es muy conocida. Quizás algún día traiga ese accidente a este blog, pero ahora se trata de escuchar a Chesley B. Sullenberger, conocido como Sully, el comandante de la aeronave. Citado a declarar ante el Congreso de los Estados Unidos, Sully aprovechó la ocasión para reivindicar un sector, el de la aviación, en el que la presión económica ha hecho que lo que eran profesiones respetadas y lucrativas hayan perdido atractivo con la consiguiente degradación en la calidad. Lo que sigue es la traducción de su intervención. Quien tenga interés en leer el original puede hacerlo en este enlace, que recomiendo si se domina el inglés, puesto que no soy traductor profesional. El discurso es el siguiente:

No sólo estoy orgulloso de mi tripulación; estoy orgulloso de mi profesión. Volar ha sido la pasión de mi vida. Me considero afortunado de haber dedicado mi vida a una profesión que me encanta y en la que tengo compañeros a los que respeto y admiro. Pero, honorables diputados, aunque adoro mi profesión no me gusta lo que le ha ocurrido. No estaría cumpliendo con mi deber si no les informara a ustedes de cuánto me preocupa su futuro.

Los norteamericanos han sufrido enormes dificultades económicas durante los últimos meses, pero los empleados de líneas aéreas han sufrido esos problemas y más aún durante los últimos 8 años. En este tiempo nos ha alcanzado un tsunami económico: el 11 de septiembre, quiebras, variaciones en el precio del combustible, fusiones, pérdida del derecho a  pensión y gestores de quita y pon que utilizan a los empleados de sus compañías como si fueran un cajero automático, han dejado a las personas que trabajan para aerolíneas de los Estados Unidos en una situación de grandes dificultades económicas.

El hecho de que mis compañeros en esta industria aún puedan mantener tan alto nivel es una increíble demostración de su carácter, profesionalidad y dedicación. En mi propia experiencia personal, mi decisión de seguir en la profesión ha supuesto un gran coste económico para mí y para mi familia. Mi sueldo se ha recortado en un 40% y mi pensión, como en casi todas las aerolíneas, ha sido sustituida por un fondo que apenas devuelve unos peniques por dólar.

No somos los pilotos los únicos que atravesamos dificultades financieras -y quiero resaltar que admito cuán difíciles son estos tiempos para todo el mundo-, pero es importante subrayar que las condiciones de nuestro trabajo han cambiado drásticamente desde que comencé mi carrera profesional, lo que ha llevado a una situación económica insostenible a los pilotos y sus familias. Cuando mi empresa ofreció a los pilotos que habían sido despedidos la posibilidad de regresar al trabajo, un 60% de ellos se negaron. Intentaré expresarlo con toda claridad: por favor no piensen que exagero si digo que no conozco a un solo piloto profesional al que le gustaría que un hijo suyo siguiera sus pasos.

Me preocupa que la profesión de piloto de línea aérea ya no atraiga a los mejores y más brillantes. El actual nivel de experiencia y destreza de nuestros pilotos profesionales procede de inversiones realizadas hace años cuando aún podíamos atraer a personas ambiciosas y de talento que ahora emigran frecuentemente hacia carreras profesionales más lucrativas. Aquellas inversiones del pasado fueron un elemento indispensable para crear una infraestructura de aviación comercial fundamental para un transporte aéreo seguro y para la economía y seguridad de nuestro país. Si no valoramos suficientemente la profesión de piloto de línea aérea y los futuros pilotos pierden progresivamente habilidad y experiencia, la lógica indica que veremos consecuencias negativas para los pasajeros, y para nuestro país.

Afrontamos grandes retos en el sector. Para alcanzar la estabilidad económica y progresar firmemente en la seguridad de los pasajeros, los gestores deben cooperar con los trabajadores y negociar de buena fe. Hemos de encontrar juntos soluciones para encarar los enormes desafíos económicos que afrontamos para atraer y retener a los profesionales con experiencia y talento que solicita el sector y que requiere la seguridad de los pasajeros. Más aún, hemos de desarrollar y mantener en cada aerolínea y organismo de aviación un ambiente, una cultura, que equilibre las necesidades de responsabilidad y conocimiento. Hemos de crear y mantener una confianza totalmente necesaria para tener un sistema eficiente de notificaciones de seguridad que detecte y corrija las deficiencias antes de que lleven a un accidente. No podemos permitir que la mejora constante de medidas de seguridad y una formación continua y exhaustiva dejen de ser prioritarias a causa de la presión económica y financiera. Está demostrado que en aviación la pieza más importante para la seguridad es un piloto experto y bien entrenado.

Pese a la mala situación económica que atravesamos y pese a los muchos desafíos que afronta nuestro país, tengo fe en América, en nuestra gente, en nuestro compromiso. He mencionado brevemente algunos de los mayores problemas por los que pasa mi sector, pero no creo que sean irresolubles si decidimos trabajar juntos para encararlos.

Todos hemos de colaborar en esta tarea. Pese a las turbulencias económicas que golpean el sector, las compañías aéreas han de concentrar su atención, y sus recursos, en la contratación y retención de pilotos expertos y bien entrenados, convirtiendo este aspecto en una prioridad de rango equivalente al resultado económico. Jeff y yo junto a nuestros compañeros pilotos seguiremos volando aviones y mejorando nuestra formación y entrenamiento mientras intentamos mantener a nuestras familias. Patrick, junto con otros controladores aéreos de talento, seguirá guiándonos con seguridad por el cielo, nuestros pasajeros continuarán gastando un dinero duramente ganado en pagar por su viaje y nuestros tripulantes de cabina, mecánicos, personal de tierra y administrativo proseguirán resolviendo los miles de detalles y cuestiones que mantienen a nuestros aviones en el aire con seguridad.

Ustedes pueden ayudarnos, honorables diputados, trabajando conjuntamente sin divisiones partidistas y pueden solicitar o legislar que trabajadores, gestores, expertos en seguridad, educadores, expertos técnicos y americanos de a pie trabajen juntos en encontrar solución a estas cuestiones. Asumamos todos nuestras responsabilidades honestamente y con respeto por los demás. Hemos de mantener una aviación comercial americana segura y asequible para los pasajeros y económicamente viable para aquéllos que trabajan en el sector día tras día. Y pensando en esos hombres y mujeres jóvenes que se plantean hacia dónde dirigir sus vidas, hemos de recuperar el discurso de una apasionante carrera en la aviación, con suficientes recursos económicos como para hacer de esta visión una realidad.

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El vuelo imposible del UA232

09 domingo Dic 2012

Posted by ibadomar in Aviación, Técnica

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Accidente aéreo, Aviación, DC10, Reactor, Técnica, Turbofán, UA232

Hace mucho que no aparece en este blog nada sobre aviación, casi tres meses, y sin embargo es uno de los temas que, según he comprobado, más interés suscita entre quienes visitan Los Gelves. Hoy me gustaría dar a conocer la historia de un caso muy particular, el de uno de esos días en los que ocurrió lo que según los expertos era imposible que ocurriera. El relato de un avión que perdió todos sus sistemas de control y de unos pilotos que siguieron peleando por conseguir dominarlo hasta el final. Es la historia del vuelo United 232.

El UA232 era un DC10 que despegó de Denver el 19 de julio de 1989 para volar a Philadelphia con una escala en Chicago. El DC10 era un avión bastante grande, un trimotor de doble pasillo que, en este caso, llevaba a bordo 285 pasajeros además de 11 tripulantes. Su aspecto es el de un monoplano de ala baja, dos motores bajo las alas y un tercero encastrado en la deriva como vemos en la fotografía, que además corresponde precisamente al avión al que nos referimos.

19890719-1-P-d-1-500Foto reproducida con permiso de Aviation Safety Network

El vuelo despegó sin incidentes y ascendió a su altitud de crucero de 37.000 pies (más de 11.000 metros). Llevaba en el aire una hora y siete minutos cuando de pronto las cosas se torcieron: una especie de explosión sacudió el aparato, que comenzó un descenso virando hacia el lado derecho. Los pilotos pudieron comprobar que el avión no respondía a los controles. ¿Qué demonios había ocurrido? La investigación reveló que el primer disco del fan del motor número dos, el que está empotrado en la deriva, presentaba signos de fatiga. Dicho así es demasiado técnico, intentaré explicarlo más claramente.

turbofan

Dibujo tomado de Wikipedia

Lo que vemos en el dibujo es un esquema de un motor turbofán. De izquierda a derecha tenemos el fan, compresor de baja, compresor de alta, cámara de combustión, turbina de alta, turbina de baja y tobera de escape. Cuando vemos de frente un motor de este tipo, cosa común en un aeropuerto porque es el tipo de motor que equipa a todos los reactores comerciales en la actualidad, observamos un disco de álabes que corresponde al fan. Pues bien, ese primer disco es el que tenía grietas de fatiga y durante el vuelo se produjo el fallo, es decir que una de las grietas de fatiga creció hasta el extremo de la rotura. Y ahora pensemos en qué puede ocurrir cuando un disco que está girando a toda velocidad se rompe: los pedazos salen disparados como metralla dañando todo lo que encuentran a su paso, primero la carcasa del motor y después lo que haya más allá, como por ejemplo el empenaje horizontal, que al menos no resultó destruido, y dentro de él los tres circuitos hidráulicos de los que disponía el avión. El líquido hidráulico se perdió y con él la posibilidad de manejar las superficies de control de la aeronave: timón de profundidad, de dirección, alerones, flaps… ninguno de estos mandos respondía ni podía recuperarse.

dc10Esquema de los circuitos hidráulicos dañados (Imagen: Wikipedia)

Como todos los sistemas críticos, los circuitos hidráulicos tenían un alto nivel de redundancia y si un circuito se perdía al menos quedaban los otros dos. Por ejemplo, si fallaba el circuito hidráulico número uno el avión se quedaba sin el alerón interior izquierdo y el exterior derecho, sin el timón de profundidad exterior derecho, sin la parte superior del timón de dirección… pero no perdía el resto de mandos. La probabilidad de fallo hidráulico en los tres sistemas a la vez se estimaba que era de una entre mil millones, y eso era precisamente lo que había ocurrido. Las consecuencias: no había control sobre los alerones, timón de profundidad, timón de dirección, flaps, frenos aerodinámicos… nada; y si el avión llegaba a aterrizar no había frenos ni era posible guiarlo en tierra usando la rueda delantera.

Habíamos dejado a nuestro DC10 iniciando un descenso con viraje hacia la derecha y a la tripulación comprobando que habían perdido el motor número dos y no tenían mando sobre el avión. Pero había algo que sí controlaban: los dos motores restantes, uno bajo cada ala. A base de dar más potencia al motor derecho que al izquierdo se consiguió frenar el viraje y el avión pudo mantenerse en vuelo… más o menos. Lo único que podían hacer los pilotos era jugar con el empuje de los motores para conseguir algo parecido al control del avión. El vuelo era espantoso, pero el avión seguía en el aire y eso era una buena noticia. Y no la única, por cierto, porque algunos factores se aliaban para dar esperanza al infortunado DC10 y sus ocupantes.

En primer lugar, la posición geográfica del avión era bastante buena: de haber ocurrido el fallo sobre el océano o en terreno montañoso la situación habría sido desesperada, pero estaban sobre terreno muy llano: Iowa, de manera que si no encontraban un aeropuerto apropiado podían incluso intentar un aterrizaje forzoso en la planicie. El aeropuerto más cercano, de todas formas, era el de Sioux City a apenas 60 millas, aunque no estaba claro que pudieran llegar. Otra buena cosa es que era de día y eso hacía que fuera fácil localizar el aeropuerto, o en caso necesario, un lugar adecuado para intentar posarse. Por cierto, que el DME (medidor de distancia) del aeropuerto no funcionaba y eso hacía más difícil la navegación, aunque el avión contó, naturalmente, con la asistencia del control aéreo, que dio información no sólo sobre el propio campo sino también sobre lugares alternativos e incluso alertó a la policía de tráfico para que cortara una autopista que podría servir para un aterrizaje de emergencia.

También acompañó el buen tiempo: de haber encontrado turbulencia o una tormenta sobre Sioux City el avión jamás podría haber intentado el aterrizaje allí. Otro golpe de buena suerte fue que el problema surgiera justo en el momento del cambio de turno en los hospitales de manera que en ese momento había el doble de équipos médicos de lo habitual: salientes y entrantes. Y además en Sioux City había dos hospitales de referencia para la zona, uno de traumatología y otro de quemados. No sólo eso sino que era miércoles, justo el día de servicio para la Guardia Aérea Nacional de Sioux City. Si el avión conseguía llegar al aeropuerto tendría la mejor asistencia que podía soñar.

Dentro del avión también había una buena noticia inesperada: uno de los pasajeros resultó ser un instructor de vuelo de DC10 y se ofreció para ayudar a la tripulación. Lo cierto es que el problema no era soluble y no pudo aportar ningún conocimiento que mejorara la situación, pero al menos él, desde detrás, podía manejar las palancas de gases con las dos manos: una para cada motor, y eso era una gran ayuda. Con todas las dificultades del mundo el avión consiguió acercarse a Sioux City siguiendo la ruta que vemos en la siguiente imagen.

trackDiagrama tomado del informe oficial

Por el caminó el DC10 arrojó buena parte del combustible y la tripulación consiguió sacar el tren de aterrizaje para intentar tomar tierra. En la grabación de las comunicaciones se oye al controlador del aeropuerto autorizar al avión a aterrizar «en cualquier pista» (cleared to land on any runway). La respuesta del piloto, que no había perdido el humor, llegó tras una carcajada: «Qué pejiguero, ¿tiene que ser en una pista?». Poco después los pilotos intentaban el milagro. Un cámara de una televisión local grabó el momento (si algún lector tiene miedo a volar le recomiendo que no vea el vídeo, el audio procede de la caja negra)

El avión era casi incontrolable y por eso fue imposible el aterrizaje, además iba a mucha más velocidad de la adecuada y descendiendo muy deprisa. La punta del ala derecha tocó el suelo, el avión se dio la vuelta y se incendió… pero aún así, sin embargo, 185 de las 296 personas que iban a bordo sobrevivieron, incluyendo a los 4 ocupantes de la cabina de mando. Y eso a pesar de que esa parte del avión quedó tan dañada que los servicios de socorro no se ocuparon de ella hasta pasados 35 minutos.

El informe del accidente reconoce que la actuación de los pilotos sobrepasó con mucho lo que se podía esperar de semejantes circunstancias. Y ésta es la reflexión a la que me gustaría llegar con este artículo: a veces, cuando la situación es desesperada es cuando las personas somos capaces de llevar nuestra actuación hasta el borde de lo sobrehumano. Sólo así se explica que el vuelo del UA232 no finalizara con la muerte de todos sus ocupantes. Es cierto que 111 personas perdieron la vida, pero también lo es que las 185 que se salvaron lo hicieron contra todo pronóstico, porque sólo aquellos pilotos operando bajo la presión de aquellas circunstancias podían lograr llevar aquel DC10 hasta un aeropuerto y, casi, posarlo en tierra. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque el caso del UA232 fue estudiado en un simulador en el que nada menos que 57 tripulaciones intentaron llevar el avión a tierra… y ninguna lo consiguió.

Fuentes de este artículo:

  1. Informe oficial sobre el accidente.
  2. Transcripción de una conferencia dada por el comandante del avión.
  3. Artículo incluyendo una entrevista al comandante del avión.
  4. Artículo del Chicago Tribune 4 meses después del accidente en el que un piloto del simulador afirma que era imposible pretender un aterrizaje normal.

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